domingo, 13 de septiembre de 2026

*** 76 El archivista caprichoso

Capítulo 76

El archivista caprichoso

«Lo más extraño de la nostalgia es que nunca aparece por lo que creemos haber perdido, sino por lo que no supimos ver mientras lo teníamos.»

Dicen que la nostalgia es una enfermedad y que debemos combatirla manteniéndonos ocupados, haciendo planes, mirando hacia el futuro. Lo dicen como si el pasado fuera un animal peligroso que pudiera desaparecer con solo dejar de nombrarlo.

Yo no les creo demasiado a quienes aconsejan olvidar lo vivido. El pasado no se deja expulsar tan fácilmente: puede marcharse de la casa, pero encuentra la manera de regresar por la puerta de atrás. Además, ¿por qué habría de expulsarlo? Hace tiempo que dejó de ser una visita. Vive conmigo.

Cuando entra, no hace ruido. Busca un lugar junto a la ventana y se queda mirando hacia fuera, como si esperara ver pasar algo que ya pasó hace muchos años. A veces pienso que no viene a visitarme, sino a comprobar si todavía recuerdo su nombre. A mi edad he aprendido que hay visitas que no conviene rechazar.

He vivido lo suficiente para desconfiar de las certezas y todavía lo bastante poco para seguir creyendo en algunos milagros. Por eso, alguna vez le pregunté a la nostalgia de dónde venía —o imaginé preguntárselo, que a estas alturas viene a ser casi lo mismo—. No respondió de inmediato. Se quedó mirándome con esa paciencia que tienen las cosas que conocen nuestra historia mejor que nosotros. Después me dijo:

—Vengo de ti.

Tal vez tenía razón. La nostalgia no inventa el pasado. Es apenas el eco de una voz que alguna vez pronunciamos y que ahora el silencio repite, con la fidelidad de quien guarda un secreto ajeno. Por eso algunas personas regresan a nuestra memoria con una precisión que sorprende: un rostro, una manera de caminar, una frase dicha al pasar, una tarde cualquiera que entonces parecía insignificante y que muchos años después adquiere la importancia de una revelación. Mientras vivimos, casi nunca sabemos cuáles serán los recuerdos que nos acompañarán hasta el final.

La memoria, en cambio, sí inventa a veces. Si tuviera que darle una figura —y es solo una manera de decirlo—, se parecería menos a un archivo ordenado o a un espejo fiel que a una vieja narradora que cuenta las cosas a su manera. Conserva unas escenas y borra otras, deja ciertos rostros a plena luz y otros en la penumbra. A veces agranda una herida hasta darle tamaño de destino; otras, reduce una felicidad entera a la dimensión de un suspiro.

Con los años mi soledad se fue llenando de ecos que regresan desde muy lejos y a destiempo, como cartas que el correo extravió durante décadas y entrega un jueves cualquiera, sin disculparse. Unas veces la narradora me devuelve lo que ocurrió; otras, lo que yo habría querido que ocurriera, y confieso que no siempre sé distinguirlos, ni estoy seguro de que me importe tanto. No creo que mienta del todo. Con fragmentos sueltos, olvidos y algún destello, va tejiendo la historia que soy capaz de habitar, y yo termino creyendo en ella como quien reconoce su casa a la distancia después de muchos años, aunque sepa que alguien ha retocado los colores de la fachada.

Cada uno vive, me parece, dentro de la memoria que ha ido construyendo. Quizá por eso desconfiamos de los recuerdos ajenos cuando contradicen los nuestros, aunque nadie esté faltando a la verdad: puede que dos personas hayan visto el mismo paisaje a horas distintas, y que cada una lo guarde con una luz que la otra no alcanzó a ver.

Yo mismo he descubierto que no extraño necesariamente los grandes acontecimientos. Extraño, más bien, ciertas pequeñas cosas que entonces no merecieron siquiera una mirada: una voz desde la cocina, el ruido de una puerta, una conversación que quedó inconclusa, una calle al caer la tarde, la luz quieta sobre una pared encalada. También extraño algunas tardes —pero no la hora que marcaba el reloj—. Extraño la luz que las habitaba.

Porque una tarde no son sus horas. Es el aire que respirábamos dentro de ellas, las personas que estaban allí, la sensación —absurda y hermosa— de que aquello iba a durar «para siempre». Ahora sé que ese «para siempre» es una de las ilusiones más generosas de la juventud. En aquel entonces no sabíamos que las cosas estaban despidiéndose mientras sucedían.

Quizá por eso las fotografías me producen una extraña mezcla de gratitud y desconfianza. Conservan los rostros, los lugares, los gestos detenidos en un segundo, pero no guardan el olor de una casa, ni el frío de una mañana, ni el sonido de una voz querida llamándonos desde otra habitación. Una fotografía conserva la imagen; la memoria se queda con lo que la imagen no pudo atrapar. Por eso, cuando miro una fotografía antigua, no siempre veo lo que está en ella: veo lo que falta. Recuerdo haber leído alguna vez, no sabría decir dónde —tal vez en un libro prestado que nunca devolví—, que lo ausente tiene una extraña manera de hacerse visible. Quizá sea cierto. Acaso sea esa ausencia la que le concede a una fotografía su verdadero valor.

Durante años confundí la nostalgia con la tristeza. Ahora creo que no son la misma cosa. La tristeza puede instalarse en nosotros con una sola nota; la nostalgia, en cambio, tiene una música más compleja: puede doler y, al mismo tiempo, producir una sonrisa, puede llevar una lágrima en un bolsillo y un recuerdo luminoso en el otro. Tiene esa rara habilidad de devolvernos algo mientras nos recuerda que ya no lo tenemos. Quizá por eso no quiero combatirla.

He llegado a pensar que la nostalgia es una forma de gratitud. Alguna vez leí —o tal vez solo lo escuché decir, ya no distingo bien esas dos memorias— que nadie siente nostalgia por lo que le fue indiferente, que solo echamos de menos aquello que alguna vez significó algo. Cuando la nostalgia aparece, no siempre viene a decirnos «mira lo que perdiste». A veces viene a decirnos «mira lo que tuviste». Y esa diferencia, me parece, lo cambia casi todo.

Esta edad es también —no sabría decirlo de otro modo— la de los balances que nadie pide. Uno hace cuentas en silencio mientras espera que cambie un semáforo, o al cerrar un libro antes de terminarlo. Los huesos reclaman descanso con una puntualidad que ya quisiera yo para otros asuntos, y la sangre ha aprendido a circular sin tanta prisa, como quien conoce de memoria el camino de regreso. Las cuentas, por cierto, nunca cuadran del todo: siempre sobra algo, o falta, y hace tiempo que dejé de revisarlas con lápiz rojo.

Se ha dicho que los viejos viven de nostalgia como los niños viven de futuro. La comparación tiene algo de verdad: el niño mira hacia delante porque todavía le falta casi todo; el viejo mira hacia atrás porque ya ha visto pasar buena parte de aquello que esperaba. Pero no creo que mirar hacia atrás signifique renunciar al porvenir.

