Capítulo 76
El archivista caprichoso
«Lo más extraño de la nostalgia es que nunca aparece por lo que creemos haber perdido, sino por lo que no supimos ver mientras lo teníamos.»
Dicen que la nostalgia es una enfermedad y que debemos combatirla manteniéndonos ocupados, haciendo planes, mirando hacia el futuro. Lo dicen como si el pasado fuera un animal peligroso que pudiera desaparecer con solo dejar de nombrarlo.
Yo no les creo demasiado a quienes aconsejan olvidar lo vivido. El pasado no se deja expulsar tan fácilmente: puede marcharse de la casa, pero encuentra la manera de regresar por la puerta de atrás. Además, ¿por qué habría de expulsarlo? Hace tiempo que dejó de ser una visita. Vive conmigo.
Cuando entra, no hace ruido. Busca un lugar junto a la ventana y se queda mirando hacia fuera, como si esperara ver pasar algo que ya pasó hace muchos años. A veces pienso que no viene a visitarme, sino a comprobar si todavía recuerdo su nombre. A mi edad he aprendido que hay visitas que no conviene rechazar.
He vivido lo suficiente para desconfiar de las certezas y todavía lo bastante poco para seguir creyendo en algunos milagros. Por eso, alguna vez le pregunté a la nostalgia de dónde venía —o imaginé preguntárselo, que a estas alturas viene a ser casi lo mismo—. No respondió de inmediato. Se quedó mirándome con esa paciencia que tienen las cosas que conocen nuestra historia mejor que nosotros. Después me dijo:
—Vengo de ti.
Tal vez tenía razón. La nostalgia no inventa el pasado. Es apenas el eco de una voz que alguna vez pronunciamos y que ahora el silencio repite, con la fidelidad de quien guarda un secreto ajeno. Por eso algunas personas regresan a nuestra memoria con una precisión que sorprende: un rostro, una manera de caminar, una frase dicha al pasar, una tarde cualquiera que entonces parecía insignificante y que muchos años después adquiere la importancia de una revelación. Mientras vivimos, casi nunca sabemos cuáles serán los recuerdos que nos acompañarán hasta el final.
La memoria, en cambio, sí inventa a veces. Si tuviera que darle una figura —y es solo una manera de decirlo—, se parecería menos a un archivo ordenado o a un espejo fiel que a una vieja narradora que cuenta las cosas a su manera. Conserva unas escenas y borra otras, deja ciertos rostros a plena luz y otros en la penumbra. A veces agranda una herida hasta darle tamaño de destino; otras, reduce una felicidad entera a la dimensión de un suspiro.
Con los años mi soledad se fue llenando de ecos que regresan desde muy lejos y a destiempo, como cartas que el correo extravió durante décadas y entrega un jueves cualquiera, sin disculparse. Unas veces la narradora me devuelve lo que ocurrió; otras, lo que yo habría querido que ocurriera, y confieso que no siempre sé distinguirlos, ni estoy seguro de que me importe tanto. No creo que mienta del todo. Con fragmentos sueltos, olvidos y algún destello, va tejiendo la historia que soy capaz de habitar, y yo termino creyendo en ella como quien reconoce su casa a la distancia después de muchos años, aunque sepa que alguien ha retocado los colores de la fachada.
Cada uno vive, me parece, dentro de la memoria que ha ido construyendo. Quizá por eso desconfiamos de los recuerdos ajenos cuando contradicen los nuestros, aunque nadie esté faltando a la verdad: puede que dos personas hayan visto el mismo paisaje a horas distintas, y que cada una lo guarde con una luz que la otra no alcanzó a ver.
Yo mismo he descubierto que no extraño necesariamente los grandes acontecimientos. Extraño, más bien, ciertas pequeñas cosas que entonces no merecieron siquiera una mirada: una voz desde la cocina, el ruido de una puerta, una conversación que quedó inconclusa, una calle al caer la tarde, la luz quieta sobre una pared encalada. También extraño algunas tardes —pero no la hora que marcaba el reloj—. Extraño la luz que las habitaba.
