sábado, 17 de octubre de 2026

La nostalgia del porvenir

La nostalgia del porvenir

Hace algún tiempo me senté a hacer inventario de lo que llevaba encima. Lo hice con la calma de quien vacía los bolsillos de un abrigo que no se ponía desde el otoño pasado y va encontrando, uno a uno, un boleto vencido, una moneda de otro país, un papel con un número que ya no sabe a quién pertenece. Así aparecieron sueños sin estrenar, palabras que nunca llegaron a destino, abrazos que el orgullo dejó esperando en alguna estación remota del tiempo.

Me sobraron miedos. Me faltaron audacias. Había guardado con esmero algunas heridas que ya no tenían dueño y conservado rencores que valían menos que el polvo acumulado sobre ellos. En cambio, eché de menos ciertas miradas y la tibieza de manos que un día estuvieron al alcance de las mías.

También descubrí que había acumulado muchos zapatos para muy pocos caminos. Que postergué demasiadas alegrías para un mañana que nunca me había dicho que sí. Y que, mientras esperaba el momento perfecto para vivir, la vida pasaba de puntillas frente a mi puerta.

Sin embargo, al terminar aquel inventario encontré algo que no esperaba: todavía sigo extrañando lo que no ha sucedido.

No sé de qué hondo rincón nace esta nostalgia del porvenir, pero habita en mí con la misma devoción con que otros recuerdan la infancia perdida. Extraño el viento que todavía no me ha rozado el rostro, la luz velada de una calle desconocida que me aguarda tras alguna esquina, los pasos que no he dado y esas ideas que, en la penumbra del pensamiento, van madurando en silencio.

Echo de menos también los abrazos que aún no tienen nombre. Viven escondidos en los días de personas que hoy me son ajenas; gente que camina su propia vida sin intuir que algún día podríamos compartir un instante de ternura, una confidencia en voz baja o una de esas conversaciones que uno sigue escuchando días después. Me pregunto cuántas veces me habré cruzado, a ciegas, con quien todavía no ha llegado a mi vida. Hay risas futuras que ya resuenan débilmente en mi memoria, como si el alma pudiera recordar lo que el tiempo todavía no le ha entregado.

A mis años, podría parecer un desatino seguir aguardando lo incierto. La vida me ha enseñado que hay promesas que se disuelven en el aire y deseos que jamás encuentran cobijo en nuestra historia. Y sin embargo me descubro imaginando palabras pendientes, rincones no pisados, alegrías que aún no han hallado la forma de presentarse. No pido grandes milagros. Me basta la tibieza de una amistad imprevista, el sosiego de una tarde distinta, una palabra dicha con la afinación justa. Quizá lo que de verdad importaba estuvo siempre en lo menudo: el charco que copia el cielo después de la lluvia, una conversación que se alarga bajo una ventana, un abrazo dado a tiempo. Hay regalos que llegan sin envoltura y que, cuando uno intenta agradecerlos, ya se han vuelto recuerdo.

Quizá por eso me conmueven las primaveras futuras, incluso aquellas que apenas tendré tiempo de presenciar, y aunque aquí lleguen siempre con retraso, cuando uno ya había dejado de creer en abril. Me consuela la idea de que cada estación guarda la discreta posibilidad de un comienzo, aun cuando los años nos hayan despojado de la antigua ingenuidad. El tiempo no devuelve lo perdido, pero a veces concede una mirada más limpia sobre lo que permanece. Hay heridas que dejan de doler sin apagarse del todo, y otras que, despacio, nos enseñan a tocar el mundo con menos exigencia y más delicadeza.

De tanto en tanto percibo una extraña distancia entre el hombre que soy y el que todavía podría llegar a ser. No busco transfigurarme ni corregir con prisa las sombras del pasado; conozco demasiado bien mis límites como para hacerme falsas promesas. Se trata, tan solo, de no dar por terminada la historia mientras quede capacidad de asombro. Tal vez me aguarde una conversación que desarme una vieja certeza, un afecto que apacigüe alguna soledad o la página capaz de nombrar lo que llevo años callando. No sé qué forma tendrán esas cosas, pero me reconforta saber que no todo está escrito.

Hubo, sin embargo, otro porvenir, y ese ya caducó. Durante años creí que lo que amaba se quedaría esperándome. Siempre habría un después: después del trabajo, de los años difíciles, de la distancia. Tendría tiempo para volver, para abrazar a quienes dejé atrás y decirles por fin lo que llevaba tanto tiempo guardado. La vida, mientras tanto, siguió su curso, y yo aprendía a sobrevivir en otra tierra, con otro idioma en la boca y otras horas en el reloj. Cuando quise volver sobre mis pasos, el tiempo no había conservado nada intacto; algunos nombres ya solo vivían en mi memoria.

Ese después que tanto prometemos —me inclino a creer— no figura en ningún calendario. Quedaron conversaciones aplazadas sin fecha, y puertas que un día se cerraron sin avisar que era la última vez. Más que los años, me pesan las ausencias que fui juntando por el camino, los regresos que no sucedieron, lo que dejé sin vivir mientras perseguía el porvenir. Quizá la nostalgia más honda no tenga su casa en el pasado, sino en aquel futuro imaginado donde todos seguían vivos, donde la distancia podía deshacerse como un nudo flojo y donde aún era posible volver a casa. En ese lugar que nunca existió vive todavía una parte de mí, la más callada.

El porvenir que me queda lo imagino, en cambio, como una casa que todavía no conozco. Ignoro sus habitaciones y no sé quién abrirá la puerta; tampoco espero que me aguarde allí nada extraordinario. Quizá solo una silla junto a la ventana, una voz amable, la serenidad de sentirme, al fin, en el lugar adecuado. He vivido lo suficiente para desconfiar de las claridades excesivas, pero no tanto como para renunciar a los pequeños hallazgos. Entre la esperanza y la prudencia, aprendí a caminar sin exigirle al mañana que me revele sus secretos.

Esta otra nostalgia mira hacia adelante. Es la tristeza leve de lo que aún no existe, mezclada con la discreta alegría de imaginar que podría ser. Acaso sea nuestra manera de seguir perteneciendo al mundo, incluso cuando una parte de nosotros empieza a despedirse de él.

No sé cuánta tinta me queda. He dejado de hacer cuentas con el tiempo; los números rara vez entienden lo esencial. Prefiero habitar la incertidumbre como un territorio tranquilo donde todavía caben las cosas pequeñas y verdaderas. No pido un futuro largo, solo uno que no se vuelva del todo previsible.

Y así, casi sin buscarlo, sigo echando de menos lo que no ha sucedido: la cadencia de una voz, el trazo de una calle, una risa compartida, tal vez esa última amistad que llega cuando uno ya ha dejado de esperar. No sé si esas sombras caminan hacia mí o si soy yo quien, a pesar de los años, sigue saliendo a su encuentro.

Por ahora me basta con guardarles un rincón despejado en la vida que me queda. No para esperarlas con impaciencia, sino para que, si alguna decide asomarse, no me encuentre del todo distraído.

sábado, 10 de octubre de 2026

Texto en preparación...

Texto en preparación...

Mi vida no se mide por los años que han pasado, sino por todas las veces que he tenido que recoger los fragmentos de mí mismo y volver a ponerme de pie.

No recuerdo cada calendario, cada fecha o cada estación. Recuerdo, en cambio, las mañanas en que el peso del mundo parecía demasiado grande para mis hombros y aun así encontré la manera de seguir. Recuerdo las noches en que la incertidumbre se sentó a mi lado como una sombra silenciosa, susurrándome dudas, mientras yo respondía con algo más fuerte y más humilde: la esperanza.

He aprendido que la valentía no siempre hace ruido. A veces consiste simplemente en abrir los ojos cuando el alma está cansada, apoyar los pies en el suelo y decidir continuar un día más.

Me he dicho innumerables veces que todo mejorará. No porque tuviera certezas, sino porque necesitaba creer que detrás de cada curva del camino existía una luz esperando. Y aunque el mañana nunca llega con promesas escritas, la vida me ha enseñado que muchas veces la fuerza aparece justo cuando creemos haberla perdido.

Seguiré levantándome cuantas veces sea necesario. No porque sea invencible, sino porque comprendí que esperar demasiado de los demás puede volver más pesada la carga que ya llevamos. Las personas llegan, acompañan, se quedan o se marchan; pero hay una presencia que debe permanecer siempre: la fe en uno mismo.

Continúo. A veces despacio. A veces con heridas invisibles. A veces con el corazón cansado y la mirada llena de preguntas. Pero continúo.

Porque he descubierto que la esperanza no es una emoción pasajera. Es una forma de resistencia. Es la pequeña llama que sobrevive al viento, la voz que nos recuerda quiénes somos cuando todo parece derrumbarse.

Y mientras esa llama siga encendida dentro de mí, siempre encontraré el valor para levantarme una vez más y avanzar hacia aquello que todavía no puedo ver, pero que mi corazón insiste en llamar destino.

Inventario de la vida

Hace poco me dio por hacer el inventario de mi vida, no para descubrir cuánto había conseguido, sino para saber qué había hecho con todo aquello que alguna vez tuve entre las manos. A mis años, uno empieza a mirar hacia atrás con menos afán de justificarse y una extraña disposición a reconocer sus descuidos. Descubrí que había guardado demasiados miedos, que algunos abrazos se quedaron esperando por culpa de mi orgullo y que ciertos amores se fueron sin que yo encontrara a tiempo las palabras necesarias para pedirles que se quedaran. Conservé rencores que terminaron por pesarme más que las ofensas que los habían provocado, compré cosas que apenas recuerdo y acumulé razones para aplazar aquello que, en el fondo, siempre había querido hacer. Creí que habría tiempo para todo, como si el tiempo fuera una cuenta bancaria de la que pudiera retirar los días cuando me hicieran falta. Pero la vida no lleva una contabilidad tan generosa: mientras uno organiza sus asuntos, ella sigue su curso, silenciosa, sin detenerse a esperar que estemos preparados.