A estas alturas, mi porvenir quizá sea más pequeño, pero no por eso menos valioso: una conversación, una página escrita, una caminata, una tarde tranquila, una copa de vino, una llamada inesperada. La vida, cuando uno envejece, deja de presentarse en grandes paquetes y comienza a ofrecerse en pequeñas porciones. Hay que aprender a saborearlas.

Y sin embargo no llegué hasta aquí dormido. Eso, al menos, me inclino a creerlo. Todavía hay mañanas en que algo mínimo —el brillo de la acera después de la lluvia, una frase oída a medias en el metro— me detiene con un asombro que no sé de dónde sale a esta edad. Y todavía me enciendo, a veces más de lo prudente, ante lo que la vida trae: lo que regala y lo que hiere, que rara vez llegan por separado. No sé si eso es lucidez o simple terquedad. Puede que sean la misma cosa vista desde lugares distintos.

Tampoco la nostalgia me parece ya una enemiga. Me gusta imaginarla como una especie de archivista caprichosa que trabaja sin horario y que, de vez en cuando, abre un cajón que yo creía olvidado.

—Mira esto —parece decirme.

Y allí está: una persona, una casa, un paisaje, una época de mi vida que creía perdida. Pienso, entonces, que ciertas cosas no desaparecen; simplemente cambian de domicilio. Dejan de vivir en el mundo y empiezan a vivir en nosotros.

Quizá esa sea una de las pocas ventajas de envejecer: uno empieza a entender que recordar no consiste en regresar al pasado, porque nadie puede regresar, sino en permitir que aquello que fuimos dialogue con aquello que todavía somos. Y ese diálogo, a veces, resulta incómodo. La memoria también sabe reclamar: me recuerda decisiones que pude tomar de otra manera, palabras que debí callar y silencios que debí romper. No todo lo que vuelve merece una sonrisa; hay recuerdos que llegan con la factura en la mano. Pero incluso esos forman parte de mi historia.

No puedo corregir al hombre que fui. Apenas puedo conversar con él. Y eso hago algunas noches: me siento frente a ese hombre de otras épocas y trato de no juzgarlo demasiado. Tenía sus ignorancias, sus temores, sus entusiasmos y también sus torpezas. Hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Algunas veces acertó; otras, como suele ocurrir con los seres humanos, confundió el mapa con el camino. Yo tampoco tengo derecho a exigirle perfección —al fin y al cabo, todavía sigo aprendiendo—.

Tal vez por eso me inclino a pensar que la nostalgia es una de las últimas formas del amor. No necesariamente el amor hacia una persona, sino hacia lo vivido: querer aquello que ya no puede regresar y, aun así, sentir que sigue teniendo un lugar dentro de nosotros. Lo que estuvo entre nuestras manos quizá pasó inadvertido; lo que perdimos, en cambio, puede aparecer en la memoria con una nitidez casi cruel —una mano, un rostro, una calle, una voz—. La distancia tiene esa particularidad: a veces borra los detalles y, paradójicamente, ilumina lo esencial.

Ahora intuyo que no extraño solamente lugares o personas. Extraño al hombre que yo era cuando esos lugares y esas personas formaban parte de mi vida. Ese hombre también se fue, y quizá sea esa la nostalgia más honda: la de nosotros mismos.

Con los años uno descubre que no envejece únicamente el cuerpo. También envejecen ciertas versiones de nosotros que alguna vez creímos permanentes: el muchacho que fui, el hombre que salió de su tierra, el padre que intentó hacer lo mejor que pudo, el inmigrante que aprendió a vivir lejos. Todos siguen conversando dentro de esta casa interior, sin habitaciones separadas, a veces en paz y otras veces discutiendo por cualquier tontería. Yo los escucho.

Quizá de eso se trate mi diálogo con la edad del silencio: de escuchar lo que queda cuando ya no necesito correr detrás de nada. El silencio no es vacío. Está lleno de voces que antes no alcanzábamos a escuchar porque estábamos demasiado ocupados viviendo. Ahora puedo escucharlas, y entre ellas siempre aparece la nostalgia.

Ya no la veo como una enfermedad que deba curarse ni como una debilidad propia de quien envejece. La veo como una presencia que viene a recordarme que la vida no desaparece del todo cuando termina un momento. Algo queda —una huella, una emoción, una frase— que se niega a morir del todo.

Por eso, cuando la nostalgia vuelve y se sienta junto a mi ventana, ya no intento echarla. Le hago un espacio. A veces le pregunto por los que se fueron, o por el hombre que fui; otras veces, simplemente, permanecemos callados. Y entonces me parece que quizá el silencio no sea el final de la conversación, sino su forma más profunda.

La nostalgia habla de lo que amamos; el silencio, en cambio, escucha. Y yo, desde esta edad en la que tantas cosas han dejado de hacer ruido, intento aprender de ambos.

Porque al final no sé si recordar es vivir mirando hacia atrás o si es, simplemente, una manera distinta —todavía no sabría decir cuál— de seguir aquí.

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sábado, 12 de septiembre de 2026

** 75 — “El río que escucha”

Capitulo 75


— “El río que escucha”

Desde la terraza del piso diecisiete, Montreal parece otra ciudad.

Quizá todas las ciudades cambian cuando uno las mira desde arriba. Las calles pierden sus nombres, los edificios dejan de parecer enormes y las personas se vuelven casi invisibles. Uno descubre entonces que la ciudad no es solamente aquello que caminamos, sino también aquello que contemplamos cuando dejamos de participar, por un momento, en su movimiento.

Frente a mí está el Saint-Laurent.

Desde esta altura puedo verlo extenderse con una majestuosidad tranquila. Viene de lejos, entero, como una sola corriente, y al llegar a Montreal se abre en distintos brazos que rodean la ciudad hasta convertirla en una isla.

A veces pienso que el río no la divide.

La abraza.

Es una diferencia pequeña en las palabras, pero enorme en la imaginación. Quizá por eso me conmueve contemplarlo: el agua parece saber algo que nosotros olvidamos con demasiada facilidad, que separarse no siempre significa alejarse. Hay formas de dividirse que también son maneras de permanecer unidos.

El río llega como una sola corriente y luego se bifurca: Montreal queda en medio, una ciudad rodeada de agua.

Y yo, tantos años después de haber llegado a este país, siento que también me volví una corriente que se abrió en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Uno de esos brazos lleva todavía las voces, los paisajes, los muertos y las palabras del país que dejé. El otro fue adquiriendo, despacio, otras costumbres, otros silencios, otra manera de mirar las estaciones.

Durante mucho tiempo pensé que debía elegir entre ambos. Hoy ya no. Tal vez algunas vidas están destinadas a eso: a abrirse en dos brazos que nunca vuelven a juntarse del todo, sin por eso dejar de ser un mismo cauce.

