lunes, 5 de octubre de 2026

***** La memoria que llama a la puerta

La memoria que llama a la puerta

No sé exactamente cuándo empezó. Quizás fue una mañana de noviembre de 1988, cuando Montreal todavía era para mí una ciudad sin rostro y desde la ventana veía caer unas pequeñas plumitas blancas que se deshacían apenas tocaban el suelo. No sabía todavía que aquello era nieve —o quizá sí lo sabía—, pero me resistía a creer que el invierno pudiera llegar de una manera tan delicada. La nieve verdadera la conocí después.

Aquella mañana salí a caminar. No tenía mucho que hacer, salvo reconocer las calles y tratar de convencerme de que aquella ciudad podía llegar a ser mi casa. Había dejado atrás Medellín, una parte de mi historia y muchas cosas que no cabían en una maleta. Llegué en julio con una visa de catorce días, suficiente para entrar al país, pero demasiado breve para explicar todo lo que ya había ocurrido dentro de mí. Hoy pienso que aquella visa no fue más que un papelito burocrático para un viaje que había comenzado mucho antes de que el avión despegara.

La memoria vuelve a esa mañana sin levantar la voz. Se presenta en mi apartamento del Plateau-Mont-Royal cuando menos la espero, se sienta frente a mí y comienza a sacar de sus bolsillos escenas que yo creía perdidas. Algunas vienen intactas; otras llegan con los bordes gastados, como fotografías que han pasado demasiados años en una caja.

A veces me muestra al hombre que fui en aquel invierno todavía desconocido. Lo veo caminar con una mezcla de miedo y determinación, fingiendo saber adónde iba mientras la ciudad —indiferente y enorme— seguía con su vida. Nadie me esperaba en aquellas calles. Nadie conocía mi nombre. Y, sin embargo, había algo extraño en aquella soledad: por primera vez podía empezar de nuevo sin que nadie supiera quién había sido.

La memoria también me lleva a México, diez años después, cuando me fui para casarme: otro de esos momentos en que la vida parece pedirle a uno que salte antes de explicar dónde está el suelo. No hubo heroísmo. No recuerdo música de fondo ni una frase memorable que pudiera utilizar ahora para embellecer aquella decisión. Hubo miedo, necesidad y esa clase de coraje que uno descubre solamente después, cuando mira hacia atrás y comprende que siguió caminando porque detenerse tampoco era una opción.

Durante mucho tiempo llamé a aquello supervivencia. Quizás lo era. Pero sobrevivir no consiste únicamente en mantenerse de pie. También es conservar alguna parte de uno mismo cuando las circunstancias parecen empeñadas en cambiarle el nombre a todo.

La memoria no siempre es amable. Hay días en que abre puertas que yo preferiría mantener cerradas. Me recuerda las llamadas que no hice, las palabras que dejé para después, los afectos que fui soltando sin comprender del todo que algunas cosas, una vez perdidas, no regresan. Me recuerda que el exilio puede convertirse en una explicación demasiado cómoda y que no todas las heridas nacieron de la distancia. Algunas las llevé conmigo.

También nosotros tuvimos nuestras torpezas, nuestros silencios, nuestros egoísmos pequeños, nuestras ausencias. La memoria no viene a juzgarnos por ello. Viene, más bien, a impedir que nos mintamos.

Pero después cambia de tono.

Entonces me habla de mi hijo.

Me recuerda que nació un mes antes de que yo cumpliera cincuenta años, como si la vida, que hasta entonces había parecido empeñada en cerrarme puertas, hubiera decidido dejar una ventana abierta. Recuerdo la mezcla de alegría y miedo que acompañó su llegada. A esa edad uno ya ha aprendido que la vida no concede garantías, y quizá por eso su nacimiento tuvo algo de milagro doméstico: un niño pequeño entrando en la historia de un hombre que creía conocer demasiado bien la suya.

Mi hijo no llegó a corregir mi pasado, ni tenía por qué hacerlo. Llegó, simplemente, y el futuro volvió a sorprenderme.

A veces pienso que la memoria es una anciana que vive en algún rincón de mi apartamento. No la he visto nunca, pero sé que está allí. Camina despacio por las habitaciones, toca mis libros, mira las fotografías y, cuando encuentra alguna que he olvidado, la vuelve a colocar sobre la mesa. De vez en cuando abre una ventana y deja entrar el frío. Yo le pregunto qué busca y ella no responde. Solo sonríe.

Ya no intento expulsar los recuerdos incómodos. La memoria no viene únicamente a devolvernos lo que perdimos. También viene a mostrarnos lo que fuimos capaces de soportar.

Y hay días en que no trae frío.

Una vez más el verano ha regresado.

Me sorprende decirlo así, porque durante muchos años fui un hombre que esperaba el verano como quien espera una tregua. Ahora lo miro de otra manera. Entra sin pedir permiso, se queda sobre los libros, enciende las paredes con una luz tranquila. No promete nada, simplemente regresa. No sé cómo lo hace.

Me quedo observando la luz y siento que la memoria se sienta a mi lado.

«Mira bien —parece decirme—. Esto también eres tú».

Entonces comprendo que este verano y aquella primera nieve no son recuerdos separados. Entre ambos hay casi cuarenta años. Llegué en julio y, sin embargo, es la nieve lo que recuerdo como llegada; el verano es mi permanencia. Entre una y otro caben el miedo, el exilio, el trabajo, las pérdidas, los afectos, las equivocaciones, mi hijo, los libros y todos esos pequeños acontecimientos que en su momento parecieron insignificantes y que ahora, vistos desde la distancia, forman una especie de dibujo secreto.

Y mientras la luz continúa entrando, pienso que todavía puedo fiarme de la vida.

No como lo hacía aquel hombre joven que creía controlar el rumbo, sino de otra manera. A mi edad uno ya sabe que no controla casi nada. Sabe que el cuerpo cambia, que algunas personas se van, que ciertos caminos se cierran sin consultar, que el tiempo no devuelve lo que toma. Pero también sabe que la vida —contra toda lógica— puede abrir una puerta cuando uno ya había dejado de buscarla. Así fue Montreal. Así fue México. Así fue mi hijo. Así fue, también, el regreso.

A veces he pensado que llegar a los setenta y cuatro significa acercarse lentamente al final. Hoy empiezo a sospechar otra cosa: que una cosa es saber que la vida termina y otra muy distinta vivir como si ya hubiera terminado.

Yo todavía estoy aquí.

La frase parece sencilla, pero pesa más que cuando era joven. «Todavía estoy aquí». Con mis libros, mis recuerdos, mis ausencias, mis pequeñas alegrías. Con las calles conocidas de memoria y con algunas preguntas que todavía no han encontrado respuesta.

Ya no quiero pedirle a la vida que me devuelva lo que fue. Quiero pedirle, simplemente, que me permita estar presente en lo que queda.

Un día, no sé cuándo, entraré en mi apartamento después de caminar por el barrio y tendré la sensación de que alguien me estaba esperando. Dejaré las llaves sobre la mesa, me quitaré el abrigo y quizá me quede unos segundos frente al espejo.

Entonces lo veré.

No al anciano que a veces creo encontrar en el reflejo, sino al hombre que llegó de Medellín en 1988 con una maleta pequeña y demasiadas preguntas. Estará allí, detrás de mis ojos cansados, esperando que por fin lo reconozca.

Me acercaré un poco.

—Has tardado —le diré.

Y quizá él sonría.

No será una conversación extraordinaria. A estas alturas, las conversaciones importantes suelen ser sencillas. Le preguntaré cómo hizo para llegar hasta aquí. Él probablemente me devolverá la pregunta. Yo le contaré que hubo inviernos difíciles, que hubo personas que se fueron, que hubo noches en que la nostalgia parecía una enfermedad sin diagnóstico. Le hablaré de los años en que aprendí a vivir lejos de la tierra donde nací y de esa extraña patria interior que uno construye cuando ya no sabe exactamente dónde termina un país y comienza un recuerdo.

También le contaré que no todo salió mal.

Que hubo días luminosos.

Que hubo personas.

Que hubo un hijo.

Que hubo libros.

Y que, después de tantos años, descubrí que escribir podía ser otra forma de regresar.

Entonces quizá acerque otra silla y me siente con él. No como quien recibe a un extraño, sino como quien por fin invita a entrar a un viejo compañero de viaje.

Durante muchos años quise ser otro. Más fuerte. Más seguro. Menos vulnerable. Como si la existencia fuera una prueba que uno pudiera aprobar si aprendía a esconder bien sus heridas. Hoy ya no tengo interés en esa clase de perfección. Me parece un esfuerzo innecesario.

Prefiero reconocerme.