También dejé para después algunas alegrías, llamadas que debí hacer, palabras de gratitud que se quedaron dentro y encuentros que imaginé interminables. Pensaba que la felicidad llegaría cuando ciertas circunstancias se acomodaran, cuando tuviera más tranquilidad, cuando las preocupaciones dejaran de llamar a la puerta. No advertía que, mientras esperaba ese momento ideal, la vida se presentaba con sus pequeñas imperfecciones, disfrazada de un día cualquiera. Quizá la felicidad nunca estuvo donde yo la buscaba, sino en aquellos instantes que consideré demasiado simples para prestarles atención. Ahora, cuando repaso mis cuentas, entiendo que hay pérdidas que no aparecen en ningún registro y riquezas que uno descubre cuando ya no puede recuperarlas del todo. No me reprocho demasiado; a estas alturas, he aprendido que también fuimos torpes por ignorancia, que muchas veces herimos mientras intentábamos protegernos y que el orgullo, aunque se vista de dignidad, puede cerrar puertas que el corazón habría querido mantener abiertas.

Si pudiera corregir alguna página de mi historia, no pediría más dinero ni más años para acumular experiencias. Pediría, tal vez, un poco más de valor para decir te quiero sin sentirme vulnerable, más generosidad para perdonar antes de que la distancia hiciera su trabajo y menos prisa por llegar a lugares que, una vez alcanzados, no resultaron tan importantes. Me habría gustado caminar más despacio por ciertas épocas, quedarme un poco más en los sitios donde fui querido y comprender que algunas despedidas comienzan mucho antes de pronunciarse. Pero la memoria no es una oficina de reclamaciones y el pasado, por mucho que lo interroguemos, no devuelve lo que dejamos olvidado en sus habitaciones.

Así que continúo haciendo mi inventario, aunque ahora las cuentas sean distintas. Ya no cuento tanto lo que poseo, sino aquello que todavía puedo ofrecer; no me preocupa tanto lo que perdí como la posibilidad de desperdiciar lo que permanece. Aún puedo escuchar una historia sin mirar el reloj, agradecer una visita, tender la mano, escribir unas líneas que me ayuden a entenderme y recibir con cariño lo que la vida todavía tenga a bien acercarme. Hay una forma discreta de abundancia en todo eso, una riqueza que no necesita testigos ni figura en los balances. Tal vez envejecer consista, entre otras cosas, en aprender a distinguir lo importante de lo urgente, aunque esa lección llegue cuando ya no disponemos de tanto tiempo para ponerla en práctica.

Al final, sospecho que la vida no era exactamente aquello que esperaba alcanzar, sino también lo que fui dejando pasar mientras preparaba el camino hacia otra parte. Y no digo esto con amargura, sino con la serenidad imperfecta de quien empieza a reconciliarse con sus propias cuentas. Todavía hay cosas que merecen ser abrazadas antes de que se alejen, palabras que no conviene seguir aplazando y momentos que no necesitan convertirse en recuerdos para tener valor. Si algo quisiera conservar de este inventario tardío, sería esa certeza sencilla: las cosas esenciales no siempre se quedan, por mucho que intentemos retenerlas. A veces apenas nos rozan, nos acompañan durante un tramo y siguen su camino. Nos corresponde reconocerlas mientras están cerca, quererlas sin demasiadas reservas y agradecer, cuando se marchen, que alguna vez hayan formado parte de nuestra vida.

jueves, 8 de octubre de 2026

Geografía de lo perdido

 

Geografía de lo perdido

Hay personas que abandonan nuestra vida. Otras permanecen, pero el tiempo las modifica hasta volverlas irreconocibles. Ignoro cuál de las dos pérdidas es más profunda.

Durante años supe que la memoria era una forma de rescate. Imaginaba que recordar equivalía a conservar, como quien guarda cartas en una caja o fotografías en un cajón. Ahora creo lo contrario. La memoria no conserva nada. La memoria reescribe.

Cada vez que regreso a ciertos episodios de mi vida encuentro pequeñas variaciones. Una puerta cambia de color. Una voz adquiere una dulzura que quizá nunca tuvo. Un silencio se vuelve más largo. El pasado parece trabajar en secreto sobre sí mismo, corrigiéndose, borrándose, inventando detalles para llenar las grietas que deja el olvido.

Tal vez por eso recordamos.

No para recuperar lo perdido sino para acercarnos a ello.

Porque todo amor verdadero contiene una distancia.

Amamos lo que se aleja, lo que no podemos poseer del todo, lo que siempre guarda una habitación cerrada dentro de sí. Incluso cuando creemos conocer a alguien, apenas rozamos la superficie de su misterio. Y quizá ocurre lo mismo con nosotros mismos.

A veces me pregunto si el deseo de amar y el deseo de comprender no son una misma cosa usando diferentes máscaras.

Desde joven quise conocer el mundo. Leí libros, escuché historias, crucé ciudades y fronteras. Sin embargo, detrás de esa curiosidad existía otra fuerza más difícil de nombrar: el anhelo. Quería llegar al corazón de las cosas. Quería comprender por qué una mirada permanece durante décadas en la memoria mientras cientos de rostros desaparecen. Quería saber por qué ciertos instantes poseen una intensidad capaz de desafiar al tiempo.

Pero el conocimiento nunca termina de alcanzar aquello que persigue.

Cuando una respuesta llega, el misterio ya se ha desplazado unos pasos más allá.

Quizá el deseo existe precisamente para eso: para mantener abierta la distancia.

Pienso en las personas que ya no están.

Algunas murieron.

Otras simplemente siguieron caminos distintos.

Sin embargo, en las noches tranquilas, cuando el mundo reduce su ruido y las horas parecen respirar más despacio, descubro que siguen acompañándome. No como fueron, sino como la memoria las reconstruye. Son presencias hechas de fragmentos, de gestos incompletos, de palabras cuyo sonido se ha desgastado como una inscripción antigua.

Entonces comprendo algo.

La mortalidad no consiste únicamente en desaparecer.

Consiste también en transformarse.

Los seres humanos nos extinguimos poco a poco dentro de los recuerdos ajenos. Cambiamos de forma. Nos convertimos en relato, en imagen, en evocación. Quizá sea ésa la verdadera vejez: observar cómo las personas que hemos sido comienzan a vivir una existencia independiente dentro de nuestra memoria.

El tiempo continúa su trabajo silencioso.

Arruga la piel, encanece el cabello, debilita los cuerpos.

Pero hay emociones que parecen ignorar esas leyes.

La nostalgia conserva su primer perfume.

La tristeza reconoce los mismos caminos.

El asombro sigue encendiéndose ante ciertos nombres.

Como pequeñas lámparas protegidas del viento.

Y acaso por eso seguimos recordando.

No para regresar.

No para corregir.

No para vencer a la muerte.

Sino para establecer una conversación con aquello que ya no podemos alcanzar.

Una conversación inútil y necesaria.

Como quien permanece junto a una ventana al caer la tarde, mirando cómo se aleja una luz que sabe que nunca volverá exactamente igual, y aun así no puede dejar de contemplarla.

miércoles, 7 de octubre de 2026

^^^Pequeñas eternidades

Pequeñas eternidades

He vivido varias vidas y cada una tuvo su propia geografía. La primera transcurrió entre los caminos de tierra y los silencios del campo en San Carlos. Después vino Medellín, con el vértigo de la juventud y la impaciencia de los sueños. Más tarde llegó Montreal, donde aprendí el oficio de recomenzar. Y hubo también un tiempo mexicano que, aunque más breve, transformó silenciosamente mi manera de entender el mundo y mi lugar en él. Hoy algo me dice que ninguna de esas vidas terminó realmente cuando me alejé de sus paisajes. Los lugares que amamos rara vez aceptan nuestra partida. Permanecen dentro de nosotros como habitaciones secretas, donde siguen viviendo las personas que alguna vez fuimos.

A veces pienso en Medellín como se piensa en una casa después de haberla perdido: no la recuerdo entera, sino en fragmentos. Una ventana abierta, el olor de la tarde, una calle que ya no sé si era tan larga como la recuerdo. El ruido lejano de una radio. Una voz llamándome desde alguna parte. La luz cayendo sobre un patio. La memoria no conserva las cosas como ocurrieron, sino como consiguieron quedarse. Entonces yo no sabía que estaba viviendo algo que un día echaría de menos. Nadie lo sabe mientras vive.

Montreal, en cambio, llegó a mi vida con otra temperatura. Aquí aprendí que también se puede echar de menos una tierra mientras uno aprende a querer otra. Casi cuarenta años después, camino por las calles del barrio Le Plateau y reconozco en ellas una parte de mí que no existía cuando llegué. Hay árboles que he visto desnudarse tantas veces que podría reconocerlos por la manera en que esperan la primavera. Conozco el rumor del metro, las ventanas iluminadas al anochecer, el silencio particular que deja la nieve cuando cubre las calles. Son cosas casi insignificantes, pero la vida suele esconder su permanencia precisamente en aquello que nadie considera digno de ser guardado.

Quizá la eternidad sea eso: recordar.

No una eternidad solemne, de esas que aparecen en los libros con mármol y columnas, sino una más humilde, hecha de pequeñas supervivencias. Una fotografía cuyo papel comienza a amarillear. Una chaqueta que todavía conserva, quién sabe por qué, el olor de una persona que ya no está. Una dirección que uno puede repetir aunque la casa haya desaparecido. Un nombre que vuelve de pronto mientras uno camina por una calle cualquiera y, durante unos segundos, consigue abrir una puerta que el tiempo creía cerrada.

He llegado a pensar que la memoria es el único territorio que no puede ser expropiado completamente. Pueden cambiar las ciudades, demoler las casas, borrar los nombres de las calles, morir las personas. Pero algo queda. No necesariamente intacto, desde luego. La memoria también tiene goteras. Algunas imágenes se borran en los bordes y otras adquieren una luz que quizá nunca tuvieron. Incluso esas deformaciones forman parte de lo que somos.

Camino despacio ahora. No porque siempre quiera hacerlo, sino porque el cuerpo ha comenzado a negociar conmigo la velocidad. En otro tiempo caminaba para llegar; ahora muchas veces camino para estar.

Aquel jueves me dirigía a una consulta médica, sin sospechar que el trayecto habría de quedárseme grabado. Acababa de salir de la estacion del metro Honoré-Beaugrand. Era octubre y hacía uno de esos fríos tempranos que todavía no son invierno, pero ya empiezan a anunciarlo. A la salida de la estación, en uno de los bancos junto al muro, casi oculto entre el ruido del tráfico y el viento, vi a un hombre recogido sobre sí mismo, como si quisiera ocupar el menor espacio posible en el mundo. Era un habitante de calle, gastado por la intemperie y por los años, aunque resultaba difícil saber cuál de las dos cosas había dejado en él la huella más honda. El abrigo, vencido, parecía una prolongación de la acera; las manos, enrojecidas por el frío, descansaban inmóviles sobre las rodillas.

