viernes, 18 de septiembre de 2026

79 — Las preguntas que envejecen conmigo

Capítulo 79

Las preguntas que envejecen conmigo

Hay noches en que prefiero no encender el televisor. Me quedo junto a la ventana, en este apartamento donde vivo solo desde hace ya tantos inviernos, y veo caer la nieve sobre Montreal con esa lentitud que no distingue entre la dicha y la condena. Y aun así, después de un rato, cedo: busco el noticiero de mi país, como quien vuelve a tocar una herida solo para comprobar que todavía duele.

Es extraño no querer saber y, al mismo tiempo, no poder vivir sin saber. Colombia me llega en fragmentos de pantalla, siempre con el mismo rostro cansado, contando las mismas cosas con nombres distintos, como si el tiempo allá no avanzara sino que diera vueltas sobre sí mismo. Y entonces vuelve, como cada vez, la misma pregunta que nunca logro cerrar.

Hay cosas que la vida me enseñó con una claridad que duele, y otras que siguen siendo un nudo oscuro, un murmullo que se resiste a dejarse descifrar. Entre esas sombras vive la amistad entre un hombre que supo nombrar la ternura escondida en la miseria y otro que convirtió una isla entera en un silencio de medio siglo.

Nunca logré entender —y sospecho que, a esta altura de mi vida, ya no me queda tiempo para entenderlo— cómo alguien capaz de volver luminosa la memoria de los olvidados pudo estrechar, sin que le temblara el pulso, la mano de quien sembró el hambre, el miedo y el exilio como quien siembra maíz.

Hay amistades hechas de una sustancia perversa, como si nacieran en un territorio donde la ética se disuelve y la sensibilidad se vuelve, de pronto, descaradamente ciega. Se nos ha dicho que los genios habitan una atmósfera distinta, que el fulgor del poder encandila incluso a los espíritus más libres. Pero esa es una excusa piadosa, una forma elegante de mirar hacia otro lado. Y me niego a creer que alguna maestría con las palabras exima a un hombre de su responsabilidad frente a la tiranía.

Porque yo no hablo desde la teoría ni desde la comodidad de quien mira de lejos, aunque lejos sea exactamente donde ahora vivo. Hablo desde una Colombia lacerada, que conoció de primera mano la garra de aquel hombre de la isla. No le bastó con asfixiar su propia tierra: convirtió el sufrimiento en artículo de exportación. Bajo el disfraz de una revolución que prometía redención, financió, entrenó e inspiró a quienes masacraron a nuestros campesinos, secuestraron a nuestras familias y dinamitaron nuestro futuro con la misma mano con que firmaba discursos sobre la dignidad de los pueblos.

La injerencia de aquella isla en nuestras montañas no trajo la utopía prometida: trajo décadas de sangre, de desplazamiento, de una descomposición social cuyos escombros seguimos, todavía, intentando remover con las manos desnudas, aunque las mías ya solo puedan hacerlo desde la distancia, a través de una pantalla que ilumina esta sala vacía.

Esa misma sombra se extendió por buena parte de Latinoamérica. Vendieron la miseria como dignidad, el autoritarismo como soberanía. Naciones que alguna vez fueron prósperas terminaron en la escasez, la censura y el éxodo de millones que prefirieron arriesgarlo todo antes que seguir sometidos a un sueño en el que ya nadie creía. Cuando aquel hombre de la isla murió, quedó un heredero con toda su crueldad y ninguna de sus palabras: gobernó durante años un país entero convertido en sala de espera, mientras millones cruzaban fronteras a pie.

Y cuando por fin cayó, no sentí el alivio que tantas veces había imaginado. Sentí, otra vez, ese mismo cansancio de ver caer algo que ya no devuelve a los muertos ni cierra ninguna herida: solo deja un país más preguntándose qué viene después.

A veces apago el televisor antes de que termine la noticia. No por indiferencia —nunca me perdonaría esa comodidad—, sino porque ya conozco el final. Lo he visto tantas veces que no necesito verlo otra vez para que me duela.

Y no terminó ahí. Porque también vi —con un dolor que no supe nombrar sin que me temblara la voz— a uno de los nuestros, un hombre que en su juventud había empuñado un fusil bajo una bandera que prometía refundarlo todo, llegar a gobernar desde el mismo palacio que antes había querido incendiar, repitiendo con corbata las consignas que antes gritaba con pólvora en las manos.

Cambió el fusil por el micrófono, pero no cambió la fe: seguía mirando con una ternura sospechosa hacia el mismo tipo de poder que había devastado media región, tendiéndole la mano a quien heredaba las ruinas de la isla, como si la memoria de nuestros muertos pudiera negociarse en un comunicado diplomático.

Por eso la complicidad de nuestro cronista mayor no fue nunca un simple enigma literario: es una mancha que duele cada vez que releo sus páginas, aquí, tan lejos, en las noches en que el frío de afuera se parece tanto al de adentro. ¿Cómo pudo quien retrató el sufrimiento de un pueblo entero, quien le dio nombre y rostro a nuestra soledad centenaria, sonreír junto al hombre que sometía al suyo y desestabilizaba el resto del continente? No fue solo un misterio: fue una contradicción trágica, una traición velada a las víctimas de un mesianismo político que todavía hoy nos cuesta la paz que decimos buscar.

Me digo a veces que cada persona es un pozo cuya hondura nadie conoce del todo —ni siquiera ella misma, me inclino a creer—, y que lo que guarda en el fondo, tesoros, heridas o simples sombras, rara vez sube a la luz. De aquel hombre solo me llegaron las señales que afloraron a la superficie: una fotografía, un abrazo, alguna indulgencia dicha a media voz en una entrevista. Quizá allá abajo hubiera algo que lo explicara. No lo sé. Pero las señales eran esas, y a las víctimas nunca les tocó asomarse al pozo: solo vivir con lo que salía de él.

El asombro no se quedaba en el terreno de las letras ni de la política: alcanzaba también el de la fe. Ver a quien hablaba en nombre de millones de creyentes sonreír, intercambiar regalos y extender bendiciones a hombres que persiguieron esa misma fe, amordazaron a sus pueblos y arrastraron a millones a la indigencia, produce un frío que se instala adentro y ya no se va. Para quienes sufrieron esos regímenes, aquella bendición no se sintió como misericordia: se sintió como una validación silenciosa del verdugo frente al dolor de los inocentes.

Esa misma escenografía fue, además, el refugio recurrente del cinismo político: el espectáculo de quienes, tras gobernar bajo banderas de una moralidad impostada, cruzaban el océano para visitar al pastor mayor, llevando de la mano a sus amantes, buscando la fotografía que lavara sus culpas y maquillara sus contradicciones ante la opinión pública. Un lavadero de reputaciones donde la ética se negociaba a cambio de una sonrisa distante.

Entre el intelectual fascinado por el poder, el pastor complaciente con el tirano y el político que cambiaba de bandera sin cambiar de fe, se tejió una misma trama de hipocresía. Quizá sea solo la prueba de que el poder —literario, político o espiritual— tiende a protegerse a sí mismo antes que a las víctimas del pueblo llano.