Reconocer al hombre que tuvo miedo y aun así cruzó fronteras. Al que se equivocó. Al que amó como pudo. Al que estuvo ausente cuando quizá debía estar presente. Al que perdió cosas que todavía duelen. Al que también recibió regalos que no esperaba. Al que alguna vez creyó que comenzar de nuevo era una cuestión de edad y terminó descubriendo que uno puede volver a empezar incluso cuando la vida parece haber gastado la mayor parte de sus cartas.

La memoria vuelve a sentarse frente a mí.

Esta vez no trae fotografías.

No trae reproches.

Solo me mira.

Y entiendo que durante todos estos años yo había esperado que me devolviera el pasado, cuando en realidad venía a devolverme a mí mismo.

El pasado no regresa. Los muertos no regresan. Los años tampoco. Lo que puede regresar es la mirada con que los contemplamos: dejar de pedirle a lo vivido que sea diferente y empezar, lentamente, a agradecer que haya sido nuestro.

Miro alrededor. Las fotografías, la tarde en la ventana. Afuera, Montreal continúa con su acostumbrada indiferencia. Alguien camina deprisa. Una ráfaga levanta unas hojas y las lleva unos metros por la calle antes de dejarlas caer.

La ciudad no sabe que estoy celebrando algo.

Tampoco necesita saberlo.

He habitado tres ciudades, dos lenguas, varias maneras de nombrar la ausencia. He aprendido que el exilio no termina cuando uno se acostumbra a la nueva dirección. Quizás nunca termina del todo. Se transforma. Con los años deja de ser una herida abierta y se convierte en una habitación interior donde uno guarda ciertas voces, ciertos rostros y una parte de la tierra que dejó atrás.

Por eso ya no pienso en regresar como antes. Regresar no siempre significa volver a un lugar.

Y la memoria sigue llamando a mi puerta.

No viene a pedirme cuentas.

Entonces abro.

La dejo pasar.

Afuera el verano continúa su trabajo silencioso. Dentro de mí, algo que creía terminado vuelve a moverse con una lentitud casi imperceptible.

No sé cuánto tiempo queda. Por primera vez esa pregunta no me asusta. Todavía estoy a tiempo de mirar, de recordar, de escribir. A tiempo, incluso, de comenzar de nuevo.

Y mientras la luz permanece sobre los libros, la memoria se acerca a la puerta, la abre un poco más y me deja entrar.

viernes, 2 de octubre de 2026

“Cuando la luz también escribe”

Cuando la luz también escribe

Hay momentos en que escribir no duele: ilumina. No porque las heridas desaparezcan ni porque el pasado deje de ser pasado, sino porque al nombrar ciertas cosas estas dejan de moverse en la oscuridad. Durante años creí que escribir era una forma de desenterrar tristezas, de sacar a la superficie lo que había permanecido escondido demasiado tiempo. Hoy, a esta altura de la vida, sospecho que también puede ser otra cosa: una manera de encender una luz pequeña donde antes solo había preguntas.

Hay cosas que no sabía que sentía hasta que me senté a escribirlas. Recuerdos que parecían dormidos volvieron sin hacer ruido; nombres, lugares, voces y rostros aparecieron en la página como quien regresa a una casa después de muchos años y encuentra todavía una silla en el mismo sitio. Algunas revelaciones dolieron, naturalmente. Otras trajeron una serenidad inesperada. Como si dentro de mí hubiera habido durante años un cuarto desordenado y, de pronto, alguien hubiese abierto las ventanas.

Quizá por eso la escritura se ha convertido en una forma de regreso. No a un lugar determinado, porque hay lugares a los que ya no se vuelve, sino a esa parte de mí que quedó dispersa por los caminos de la vida. Al hombre que fui, al que dejó una tierra, al que llegó a otra, al que aprendió a vivir con ausencias y a conversar con recuerdos que no siempre llaman a la puerta. Escribir me permite encontrarme con todos ellos sin tener que escoger cuál de mis vidas es la verdadera. Todas lo son. Todas me han traído hasta aquí.

La página tiene una virtud que no siempre encontramos en las personas: no interrumpe. Puedo decirle lo que nunca dije, volver sobre una decisión, confesar una nostalgia, reconocer un miedo o simplemente permanecer en silencio frente a ella. No me juzga ni me pide explicaciones. Espera. Y quizá esa paciencia sea una de las formas más discretas de la ternura.

Con los años he descubierto, además, que no todo lo que llevamos dentro es tristeza. También escondemos belleza. Guardamos pequeñas alegrías que no supimos reconocer cuando ocurrieron, gestos que parecían insignificantes y que ahora regresan con una luz distinta. Una conversación, una calle, una taza de café junto a una ventana, la nieve cayendo sobre Montreal, una voz que alguna vez nos llamó por nuestro nombre. Hay recuerdos que no vuelven para hacernos sufrir, sino para recordarnos que estuvimos vivos.

Tal vez escribir consista también en eso: aprender a mirar de nuevo lo que creíamos conocido. La memoria cambia con nosotros. El mismo recuerdo que a los treinta años parecía una derrota puede adquirir, a los setenta y tantos, otro significado. No porque el pasado haya cambiado, sino porque quien lo contempla ya no es el mismo. El tiempo, que tantas cosas nos quita, a veces nos devuelve una comprensión que antes no teníamos.

Hay días en que escribo para entender y otros en que escribo simplemente para estar. No necesito encontrar una conclusión. Me basta con seguir una frase hasta donde quiera llevarme, dejar que un recuerdo abra otro, permitir que una imagen aparezca sin obligarla a explicar nada. A cierta edad uno empieza a sospechar que no todas las preguntas necesitan respuesta. Algunas solo necesitan un lugar donde descansar.

Por eso la escritura dejó de ser para mí una especie de escudo. Ya no escribo para defenderme de la vida, sino para acompañarla. La página se parece entonces a una habitación tranquila donde puedo sentarme después de haber caminado mucho. Afuera continúan el ruido, los relojes, las noticias, las obligaciones de los otros. Aquí dentro, en cambio, puedo respirar a mi propio ritmo.

A veces siento que escribo para regresar a una casa que nunca existió del todo. Una casa construida con palabras, recuerdos y fragmentos de las muchas vidas que he vivido. En ella caben la infancia de San Carlos, los caminos que quedaron atrás, la tierra que se convirtió en memoria y esta ciudad que, después de tantos años, también terminó por formar parte de mí. No es una casa sin tristeza. Tampoco pretende serlo. Es, simplemente, un lugar donde mis recuerdos pueden sentarse sin tener que pedir permiso.

Y allí ocurre algo extraño: mientras escribo sobre lo que perdí, encuentro también lo que permanece.

Quizá sea una de las enseñanzas más silenciosas de la edad. Uno comienza creyendo que recordar consiste en conservar intacto lo que fue, pero termina entendiendo que recordar es transformar. El recuerdo no permanece inmóvil; cambia de forma, envejece con nosotros, aprende nuevos significados. Algunas heridas se convierten en cicatrices. Algunas ausencias se vuelven compañía. Algunas nostalgias dejan de pedir regreso y se conforman con existir.

Escribir me ha permitido descubrir también una fuerza que durante mucho tiempo no supe reconocer. Cuando uno repasa su propia historia con cierta distancia, comprende que ha sobrevivido a más cosas de las que imaginaba. No siempre con elegancia, desde luego. A veces con torpeza, con miedo, con decisiones equivocadas y alguna que otra caída que todavía recuerda el cuerpo. Pero aquí estoy. Y quizá haya una forma humilde de victoria en seguir estando.

No escribo para demostrar que fui fuerte. Escribo porque ahora puedo mirar mis fragilidades sin avergonzarme de ellas. Hay una edad en la que uno deja de querer parecer invulnerable. Entiende que también las grietas permiten entrar la luz.

Tal vez por eso algunas palabras, cuando finalmente encuentran su sitio, ya no hieren. Respiran.

Y entonces comprendo que el verdadero refugio quizá no esté en la historia que cuento, sino en el acto mismo de contarla. En esa respiración que acompaña una frase, en la pausa entre dos recuerdos, en el pequeño silencio que queda después de escribir algo que durante años no había podido decir. La escritura no cambia lo ocurrido, pero puede cambiar la manera de vivir con ello.

Afuera puede seguir nevando. El río puede continuar su viaje sin preguntarme hacia dónde voy. Las estaciones pueden hacer su trabajo paciente sobre los árboles y sobre mi cuerpo. El tiempo seguirá llevándose lo suyo. Yo no puedo detenerlo, y a estas alturas tampoco quiero hacerlo.

Me basta con escribir.