Su mirada estaba perdida en un punto que yo no podía ver. No parecía esperar a nadie. Tampoco parecía tener prisa por irse. Era como si el mundo hubiera continuado su marcha alrededor de él y, por alguna razón, él hubiera quedado detenido en otro tiempo.

Me detuve. Tal vez por costumbre, tal vez por esa vieja necesidad de aliviar, aunque sea por un instante, la soledad ajena. Llevaba algunas monedas en el bolsillo y le ofrecí un café caliente. Pensé que, con aquel frío, una taza entre las manos podía ser una forma modesta de consuelo.

Levantó apenas la cabeza. Tenía los ojos apagados de quien ha visto demasiado y espera poco. Negó con suavidad. No quería café.

Hubo un breve silencio entre nosotros, como si la ciudad entera se hubiera alejado unos pasos.

—¿No tendrá un cigarrillo?

La voz era tenue, pero firme. Como si, entre todas las cosas que todavía podía pedirle al mundo, aquella fuera la única que tenía perfectamente clara.

—No fumo, señor.

Insistí: un café, un croissant, algo caliente. No dudó. No bajó la mirada ni buscó una excusa.

—No. Un cigarrillo.

Solo eso.

Después encontró una colilla, no sé de dónde. La encendió con cuidado, protegiéndola del viento, y a la primera bocanada lo sacudió una tos que no terminaba. Tosía doblado sobre sí mismo, con la colilla todavía entre los dedos, y yo me quedé ahí, de pie, sin saber qué hacer con las manos. Cuando por fin pudo enderezarse, echó a andar. Lo llamé. No me escuchó, o quizá ya no era a mí a quien escuchaba.

Habíamos sido, durante un par de minutos, dos desconocidos frente a la boca del metro, separados por historias enteras y unidos apenas por una pregunta.

Seguí mi camino hacia la consulta, pero aquella pequeña conversación comenzó a caminar conmigo.

No recuerdo hoy los rasgos precisos de su rostro. Recuerdo, en cambio, la obstinación tranquila con que rechazó mi ayuda. No era ingratitud. Tampoco desafío. Yo había respondido a una necesidad que imaginaba; él expresaba una que conocía. Yo veía el frío, tal vez el hambre, tal vez la soledad. Él sabía exactamente qué buscaba.

Mientras me alejaba pensé que la pobreza no siempre consiste en carecer de algo. A veces consiste en haber llegado a un lugar donde un simple cigarrillo parece contener todo el consuelo que todavía se espera del día.

Recordé entonces a Viktor Frankl y una escena de El hombre en busca de sentido. En los campos de concentración de la Alemania nazi los cigarrillos eran moneda: se ganaban con trabajo y se cambiaban por un plato de sopa, que era un día más. Por eso, cuando un prisionero empezaba a fumarse los suyos, todos lo sabían. Ese hombre ya quería morir.

No sé si el hombre del banco estaba renunciando a la esperanza. No tengo derecho a saberlo. Tampoco sé qué había ocurrido antes de que llegara allí, ni cuántas noches había pasado en la calle, ni qué pérdidas había acumulado. Quizá solo quería un cigarrillo. Quizá lo necesitaba como otros necesitan una conversación o una puerta que se cierre detrás de ellos para sentirse, por unos minutos, protegidos del mundo. Podía ser una costumbre, un pequeño consuelo, una forma de sentirse dueño de algo. Incluso, quién sabe, una manera de conversar con el mundo sin tener que explicarle nada.

Yo quería ofrecerle calor y él quería humo. Todavía no sé cuál de los dos entendía mejor lo que hacía falta.

No lo juzgué. ¿Cómo podría hacerlo? A cierta edad uno aprende que la vida de los demás contiene cuartos a los que nunca tendremos acceso. Hay historias que vemos apenas desde la puerta y que sería una forma de arrogancia creer que podemos comprender.

Y a veces uno no puede hacer nada. Eso quizá sea lo más difícil de aceptar.

El tiempo me permitió reconocer que casi todo lo que me importa tiene ese tamaño. Una mujer que sostiene la puerta para que pase un desconocido. Un vecino que pregunta si ya llegó la primavera. Una cajera de Jean Coutu que sonríe porque reconoce al cliente que compra siempre lo mismo. Un anciano que ofrece a alguien más cansado que él el asiento que acaba de recibir. Un hombre que solo pide un cigarrillo.

Gestos diminutos, sin monumentos ni testigos.

Quizá por eso guardo mis días como quien protege unas brasas. No para negar la muerte, porque a estas alturas sería una discusión un poco ingenua. La muerte llegará con la puntualidad que ha demostrado durante siglos. No necesita que yo la invite ni que la comprenda. Lo único que puedo hacer mientras tanto es procurar que mi vida no se me escape sin haberla mirado.

Hay días en que esa mirada ocurre frente a una página. Otros, simplemente mientras camino.

 Aun conservo objetos que han adquirido una importancia que no tenían cuando llegaron a mis manos. Un cuaderno viejo, entre cuyas páginas aún duermen las primeras rayaduras de mi hijo, de aquellos años en que le encantaba que le comprara "plumones", como llamaba a los marcadores con los que daba vida a sus dibujos infantiles. Algunos libros con las páginas dobladas..Una tarjeta con las huellitas de los pies de mi hijo recién nacido: dos manchas de tinta tan pequeñas que cuesta creer que alguien haya aprendido después a caminar con ellas. Y un caballito articulado de carey que ese mismo hijo me regaló cuando tenía seis años. Me dijo que se llamaba Woody y que era un amuleto para mí. A esa edad seguramente no sabía explicar qué era un amuleto, pero sí parecía saber que algunas cosas pueden acompañarnos y protegernos de algo que todavía no comprendemos.

Lo conservo desde entonces. Guarda una parte de aquel niño que lo puso en mis manos creyendo, quizá, que con él podía proteger a su padre. No sé de qué me habrá protegido. Sigue aquí, y eso ya es bastante para un amuleto.

Nada de eso vale demasiado para alguien que entre aquí sin conocer mi historia. Los objetos tienen esa extraña capacidad de guardar lo que nosotros olvidamos haberles confiado.

A veces abro un cajón y encuentro un papel escrito hace muchos años. Reconozco mi letra, aunque ya no reconozca del todo al hombre que la escribió. Me sucede algo curioso entonces: no siento nostalgia solamente por lo que está escrito, sino por la persona que fue capaz de escribirlo. Ese hombre tenía otros temores, otras ilusiones, otras formas de equivocarse. Lo miro desde esta edad con una mezcla de indulgencia y ternura. No siempre supo lo que estaba haciendo, pero hizo lo que pudo con las herramientas que tenía.

Quizá en eso consista también envejecer: en aprender a no juzgar con demasiada dureza a quienes fuimos.

Hay recuerdos que no necesitan explicación. Llegan y se sientan a nuestro lado. No preguntan si estamos ocupados. Una melodía puede traer de vuelta una calle de Medellín. Una palabra pronunciada por alguien en Montreal puede despertar la voz de mi madre. Un olor cualquiera puede devolverme, durante unos segundos, a aquellos caminos de San Carlos donde alguna vez fui un muchacho que todavía no sabía que la vida terminaría llevándolo tan lejos.

Descubrí también que la nostalgia tiene reflejos. Me hace pensar en los perros de Pavlov, aquellos que aprendieron a salivar al escuchar una campana porque habían asociado su sonido con la llegada de la comida. La memoria tiene sus propias campanas. Basta una palabra dicha con determinado acento, una canción que escapa de una ventana, una sombra sobre la pared, el olor de una escalera recién lavada. Entonces algo dentro de nosotros responde antes de que podamos entender qué ha ocurrido. No son señales que pertenezcan del todo al presente; son llaves viejas que todavía funcionan.

Durante muchos años creí que el exilio consistía principalmente en vivir lejos de la tierra donde uno nació. Ahora pienso que es algo más complejo. Uno vive entre dos geografías, pero también entre varios tiempos. San Carlos pertenece a la infancia; Medellín, a la juventud; México guarda otra parte de mi historia; Montreal es la ciudad donde aprendí a permanecer. Entre todos esos lugares he construido una patria hecha de recuerdos.

No es una patria perfecta. Pero ninguna lo es.

Quizá por eso todavía puedo sentirme extranjero en un lugar y visitante en otro. La edad también produce sus propias fronteras: llega un momento en que uno ya no pertenece enteramente al pasado ni termina de instalarse en el futuro. Se vive en un presente más pequeño, pero también más preciso.

La certidumbre de morir, lejos de haberme vuelto más triste, me ha enseñado a caminar con menos arrogancia. Ya no necesito tener razón sobre tantas cosas. Tampoco necesito ganar discusiones que dentro de unos años nadie recordará. Muchas de las batallas que parecían decisivas solo eran ruido.

Prefiero ahora una conversación tranquila, un café compartido con un amigo en el Tim Hortons, donde el tiempo parece avanzar más despacio, una caminata serena, una página escrita sin prisa, el silencio de una tarde en la que no ocurre nada.

Escribir se ha convertido para mí en otra forma de caminar. Cuando el tiempo se lleva a las personas y difumina los episodios, quedan todavía la luz, los olores, las estaciones y esos objetos silenciosos que estuvieron allí mientras vivíamos. Al sentarme frente a la página vuelvo a encontrar algunas de esas señales. No recupero el pasado tal como fue —eso ya no es posible—, pero puedo acercarme a él y escuchar lo que todavía tiene que decirme.

Algunas personas regresan. No como fantasmas, porque no necesito convertirlas en fantasmas. Regresan como fueron: con sus gestos, sus defectos, sus silencios, incluso con aquellas pequeñas cosas que alguna vez me incomodaron y que ahora recuerdo con una ternura que entonces no habría sabido explicar.

El papel no juzga. Eso me gusta de él.

Uno puede poner sobre la página una culpa, una ausencia, una torpeza, una despedida, y el papel permanece ahí, sin pedir explicaciones. Quizá por eso escribir sea también una forma de reconciliación. No necesariamente con los demás, sino con el hombre que uno ha sido.

A veces pienso que en cada página algo de mí podrá permanecer cuando yo ya no esté.

No es vanidad.

O al menos eso me digo.

Es apenas el deseo de que una parte de lo vivido no se pierda completamente. Una frase puede durar más que quien la escribió. Un recuerdo puede pasar de una persona a otra y sobrevivir sin que nadie conozca ya su origen. Así funcionan las pequeñas eternidades: no prometen una duración infinita; simplemente consiguen aplazar un poco el olvido.