El río no parece tener ese problema. Se bifurca y continúa, sin angustiarse por haber dejado de ser una sola corriente. Quizá ahí comience su lección.

La terraza se ha convertido para mí en uno de esos pocos lugares donde el mundo parece concedernos permiso para callar.

No vengo siempre a buscar respuestas. A estas alturas, uno aprende que algunas preguntas pierden su importancia cuando se las deja reposar.

Vengo a mirar.

Y mirar, cuando ya se ha vivido bastante, puede ser una forma de pensamiento.

Desde aquí arriba, Montreal parece descansar dentro de los brazos del río. La ciudad continúa con sus asuntos, indiferente a mi contemplación. Hay algo tranquilizador en eso.

Durante tantos años creemos que el mundo está pendiente de nosotros. Después descubrimos que tiene suficiente trabajo consigo mismo. Es una liberación. A cierta edad, dejar de ser el centro de las cosas puede convertirse en una forma inesperada de descanso.

El río, en cambio, no parece preocupado por ninguna de nuestras urgencias.

Sigue.

Lleva siglos pasando por aquí. Ha visto crecer la ciudad, cambiarle el rostro, levantar puentes y edificios, recibir a quienes llegaron de lejos y despedir a quienes se fueron.

Quizá haya visto a hombres que se parecían a mí. Hombres que llegaron pensando que estaban comenzando una vida nueva, sin sospechar que ninguna vida comienza completamente de nuevo.

Siempre llevamos algo: una voz, una costumbre, un paisaje, una ausencia.

El río no pregunta de dónde venimos. Eso me gusta de él. Durante buena parte de la vida nos hacen preguntas sobre nuestro origen, nuestros planes, nuestras decisiones. Pareciera que siempre debemos justificar el lugar que ocupamos en el mundo.

El río no exige explicaciones: recibe, pasa, escucha.

Tal vez por eso siento que puedo conversar con él. No espero que me responda. Algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutor.

A cierta edad, además, uno empieza a desconfiar de las respuestas demasiado rápidas. Prefiere una buena pregunta. Una pregunta que pueda acompañarlo durante varios años.

El tiempo, por su parte, se comporta como otro río. No avisa ni se explica: simplemente sigue.

Cuando éramos jóvenes, el tiempo parecía estar delante de nosotros. Ahora lo sentimos también detrás.

Quizá esa sea una de las modificaciones más silenciosas de la edad: el futuro deja de ser un territorio inmenso y el pasado empieza a ocupar más espacio en el paisaje. No necesariamente por nostalgia. A veces solo por reconocimiento.

Uno vuelve la mirada y encuentra personas que ya no están, lugares que cambiaron de nombre, versiones de sí mismo que resultan difíciles de reconocer. Y, sin embargo, algo permanece debajo de todas esas transformaciones.

Una corriente secreta. La misma que ahora veo dividirse y continuar alrededor de Montreal.

Pienso en el hombre que fui hace muchos años y me cuesta imaginar que aquel hombre pudiera sospechar siquiera que algún día estaría viviendo aquí, a setenta y cuatro años, contemplando desde un piso diecisiete el Saint-Laurent. La vida tiene esas ironías que nadie termina de explicar del todo.

Uno hace planes. La vida, mientras tanto, escribe los suyos con otra tinta.

Quizá por eso me resulta tan natural mirar este río. No se parece a mí en nada y, sin embargo, me reconozco en él. Ha cambiado de aspecto miles de veces sin dejar de ser el mismo.

Yo también.

Ahí sigue, de alguna manera, el niño que fui; el joven que quiso apresurar algunas cosas; el hombre que se equivocó creyendo que tendría tiempo de sobra para corregirlas. Está el emigrante, que aprendió a vivir lejos de parte de sus raíces, y el padre que llegó tarde a ciertas experiencias. Y está, sobre todo, este hombre de ahora, que mira el agua con una paciencia que antes no conocía.

Todos siguen aquí. No sé dónde los guarda exactamente la memoria: quizá en algunas palabras, quizá en la manera de mirar, quizá en ciertas tardes en las que, sin saber por qué, algo de una época remota regresa y se sienta a nuestro lado.

La memoria tampoco es un archivo ordenado. Se parece más al agua. Devuelve unas cosas y se lleva otras. A veces conserva un rostro y borra una conversación. Otras veces desaparece un nombre, pero permanece intacta la sensación de haber querido a alguien.

Con los años he terminado por aceptar esa arbitrariedad. No todo lo que vivimos está destinado a permanecer en nuestra memoria. Y quizá sea mejor así. Si pudiéramos recordarlo todo, la vida sería insoportable.

El río tampoco conserva cada hoja que pasa sobre su superficie. La deja seguir.

Desde la terraza vuelvo a mirar la ciudad. Allá abajo, Montreal permanece rodeada por el agua como si el río hubiera decidido protegerla sin pedirle permiso.

Me pregunto si las ciudades también tienen memoria. Quizá sí. Una ciudad recuerda en sus calles, en sus edificios, en los pasos de quienes la han habitado. Recuerda incluso aquello que nosotros olvidamos.

Y yo, que llegué de otra orilla del continente, he terminado aprendiendo que una ciudad puede convertirse lentamente en parte de la biografía.

Primero vivimos en ella. Después ella empieza a vivir en nosotros.

Hay lugares que uno adopta sin ceremonia. No hay un día exacto en que dejan de ser extranjeros. Simplemente ocurre. Una mañana cualquiera uno descubre que reconoce sus ritmos, sus silencios, sus cambios de luz. Ya no necesita explicarse por qué está allí.

Está. Y eso basta.

Dicen que Ulises lloró al volver a Ítaca. Lo entiendo. Después de tantos caminos, quizá no llorara solamente por haber regresado, sino por reconocer algo que llevaba dentro desde mucho antes de volver.

Hay lugares que no necesitan ser grandiosos para convertirse en eternos. Basta con que nos devuelvan una parte de nosotros mismos.

Tal vez por eso algunas ciudades terminan siendo una segunda patria sin dejar de recordarnos que hubo una primera.

No estoy seguro de que una reemplace a la otra. Abajo, el Saint-Laurent sigue abriéndose en sus brazos silenciosos, sin apuro por decidir cuál de ellos es el verdadero río.
</capitulo_editado>

<notas_editor>
Cambios irreversibles de fondo (por continuidad del libro, no por preferencia estilística):

— El motivo "vivo entre dos orillas / no sé cuál me pertenece más" se reemplazó por el de la corriente que se abre en dos brazos sin dejar de ser una sola agua. Repetía casi literalmente la imagen del capítulo 62 (el caballo que corre "entre dos orillas y no se detiene en ninguna"), y además contradecía la propia tesis del capítulo — que dividirse no es alejarse — al presentar la doble pertenencia como una tensión sin resolver. La nueva versión hace que la reflexión personal obedezca a la misma lógica que el narrador ya le atribuyó al río, en vez de caer en el tópico del exilio-como-desgarro.