Porque cada página es una forma de permanecer sin aferrarme. Cada recuerdo que pongo en palabras deja de ser únicamente mío y adquiere otra vida. Cada frase me devuelve algo que creía perdido: no la juventud, ni los años que quedaron atrás, sino la posibilidad de mirarlos sin miedo.

Quizá escribir sea eso: encender una lámpara en una habitación que creíamos vacía y descubrir que nunca lo estuvo.

Había allí recuerdos.

Había silencios.

Había una vida esperando ser escuchada.

Y ahora, mientras escribo, también hay luz.

lunes, 28 de septiembre de 2026

82 - Los dones que llegan demasiado tarde

 Capítulo 82

Los dones que llegan demasiado tarde

Hay una edad en que uno deja de pedirle cosas a la vida. No porque haya dejado de desearlas, sino porque termina por aceptar que la vida tiene un pésimo servicio de entregas. Uno hace un pedido a los veinte y lo recibe a los setenta, cuando ya no recuerda para qué lo quería. A mi edad, por ejemplo, ya no pediría juventud. Sería como regalarle un automóvil deportivo a un hombre que acaba de aprender a caminar con bastón. Además, conozco demasiado bien a los jóvenes para desear volver a ser uno de ellos: tienen músculos, tienen prisa y, lo peor de todo, creen que saben adónde van.

Yo también fui así. Durante muchos años confundí el movimiento con el rumbo. Trabajaba, hacía planes, cruzaba fronteras, levantaba una vida en un país ajeno, criaba un hijo cuando otros hombres pensaban ya en jubilarse, y acumulaba recuerdos sin sospechar que algún día serían ellos los que terminarían administrándome a mí.

A veces imagino a la vida —es una invención mía, lo sé, pero me ayuda a pensar— como un viejo comerciante. Llega en la juventud con una maleta enorme, la abre sobre la mesa y pregunta: «¿Qué quieres?». Nosotros pedimos sin medida: amor, dinero, viajes, reconocimiento, una casa, una familia, más tiempo, mucho más tiempo. El comerciante sonríe. «Todo se puede arreglar». Y uno firma sin leer.

La factura llega después, por correo lento. El dinero traía preocupaciones; el amor, miedo a perderlo; el éxito, vanidad; la juventud, ignorancia. Y el tiempo, que parecía la mercancía más abundante de la maleta, era la única que se estaba acabando mientras firmábamos. Me lo entregaron completo, sin instrucciones, y lo gasté como quien gasta monedas que no se terminan. Había siempre un mañana disponible para pedir disculpas, para visitar a alguien, para escribir aquella carta, para regresar a la tierra donde nací. Mañana era una palabra generosa. Cabía todo en ella.

Algunos pedidos, creo, se entregaron en otra dirección. Durante años vi a otros hombres disfrutar de cosas que yo recordaba haber encargado: una serenidad temprana, un talento para manejar el dinero, cierta facilidad para quedarse. Nunca reclamé. Es probable que a mí también me haya llegado el paquete de alguien y lo haya abierto sin mirar el nombre.

Quizá por eso los viejos tenemos tantos cajones. No es que seamos ordenados: seguimos intentando domesticar lo que se fue. Uno puede guardar fotografías, cartas, documentos, incluso una vieja prenda llegada de su país en un paquete de otro tiempo, que aún cuelga en el armario aunque ya no pueda vestirla y desconozca por qué se resiste a desprenderse de ella. Pero el martes pasado no hay manera de meterlo en ninguna parte.

A veces abro una gaveta y encuentro un papel que no recuerdo haber guardado. Lo leo y aparece un hombre que fui hace treinta o cuarenta años. Me mira desde la tinta. No sabe que voy a sobrevivirlo, ni que algún día sus preocupaciones me parecerán pequeñas y sus certezas, casi cómicas. Muchas de las cosas que le quitaban el sueño eran, vistas desde aquí, simples trámites administrativos del alma. No se lo digo. Vuelvo a doblar el papel por donde él lo dobló.

He cambiado de ideas tantas veces que, si alguna de mis antiguas convicciones apareciera ahora frente a mí, tendría que pedirle disculpas. «Perdona —le diría—. En aquel tiempo no sabía nada». Y ella quizá respondería: «Tampoco ahora». Lo cual sería bastante razonable.

No todo lo que llegó tarde llegó mal, debo admitirlo. Mi hijo llegó cuando ya nadie lo esperaba en el calendario, y fue él quien me enseñó que ciertas cosas importantes no consultan la fecha. Otros paquetes ni siquiera recuerdo haberlos pedido: una colección de gafas que nunca están donde las dejé, opiniones firmes sobre el precio de las cosas, la costumbre de leer los prospectos de los medicamentos como si fueran literatura. Y entre ellos, sin aviso, cierta soledad que no duele, el permiso de decir «no lo sé» sin sentirlo como una derrota, una ciudad que terminó por saber mi nombre.

Aunque todavía hay tardes en que una esquina cualquiera de Le Plateau me devuelve otra calle, otro clima, otro polvo, y entonces me parece que el exilio no termina cuando uno aprende a vivir en otro lugar. Simplemente cambia de habitación.

También el dolor vino en la maleta, claro, aunque nadie lo encargó. Con los años he dejado de levantarle altares. Me inclino a creer que hay dolores que solo necesitan una silla: que se sienten, que descansen, que se vayan cuando quieran. Algunos tardan. Parece que también ellos se cansan de uno, pero no tienen prisa en demostrarlo.

El cuerpo, entretanto, se ha vuelto un comediante independiente. Me levanto de una silla y escucho sonidos que no sabía que una articulación pudiera producir; supongo que la garantía venció hace tiempo y que nadie tuvo la cortesía de avisarme. La memoria hace huelga selectiva: el nombre de una persona desaparece justo cuando la tengo delante, mientras una canción absurda de hace cincuenta años permanece intacta. Y el teléfono sabe más de mí que yo mismo. Pasé setenta y tantos años tratando de entenderme y ahora resulta que un aparato de bolsillo conoce mis rutas, mis gustos y hasta cuántos pasos doy. Espero que al menos tenga la delicadeza de no escribir mi biografía.

Lo que menos me gusta admitir es que algunas cosas llegaron a tiempo. Estaban ahí, en la puerta, con mi nombre bien escrito. No las abrí porque esperaba otra cosa, algo más grande, mejor envuelto. No sabría decir cuántas fueron. De eso el comerciante no lleva la cuenta, o tiene la delicadeza de no mostrármela.

Tampoco sé recibir. Cuando algo bueno se presenta por fin, no sé dónde poner las manos. Pasé tantos años preparándome para las pérdidas —con la diligencia de quien estudia para un examen que ya da por reprobado— que la desconfianza se me volvió parte del mobiliario. Recibo el paquete, lo sacudo, lo miro a contraluz, leo dos veces el nombre del destinatario. Hay regalos que llegan cuando uno ya no los esperaba y, precisamente por eso, lo encuentran sin defensas: en pantuflas, a medio afeitar, sin ninguna frase preparada.

Algunas noches vuelve, ya sin maleta. Le pregunto si no había nada mejor en el fondo. Se encoge de hombros. «Sí». «¿Qué?». «Haber entendido antes». Y se va, sin dejar recibo. No sabría decir si tiene razón. A los treinta el silencio me habría parecido insoportable, la soledad una condena, y con el entendimiento habría hecho lo mismo que hice con el tiempo. Tal vez las cosas llegan tarde porque antes no habría habido nadie en casa para recibirlas. O tal vez eso es lo que uno se dice para no reclamar. Lo cierto es que todavía, algunas tardes, me sorprendo atento al timbre.

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sábado, 26 de septiembre de 2026

*** 81 - El último inquilino

Capítulo 81

El último inquilino

Una frase me persigue. Está escrita a lápiz en el margen de un libro, con una letra que no es la mía: «La realidad pesa más de lo que el alma soporta; por eso la gente se refugia en sueños prestados y les da el nombre de felicidad.» La encontré hace años en el sótano 2 del edificio, donde se acumulan las últimas pertenencias de quienes parten sin que nadie venga después por ellas. Descansaba entre cajas huérfanas, una lámpara sin pantalla y un diccionario mutilado al que le faltaba la letra a. La leí una sola vez. Bastó para que se instalara en mí. Desde entonces me acompaña como una voz sin rostro, llegada desde una vida extinguida, como si alguien hubiera dejado aquella frase esperándome entre los escombros discretos del olvido.