Y como si la historia no bastara para partirnos, también la tierra quiso, este mismo año, recordarnos que nada es firme bajo los pies. Se abrió sin aviso, un agosto cualquiera, y se llevó casas, nombres, mañanas enteras que ya nadie volverá a vivir. Esa vez no hubo ideología en el temblor, ni bandera, ni discurso: solo la tierra, como si también ella, cansada de sostener tanto dolor humano encima, hubiera decidido por fin sacudírselo.

Y me pregunto, desde esta quietud blanca donde rara vez tiembla, si el dolor de un país no será, después de todo, una sola cosa que cambia de forma: a veces bala, a veces discurso, a veces silencio impuesto, a veces —nada más— la tierra que se cansa y se queja con la única voz que aún le queda.

No busco resolver esta contradicción. No quiero justificarla ni explicarla. Solo quiero dejarla aquí, en estas páginas, como una piedra que encontré en el camino y que no pude levantar. Hay heridas que no cierran y complacencias que siguen siendo un misterio indignante: un misterio que no ilumina, que no salva, que solo envejece conmigo, pregunta tras pregunta, como una hoja que nunca termina de caer.

Afuera sigue cayendo la nieve, cubriéndolo todo con una blancura que no perdona ni olvida, solo espera. Y yo, desde esta ventana, sigo sin saber si algún día dejaré de mirar hacia allá —o si estas preguntas, como yo, simplemente seguirán envejeciendo, sin encontrar nunca su respuesta.

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jueves, 17 de septiembre de 2026

*** 78 - Las estaciones del alma

Capítulo 78

Las estaciones del alma

Hay noches en las que mi «jardín interior» despierta antes que yo. No hace ruido. Apenas mueve las hojas de lo vivido y deja escapar, de vez en cuando, una fragancia que no sé de dónde viene. Entonces me quedo quieto, como quien teme espantar una presencia conocida, y escucho. A mis años uno aprende que hay silencios que no están vacíos: guardan voces, rostros, lugares y hasta ciertas tristezas que se han quedado a vivir sin pagar alquiler.

En esas noches el «alma» conversa con las estaciones como si fueran viejos fantasmas. A la primavera le pide que no se apresure. Que no borre del todo el invierno. Que deje alguna nieve sobre la pradera, una pequeña reserva de blancura para que la oscuridad conserve su pureza. Quizá por eso me conmueve el polvo que se posa, despacio, sobre los objetos que ya no uso. No porque sea hermoso —no lo es—, sino porque tiene esa manera silenciosa de cubrirlo todo sin destruir nada. No pregunta qué hubo debajo. Simplemente llega y se queda. Tal vez así funciona también la «memoria».

Hay cosas que creemos haber olvidado y que, de pronto, una noche cualquiera, regresan intactas. Una calle. Una voz. El olor de una casa. La luz de una ventana. Una mano pequeña que alguna vez cupo entera en la nuestra. No sabemos quién las llamó. Aparecen sin permiso, se sientan junto a nosotros y esperan. Y uno, que ya no tiene la prisa de antes, las deja quedarse.

A veces el alma suelta «mariposas». No sé de dónde las saca. Las imagino saliendo de algún rincón secreto, con las alas todavía húmedas de recuerdos. Las deja volar sobre el jardín, sin dirección ni destino, como pequeñas lámparas que buscan una verdad que quizá perdí hace muchos años.

Yo las observo. Les digo que no se alejen demasiado. Pero las mariposas no obedecen a los viejos. Ellas conocen otra geografía. Van de una flor a otra, se posan sobre una palabra, rozan el recuerdo de un rostro y siguen adelante. Tal vez buscan aquello que nosotros dejamos de buscar por cansancio. Les pido que recojan la luz que el día abandonó en alguna parte y que me la traigan cuando regresen.

Nunca regresan. O quizá sí, pero lo hacen convertidas en otra cosa. Una emoción inesperada. Una lágrima que no termina de caer. Una sonrisa que aparece sin motivo mientras uno mira por la ventana.

Esta alma podría morir de una fragancia nocturna. De un suspiro que se escapa en la penumbra. De un verso pronunciado sin voz. Tiene esa fragilidad de las cosas que no se pueden tocar y, sin embargo, nos tocan. Nada sabe con certeza y todo lo cuestiona. A veces niega lo que más desea, quizá porque ha descubierto que algunas verdades, cuando se poseen demasiado, pierden su misterio.

Por eso prefiere la noche. La oscuridad no exige explicaciones. En ella caben mejor las preguntas que quedaron sin respuesta, las despedidas que no supimos hacer y aquellas palabras que llegaron tarde a la boca. Hay silencios que no nacen de la ausencia de palabras, sino de todo lo que alguna vez quisimos decir y no dijimos.

Un alma también toca otras almas como quien palpa sombras. No busca certezas. Busca calor. Ha aprendido a desconfiar de las huellas porque sabe que la lluvia las borra, que la nieve las cubre y que hasta los caminos más transitados terminan desapareciendo. Pero hay algo que se resiste: una caricia, una mirada, un gesto pequeño que permanece cuando todo lo demás se vuelve borroso.

Quizá por eso recuerdo más una mano sobre mi hombro que muchas conversaciones. Vivo solo, pero no únicamente en compañía del vacío. La soledad también tiene sus habitaciones, y con los años uno aprende dónde sentarse dentro de ellas. Hay tardes en que basta una ventana y el rumor lejano de Montreal —un camión de reparto, una sirena que se pierde hacia el este— para sentir que el mundo continúa, aunque ya no nos pida participar en todo. Quizá envejecer consista, entre otras cosas, en dejar de reclamarle un lugar en primera fila.

La memoria tiene sus caprichos. Guarda algo sin importancia y desecha un acontecimiento. Conserva el sonido de una risa y deja perder una fecha. Se aferra a una tarde cualquiera y olvida los años enteros que la rodearon. A estas alturas ya no intento corregirla. Me inclino a creer que la memoria no es un archivo: es un jardinero caprichoso. Planta donde quiere. Arranca cuando se le antoja. Y algunas veces, cuando menos lo esperamos, hace florecer aquello que creíamos muerto.

A veces lo que florece es justamente una risa. Conviene dejar constancia de ella antes de que la memoria, que tiene sus preferencias, se vuelva demasiado seria. Porque no todo fue perder trenes ni amar a personas que ya no pronuncian mi nombre. Hubo noches largas, amigos capaces de sostener una mesa con una sola carcajada, amores que enseñaron la alegría sin necesidad de explicarla y madrugadas en que una botella pasaba de mano en mano mientras creíamos, con la inocencia de entonces, que aquello iba a durar para siempre. Éramos jóvenes y no lo sabíamos.

Ahora miro hacia atrás sin pedir demasiadas explicaciones. Lo que imaginé con fervor terminó ocurriendo de otra manera; lo que parecía seguro se deshizo sin hacer mucho ruido. La vida nunca firmó un contrato con nosotros. No prometió justicia ni permanencia; ni siquiera tiempo suficiente. Apenas nos lo fue entregando por partes, como quien presta algo sin decir cuándo habrá que devolverlo.

Lo que llevo dentro tampoco está satisfecho consigo mismo. Vaga. Corre. Gira. Se detiene. A veces sangra sin herida visible. Otras veces delira con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar.