Y quizá eso sea suficiente.

Vivimos para ser recordados, pero también para recordar. Por eso una calle de Medellín puede aparecer de pronto en medio de Montreal. Por eso una tarde de San Carlos puede regresar mientras escribo en un apartamento del Plateau. Por eso un hombre de setenta y cuatro años puede abrir un cuaderno y encontrar todavía al muchacho que alguna vez fue.

No estoy seguro de que la eternidad exista. Pero he comenzado a darme cuenta que no necesitamos comprobarlo.

Esta noche, mientras escribo, las luces de los edificios aparecen dispersas en la oscuridad. Imagino que detrás de cada ventana encendida alguien prepara una cena, lee, discute, duerme, espera una llamada o recuerda a alguien que está lejos. La ciudad parece enorme y, al mismo tiempo, íntima. Quizá cada una de esas ventanas contenga una historia que, como la mía, intenta conservar algo antes de que el tiempo lo borre.

Cierro el cuaderno. Por un instante no hago nada. Solo escucho.

Pienso en aquel jueves, en el hombre del metro Honoré-Beaugrand, en su abrigo gastado, en aquella tos. Todavía no sé cómo interpretar lo que me pidió. Quizá nunca lo vuelva a ver. Probablemente él no me recuerde. Para él habré sido apenas un hombre que se detuvo unos segundos y le ofreció algo que no quería.

Sin embargo, yo sigo recordándolo.

Y tal vez ahí esté la pequeña eternidad. Aquel hombre desapareció entre las calles de Montreal y yo continué hacia mi consulta. Cada uno siguió su camino. Pero, tantos días después, todavía ocupa unas líneas de mi cuaderno.

A veces basta eso.

Un instante que se niega a desaparecer.

Una vida que, sin saberlo, toca otra.

lunes, 5 de octubre de 2026

***** La memoria que llama a la puerta

La memoria que llama a la puerta

No sé exactamente cuándo empezó. Quizás fue una mañana de noviembre de 1988, cuando Montreal todavía era para mí una ciudad sin rostro y desde la ventana veía caer unas pequeñas plumitas blancas que se deshacían apenas tocaban el suelo. No sabía todavía que aquello era nieve —o quizá sí lo sabía—, pero me resistía a creer que el invierno pudiera llegar de una manera tan delicada. La nieve verdadera la conocí después.

Aquella mañana salí a caminar. No tenía mucho que hacer, salvo reconocer las calles y tratar de convencerme de que aquella ciudad podía llegar a ser mi casa. Había dejado atrás Medellín, una parte de mi historia y muchas cosas que no cabían en una maleta. Llegué en julio con una visa de catorce días, suficiente para entrar al país, pero demasiado breve para explicar todo lo que ya había ocurrido dentro de mí. Hoy pienso que aquella visa no fue más que un papelito burocrático para un viaje que había comenzado mucho antes de que el avión despegara.

La memoria vuelve a esa mañana sin levantar la voz. Se presenta en mi apartamento del Plateau-Mont-Royal cuando menos la espero, se sienta frente a mí y comienza a sacar de sus bolsillos escenas que yo creía perdidas. Algunas vienen intactas; otras llegan con los bordes gastados, como fotografías que han pasado demasiados años en una caja.

A veces me muestra al hombre que fui en aquel invierno todavía desconocido. Lo veo caminar con una mezcla de miedo y determinación, fingiendo saber adónde iba mientras la ciudad —indiferente y enorme— seguía con su vida. Nadie me esperaba en aquellas calles. Nadie conocía mi nombre. Y, sin embargo, había algo extraño en aquella soledad: por primera vez podía empezar de nuevo sin que nadie supiera quién había sido.

La memoria también me lleva a México, diez años después, cuando me fui para casarme: otro de esos momentos en que la vida parece pedirle a uno que salte antes de explicar dónde está el suelo. No hubo heroísmo. No recuerdo música de fondo ni una frase memorable que pudiera utilizar ahora para embellecer aquella decisión. Hubo miedo, necesidad y esa clase de coraje que uno descubre solamente después, cuando mira hacia atrás y comprende que siguió caminando porque detenerse tampoco era una opción.

Durante mucho tiempo llamé a aquello supervivencia. Quizás lo era. Pero sobrevivir no consiste únicamente en mantenerse de pie. También es conservar alguna parte de uno mismo cuando las circunstancias parecen empeñadas en cambiarle el nombre a todo.

La memoria no siempre es amable. Hay días en que abre puertas que yo preferiría mantener cerradas. Me recuerda las llamadas que no hice, las palabras que dejé para después, los afectos que fui soltando sin comprender del todo que algunas cosas, una vez perdidas, no regresan. Me recuerda que el exilio puede convertirse en una explicación demasiado cómoda y que no todas las heridas nacieron de la distancia. Algunas las llevé conmigo.

También nosotros tuvimos nuestras torpezas, nuestros silencios, nuestros egoísmos pequeños, nuestras ausencias. La memoria no viene a juzgarnos por ello. Viene, más bien, a impedir que nos mintamos.

Pero después cambia de tono.

Entonces me habla de mi hijo.

Me recuerda que nació un mes antes de que yo cumpliera cincuenta años, como si la vida, que hasta entonces había parecido empeñada en cerrarme puertas, hubiera decidido dejar una ventana abierta. Recuerdo la mezcla de alegría y miedo que acompañó su llegada. A esa edad uno ya ha aprendido que la vida no concede garantías, y quizá por eso su nacimiento tuvo algo de milagro doméstico: un niño pequeño entrando en la historia de un hombre que creía conocer demasiado bien la suya.

Mi hijo no llegó a corregir mi pasado, ni tenía por qué hacerlo. Llegó, simplemente, y el futuro volvió a sorprenderme.

A veces pienso que la memoria es una anciana que vive en algún rincón de mi apartamento. No la he visto nunca, pero sé que está allí. Camina despacio por las habitaciones, toca mis libros, mira las fotografías y, cuando encuentra alguna que he olvidado, la vuelve a colocar sobre la mesa. De vez en cuando abre una ventana y deja entrar el frío. Yo le pregunto qué busca y ella no responde. Solo sonríe.

Ya no intento expulsar los recuerdos incómodos. La memoria no viene únicamente a devolvernos lo que perdimos. También viene a mostrarnos lo que fuimos capaces de soportar.

Y hay días en que no trae frío.

Una vez más el verano ha regresado.

Me sorprende decirlo así, porque durante muchos años fui un hombre que esperaba el verano como quien espera una tregua. Ahora lo miro de otra manera. Entra sin pedir permiso, se queda sobre los libros, enciende las paredes con una luz tranquila. No promete nada, simplemente regresa. No sé cómo lo hace.

Me quedo observando la luz y siento que la memoria se sienta a mi lado.

«Mira bien —parece decirme—. Esto también eres tú».

Entonces comprendo que este verano y aquella primera nieve no son recuerdos separados. Entre ambos hay casi cuarenta años. Llegué en julio y, sin embargo, es la nieve lo que recuerdo como llegada; el verano es mi permanencia. Entre una y otro caben el miedo, el exilio, el trabajo, las pérdidas, los afectos, las equivocaciones, mi hijo, los libros y todos esos pequeños acontecimientos que en su momento parecieron insignificantes y que ahora, vistos desde la distancia, forman una especie de dibujo secreto.

Y mientras la luz continúa entrando, pienso que todavía puedo fiarme de la vida.

No como lo hacía aquel hombre joven que creía controlar el rumbo, sino de otra manera. A mi edad uno ya sabe que no controla casi nada. Sabe que el cuerpo cambia, que algunas personas se van, que ciertos caminos se cierran sin consultar, que el tiempo no devuelve lo que toma. Pero también sabe que la vida —contra toda lógica— puede abrir una puerta cuando uno ya había dejado de buscarla. Así fue Montreal. Así fue México. Así fue mi hijo. Así fue, también, el regreso.

A veces he pensado que llegar a los setenta y cuatro significa acercarse lentamente al final. Hoy empiezo a sospechar otra cosa: que una cosa es saber que la vida termina y otra muy distinta vivir como si ya hubiera terminado.

Yo todavía estoy aquí.

La frase parece sencilla, pero pesa más que cuando era joven. «Todavía estoy aquí». Con mis libros, mis recuerdos, mis ausencias, mis pequeñas alegrías. Con las calles conocidas de memoria y con algunas preguntas que todavía no han encontrado respuesta.

Ya no quiero pedirle a la vida que me devuelva lo que fue. Quiero pedirle, simplemente, que me permita estar presente en lo que queda.

Un día, no sé cuándo, entraré en mi apartamento después de caminar por el barrio y tendré la sensación de que alguien me estaba esperando. Dejaré las llaves sobre la mesa, me quitaré el abrigo y quizá me quede unos segundos frente al espejo.

Entonces lo veré.

No al anciano que a veces creo encontrar en el reflejo, sino al hombre que llegó de Medellín en 1988 con una maleta pequeña y demasiadas preguntas. Estará allí, detrás de mis ojos cansados, esperando que por fin lo reconozca.

Me acercaré un poco.

—Has tardado —le diré.

Y quizá él sonría.

No será una conversación extraordinaria. A estas alturas, las conversaciones importantes suelen ser sencillas. Le preguntaré cómo hizo para llegar hasta aquí. Él probablemente me devolverá la pregunta. Yo le contaré que hubo inviernos difíciles, que hubo personas que se fueron, que hubo noches en que la nostalgia parecía una enfermedad sin diagnóstico. Le hablaré de los años en que aprendí a vivir lejos de la tierra donde nací y de esa extraña patria interior que uno construye cuando ya no sabe exactamente dónde termina un país y comienza un recuerdo.

También le contaré que no todo salió mal.

Que hubo días luminosos.

Que hubo personas.

Que hubo un hijo.

Que hubo libros.

Y que, después de tantos años, descubrí que escribir podía ser otra forma de regresar.

Entonces quizá acerque otra silla y me siente con él. No como quien recibe a un extraño, sino como quien por fin invita a entrar a un viejo compañero de viaje.

Durante muchos años quise ser otro. Más fuerte. Más seguro. Menos vulnerable. Como si la existencia fuera una prueba que uno pudiera aprobar si aprendía a esconder bien sus heridas. Hoy ya no tengo interés en esa clase de perfección. Me parece un esfuerzo innecesario.

Prefiero reconocerme.