Pesa la realidad, eso no lo discuto. Pesa el cuerpo al levantarse, antes de que las rodillas acepten el día. Pesa el amor cuando empieza a agrietarse por donde nadie mira, y pesa la memoria cuando se deshilacha justo en el nombre que uno andaba buscando. Pesa el silencio de los dioses, que se parece mucho al de las preguntas que nadie contesta, y pesa también el ruido de la humanidad. Pero sobre todo pesa esto, que tardé años en poder decir: el tiempo no se detiene; somos nosotros quienes nos quedamos quietos mientras él sigue avanzando.

Ante ese peso, el animal humano alquila. Alquila una casa más luminosa, un amor más joven, una fe más consoladora, un futuro más ancho, una nostalgia más dulce —y un balcón que nunca usa—. Firma el contrato con una sonrisa, porque ese contrato —lo dice la frase del margen— se llama felicidad. Lo que casi nadie mira es la letra pequeña: todo alquiler vence. Y el casero, como todos los caseros, rara vez avisa con tiempo; simplemente llega, y uno entiende que la luz prestada nunca fue del todo suya.

⁂

Esta mañana salí a caminar sin rumbo, o con uno que no figuraba en ningún mapa; tardé varias cuadras en darme cuenta. Era primavera, y los letreros de À louer, For rent habían vuelto a las ventanas de mi barrio, el Plateau, como una floración más, pegados con cinta a los vidrios, algunos escritos a mano. Siempre pensé que era una rareza de la ciudad, esa costumbre de mudarse todos a la vez a comienzos de julio, con los colchones amarrados al techo de los carros. Ahora sospecho que es la manera más honesta que tiene un lugar de confesar lo que somos: inquilinos que suben cajas por las escaleras de caracol, convencidos de que esta vez sí la buena decision.

Los romanos llamaban a ese contrato *locatio conductio*. Me gusta pensar —aunque un latinista me corregiría— que alquilar era para ellos conducir algo ajeno: la casa de otro, el campo de otro, a veces el cuerpo de otro. No sé si imaginaron que también se podía alquilar la felicidad. Se alquila, me temo, desde que alguien notó que la verdad pesa y que la mentira, en cambio, se deja pagar a plazos.

⁂

Subí por la avenida du Parc hasta donde empiezan los senderos del cerro de Mont-Royal. Los arces seguían desnudos, con esa quietud que tienen antes de las hojas, y la luz de la mañana pasaba entre las ramas sin pedir nada. Durante un rato me pareció que el mundo todavía me guardaba un sitio. Y, sin embargo, por debajo seguía la inquietud de siempre, esa que no se disipa caminando y que tampoco se va cuando uno se sienta.

Fui pensando, cuesta arriba, en las ilusiones que alquilé para no sentir el peso, y quiero ser justo con ellas: no todas fueron mentiras. Algunas fueron cuartos de paso, habitaciones pequeñas donde uno descansaba antes de volver a la intemperie, y sospecho que sin ellas no habría llegado hasta aquí. Me dije que todos hacemos eso, y me pareció una disculpa razonable. El problema empieza cuando uno se queda a vivir en el cuarto de paso y se olvida de que tenía puerta.

Otras ilusiones tuvieron forma de mapa. Las fui dibujando a mano, sin darme cuenta, durante años: cómo debía responder una persona querida, qué me debía una ciudad, a qué edad tenía que llegar cada cosa. Sospecho que casi ninguna decepción me vino de afuera. Venía del mapa, el día en que alguien se apartaba un milímetro de la línea que yo le había trazado sin consultarle. Entonces no se resquebrajaba el mundo; me resquebrajaba yo, y durante mucho tiempo le eché la culpa al territorio.

Quizá lo que llamé felicidad en esos años fue apenas una coincidencia frágil: una tarde en que el mapa y el camino, por pura casualidad, se parecieron. Y quizá lo más cercano a la serenidad que he conocido sea corregir el mapa con lo que uno va pisando, y no al revés; dejar que la camino sea el camino, aunque yo la hubiera dibujado distinto.

Me pregunto si la realidad era de verdad tan pesada o si simplemente nos enseñaron a cargarla mal: con las manos de la ilusión, con la espalda del deseo, esperando que alguien viniera a relevarnos. Nadie vino. O vinieron, pero también andaban cargando un peso alquilado, y no les quedaban brazos para el nuestro. Quizá lo insoportable haya sido quedarse: vivir tanto tiempo en la casa de otro, entre los muebles de otro, con los sueños de otro, pagando una renta que nunca nos dejó ser dueños de nada. Ni siquiera del silencio, que también se alquila —hay silencios que nos imponen y silencios que uno compra para no oír lo que no quiere oír—.

⁂

Cerca de la cima, al borde del sendero, un hilo de agua de deshielo bajaba por el margen del camino entre piedras y hojas del otoño pasado. Me quedé mirándolo más tiempo del que un hombre sensato le dedica a un recodo del camino. Llevaba un ritmo que no era el mío ni el de la ciudad que zumbaba allá abajo, un ritmo más viejo que cualquiera de mis preocupaciones, y no parecía necesitar que nadie lo entendiera. Pensé —o quizá lo pensó el agua por mí— que tal vez la vida tampoco lo necesita, que le basta con que no le mintamos demasiado. Seguí un trecho el ritmo del agua, sin darme cuenta, y por un momento respiré al compás de la orilla del camino, como si el cuerpo hubiera aprendido algo que la cabeza todavía no sabía.

Por un momento tuve la impresión de que alguien me llamaba desde lejos. Tardé en reconocer la voz: era la mía, la de antes de todos los contratos. Venía sin ruido, desde algún lugar detrás del pecho, y traía el cansancio de los años y una cierta torpeza de niño que no había aprendido a disimular.

⁂

He conversado en estas páginas con el que fui, con el cuerpo, con la fe y con la muerte, con el amor y con el olvido, con el trabajo, con el país y con la intemperie. Visto desde aquí, sospecho que cada diálogo fue una manera de devolver un alquiler. Cada pregunta sacaba un mueble de la casa; cada respuesta dejaba una pared desnuda.

Con el tiempo he comprendido que escribir no es solo un acto de memoria, sino también una mudanza lenta: uno va desalojando habitaciones interiores, desmontando viejas estructuras, retirando objetos que ya no sostienen nada. A veces, mientras escribo en el 413, mi apartamento de la calle de Rigaud, siento que el edificio respira conmigo, como si también él se aligerara de algo. Y pienso en el sótano, donde siguen acumulándose los libros de los que se fueron. Las paredes parecen escuchar, y en ciertos silencios —los más hondos, los que llegan de madrugada— casi podría jurar que se inclinan un poco, como si quisieran participar en la conversación.

Cada capítulo ha sido una forma de abrir una ventana y dejar que entre aire nuevo, aunque a veces ese aire traiga frío, o recuerdos que preferiría no tocar. Pero así es este oficio: uno escribe para aclarar, y termina removiendo lo que estaba cuidadosamente guardado. Uno escribe para ordenar, y termina descubriendo que el desorden también tiene su verdad.

Y no me refiero a una verdad filosófica, de esas que se citan en los libros. Me refiero a la verdad literal de mi escritorio: las pilas de papeles que ya no distinguen entre lo urgente y lo olvidado, los libros abiertos en páginas que ya no recuerdo por qué marqué, las tazas de café vacías que se acumulan como pequeños monumentos a la distracción —una de ellas todavía tiene el resto de anteayer, y no pienso lavarla: es la única arqueología que practico—. Si el desorden tiene su verdad, la mía debe de ser una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso: una enciclopedia escrita por un hombre que ya no recuerda dónde guardó el índice.

He devuelto tantos alquileres que ya no sé qué queda por pagar. Quizá este libro sea la última habitación que me faltaba vaciar, el último mueble que debía arrastrar hacia la luz. Quizá después de esto la casa quede finalmente en silencio, no como un vacío, sino como una forma de descanso. Porque hay paredes que solo se vuelven verdaderamente nuestras cuando ya no les exigimos que sostengan nada.

Y ahora la casa está vacía.

No triste: vacía, que no es lo mismo. La tristeza habría sido un mueble más, y ya no queda ninguno. Queda una habitación donde la luz llega hasta el fondo sin tropezar con nada, y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no necesita mentirse para estar en ella.

⁂

Allá arriba, junto a la la orilla del camino, sentí algo que no me atrevo a llamar felicidad —no todavía—. Era más bien una claridad sin ruido, de esas que no duran y tampoco necesitan durar. Desde esa intemperie limpia puedo decir, en voz baja por si me equivoco, lo que no supe decir durante años: que quizá la felicidad nunca fue lo que buscaba. Lo que buscaba era algo que no consuela, pero sostiene; algo que no se alquila, se lleva. Llevarlo sin disfraces ni contratos es la única libertad que conozco. No es una libertad alegre. Es grave, y un poco torpe, como la de quien ha devuelto todo lo prestado y se queda con las manos vacías, que son, por fin, las suyas.

