sábado, 26 de septiembre de 2026

*** 81 - El último inquilino

Capítulo 81

El último inquilino

Una frase me persigue. Está escrita a lápiz en el margen de un libro, con una letra que no es la mía: «La realidad pesa más de lo que el alma soporta; por eso la gente se refugia en sueños prestados y les da el nombre de felicidad.» La encontré hace años en el sótano 2 del edificio, donde se acumulan las últimas pertenencias de quienes parten sin que nadie venga después por ellas. Descansaba entre cajas huérfanas, una lámpara sin pantalla y un diccionario mutilado al que le faltaba la letra a. La leí una sola vez. Bastó para que se instalara en mí. Desde entonces me acompaña como una voz sin rostro, llegada desde una vida extinguida, como si alguien hubiera dejado aquella frase esperándome entre los escombros discretos del olvido.

Pesa la realidad, eso no lo discuto. Pesa el cuerpo al levantarse, antes de que las rodillas acepten el día. Pesa el amor cuando empieza a agrietarse por donde nadie mira, y pesa la memoria cuando se deshilacha justo en el nombre que uno andaba buscando. Pesa el silencio de los dioses, que se parece mucho al de las preguntas que nadie contesta, y pesa también el ruido de la humanidad. Pero sobre todo pesa esto, que tardé años en poder decir: el tiempo no se detiene; somos nosotros quienes nos quedamos quietos mientras él sigue avanzando.

Ante ese peso, el animal humano alquila. Alquila una casa más luminosa, un amor más joven, una fe más consoladora, un futuro más ancho, una nostalgia más dulce —y un balcón que nunca usa—. Firma el contrato con una sonrisa, porque ese contrato —lo dice la frase del margen— se llama felicidad. Lo que casi nadie mira es la letra pequeña: todo alquiler vence. Y el casero, como todos los caseros, rara vez avisa con tiempo; simplemente llega, y uno entiende que la luz prestada nunca fue del todo suya.

⁂

Esta mañana salí a caminar sin rumbo, o con uno que no figuraba en ningún mapa; tardé varias cuadras en darme cuenta. Era primavera, y los letreros de À louer, For rent habían vuelto a las ventanas de mi barrio, el Plateau, como una floración más, pegados con cinta a los vidrios, algunos escritos a mano. Siempre pensé que era una rareza de la ciudad, esa costumbre de mudarse todos a la vez a comienzos de julio, con los colchones amarrados al techo de los carros. Ahora sospecho que es la manera más honesta que tiene un lugar de confesar lo que somos: inquilinos que suben cajas por las escaleras de caracol, convencidos de que esta vez sí la buena decision.

Los romanos llamaban a ese contrato *locatio conductio*. Me gusta pensar —aunque un latinista me corregiría— que alquilar era para ellos conducir algo ajeno: la casa de otro, el campo de otro, a veces el cuerpo de otro. No sé si imaginaron que también se podía alquilar la felicidad. Se alquila, me temo, desde que alguien notó que la verdad pesa y que la mentira, en cambio, se deja pagar a plazos.

⁂

Subí por la avenida du Parc hasta donde empiezan los senderos del cerro de Mont-Royal. Los arces seguían desnudos, con esa quietud que tienen antes de las hojas, y la luz de la mañana pasaba entre las ramas sin pedir nada. Durante un rato me pareció que el mundo todavía me guardaba un sitio. Y, sin embargo, por debajo seguía la inquietud de siempre, esa que no se disipa caminando y que tampoco se va cuando uno se sienta.

Fui pensando, cuesta arriba, en las ilusiones que alquilé para no sentir el peso, y quiero ser justo con ellas: no todas fueron mentiras. Algunas fueron cuartos de paso, habitaciones pequeñas donde uno descansaba antes de volver a la intemperie, y sospecho que sin ellas no habría llegado hasta aquí. Me dije que todos hacemos eso, y me pareció una disculpa razonable. El problema empieza cuando uno se queda a vivir en el cuarto de paso y se olvida de que tenía puerta.

Otras ilusiones tuvieron forma de mapa. Las fui dibujando a mano, sin darme cuenta, durante años: cómo debía responder una persona querida, qué me debía una ciudad, a qué edad tenía que llegar cada cosa. Sospecho que casi ninguna decepción me vino de afuera. Venía del mapa, el día en que alguien se apartaba un milímetro de la línea que yo le había trazado sin consultarle. Entonces no se resquebrajaba el mundo; me resquebrajaba yo, y durante mucho tiempo le eché la culpa al territorio.

Quizá lo que llamé felicidad en esos años fue apenas una coincidencia frágil: una tarde en que el mapa y el camino, por pura casualidad, se parecieron. Y quizá lo más cercano a la serenidad que he conocido sea corregir el mapa con lo que uno va pisando, y no al revés; dejar que la camino sea el camino, aunque yo la hubiera dibujado distinto.

Me pregunto si la realidad era de verdad tan pesada o si simplemente nos enseñaron a cargarla mal: con las manos de la ilusión, con la espalda del deseo, esperando que alguien viniera a relevarnos. Nadie vino. O vinieron, pero también andaban cargando un peso alquilado, y no les quedaban brazos para el nuestro. Quizá lo insoportable haya sido quedarse: vivir tanto tiempo en la casa de otro, entre los muebles de otro, con los sueños de otro, pagando una renta que nunca nos dejó ser dueños de nada. Ni siquiera del silencio, que también se alquila —hay silencios que nos imponen y silencios que uno compra para no oír lo que no quiere oír—.

⁂

Cerca de la cima, al borde del sendero, un hilo de agua de deshielo bajaba por el margen del camino entre piedras y hojas del otoño pasado. Me quedé mirándolo más tiempo del que un hombre sensato le dedica a un recodo del camino. Llevaba un ritmo que no era el mío ni el de la ciudad que zumbaba allá abajo, un ritmo más viejo que cualquiera de mis preocupaciones, y no parecía necesitar que nadie lo entendiera. Pensé —o quizá lo pensó el agua por mí— que tal vez la vida tampoco lo necesita, que le basta con que no le mintamos demasiado. Seguí un trecho el ritmo del agua, sin darme cuenta, y por un momento respiré al compás de la orilla del camino, como si el cuerpo hubiera aprendido algo que la cabeza todavía no sabía.

Por un momento tuve la impresión de que alguien me llamaba desde lejos. Tardé en reconocer la voz: era la mía, la de antes de todos los contratos. Venía sin ruido, desde algún lugar detrás del pecho, y traía el cansancio de los años y una cierta torpeza de niño que no había aprendido a disimular.

⁂

He conversado en estas páginas con el que fui, con el cuerpo, con la fe y con la muerte, con el amor y con el olvido, con el trabajo, con el país y con la intemperie. Visto desde aquí, sospecho que cada diálogo fue una manera de devolver un alquiler. Cada pregunta sacaba un mueble de la casa; cada respuesta dejaba una pared desnuda.

Con el tiempo he comprendido que escribir no es solo un acto de memoria, sino también una mudanza lenta: uno va desalojando habitaciones interiores, desmontando viejas estructuras, retirando objetos que ya no sostienen nada. A veces, mientras escribo en el 413, mi apartamento de la calle de Rigaud, siento que el edificio respira conmigo, como si también él se aligerara de algo. Y pienso en el sótano, donde siguen acumulándose los libros de los que se fueron. Las paredes parecen escuchar, y en ciertos silencios —los más hondos, los que llegan de madrugada— casi podría jurar que se inclinan un poco, como si quisieran participar en la conversación.

Cada capítulo ha sido una forma de abrir una ventana y dejar que entre aire nuevo, aunque a veces ese aire traiga frío, o recuerdos que preferiría no tocar. Pero así es este oficio: uno escribe para aclarar, y termina removiendo lo que estaba cuidadosamente guardado. Uno escribe para ordenar, y termina descubriendo que el desorden también tiene su verdad.

