viernes, 2 de octubre de 2026

“Cuando la luz también escribe”

Cuando la luz también escribe

Hay momentos en que escribir no duele: ilumina. No porque las heridas desaparezcan ni porque el pasado deje de ser pasado, sino porque al nombrar ciertas cosas estas dejan de moverse en la oscuridad. Durante años creí que escribir era una forma de desenterrar tristezas, de sacar a la superficie lo que había permanecido escondido demasiado tiempo. Hoy, a esta altura de la vida, sospecho que también puede ser otra cosa: una manera de encender una luz pequeña donde antes solo había preguntas.

Hay cosas que no sabía que sentía hasta que me senté a escribirlas. Recuerdos que parecían dormidos volvieron sin hacer ruido; nombres, lugares, voces y rostros aparecieron en la página como quien regresa a una casa después de muchos años y encuentra todavía una silla en el mismo sitio. Algunas revelaciones dolieron, naturalmente. Otras trajeron una serenidad inesperada. Como si dentro de mí hubiera habido durante años un cuarto desordenado y, de pronto, alguien hubiese abierto las ventanas.

Quizá por eso la escritura se ha convertido en una forma de regreso. No a un lugar determinado, porque hay lugares a los que ya no se vuelve, sino a esa parte de mí que quedó dispersa por los caminos de la vida. Al hombre que fui, al que dejó una tierra, al que llegó a otra, al que aprendió a vivir con ausencias y a conversar con recuerdos que no siempre llaman a la puerta. Escribir me permite encontrarme con todos ellos sin tener que escoger cuál de mis vidas es la verdadera. Todas lo son. Todas me han traído hasta aquí.

La página tiene una virtud que no siempre encontramos en las personas: no interrumpe. Puedo decirle lo que nunca dije, volver sobre una decisión, confesar una nostalgia, reconocer un miedo o simplemente permanecer en silencio frente a ella. No me juzga ni me pide explicaciones. Espera. Y quizá esa paciencia sea una de las formas más discretas de la ternura.

Con los años he descubierto, además, que no todo lo que llevamos dentro es tristeza. También escondemos belleza. Guardamos pequeñas alegrías que no supimos reconocer cuando ocurrieron, gestos que parecían insignificantes y que ahora regresan con una luz distinta. Una conversación, una calle, una taza de café junto a una ventana, la nieve cayendo sobre Montreal, una voz que alguna vez nos llamó por nuestro nombre. Hay recuerdos que no vuelven para hacernos sufrir, sino para recordarnos que estuvimos vivos.

Tal vez escribir consista también en eso: aprender a mirar de nuevo lo que creíamos conocido. La memoria cambia con nosotros. El mismo recuerdo que a los treinta años parecía una derrota puede adquirir, a los setenta y tantos, otro significado. No porque el pasado haya cambiado, sino porque quien lo contempla ya no es el mismo. El tiempo, que tantas cosas nos quita, a veces nos devuelve una comprensión que antes no teníamos.

Hay días en que escribo para entender y otros en que escribo simplemente para estar. No necesito encontrar una conclusión. Me basta con seguir una frase hasta donde quiera llevarme, dejar que un recuerdo abra otro, permitir que una imagen aparezca sin obligarla a explicar nada. A cierta edad uno empieza a sospechar que no todas las preguntas necesitan respuesta. Algunas solo necesitan un lugar donde descansar.

Por eso la escritura dejó de ser para mí una especie de escudo. Ya no escribo para defenderme de la vida, sino para acompañarla. La página se parece entonces a una habitación tranquila donde puedo sentarme después de haber caminado mucho. Afuera continúan el ruido, los relojes, las noticias, las obligaciones de los otros. Aquí dentro, en cambio, puedo respirar a mi propio ritmo.

A veces siento que escribo para regresar a una casa que nunca existió del todo. Una casa construida con palabras, recuerdos y fragmentos de las muchas vidas que he vivido. En ella caben la infancia de San Carlos, los caminos que quedaron atrás, la tierra que se convirtió en memoria y esta ciudad que, después de tantos años, también terminó por formar parte de mí. No es una casa sin tristeza. Tampoco pretende serlo. Es, simplemente, un lugar donde mis recuerdos pueden sentarse sin tener que pedir permiso.

Y allí ocurre algo extraño: mientras escribo sobre lo que perdí, encuentro también lo que permanece.

Quizá sea una de las enseñanzas más silenciosas de la edad. Uno comienza creyendo que recordar consiste en conservar intacto lo que fue, pero termina entendiendo que recordar es transformar. El recuerdo no permanece inmóvil; cambia de forma, envejece con nosotros, aprende nuevos significados. Algunas heridas se convierten en cicatrices. Algunas ausencias se vuelven compañía. Algunas nostalgias dejan de pedir regreso y se conforman con existir.

Escribir me ha permitido descubrir también una fuerza que durante mucho tiempo no supe reconocer. Cuando uno repasa su propia historia con cierta distancia, comprende que ha sobrevivido a más cosas de las que imaginaba. No siempre con elegancia, desde luego. A veces con torpeza, con miedo, con decisiones equivocadas y alguna que otra caída que todavía recuerda el cuerpo. Pero aquí estoy. Y quizá haya una forma humilde de victoria en seguir estando.

No escribo para demostrar que fui fuerte. Escribo porque ahora puedo mirar mis fragilidades sin avergonzarme de ellas. Hay una edad en la que uno deja de querer parecer invulnerable. Entiende que también las grietas permiten entrar la luz.

Tal vez por eso algunas palabras, cuando finalmente encuentran su sitio, ya no hieren. Respiran.

Y entonces comprendo que el verdadero refugio quizá no esté en la historia que cuento, sino en el acto mismo de contarla. En esa respiración que acompaña una frase, en la pausa entre dos recuerdos, en el pequeño silencio que queda después de escribir algo que durante años no había podido decir. La escritura no cambia lo ocurrido, pero puede cambiar la manera de vivir con ello.

Afuera puede seguir nevando. El río puede continuar su viaje sin preguntarme hacia dónde voy. Las estaciones pueden hacer su trabajo paciente sobre los árboles y sobre mi cuerpo. El tiempo seguirá llevándose lo suyo. Yo no puedo detenerlo, y a estas alturas tampoco quiero hacerlo.

Me basta con escribir.

Porque cada página es una forma de permanecer sin aferrarme. Cada recuerdo que pongo en palabras deja de ser únicamente mío y adquiere otra vida. Cada frase me devuelve algo que creía perdido: no la juventud, ni los años que quedaron atrás, sino la posibilidad de mirarlos sin miedo.

Quizá escribir sea eso: encender una lámpara en una habitación que creíamos vacía y descubrir que nunca lo estuvo.

Había allí recuerdos.

Había silencios.

Había una vida esperando ser escuchada.

Y ahora, mientras escribo, también hay luz.

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