No sé cuánto tiempo me queda, y a estas alturas ya no le pido a nadie que me lo calcule. Me concedo, eso sí, algunas cosas sin trámite: abrir una botella de vino una tarde cualquiera, sin nada que celebrar; caminar sin volver la cabeza hacia lo que ya no me pertenece. Hace tiempo dejé de buscar alivio en los demás —también ellos andaban cargando lo suyo—, y fue entonces, cuando ya no la esperaba, que algo parecido a la alegría empezó a visitarme. No viene todos los días. Llega sin avisar, como el casero, pero no trae cuentas.

Si alguien me preguntara qué aprendí a estas alturas, cuando ya ha pasado tanta agua bajo el puente de la vida, diría —con algo de pudor, porque suena a poco— que aprendí a quedarme quieto. A no buscar un contrato nuevo cada vez que el anterior vencía. A dejar que el silencio dijera lo suyo sin apresurarme a traducirlo. Allá, en mi tierra, a eso le dirían «no hacer nada»; aquí, a esta edad, empieza a parecerme casi un oficio.

⁂

Hay algo, sin embargo, que no he podido devolver. La frase del margen sigue ahí, con su letra ajena, y a veces me sorprendo discutiéndole en voz baja, como a un vecino que tiene razón a medias. No sé de quién es esa letra. Tampoco estoy seguro de que importe. Quizá ese vecino también alquilaba, y al irse devolvió el libro sin saber que me dejaba la frase a mí.

Es extraño dedicar una vida entera a descifrar el enigma humano y sospechar, ya tarde, que toda esa búsqueda cabía en un gesto mínimo: intentar no herir, ser un poco más amable, como quien deja una luz encendida para que otro no tropiece.

Aquí termina *Diálogos desde la edad del silencio*. No porque se hayan acabado las preguntas: se han acabado los alquileres. Lo que venga después, si viene algo, será nuestro.

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jueves, 24 de septiembre de 2026

*** 80 Para que no se nos acabe la conversación

Capítulo 80

Para que no se nos acabe la conversación

El libro costó dos dólares. Estaba en la sección de usados de la Librería Española, en el boulevard Saint-Laurent, a pocas cuadras de donde vivo, entre un manual de jardinería y una novela policial sin tapa. Eran unos Cuentos de Jack London, en una traducción de los años sesenta, con el lomo despegado y una dedicatoria a lápiz que alguien había intentado borrar sin conseguirlo. Tenía la letra de alguien que estaba aprendiendo el idioma: Para B. Hélène C., que no le tiene miedo al frio. Para que no se nos acabe la conversación. Así, sin tilde. Lo compré por Hélène —creo— más que por London.

Sé que no es ella. Las iniciales se repiten, los nombres también, y esta ciudad está llena de libros que cambiaron de dueño sin avisar. Pero hay coincidencias que no piden permiso. Me quedé un rato en la acera, con el libro en la mano, mientras el tráfico de Saint-Laurent pasaba a mi lado, y de pronto regresé a mis veinte años y era la hora del almuerzo en una oficina de otro país y de otro siglo.

Trabajábamos en la esquina de una calle con el nombre de nuestro país y un prócer olvidado. No había semáforos: solo transeúntes y carros que se entendían como podían, a fuerza de bocina y de paciencia. La geografía también tiene sentido del humor. Había un mensajero que llegaba a pie, con la camisa empapada y una carpeta que nunca se mojaba, aunque lloviera de lado. Nadie sabía cómo lo hacía. Una vez se lo pregunté y me dijo: «Uno aprende a cuidar lo que lleva». Entonces me pareció una frase de mensajero. Ahora creo que era otra cosa.

Esa noche, bajo la lámpara de la cocina, la dedicatoria me pareció más oscura que en la librería, como si el lápiz hubiera recuperado algo en el camino. Debajo había una fecha que allá no había visto: de marzo, y delante un número que la goma había alcanzado a gastar —un dieciocho o un diecinueve, no sabría decir—. Sin año. Será la luz, pensé. Después abrí el libro al azar, como se abren los libros viejos, dejando que ellos elijan. Y el libro eligió una página que he vuelto a leer tantas veces que ya no sé si la copio o la recuerdo —que es otra manera de traicionarla—. Decía, más o menos, así:

La vida es cosa rara. ¿De dónde nos viene esta sed de seguir? Es una partida que nadie termina ganando. Vivir es cargar, sudar y perder, hasta que la vejez nos cae encima como un abrigo mojado y acabamos calentándonos las manos en estufas que apenas dan calor, como si también ellas estuvieran cansadas de acompañarnos. Cuesta vivir. El niño entra al mundo llorando, como quien reclama un equipaje que no le devolvieron; el viejo sale de él agarrado al último aire como a la baranda de una escalera; y entre una puerta y otra no hay día que no traiga su cuota de apuro y de pena. Y sin embargo el hombre va hacia la muerte a tropezones, cayéndose, mirando por encima del hombro lo que deja, peleando cada paso. Y la muerte es amable. Lo que tiene filo es la vida, y las cosas de la vida. Pero amamos la vida y le tememos a la muerte. Es muy raro.

La leí dos veces. La segunda, en voz alta, para oír cómo sonaba en la cocina. Hace cincuenta años se la habría leído a ella, y ella me habría discutido la mitad.

Hay frases que uno encuentra demasiado tarde para discutirlas con su autor. London escribió aquello siendo muy joven, y se murió a los cuarenta, antes de llegar a la edad desde la que yo lo leo. Tenía derecho a esa rotundidad; los jóvenes que han pasado frío y hambre suelen tenerlo. Yo, en cambio, ya no me atrevo a decir que «la muerte es amable». No la conozco lo suficiente. La he visto llevarse gente —eso sí— y no siempre con buenos modales.

Pero la pregunta se me quedó puesta en la mesa, como un plato que nadie recoge. ¿De dónde esta sed? A cierta edad las preguntas se hacen menos para contestarlas que para habitarlas. Uno se sienta en ellas como en un sillón que ya tiene la forma de su cuerpo, y desde ahí mira.

Es verdad que nadie gana. Y sin embargo ahí seguimos, barajando otra vez las mismas cartas gastadas, con una terquedad que no sé si es valentía o simple falta de imaginación. Quizá las dos cosas. Quizá vivir consista en eso: volver a repartir aunque uno ya sepa cómo termina la partida.

Lo que la página no dice —o a su autor no le dio tiempo de decir— es lo que ocurre antes de que las estufas se enfríen del todo. Hay una edad que no aparece en ella. He visto hombres y mujeres llegar a esa edad. No lo anuncian; no hay umbral ni ceremonia. Un día simplemente dejan de corregir a los demás. Dejan de tener razón y después —lo que es más difícil— dejan de querer tenerla. Y entonces, casi sin darse cuenta, empiezan a escuchar: el ascensor que sube a deshoras, la tos de un vecino detrás de la pared, el metro que pasa bajo la calle y hace temblar apenas el agua de un vaso. Ella aprendió todo eso mucho antes que yo.

No es sabiduría. Es algo más modesto: el cansancio de tener opiniones.

Esas personas no callan porque no tengan nada que decir. Callan porque descubrieron que las palabras, a fuerza de usarlas, se gastan como piedras de río y ya no cortan. A eso lo he llamado, en estas páginas, la edad del silencio. Nunca supe bien si el nombre era exacto. Esta noche, con el libro de Hélène abierto, me parece al menos que no es un nombre triste: es la edad en que el ruido de uno, por fin, deja oír otras cosas. Y que, a pesar de su nombre, todavía guarda palabras que uno no había pronunciado.

Aquellas estufas de la página apenas dan calor. Yo también he puesto las manos en ellas. Pero hay noches —pocas, no voy a exagerar— en que al fondo de la ceniza aparece una brasa mínima, sin leña y sin viento, y calienta los dedos un instante. No sé de dónde sale. No es un recuerdo; los recuerdos queman distinto. Se parece más a una curiosidad que se niega a apagarse. A las ganas de ver qué trae el martes. A estas alturas uno no comienza de nuevo; continúa, que es una forma más humilde de esperanza. Quizá eso era lo que él llamaba sed, y lo que le parecía raro. A mí también me lo parece. Solo que ya no me molesta.

La vida, a su manera torpe, me ha ido enseñando a soltar: primero las cosas grandes, luego las pequeñas, luego la necesidad de explicar por qué las solté. No lo hizo con delicadeza. Pero lo hizo. Algunas cosas, sin embargo, no me las ha pedido.