Y no me refiero a una verdad filosófica, de esas que se citan en los libros. Me refiero a la verdad literal de mi escritorio: las pilas de papeles que ya no distinguen entre lo urgente y lo olvidado, los libros abiertos en páginas que ya no recuerdo por qué marqué, las tazas de café vacías que se acumulan como pequeños monumentos a la distracción —una de ellas todavía tiene el resto de anteayer, y no pienso lavarla: es la única arqueología que practico—. Si el desorden tiene su verdad, la mía debe de ser una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso: una enciclopedia escrita por un hombre que ya no recuerda dónde guardó el índice.

He devuelto tantos alquileres que ya no sé qué queda por pagar. Quizá este libro sea la última habitación que me faltaba vaciar, el último mueble que debía arrastrar hacia la luz. Quizá después de esto la casa quede finalmente en silencio, no como un vacío, sino como una forma de descanso. Porque hay paredes que solo se vuelven verdaderamente nuestras cuando ya no les exigimos que sostengan nada.

Y ahora la casa está vacía.

No triste: vacía, que no es lo mismo. La tristeza habría sido un mueble más, y ya no queda ninguno. Queda una habitación donde la luz llega hasta el fondo sin tropezar con nada, y un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no necesita mentirse para estar en ella.

⁂

Allá arriba, junto a la la orilla del camino, sentí algo que no me atrevo a llamar felicidad —no todavía—. Era más bien una claridad sin ruido, de esas que no duran y tampoco necesitan durar. Desde esa intemperie limpia puedo decir, en voz baja por si me equivoco, lo que no supe decir durante años: que quizá la felicidad nunca fue lo que buscaba. Lo que buscaba era algo que no consuela, pero sostiene; algo que no se alquila, se lleva. Llevarlo sin disfraces ni contratos es la única libertad que conozco. No es una libertad alegre. Es grave, y un poco torpe, como la de quien ha devuelto todo lo prestado y se queda con las manos vacías, que son, por fin, las suyas.

No sé cuánto tiempo me queda, y a estas alturas ya no le pido a nadie que me lo calcule. Me concedo, eso sí, algunas cosas sin trámite: abrir una botella de vino una tarde cualquiera, sin nada que celebrar; caminar sin volver la cabeza hacia lo que ya no me pertenece. Hace tiempo dejé de buscar alivio en los demás —también ellos andaban cargando lo suyo—, y fue entonces, cuando ya no la esperaba, que algo parecido a la alegría empezó a visitarme. No viene todos los días. Llega sin avisar, como el casero, pero no trae cuentas.

Si alguien me preguntara qué aprendí a estas alturas, cuando ya ha pasado tanta agua bajo el puente de la vida, diría —con algo de pudor, porque suena a poco— que aprendí a quedarme quieto. A no buscar un contrato nuevo cada vez que el anterior vencía. A dejar que el silencio dijera lo suyo sin apresurarme a traducirlo. Allá, en mi tierra, a eso le dirían «no hacer nada»; aquí, a esta edad, empieza a parecerme casi un oficio.

⁂

Hay algo, sin embargo, que no he podido devolver. La frase del margen sigue ahí, con su letra ajena, y a veces me sorprendo discutiéndole en voz baja, como a un vecino que tiene razón a medias. No sé de quién es esa letra. Tampoco estoy seguro de que importe. Quizá ese vecino también alquilaba, y al irse devolvió el libro sin saber que me dejaba la frase a mí.

Es extraño dedicar una vida entera a descifrar el enigma humano y sospechar, ya tarde, que toda esa búsqueda cabía en un gesto mínimo: intentar no herir, ser un poco más amable, como quien deja una luz encendida para que otro no tropiece.

Aquí termina *Diálogos desde la edad del silencio*. No porque se hayan acabado las preguntas: se han acabado los alquileres. Lo que venga después, si viene algo, será nuestro.

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Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
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jueves, 24 de septiembre de 2026

*** 80 Para que no se nos acabe la conversación

Capítulo 80

Para que no se nos acabe la conversación

El libro costó dos dólares. Estaba en la sección de usados de la Librería Española, en el boulevard Saint-Laurent, a pocas cuadras de donde vivo, entre un manual de jardinería y una novela policial sin tapa. Eran unos Cuentos de Jack London, en una traducción de los años sesenta, con el lomo despegado y una dedicatoria a lápiz que alguien había intentado borrar sin conseguirlo. Tenía la letra de alguien que estaba aprendiendo el idioma: Para B. Hélène C., que no le tiene miedo al frio. Para que no se nos acabe la conversación. Así, sin tilde. Lo compré por Hélène —creo— más que por London.

Sé que no es ella. Las iniciales se repiten, los nombres también, y esta ciudad está llena de libros que cambiaron de dueño sin avisar. Pero hay coincidencias que no piden permiso. Me quedé un rato en la acera, con el libro en la mano, mientras el tráfico de Saint-Laurent pasaba a mi lado, y de pronto regresé a mis veinte años y era la hora del almuerzo en una oficina de otro país y de otro siglo.

Trabajábamos en la esquina de una calle con el nombre de nuestro país y un prócer olvidado. No había semáforos: solo transeúntes y carros que se entendían como podían, a fuerza de bocina y de paciencia. La geografía también tiene sentido del humor. Había un mensajero que llegaba a pie, con la camisa empapada y una carpeta que nunca se mojaba, aunque lloviera de lado. Nadie sabía cómo lo hacía. Una vez se lo pregunté y me dijo: «Uno aprende a cuidar lo que lleva». Entonces me pareció una frase de mensajero. Ahora creo que era otra cosa.

Esa noche, bajo la lámpara de la cocina, la dedicatoria me pareció más oscura que en la librería, como si el lápiz hubiera recuperado algo en el camino. Debajo había una fecha que allá no había visto: de marzo, y delante un número que la goma había alcanzado a gastar —un dieciocho o un diecinueve, no sabría decir—. Sin año. Será la luz, pensé. Después abrí el libro al azar, como se abren los libros viejos, dejando que ellos elijan. Y el libro eligió una página que he vuelto a leer tantas veces que ya no sé si la copio o la recuerdo —que es otra manera de traicionarla—. Decía, más o menos, así:

La vida es cosa rara. ¿De dónde nos viene esta sed de seguir? Es una partida que nadie termina ganando. Vivir es cargar, sudar y perder, hasta que la vejez nos cae encima como un abrigo mojado y acabamos calentándonos las manos en estufas que apenas dan calor, como si también ellas estuvieran cansadas de acompañarnos. Cuesta vivir. El niño entra al mundo llorando, como quien reclama un equipaje que no le devolvieron; el viejo sale de él agarrado al último aire como a la baranda de una escalera; y entre una puerta y otra no hay día que no traiga su cuota de apuro y de pena. Y sin embargo el hombre va hacia la muerte a tropezones, cayéndose, mirando por encima del hombro lo que deja, peleando cada paso. Y la muerte es amable. Lo que tiene filo es la vida, y las cosas de la vida. Pero amamos la vida y le tememos a la muerte. Es muy raro.

La leí dos veces. La segunda, en voz alta, para oír cómo sonaba en la cocina. Hace cincuenta años se la habría leído a ella, y ella me habría discutido la mitad.

Hay frases que uno encuentra demasiado tarde para discutirlas con su autor. London escribió aquello siendo muy joven, y se murió a los cuarenta, antes de llegar a la edad desde la que yo lo leo. Tenía derecho a esa rotundidad; los jóvenes que han pasado frío y hambre suelen tenerlo. Yo, en cambio, ya no me atrevo a decir que «la muerte es amable». No la conozco lo suficiente. La he visto llevarse gente —eso sí— y no siempre con buenos modales.

Pero la pregunta se me quedó puesta en la mesa, como un plato que nadie recoge. ¿De dónde esta sed? A cierta edad las preguntas se hacen menos para contestarlas que para habitarlas. Uno se sienta en ellas como en un sillón que ya tiene la forma de su cuerpo, y desde ahí mira.