Reconocer al hombre que tuvo miedo y aun así cruzó fronteras. Al que se equivocó. Al que amó como pudo. Al que estuvo ausente cuando quizá debía estar presente. Al que perdió cosas que todavía duelen. Al que también recibió regalos que no esperaba. Al que alguna vez creyó que comenzar de nuevo era una cuestión de edad y terminó descubriendo que uno puede volver a empezar incluso cuando la vida parece haber gastado la mayor parte de sus cartas.

La memoria vuelve a sentarse frente a mí.

Esta vez no trae fotografías.

No trae reproches.

Solo me mira.

Y entiendo que durante todos estos años yo había esperado que me devolviera el pasado, cuando en realidad venía a devolverme a mí mismo.

El pasado no regresa. Los muertos no regresan. Los años tampoco. Lo que puede regresar es la mirada con que los contemplamos: dejar de pedirle a lo vivido que sea diferente y empezar, lentamente, a agradecer que haya sido nuestro.

Miro alrededor. Las fotografías, la tarde en la ventana. Afuera, Montreal continúa con su acostumbrada indiferencia. Alguien camina deprisa. Una ráfaga levanta unas hojas y las lleva unos metros por la calle antes de dejarlas caer.

La ciudad no sabe que estoy celebrando algo.

Tampoco necesita saberlo.

He habitado tres ciudades, dos lenguas, varias maneras de nombrar la ausencia. He aprendido que el exilio no termina cuando uno se acostumbra a la nueva dirección. Quizás nunca termina del todo. Se transforma. Con los años deja de ser una herida abierta y se convierte en una habitación interior donde uno guarda ciertas voces, ciertos rostros y una parte de la tierra que dejó atrás.

Por eso ya no pienso en regresar como antes. Regresar no siempre significa volver a un lugar.

Y la memoria sigue llamando a mi puerta.

No viene a pedirme cuentas.

Entonces abro.

La dejo pasar.

Afuera el verano continúa su trabajo silencioso. Dentro de mí, algo que creía terminado vuelve a moverse con una lentitud casi imperceptible.

No sé cuánto tiempo queda. Por primera vez esa pregunta no me asusta. Todavía estoy a tiempo de mirar, de recordar, de escribir. A tiempo, incluso, de comenzar de nuevo.

Y mientras la luz permanece sobre los libros, la memoria se acerca a la puerta, la abre un poco más y me deja entrar.

viernes, 2 de octubre de 2026

“Cuando la luz también escribe”

Cuando la luz también escribe

Hay momentos en que escribir no duele: ilumina. No porque las heridas desaparezcan ni porque el pasado deje de ser pasado, sino porque al nombrar ciertas cosas estas dejan de moverse en la oscuridad. Durante años creí que escribir era una forma de desenterrar tristezas, de sacar a la superficie lo que había permanecido escondido demasiado tiempo. Hoy, a esta altura de la vida, sospecho que también puede ser otra cosa: una manera de encender una luz pequeña donde antes solo había preguntas.

Hay cosas que no sabía que sentía hasta que me senté a escribirlas. Recuerdos que parecían dormidos volvieron sin hacer ruido; nombres, lugares, voces y rostros aparecieron en la página como quien regresa a una casa después de muchos años y encuentra todavía una silla en el mismo sitio. Algunas revelaciones dolieron, naturalmente. Otras trajeron una serenidad inesperada. Como si dentro de mí hubiera habido durante años un cuarto desordenado y, de pronto, alguien hubiese abierto las ventanas.

Quizá por eso la escritura se ha convertido en una forma de regreso. No a un lugar determinado, porque hay lugares a los que ya no se vuelve, sino a esa parte de mí que quedó dispersa por los caminos de la vida. Al hombre que fui, al que dejó una tierra, al que llegó a otra, al que aprendió a vivir con ausencias y a conversar con recuerdos que no siempre llaman a la puerta. Escribir me permite encontrarme con todos ellos sin tener que escoger cuál de mis vidas es la verdadera. Todas lo son. Todas me han traído hasta aquí.

La página tiene una virtud que no siempre encontramos en las personas: no interrumpe. Puedo decirle lo que nunca dije, volver sobre una decisión, confesar una nostalgia, reconocer un miedo o simplemente permanecer en silencio frente a ella. No me juzga ni me pide explicaciones. Espera. Y quizá esa paciencia sea una de las formas más discretas de la ternura.

Con los años he descubierto, además, que no todo lo que llevamos dentro es tristeza. También escondemos belleza. Guardamos pequeñas alegrías que no supimos reconocer cuando ocurrieron, gestos que parecían insignificantes y que ahora regresan con una luz distinta. Una conversación, una calle, una taza de café junto a una ventana, la nieve cayendo sobre Montreal, una voz que alguna vez nos llamó por nuestro nombre. Hay recuerdos que no vuelven para hacernos sufrir, sino para recordarnos que estuvimos vivos.

Tal vez escribir consista también en eso: aprender a mirar de nuevo lo que creíamos conocido. La memoria cambia con nosotros. El mismo recuerdo que a los treinta años parecía una derrota puede adquirir, a los setenta y tantos, otro significado. No porque el pasado haya cambiado, sino porque quien lo contempla ya no es el mismo. El tiempo, que tantas cosas nos quita, a veces nos devuelve una comprensión que antes no teníamos.

Hay días en que escribo para entender y otros en que escribo simplemente para estar. No necesito encontrar una conclusión. Me basta con seguir una frase hasta donde quiera llevarme, dejar que un recuerdo abra otro, permitir que una imagen aparezca sin obligarla a explicar nada. A cierta edad uno empieza a sospechar que no todas las preguntas necesitan respuesta. Algunas solo necesitan un lugar donde descansar.

Por eso la escritura dejó de ser para mí una especie de escudo. Ya no escribo para defenderme de la vida, sino para acompañarla. La página se parece entonces a una habitación tranquila donde puedo sentarme después de haber caminado mucho. Afuera continúan el ruido, los relojes, las noticias, las obligaciones de los otros. Aquí dentro, en cambio, puedo respirar a mi propio ritmo.

A veces siento que escribo para regresar a una casa que nunca existió del todo. Una casa construida con palabras, recuerdos y fragmentos de las muchas vidas que he vivido. En ella caben la infancia de San Carlos, los caminos que quedaron atrás, la tierra que se convirtió en memoria y esta ciudad que, después de tantos años, también terminó por formar parte de mí. No es una casa sin tristeza. Tampoco pretende serlo. Es, simplemente, un lugar donde mis recuerdos pueden sentarse sin tener que pedir permiso.

Y allí ocurre algo extraño: mientras escribo sobre lo que perdí, encuentro también lo que permanece.

Quizá sea una de las enseñanzas más silenciosas de la edad. Uno comienza creyendo que recordar consiste en conservar intacto lo que fue, pero termina entendiendo que recordar es transformar. El recuerdo no permanece inmóvil; cambia de forma, envejece con nosotros, aprende nuevos significados. Algunas heridas se convierten en cicatrices. Algunas ausencias se vuelven compañía. Algunas nostalgias dejan de pedir regreso y se conforman con existir.

Escribir me ha permitido descubrir también una fuerza que durante mucho tiempo no supe reconocer. Cuando uno repasa su propia historia con cierta distancia, comprende que ha sobrevivido a más cosas de las que imaginaba. No siempre con elegancia, desde luego. A veces con torpeza, con miedo, con decisiones equivocadas y alguna que otra caída que todavía recuerda el cuerpo. Pero aquí estoy. Y quizá haya una forma humilde de victoria en seguir estando.

No escribo para demostrar que fui fuerte. Escribo porque ahora puedo mirar mis fragilidades sin avergonzarme de ellas. Hay una edad en la que uno deja de querer parecer invulnerable. Entiende que también las grietas permiten entrar la luz.

Tal vez por eso algunas palabras, cuando finalmente encuentran su sitio, ya no hieren. Respiran.

Y entonces comprendo que el verdadero refugio quizá no esté en la historia que cuento, sino en el acto mismo de contarla. En esa respiración que acompaña una frase, en la pausa entre dos recuerdos, en el pequeño silencio que queda después de escribir algo que durante años no había podido decir. La escritura no cambia lo ocurrido, pero puede cambiar la manera de vivir con ello.

Afuera puede seguir nevando. El río puede continuar su viaje sin preguntarme hacia dónde voy. Las estaciones pueden hacer su trabajo paciente sobre los árboles y sobre mi cuerpo. El tiempo seguirá llevándose lo suyo. Yo no puedo detenerlo, y a estas alturas tampoco quiero hacerlo.

Me basta con escribir.

Porque cada página es una forma de permanecer sin aferrarme. Cada recuerdo que pongo en palabras deja de ser únicamente mío y adquiere otra vida. Cada frase me devuelve algo que creía perdido: no la juventud, ni los años que quedaron atrás, sino la posibilidad de mirarlos sin miedo.

Quizá escribir sea eso: encender una lámpara en una habitación que creíamos vacía y descubrir que nunca lo estuvo.

Había allí recuerdos.

Había silencios.

Había una vida esperando ser escuchada.

Y ahora, mientras escribo, también hay luz.

lunes, 28 de septiembre de 2026

82 - Los dones que llegan demasiado tarde

 Capítulo 82

Los dones que llegan demasiado tarde

Hay una edad en que uno deja de pedirle cosas a la vida. No porque haya dejado de desearlas, sino porque termina por aceptar que la vida tiene un pésimo servicio de entregas. Uno hace un pedido a los veinte y lo recibe a los setenta, cuando ya no recuerda para qué lo quería. A mi edad, por ejemplo, ya no pediría juventud. Sería como regalarle un automóvil deportivo a un hombre que acaba de aprender a caminar con bastón. Además, conozco demasiado bien a los jóvenes para desear volver a ser uno de ellos: tienen músculos, tienen prisa y, lo peor de todo, creen que saben adónde van.

Yo también fui así. Durante muchos años confundí el movimiento con el rumbo. Trabajaba, hacía planes, cruzaba fronteras, levantaba una vida en un país ajeno, criaba un hijo cuando otros hombres pensaban ya en jubilarse, y acumulaba recuerdos sin sospechar que algún día serían ellos los que terminarían administrándome a mí.

A veces imagino a la vida —es una invención mía, lo sé, pero me ayuda a pensar— como un viejo comerciante. Llega en la juventud con una maleta enorme, la abre sobre la mesa y pregunta: «¿Qué quieres?». Nosotros pedimos sin medida: amor, dinero, viajes, reconocimiento, una casa, una familia, más tiempo, mucho más tiempo. El comerciante sonríe. «Todo se puede arreglar». Y uno firma sin leer.