— Se retiró "un puente entre dos lugares que nunca terminan de encontrarse", que dialogaba de más con el puente del capítulo 3. Se sustituyó por una imagen que se queda dentro del propio cauce del capítulo (brazos que no vuelven a juntarse, mismo cauce).

— Se disolvieron tres bloques anafóricos que funcionaban como listas verticales ("Una voz. / Una costumbre..."; "No se anuncia, no explica, no pregunta"; "Recibe. / Pasa. / Escucha."; y la enumeración de los hombres que uno fue) integrándolos en frases corridas. El contenido no cambió; sí la forma, para que no leyeran como un recurso retórico mecánico.

Cambios reversibles, de pulido:

— "sino porque algunas conversaciones importantes no necesitan interlocutores" se simplificó, para no repetir dos veces la construcción "no... sino" en el mismo capítulo.
— "esas ironías que ningún filósofo consigue explicar del todo" se aligeró; sonaba un poco más grandilocuente que el resto de la voz.
— El cierre "No reemplazan. / Se agregan." se sustituyó por una imagen que vuelve al río sin declarar la moraleja por segunda vez — la idea ya había quedado resuelta unos párrafos antes ("Durante mucho tiempo pensé que debía elegir. Hoy ya no."), y cerrar otra vez con una sentencia doblaba la explicación de algo que el capítulo ya había mostrado.

Alerta de continuidad: "brazos del río" queda ahora establecido como imagen propia de este capítulo para la doble pertenencia. Si en capítulos futuros vuelve el tema del exilio o la doble identidad, convendría no repetir "orillas" en ese sentido (dos orillas, entre dos orillas) durante un tramo, ya lo usó el 62 y ahora, de otra forma, este.

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

*74 El presente que se queda solo

Capítulo 74

— El presente que se queda solo

El presente no tiene equipaje: llega desnudo y se va antes de que aprendamos a nombrarlo. Quizá por eso siempre camina con cierta indiferencia, como quien sabe que no debe explicarse demasiado.

Hay una edad en que uno empieza a sospechar que el presente nunca le perteneció. Durante años lo atravesé con la prisa de quien cree que siempre habrá otro día para detenerse, otra conversación pendiente, otra llamada que todavía puede hacerse. La vida era una calle larga y yo avanzaba por ella con la confianza ingenua de quien supone que el final queda siempre suficientemente lejos.

Ahora camino distinto. No sé si más despacio; a estas alturas tampoco estoy seguro de que la velocidad sea una virtud. Digamos que camino con más atención. Cosas que antes pasaban sin dejar huella ahora se detienen unos segundos: una voz que llega desde algún lugar que no alcanzo a ver, una ventana que se enciende cuando la tarde empieza a retirarse, el roce de unas hojas contra la acera, alguien que busca algo en el bolsillo y sigue como si nada. Pequeñeces. Pero a cierta edad las pequeñeces dejan de disculparse por serlo.

Durante demasiado tiempo confundimos lo importante con lo que hace ruido. Después descubrimos que lo decisivo ocurre casi en secreto: una mirada que no supimos interpretar, una frase dicha al pasar, una mano que se quedó unos segundos sobre la nuestra. La vida nunca tuvo demasiado interés en anunciar sus mejores momentos.

He vivido suficientes años para sospechar que el tiempo no avanza con la solemnidad que le atribuimos. No lleva uniforme, no toca campanas, no presenta documentos para informarnos que acaba de llevarse otro año. Simplemente pasa. Y uno sigue haciendo sus cosas. Un día compra algo que no necesitaba, otro olvida dónde dejó las llaves, otro descubre que una canción que parecía reciente ya tiene cuarenta años. Así se entera uno de que los años han estado haciendo su trabajo mientras nosotros creíamos estar ocupados en asuntos más importantes. El tiempo tiene un sentido del humor bastante discreto; a veces incluso malicioso.

Yo mismo pasé buena parte de la vida tratando de organizar mis días, como si bastaran agendas y buenas intenciones para poner orden en lo que inevitablemente se desordena. Qué arrogancia la nuestra: creer que podemos administrar aquello que no nos pertenece.

Cuando intento recuperar lo que fui, regreso a la memoria. Pero la memoria no es un archivo obediente. Tiene sus preferencias, sus olvidos caprichosos, sus pequeñas falsificaciones. Conserva una tarde y borra una década; devuelve con precisión absurda el color de una camisa y no consigue decirnos qué sentíamos mientras la llevábamos. Con los años he aprendido a no exigirle exactitud. La memoria hace lo que puede, y a veces hace lo que quiere.

Tal vez recordar no consista en reconstruir el pasado, sino en aceptar la forma en que ha decidido sobrevivir dentro de nosotros. Hay recuerdos que pesan. Otros apenas hacen ruido. Algunos llegan con timidez y se sientan en un rincón de la conciencia; otros aparecen sin ser invitados, como esos conocidos que uno no veía desde hace veinte años y que todavía recuerdan nuestro nombre. Ya no intento expulsarlos. La memoria también tiene derecho a equivocarse.

Montreal me enseñó otras maneras de medir los días. Aquí las estaciones no necesitan explicaciones: se anuncian en los cuerpos, en las calles, en la ropa, en la manera en que la gente modifica sus recorridos sin comentarlo. La ciudad cambia de humor y uno aprende a leer esas variaciones casi sin darse cuenta.

Yo también he cambiado dentro de ella.

Uno envejece en una ciudad que no envejece al mismo ritmo. Los comercios cambian de nombre, aparecen rostros nuevos, desaparecen otros, alguien reforma una esquina que uno creía definitiva. Y mientras todo eso sucede, uno continúa allí, llevando encima una versión cada vez más larga de sí mismo.

La ciudad no se detiene a preguntarme cuántos años tengo. Los jóvenes siguen corriendo hacia sus asuntos. Las bicicletas pasan. Alguien ríe demasiado fuerte en una esquina. Una pareja discute sin saber que su tragedia no interesa a nadie. Un hombre espera el cambio de luz. Una mujer mira el teléfono y casi tropieza con el mundo.

La vida continúa con una falta de consideración admirable.

Y quizá eso sea bueno.

Porque mientras yo envejezco discretamente, el mundo se niega a convertirse en monumento a mi edad. No me concede privilegios. No cambia su ritmo porque yo haya comenzado a mirar las cosas con otros ojos.

A veces le hablo, eso sí. No en voz alta —todavía conservo cierta prudencia—, pero le hablo. Le pregunto dónde quedaron ciertas personas, por qué algunos años pasaron en una semana y otros necesitaron una vida para irse, por qué recordamos unas cosas y olvidamos otras, y por qué, sobre todo, cuando finalmente aprendemos algo importante ya no tenemos veinte años para aprovecharlo.

El tiempo escucha, pero no responde. Tiene esa mala costumbre.

Y entonces aparece la paradoja: el presente es lo único que no consigo recordar. Puedo recordar el ayer. Puedo imaginar el mañana. Pero este instante se me escapa mientras intento vivirlo. En el momento en que digo ahora, ese ahora ya ha comenzado a alejarse.