Es verdad que nadie gana. Y sin embargo ahí seguimos, barajando otra vez las mismas cartas gastadas, con una terquedad que no sé si es valentía o simple falta de imaginación. Quizá las dos cosas. Quizá vivir consista en eso: volver a repartir aunque uno ya sepa cómo termina la partida.

Lo que la página no dice —o a su autor no le dio tiempo de decir— es lo que ocurre antes de que las estufas se enfríen del todo. Hay una edad que no aparece en ella. He visto hombres y mujeres llegar a esa edad. No lo anuncian; no hay umbral ni ceremonia. Un día simplemente dejan de corregir a los demás. Dejan de tener razón y después —lo que es más difícil— dejan de querer tenerla. Y entonces, casi sin darse cuenta, empiezan a escuchar: el ascensor que sube a deshoras, la tos de un vecino detrás de la pared, el metro que pasa bajo la calle y hace temblar apenas el agua de un vaso. Ella aprendió todo eso mucho antes que yo.

No es sabiduría. Es algo más modesto: el cansancio de tener opiniones.

Esas personas no callan porque no tengan nada que decir. Callan porque descubrieron que las palabras, a fuerza de usarlas, se gastan como piedras de río y ya no cortan. A eso lo he llamado, en estas páginas, la edad del silencio. Nunca supe bien si el nombre era exacto. Esta noche, con el libro de Hélène abierto, me parece al menos que no es un nombre triste: es la edad en que el ruido de uno, por fin, deja oír otras cosas. Y que, a pesar de su nombre, todavía guarda palabras que uno no había pronunciado.

Aquellas estufas de la página apenas dan calor. Yo también he puesto las manos en ellas. Pero hay noches —pocas, no voy a exagerar— en que al fondo de la ceniza aparece una brasa mínima, sin leña y sin viento, y calienta los dedos un instante. No sé de dónde sale. No es un recuerdo; los recuerdos queman distinto. Se parece más a una curiosidad que se niega a apagarse. A las ganas de ver qué trae el martes. A estas alturas uno no comienza de nuevo; continúa, que es una forma más humilde de esperanza. Quizá eso era lo que él llamaba sed, y lo que le parecía raro. A mí también me lo parece. Solo que ya no me molesta.

La vida, a su manera torpe, me ha ido enseñando a soltar: primero las cosas grandes, luego las pequeñas, luego la necesidad de explicar por qué las solté. No lo hizo con delicadeza. Pero lo hizo. Algunas cosas, sin embargo, no me las ha pedido.

Aquella compañera de tiempos idos leía más que yo y escuchaba todavía mejor. Hablábamos de todo —de todo un poco, del tiempo, de si valía la pena— como si nos hubieran prestado unos temas que no eran de nuestra edad y hubiera que devolverlos pronto. En aquella oficina no era la más ruidosa ni la más visible. Era de las que sostienen las cosas sin que nadie lo note.

Recuerdo, sobre todo, un domingo por la tarde en que fui a visitarla. No sé con qué pretexto —a esa edad los pretextos se inventan por el camino—. Nos sentamos en el piso de su balcón, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas hacia la baranda, porque las sillas estaban adentro y a ninguno de los dos se le ocurrió ir a buscarlas. Las baldosas guardaban todavía el calor del mediodía. Abajo pasaba poca gente; en algún apartamento vecino, un radio narraba un partido que nadie parecía estar oyendo, y la tarde se iba poniendo de ese color que allá anuncia el aguacero y después no siempre cumple.

De qué hablamos, no lo sé bien. De todo, supongo —como siempre—. Recuerdo mejor las pausas: ella con las rodillas recogidas, mirando la calle; yo buscando una frase inteligente que no terminaba de llegar. Y recuerdo haber pensado, sin decirlo, que aquel rato no se iba a repetir. No me equivoqué del todo. Hay recuerdos que, si los sigo hasta el principio, me devuelven siempre a ese piso tibio.

Yo tenía entonces opiniones rotundas sobre la muerte, como las de esa página; ella tenía la paciencia de dejarme terminarlas. Hubo entre nosotros una claridad breve, de esas a las que a esa edad uno no sabe qué nombre ponerles. Yo no se lo puse. No la recuerdo como una pérdida. Se parece más a una canción que ya nadie canta y que uno, sin embargo, se sabe entera.

Cada uno siguió su camino —y fueron caminos completos—.

Hay otoños que no llegan con hojas amarillas ni con olor a lluvia. Se instalan por dentro. Durante aquellos años de distancia y desarraigo descubrí que la verdadera intemperie no estaba en las calles de una ciudad extraña, sino en ciertos lugares de uno mismo que nadie visitaba. Vivía, trabajaba, avanzaba como podía, pero algo en mí seguía esperando. No sabía exactamente qué. Tal vez una amistad sincera, una conversación sin prisas, alguien capaz de abrir una rendija en aquellas habitaciones que el tiempo había mantenido cerradas.

Muchos años después, por uno de esos azares que ahora caben en una pantalla, volvimos a encontrarnos. No hubo anuncio ni fecha que yo pueda señalar: un día advertí que ciertas sombras ya no ocupaban todo el espacio, y que aquella conversación que daba por terminada estaba apenas en pausa. No borró nada de lo que traigo encima —tampoco se lo habría pedido—; me ayudó, quizá, a mirarlo sin sentir que debía quedarme a vivir ahí.

No sé si ella le teme al frío. Sé que nunca le tuvo miedo a las preguntas, y que todavía lee lo que escribo —desde su mundo— con esa manera suya de detenerse justo donde yo dudé. Aquella claridad no se apagó: cambió de oficio. Ahora alumbra la lectura.

Si hoy volviéramos a sentarnos en aquel piso tibio, creo que ya no le llevaría opiniones. Le diría, a lo sumo, que me ha ido pareciendo un privilegio extraño esto de ser mortal. Que pasamos la vida haciendo planes para un mañana que nadie nos prometió, hablando del futuro con la confianza de los dueños, cuando somos apenas huéspedes de paso. Ella sonreiría, me parece, porque eso lo supo antes que yo.

Le diría también que he dejado de querer entenderlo todo; la vida no se deja entender mucho, se deja vivir, y a veces ni eso sin regatear. Que acepto —no siempre de buen grado— como quien mira la tarde desde una ventana y sabe que esa luz no se queda. Y que por eso, cuando el cuerpo lo permite, me sirvo una copa de vino, miro despacio las flores que mañana tendrán otra forma y procuro no soltar demasiado pronto a quienes todavía se sientan a mi mesa. Lo demás pesa mucho. Voy aprendiendo a dejarlo.

En la página, la vida era una partida que nadie gana. Yo, algunos días, veo más bien un puente de niebla tendido sobre no sé qué. No parece obra firme ni duradera. Pero mientras lo cruzo, y mientras una voz amiga me responda desde la otra orilla, el desastre no tiene la última palabra. O al menos tarda en decirla.

Quizá un día lea esta página. Quizá reconozca un almuerzo, un domingo, una fecha a medio borrar, unas iniciales escritas a lápiz por otra mano. O quizá no, y pase de largo, como se pasa frente a una dedicatoria ajena en una caja de usados. Las dos cosas me parecen bien.

Las dedicatorias son cartas que se escriben en un margen y que a veces llegan a manos que no eran las destinatarias. Uno escribe «Para B.» y no sabe que un día un desconocido en Montreal va a leer esas dos letras y a preguntarse quién fue B. y por qué no le tenía miedo al frío. A mí, esta noche, me tocó ser ese desconocido.

El libro llama raro a eso de amar la vida y temerle a la muerte. Durante muchos años yo también creí que el gran misterio estaba del lado de la muerte. Ahora ya no estoy tan seguro. Ella ha acompañado sin alboroto a cada generación antes que la mía, y seguirá haciéndolo cuando ya nadie pronuncie mi nombre; se parece más a una ley que a un enigma. Lo raro ha sido lo otro.