La factura llega después, por correo lento. El dinero traía preocupaciones; el amor, miedo a perderlo; el éxito, vanidad; la juventud, ignorancia. Y el tiempo, que parecía la mercancía más abundante de la maleta, era la única que se estaba acabando mientras firmábamos. Me lo entregaron completo, sin instrucciones, y lo gasté como quien gasta monedas que no se terminan. Había siempre un mañana disponible para pedir disculpas, para visitar a alguien, para escribir aquella carta, para regresar a la tierra donde nací. Mañana era una palabra generosa. Cabía todo en ella.

Algunos pedidos, creo, se entregaron en otra dirección. Durante años vi a otros hombres disfrutar de cosas que yo recordaba haber encargado: una serenidad temprana, un talento para manejar el dinero, cierta facilidad para quedarse. Nunca reclamé. Es probable que a mí también me haya llegado el paquete de alguien y lo haya abierto sin mirar el nombre.

Quizá por eso los viejos tenemos tantos cajones. No es que seamos ordenados: seguimos intentando domesticar lo que se fue. Uno puede guardar fotografías, cartas, documentos, incluso una vieja prenda llegada de su país en un paquete de otro tiempo, que aún cuelga en el armario aunque ya no pueda vestirla y desconozca por qué se resiste a desprenderse de ella. Pero el martes pasado no hay manera de meterlo en ninguna parte.

A veces abro una gaveta y encuentro un papel que no recuerdo haber guardado. Lo leo y aparece un hombre que fui hace treinta o cuarenta años. Me mira desde la tinta. No sabe que voy a sobrevivirlo, ni que algún día sus preocupaciones me parecerán pequeñas y sus certezas, casi cómicas. Muchas de las cosas que le quitaban el sueño eran, vistas desde aquí, simples trámites administrativos del alma. No se lo digo. Vuelvo a doblar el papel por donde él lo dobló.

He cambiado de ideas tantas veces que, si alguna de mis antiguas convicciones apareciera ahora frente a mí, tendría que pedirle disculpas. «Perdona —le diría—. En aquel tiempo no sabía nada». Y ella quizá respondería: «Tampoco ahora». Lo cual sería bastante razonable.

No todo lo que llegó tarde llegó mal, debo admitirlo. Mi hijo llegó cuando ya nadie lo esperaba en el calendario, y fue él quien me enseñó que ciertas cosas importantes no consultan la fecha. Otros paquetes ni siquiera recuerdo haberlos pedido: una colección de gafas que nunca están donde las dejé, opiniones firmes sobre el precio de las cosas, la costumbre de leer los prospectos de los medicamentos como si fueran literatura. Y entre ellos, sin aviso, cierta soledad que no duele, el permiso de decir «no lo sé» sin sentirlo como una derrota, una ciudad que terminó por saber mi nombre.

Aunque todavía hay tardes en que una esquina cualquiera de Le Plateau me devuelve otra calle, otro clima, otro polvo, y entonces me parece que el exilio no termina cuando uno aprende a vivir en otro lugar. Simplemente cambia de habitación.

También el dolor vino en la maleta, claro, aunque nadie lo encargó. Con los años he dejado de levantarle altares. Me inclino a creer que hay dolores que solo necesitan una silla: que se sienten, que descansen, que se vayan cuando quieran. Algunos tardan. Parece que también ellos se cansan de uno, pero no tienen prisa en demostrarlo.

El cuerpo, entretanto, se ha vuelto un comediante independiente. Me levanto de una silla y escucho sonidos que no sabía que una articulación pudiera producir; supongo que la garantía venció hace tiempo y que nadie tuvo la cortesía de avisarme. La memoria hace huelga selectiva: el nombre de una persona desaparece justo cuando la tengo delante, mientras una canción absurda de hace cincuenta años permanece intacta. Y el teléfono sabe más de mí que yo mismo. Pasé setenta y tantos años tratando de entenderme y ahora resulta que un aparato de bolsillo conoce mis rutas, mis gustos y hasta cuántos pasos doy. Espero que al menos tenga la delicadeza de no escribir mi biografía.

Lo que menos me gusta admitir es que algunas cosas llegaron a tiempo. Estaban ahí, en la puerta, con mi nombre bien escrito. No las abrí porque esperaba otra cosa, algo más grande, mejor envuelto. No sabría decir cuántas fueron. De eso el comerciante no lleva la cuenta, o tiene la delicadeza de no mostrármela.

Tampoco sé recibir. Cuando algo bueno se presenta por fin, no sé dónde poner las manos. Pasé tantos años preparándome para las pérdidas —con la diligencia de quien estudia para un examen que ya da por reprobado— que la desconfianza se me volvió parte del mobiliario. Recibo el paquete, lo sacudo, lo miro a contraluz, leo dos veces el nombre del destinatario. Hay regalos que llegan cuando uno ya no los esperaba y, precisamente por eso, lo encuentran sin defensas: en pantuflas, a medio afeitar, sin ninguna frase preparada.

Algunas noches vuelve, ya sin maleta. Le pregunto si no había nada mejor en el fondo. Se encoge de hombros. «Sí». «¿Qué?». «Haber entendido antes». Y se va, sin dejar recibo. No sabría decir si tiene razón. A los treinta el silencio me habría parecido insoportable, la soledad una condena, y con el entendimiento habría hecho lo mismo que hice con el tiempo. Tal vez las cosas llegan tarde porque antes no habría habido nadie en casa para recibirlas. O tal vez eso es lo que uno se dice para no reclamar. Lo cierto es que todavía, algunas tardes, me sorprendo atento al timbre.

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sábado, 26 de septiembre de 2026

*** 81 - El último inquilino

Capítulo 81

El último inquilino

Una frase me persigue. Está escrita a lápiz en el margen de un libro, con una letra que no es la mía: «La realidad pesa más de lo que el alma soporta; por eso la gente se refugia en sueños prestados y les da el nombre de felicidad.» La encontré hace años en el sótano 2 del edificio, donde se acumulan las últimas pertenencias de quienes parten sin que nadie venga después por ellas. Descansaba entre cajas huérfanas, una lámpara sin pantalla y un diccionario mutilado al que le faltaba la letra a. La leí una sola vez. Bastó para que se instalara en mí. Desde entonces me acompaña como una voz sin rostro, llegada desde una vida extinguida, como si alguien hubiera dejado aquella frase esperándome entre los escombros discretos del olvido.

Pesa la realidad, eso no lo discuto. Pesa el cuerpo al levantarse, antes de que las rodillas acepten el día. Pesa el amor cuando empieza a agrietarse por donde nadie mira, y pesa la memoria cuando se deshilacha justo en el nombre que uno andaba buscando. Pesa el silencio de los dioses, que se parece mucho al de las preguntas que nadie contesta, y pesa también el ruido de la humanidad. Pero sobre todo pesa esto, que tardé años en poder decir: el tiempo no se detiene; somos nosotros quienes nos quedamos quietos mientras él sigue avanzando.

Ante ese peso, el animal humano alquila. Alquila una casa más luminosa, un amor más joven, una fe más consoladora, un futuro más ancho, una nostalgia más dulce —y un balcón que nunca usa—. Firma el contrato con una sonrisa, porque ese contrato —lo dice la frase del margen— se llama felicidad. Lo que casi nadie mira es la letra pequeña: todo alquiler vence. Y el casero, como todos los caseros, rara vez avisa con tiempo; simplemente llega, y uno entiende que la luz prestada nunca fue del todo suya.

⁂

Esta mañana salí a caminar sin rumbo, o con uno que no figuraba en ningún mapa; tardé varias cuadras en darme cuenta. Era primavera, y los letreros de À louer, For rent habían vuelto a las ventanas de mi barrio, el Plateau, como una floración más, pegados con cinta a los vidrios, algunos escritos a mano. Siempre pensé que era una rareza de la ciudad, esa costumbre de mudarse todos a la vez a comienzos de julio, con los colchones amarrados al techo de los carros. Ahora sospecho que es la manera más honesta que tiene un lugar de confesar lo que somos: inquilinos que suben cajas por las escaleras de caracol, convencidos de que esta vez sí la buena decision.

Los romanos llamaban a ese contrato *locatio conductio*. Me gusta pensar —aunque un latinista me corregiría— que alquilar era para ellos conducir algo ajeno: la casa de otro, el campo de otro, a veces el cuerpo de otro. No sé si imaginaron que también se podía alquilar la felicidad. Se alquila, me temo, desde que alguien notó que la verdad pesa y que la mentira, en cambio, se deja pagar a plazos.

⁂

Subí por la avenida du Parc hasta donde empiezan los senderos del cerro de Mont-Royal. Los arces seguían desnudos, con esa quietud que tienen antes de las hojas, y la luz de la mañana pasaba entre las ramas sin pedir nada. Durante un rato me pareció que el mundo todavía me guardaba un sitio. Y, sin embargo, por debajo seguía la inquietud de siempre, esa que no se disipa caminando y que tampoco se va cuando uno se sienta.

Fui pensando, cuesta arriba, en las ilusiones que alquilé para no sentir el peso, y quiero ser justo con ellas: no todas fueron mentiras. Algunas fueron cuartos de paso, habitaciones pequeñas donde uno descansaba antes de volver a la intemperie, y sospecho que sin ellas no habría llegado hasta aquí. Me dije que todos hacemos eso, y me pareció una disculpa razonable. El problema empieza cuando uno se queda a vivir en el cuarto de paso y se olvida de que tenía puerta.

Otras ilusiones tuvieron forma de mapa. Las fui dibujando a mano, sin darme cuenta, durante años: cómo debía responder una persona querida, qué me debía una ciudad, a qué edad tenía que llegar cada cosa. Sospecho que casi ninguna decepción me vino de afuera. Venía del mapa, el día en que alguien se apartaba un milímetro de la línea que yo le había trazado sin consultarle. Entonces no se resquebrajaba el mundo; me resquebrajaba yo, y durante mucho tiempo le eché la culpa al territorio.

Quizá lo que llamé felicidad en esos años fue apenas una coincidencia frágil: una tarde en que el mapa y el camino, por pura casualidad, se parecieron. Y quizá lo más cercano a la serenidad que he conocido sea corregir el mapa con lo que uno va pisando, y no al revés; dejar que la camino sea el camino, aunque yo la hubiera dibujado distinto.