Por eso el presente se queda solo.

El pasado tiene a la memoria. El futuro tiene promesas, planes, expectativas, incluso preocupaciones que fabricamos con dedicación admirable. El presente no tiene nada. No puede defenderse con fotografías, ni justificarse con proyectos, ni decir «algún día comprenderás».

Solo está.

Un vaso sobre una mesa. La luz que cae sobre una pared. Una conversación que todavía no termina. El sabor de algo que desaparecerá de la boca unos segundos después. La propia mano, que uno mira un instante y reconoce como suya aunque ya no sea exactamente la misma.

No se deja guardar.

Quizá por eso lo tratamos tan mal.

A los veinte años quería que los días pasaran rápido. A los cuarenta discutía con aquello que no podía discutir, como si pudiera negociar las condiciones del contrato. Ahora sospecho que nunca hubo contrato alguno. Yo era quien esperaba otra cosa.

Con la edad he soltado algunas batallas. No todas. Sería sospechoso haber alcanzado semejante iluminación. Todavía puedo irritarme por cosas pequeñas, insistir en una opinión que quizá debería revisar y pasar más tiempo del necesario pensando en algo que mañana me parecerá insignificante. La sabiduría, si existe, es una criatura irregular.

Pero hay cosas que sí han cambiado.

Me importa menos tener razón.

Me importa más estar.

Estar aquí, en este día que no volverá. En esta edad que tampoco. En este cuerpo que de vez en cuando presenta una queja formal por el uso prolongado, aunque todavía se las arregla para llevarme de un lado a otro.

A cierta edad el cuerpo adquiere una sinceridad que antes no tenía. Ya no negocia. Algunas articulaciones poseen opiniones propias y ciertas mañanas requieren un pequeño acuerdo diplomático antes de levantarse. No es una tragedia. Es apenas la manera que tiene el cuerpo de recordarnos que también él ha llevado su propia cuenta de los años.

Y, sin embargo, aquí está. Todavía aquí.

Eso me basta.

También me interesa menos conquistar lugares. Después de tantos años lejos de donde nací, he aprendido que ninguna ciudad se conquista. Apenas se consigue un pequeño lugar dentro de su movimiento: una calle que deja de parecernos extranjera, un rostro que reconocemos, una esquina que ya forma parte de nuestras costumbres aunque nadie nos haya entregado un certificado de pertenencia.

Quizá eso sea vivir en alguna parte: dejar de necesitar que el lugar nos explique quiénes somos.

La juventud confía demasiado en lo que viene. Yo también lo hice. Creía que habría oportunidad para reparar errores, decir ciertas palabras, volver a determinados lugares, hacer las cosas de otra manera. Todo parecía quedar suficientemente lejos.

Después descubrimos que algunas cosas esperan. Otras no. Y algunas, cansadas de esperar, terminan por irse.

La edad obliga a una economía distinta. Ya no se puede gastar la vida como si fuera inagotable. Hay que elegir: una conversación en lugar de una discusión, una tarde tranquila en lugar de una obligación innecesaria, un paseo sin propósito en lugar de otra preocupación cuidadosamente alimentada. Incluso el derecho a cambiar de opinión sin redactar un comunicado oficial.

Eso también es libertad.

Quizá envejecer consista en aprender a desperdiciar menos la vida en aquello que no merece nuestra atención. No siempre lo consigo. Pero ya no necesito conseguirlo perfectamente. Me basta con darme cuenta un poco antes.

Por eso vuelvo al presente. No porque haya descubierto una fórmula para vivirlo. No tengo fórmulas. A mi edad desconfiaría de quien las tuviera. Vuelvo porque no hay otro sitio donde pueda estar.

El pasado puede visitarme, pero no puedo instalarme en él. El futuro puede llamarme, pero todavía no tiene dirección. Solo este instante tiene una silla disponible.

Y quizá sea suficiente.

Miro alrededor.

Las cosas continúan en su modestia: mis manos, la tarde, unas palabras que todavía no he escrito, el cuerpo que sigue haciendo su trabajo, una pequeña belleza que aparece sin anunciarse en medio de un día que no prometía nada.

Entonces pienso que quizá la vida nunca me pidió demasiado. Tal vez fui yo quien durante años le exigió explicaciones que ella nunca estuvo obligada a dar.

El presente no hace ruido.

No necesita hacerlo.

Sabe que si lo escucho demasiado tarde ya se habrá convertido en memoria.

Por eso intento mirarlo mientras todavía está aquí.

No sé cuánto se quedará. Tampoco sé si, cuando finalmente aprenda a reconocerlo, ya se habrá marchado.

Es posible.

Tiene esa mala costumbre.

Pero mientras escribo estas palabras hay algo que permanece conmigo.

Quizá sea solamente este instante. Quizá la conciencia de estar aquí. O quizá esa extraña sensación de que, después de tantos años persiguiendo lo que venía y tratando de conservar lo que se iba, por fin puedo sentarme un momento sin pedirle nada a la vida.

Eso ya es bastante.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

* 73 Caminar al lado de la Vida

 Capítulo 73

Caminar al lado de la Vida

En la juventud atropellé a la Vida —esa figura que invento para nombrar lo que entonces no sabía nombrar— como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de que el tiempo es un cómplice y no un testigo. Corría, sí, pero sin destino; confundía el movimiento con la llegada y la prisa con el propósito. Aspiraba a ser alguien, a alcanzar ese territorio imaginario donde, creía, todo empezaría por fin a tener sentido.

La Vida me miraba desde la esquina y sonreía: no tenía prisa.

Ella sabía algo que yo ignoraba: que tarde o temprano todos terminamos llegando al mismo sitio, aunque algunos lleguemos dando vueltas innecesarias —que casi siempre son las más interesantes. Me dejó correr, enamorarme de lo imposible, cambiar de rumbo, perder batallas que entonces me parecían el fin del mundo, y hasta creer, por un tiempo, que el vértigo era un destino.

La juventud tiene esa insolencia admirable: cree que el futuro le pertenece. Y el futuro, que nunca ha sido demasiado respetuoso con las propiedades ajenas, se lo llevó todo a su manera.

Después, sin que nadie me avisara, el péndulo cambió de dirección: empecé a sentir que era la Vida quien me atropellaba a mí. Ya no era yo quien la perseguía, sino ella quien me alcanzaba con sus preguntas sin respuesta, con sus plazos cumplidos, con los nombres que empezaron a faltar y esas pequeñas despedidas que al principio apenas noté.

Un día descubrí que ciertas personas ya no estaban donde las había dejado, que algunos lugares habían desaparecido, que había canciones pertenecientes a una época que no vuelve, y que yo mismo, aunque conservara el nombre, me había ido convirtiendo en otro.

El espejo, por supuesto, se enteró antes que yo, y no siempre tuvo la delicadeza de guardar silencio.