Vivir aquella mañana en Medellín sin saber que algún día me iría. Vivir el vuelo que me trajo a Montreal con una visa de apenas catorce días y la incertidumbre doblada en el bolsillo como un recibo. Vivir los inviernos, los trabajos, los afectos que llegaron para quedarse y los que se fueron sin despedirse. A veces me miro las manos y me cuesta creer que sean las mismas que sostuvieron documentos de banco, maletas de inmigrante y, esta noche, un libro de dos dólares con una dedicatoria ajena.

Ya no me pregunto tanto por qué habremos de morir. Me pregunto cómo fue posible vivir tanto, equivocarme tanto, aprender tan poco y, aun así, llegar hasta aquí. Si el libro me dejara corregirle una línea, le movería la rareza de lugar: lo raro no es la muerte. Lo raro es haber vivido.

Así que no voy a decidir esta noche si amo la vida y le temo a la muerte. Me quedo en el espacio que hay entre las dos. Es un espacio estrecho, pero cabe una silla, y un libro de dos dólares, y una conversación que empezó hace medio siglo y que nadie ha dado por terminada. Cabe también una dedicatoria que no era para mí y que, sin embargo, me encontró.

Afuera, en la calle Saint-Laurent, un camión de basura hacía su ronda con esa puntualidad que en Montreal es casi una forma de fe. «La vida es cosa rara», sí. Lo dijo un joven que no llegó a viejo. Yo, que sí llegué, apenas le he movido una palabra de sitio.

Dejé el libro sobre la mesa, abierto en esa página, por si alguien quería seguir la discusión. Por la mañana estaba abierto en otra.

Solo imagino de qué se habrá acordado.

***

Quizá todos seamos el secreto de alguien:
un nombre escrito a lápiz en un margen,
que alguien intentó borrar
sin conseguirlo.

Hay afectos que no se despiden.
Se quedan en la memoria
como se queda una fecha
cuando ya nadie recuerda el año.

No necesitan palabras, ni siquiera presencia.
Les basta una página abierta,
una conversación
que nadie ha dado por terminada.

Y mientras la vida sigue escribiendo
otros capítulos —completos, suyos—,
ellos crecen en voz baja,
como esos jardines que nadie mira
y que, sin embargo, retoñan cada marzo.

Algunas cosas no se cuentan.
Se dejan en un margen,
por si alguien, alguna vez, las lee.

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viernes, 18 de septiembre de 2026

79 — Las preguntas que envejecen conmigo

Capítulo 79

Las preguntas que envejecen conmigo

Hay noches en que prefiero no encender el televisor. Me quedo junto a la ventana, en este apartamento donde vivo solo desde hace ya tantos inviernos, y veo caer la nieve sobre Montreal con esa lentitud que no distingue entre la dicha y la condena. Y aun así, después de un rato, cedo: busco el noticiero de mi país, como quien vuelve a tocar una herida solo para comprobar que todavía duele.

Es extraño no querer saber y, al mismo tiempo, no poder vivir sin saber. Colombia me llega en fragmentos de pantalla, siempre con el mismo rostro cansado, contando las mismas cosas con nombres distintos, como si el tiempo allá no avanzara sino que diera vueltas sobre sí mismo. Y entonces vuelve, como cada vez, la misma pregunta que nunca logro cerrar.

Hay cosas que la vida me enseñó con una claridad que duele, y otras que siguen siendo un nudo oscuro, un murmullo que se resiste a dejarse descifrar. Entre esas sombras vive la amistad entre un hombre que supo nombrar la ternura escondida en la miseria y otro que convirtió una isla entera en un silencio de medio siglo.

Nunca logré entender —y sospecho que, a esta altura de mi vida, ya no me queda tiempo para entenderlo— cómo alguien capaz de volver luminosa la memoria de los olvidados pudo estrechar, sin que le temblara el pulso, la mano de quien sembró el hambre, el miedo y el exilio como quien siembra maíz.

Hay amistades hechas de una sustancia perversa, como si nacieran en un territorio donde la ética se disuelve y la sensibilidad se vuelve, de pronto, descaradamente ciega. Se nos ha dicho que los genios habitan una atmósfera distinta, que el fulgor del poder encandila incluso a los espíritus más libres. Pero esa es una excusa piadosa, una forma elegante de mirar hacia otro lado. Y me niego a creer que alguna maestría con las palabras exima a un hombre de su responsabilidad frente a la tiranía.

Porque yo no hablo desde la teoría ni desde la comodidad de quien mira de lejos, aunque lejos sea exactamente donde ahora vivo. Hablo desde una Colombia lacerada, que conoció de primera mano la garra de aquel hombre de la isla. No le bastó con asfixiar su propia tierra: convirtió el sufrimiento en artículo de exportación. Bajo el disfraz de una revolución que prometía redención, financió, entrenó e inspiró a quienes masacraron a nuestros campesinos, secuestraron a nuestras familias y dinamitaron nuestro futuro con la misma mano con que firmaba discursos sobre la dignidad de los pueblos.

La injerencia de aquella isla en nuestras montañas no trajo la utopía prometida: trajo décadas de sangre, de desplazamiento, de una descomposición social cuyos escombros seguimos, todavía, intentando remover con las manos desnudas, aunque las mías ya solo puedan hacerlo desde la distancia, a través de una pantalla que ilumina esta sala vacía.

Esa misma sombra se extendió por buena parte de Latinoamérica. Vendieron la miseria como dignidad, el autoritarismo como soberanía. Naciones que alguna vez fueron prósperas terminaron en la escasez, la censura y el éxodo de millones que prefirieron arriesgarlo todo antes que seguir sometidos a un sueño en el que ya nadie creía. Cuando aquel hombre de la isla murió, quedó un heredero con toda su crueldad y ninguna de sus palabras: gobernó durante años un país entero convertido en sala de espera, mientras millones cruzaban fronteras a pie.

Y cuando por fin cayó, no sentí el alivio que tantas veces había imaginado. Sentí, otra vez, ese mismo cansancio de ver caer algo que ya no devuelve a los muertos ni cierra ninguna herida: solo deja un país más preguntándose qué viene después.

A veces apago el televisor antes de que termine la noticia. No por indiferencia —nunca me perdonaría esa comodidad—, sino porque ya conozco el final. Lo he visto tantas veces que no necesito verlo otra vez para que me duela.

Y no terminó ahí. Porque también vi —con un dolor que no supe nombrar sin que me temblara la voz— a uno de los nuestros, un hombre que en su juventud había empuñado un fusil bajo una bandera que prometía refundarlo todo, llegar a gobernar desde el mismo palacio que antes había querido incendiar, repitiendo con corbata las consignas que antes gritaba con pólvora en las manos.

Cambió el fusil por el micrófono, pero no cambió la fe: seguía mirando con una ternura sospechosa hacia el mismo tipo de poder que había devastado media región, tendiéndole la mano a quien heredaba las ruinas de la isla, como si la memoria de nuestros muertos pudiera negociarse en un comunicado diplomático.

Por eso la complicidad de nuestro cronista mayor no fue nunca un simple enigma literario: es una mancha que duele cada vez que releo sus páginas, aquí, tan lejos, en las noches en que el frío de afuera se parece tanto al de adentro. ¿Cómo pudo quien retrató el sufrimiento de un pueblo entero, quien le dio nombre y rostro a nuestra soledad centenaria, sonreír junto al hombre que sometía al suyo y desestabilizaba el resto del continente? No fue solo un misterio: fue una contradicción trágica, una traición velada a las víctimas de un mesianismo político que todavía hoy nos cuesta la paz que decimos buscar.

