sábado, 17 de octubre de 2026

La nostalgia del porvenir

La nostalgia del porvenir

Hace algún tiempo me senté a hacer inventario de lo que llevaba encima. Lo hice con la calma de quien vacía los bolsillos de un abrigo que no se ponía desde el otoño pasado y va encontrando, uno a uno, un boleto vencido, una moneda de otro país, un papel con un número que ya no sabe a quién pertenece. Así aparecieron sueños sin estrenar, palabras que nunca llegaron a destino, abrazos que el orgullo dejó esperando en alguna estación remota del tiempo.

Me sobraron miedos. Me faltaron audacias. Había guardado con esmero algunas heridas que ya no tenían dueño y conservado rencores que valían menos que el polvo acumulado sobre ellos. En cambio, eché de menos ciertas miradas y la tibieza de manos que un día estuvieron al alcance de las mías.

También descubrí que había acumulado muchos zapatos para muy pocos caminos. Que postergué demasiadas alegrías para un mañana que nunca me había dicho que sí. Y que, mientras esperaba el momento perfecto para vivir, la vida pasaba de puntillas frente a mi puerta.

Sin embargo, al terminar aquel inventario encontré algo que no esperaba: todavía sigo extrañando lo que no ha sucedido.

No sé de qué hondo rincón nace esta nostalgia del porvenir, pero habita en mí con la misma devoción con que otros recuerdan la infancia perdida. Extraño el viento que todavía no me ha rozado el rostro, la luz velada de una calle desconocida que me aguarda tras alguna esquina, los pasos que no he dado y esas ideas que, en la penumbra del pensamiento, van madurando en silencio.

Echo de menos también los abrazos que aún no tienen nombre. Viven escondidos en los días de personas que hoy me son ajenas; gente que camina su propia vida sin intuir que algún día podríamos compartir un instante de ternura, una confidencia en voz baja o una de esas conversaciones que uno sigue escuchando días después. Me pregunto cuántas veces me habré cruzado, a ciegas, con quien todavía no ha llegado a mi vida. Hay risas futuras que ya resuenan débilmente en mi memoria, como si el alma pudiera recordar lo que el tiempo todavía no le ha entregado.

A mis años, podría parecer un desatino seguir aguardando lo incierto. La vida me ha enseñado que hay promesas que se disuelven en el aire y deseos que jamás encuentran cobijo en nuestra historia. Y sin embargo me descubro imaginando palabras pendientes, rincones no pisados, alegrías que aún no han hallado la forma de presentarse. No pido grandes milagros. Me basta la tibieza de una amistad imprevista, el sosiego de una tarde distinta, una palabra dicha con la afinación justa. Quizá lo que de verdad importaba estuvo siempre en lo menudo: el charco que copia el cielo después de la lluvia, una conversación que se alarga bajo una ventana, un abrazo dado a tiempo. Hay regalos que llegan sin envoltura y que, cuando uno intenta agradecerlos, ya se han vuelto recuerdo.

Quizá por eso me conmueven las primaveras futuras, incluso aquellas que apenas tendré tiempo de presenciar, y aunque aquí lleguen siempre con retraso, cuando uno ya había dejado de creer en abril. Me consuela la idea de que cada estación guarda la discreta posibilidad de un comienzo, aun cuando los años nos hayan despojado de la antigua ingenuidad. El tiempo no devuelve lo perdido, pero a veces concede una mirada más limpia sobre lo que permanece. Hay heridas que dejan de doler sin apagarse del todo, y otras que, despacio, nos enseñan a tocar el mundo con menos exigencia y más delicadeza.

De tanto en tanto percibo una extraña distancia entre el hombre que soy y el que todavía podría llegar a ser. No busco transfigurarme ni corregir con prisa las sombras del pasado; conozco demasiado bien mis límites como para hacerme falsas promesas. Se trata, tan solo, de no dar por terminada la historia mientras quede capacidad de asombro. Tal vez me aguarde una conversación que desarme una vieja certeza, un afecto que apacigüe alguna soledad o la página capaz de nombrar lo que llevo años callando. No sé qué forma tendrán esas cosas, pero me reconforta saber que no todo está escrito.

Hubo, sin embargo, otro porvenir, y ese ya caducó. Durante años creí que lo que amaba se quedaría esperándome. Siempre habría un después: después del trabajo, de los años difíciles, de la distancia. Tendría tiempo para volver, para abrazar a quienes dejé atrás y decirles por fin lo que llevaba tanto tiempo guardado. La vida, mientras tanto, siguió su curso, y yo aprendía a sobrevivir en otra tierra, con otro idioma en la boca y otras horas en el reloj. Cuando quise volver sobre mis pasos, el tiempo no había conservado nada intacto; algunos nombres ya solo vivían en mi memoria.

Ese después que tanto prometemos —me inclino a creer— no figura en ningún calendario. Quedaron conversaciones aplazadas sin fecha, y puertas que un día se cerraron sin avisar que era la última vez. Más que los años, me pesan las ausencias que fui juntando por el camino, los regresos que no sucedieron, lo que dejé sin vivir mientras perseguía el porvenir. Quizá la nostalgia más honda no tenga su casa en el pasado, sino en aquel futuro imaginado donde todos seguían vivos, donde la distancia podía deshacerse como un nudo flojo y donde aún era posible volver a casa. En ese lugar que nunca existió vive todavía una parte de mí, la más callada.

El porvenir que me queda lo imagino, en cambio, como una casa que todavía no conozco. Ignoro sus habitaciones y no sé quién abrirá la puerta; tampoco espero que me aguarde allí nada extraordinario. Quizá solo una silla junto a la ventana, una voz amable, la serenidad de sentirme, al fin, en el lugar adecuado. He vivido lo suficiente para desconfiar de las claridades excesivas, pero no tanto como para renunciar a los pequeños hallazgos. Entre la esperanza y la prudencia, aprendí a caminar sin exigirle al mañana que me revele sus secretos.

Esta otra nostalgia mira hacia adelante. Es la tristeza leve de lo que aún no existe, mezclada con la discreta alegría de imaginar que podría ser. Acaso sea nuestra manera de seguir perteneciendo al mundo, incluso cuando una parte de nosotros empieza a despedirse de él.

No sé cuánta tinta me queda. He dejado de hacer cuentas con el tiempo; los números rara vez entienden lo esencial. Prefiero habitar la incertidumbre como un territorio tranquilo donde todavía caben las cosas pequeñas y verdaderas. No pido un futuro largo, solo uno que no se vuelva del todo previsible.

Y así, casi sin buscarlo, sigo echando de menos lo que no ha sucedido: la cadencia de una voz, el trazo de una calle, una risa compartida, tal vez esa última amistad que llega cuando uno ya ha dejado de esperar. No sé si esas sombras caminan hacia mí o si soy yo quien, a pesar de los años, sigue saliendo a su encuentro.

Por ahora me basta con guardarles un rincón despejado en la vida que me queda. No para esperarlas con impaciencia, sino para que, si alguna decide asomarse, no me encuentre del todo distraído.

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