Aquella compañera de tiempos idos leía más que yo y escuchaba todavía mejor. Hablábamos de todo —de todo un poco, del tiempo, de si valía la pena— como si nos hubieran prestado unos temas que no eran de nuestra edad y hubiera que devolverlos pronto. En aquella oficina no era la más ruidosa ni la más visible. Era de las que sostienen las cosas sin que nadie lo note.

Recuerdo, sobre todo, un domingo por la tarde en que fui a visitarla. No sé con qué pretexto —a esa edad los pretextos se inventan por el camino—. Nos sentamos en el piso de su balcón, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas hacia la baranda, porque las sillas estaban adentro y a ninguno de los dos se le ocurrió ir a buscarlas. Las baldosas guardaban todavía el calor del mediodía. Abajo pasaba poca gente; en algún apartamento vecino, un radio narraba un partido que nadie parecía estar oyendo, y la tarde se iba poniendo de ese color que allá anuncia el aguacero y después no siempre cumple.

De qué hablamos, no lo sé bien. De todo, supongo —como siempre—. Recuerdo mejor las pausas: ella con las rodillas recogidas, mirando la calle; yo buscando una frase inteligente que no terminaba de llegar. Y recuerdo haber pensado, sin decirlo, que aquel rato no se iba a repetir. No me equivoqué del todo. Hay recuerdos que, si los sigo hasta el principio, me devuelven siempre a ese piso tibio.

Yo tenía entonces opiniones rotundas sobre la muerte, como las de esa página; ella tenía la paciencia de dejarme terminarlas. Hubo entre nosotros una claridad breve, de esas a las que a esa edad uno no sabe qué nombre ponerles. Yo no se lo puse. No la recuerdo como una pérdida. Se parece más a una canción que ya nadie canta y que uno, sin embargo, se sabe entera.

Cada uno siguió su camino —y fueron caminos completos—.

Hay otoños que no llegan con hojas amarillas ni con olor a lluvia. Se instalan por dentro. Durante aquellos años de distancia y desarraigo descubrí que la verdadera intemperie no estaba en las calles de una ciudad extraña, sino en ciertos lugares de uno mismo que nadie visitaba. Vivía, trabajaba, avanzaba como podía, pero algo en mí seguía esperando. No sabía exactamente qué. Tal vez una amistad sincera, una conversación sin prisas, alguien capaz de abrir una rendija en aquellas habitaciones que el tiempo había mantenido cerradas.

Muchos años después, por uno de esos azares que ahora caben en una pantalla, volvimos a encontrarnos. No hubo anuncio ni fecha que yo pueda señalar: un día advertí que ciertas sombras ya no ocupaban todo el espacio, y que aquella conversación que daba por terminada estaba apenas en pausa. No borró nada de lo que traigo encima —tampoco se lo habría pedido—; me ayudó, quizá, a mirarlo sin sentir que debía quedarme a vivir ahí.

No sé si ella le teme al frío. Sé que nunca le tuvo miedo a las preguntas, y que todavía lee lo que escribo —desde su mundo— con esa manera suya de detenerse justo donde yo dudé. Aquella claridad no se apagó: cambió de oficio. Ahora alumbra la lectura.

Si hoy volviéramos a sentarnos en aquel piso tibio, creo que ya no le llevaría opiniones. Le diría, a lo sumo, que me ha ido pareciendo un privilegio extraño esto de ser mortal. Que pasamos la vida haciendo planes para un mañana que nadie nos prometió, hablando del futuro con la confianza de los dueños, cuando somos apenas huéspedes de paso. Ella sonreiría, me parece, porque eso lo supo antes que yo.

Le diría también que he dejado de querer entenderlo todo; la vida no se deja entender mucho, se deja vivir, y a veces ni eso sin regatear. Que acepto —no siempre de buen grado— como quien mira la tarde desde una ventana y sabe que esa luz no se queda. Y que por eso, cuando el cuerpo lo permite, me sirvo una copa de vino, miro despacio las flores que mañana tendrán otra forma y procuro no soltar demasiado pronto a quienes todavía se sientan a mi mesa. Lo demás pesa mucho. Voy aprendiendo a dejarlo.

En la página, la vida era una partida que nadie gana. Yo, algunos días, veo más bien un puente de niebla tendido sobre no sé qué. No parece obra firme ni duradera. Pero mientras lo cruzo, y mientras una voz amiga me responda desde la otra orilla, el desastre no tiene la última palabra. O al menos tarda en decirla.

Quizá un día lea esta página. Quizá reconozca un almuerzo, un domingo, una fecha a medio borrar, unas iniciales escritas a lápiz por otra mano. O quizá no, y pase de largo, como se pasa frente a una dedicatoria ajena en una caja de usados. Las dos cosas me parecen bien.

Las dedicatorias son cartas que se escriben en un margen y que a veces llegan a manos que no eran las destinatarias. Uno escribe «Para B.» y no sabe que un día un desconocido en Montreal va a leer esas dos letras y a preguntarse quién fue B. y por qué no le tenía miedo al frío. A mí, esta noche, me tocó ser ese desconocido.

El libro llama raro a eso de amar la vida y temerle a la muerte. Durante muchos años yo también creí que el gran misterio estaba del lado de la muerte. Ahora ya no estoy tan seguro. Ella ha acompañado sin alboroto a cada generación antes que la mía, y seguirá haciéndolo cuando ya nadie pronuncie mi nombre; se parece más a una ley que a un enigma. Lo raro ha sido lo otro.

Vivir aquella mañana en Medellín sin saber que algún día me iría. Vivir el vuelo que me trajo a Montreal con una visa de apenas catorce días y la incertidumbre doblada en el bolsillo como un recibo. Vivir los inviernos, los trabajos, los afectos que llegaron para quedarse y los que se fueron sin despedirse. A veces me miro las manos y me cuesta creer que sean las mismas que sostuvieron documentos de banco, maletas de inmigrante y, esta noche, un libro de dos dólares con una dedicatoria ajena.

Ya no me pregunto tanto por qué habremos de morir. Me pregunto cómo fue posible vivir tanto, equivocarme tanto, aprender tan poco y, aun así, llegar hasta aquí. Si el libro me dejara corregirle una línea, le movería la rareza de lugar: lo raro no es la muerte. Lo raro es haber vivido.

Así que no voy a decidir esta noche si amo la vida y le temo a la muerte. Me quedo en el espacio que hay entre las dos. Es un espacio estrecho, pero cabe una silla, y un libro de dos dólares, y una conversación que empezó hace medio siglo y que nadie ha dado por terminada. Cabe también una dedicatoria que no era para mí y que, sin embargo, me encontró.

Afuera, en la calle Saint-Laurent, un camión de basura hacía su ronda con esa puntualidad que en Montreal es casi una forma de fe. «La vida es cosa rara», sí. Lo dijo un joven que no llegó a viejo. Yo, que sí llegué, apenas le he movido una palabra de sitio.

Dejé el libro sobre la mesa, abierto en esa página, por si alguien quería seguir la discusión. Por la mañana estaba abierto en otra.

Solo imagino de qué se habrá acordado.

***

Quizá todos seamos el secreto de alguien:
un nombre escrito a lápiz en un margen,
que alguien intentó borrar
sin conseguirlo.

Hay afectos que no se despiden.
Se quedan en la memoria
como se queda una fecha
cuando ya nadie recuerda el año.

No necesitan palabras, ni siquiera presencia.
Les basta una página abierta,
una conversación
que nadie ha dado por terminada.

Y mientras la vida sigue escribiendo
otros capítulos —completos, suyos—,
ellos crecen en voz baja,
como esos jardines que nadie mira
y que, sin embargo, retoñan cada marzo.

Algunas cosas no se cuentan.
Se dejan en un margen,
por si alguien, alguna vez, las lee.

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viernes, 18 de septiembre de 2026

79 — Las preguntas que envejecen conmigo

Capítulo 79

Las preguntas que envejecen conmigo

Hay noches en que prefiero no encender el televisor. Me quedo junto a la ventana, en este apartamento donde vivo solo desde hace ya tantos inviernos, y veo caer la nieve sobre Montreal con esa lentitud que no distingue entre la dicha y la condena. Y aun así, después de un rato, cedo: busco el noticiero de mi país, como quien vuelve a tocar una herida solo para comprobar que todavía duele.

Es extraño no querer saber y, al mismo tiempo, no poder vivir sin saber. Colombia me llega en fragmentos de pantalla, siempre con el mismo rostro cansado, contando las mismas cosas con nombres distintos, como si el tiempo allá no avanzara sino que diera vueltas sobre sí mismo. Y entonces vuelve, como cada vez, la misma pregunta que nunca logro cerrar.