Todavía quiere avanzar. Se imagina como un viejo tranvía, de esos que ya no existen en esta ciudad, cuyas huellas, dicen, siguen dormidas bajo el asfalto. No sabe si llegará a ninguna parte. Tampoco importa demasiado. Hay trayectos que no se emprenden para llegar a destino, sino para no quedarse quieto frente a lo que ya pasó.

Durante muchos años confundí vivir con avanzar. Hoy no estoy tan seguro. Hay momentos en que vivir consiste apenas en permanecer de pie mientras algo termina, recoger lo que queda y seguir con aquello que todavía puede llevarse. El exilio me enseñó, además, que una parte de uno puede quedarse lejos y, sin embargo, acompañarnos todos los días. Hay lugares que dejamos atrás y que continúan en nosotros con una obstinación tranquila, como esos rieles que nadie ve y que el asfalto no ha conseguido borrar.

Quizá eso sea escribir. Seguir avanzando con las luces encendidas mientras alrededor todo parece sombrío. No para corregir la historia —eso ya no está en mis manos—, apenas para acompañarla un rato.

Desde mi jardín interior miro entonces las estaciones pasar. Algunas llegan cargadas de flores; otras traen frío glacial, hojas secas o una lluvia que parece interminable. Ninguna se queda. Todas cumplen su pequeña ceremonia y desaparecen.

Yo también he ido desapareciendo un poco con ellas. No me preocupa demasiado. O tal vez no quiera aceptarlo. A mi edad me pregunto si vivir no será solamente permanecer, sino también, quizás, dejar algo de luz en los lugares por donde uno pasó: una palabra, una ternura, una historia contada antes de que el silencio se la lleve.

Y quizá somos, al final, lo que queda después de haber perdido unas cuantas cosas. No siempre lo mejor ni lo más importante; a veces apenas aquello que, por alguna razón, se negó a desaparecer. Una amistad que sobrevivió a los años. Una voz que todavía reconozco. El gusto por una conversación tranquila. La costumbre de escribir cuando nadie llama. La capacidad, todavía intacta, de sorprenderme ante una cosa pequeña. También las pérdidas, por supuesto, y esos adioses que tardaron años en convertirse en adioses.

Por eso todavía cultivo este jardín. No para que florezca siempre. Sería pedirle demasiado a la vida. Lo cultivo para que conserve alguna raíz cuando llegue el invierno. Para que entre sus sombras puedan seguir habitando los rostros que amé, esa mano que fue creciendo hasta que ya no cupo en la mía —y en la que sigo pensando aun ahora, cuando la distancia ha aprendido a comportarse como una costumbre—, los lugares que perdí y las versiones de mí mismo que alguna vez creyeron que el mundo era infinito.

Por las noches, cuando todo calla, vuelvo a caminar por sus senderos. Las flores ya no son las mismas. Las estrellas tampoco. Y yo, mucho menos. Sin embargo, hay algo que permanece. Una pequeña luz al fondo del jardín. No sé si viene del cielo, de la memoria o de ese lugar secreto donde todavía conversamos con quienes fuimos.

Me acerco despacio. No quiero despertarla. Quizá esa luz sea lo único que la vida nos concede cuando ya hemos aprendido a perder: la posibilidad de seguir amando aquello que se fue sin exigirle que regrese.

Entonces pienso que mi jardín no está hecho solamente de recuerdos. Está hecho también de ausencias, de esperas, de sueños que no encontraron dónde quedarse y de pequeñas alegrías que, contra todo pronóstico, todavía florecen.

Y mientras camino entre ellas, escucho a mi alma quedarse quieta. No pide mucho. Que la noche no termine demasiado pronto, que alguna mariposa vuelva a cruzar el jardín, y que, aunque sea lejana, una estrella continúe encendida. Porque mientras haya una luz allá arriba, por pequeña que parezca, todavía habrá un rincón dentro de mí dispuesto a mirar hacia ella.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

*** 77 - Herencia sin testamento

 Capítulo 77

Herencia sin testamento

Hay mañanas en las que el tiempo no avanza: se queda suspendido, como si la mesa, la taza, la ventana que da al mundo conservaran todavía la memoria de las manos que las tocaron. No sé nombrar bien esa sensación. Se parece a un eco que tarda en apagarse, a esa vibración que queda en el aire después de que una campana ha dejado de sonar, y que nuestro oído, más lento que el silencio, se obstina en perseguir.

Me ocurre casi siempre al despertar, cuando la luz de Montreal entra con timidez por la persiana y me recuerda otras luces que ya no me pertenecen. Entonces pienso que el tiempo no es una línea: es más bien un jardín, aunque no sabría explicar por qué esa palabra y no otra se me impone cada vez que lo intento. Un jardín con flores que se abren a destiempo, con rincones donde el sol de una tarde de infancia ilumina todavía una hoja que creía seca para siempre.

Hay recuerdos que no vuelven como imágenes sino como sensaciones. El perfume de aquel primer amor, guardado en algún rincón secreto de la memoria, regresa de pronto sin avisar y me devuelve al instante en que la abracé por primera vez. Sospecho que la memoria no guarda tanto lo que ocurrió como lo que nos hirió o lo que nos salvó, y del resto se desentiende sin pedir permiso. A veces pienso que ese olvido tiene su propia belleza, como esas páginas en blanco que el tiempo ha ido arrancando de un libro. A veces solo pienso que es injusto.

Recuerdo el primer día de escuela de mi hijo Mauricio. Llevaba los cordones flojos, a punto de hacerlo tropezar, y me agaché a amarrárselos por costumbre, por urgencia, sin pensarlo. La maestra que nos recibía me detuvo con una sola frase: que lo dejara intentarlo él solo. Tenía apenas seis años, y sus dedos torpes tardaron un siglo en resolver el nudo mientras yo miraba sin decir nada, aprendiendo tarde, como aprendo casi todo, que ayudar demasiado pronto también es una forma de no dejar crecer.

Los afectos no vienen a reparar las fracturas de nuestra vida, ni a sustituir los sueños que quedaron en otro tiempo. Ninguna persona está destinada a llenar nuestros vacíos ni a cargar con nuestras nostalgias. Quien llega a nuestro lado merece libertad, no encargos secretos; compañía, no la tarea imposible de rescatarnos de nosotros mismos. Amar es compartir el camino, no depositar en otro el peso de nuestras ausencias.

Esa misma mañana la maestra me miró con una curiosidad que no supo disimular y me preguntó quién era yo. «¿Su abuelo?». No supe qué responder, o no encontré cómo explicarle, en un pasillo de colegio, que la paternidad a veces llega con el pelo ya gris, y que uno termina aprendiendo a atarse los propios cordones mucho después que sus hijos.

Meses más tarde, cuando empezó las clases de patinaje en la arena Saint-Michel, el nudo volvió a complicarse: los cordones de los patines no perdonan a nadie. Y sin embargo los demás niños de su edad ya se agachaban a resolverlos solos, sin ayuda, sin mirar al de al lado. Lo vi intentarlo entre ese bullicio y sentí una gratitud que todavía no sé nombrar bien —la de un padre que llegó tarde y que fue aprendiendo de los hijos ajenos, y del propio, la paciencia que no alcanzó a practicar a tiempo—.