Me digo a veces que cada persona es un pozo cuya hondura nadie conoce del todo —ni siquiera ella misma, me inclino a creer—, y que lo que guarda en el fondo, tesoros, heridas o simples sombras, rara vez sube a la luz. De aquel hombre solo me llegaron las señales que afloraron a la superficie: una fotografía, un abrazo, alguna indulgencia dicha a media voz en una entrevista. Quizá allá abajo hubiera algo que lo explicara. No lo sé. Pero las señales eran esas, y a las víctimas nunca les tocó asomarse al pozo: solo vivir con lo que salía de él.

El asombro no se quedaba en el terreno de las letras ni de la política: alcanzaba también el de la fe. Ver a quien hablaba en nombre de millones de creyentes sonreír, intercambiar regalos y extender bendiciones a hombres que persiguieron esa misma fe, amordazaron a sus pueblos y arrastraron a millones a la indigencia, produce un frío que se instala adentro y ya no se va. Para quienes sufrieron esos regímenes, aquella bendición no se sintió como misericordia: se sintió como una validación silenciosa del verdugo frente al dolor de los inocentes.

Esa misma escenografía fue, además, el refugio recurrente del cinismo político: el espectáculo de quienes, tras gobernar bajo banderas de una moralidad impostada, cruzaban el océano para visitar al pastor mayor, llevando de la mano a sus amantes, buscando la fotografía que lavara sus culpas y maquillara sus contradicciones ante la opinión pública. Un lavadero de reputaciones donde la ética se negociaba a cambio de una sonrisa distante.

Entre el intelectual fascinado por el poder, el pastor complaciente con el tirano y el político que cambiaba de bandera sin cambiar de fe, se tejió una misma trama de hipocresía. Quizá sea solo la prueba de que el poder —literario, político o espiritual— tiende a protegerse a sí mismo antes que a las víctimas del pueblo llano.

Y como si la historia no bastara para partirnos, también la tierra quiso, este mismo año, recordarnos que nada es firme bajo los pies. Se abrió sin aviso, un agosto cualquiera, y se llevó casas, nombres, mañanas enteras que ya nadie volverá a vivir. Esa vez no hubo ideología en el temblor, ni bandera, ni discurso: solo la tierra, como si también ella, cansada de sostener tanto dolor humano encima, hubiera decidido por fin sacudírselo.

Y me pregunto, desde esta quietud blanca donde rara vez tiembla, si el dolor de un país no será, después de todo, una sola cosa que cambia de forma: a veces bala, a veces discurso, a veces silencio impuesto, a veces —nada más— la tierra que se cansa y se queja con la única voz que aún le queda.

No busco resolver esta contradicción. No quiero justificarla ni explicarla. Solo quiero dejarla aquí, en estas páginas, como una piedra que encontré en el camino y que no pude levantar. Hay heridas que no cierran y complacencias que siguen siendo un misterio indignante: un misterio que no ilumina, que no salva, que solo envejece conmigo, pregunta tras pregunta, como una hoja que nunca termina de caer.

Afuera sigue cayendo la nieve, cubriéndolo todo con una blancura que no perdona ni olvida, solo espera. Y yo, desde esta ventana, sigo sin saber si algún día dejaré de mirar hacia allá —o si estas preguntas, como yo, simplemente seguirán envejeciendo, sin encontrar nunca su respuesta.

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jueves, 17 de septiembre de 2026

*** 78 - Las estaciones del alma

Capítulo 78

Las estaciones del alma

Hay noches en las que mi «jardín interior» despierta antes que yo. No hace ruido. Apenas mueve las hojas de lo vivido y deja escapar, de vez en cuando, una fragancia que no sé de dónde viene. Entonces me quedo quieto, como quien teme espantar una presencia conocida, y escucho. A mis años uno aprende que hay silencios que no están vacíos: guardan voces, rostros, lugares y hasta ciertas tristezas que se han quedado a vivir sin pagar alquiler.

En esas noches el «alma» conversa con las estaciones como si fueran viejos fantasmas. A la primavera le pide que no se apresure. Que no borre del todo el invierno. Que deje alguna nieve sobre la pradera, una pequeña reserva de blancura para que la oscuridad conserve su pureza. Quizá por eso me conmueve el polvo que se posa, despacio, sobre los objetos que ya no uso. No porque sea hermoso —no lo es—, sino porque tiene esa manera silenciosa de cubrirlo todo sin destruir nada. No pregunta qué hubo debajo. Simplemente llega y se queda. Tal vez así funciona también la «memoria».

Hay cosas que creemos haber olvidado y que, de pronto, una noche cualquiera, regresan intactas. Una calle. Una voz. El olor de una casa. La luz de una ventana. Una mano pequeña que alguna vez cupo entera en la nuestra. No sabemos quién las llamó. Aparecen sin permiso, se sientan junto a nosotros y esperan. Y uno, que ya no tiene la prisa de antes, las deja quedarse.

A veces el alma suelta «mariposas». No sé de dónde las saca. Las imagino saliendo de algún rincón secreto, con las alas todavía húmedas de recuerdos. Las deja volar sobre el jardín, sin dirección ni destino, como pequeñas lámparas que buscan una verdad que quizá perdí hace muchos años.

Yo las observo. Les digo que no se alejen demasiado. Pero las mariposas no obedecen a los viejos. Ellas conocen otra geografía. Van de una flor a otra, se posan sobre una palabra, rozan el recuerdo de un rostro y siguen adelante. Tal vez buscan aquello que nosotros dejamos de buscar por cansancio. Les pido que recojan la luz que el día abandonó en alguna parte y que me la traigan cuando regresen.

Nunca regresan. O quizá sí, pero lo hacen convertidas en otra cosa. Una emoción inesperada. Una lágrima que no termina de caer. Una sonrisa que aparece sin motivo mientras uno mira por la ventana.

Esta alma podría morir de una fragancia nocturna. De un suspiro que se escapa en la penumbra. De un verso pronunciado sin voz. Tiene esa fragilidad de las cosas que no se pueden tocar y, sin embargo, nos tocan. Nada sabe con certeza y todo lo cuestiona. A veces niega lo que más desea, quizá porque ha descubierto que algunas verdades, cuando se poseen demasiado, pierden su misterio.

Por eso prefiere la noche. La oscuridad no exige explicaciones. En ella caben mejor las preguntas que quedaron sin respuesta, las despedidas que no supimos hacer y aquellas palabras que llegaron tarde a la boca. Hay silencios que no nacen de la ausencia de palabras, sino de todo lo que alguna vez quisimos decir y no dijimos.

Un alma también toca otras almas como quien palpa sombras. No busca certezas. Busca calor. Ha aprendido a desconfiar de las huellas porque sabe que la lluvia las borra, que la nieve las cubre y que hasta los caminos más transitados terminan desapareciendo. Pero hay algo que se resiste: una caricia, una mirada, un gesto pequeño que permanece cuando todo lo demás se vuelve borroso.

Quizá por eso recuerdo más una mano sobre mi hombro que muchas conversaciones. Vivo solo, pero no únicamente en compañía del vacío. La soledad también tiene sus habitaciones, y con los años uno aprende dónde sentarse dentro de ellas. Hay tardes en que basta una ventana y el rumor lejano de Montreal —un camión de reparto, una sirena que se pierde hacia el este— para sentir que el mundo continúa, aunque ya no nos pida participar en todo. Quizá envejecer consista, entre otras cosas, en dejar de reclamarle un lugar en primera fila.

La memoria tiene sus caprichos. Guarda algo sin importancia y desecha un acontecimiento. Conserva el sonido de una risa y deja perder una fecha. Se aferra a una tarde cualquiera y olvida los años enteros que la rodearon. A estas alturas ya no intento corregirla. Me inclino a creer que la memoria no es un archivo: es un jardinero caprichoso. Planta donde quiere. Arranca cuando se le antoja. Y algunas veces, cuando menos lo esperamos, hace florecer aquello que creíamos muerto.