Me pregunto si la realidad era de verdad tan pesada o si simplemente nos enseñaron a cargarla mal: con las manos de la ilusión, con la espalda del deseo, esperando que alguien viniera a relevarnos. Nadie vino. O vinieron, pero también andaban cargando un peso alquilado, y no les quedaban brazos para el nuestro. Quizá lo insoportable haya sido quedarse: vivir tanto tiempo en la casa de otro, entre los muebles de otro, con los sueños de otro, pagando una renta que nunca nos dejó ser dueños de nada. Ni siquiera del silencio, que también se alquila —hay silencios que nos imponen y silencios que uno compra para no oír lo que no quiere oír—.

⁂

Cerca de la cima, al borde del sendero, un hilo de agua de deshielo bajaba por el margen del camino entre piedras y hojas del otoño pasado. Me quedé mirándolo más tiempo del que un hombre sensato le dedica a un recodo del camino. Llevaba un ritmo que no era el mío ni el de la ciudad que zumbaba allá abajo, un ritmo más viejo que cualquiera de mis preocupaciones, y no parecía necesitar que nadie lo entendiera. Pensé —o quizá lo pensó el agua por mí— que tal vez la vida tampoco lo necesita, que le basta con que no le mintamos demasiado. Seguí un trecho el ritmo del agua, sin darme cuenta, y por un momento respiré al compás de la orilla del camino, como si el cuerpo hubiera aprendido algo que la cabeza todavía no sabía.

Por un momento tuve la impresión de que alguien me llamaba desde lejos. Tardé en reconocer la voz: era la mía, la de antes de todos los contratos. Venía sin ruido, desde algún lugar detrás del pecho, y traía el cansancio de los años y una cierta torpeza de niño que no había aprendido a disimular.

⁂

He conversado en estas páginas con el que fui, con el cuerpo, con la fe y con la muerte, con el amor y con el olvido, con el trabajo, con el país y con la intemperie. Visto desde aquí, sospecho que cada diálogo fue una manera de devolver un alquiler. Cada pregunta sacaba un mueble de la casa; cada respuesta dejaba una pared desnuda.

Con el tiempo he comprendido que escribir no es solo un acto de memoria, sino también una mudanza lenta: uno va desalojando habitaciones interiores, desmontando viejas estructuras, retirando objetos que ya no sostienen nada. A veces, mientras escribo en el 413, mi apartamento de la calle de Rigaud, siento que el edificio respira conmigo, como si también él se aligerara de algo. Y pienso en el sótano, donde siguen acumulándose los libros de los que se fueron. Las paredes parecen escuchar, y en ciertos silencios —los más hondos, los que llegan de madrugada— casi podría jurar que se inclinan un poco, como si quisieran participar en la conversación.

Cada capítulo ha sido una forma de abrir una ventana y dejar que entre aire nuevo, aunque a veces ese aire traiga frío, o recuerdos que preferiría no tocar. Pero así es este oficio: uno escribe para aclarar, y termina removiendo lo que estaba cuidadosamente guardado. Uno escribe para ordenar, y termina descubriendo que el desorden también tiene su verdad.

Y no me refiero a una verdad filosófica, de esas que se citan en los libros. Me refiero a la verdad literal de mi escritorio: las pilas de papeles que ya no distinguen entre lo urgente y lo olvidado, los libros abiertos en páginas que ya no recuerdo por qué marqué, las tazas de café vacías que se acumulan como pequeños monumentos a la distracción —una de ellas todavía tiene el resto de anteayer, y no pienso lavarla: es la única arqueología que practico—. Si el desorden tiene su verdad, la mía debe de ser una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso: una enciclopedia escrita por un hombre que ya no recuerda dónde guardó el índice.

He devuelto tantos alquileres que ya no sé qué queda por pagar. Quizá este libro sea la última habitación que me faltaba vaciar, el último mueble que debía arrastrar hacia la luz. Quizá después de esto la casa quede finalmente en silencio, no como un vacío, sino como una forma de descanso. Porque hay paredes que solo se vuelven verdaderamente nuestras cuando ya no les exigimos que sostengan nada.

Y ahora la casa está vacía.

No triste: vacía, que no es lo mismo. La tristeza habría sido un mueble más, y ya no queda ninguno. Queda una habitación donde la luz llega hasta el fondo sin tropezar con nada, y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no necesita mentirse para estar en ella.

⁂

Allá arriba, junto a la la orilla del camino, sentí algo que no me atrevo a llamar felicidad —no todavía—. Era más bien una claridad sin ruido, de esas que no duran y tampoco necesitan durar. Desde esa intemperie limpia puedo decir, en voz baja por si me equivoco, lo que no supe decir durante años: que quizá la felicidad nunca fue lo que buscaba. Lo que buscaba era algo que no consuela, pero sostiene; algo que no se alquila, se lleva. Llevarlo sin disfraces ni contratos es la única libertad que conozco. No es una libertad alegre. Es grave, y un poco torpe, como la de quien ha devuelto todo lo prestado y se queda con las manos vacías, que son, por fin, las suyas.

No sé cuánto tiempo me queda, y a estas alturas ya no le pido a nadie que me lo calcule. Me concedo, eso sí, algunas cosas sin trámite: abrir una botella de vino una tarde cualquiera, sin nada que celebrar; caminar sin volver la cabeza hacia lo que ya no me pertenece. Hace tiempo dejé de buscar alivio en los demás —también ellos andaban cargando lo suyo—, y fue entonces, cuando ya no la esperaba, que algo parecido a la alegría empezó a visitarme. No viene todos los días. Llega sin avisar, como el casero, pero no trae cuentas.

Si alguien me preguntara qué aprendí a estas alturas, cuando ya ha pasado tanta agua bajo el puente de la vida, diría —con algo de pudor, porque suena a poco— que aprendí a quedarme quieto. A no buscar un contrato nuevo cada vez que el anterior vencía. A dejar que el silencio dijera lo suyo sin apresurarme a traducirlo. Allá, en mi tierra, a eso le dirían «no hacer nada»; aquí, a esta edad, empieza a parecerme casi un oficio.

⁂

Hay algo, sin embargo, que no he podido devolver. La frase del margen sigue ahí, con su letra ajena, y a veces me sorprendo discutiéndole en voz baja, como a un vecino que tiene razón a medias. No sé de quién es esa letra. Tampoco estoy seguro de que importe. Quizá ese vecino también alquilaba, y al irse devolvió el libro sin saber que me dejaba la frase a mí.

Es extraño dedicar una vida entera a descifrar el enigma humano y sospechar, ya tarde, que toda esa búsqueda cabía en un gesto mínimo: intentar no herir, ser un poco más amable, como quien deja una luz encendida para que otro no tropiece.

Aquí termina *Diálogos desde la edad del silencio*. No porque se hayan acabado las preguntas: se han acabado los alquileres. Lo que venga después, si viene algo, será nuestro.

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jueves, 24 de septiembre de 2026

*** 80 Para que no se nos acabe la conversación

Capítulo 80

Para que no se nos acabe la conversación

El libro costó dos dólares. Estaba en la sección de usados de la Librería Española, en el boulevard Saint-Laurent, a pocas cuadras de donde vivo, entre un manual de jardinería y una novela policial sin tapa. Eran unos Cuentos de Jack London, en una traducción de los años sesenta, con el lomo despegado y una dedicatoria a lápiz que alguien había intentado borrar sin conseguirlo. Tenía la letra de alguien que estaba aprendiendo el idioma: Para B. Hélène C., que no le tiene miedo al frio. Para que no se nos acabe la conversación. Así, sin tilde. Lo compré por Hélène —creo— más que por London.

Sé que no es ella. Las iniciales se repiten, los nombres también, y esta ciudad está llena de libros que cambiaron de dueño sin avisar. Pero hay coincidencias que no piden permiso. Me quedé un rato en la acera, con el libro en la mano, mientras el tráfico de Saint-Laurent pasaba a mi lado, y de pronto regresé a mis veinte años y era la hora del almuerzo en una oficina de otro país y de otro siglo.

Trabajábamos en la esquina de una calle con el nombre de nuestro país y un prócer olvidado. No había semáforos: solo transeúntes y carros que se entendían como podían, a fuerza de bocina y de paciencia. La geografía también tiene sentido del humor. Había un mensajero que llegaba a pie, con la camisa empapada y una carpeta que nunca se mojaba, aunque lloviera de lado. Nadie sabía cómo lo hacía. Una vez se lo pregunté y me dijo: «Uno aprende a cuidar lo que lleva». Entonces me pareció una frase de mensajero. Ahora creo que era otra cosa.

Esa noche, bajo la lámpara de la cocina, la dedicatoria me pareció más oscura que en la librería, como si el lápiz hubiera recuperado algo en el camino. Debajo había una fecha que allá no había visto: de marzo, y delante un número que la goma había alcanzado a gastar —un dieciocho o un diecinueve, no sabría decir—. Sin año. Será la luz, pensé. Después abrí el libro al azar, como se abren los libros viejos, dejando que ellos elijan. Y el libro eligió una página que he vuelto a leer tantas veces que ya no sé si la copio o la recuerdo —que es otra manera de traicionarla—. Decía, más o menos, así:

La vida es cosa rara. ¿De dónde nos viene esta sed de seguir? Es una partida que nadie termina ganando. Vivir es cargar, sudar y perder, hasta que la vejez nos cae encima como un abrigo mojado y acabamos calentándonos las manos en estufas que apenas dan calor, como si también ellas estuvieran cansadas de acompañarnos. Cuesta vivir. El niño entra al mundo llorando, como quien reclama un equipaje que no le devolvieron; el viejo sale de él agarrado al último aire como a la baranda de una escalera; y entre una puerta y otra no hay día que no traiga su cuota de apuro y de pena. Y sin embargo el hombre va hacia la muerte a tropezones, cayéndose, mirando por encima del hombro lo que deja, peleando cada paso. Y la muerte es amable. Lo que tiene filo es la vida, y las cosas de la vida. Pero amamos la vida y le tememos a la muerte. Es muy raro.

La leí dos veces. La segunda, en voz alta, para oír cómo sonaba en la cocina. Hace cincuenta años se la habría leído a ella, y ella me habría discutido la mitad.

Hay frases que uno encuentra demasiado tarde para discutirlas con su autor. London escribió aquello siendo muy joven, y se murió a los cuarenta, antes de llegar a la edad desde la que yo lo leo. Tenía derecho a esa rotundidad; los jóvenes que han pasado frío y hambre suelen tenerlo. Yo, en cambio, ya no me atrevo a decir que «la muerte es amable». No la conozco lo suficiente. La he visto llevarse gente —eso sí— y no siempre con buenos modales.