Hoy se ata los cordones sin mirar, hablando de otra cosa, como si nunca hubiera existido esa mañana en el pasillo del colegio ni esa tarde en la arena. Guardo todavía, en un cajón que casi no abro, aquel primer par de patines —le quedaban grandes entonces; ahora no le entrarían ni de broma—. La nostalgia no me llega cuando lo veo crecer, sino en esos objetos que se quedaron atrás sin que nadie los despidiera.

Camino por las calles del Plateau y cada paso es una especie de conversación con mis días pasados. No los juzgo: los escucho, nada más. Algunas tardes eso basta. Otras, en cambio, querría detenerme, responder algo, pedir una explicación, pero las voces del pasado hablan un idioma que ya no sé pronunciar.

No envidio la juventud. La recuerdo con ternura, como se recuerda una casa donde alguna vez se fue feliz, pero a la que ya no se desea regresar. Allí quedaron mis primeras hambres, mis impaciencias, mis torpezas luminosas. Hoy camino más despacio, sí, pero llevo conmigo lo que fueron dejando tantas estaciones.

Envejecer es una larga mudanza. Uno va dejando por el camino rostros, entusiasmos, orgullos. Algunas despedidas ocurren tan despacio que apenas se advierten: un día las manos cuentan otra historia, el cuerpo empieza a hablar un idioma que todavía no domino, y descubro que ya no busco la aprobación que antes perseguía con tanto empeño.

Durante años creí que perder era empobrecerse. Ahora no estoy tan seguro. Algunas pérdidas abren un claro; algunas renuncias dejan ver más lejos. No todas —no voy a mentir—, pero algunas. Quizá tampoco la belleza se va con los años: abandona la superficie y se instala más adentro, en un lugar donde las arrugas no llegan. Puede que me engañe. A esta edad uno se concede algunos engaños útiles.

He reunido una riqueza que no cabe en ningún banco ni en ninguna herencia. Está hecha de despedidas, de calles abandonadas, de amores que florecieron apenas un instante, de ciudades que me vieron llegar con una maleta ligera y los bolsillos llenos de incertidumbre. Cada año añadió una capa invisible a mi mirada, sin que yo lo advirtiera.

Por eso la muerte no me duele solo por el hecho de partir. Me entristece imaginar que todo cuanto he aprendido, todo cuanto la vida escribió pacientemente en mí, se desvanezca conmigo. ¿Qué será de tantas horas de asombro, de tantas heridas convertidas en comprensión, de tantos errores que el tiempo fue limando?

A veces pienso en esos jardineros pacientes que emplean décadas cultivando un árbol cuyo esplendor apenas alcanzan a contemplar. Cuando al fin las ramas dan sombra y los frutos han madurado, llega la hora de abandonar el huerto.

Y, sin embargo, quizá no haya despilfarro alguno. Tal vez ninguna experiencia se pierde del todo; tal vez cada vida deja una huella imperceptible que otros recogen sin saberlo. Mauricio no recuerda aquella mañana en el pasillo del colegio, y aun así algo de ella va en sus manos cada vez que se agacha a atarse los zapatos. No lo sé. Me gusta pensarlo.

Quizás por eso escribo, aunque no siempre sé para qué. Para fijar algo antes de que se disuelva. O tal vez porque el jardín, cuando una imagen se abre entre estas líneas, no pregunta qué vamos a hacer con ella después: se abre, se ofrece, y luego se cierra otra vez, como esas flores que solo duran una mañana, sin que nadie les pida cuentas.

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domingo, 13 de septiembre de 2026

*** 76 El archivista caprichoso

Capítulo 76

El archivista caprichoso

«Lo más extraño de la nostalgia es que nunca aparece por lo que creemos haber perdido, sino por lo que no supimos ver mientras lo teníamos.»

Dicen que la nostalgia es una enfermedad y que debemos combatirla manteniéndonos ocupados, haciendo planes, mirando hacia el futuro. Lo dicen como si el pasado fuera un animal peligroso que pudiera desaparecer con solo dejar de nombrarlo.

Yo no les creo demasiado a quienes aconsejan olvidar lo vivido. El pasado no se deja expulsar tan fácilmente: puede marcharse de la casa, pero encuentra la manera de regresar por la puerta de atrás. Además, ¿por qué habría de expulsarlo? Hace tiempo que dejó de ser una visita. Vive conmigo.

Cuando entra, no hace ruido. Busca un lugar junto a la ventana y se queda mirando hacia fuera, como si esperara ver pasar algo que ya pasó hace muchos años. A veces pienso que no viene a visitarme, sino a comprobar si todavía recuerdo su nombre. A mi edad he aprendido que hay visitas que no conviene rechazar.

He vivido lo suficiente para desconfiar de las certezas y todavía lo bastante poco para seguir creyendo en algunos milagros. Por eso, alguna vez le pregunté a la nostalgia de dónde venía —o imaginé preguntárselo, que a estas alturas viene a ser casi lo mismo—. No respondió de inmediato. Se quedó mirándome con esa paciencia que tienen las cosas que conocen nuestra historia mejor que nosotros. Después me dijo:

—Vengo de ti.

Tal vez tenía razón. La nostalgia no inventa el pasado. Es apenas el eco de una voz que alguna vez pronunciamos y que ahora el silencio repite, con la fidelidad de quien guarda un secreto ajeno. Por eso algunas personas regresan a nuestra memoria con una precisión que sorprende: un rostro, una manera de caminar, una frase dicha al pasar, una tarde cualquiera que entonces parecía insignificante y que muchos años después adquiere la importancia de una revelación. Mientras vivimos, casi nunca sabemos cuáles serán los recuerdos que nos acompañarán hasta el final.

La memoria, en cambio, sí inventa a veces. Si tuviera que darle una figura —y es solo una manera de decirlo—, se parecería menos a un archivo ordenado o a un espejo fiel que a una vieja narradora que cuenta las cosas a su manera. Conserva unas escenas y borra otras, deja ciertos rostros a plena luz y otros en la penumbra. A veces agranda una herida hasta darle tamaño de destino; otras, reduce una felicidad entera a la dimensión de un suspiro.

Con los años mi soledad se fue llenando de ecos que regresan desde muy lejos y a destiempo, como cartas que el correo extravió durante décadas y entrega un jueves cualquiera, sin disculparse. Unas veces la narradora me devuelve lo que ocurrió; otras, lo que yo habría querido que ocurriera, y confieso que no siempre sé distinguirlos, ni estoy seguro de que me importe tanto. No creo que mienta del todo. Con fragmentos sueltos, olvidos y algún destello, va tejiendo la historia que soy capaz de habitar, y yo termino creyendo en ella como quien reconoce su casa a la distancia después de muchos años, aunque sepa que alguien ha retocado los colores de la fachada.

Cada uno vive, me parece, dentro de la memoria que ha ido construyendo. Quizá por eso desconfiamos de los recuerdos ajenos cuando contradicen los nuestros, aunque nadie esté faltando a la verdad: puede que dos personas hayan visto el mismo paisaje a horas distintas, y que cada una lo guarde con una luz que la otra no alcanzó a ver.

