viernes, 18 de septiembre de 2026

79 — Las preguntas que envejecen conmigo

Capítulo 79

Las preguntas que envejecen conmigo

Hay noches en que prefiero no encender el televisor. Me quedo junto a la ventana, en este apartamento donde vivo solo desde hace ya tantos inviernos, y veo caer la nieve sobre Montreal con esa lentitud que no distingue entre la dicha y la condena. Y aun así, después de un rato, cedo: busco el noticiero de mi país, como quien vuelve a tocar una herida solo para comprobar que todavía duele.

Es extraño no querer saber y, al mismo tiempo, no poder vivir sin saber. Colombia me llega en fragmentos de pantalla, siempre con el mismo rostro cansado, contando las mismas cosas con nombres distintos, como si el tiempo allá no avanzara sino que diera vueltas sobre sí mismo. Y entonces vuelve, como cada vez, la misma pregunta que nunca logro cerrar.

Hay cosas que la vida me enseñó con una claridad que duele, y otras que siguen siendo un nudo oscuro, un murmullo que se resiste a dejarse descifrar. Entre esas sombras vive la amistad entre un hombre que supo nombrar la ternura escondida en la miseria y otro que convirtió una isla entera en un silencio de medio siglo.

Nunca logré entender —y sospecho que, a esta altura de mi vida, ya no me queda tiempo para entenderlo— cómo alguien capaz de volver luminosa la memoria de los olvidados pudo estrechar, sin que le temblara el pulso, la mano de quien sembró el hambre, el miedo y el exilio como quien siembra maíz.

Hay amistades hechas de una sustancia perversa, como si nacieran en un territorio donde la ética se disuelve y la sensibilidad se vuelve, de pronto, descaradamente ciega. Se nos ha dicho que los genios habitan una atmósfera distinta, que el fulgor del poder encandila incluso a los espíritus más libres. Pero esa es una excusa piadosa, una forma elegante de mirar hacia otro lado. Y me niego a creer que alguna maestría con las palabras exima a un hombre de su responsabilidad frente a la tiranía.

Porque yo no hablo desde la teoría ni desde la comodidad de quien mira de lejos, aunque lejos sea exactamente donde ahora vivo. Hablo desde una Colombia lacerada, que conoció de primera mano la garra de aquel hombre de la isla. No le bastó con asfixiar su propia tierra: convirtió el sufrimiento en artículo de exportación. Bajo el disfraz de una revolución que prometía redención, financió, entrenó e inspiró a quienes masacraron a nuestros campesinos, secuestraron a nuestras familias y dinamitaron nuestro futuro con la misma mano con que firmaba discursos sobre la dignidad de los pueblos.

La injerencia de aquella isla en nuestras montañas no trajo la utopía prometida: trajo décadas de sangre, de desplazamiento, de una descomposición social cuyos escombros seguimos, todavía, intentando remover con las manos desnudas, aunque las mías ya solo puedan hacerlo desde la distancia, a través de una pantalla que ilumina esta sala vacía.

Esa misma sombra se extendió por buena parte de Latinoamérica. Vendieron la miseria como dignidad, el autoritarismo como soberanía. Naciones que alguna vez fueron prósperas terminaron en la escasez, la censura y el éxodo de millones que prefirieron arriesgarlo todo antes que seguir sometidos a un sueño en el que ya nadie creía. Cuando aquel hombre de la isla murió, quedó un heredero con toda su crueldad y ninguna de sus palabras: gobernó durante años un país entero convertido en sala de espera, mientras millones cruzaban fronteras a pie.

Y cuando por fin cayó, no sentí el alivio que tantas veces había imaginado. Sentí, otra vez, ese mismo cansancio de ver caer algo que ya no devuelve a los muertos ni cierra ninguna herida: solo deja un país más preguntándose qué viene después.

A veces apago el televisor antes de que termine la noticia. No por indiferencia —nunca me perdonaría esa comodidad—, sino porque ya conozco el final. Lo he visto tantas veces que no necesito verlo otra vez para que me duela.

Y no terminó ahí. Porque también vi —con un dolor que no supe nombrar sin que me temblara la voz— a uno de los nuestros, un hombre que en su juventud había empuñado un fusil bajo una bandera que prometía refundarlo todo, llegar a gobernar desde el mismo palacio que antes había querido incendiar, repitiendo con corbata las consignas que antes gritaba con pólvora en las manos.