A veces lo que florece es justamente una risa. Conviene dejar constancia de ella antes de que la memoria, que tiene sus preferencias, se vuelva demasiado seria. Porque no todo fue perder trenes ni amar a personas que ya no pronuncian mi nombre. Hubo noches largas, amigos capaces de sostener una mesa con una sola carcajada, amores que enseñaron la alegría sin necesidad de explicarla y madrugadas en que una botella pasaba de mano en mano mientras creíamos, con la inocencia de entonces, que aquello iba a durar para siempre. Éramos jóvenes y no lo sabíamos.

Ahora miro hacia atrás sin pedir demasiadas explicaciones. Lo que imaginé con fervor terminó ocurriendo de otra manera; lo que parecía seguro se deshizo sin hacer mucho ruido. La vida nunca firmó un contrato con nosotros. No prometió justicia ni permanencia; ni siquiera tiempo suficiente. Apenas nos lo fue entregando por partes, como quien presta algo sin decir cuándo habrá que devolverlo.

Lo que llevo dentro tampoco está satisfecho consigo mismo. Vaga. Corre. Gira. Se detiene. A veces sangra sin herida visible. Otras veces delira con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar.

Todavía quiere avanzar. Se imagina como un viejo tranvía, de esos que ya no existen en esta ciudad, cuyas huellas, dicen, siguen dormidas bajo el asfalto. No sabe si llegará a ninguna parte. Tampoco importa demasiado. Hay trayectos que no se emprenden para llegar a destino, sino para no quedarse quieto frente a lo que ya pasó.

Durante muchos años confundí vivir con avanzar. Hoy no estoy tan seguro. Hay momentos en que vivir consiste apenas en permanecer de pie mientras algo termina, recoger lo que queda y seguir con aquello que todavía puede llevarse. El exilio me enseñó, además, que una parte de uno puede quedarse lejos y, sin embargo, acompañarnos todos los días. Hay lugares que dejamos atrás y que continúan en nosotros con una obstinación tranquila, como esos rieles que nadie ve y que el asfalto no ha conseguido borrar.

Quizá eso sea escribir. Seguir avanzando con las luces encendidas mientras alrededor todo parece sombrío. No para corregir la historia —eso ya no está en mis manos—, apenas para acompañarla un rato.

Desde mi jardín interior miro entonces las estaciones pasar. Algunas llegan cargadas de flores; otras traen frío glacial, hojas secas o una lluvia que parece interminable. Ninguna se queda. Todas cumplen su pequeña ceremonia y desaparecen.

Yo también he ido desapareciendo un poco con ellas. No me preocupa demasiado. O tal vez no quiera aceptarlo. A mi edad me pregunto si vivir no será solamente permanecer, sino también, quizás, dejar algo de luz en los lugares por donde uno pasó: una palabra, una ternura, una historia contada antes de que el silencio se la lleve.

Y quizá somos, al final, lo que queda después de haber perdido unas cuantas cosas. No siempre lo mejor ni lo más importante; a veces apenas aquello que, por alguna razón, se negó a desaparecer. Una amistad que sobrevivió a los años. Una voz que todavía reconozco. El gusto por una conversación tranquila. La costumbre de escribir cuando nadie llama. La capacidad, todavía intacta, de sorprenderme ante una cosa pequeña. También las pérdidas, por supuesto, y esos adioses que tardaron años en convertirse en adioses.

Por eso todavía cultivo este jardín. No para que florezca siempre. Sería pedirle demasiado a la vida. Lo cultivo para que conserve alguna raíz cuando llegue el invierno. Para que entre sus sombras puedan seguir habitando los rostros que amé, esa mano que fue creciendo hasta que ya no cupo en la mía —y en la que sigo pensando aun ahora, cuando la distancia ha aprendido a comportarse como una costumbre—, los lugares que perdí y las versiones de mí mismo que alguna vez creyeron que el mundo era infinito.

Por las noches, cuando todo calla, vuelvo a caminar por sus senderos. Las flores ya no son las mismas. Las estrellas tampoco. Y yo, mucho menos. Sin embargo, hay algo que permanece. Una pequeña luz al fondo del jardín. No sé si viene del cielo, de la memoria o de ese lugar secreto donde todavía conversamos con quienes fuimos.

Me acerco despacio. No quiero despertarla. Quizá esa luz sea lo único que la vida nos concede cuando ya hemos aprendido a perder: la posibilidad de seguir amando aquello que se fue sin exigirle que regrese.

Entonces pienso que mi jardín no está hecho solamente de recuerdos. Está hecho también de ausencias, de esperas, de sueños que no encontraron dónde quedarse y de pequeñas alegrías que, contra todo pronóstico, todavía florecen.

Y mientras camino entre ellas, escucho a mi alma quedarse quieta. No pide mucho. Que la noche no termine demasiado pronto, que alguna mariposa vuelva a cruzar el jardín, y que, aunque sea lejana, una estrella continúe encendida. Porque mientras haya una luz allá arriba, por pequeña que parezca, todavía habrá un rincón dentro de mí dispuesto a mirar hacia ella.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

*** 77 - Herencia sin testamento

 Capítulo 77

Herencia sin testamento

Hay mañanas en las que el tiempo no avanza: se queda suspendido, como si la mesa, la taza, la ventana que da al mundo conservaran todavía la memoria de las manos que las tocaron. No sé nombrar bien esa sensación. Se parece a un eco que tarda en apagarse, a esa vibración que queda en el aire después de que una campana ha dejado de sonar, y que nuestro oído, más lento que el silencio, se obstina en perseguir.

Me ocurre casi siempre al despertar, cuando la luz de Montreal entra con timidez por la persiana y me recuerda otras luces que ya no me pertenecen. Entonces pienso que el tiempo no es una línea: es más bien un jardín, aunque no sabría explicar por qué esa palabra y no otra se me impone cada vez que lo intento. Un jardín con flores que se abren a destiempo, con rincones donde el sol de una tarde de infancia ilumina todavía una hoja que creía seca para siempre.

Hay recuerdos que no vuelven como imágenes sino como sensaciones. El perfume de aquel primer amor, guardado en algún rincón secreto de la memoria, regresa de pronto sin avisar y me devuelve al instante en que la abracé por primera vez. Sospecho que la memoria no guarda tanto lo que ocurrió como lo que nos hirió o lo que nos salvó, y del resto se desentiende sin pedir permiso. A veces pienso que ese olvido tiene su propia belleza, como esas páginas en blanco que el tiempo ha ido arrancando de un libro. A veces solo pienso que es injusto.

Recuerdo el primer día de escuela de mi hijo Mauricio. Llevaba los cordones flojos, a punto de hacerlo tropezar, y me agaché a amarrárselos por costumbre, por urgencia, sin pensarlo. La maestra que nos recibía me detuvo con una sola frase: que lo dejara intentarlo él solo. Tenía apenas seis años, y sus dedos torpes tardaron un siglo en resolver el nudo mientras yo miraba sin decir nada, aprendiendo tarde, como aprendo casi todo, que ayudar demasiado pronto también es una forma de no dejar crecer.

Los afectos no vienen a reparar las fracturas de nuestra vida, ni a sustituir los sueños que quedaron en otro tiempo. Ninguna persona está destinada a llenar nuestros vacíos ni a cargar con nuestras nostalgias. Quien llega a nuestro lado merece libertad, no encargos secretos; compañía, no la tarea imposible de rescatarnos de nosotros mismos. Amar es compartir el camino, no depositar en otro el peso de nuestras ausencias.

Esa misma mañana la maestra me miró con una curiosidad que no supo disimular y me preguntó quién era yo. «¿Su abuelo?». No supe qué responder, o no encontré cómo explicarle, en un pasillo de colegio, que la paternidad a veces llega con el pelo ya gris, y que uno termina aprendiendo a atarse los propios cordones mucho después que sus hijos.