Yo mismo he descubierto que no extraño necesariamente los grandes acontecimientos. Extraño, más bien, ciertas pequeñas cosas que entonces no merecieron siquiera una mirada: una voz desde la cocina, el ruido de una puerta, una conversación que quedó inconclusa, una calle al caer la tarde, la luz quieta sobre una pared encalada. También extraño algunas tardes —pero no la hora que marcaba el reloj—. Extraño la luz que las habitaba.

Porque una tarde no son sus horas. Es el aire que respirábamos dentro de ellas, las personas que estaban allí, la sensación —absurda y hermosa— de que aquello iba a durar «para siempre». Ahora sé que ese «para siempre» es una de las ilusiones más generosas de la juventud. En aquel entonces no sabíamos que las cosas estaban despidiéndose mientras sucedían.

Quizá por eso las fotografías me producen una extraña mezcla de gratitud y desconfianza. Conservan los rostros, los lugares, los gestos detenidos en un segundo, pero no guardan el olor de una casa, ni el frío de una mañana, ni el sonido de una voz querida llamándonos desde otra habitación. Una fotografía conserva la imagen; la memoria se queda con lo que la imagen no pudo atrapar. Por eso, cuando miro una fotografía antigua, no siempre veo lo que está en ella: veo lo que falta. Recuerdo haber leído alguna vez, no sabría decir dónde —tal vez en un libro prestado que nunca devolví—, que lo ausente tiene una extraña manera de hacerse visible. Quizá sea cierto. Acaso sea esa ausencia la que le concede a una fotografía su verdadero valor.

Durante años confundí la nostalgia con la tristeza. Ahora creo que no son la misma cosa. La tristeza puede instalarse en nosotros con una sola nota; la nostalgia, en cambio, tiene una música más compleja: puede doler y, al mismo tiempo, producir una sonrisa, puede llevar una lágrima en un bolsillo y un recuerdo luminoso en el otro. Tiene esa rara habilidad de devolvernos algo mientras nos recuerda que ya no lo tenemos. Quizá por eso no quiero combatirla.

He llegado a pensar que la nostalgia es una forma de gratitud. Alguna vez leí —o tal vez solo lo escuché decir, ya no distingo bien esas dos memorias— que nadie siente nostalgia por lo que le fue indiferente, que solo echamos de menos aquello que alguna vez significó algo. Cuando la nostalgia aparece, no siempre viene a decirnos «mira lo que perdiste». A veces viene a decirnos «mira lo que tuviste». Y esa diferencia, me parece, lo cambia casi todo.

Esta edad es también —no sabría decirlo de otro modo— la de los balances que nadie pide. Uno hace cuentas en silencio mientras espera que cambie un semáforo, o al cerrar un libro antes de terminarlo. Los huesos reclaman descanso con una puntualidad que ya quisiera yo para otros asuntos, y la sangre ha aprendido a circular sin tanta prisa, como quien conoce de memoria el camino de regreso. Las cuentas, por cierto, nunca cuadran del todo: siempre sobra algo, o falta, y hace tiempo que dejé de revisarlas con lápiz rojo.

Se ha dicho que los viejos viven de nostalgia como los niños viven de futuro. La comparación tiene algo de verdad: el niño mira hacia delante porque todavía le falta casi todo; el viejo mira hacia atrás porque ya ha visto pasar buena parte de aquello que esperaba. Pero no creo que mirar hacia atrás signifique renunciar al porvenir.

A estas alturas, mi porvenir quizá sea más pequeño, pero no por eso menos valioso: una conversación, una página escrita, una caminata, una tarde tranquila, una copa de vino, una llamada inesperada. La vida, cuando uno envejece, deja de presentarse en grandes paquetes y comienza a ofrecerse en pequeñas porciones. Hay que aprender a saborearlas.

Y sin embargo no llegué hasta aquí dormido. Eso, al menos, me inclino a creerlo. Todavía hay mañanas en que algo mínimo —el brillo de la acera después de la lluvia, una frase oída a medias en el metro— me detiene con un asombro que no sé de dónde sale a esta edad. Y todavía me enciendo, a veces más de lo prudente, ante lo que la vida trae: lo que regala y lo que hiere, que rara vez llegan por separado. No sé si eso es lucidez o simple terquedad. Puede que sean la misma cosa vista desde lugares distintos.

Tampoco la nostalgia me parece ya una enemiga. Me gusta imaginarla como una especie de archivista caprichosa que trabaja sin horario y que, de vez en cuando, abre un cajón que yo creía olvidado.

—Mira esto —parece decirme.

Y allí está: una persona, una casa, un paisaje, una época de mi vida que creía perdida. Pienso, entonces, que ciertas cosas no desaparecen; simplemente cambian de domicilio. Dejan de vivir en el mundo y empiezan a vivir en nosotros.

Quizá esa sea una de las pocas ventajas de envejecer: uno empieza a entender que recordar no consiste en regresar al pasado, porque nadie puede regresar, sino en permitir que aquello que fuimos dialogue con aquello que todavía somos. Y ese diálogo, a veces, resulta incómodo. La memoria también sabe reclamar: me recuerda decisiones que pude tomar de otra manera, palabras que debí callar y silencios que debí romper. No todo lo que vuelve merece una sonrisa; hay recuerdos que llegan con la factura en la mano. Pero incluso esos forman parte de mi historia.

No puedo corregir al hombre que fui. Apenas puedo conversar con él. Y eso hago algunas noches: me siento frente a ese hombre de otras épocas y trato de no juzgarlo demasiado. Tenía sus ignorancias, sus temores, sus entusiasmos y también sus torpezas. Hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Algunas veces acertó; otras, como suele ocurrir con los seres humanos, confundió el mapa con el camino. Yo tampoco tengo derecho a exigirle perfección —al fin y al cabo, todavía sigo aprendiendo—.

Tal vez por eso me inclino a pensar que la nostalgia es una de las últimas formas del amor. No necesariamente el amor hacia una persona, sino hacia lo vivido: querer aquello que ya no puede regresar y, aun así, sentir que sigue teniendo un lugar dentro de nosotros. Lo que estuvo entre nuestras manos quizá pasó inadvertido; lo que perdimos, en cambio, puede aparecer en la memoria con una nitidez casi cruel —una mano, un rostro, una calle, una voz—. La distancia tiene esa particularidad: a veces borra los detalles y, paradójicamente, ilumina lo esencial.

Ahora intuyo que no extraño solamente lugares o personas. Extraño al hombre que yo era cuando esos lugares y esas personas formaban parte de mi vida. Ese hombre también se fue, y quizá sea esa la nostalgia más honda: la de nosotros mismos.

Con los años uno descubre que no envejece únicamente el cuerpo. También envejecen ciertas versiones de nosotros que alguna vez creímos permanentes: el muchacho que fui, el hombre que salió de su tierra, el padre que intentó hacer lo mejor que pudo, el inmigrante que aprendió a vivir lejos. Todos siguen conversando dentro de esta casa interior, sin habitaciones separadas, a veces en paz y otras veces discutiendo por cualquier tontería. Yo los escucho.

Quizá de eso se trate mi diálogo con la edad del silencio: de escuchar lo que queda cuando ya no necesito correr detrás de nada. El silencio no es vacío. Está lleno de voces que antes no alcanzábamos a escuchar porque estábamos demasiado ocupados viviendo. Ahora puedo escucharlas, y entre ellas siempre aparece la nostalgia.