Hay cosas que la vida me enseñó con una claridad que duele, y otras que siguen siendo un nudo oscuro, un murmullo que se resiste a dejarse descifrar. Entre esas sombras vive la amistad entre un hombre que supo nombrar la ternura escondida en la miseria y otro que convirtió una isla entera en un silencio de medio siglo.

Nunca logré entender —y sospecho que, a esta altura de mi vida, ya no me queda tiempo para entenderlo— cómo alguien capaz de volver luminosa la memoria de los olvidados pudo estrechar, sin que le temblara el pulso, la mano de quien sembró el hambre, el miedo y el exilio como quien siembra maíz.

Hay amistades hechas de una sustancia perversa, como si nacieran en un territorio donde la ética se disuelve y la sensibilidad se vuelve, de pronto, descaradamente ciega. Se nos ha dicho que los genios habitan una atmósfera distinta, que el fulgor del poder encandila incluso a los espíritus más libres. Pero esa es una excusa piadosa, una forma elegante de mirar hacia otro lado. Y me niego a creer que alguna maestría con las palabras exima a un hombre de su responsabilidad frente a la tiranía.

Porque yo no hablo desde la teoría ni desde la comodidad de quien mira de lejos, aunque lejos sea exactamente donde ahora vivo. Hablo desde una Colombia lacerada, que conoció de primera mano la garra de aquel hombre de la isla. No le bastó con asfixiar su propia tierra: convirtió el sufrimiento en artículo de exportación. Bajo el disfraz de una revolución que prometía redención, financió, entrenó e inspiró a quienes masacraron a nuestros campesinos, secuestraron a nuestras familias y dinamitaron nuestro futuro con la misma mano con que firmaba discursos sobre la dignidad de los pueblos.

La injerencia de aquella isla en nuestras montañas no trajo la utopía prometida: trajo décadas de sangre, de desplazamiento, de una descomposición social cuyos escombros seguimos, todavía, intentando remover con las manos desnudas, aunque las mías ya solo puedan hacerlo desde la distancia, a través de una pantalla que ilumina esta sala vacía.

Esa misma sombra se extendió por buena parte de Latinoamérica. Vendieron la miseria como dignidad, el autoritarismo como soberanía. Naciones que alguna vez fueron prósperas terminaron en la escasez, la censura y el éxodo de millones que prefirieron arriesgarlo todo antes que seguir sometidos a un sueño en el que ya nadie creía. Cuando aquel hombre de la isla murió, quedó un heredero con toda su crueldad y ninguna de sus palabras: gobernó durante años un país entero convertido en sala de espera, mientras millones cruzaban fronteras a pie.

Y cuando por fin cayó, no sentí el alivio que tantas veces había imaginado. Sentí, otra vez, ese mismo cansancio de ver caer algo que ya no devuelve a los muertos ni cierra ninguna herida: solo deja un país más preguntándose qué viene después.

A veces apago el televisor antes de que termine la noticia. No por indiferencia —nunca me perdonaría esa comodidad—, sino porque ya conozco el final. Lo he visto tantas veces que no necesito verlo otra vez para que me duela.

Y no terminó ahí. Porque también vi —con un dolor que no supe nombrar sin que me temblara la voz— a uno de los nuestros, un hombre que en su juventud había empuñado un fusil bajo una bandera que prometía refundarlo todo, llegar a gobernar desde el mismo palacio que antes había querido incendiar, repitiendo con corbata las consignas que antes gritaba con pólvora en las manos.

Cambió el fusil por el micrófono, pero no cambió la fe: seguía mirando con una ternura sospechosa hacia el mismo tipo de poder que había devastado media región, tendiéndole la mano a quien heredaba las ruinas de la isla, como si la memoria de nuestros muertos pudiera negociarse en un comunicado diplomático.

Por eso la complicidad de nuestro cronista mayor no fue nunca un simple enigma literario: es una mancha que duele cada vez que releo sus páginas, aquí, tan lejos, en las noches en que el frío de afuera se parece tanto al de adentro. ¿Cómo pudo quien retrató el sufrimiento de un pueblo entero, quien le dio nombre y rostro a nuestra soledad centenaria, sonreír junto al hombre que sometía al suyo y desestabilizaba el resto del continente? No fue solo un misterio: fue una contradicción trágica, una traición velada a las víctimas de un mesianismo político que todavía hoy nos cuesta la paz que decimos buscar.

Me digo a veces que cada persona es un pozo cuya hondura nadie conoce del todo —ni siquiera ella misma, me inclino a creer—, y que lo que guarda en el fondo, tesoros, heridas o simples sombras, rara vez sube a la luz. De aquel hombre solo me llegaron las señales que afloraron a la superficie: una fotografía, un abrazo, alguna indulgencia dicha a media voz en una entrevista. Quizá allá abajo hubiera algo que lo explicara. No lo sé. Pero las señales eran esas, y a las víctimas nunca les tocó asomarse al pozo: solo vivir con lo que salía de él.

El asombro no se quedaba en el terreno de las letras ni de la política: alcanzaba también el de la fe. Ver a quien hablaba en nombre de millones de creyentes sonreír, intercambiar regalos y extender bendiciones a hombres que persiguieron esa misma fe, amordazaron a sus pueblos y arrastraron a millones a la indigencia, produce un frío que se instala adentro y ya no se va. Para quienes sufrieron esos regímenes, aquella bendición no se sintió como misericordia: se sintió como una validación silenciosa del verdugo frente al dolor de los inocentes.

Esa misma escenografía fue, además, el refugio recurrente del cinismo político: el espectáculo de quienes, tras gobernar bajo banderas de una moralidad impostada, cruzaban el océano para visitar al pastor mayor, llevando de la mano a sus amantes, buscando la fotografía que lavara sus culpas y maquillara sus contradicciones ante la opinión pública. Un lavadero de reputaciones donde la ética se negociaba a cambio de una sonrisa distante.

Entre el intelectual fascinado por el poder, el pastor complaciente con el tirano y el político que cambiaba de bandera sin cambiar de fe, se tejió una misma trama de hipocresía. Quizá sea solo la prueba de que el poder —literario, político o espiritual— tiende a protegerse a sí mismo antes que a las víctimas del pueblo llano.

Y como si la historia no bastara para partirnos, también la tierra quiso, este mismo año, recordarnos que nada es firme bajo los pies. Se abrió sin aviso, un agosto cualquiera, y se llevó casas, nombres, mañanas enteras que ya nadie volverá a vivir. Esa vez no hubo ideología en el temblor, ni bandera, ni discurso: solo la tierra, como si también ella, cansada de sostener tanto dolor humano encima, hubiera decidido por fin sacudírselo.

Y me pregunto, desde esta quietud blanca donde rara vez tiembla, si el dolor de un país no será, después de todo, una sola cosa que cambia de forma: a veces bala, a veces discurso, a veces silencio impuesto, a veces —nada más— la tierra que se cansa y se queja con la única voz que aún le queda.

No busco resolver esta contradicción. No quiero justificarla ni explicarla. Solo quiero dejarla aquí, en estas páginas, como una piedra que encontré en el camino y que no pude levantar. Hay heridas que no cierran y complacencias que siguen siendo un misterio indignante: un misterio que no ilumina, que no salva, que solo envejece conmigo, pregunta tras pregunta, como una hoja que nunca termina de caer.

Afuera sigue cayendo la nieve, cubriéndolo todo con una blancura que no perdona ni olvida, solo espera. Y yo, desde esta ventana, sigo sin saber si algún día dejaré de mirar hacia allá —o si estas preguntas, como yo, simplemente seguirán envejeciendo, sin encontrar nunca su respuesta.

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jueves, 17 de septiembre de 2026

*** 78 - Las estaciones del alma

Capítulo 78

Las estaciones del alma

Hay noches en las que mi «jardín interior» despierta antes que yo. No hace ruido. Apenas mueve las hojas de lo vivido y deja escapar, de vez en cuando, una fragancia que no sé de dónde viene. Entonces me quedo quieto, como quien teme espantar una presencia conocida, y escucho. A mis años uno aprende que hay silencios que no están vacíos: guardan voces, rostros, lugares y hasta ciertas tristezas que se han quedado a vivir sin pagar alquiler.

En esas noches el «alma» conversa con las estaciones como si fueran viejos fantasmas. A la primavera le pide que no se apresure. Que no borre del todo el invierno. Que deje alguna nieve sobre la pradera, una pequeña reserva de blancura para que la oscuridad conserve su pureza. Quizá por eso me conmueve el polvo que se posa, despacio, sobre los objetos que ya no uso. No porque sea hermoso —no lo es—, sino porque tiene esa manera silenciosa de cubrirlo todo sin destruir nada. No pregunta qué hubo debajo. Simplemente llega y se queda. Tal vez así funciona también la «memoria».