Cambió el fusil por el micrófono, pero no cambió la fe: seguía mirando con una ternura sospechosa hacia el mismo tipo de poder que había devastado media región, tendiéndole la mano a quien heredaba las ruinas de la isla, como si la memoria de nuestros muertos pudiera negociarse en un comunicado diplomático.

Por eso la complicidad de nuestro cronista mayor no fue nunca un simple enigma literario: es una mancha que duele cada vez que releo sus páginas, aquí, tan lejos, en las noches en que el frío de afuera se parece tanto al de adentro. ¿Cómo pudo quien retrató el sufrimiento de un pueblo entero, quien le dio nombre y rostro a nuestra soledad centenaria, sonreír junto al hombre que sometía al suyo y desestabilizaba el resto del continente? No fue solo un misterio: fue una contradicción trágica, una traición velada a las víctimas de un mesianismo político que todavía hoy nos cuesta la paz que decimos buscar.

Me digo a veces que cada persona es un pozo cuya hondura nadie conoce del todo —ni siquiera ella misma, me inclino a creer—, y que lo que guarda en el fondo, tesoros, heridas o simples sombras, rara vez sube a la luz. De aquel hombre solo me llegaron las señales que afloraron a la superficie: una fotografía, un abrazo, alguna indulgencia dicha a media voz en una entrevista. Quizá allá abajo hubiera algo que lo explicara. No lo sé. Pero las señales eran esas, y a las víctimas nunca les tocó asomarse al pozo: solo vivir con lo que salía de él.

El asombro no se quedaba en el terreno de las letras ni de la política: alcanzaba también el de la fe. Ver a quien hablaba en nombre de millones de creyentes sonreír, intercambiar regalos y extender bendiciones a hombres que persiguieron esa misma fe, amordazaron a sus pueblos y arrastraron a millones a la indigencia, produce un frío que se instala adentro y ya no se va. Para quienes sufrieron esos regímenes, aquella bendición no se sintió como misericordia: se sintió como una validación silenciosa del verdugo frente al dolor de los inocentes.

Esa misma escenografía fue, además, el refugio recurrente del cinismo político: el espectáculo de quienes, tras gobernar bajo banderas de una moralidad impostada, cruzaban el océano para visitar al pastor mayor, llevando de la mano a sus amantes, buscando la fotografía que lavara sus culpas y maquillara sus contradicciones ante la opinión pública. Un lavadero de reputaciones donde la ética se negociaba a cambio de una sonrisa distante.

Entre el intelectual fascinado por el poder, el pastor complaciente con el tirano y el político que cambiaba de bandera sin cambiar de fe, se tejió una misma trama de hipocresía. Quizá sea solo la prueba de que el poder —literario, político o espiritual— tiende a protegerse a sí mismo antes que a las víctimas del pueblo llano.

Y como si la historia no bastara para partirnos, también la tierra quiso, este mismo año, recordarnos que nada es firme bajo los pies. Se abrió sin aviso, un agosto cualquiera, y se llevó casas, nombres, mañanas enteras que ya nadie volverá a vivir. Esa vez no hubo ideología en el temblor, ni bandera, ni discurso: solo la tierra, como si también ella, cansada de sostener tanto dolor humano encima, hubiera decidido por fin sacudírselo.

Y me pregunto, desde esta quietud blanca donde rara vez tiembla, si el dolor de un país no será, después de todo, una sola cosa que cambia de forma: a veces bala, a veces discurso, a veces silencio impuesto, a veces —nada más— la tierra que se cansa y se queja con la única voz que aún le queda.

No busco resolver esta contradicción. No quiero justificarla ni explicarla. Solo quiero dejarla aquí, en estas páginas, como una piedra que encontré en el camino y que no pude levantar. Hay heridas que no cierran y complacencias que siguen siendo un misterio indignante: un misterio que no ilumina, que no salva, que solo envejece conmigo, pregunta tras pregunta, como una hoja que nunca termina de caer.

Afuera sigue cayendo la nieve, cubriéndolo todo con una blancura que no perdona ni olvida, solo espera. Y yo, desde esta ventana, sigo sin saber si algún día dejaré de mirar hacia allá —o si estas preguntas, como yo, simplemente seguirán envejeciendo, sin encontrar nunca su respuesta.

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