Ya no la veo como una enfermedad que deba curarse ni como una debilidad propia de quien envejece. La veo como una presencia que viene a recordarme que la vida no desaparece del todo cuando termina un momento. Algo queda —una huella, una emoción, una frase— que se niega a morir del todo.

Por eso, cuando la nostalgia vuelve y se sienta junto a mi ventana, ya no intento echarla. Le hago un espacio. A veces le pregunto por los que se fueron, o por el hombre que fui; otras veces, simplemente, permanecemos callados. Y entonces me parece que quizá el silencio no sea el final de la conversación, sino su forma más profunda.

La nostalgia habla de lo que amamos; el silencio, en cambio, escucha. Y yo, desde esta edad en la que tantas cosas han dejado de hacer ruido, intento aprender de ambos.

Porque al final no sé si recordar es vivir mirando hacia atrás o si es, simplemente, una manera distinta —todavía no sabría decir cuál— de seguir aquí.

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Parte 3
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—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
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sábado, 12 de septiembre de 2026

** 75 — “El río que escucha”

Capitulo 75


— “El río que escucha”

Desde la terraza del piso diecisiete, Montreal parece otra ciudad.

Quizá todas las ciudades cambian cuando uno las mira desde arriba. Las calles pierden sus nombres, los edificios dejan de parecer enormes y las personas se vuelven casi invisibles. Uno descubre entonces que la ciudad no es solamente aquello que caminamos, sino también aquello que contemplamos cuando dejamos de participar, por un momento, en su movimiento.

Frente a mí está el Saint-Laurent.

Desde esta altura puedo verlo extenderse con una majestuosidad tranquila. Viene de lejos, entero, como una sola corriente, y al llegar a Montreal se abre en distintos brazos que rodean la ciudad hasta convertirla en una isla.

A veces pienso que el río no la divide.

La abraza.

Es una diferencia pequeña en las palabras, pero enorme en la imaginación. Quizá por eso me conmueve contemplarlo: el agua parece saber algo que nosotros olvidamos con demasiada facilidad, que separarse no siempre significa alejarse. Hay formas de dividirse que también son maneras de permanecer unidos.

El río llega como una sola corriente y luego se bifurca: Montreal queda en medio, una ciudad rodeada de agua.

Y yo, tantos años después de haber llegado a este país, siento que también me volví una corriente que se abrió en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Uno de esos brazos lleva todavía las voces, los paisajes, los muertos y las palabras del país que dejé. El otro fue adquiriendo, despacio, otras costumbres, otros silencios, otra manera de mirar las estaciones.

Durante mucho tiempo pensé que debía elegir entre ambos. Hoy ya no. Tal vez algunas vidas están destinadas a eso: a abrirse en dos brazos que nunca vuelven a juntarse del todo, sin por eso dejar de ser un mismo cauce.

El río no parece tener ese problema. Se bifurca y continúa, sin angustiarse por haber dejado de ser una sola corriente. Quizá ahí comience su lección.

La terraza se ha convertido para mí en uno de esos pocos lugares donde el mundo parece concedernos permiso para callar.

No vengo siempre a buscar respuestas. A estas alturas, uno aprende que algunas preguntas pierden su importancia cuando se las deja reposar.

Vengo a mirar.

Y mirar, cuando ya se ha vivido bastante, puede ser una forma de pensamiento.

Desde aquí arriba, Montreal parece descansar dentro de los brazos del río. La ciudad continúa con sus asuntos, indiferente a mi contemplación. Hay algo tranquilizador en eso.

Durante tantos años creemos que el mundo está pendiente de nosotros. Después descubrimos que tiene suficiente trabajo consigo mismo. Es una liberación. A cierta edad, dejar de ser el centro de las cosas puede convertirse en una forma inesperada de descanso.

El río, en cambio, no parece preocupado por ninguna de nuestras urgencias.

Sigue.

Lleva siglos pasando por aquí. Ha visto crecer la ciudad, cambiarle el rostro, levantar puentes y edificios, recibir a quienes llegaron de lejos y despedir a quienes se fueron.

Quizá haya visto a hombres que se parecían a mí. Hombres que llegaron pensando que estaban comenzando una vida nueva, sin sospechar que ninguna vida comienza completamente de nuevo.

Siempre llevamos algo: una voz, una costumbre, un paisaje, una ausencia.

El río no pregunta de dónde venimos. Eso me gusta de él. Durante buena parte de la vida nos hacen preguntas sobre nuestro origen, nuestros planes, nuestras decisiones. Pareciera que siempre debemos justificar el lugar que ocupamos en el mundo.

El río no exige explicaciones: recibe, pasa, escucha.

Tal vez por eso siento que puedo conversar con él. No espero que me responda. Algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutor.

A cierta edad, además, uno empieza a desconfiar de las respuestas demasiado rápidas. Prefiere una buena pregunta. Una pregunta que pueda acompañarlo durante varios años.

El tiempo, por su parte, se comporta como otro río. No avisa ni se explica: simplemente sigue.

Cuando éramos jóvenes, el tiempo parecía estar delante de nosotros. Ahora lo sentimos también detrás.

Quizá esa sea una de las modificaciones más silenciosas de la edad: el futuro deja de ser un territorio inmenso y el pasado empieza a ocupar más espacio en el paisaje. No necesariamente por nostalgia. A veces solo por reconocimiento.

Uno vuelve la mirada y encuentra personas que ya no están, lugares que cambiaron de nombre, versiones de sí mismo que resultan difíciles de reconocer. Y, sin embargo, algo permanece debajo de todas esas transformaciones.

Una corriente secreta. La misma que ahora veo dividirse y continuar alrededor de Montreal.

Pienso en el hombre que fui hace muchos años y me cuesta imaginar que aquel hombre pudiera sospechar siquiera que algún día estaría viviendo aquí, a setenta y cuatro años, contemplando desde un piso diecisiete el Saint-Laurent. La vida tiene esas ironías que nadie termina de explicar del todo.

Uno hace planes. La vida, mientras tanto, escribe los suyos con otra tinta.

Quizá por eso me resulta tan natural mirar este río. No se parece a mí en nada y, sin embargo, me reconozco en él. Ha cambiado de aspecto miles de veces sin dejar de ser el mismo.

Yo también.

Ahí sigue, de alguna manera, el niño que fui; el joven que quiso apresurar algunas cosas; el hombre que se equivocó creyendo que tendría tiempo de sobra para corregirlas. Está el emigrante, que aprendió a vivir lejos de parte de sus raíces, y el padre que llegó tarde a ciertas experiencias. Y está, sobre todo, este hombre de ahora, que mira el agua con una paciencia que antes no conocía.

Todos siguen aquí. No sé dónde los guarda exactamente la memoria: quizá en algunas palabras, quizá en la manera de mirar, quizá en ciertas tardes en las que, sin saber por qué, algo de una época remota regresa y se sienta a nuestro lado.

La memoria tampoco es un archivo ordenado. Se parece más al agua. Devuelve unas cosas y se lleva otras. A veces conserva un rostro y borra una conversación. Otras veces desaparece un nombre, pero permanece intacta la sensación de haber querido a alguien.