Meses más tarde, cuando empezó las clases de patinaje en la arena Saint-Michel, el nudo volvió a complicarse: los cordones de los patines no perdonan a nadie. Y sin embargo los demás niños de su edad ya se agachaban a resolverlos solos, sin ayuda, sin mirar al de al lado. Lo vi intentarlo entre ese bullicio y sentí una gratitud que todavía no sé nombrar bien —la de un padre que llegó tarde y que fue aprendiendo de los hijos ajenos, y del propio, la paciencia que no alcanzó a practicar a tiempo—.

Hoy se ata los cordones sin mirar, hablando de otra cosa, como si nunca hubiera existido esa mañana en el pasillo del colegio ni esa tarde en la arena. Guardo todavía, en un cajón que casi no abro, aquel primer par de patines —le quedaban grandes entonces; ahora no le entrarían ni de broma—. La nostalgia no me llega cuando lo veo crecer, sino en esos objetos que se quedaron atrás sin que nadie los despidiera.

Camino por las calles del Plateau y cada paso es una especie de conversación con mis días pasados. No los juzgo: los escucho, nada más. Algunas tardes eso basta. Otras, en cambio, querría detenerme, responder algo, pedir una explicación, pero las voces del pasado hablan un idioma que ya no sé pronunciar.

No envidio la juventud. La recuerdo con ternura, como se recuerda una casa donde alguna vez se fue feliz, pero a la que ya no se desea regresar. Allí quedaron mis primeras hambres, mis impaciencias, mis torpezas luminosas. Hoy camino más despacio, sí, pero llevo conmigo lo que fueron dejando tantas estaciones.

Envejecer es una larga mudanza. Uno va dejando por el camino rostros, entusiasmos, orgullos. Algunas despedidas ocurren tan despacio que apenas se advierten: un día las manos cuentan otra historia, el cuerpo empieza a hablar un idioma que todavía no domino, y descubro que ya no busco la aprobación que antes perseguía con tanto empeño.

Durante años creí que perder era empobrecerse. Ahora no estoy tan seguro. Algunas pérdidas abren un claro; algunas renuncias dejan ver más lejos. No todas —no voy a mentir—, pero algunas. Quizá tampoco la belleza se va con los años: abandona la superficie y se instala más adentro, en un lugar donde las arrugas no llegan. Puede que me engañe. A esta edad uno se concede algunos engaños útiles.

He reunido una riqueza que no cabe en ningún banco ni en ninguna herencia. Está hecha de despedidas, de calles abandonadas, de amores que florecieron apenas un instante, de ciudades que me vieron llegar con una maleta ligera y los bolsillos llenos de incertidumbre. Cada año añadió una capa invisible a mi mirada, sin que yo lo advirtiera.

Por eso la muerte no me duele solo por el hecho de partir. Me entristece imaginar que todo cuanto he aprendido, todo cuanto la vida escribió pacientemente en mí, se desvanezca conmigo. ¿Qué será de tantas horas de asombro, de tantas heridas convertidas en comprensión, de tantos errores que el tiempo fue limando?

A veces pienso en esos jardineros pacientes que emplean décadas cultivando un árbol cuyo esplendor apenas alcanzan a contemplar. Cuando al fin las ramas dan sombra y los frutos han madurado, llega la hora de abandonar el huerto.

Y, sin embargo, quizá no haya despilfarro alguno. Tal vez ninguna experiencia se pierde del todo; tal vez cada vida deja una huella imperceptible que otros recogen sin saberlo. Mauricio no recuerda aquella mañana en el pasillo del colegio, y aun así algo de ella va en sus manos cada vez que se agacha a atarse los zapatos. No lo sé. Me gusta pensarlo.

Quizás por eso escribo, aunque no siempre sé para qué. Para fijar algo antes de que se disuelva. O tal vez porque el jardín, cuando una imagen se abre entre estas líneas, no pregunta qué vamos a hacer con ella después: se abre, se ofrece, y luego se cierra otra vez, como esas flores que solo duran una mañana, sin que nadie les pida cuentas.

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domingo, 13 de septiembre de 2026

*** 76 El archivista caprichoso

Capítulo 76

El archivista caprichoso

«Lo más extraño de la nostalgia es que nunca aparece por lo que creemos haber perdido, sino por lo que no supimos ver mientras lo teníamos.»

Dicen que la nostalgia es una enfermedad y que debemos combatirla manteniéndonos ocupados, haciendo planes, mirando hacia el futuro. Lo dicen como si el pasado fuera un animal peligroso que pudiera desaparecer con solo dejar de nombrarlo.

Yo no les creo demasiado a quienes aconsejan olvidar lo vivido. El pasado no se deja expulsar tan fácilmente: puede marcharse de la casa, pero encuentra la manera de regresar por la puerta de atrás. Además, ¿por qué habría de expulsarlo? Hace tiempo que dejó de ser una visita. Vive conmigo.

Cuando entra, no hace ruido. Busca un lugar junto a la ventana y se queda mirando hacia fuera, como si esperara ver pasar algo que ya pasó hace muchos años. A veces pienso que no viene a visitarme, sino a comprobar si todavía recuerdo su nombre. A mi edad he aprendido que hay visitas que no conviene rechazar.

He vivido lo suficiente para desconfiar de las certezas y todavía lo bastante poco para seguir creyendo en algunos milagros. Por eso, alguna vez le pregunté a la nostalgia de dónde venía —o imaginé preguntárselo, que a estas alturas viene a ser casi lo mismo—. No respondió de inmediato. Se quedó mirándome con esa paciencia que tienen las cosas que conocen nuestra historia mejor que nosotros. Después me dijo:

—Vengo de ti.

Tal vez tenía razón. La nostalgia no inventa el pasado. Es apenas el eco de una voz que alguna vez pronunciamos y que ahora el silencio repite, con la fidelidad de quien guarda un secreto ajeno. Por eso algunas personas regresan a nuestra memoria con una precisión que sorprende: un rostro, una manera de caminar, una frase dicha al pasar, una tarde cualquiera que entonces parecía insignificante y que muchos años después adquiere la importancia de una revelación. Mientras vivimos, casi nunca sabemos cuáles serán los recuerdos que nos acompañarán hasta el final.

La memoria, en cambio, sí inventa a veces. Si tuviera que darle una figura —y es solo una manera de decirlo—, se parecería menos a un archivo ordenado o a un espejo fiel que a una vieja narradora que cuenta las cosas a su manera. Conserva unas escenas y borra otras, deja ciertos rostros a plena luz y otros en la penumbra. A veces agranda una herida hasta darle tamaño de destino; otras, reduce una felicidad entera a la dimensión de un suspiro.

Con los años mi soledad se fue llenando de ecos que regresan desde muy lejos y a destiempo, como cartas que el correo extravió durante décadas y entrega un jueves cualquiera, sin disculparse. Unas veces la narradora me devuelve lo que ocurrió; otras, lo que yo habría querido que ocurriera, y confieso que no siempre sé distinguirlos, ni estoy seguro de que me importe tanto. No creo que mienta del todo. Con fragmentos sueltos, olvidos y algún destello, va tejiendo la historia que soy capaz de habitar, y yo termino creyendo en ella como quien reconoce su casa a la distancia después de muchos años, aunque sepa que alguien ha retocado los colores de la fachada.

Cada uno vive, me parece, dentro de la memoria que ha ido construyendo. Quizá por eso desconfiamos de los recuerdos ajenos cuando contradicen los nuestros, aunque nadie esté faltando a la verdad: puede que dos personas hayan visto el mismo paisaje a horas distintas, y que cada una lo guarde con una luz que la otra no alcanzó a ver.

Yo mismo he descubierto que no extraño necesariamente los grandes acontecimientos. Extraño, más bien, ciertas pequeñas cosas que entonces no merecieron siquiera una mirada: una voz desde la cocina, el ruido de una puerta, una conversación que quedó inconclusa, una calle al caer la tarde, la luz quieta sobre una pared encalada. También extraño algunas tardes —pero no la hora que marcaba el reloj—. Extraño la luz que las habitaba.