Pero la pregunta se me quedó puesta en la mesa, como un plato que nadie recoge. ¿De dónde esta sed? A cierta edad las preguntas se hacen menos para contestarlas que para habitarlas. Uno se sienta en ellas como en un sillón que ya tiene la forma de su cuerpo, y desde ahí mira.

Es verdad que nadie gana. Y sin embargo ahí seguimos, barajando otra vez las mismas cartas gastadas, con una terquedad que no sé si es valentía o simple falta de imaginación. Quizá las dos cosas. Quizá vivir consista en eso: volver a repartir aunque uno ya sepa cómo termina la partida.

Lo que la página no dice —o a su autor no le dio tiempo de decir— es lo que ocurre antes de que las estufas se enfríen del todo. Hay una edad que no aparece en ella. He visto hombres y mujeres llegar a esa edad. No lo anuncian; no hay umbral ni ceremonia. Un día simplemente dejan de corregir a los demás. Dejan de tener razón y después —lo que es más difícil— dejan de querer tenerla. Y entonces, casi sin darse cuenta, empiezan a escuchar: el ascensor que sube a deshoras, la tos de un vecino detrás de la pared, el metro que pasa bajo la calle y hace temblar apenas el agua de un vaso. Ella aprendió todo eso mucho antes que yo.

No es sabiduría. Es algo más modesto: el cansancio de tener opiniones.

Esas personas no callan porque no tengan nada que decir. Callan porque descubrieron que las palabras, a fuerza de usarlas, se gastan como piedras de río y ya no cortan. A eso lo he llamado, en estas páginas, la edad del silencio. Nunca supe bien si el nombre era exacto. Esta noche, con el libro de Hélène abierto, me parece al menos que no es un nombre triste: es la edad en que el ruido de uno, por fin, deja oír otras cosas. Y que, a pesar de su nombre, todavía guarda palabras que uno no había pronunciado.

Aquellas estufas de la página apenas dan calor. Yo también he puesto las manos en ellas. Pero hay noches —pocas, no voy a exagerar— en que al fondo de la ceniza aparece una brasa mínima, sin leña y sin viento, y calienta los dedos un instante. No sé de dónde sale. No es un recuerdo; los recuerdos queman distinto. Se parece más a una curiosidad que se niega a apagarse. A las ganas de ver qué trae el martes. A estas alturas uno no comienza de nuevo; continúa, que es una forma más humilde de esperanza. Quizá eso era lo que él llamaba sed, y lo que le parecía raro. A mí también me lo parece. Solo que ya no me molesta.

La vida, a su manera torpe, me ha ido enseñando a soltar: primero las cosas grandes, luego las pequeñas, luego la necesidad de explicar por qué las solté. No lo hizo con delicadeza. Pero lo hizo. Algunas cosas, sin embargo, no me las ha pedido.

Aquella compañera de tiempos idos leía más que yo y escuchaba todavía mejor. Hablábamos de todo —de todo un poco, del tiempo, de si valía la pena— como si nos hubieran prestado unos temas que no eran de nuestra edad y hubiera que devolverlos pronto. En aquella oficina no era la más ruidosa ni la más visible. Era de las que sostienen las cosas sin que nadie lo note.

Recuerdo, sobre todo, un domingo por la tarde en que fui a visitarla. No sé con qué pretexto —a esa edad los pretextos se inventan por el camino—. Nos sentamos en el piso de su balcón, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas hacia la baranda, porque las sillas estaban adentro y a ninguno de los dos se le ocurrió ir a buscarlas. Las baldosas guardaban todavía el calor del mediodía. Abajo pasaba poca gente; en algún apartamento vecino, un radio narraba un partido que nadie parecía estar oyendo, y la tarde se iba poniendo de ese color que allá anuncia el aguacero y después no siempre cumple.

De qué hablamos, no lo sé bien. De todo, supongo —como siempre—. Recuerdo mejor las pausas: ella con las rodillas recogidas, mirando la calle; yo buscando una frase inteligente que no terminaba de llegar. Y recuerdo haber pensado, sin decirlo, que aquel rato no se iba a repetir. No me equivoqué del todo. Hay recuerdos que, si los sigo hasta el principio, me devuelven siempre a ese piso tibio.

Yo tenía entonces opiniones rotundas sobre la muerte, como las de esa página; ella tenía la paciencia de dejarme terminarlas. Hubo entre nosotros una claridad breve, de esas a las que a esa edad uno no sabe qué nombre ponerles. Yo no se lo puse. No la recuerdo como una pérdida. Se parece más a una canción que ya nadie canta y que uno, sin embargo, se sabe entera.

Cada uno siguió su camino —y fueron caminos completos—.

Hay otoños que no llegan con hojas amarillas ni con olor a lluvia. Se instalan por dentro. Durante aquellos años de distancia y desarraigo descubrí que la verdadera intemperie no estaba en las calles de una ciudad extraña, sino en ciertos lugares de uno mismo que nadie visitaba. Vivía, trabajaba, avanzaba como podía, pero algo en mí seguía esperando. No sabía exactamente qué. Tal vez una amistad sincera, una conversación sin prisas, alguien capaz de abrir una rendija en aquellas habitaciones que el tiempo había mantenido cerradas.

Muchos años después, por uno de esos azares que ahora caben en una pantalla, volvimos a encontrarnos. No hubo anuncio ni fecha que yo pueda señalar: un día advertí que ciertas sombras ya no ocupaban todo el espacio, y que aquella conversación que daba por terminada estaba apenas en pausa. No borró nada de lo que traigo encima —tampoco se lo habría pedido—; me ayudó, quizá, a mirarlo sin sentir que debía quedarme a vivir ahí.

No sé si ella le teme al frío. Sé que nunca le tuvo miedo a las preguntas, y que todavía lee lo que escribo —desde su mundo— con esa manera suya de detenerse justo donde yo dudé. Aquella claridad no se apagó: cambió de oficio. Ahora alumbra la lectura.

Si hoy volviéramos a sentarnos en aquel piso tibio, creo que ya no le llevaría opiniones. Le diría, a lo sumo, que me ha ido pareciendo un privilegio extraño esto de ser mortal. Que pasamos la vida haciendo planes para un mañana que nadie nos prometió, hablando del futuro con la confianza de los dueños, cuando somos apenas huéspedes de paso. Ella sonreiría, me parece, porque eso lo supo antes que yo.

Le diría también que he dejado de querer entenderlo todo; la vida no se deja entender mucho, se deja vivir, y a veces ni eso sin regatear. Que acepto —no siempre de buen grado— como quien mira la tarde desde una ventana y sabe que esa luz no se queda. Y que por eso, cuando el cuerpo lo permite, me sirvo una copa de vino, miro despacio las flores que mañana tendrán otra forma y procuro no soltar demasiado pronto a quienes todavía se sientan a mi mesa. Lo demás pesa mucho. Voy aprendiendo a dejarlo.

En la página, la vida era una partida que nadie gana. Yo, algunos días, veo más bien un puente de niebla tendido sobre no sé qué. No parece obra firme ni duradera. Pero mientras lo cruzo, y mientras una voz amiga me responda desde la otra orilla, el desastre no tiene la última palabra. O al menos tarda en decirla.

Quizá un día lea esta página. Quizá reconozca un almuerzo, un domingo, una fecha a medio borrar, unas iniciales escritas a lápiz por otra mano. O quizá no, y pase de largo, como se pasa frente a una dedicatoria ajena en una caja de usados. Las dos cosas me parecen bien.

Las dedicatorias son cartas que se escriben en un margen y que a veces llegan a manos que no eran las destinatarias. Uno escribe «Para B.» y no sabe que un día un desconocido en Montreal va a leer esas dos letras y a preguntarse quién fue B. y por qué no le tenía miedo al frío. A mí, esta noche, me tocó ser ese desconocido.

El libro llama raro a eso de amar la vida y temerle a la muerte. Durante muchos años yo también creí que el gran misterio estaba del lado de la muerte. Ahora ya no estoy tan seguro. Ella ha acompañado sin alboroto a cada generación antes que la mía, y seguirá haciéndolo cuando ya nadie pronuncie mi nombre; se parece más a una ley que a un enigma. Lo raro ha sido lo otro.

Vivir aquella mañana en Medellín sin saber que algún día me iría. Vivir el vuelo que me trajo a Montreal con una visa de apenas catorce días y la incertidumbre doblada en el bolsillo como un recibo. Vivir los inviernos, los trabajos, los afectos que llegaron para quedarse y los que se fueron sin despedirse. A veces me miro las manos y me cuesta creer que sean las mismas que sostuvieron documentos de banco, maletas de inmigrante y, esta noche, un libro de dos dólares con una dedicatoria ajena.

Ya no me pregunto tanto por qué habremos de morir. Me pregunto cómo fue posible vivir tanto, equivocarme tanto, aprender tan poco y, aun así, llegar hasta aquí. Si el libro me dejara corregirle una línea, le movería la rareza de lugar: lo raro no es la muerte. Lo raro es haber vivido.

Así que no voy a decidir esta noche si amo la vida y le temo a la muerte. Me quedo en el espacio que hay entre las dos. Es un espacio estrecho, pero cabe una silla, y un libro de dos dólares, y una conversación que empezó hace medio siglo y que nadie ha dado por terminada. Cabe también una dedicatoria que no era para mí y que, sin embargo, me encontró.

Afuera, en la calle Saint-Laurent, un camión de basura hacía su ronda con esa puntualidad que en Montreal es casi una forma de fe. «La vida es cosa rara», sí. Lo dijo un joven que no llegó a viejo. Yo, que sí llegué, apenas le he movido una palabra de sitio.

Dejé el libro sobre la mesa, abierto en esa página, por si alguien quería seguir la discusión. Por la mañana estaba abierto en otra.

Solo imagino de qué se habrá acordado.

***

Quizá todos seamos el secreto de alguien:
un nombre escrito a lápiz en un margen,
que alguien intentó borrar
sin conseguirlo.

Hay afectos que no se despiden.
Se quedan en la memoria
como se queda una fecha
cuando ya nadie recuerda el año.

No necesitan palabras, ni siquiera presencia.
Les basta una página abierta,
una conversación
que nadie ha dado por terminada.

Y mientras la vida sigue escribiendo
otros capítulos —completos, suyos—,
ellos crecen en voz baja,
como esos jardines que nadie mira
y que, sin embargo, retoñan cada marzo.

Algunas cosas no se cuentan.
Se dejan en un margen,
por si alguien, alguna vez, las lee.

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