Con los años he terminado por aceptar esa arbitrariedad. No todo lo que vivimos está destinado a permanecer en nuestra memoria. Y quizá sea mejor así. Si pudiéramos recordarlo todo, la vida sería insoportable.

El río tampoco conserva cada hoja que pasa sobre su superficie. La deja seguir.

Desde la terraza vuelvo a mirar la ciudad. Allá abajo, Montreal permanece rodeada por el agua como si el río hubiera decidido protegerla sin pedirle permiso.

Me pregunto si las ciudades también tienen memoria. Quizá sí. Una ciudad recuerda en sus calles, en sus edificios, en los pasos de quienes la han habitado. Recuerda incluso aquello que nosotros olvidamos.

Y yo, que llegué de otra orilla del continente, he terminado aprendiendo que una ciudad puede convertirse lentamente en parte de la biografía.

Primero vivimos en ella. Después ella empieza a vivir en nosotros.

Hay lugares que uno adopta sin ceremonia. No hay un día exacto en que dejan de ser extranjeros. Simplemente ocurre. Una mañana cualquiera uno descubre que reconoce sus ritmos, sus silencios, sus cambios de luz. Ya no necesita explicarse por qué está allí.

Está. Y eso basta.

Dicen que Ulises lloró al volver a Ítaca. Lo entiendo. Después de tantos caminos, quizá no llorara solamente por haber regresado, sino por reconocer algo que llevaba dentro desde mucho antes de volver.

Hay lugares que no necesitan ser grandiosos para convertirse en eternos. Basta con que nos devuelvan una parte de nosotros mismos.

Tal vez por eso algunas ciudades terminan siendo una segunda patria sin dejar de recordarnos que hubo una primera.

No estoy seguro de que una reemplace a la otra. Abajo, el Saint-Laurent sigue abriéndose en sus brazos silenciosos, sin apuro por decidir cuál de ellos es el verdadero río.
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Cambios irreversibles de fondo (por continuidad del libro, no por preferencia estilística):

— El motivo "vivo entre dos orillas / no sé cuál me pertenece más" se reemplazó por el de la corriente que se abre en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Repetía casi literalmente la imagen del capítulo 62 (el caballo que corre "entre dos orillas y no se detiene en ninguna"), y además contradecía la propia tesis del capítulo — que dividirse no es alejarse — al presentar la doble pertenencia como una tensión sin resolver. La nueva versión hace que la reflexión personal obedezca a la misma lógica que el narrador ya le atribuyó al río, en vez de caer en el tópico del exilio-como-desgarro.

— Se retiró "un puente entre dos lugares que nunca terminan de encontrarse", que dialogaba de más con el puente del capítulo 3. Se sustituyó por una imagen que se queda dentro del propio cauce del capítulo (brazos que no vuelven a juntarse, mismo cauce).

— Se disolvieron tres bloques anafóricos que funcionaban como listas verticales ("Una voz. / Una costumbre..."; "No se anuncia, no explica, no pregunta"; "Recibe. / Pasa. / Escucha."; y la enumeración de los hombres que uno fue) integrándolos en frases corridas. El contenido no cambió; sí la forma, para que no leyeran como un recurso retórico mecánico.

Cambios reversibles, de pulido:

— "sino porque algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutores" se simplificó, para no repetir dos veces la construcción "no... sino" en el mismo capítulo.
— "esas ironías que ningún filósofo consigue explicar del todo" se aligeró; sonaba un poco más grandilocuente que el resto de la voz.
— El cierre "No reemplazan. / Se agregan." se sustituyó por una imagen que vuelve al río sin declarar la moraleja por segunda vez — la idea ya había quedado resuelta unos párrafos antes ("Durante mucho tiempo pensé que debía elegir. Hoy ya no."), y cerrar otra vez con una sentencia doblaba la explicación de algo que el capítulo ya había mostrado.

Alerta de continuidad: "brazos del río" queda ahora establecido como imagen propia de este capítulo para la doble pertenencia. Si en capítulos futuros vuelve el tema del exilio o la doble identidad, convendría no repetir "orillas" en ese sentido (dos orillas, entre dos orillas) durante un tramo, ya lo usó el 62 y ahora, de otra forma, este.

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

*74 El presente que se queda solo

Capítulo 74

— El presente que se queda solo

El presente no tiene equipaje: llega desnudo y se va antes de que aprendamos a nombrarlo. Quizá por eso siempre camina con cierta indiferencia, como quien sabe que no debe explicarse demasiado.

Hay una edad en que uno empieza a sospechar que el presente nunca le perteneció. Durante años lo atravesé con la prisa de quien cree que siempre habrá otro día para detenerse, otra conversación pendiente, otra llamada que todavía puede hacerse. La vida era una calle larga y yo avanzaba por ella con la confianza ingenua de quien supone que el final queda siempre suficientemente lejos.

Ahora camino distinto. No sé si más despacio; a estas alturas tampoco estoy seguro de que la velocidad sea una virtud. Digamos que camino con más atención. Cosas que antes pasaban sin dejar huella ahora se detienen unos segundos: una voz que llega desde algún lugar que no alcanzo a ver, una ventana que se enciende cuando la tarde empieza a retirarse, el roce de unas hojas contra la acera, alguien que busca algo en el bolsillo y sigue como si nada. Pequeñeces. Pero a cierta edad las pequeñeces dejan de disculparse por serlo.

Durante demasiado tiempo confundimos lo importante con lo que hace ruido. Después descubrimos que lo decisivo ocurre casi en secreto: una mirada que no supimos interpretar, una frase dicha al pasar, una mano que se quedó unos segundos sobre la nuestra. La vida nunca tuvo demasiado interés en anunciar sus mejores momentos.

He vivido suficientes años para sospechar que el tiempo no avanza con la solemnidad que le atribuimos. No lleva uniforme, no toca campanas, no presenta documentos para informarnos que acaba de llevarse otro año. Simplemente pasa. Y uno sigue haciendo sus cosas. Un día compra algo que no necesitaba, otro olvida dónde dejó las llaves, otro descubre que una canción que parecía reciente ya tiene cuarenta años. Así se entera uno de que los años han estado haciendo su trabajo mientras nosotros creíamos estar ocupados en asuntos más importantes. El tiempo tiene un sentido del humor bastante discreto; a veces incluso malicioso.

Yo mismo pasé buena parte de la vida tratando de organizar mis días, como si bastaran agendas y buenas intenciones para poner orden en lo que inevitablemente se desordena. Qué arrogancia la nuestra: creer que podemos administrar aquello que no nos pertenece.

Cuando intento recuperar lo que fui, regreso a la memoria. Pero la memoria no es un archivo obediente. Tiene sus preferencias, sus olvidos caprichosos, sus pequeñas falsificaciones. Conserva una tarde y borra una década; devuelve con precisión absurda el color de una camisa y no consigue decirnos qué sentíamos mientras la llevábamos. Con los años he aprendido a no exigirle exactitud. La memoria hace lo que puede, y a veces hace lo que quiere.

Tal vez recordar no consista en reconstruir el pasado, sino en aceptar la forma en que ha decidido sobrevivir dentro de nosotros. Hay recuerdos que pesan. Otros apenas hacen ruido. Algunos llegan con timidez y se sientan en un rincón de la conciencia; otros aparecen sin ser invitados, como esos conocidos que uno no veía desde hace veinte años y que todavía recuerdan nuestro nombre. Ya no intento expulsarlos. La memoria también tiene derecho a equivocarse.