Porque una tarde no son sus horas. Es el aire que respirábamos dentro de ellas, las personas que estaban allí, la sensación —absurda y hermosa— de que aquello iba a durar «para siempre». Ahora sé que ese «para siempre» es una de las ilusiones más generosas de la juventud. En aquel entonces no sabíamos que las cosas estaban despidiéndose mientras sucedían.

Quizá por eso las fotografías me producen una extraña mezcla de gratitud y desconfianza. Conservan los rostros, los lugares, los gestos detenidos en un segundo, pero no guardan el olor de una casa, ni el frío de una mañana, ni el sonido de una voz querida llamándonos desde otra habitación. Una fotografía conserva la imagen; la memoria se queda con lo que la imagen no pudo atrapar. Por eso, cuando miro una fotografía antigua, no siempre veo lo que está en ella: veo lo que falta. Recuerdo haber leído alguna vez, no sabría decir dónde —tal vez en un libro prestado que nunca devolví—, que lo ausente tiene una extraña manera de hacerse visible. Quizá sea cierto. Acaso sea esa ausencia la que le concede a una fotografía su verdadero valor.

Durante años confundí la nostalgia con la tristeza. Ahora creo que no son la misma cosa. La tristeza puede instalarse en nosotros con una sola nota; la nostalgia, en cambio, tiene una música más compleja: puede doler y, al mismo tiempo, producir una sonrisa, puede llevar una lágrima en un bolsillo y un recuerdo luminoso en el otro. Tiene esa rara habilidad de devolvernos algo mientras nos recuerda que ya no lo tenemos. Quizá por eso no quiero combatirla.

He llegado a pensar que la nostalgia es una forma de gratitud. Alguna vez leí —o tal vez solo lo escuché decir, ya no distingo bien esas dos memorias— que nadie siente nostalgia por lo que le fue indiferente, que solo echamos de menos aquello que alguna vez significó algo. Cuando la nostalgia aparece, no siempre viene a decirnos «mira lo que perdiste». A veces viene a decirnos «mira lo que tuviste». Y esa diferencia, me parece, lo cambia casi todo.

Esta edad es también —no sabría decirlo de otro modo— la de los balances que nadie pide. Uno hace cuentas en silencio mientras espera que cambie un semáforo, o al cerrar un libro antes de terminarlo. Los huesos reclaman descanso con una puntualidad que ya quisiera yo para otros asuntos, y la sangre ha aprendido a circular sin tanta prisa, como quien conoce de memoria el camino de regreso. Las cuentas, por cierto, nunca cuadran del todo: siempre sobra algo, o falta, y hace tiempo que dejé de revisarlas con lápiz rojo.

Se ha dicho que los viejos viven de nostalgia como los niños viven de futuro. La comparación tiene algo de verdad: el niño mira hacia delante porque todavía le falta casi todo; el viejo mira hacia atrás porque ya ha visto pasar buena parte de aquello que esperaba. Pero no creo que mirar hacia atrás signifique renunciar al porvenir.

A estas alturas, mi porvenir quizá sea más pequeño, pero no por eso menos valioso: una conversación, una página escrita, una caminata, una tarde tranquila, una copa de vino, una llamada inesperada. La vida, cuando uno envejece, deja de presentarse en grandes paquetes y comienza a ofrecerse en pequeñas porciones. Hay que aprender a saborearlas.

Y sin embargo no llegué hasta aquí dormido. Eso, al menos, me inclino a creerlo. Todavía hay mañanas en que algo mínimo —el brillo de la acera después de la lluvia, una frase oída a medias en el metro— me detiene con un asombro que no sé de dónde sale a esta edad. Y todavía me enciendo, a veces más de lo prudente, ante lo que la vida trae: lo que regala y lo que hiere, que rara vez llegan por separado. No sé si eso es lucidez o simple terquedad. Puede que sean la misma cosa vista desde lugares distintos.

Tampoco la nostalgia me parece ya una enemiga. Me gusta imaginarla como una especie de archivista caprichosa que trabaja sin horario y que, de vez en cuando, abre un cajón que yo creía olvidado.

—Mira esto —parece decirme.

Y allí está: una persona, una casa, un paisaje, una época de mi vida que creía perdida. Pienso, entonces, que ciertas cosas no desaparecen; simplemente cambian de domicilio. Dejan de vivir en el mundo y empiezan a vivir en nosotros.

Quizá esa sea una de las pocas ventajas de envejecer: uno empieza a entender que recordar no consiste en regresar al pasado, porque nadie puede regresar, sino en permitir que aquello que fuimos dialogue con aquello que todavía somos. Y ese diálogo, a veces, resulta incómodo. La memoria también sabe reclamar: me recuerda decisiones que pude tomar de otra manera, palabras que debí callar y silencios que debí romper. No todo lo que vuelve merece una sonrisa; hay recuerdos que llegan con la factura en la mano. Pero incluso esos forman parte de mi historia.

No puedo corregir al hombre que fui. Apenas puedo conversar con él. Y eso hago algunas noches: me siento frente a ese hombre de otras épocas y trato de no juzgarlo demasiado. Tenía sus ignorancias, sus temores, sus entusiasmos y también sus torpezas. Hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Algunas veces acertó; otras, como suele ocurrir con los seres humanos, confundió el mapa con el camino. Yo tampoco tengo derecho a exigirle perfección —al fin y al cabo, todavía sigo aprendiendo—.

Tal vez por eso me inclino a pensar que la nostalgia es una de las últimas formas del amor. No necesariamente el amor hacia una persona, sino hacia lo vivido: querer aquello que ya no puede regresar y, aun así, sentir que sigue teniendo un lugar dentro de nosotros. Lo que estuvo entre nuestras manos quizá pasó inadvertido; lo que perdimos, en cambio, puede aparecer en la memoria con una nitidez casi cruel —una mano, un rostro, una calle, una voz—. La distancia tiene esa particularidad: a veces borra los detalles y, paradójicamente, ilumina lo esencial.

Ahora intuyo que no extraño solamente lugares o personas. Extraño al hombre que yo era cuando esos lugares y esas personas formaban parte de mi vida. Ese hombre también se fue, y quizá sea esa la nostalgia más honda: la de nosotros mismos.

Con los años uno descubre que no envejece únicamente el cuerpo. También envejecen ciertas versiones de nosotros que alguna vez creímos permanentes: el muchacho que fui, el hombre que salió de su tierra, el padre que intentó hacer lo mejor que pudo, el inmigrante que aprendió a vivir lejos. Todos siguen conversando dentro de esta casa interior, sin habitaciones separadas, a veces en paz y otras veces discutiendo por cualquier tontería. Yo los escucho.

Quizá de eso se trate mi diálogo con la edad del silencio: de escuchar lo que queda cuando ya no necesito correr detrás de nada. El silencio no es vacío. Está lleno de voces que antes no alcanzábamos a escuchar porque estábamos demasiado ocupados viviendo. Ahora puedo escucharlas, y entre ellas siempre aparece la nostalgia.

Ya no la veo como una enfermedad que deba curarse ni como una debilidad propia de quien envejece. La veo como una presencia que viene a recordarme que la vida no desaparece del todo cuando termina un momento. Algo queda —una huella, una emoción, una frase— que se niega a morir del todo.

Por eso, cuando la nostalgia vuelve y se sienta junto a mi ventana, ya no intento echarla. Le hago un espacio. A veces le pregunto por los que se fueron, o por el hombre que fui; otras veces, simplemente, permanecemos callados. Y entonces me parece que quizá el silencio no sea el final de la conversación, sino su forma más profunda.

La nostalgia habla de lo que amamos; el silencio, en cambio, escucha. Y yo, desde esta edad en la que tantas cosas han dejado de hacer ruido, intento aprender de ambos.

Porque al final no sé si recordar es vivir mirando hacia atrás o si es, simplemente, una manera distinta —todavía no sabría decir cuál— de seguir aquí.

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La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...