Porque una tarde no son sus horas. Es el aire que respirábamos dentro de ellas, las personas que estaban allí, la sensación —absurda y hermosa— de que aquello iba a durar «para siempre». Ahora sé que ese «para siempre» es una de las ilusiones más generosas de la juventud. En aquel entonces no sabíamos que las cosas estaban despidiéndose mientras sucedían.
Quizá por eso las fotografías me producen una extraña mezcla de gratitud y desconfianza. Conservan los rostros, los lugares, los gestos detenidos en un segundo, pero no guardan el olor de una casa, ni el frío de una mañana, ni el sonido de una voz querida llamándonos desde otra habitación. Una fotografía conserva la imagen; la memoria se queda con lo que la imagen no pudo atrapar. Por eso, cuando miro una fotografía antigua, no siempre veo lo que está en ella: veo lo que falta. Recuerdo haber leído alguna vez, no sabría decir dónde —tal vez en un libro prestado que nunca devolví—, que lo ausente tiene una extraña manera de hacerse visible. Quizá sea cierto. Acaso sea esa ausencia la que le concede a una fotografía su verdadero valor.
Durante años confundí la nostalgia con la tristeza. Ahora creo que no son la misma cosa. La tristeza puede instalarse en nosotros con una sola nota; la nostalgia, en cambio, tiene una música más compleja: puede doler y, al mismo tiempo, producir una sonrisa, puede llevar una lágrima en un bolsillo y un recuerdo luminoso en el otro. Tiene esa rara habilidad de devolvernos algo mientras nos recuerda que ya no lo tenemos. Quizá por eso no quiero combatirla.
He llegado a pensar que la nostalgia es una forma de gratitud. Alguna vez leí —o tal vez solo lo escuché decir, ya no distingo bien esas dos memorias— que nadie siente nostalgia por lo que le fue indiferente, que solo echamos de menos aquello que alguna vez significó algo. Cuando la nostalgia aparece, no siempre viene a decirnos «mira lo que perdiste». A veces viene a decirnos «mira lo que tuviste». Y esa diferencia, me parece, lo cambia casi todo.
Esta edad es también —no sabría decirlo de otro modo— la de los balances que nadie pide. Uno hace cuentas en silencio mientras espera que cambie un semáforo, o al cerrar un libro antes de terminarlo. Los huesos reclaman descanso con una puntualidad que ya quisiera yo para otros asuntos, y la sangre ha aprendido a circular sin tanta prisa, como quien conoce de memoria el camino de regreso. Las cuentas, por cierto, nunca cuadran del todo: siempre sobra algo, o falta, y hace tiempo que dejé de revisarlas con lápiz rojo.
Se ha dicho que los viejos viven de nostalgia como los niños viven de futuro. La comparación tiene algo de verdad: el niño mira hacia delante porque todavía le falta casi todo; el viejo mira hacia atrás porque ya ha visto pasar buena parte de aquello que esperaba. Pero no creo que mirar hacia atrás signifique renunciar al porvenir.
A estas alturas, mi porvenir quizá sea más pequeño, pero no por eso menos valioso: una conversación, una página escrita, una caminata, una tarde tranquila, una copa de vino, una llamada inesperada. La vida, cuando uno envejece, deja de presentarse en grandes paquetes y comienza a ofrecerse en pequeñas porciones. Hay que aprender a saborearlas.
Y sin embargo no llegué hasta aquí dormido. Eso, al menos, me inclino a creerlo. Todavía hay mañanas en que algo mínimo —el brillo de la acera después de la lluvia, una frase oída a medias en el metro— me detiene con un asombro que no sé de dónde sale a esta edad. Y todavía me enciendo, a veces más de lo prudente, ante lo que la vida trae: lo que regala y lo que hiere, que rara vez llegan por separado. No sé si eso es lucidez o simple terquedad. Puede que sean la misma cosa vista desde lugares distintos.
Tampoco la nostalgia me parece ya una enemiga. Me gusta imaginarla como una especie de archivista caprichosa que trabaja sin horario y que, de vez en cuando, abre un cajón que yo creía olvidado.