Montreal me enseñó otras maneras de medir los días. Aquí las estaciones no necesitan explicaciones: se anuncian en los cuerpos, en las calles, en la ropa, en la manera en que la gente modifica sus recorridos sin comentarlo. La ciudad cambia de humor y uno aprende a leer esas variaciones casi sin darse cuenta.

Yo también he cambiado dentro de ella.

Uno envejece en una ciudad que no envejece al mismo ritmo. Los comercios cambian de nombre, aparecen rostros nuevos, desaparecen otros, alguien reforma una esquina que uno creía definitiva. Y mientras todo eso sucede, uno continúa allí, llevando encima una versión cada vez más larga de sí mismo.

La ciudad no se detiene a preguntarme cuántos años tengo. Los jóvenes siguen corriendo hacia sus asuntos. Las bicicletas pasan. Alguien ríe demasiado fuerte en una esquina. Una pareja discute sin saber que su tragedia no interesa a nadie. Un hombre espera el cambio de luz. Una mujer mira el teléfono y casi tropieza con el mundo.

La vida continúa con una falta de consideración admirable.

Y quizá eso sea bueno.

Porque mientras yo envejezco discretamente, el mundo se niega a convertirse en monumento a mi edad. No me concede privilegios. No cambia su ritmo porque yo haya comenzado a mirar las cosas con otros ojos.

A veces le hablo, eso sí. No en voz alta —todavía conservo cierta prudencia—, pero le hablo. Le pregunto dónde quedaron ciertas personas, por qué algunos años pasaron en una semana y otros necesitaron una vida para irse, por qué recordamos unas cosas y olvidamos otras, y por qué, sobre todo, cuando finalmente aprendemos algo importante ya no tenemos veinte años para aprovecharlo.

El tiempo escucha, pero no responde. Tiene esa mala costumbre.

Y entonces aparece la paradoja: el presente es lo único que no consigo recordar. Puedo recordar el ayer. Puedo imaginar el mañana. Pero este instante se me escapa mientras intento vivirlo. En el momento en que digo ahora, ese ahora ya ha comenzado a alejarse.

Por eso el presente se queda solo.

El pasado tiene a la memoria. El futuro tiene promesas, planes, expectativas, incluso preocupaciones que fabricamos con dedicación admirable. El presente no tiene nada. No puede defenderse con fotografías, ni justificarse con proyectos, ni decir «algún día comprenderás».

Solo está.

Un vaso sobre una mesa. La luz que cae sobre una pared. Una conversación que todavía no termina. El sabor de algo que desaparecerá de la boca unos segundos después. La propia mano, que uno mira un instante y reconoce como suya aunque ya no sea exactamente la misma.

No se deja guardar.

Quizá por eso lo tratamos tan mal.

A los veinte años quería que los días pasaran rápido. A los cuarenta discutía con aquello que no podía discutir, como si pudiera negociar las condiciones del contrato. Ahora sospecho que nunca hubo contrato alguno. Yo era quien esperaba otra cosa.

Con la edad he soltado algunas batallas. No todas. Sería sospechoso haber alcanzado semejante iluminación. Todavía puedo irritarme por cosas pequeñas, insistir en una opinión que quizá debería revisar y pasar más tiempo del necesario pensando en algo que mañana me parecerá insignificante. La sabiduría, si existe, es una criatura irregular.

Pero hay cosas que sí han cambiado.

Me importa menos tener razón.

Me importa más estar.

Estar aquí, en este día que no volverá. En esta edad que tampoco. En este cuerpo que de vez en cuando presenta una queja formal por el uso prolongado, aunque todavía se las arregla para llevarme de un lado a otro.

A cierta edad el cuerpo adquiere una sinceridad que antes no tenía. Ya no negocia. Algunas articulaciones poseen opiniones propias y ciertas mañanas requieren un pequeño acuerdo diplomático antes de levantarse. No es una tragedia. Es apenas la manera que tiene el cuerpo de recordarnos que también él ha llevado su propia cuenta de los años.

Y, sin embargo, aquí está. Todavía aquí.

Eso me basta.

También me interesa menos conquistar lugares. Después de tantos años lejos de donde nací, he aprendido que ninguna ciudad se conquista. Apenas se consigue un pequeño lugar dentro de su movimiento: una calle que deja de parecernos extranjera, un rostro que reconocemos, una esquina que ya forma parte de nuestras costumbres aunque nadie nos haya entregado un certificado de pertenencia.

Quizá eso sea vivir en alguna parte: dejar de necesitar que el lugar nos explique quiénes somos.

La juventud confía demasiado en lo que viene. Yo también lo hice. Creía que habría oportunidad para reparar errores, decir ciertas palabras, volver a determinados lugares, hacer las cosas de otra manera. Todo parecía quedar suficientemente lejos.

Después descubrimos que algunas cosas esperan. Otras no. Y algunas, cansadas de esperar, terminan por irse.

La edad obliga a una economía distinta. Ya no se puede gastar la vida como si fuera inagotable. Hay que elegir: una conversación en lugar de una discusión, una tarde tranquila en lugar de una obligación innecesaria, un paseo sin propósito en lugar de otra preocupación cuidadosamente alimentada. Incluso el derecho a cambiar de opinión sin redactar un comunicado oficial.

Eso también es libertad.

Quizá envejecer consista en aprender a desperdiciar menos la vida en aquello que no merece nuestra atención. No siempre lo consigo. Pero ya no necesito conseguirlo perfectamente. Me basta con darme cuenta un poco antes.

Por eso vuelvo al presente. No porque haya descubierto una fórmula para vivirlo. No tengo fórmulas. A mi edad desconfiaría de quien las tuviera. Vuelvo porque no hay otro sitio donde pueda estar.

El pasado puede visitarme, pero no puedo instalarme en él. El futuro puede llamarme, pero todavía no tiene dirección. Solo este instante tiene una silla disponible.

Y quizá sea suficiente.

Miro alrededor.

Las cosas continúan en su modestia: mis manos, la tarde, unas palabras que todavía no he escrito, el cuerpo que sigue haciendo su trabajo, una pequeña belleza que aparece sin anunciarse en medio de un día que no prometía nada.

Entonces pienso que quizá la vida nunca me pidió demasiado. Tal vez fui yo quien durante años le exigió explicaciones que ella nunca estuvo obligada a dar.

El presente no hace ruido.

No necesita hacerlo.

Sabe que si lo escucho demasiado tarde ya se habrá convertido en memoria.

Por eso intento mirarlo mientras todavía está aquí.

No sé cuánto se quedará. Tampoco sé si, cuando finalmente aprenda a reconocerlo, ya se habrá marchado.

Es posible.

Tiene esa mala costumbre.

Pero mientras escribo estas palabras hay algo que permanece conmigo.

Quizá sea solamente este instante. Quizá la conciencia de estar aquí. O quizá esa extraña sensación de que, después de tantos años persiguiendo lo que venía y tratando de conservar lo que se iba, por fin puedo sentarme un momento sin pedirle nada a la vida.

Eso ya es bastante.

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La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...