Entonces empecé a sospechar algo que de joven no habría sabido nombrar: que tal vez no es la Vida la que cambia, sino yo quien envejece.

Ella sigue ahí —joven, incansable, luminosa y algo insolente—, abriendo puertas, haciendo nacer hijos, levantando edificios, llenando las calles de gente que todavía tiene prisa, con ese rumor de obra en construcción que nunca termina de callarse del todo. Yo, en cambio, empecé a mirar el paisaje con otros ojos, con la atención de quien sabe que algunas cosas no van a repetirse.

De joven aspiraba a ser feliz —como quien aspira a tocar el sol con la mano. La felicidad me parecía un horizonte, una promesa, casi una obligación. Si no era feliz, pensaba que algo había hecho mal.

Con los años aprendí a desconfiar de esas palabras grandes.

La felicidad dejó de parecerme un estado permanente y empezó a parecerme una visita. Llega, se sienta un rato, conversa conmigo y se marcha sin decir cuándo volverá. Y cuando aparece, prefiero no hacerle demasiadas preguntas: podría asustarse.

A veces basta una tarde tranquila, una conversación que no necesita explicación, una risa que llega desde otra habitación, para entender que tal vez la felicidad siempre fue eso: algo demasiado pequeño para que pudiera reconocerlo de joven.

Por eso, con el tiempo, mis aspiraciones se volvieron más modestas. No es que haya renunciado a vivir; aprendí el precio de pedirle demasiado a la existencia. Aspiro, simplemente, a ser lo menos infeliz posible.

Dicho así parece una derrota. Y quizá lo sea para quien todavía necesita grandes victorias. Pero hay cierta sabiduría en aceptar que la vida no tiene la obligación de mantenerme contento. A veces su mayor generosidad consiste en dejarme una tarde sin sobresaltos, una noticia buena, una conversación sin reloj.

La Vida, que durante tantos años soportó mis exigencias, parece decirme ahora:
—¿Ves? Tampoco era tan complicado.

Mis aspiraciones, mientras tanto, también cambiaron de rumbo. De joven quería conquistar. Después quise conservar: que permanecieran ciertas personas, ciertas costumbres, cierta forma de reconocerme en el espejo. Descubrí entonces que conservar es, sospecho, un oficio bastante más difícil que conquistar, porque exige aceptar que nada se queda exactamente como estaba.

Las decepciones no desaparecieron. Se volvieron más silenciosas. Ya no hacen escándalo: se acomodan en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, me recuerdan lo que fui capaz de esperar. Algunas todavía duelen. Otras me producen una sonrisa. Hay incluso decepciones que, vistas desde lejos, terminan pareciéndose bastante a favores que la vida me hizo sin consultarme.

Eso también lo aprendí tarde: no todo lo que perdí era mío.

Quizá por eso dejé de volar y empecé a caminar —lo cual, bien mirado, no es tanto una caída como otra manera de avanzar. Camino más despacio, no siempre por falta de fuerzas, sino porque finalmente descubrí que no todo paisaje merece ser atravesado corriendo. Miro los árboles, las ventanas encendidas, a la gente que pasa sin saber nada de mí. Ya no necesito llegar primero, ni siquiera necesito llegar a todo.

La juventud, sospecho, quiere llegar; la madurez quiere entender por qué corría.

Ahí está la paradoja: de joven ensayé el vuelo, el ruido, la certeza. Ahora camino en silencio, no porque haya perdido todas las respuestas, sino porque aprendí a vivir sin ellas. La vida se volvió menos una conquista que una conversación prolongada con aquello que no puedo modificar.

El tiempo, decidí hace tiempo, es un personaje bastante peculiar. De joven me parecía un empleado mío: creía que podía darle órdenes, aplazarlo, hasta malgastarlo. Después descubrí que siempre trabajó para él mismo.

Nunca presentó renuncia. Ni siquiera avisó con los quince días que exige la ley.

Uno cree que gobierna su cuerpo hasta el día en que descubre que apenas lo administraba. Durante años lo exigí, lo ignoré, lo llevé de un sitio a otro sin preguntarle demasiado. Hasta que empezó a presentar sus propias opiniones: primero discretamente, después con documentos, y finalmente con una suerte de autoridad administrativa que no dejaba mucho espacio para el reclamo.

Envejecer también consiste en negociar con ese socio silencioso que durante décadas aceptó casi todas mis imprudencias sin reclamo.

Incluso la muerte cambió de lugar. Durante muchos años la imaginé como una amenaza situada muy lejos, casi en otro idioma. Ahora se acerca sin hacer ruido. No la temo más; simplemente dejé de considerarla una abstracción.

Está ahí, y no como enemiga: como una presencia que me recuerda que el tiempo no es infinito, y que por eso mismo cada instante pesa distinto. Tal vez envejecer consista en aprender a caminar junto a esa certeza sin dejar que me quite el paso —no hacia una muerte que busco ni que deseo, sino hacia ese límite que es parte del mismo viaje. Como quien ve que las luces de la calle se van apagando una a una y, aun así, se queda un rato más en la ventana, mirando las que todavía alumbran.

Todavía hay árboles, todavía hay luces encendidas, y alguien, en alguna ventana, sigue despierto.

Y quizá eso sea lo más extraño de todo: de joven creía que vivir consistía en alejarme de la muerte. Ahora sospecho que consiste, más bien, en aprender a caminar junto a ella sin dejar de mirar lo que aún sigue vivo.

La Vida sigue. Yo también, mientras pueda. Ya no corro detrás de ella.

Ahora camino a su lado.

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sábado, 5 de septiembre de 2026

*** 72 Las tres habitaciones del mundo

Capítulo 72

Las tres habitaciones del mundo

Hay lugares a los que uno llega sin haberlos escogido. Algunos tienen camas blancas, otros barrotes, otros lápidas. Lo extraño es que, con los años, uno descubre que los tres hablan de lo mismo: de la fragilidad, de la libertad y del tiempo que nos queda. Tal vez la vida sea eso: aprender a pasar por ciertas habitaciones sin confundir ninguna con la casa entera.

El hospital

El aire tiene allí una densidad particular, como si hasta el silencio estuviera esperando noticias. Las máquinas susurran en coro, un rosario digital que repite su oración interminable: todavía, todavía, todavía. Los cuerpos yacen en sus lechos como barcos detenidos, mientras los monitores traducen la incertidumbre en números verdes.

En agosto de 2019 fui yo quien ocupó una de esas camas. Un infarto, dijeron, con la sequedad clínica con que se anuncian las cosas más graves: dos arterias bloqueadas, y un procedimiento con nombre casi técnico —angioplastia— que consistía, me explicaron, en introducir un catéter hasta el corazón, guiarlo por dentro de mí mismo como quien traza un mapa a ciegas, e inflar allí un pequeño globo para abrir camino donde la sangre ya no encontraba paso; después, un resorte diminuto —un stent— quedaría instalado para sostener esa apertura, como una llave dejada permanentemente en la cerradura. 

