Capítulo 72
Las tres habitaciones del mundo
Hay lugares a los que uno llega sin haberlos escogido. Algunos tienen camas blancas, otros barrotes, otros lápidas. Lo extraño es que, con los años, uno descubre que los tres hablan de lo mismo: de la fragilidad, de la libertad y del tiempo que nos queda. Tal vez la vida sea eso: aprender a pasar por ciertas habitaciones sin confundir ninguna con la casa entera.
I. El hospital
El aire tiene allí una densidad particular, como si hasta el silencio estuviera esperando noticias. Las máquinas susurran en coro, un rosario digital que repite su oración interminable: todavía, todavía, todavía. Los cuerpos yacen en sus lechos como barcos detenidos, mientras los monitores traducen la incertidumbre en números verdes.
En agosto de 2019 fui yo quien ocupó una de esas camas. Un infarto, dijeron, con la sequedad clínica con que se anuncian las cosas más graves: dos arterias bloqueadas, y un procedimiento con nombre casi técnico —angioplastia— que consistía, me explicaron, en introducir un catéter hasta el corazón, guiarlo por dentro de mí mismo como quien traza un mapa a ciegas, e inflar allí un pequeño globo para abrir camino donde la sangre ya no encontraba paso; después, un resorte diminuto —un stent— quedaría instalado para sostener esa apertura, como una llave dejada permanentemente en la cerradura.
Todo esto ocurrió en el Instituto de Cardiología de Montreal, y yo estuve despierto durante el proceso, viendo en una pantalla el interior de mi propio pecho, mis propios ríos, mientras alguien a quien apenas podía ver los destapaba con una serenidad que a mí me hubiera costado toda una vida aprender. «No hay manera de explicar del todo lo que se siente al mirar, en una pantalla, el lugar exacto donde uno pudo haberse quedado.»
He visto al millonario y al mendigo compartir el mismo pasillo, la misma bata de tela áspera, la misma mirada desnuda frente al abismo. Allí el dinero se vuelve un rumor lejano, una vieja historia sin importancia: la enfermedad nivela con una imparcialidad que no conoce apellidos.
En la cama contigua a la mía, durante esos mismos días de agosto, dormía un hombre que insistía en terminar el crucigrama del periódico aunque le temblaran las manos. No hablábamos mucho —apenas su nombre, Édouard, y el hospital al que ambos debíamos nuestra paciencia— pero cada mañana me mostraba, casi con orgullo, la palabra que había logrado completar el día anterior. Murió un martes, sin haber terminado el crucigrama del domingo; alguien —una enfermera, quizás— lo dejó doblado sobre la mesa, como si todavía pudiera necesitarlo.
El cuerpo, ese compañero que durante décadas obedeció sin exigir demasiadas explicaciones, puede levantarse un día contra nosotros. Duele. Tiembla. Olvida. Y entonces comprendemos que habíamos confundido lo cotidiano con lo eterno.
Camino por los pasillos y algunas puertas entreabiertas parecen mostrar futuros posibles: un hombre ya no reconoce a su esposa, una mujer sostiene la mano de su madre con una delicadeza que parece detener el tiempo. «No son desconocidos. Son espejos.»
Nadie piensa en el milagro de estar bien mientras lo está. Quizás porque la vida tiene esa vieja costumbre de esconder sus milagros detrás de la rutina, y mientras todo funciona, uno supone que el cuerpo tiene contrato indefinido. «No lo tiene.»
II. La prisión
Nunca he vivido entre barrotes, pero he conocido otras cárceles. Algunas comenzaron en la infancia, hechas de palabras que llegaron demasiado pronto o de silencios que duraron demasiado; otras las levanté yo mismo, con decisiones que parecían pequeñas y terminaron construyendo habitaciones enteras dentro de la memoria. Hay prisiones sin guardias y sin cerraduras: basta con recordar todos los días aquello que ya no podemos cambiar.
Hubo un filósofo francés que leí de joven y que veía en la libertad una condena. Yo, con los años, he llegado a sospechar que también puede ser una forma de perdón. «Ser libre no siempre consiste en abrir una puerta; a veces consiste en dejar de golpear una que ya no conduce a ninguna parte.»
He sido mi propio carcelero y, algunas veces, mi único prisionero: una organización bastante eficiente, que no necesitaba vigilancia porque yo mismo hacía los turnos.
Recuerdo un miércoles de hace veintitantos años —no fue una fecha importante para nadie más que para mí— en que dije una frase que no debí decir, a alguien que ya no está para escucharla de nuevo. No fue gran cosa, medida desde afuera. Mirada desde adentro, en cambio, construí con esa sola frase una celda que he visitado más veces de las que quisiera confesar.
He pasado demasiado tiempo encerrado en errores que el calendario ya había archivado, como quien permanece en una habitación oscura porque terminó acostumbrándose a ella. Pero existe una extraña misericordia en la edad: uno empieza a comprender que no todo merece seguir siendo cargado.
«Las llaves suelen estar más cerca de lo que creemos, aunque durante años hayamos preferido buscar la cerradura.»