Hay cosas que creemos haber olvidado y que, de pronto, una noche cualquiera, regresan intactas. Una calle. Una voz. El olor de una casa. La luz de una ventana. Una mano pequeña que alguna vez cupo entera en la nuestra. No sabemos quién las llamó. Aparecen sin permiso, se sientan junto a nosotros y esperan. Y uno, que ya no tiene la prisa de antes, las deja quedarse.

A veces el alma suelta «mariposas». No sé de dónde las saca. Las imagino saliendo de algún rincón secreto, con las alas todavía húmedas de recuerdos. Las deja volar sobre el jardín, sin dirección ni destino, como pequeñas lámparas que buscan una verdad que quizá perdí hace muchos años.

Yo las observo. Les digo que no se alejen demasiado. Pero las mariposas no obedecen a los viejos. Ellas conocen otra geografía. Van de una flor a otra, se posan sobre una palabra, rozan el recuerdo de un rostro y siguen adelante. Tal vez buscan aquello que nosotros dejamos de buscar por cansancio. Les pido que recojan la luz que el día abandonó en alguna parte y que me la traigan cuando regresen.

Nunca regresan. O quizá sí, pero lo hacen convertidas en otra cosa. Una emoción inesperada. Una lágrima que no termina de caer. Una sonrisa que aparece sin motivo mientras uno mira por la ventana.

Esta alma podría morir de una fragancia nocturna. De un suspiro que se escapa en la penumbra. De un verso pronunciado sin voz. Tiene esa fragilidad de las cosas que no se pueden tocar y, sin embargo, nos tocan. Nada sabe con certeza y todo lo cuestiona. A veces niega lo que más desea, quizá porque ha descubierto que algunas verdades, cuando se poseen demasiado, pierden su misterio.

Por eso prefiere la noche. La oscuridad no exige explicaciones. En ella caben mejor las preguntas que quedaron sin respuesta, las despedidas que no supimos hacer y aquellas palabras que llegaron tarde a la boca. Hay silencios que no nacen de la ausencia de palabras, sino de todo lo que alguna vez quisimos decir y no dijimos.

Un alma también toca otras almas como quien palpa sombras. No busca certezas. Busca calor. Ha aprendido a desconfiar de las huellas porque sabe que la lluvia las borra, que la nieve las cubre y que hasta los caminos más transitados terminan desapareciendo. Pero hay algo que se resiste: una caricia, una mirada, un gesto pequeño que permanece cuando todo lo demás se vuelve borroso.

Quizá por eso recuerdo más una mano sobre mi hombro que muchas conversaciones. Vivo solo, pero no únicamente en compañía del vacío. La soledad también tiene sus habitaciones, y con los años uno aprende dónde sentarse dentro de ellas. Hay tardes en que basta una ventana y el rumor lejano de Montreal —un camión de reparto, una sirena que se pierde hacia el este— para sentir que el mundo continúa, aunque ya no nos pida participar en todo. Quizá envejecer consista, entre otras cosas, en dejar de reclamarle un lugar en primera fila.

La memoria tiene sus caprichos. Guarda algo sin importancia y desecha un acontecimiento. Conserva el sonido de una risa y deja perder una fecha. Se aferra a una tarde cualquiera y olvida los años enteros que la rodearon. A estas alturas ya no intento corregirla. Me inclino a creer que la memoria no es un archivo: es un jardinero caprichoso. Planta donde quiere. Arranca cuando se le antoja. Y algunas veces, cuando menos lo esperamos, hace florecer aquello que creíamos muerto.

A veces lo que florece es justamente una risa. Conviene dejar constancia de ella antes de que la memoria, que tiene sus preferencias, se vuelva demasiado seria. Porque no todo fue perder trenes ni amar a personas que ya no pronuncian mi nombre. Hubo noches largas, amigos capaces de sostener una mesa con una sola carcajada, amores que enseñaron la alegría sin necesidad de explicarla y madrugadas en que una botella pasaba de mano en mano mientras creíamos, con la inocencia de entonces, que aquello iba a durar para siempre. Éramos jóvenes y no lo sabíamos.

Ahora miro hacia atrás sin pedir demasiadas explicaciones. Lo que imaginé con fervor terminó ocurriendo de otra manera; lo que parecía seguro se deshizo sin hacer mucho ruido. La vida nunca firmó un contrato con nosotros. No prometió justicia ni permanencia; ni siquiera tiempo suficiente. Apenas nos lo fue entregando por partes, como quien presta algo sin decir cuándo habrá que devolverlo.

Lo que llevo dentro tampoco está satisfecho consigo mismo. Vaga. Corre. Gira. Se detiene. A veces sangra sin herida visible. Otras veces delira con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar.

Todavía quiere avanzar. Se imagina como un viejo tranvía, de esos que ya no existen en esta ciudad, cuyas huellas, dicen, siguen dormidas bajo el asfalto. No sabe si llegará a ninguna parte. Tampoco importa demasiado. Hay trayectos que no se emprenden para llegar a destino, sino para no quedarse quieto frente a lo que ya pasó.

Durante muchos años confundí vivir con avanzar. Hoy no estoy tan seguro. Hay momentos en que vivir consiste apenas en permanecer de pie mientras algo termina, recoger lo que queda y seguir con aquello que todavía puede llevarse. El exilio me enseñó, además, que una parte de uno puede quedarse lejos y, sin embargo, acompañarnos todos los días. Hay lugares que dejamos atrás y que continúan en nosotros con una obstinación tranquila, como esos rieles que nadie ve y que el asfalto no ha conseguido borrar.

Quizá eso sea escribir. Seguir avanzando con las luces encendidas mientras alrededor todo parece sombrío. No para corregir la historia —eso ya no está en mis manos—, apenas para acompañarla un rato.

Desde mi jardín interior miro entonces las estaciones pasar. Algunas llegan cargadas de flores; otras traen frío glacial, hojas secas o una lluvia que parece interminable. Ninguna se queda. Todas cumplen su pequeña ceremonia y desaparecen.

Yo también he ido desapareciendo un poco con ellas. No me preocupa demasiado. O tal vez no quiera aceptarlo. A mi edad me pregunto si vivir no será solamente permanecer, sino también, quizás, dejar algo de luz en los lugares por donde uno pasó: una palabra, una ternura, una historia contada antes de que el silencio se la lleve.

Y quizá somos, al final, lo que queda después de haber perdido unas cuantas cosas. No siempre lo mejor ni lo más importante; a veces apenas aquello que, por alguna razón, se negó a desaparecer. Una amistad que sobrevivió a los años. Una voz que todavía reconozco. El gusto por una conversación tranquila. La costumbre de escribir cuando nadie llama. La capacidad, todavía intacta, de sorprenderme ante una cosa pequeña. También las pérdidas, por supuesto, y esos adioses que tardaron años en convertirse en adioses.

Por eso todavía cultivo este jardín. No para que florezca siempre. Sería pedirle demasiado a la vida. Lo cultivo para que conserve alguna raíz cuando llegue el invierno. Para que entre sus sombras puedan seguir habitando los rostros que amé, esa mano que fue creciendo hasta que ya no cupo en la mía —y en la que sigo pensando aun ahora, cuando la distancia ha aprendido a comportarse como una costumbre—, los lugares que perdí y las versiones de mí mismo que alguna vez creyeron que el mundo era infinito.

Por las noches, cuando todo calla, vuelvo a caminar por sus senderos. Las flores ya no son las mismas. Las estrellas tampoco. Y yo, mucho menos. Sin embargo, hay algo que permanece. Una pequeña luz al fondo del jardín. No sé si viene del cielo, de la memoria o de ese lugar secreto donde todavía conversamos con quienes fuimos.

Me acerco despacio. No quiero despertarla. Quizá esa luz sea lo único que la vida nos concede cuando ya hemos aprendido a perder: la posibilidad de seguir amando aquello que se fue sin exigirle que regrese.

Entonces pienso que mi jardín no está hecho solamente de recuerdos. Está hecho también de ausencias, de esperas, de sueños que no encontraron dónde quedarse y de pequeñas alegrías que, contra todo pronóstico, todavía florecen.

Y mientras camino entre ellas, escucho a mi alma quedarse quieta. No pide mucho. Que la noche no termine demasiado pronto, que alguna mariposa vuelva a cruzar el jardín, y que, aunque sea lejana, una estrella continúe encendida. Porque mientras haya una luz allá arriba, por pequeña que parezca, todavía habrá un rincón dentro de mí dispuesto a mirar hacia ella.

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