—Mira esto —parece decirme.
Y allí está: una persona, una casa, un paisaje, una época de mi vida que creía perdida. Pienso, entonces, que ciertas cosas no desaparecen; simplemente cambian de domicilio. Dejan de vivir en el mundo y empiezan a vivir en nosotros.
Quizá esa sea una de las pocas ventajas de envejecer: uno empieza a entender que recordar no consiste en regresar al pasado, porque nadie puede regresar, sino en permitir que aquello que fuimos dialogue con aquello que todavía somos. Y ese diálogo, a veces, resulta incómodo. La memoria también sabe reclamar: me recuerda decisiones que pude tomar de otra manera, palabras que debí callar y silencios que debí romper. No todo lo que vuelve merece una sonrisa; hay recuerdos que llegan con la factura en la mano. Pero incluso esos forman parte de mi historia.
No puedo corregir al hombre que fui. Apenas puedo conversar con él. Y eso hago algunas noches: me siento frente a ese hombre de otras épocas y trato de no juzgarlo demasiado. Tenía sus ignorancias, sus temores, sus entusiasmos y también sus torpezas. Hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Algunas veces acertó; otras, como suele ocurrir con los seres humanos, confundió el mapa con el camino. Yo tampoco tengo derecho a exigirle perfección —al fin y al cabo, todavía sigo aprendiendo—.
Tal vez por eso me inclino a pensar que la nostalgia es una de las últimas formas del amor. No necesariamente el amor hacia una persona, sino hacia lo vivido: querer aquello que ya no puede regresar y, aun así, sentir que sigue teniendo un lugar dentro de nosotros. Lo que estuvo entre nuestras manos quizá pasó inadvertido; lo que perdimos, en cambio, puede aparecer en la memoria con una nitidez casi cruel —una mano, un rostro, una calle, una voz—. La distancia tiene esa particularidad: a veces borra los detalles y, paradójicamente, ilumina lo esencial.
Ahora intuyo que no extraño solamente lugares o personas. Extraño al hombre que yo era cuando esos lugares y esas personas formaban parte de mi vida. Ese hombre también se fue, y quizá sea esa la nostalgia más honda: la de nosotros mismos.
Con los años uno descubre que no envejece únicamente el cuerpo. También envejecen ciertas versiones de nosotros que alguna vez creímos permanentes: el muchacho que fui, el hombre que salió de su tierra, el padre que intentó hacer lo mejor que pudo, el inmigrante que aprendió a vivir lejos. Todos siguen conversando dentro de esta casa interior, sin habitaciones separadas, a veces en paz y otras veces discutiendo por cualquier tontería. Yo los escucho.
Quizá de eso se trate mi diálogo con la edad del silencio: de escuchar lo que queda cuando ya no necesito correr detrás de nada. El silencio no es vacío. Está lleno de voces que antes no alcanzábamos a escuchar porque estábamos demasiado ocupados viviendo. Ahora puedo escucharlas, y entre ellas siempre aparece la nostalgia.
Ya no la veo como una enfermedad que deba curarse ni como una debilidad propia de quien envejece. La veo como una presencia que viene a recordarme que la vida no desaparece del todo cuando termina un momento. Algo queda —una huella, una emoción, una frase— que se niega a morir del todo.
Por eso, cuando la nostalgia vuelve y se sienta junto a mi ventana, ya no intento echarla. Le hago un espacio. A veces le pregunto por los que se fueron, o por el hombre que fui; otras veces, simplemente, permanecemos callados. Y entonces me parece que quizá el silencio no sea el final de la conversación, sino su forma más profunda.
La nostalgia habla de lo que amamos; el silencio, en cambio, escucha. Y yo, desde esta edad en la que tantas cosas han dejado de hacer ruido, intento aprender de ambos.
Porque al final no sé si recordar es vivir mirando hacia atrás o si es, simplemente, una manera distinta —todavía no sabría decir cuál— de seguir aquí.
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