La vida, vista desde cierta distancia, resulta ser un inventario de tropiezos. Algunos nos hicieron daño; otros nos hicieron reír mucho después. Y quizá madurar consista en aprender a llevar solamente aquello que todavía tiene sentido. «No todo lo que pesa pertenece al equipaje.»
Además, llega un momento en que uno descubre algo casi ofensivamente sencillo: hay culpas que ya cumplieron su condena y todavía seguimos alimentándolas, como si fueran mascotas.
III. El cementerio
El cementerio parece ser el único lugar donde el tiempo ha renunciado a discutir. No hay prisa ni cuentas pendientes: solo nombres, fechas y esa quietud particular que no parece ausencia, sino una forma distinta de presencia. Las piedras conservan lo que los vivos olvidamos con facilidad: que cada vida, incluso la más discreta, alguna vez ocupó un lugar en el mundo.
Allí el poder pierde su voz, no porque alguien se la quite, sino porque ya no tiene a quién dirigirla. Algunas lápidas, las más antiguas, ya no pueden leerse: la lluvia y el tiempo ha ido borrando los nombres con la misma paciencia con que los grabaron. Dentro de cien años, ni el mármol más costoso logrará recordarnos mejor que la piedra más humilde de al lado. «La tierra no distingue entre quienes tuvieron mucho y quienes apenas tuvieron tiempo.»
Hace no mucho me detuve frente a una lápida con un nombre que no reconocía —Thérèse, 1927-2004— y un ramo de flores demasiado frescas para una tumba que, a juzgar por el musgo en la base, ya nadie visitaba. Me quedé preguntándome quién habría cruzado la ciudad esa mañana para dejarlas ahí, y por qué, después de tantos años, seguía siendo importante que Thérèse supiera —si es que en algún lugar todavía puede saberlo— que alguien no la había olvidado del todo.
He caminado entre tumbas y nunca he sentido solamente tristeza; hay también una serenidad difícil de explicar, quizás porque allí la muerte deja de ser una idea abstracta y se convierte en una vecindad. Uno termina comprendiendo que no hay manera elegante de escapar de ella: podemos aplazarla, discutirla, ignorarla durante décadas, pero finalmente todos llegamos con las manos vacías. «Y, sin embargo, esa certeza no me parece la peor noticia.»
La muerte no vuelve inútil la vida; le pone un límite, y precisamente por eso cada instante adquiere peso. Acaso por eso, al contemplar una lápida, no pienso tanto en quien falta como en todo aquello que todavía permanece: una conversación, una fotografía, una costumbre, una frase que alguien dijo sin saber que algún día sería recordada. Pienso, por ejemplo, en esas flores frescas sobre una tumba de hace veinte años.
«Los muertos no siempre desaparecen. A veces simplemente cambian de habitación.»
Y, pensándolo bien, tienen una ventaja que nosotros todavía no: ya no tienen que preocuparse por el próximo recibo.
IV. El anciano y su casa
Después de pasar por esas tres habitaciones, empiezo a sospechar que ninguna estaba destinada a ser una morada definitiva. El hospital me enseñó que soy frágil; la prisión, que soy responsable de algunas de mis cadenas; el cementerio, que soy fugaz. Y la vejez, sospecho, consiste en aprender a vivir con esas tres verdades sin convertir ninguna en tragedia. La edad del silencio no es necesariamente una caída; puede ser la altura desde la cual ciertas cosas, por fin, se ven con menos ruido.
Entonces aparece la casa.
No una casa real, sino esa otra que uno lleva dentro después de haber vivido lo suficiente para conocer sus habitaciones, sus pasillos y también algunas puertas que sería mejor no volver a abrir. A estas alturas, uno ya sabe que no todas las puertas conducen a alguna parte: algunas conducen, simplemente, a otro recuerdo. «Y hay recuerdos que deberían venir con horario de visita.»
Desde una ventana cualquiera, el mundo continúa haciendo sus pequeñas cosas. La gente camina. Los árboles se mueven. Alguien ríe en la calle. Un desconocido carga una bolsa de compras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y uno comprende, con cierta sorpresa, que todavía pertenece a ese movimiento.
No porque haya resuelto la vida —a estas alturas, semejante pretensión resultaría incluso un poco ridícula: si después de tantos años hubiera descubierto cómo funciona la vida, probablemente tendría que sospechar de ella—, sino porque todavía hay cosas que mirar, alguien a quien escuchar, alguna pregunta pendiente y, por fortuna, algunas ganas de equivocarse de nuevo, aunque ya con menos entusiasmo.
Tal vez vivir consista en eso: aceptar que somos frágiles, responsables y fugaces, y aun así levantarnos cada día con suficiente curiosidad para ver qué ocurre después.
Las tres habitaciones siguen allí: el hospital, la prisión, el cementerio. Pero hay una cuarta, más callada, donde uno finalmente puede sentarse, mirar hacia afuera y comprender que la vida nunca fue una línea recta. Fue una casa extraña, con puertas que se cerraron y otras que permanecieron abiertas, y con una ventana desde la cual, incluso ahora, el mundo todavía parece dispuesto a continuar sin nosotros y, por alguna razón inexplicable, también a invitarnos a seguir dentro de él.
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