Todo esto ocurrió en el Instituto de Cardiología de Montreal, y yo estuve despierto durante el proceso, viendo en una pantalla el interior de mi propio pecho, mis propios ríos, mientras alguien a quien apenas podía ver los destapaba con una serenidad que a mí me hubiera costado toda una vida aprender. «No hay manera de explicar del todo lo que se siente al mirar, en una pantalla, el lugar exacto donde uno pudo haberse quedado.»

He visto al millonario y al mendigo compartir el mismo pasillo, la misma bata de tela áspera, la misma mirada desnuda frente al abismo. Allí el dinero se vuelve un rumor lejano, una vieja historia sin importancia: la enfermedad nivela con una imparcialidad que no conoce apellidos.

En la cama contigua a la mía, durante esos mismos días de agosto, dormía un hombre que insistía en terminar el crucigrama del periódico aunque le temblaran las manos. No hablábamos mucho —apenas su nombre, Édouard, y el hospital al que ambos debíamos nuestra paciencia— pero cada mañana me mostraba, casi con orgullo, la palabra que había logrado completar el día anterior. Murió un martes, sin haber terminado el crucigrama del domingo; alguien —una enfermera, quizás— lo dejó doblado sobre la mesa, como si todavía pudiera necesitarlo.

El cuerpo, ese compañero que durante décadas obedeció sin exigir demasiadas explicaciones, puede levantarse un día contra nosotros. Duele. Tiembla. Olvida. Y entonces comprendemos que habíamos confundido lo cotidiano con lo eterno.

Camino por los pasillos y algunas puertas entreabiertas parecen mostrar futuros posibles: un hombre ya no reconoce a su esposa, una mujer sostiene la mano de su madre con una delicadeza que parece detener el tiempo. «No son desconocidos. Son espejos.»

Nadie piensa en el milagro de estar bien mientras lo está. Quizás porque la vida tiene esa vieja costumbre de esconder sus milagros detrás de la rutina, y mientras todo funciona, uno supone que el cuerpo tiene contrato indefinido. «No lo tiene.»

La prisión

Nunca he vivido entre barrotes, pero he conocido otras cárceles. Algunas comenzaron en la infancia, hechas de palabras que llegaron demasiado pronto o de silencios que duraron demasiado; otras las levanté yo mismo, con decisiones que parecían pequeñas y terminaron construyendo habitaciones enteras dentro de la memoria. Hay prisiones sin guardias y sin cerraduras: basta con recordar todos los días aquello que ya no podemos cambiar.

Hubo un filósofo francés que leí de joven y que veía en la libertad una condena. Yo, con los años, he llegado a sospechar que también puede ser una forma de perdón. «Ser libre no siempre consiste en abrir una puerta; a veces consiste en dejar de golpear una que ya no conduce a ninguna parte.»

He sido mi propio carcelero y, algunas veces, mi único prisionero: una organización bastante eficiente, que no necesitaba vigilancia porque yo mismo hacía los turnos.

Recuerdo un miércoles de hace veintitantos años —no fue una fecha importante para nadie más que para mí— en que dije una frase que no debí decir, a alguien que ya no está para escucharla de nuevo. No fue gran cosa, medida desde afuera. Mirada desde adentro, en cambio, construí con esa sola frase una celda que he visitado más veces de las que quisiera confesar.

He pasado demasiado tiempo encerrado en errores que el calendario ya había archivado, como quien permanece en una habitación oscura porque terminó acostumbrándose a ella. Pero existe una extraña misericordia en la edad: uno empieza a comprender que no todo merece seguir siendo cargado.
«Las llaves suelen estar más cerca de lo que creemos, aunque durante años hayamos preferido buscar la cerradura.»

La vida, vista desde cierta distancia, resulta ser un inventario de tropiezos. Algunos nos hicieron daño; otros nos hicieron reír mucho después. Y quizá madurar consista en aprender a llevar solamente aquello que todavía tiene sentido. «No todo lo que pesa pertenece al equipaje.»

Además, llega un momento en que uno descubre algo casi ofensivamente sencillo: hay culpas que ya cumplieron su condena y todavía seguimos alimentándolas, como si fueran mascotas.

El cementerio

El cementerio parece ser el único lugar donde el tiempo ha renunciado a discutir. No hay prisa ni cuentas pendientes: solo nombres, fechas y esa quietud particular que no parece ausencia, sino una forma distinta de presencia. Las piedras conservan lo que los vivos olvidamos con facilidad: que cada vida, incluso la más discreta, alguna vez ocupó un lugar en el mundo.

Allí el poder pierde su voz, no porque alguien se la quite, sino porque ya no tiene a quién dirigirla. Algunas lápidas, las más antiguas, ya no pueden leerse: la lluvia y el tiempo ha ido borrando los nombres con la misma paciencia con que los grabaron. Dentro de cien años, ni el mármol más costoso logrará recordarnos mejor que la piedra más humilde de al lado. «La tierra no distingue entre quienes tuvieron mucho y quienes apenas tuvieron tiempo.»

Hace no mucho me detuve frente a una lápida con un nombre que no reconocía —Thérèse, 1927-2004— y un ramo de flores demasiado frescas para una tumba que, a juzgar por el musgo en la base, ya nadie visitaba. Me quedé preguntándome quién habría cruzado la ciudad esa mañana para dejarlas ahí, y por qué, después de tantos años, seguía siendo importante que Thérèse supiera —si es que en algún lugar todavía puede saberlo— que alguien no la había olvidado del todo.

He caminado entre tumbas y nunca he sentido solamente tristeza; hay también una serenidad difícil de explicar, quizás porque allí la muerte deja de ser una idea abstracta y se convierte en una vecindad. Uno termina comprendiendo que no hay manera elegante de escapar de ella: podemos aplazarla, discutirla, ignorarla durante décadas, pero finalmente todos llegamos con las manos vacías. «Y, sin embargo, esa certeza no me parece la peor noticia.»

La muerte no vuelve inútil la vida; le pone un límite, y precisamente por eso cada instante adquiere peso. Acaso por eso, al contemplar una lápida, no pienso tanto en quien falta como en todo aquello que todavía permanece: una conversación, una fotografía, una costumbre, una frase que alguien dijo sin saber que algún día sería recordada. Pienso, por ejemplo, en esas flores frescas sobre una tumba de hace veinte años.

«Los muertos no siempre desaparecen. A veces simplemente cambian de habitación.»

El anciano y su casa

Después de pasar por esas tres habitaciones, empiezo a sospechar que ninguna estaba destinada a ser una morada definitiva. El hospital me enseñó que soy frágil; la prisión, que soy responsable de algunas de mis cadenas; el cementerio, que soy fugaz. Y la vejez, sospecho, consiste en aprender a vivir con esas tres verdades sin convertir ninguna en tragedia. La edad del silencio no es necesariamente una caída; puede ser la altura desde la cual ciertas cosas, por fin, se ven con menos ruido.

Entonces aparece la casa.

No una casa real, sino esa otra que uno lleva dentro después de haber vivido lo suficiente para conocer sus habitaciones, sus pasillos y también algunas puertas que sería mejor no volver a abrir. A estas alturas, uno ya sabe que no todas las puertas conducen a alguna parte: algunas conducen, simplemente, a otro recuerdo. «Y hay recuerdos que deberían venir con horario de visita.»

Desde una ventana cualquiera, el mundo continúa haciendo sus pequeñas cosas. La gente camina. Los árboles se mueven. Alguien ríe en la calle. Un desconocido carga una bolsa de compras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y uno comprende, con cierta sorpresa, que todavía pertenece a ese movimiento.

No porque haya resuelto la vida —a estas alturas, semejante pretensión resultaría incluso un poco ridícula: si después de tantos años hubiera descubierto cómo funciona la vida, probablemente tendría que sospechar de ella—, sino porque todavía hay cosas que mirar, alguien a quien escuchar, alguna pregunta pendiente y, por fortuna, algunas ganas de equivocarse de nuevo, aunque ya con menos entusiasmo.

Tal vez vivir consista en eso: aceptar que somos frágiles, responsables y fugaces, y aun así levantarnos cada día con suficiente curiosidad para ver qué ocurre después.

Las tres habitaciones siguen allí: el hospital, la prisión, el cementerio. Pero hay una cuarta, más callada, donde uno finalmente puede sentarse, mirar hacia afuera y comprender que la vida nunca fue una línea recta. Fue una casa extraña, con puertas que se cerraron y otras que permanecieron abiertas, y con una ventana desde la cual, incluso ahora, el mundo todavía parece dispuesto a continuar sin nosotros y, por alguna razón inexplicable, también a invitarnos a seguir dentro de él.

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71 - Los amigos que seguimos siendo

 Capitulo 71

Los amigos que seguimos siendo

Con los años uno descubre que la vejez no llega de golpe. Se instala despacio, sin hacer ruido, como esas visitas que conocen la casa y ya no necesitan llamar a la puerta.

Tal vez una de sus primeras señales sea esta: empiezan a regresar los amigos.

No necesariamente los de ahora. Regresan los de antes, los que pertenecen a una época en la que uno todavía no sabía que estaba viviendo una época. Los que conocieron nuestra risa antes de que aprendiéramos a moderarla, nuestras ilusiones antes de que la vida les pusiera nombre a las decepciones. Amigos que sabían quiénes éramos cuando nosotros apenas lo sospechábamos.

A veces pienso que cada amistad fue una manera distinta de conocernos.

Con uno aprendimos a ser valientes. Con otro, a no tomarnos demasiado en serio. Hubo quien conoció nuestra parte más vulnerable y quien solamente necesitó sentarse a nuestro lado para entenderla. Cada amigo parecía tener una llave diferente de esa casa que llamamos nosotros mismos.

Y cuando alguno se va, comprendemos que no desaparece solamente una persona.

Desaparece también una versión de nosotros.

Eso es lo extraño de perder amigos con los años. No solo se pierde su compañía, sus conversaciones, sus ocurrencias o aquella manera particular que tenían de pronunciar nuestro nombre. Se pierde el hombre que éramos cuando estábamos con ellos.

Hay amigos que conocieron una juventud que ya no existe. Otros fueron testigos de nuestros errores, de nuestras pequeñas hazañas, de esas decisiones que entonces parecían definitivas y que ahora apenas nos producen una sonrisa. Con ellos quedó guardada una parte de nuestra vida que nadie más puede certificar.

Quizás por eso algunos muertos siguen teniendo cierta autoridad sobre nosotros.

No porque nos hablen desde ninguna parte misteriosa, sino porque conservamos intacta la mirada con la que alguna vez nos vieron. Y esa mirada, después de tantos años, todavía puede corregirnos.

La vejez tiene esa extraña cortesía: devuelve lo que creíamos perdido, aunque no siempre de la manera que esperábamos.

Una palabra. Un apellido. Una canción escuchada por casualidad. La forma de reírse de alguien en la calle. Y de pronto aparece un amigo que llevaba treinta años sin visitarnos.

No viene con solemnidad.

Llega como llegaban antes: sin pedir permiso.

Entonces uno recuerda una conversación que había olvidado, una tarde cualquiera, una estupidez que nos hizo reír durante horas. Y comprende que la memoria no conserva la vida entera. Hace algo más caprichoso: guarda pequeñas escenas y deja que el resto se pierda.

Quizás así trabaja también la amistad.

No como un archivo ordenado, sino como esas cosas que permanecen sin que sepamos muy bien por qué.

A veces me pregunto cuántos hombres distintos fui gracias a mis amigos. Cuántas cosas de mí nacieron en esas conversaciones interminables, en aquellas discusiones inútiles que entonces parecían importantes, en las caminatas sin propósito, en las confidencias que nunca volvieron a repetirse.

Uno cree que los amigos nos acompañan durante una parte de la vida.

Tal vez sea al revés.

Tal vez sean ellos quienes, durante un tiempo, nos prestan una vida distinta.

Y después se marchan.

Algunos a otra ciudad. Otros hacia otras costumbres. Algunos, simplemente, hacia ese lugar definitivo al que todavía nos cuesta ponerle nombre.

Pero algo queda.

No exactamente el recuerdo. El recuerdo cambia, se equivoca, mezcla fechas y rostros. Queda algo más difícil de explicar: una manera de mirar, una frase que uno todavía utiliza sin recordar de quién la aprendió, cierta forma de reírse de las desgracias, una paciencia que antes no teníamos.

Quizás los amigos que hemos perdido continúan viviendo de esa manera: escondidos en nuestros gestos.

A cierta edad ya no se trata de recuperar el tiempo. Eso sería pedirle demasiado a la memoria. Basta con reconocer que algunas personas siguen caminando con nosotros aunque ya no estén a nuestro lado.

El otro día, mirando la luz de la tarde sobre las fachadas del Plateau-Mont-Royal, pensé en uno de ellos.

No intenté recordar exactamente su rostro. Me sorprendió descubrir que ya no podía hacerlo con absoluta precisión.

Recordé, en cambio, su manera de reír.

Y me pareció suficiente.

Quizás envejecer consista también en eso: ir perdiendo detalles y conservar, contra toda lógica, lo esencial.

Los amigos se van.

Algunos desaparecen de nuestra vida; otros desaparecen de la vida.

Pero hay una parte de ellos que permanece en nosotros, no como una estatua ni como una fotografía, sino como una costumbre del alma.

Y entonces comprendo algo que antes no sabía:

uno nunca deja del todo de ser el amigo que fue.

Por eso, cuando alguno regresa desde la memoria, no viene solamente a recordarnos quién era él.

Viene a recordarnos quiénes éramos nosotros.

Y durante un instante —solo un instante— volvemos a ser aquellos hombres que todavía no sabían que algún día tendrían que aprender a despedirse.

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La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...