miércoles, 9 de septiembre de 2026

*74 El presente que se queda solo

Capítulo 74

— El presente que se queda solo

El presente no tiene equipaje: llega desnudo y se va antes de que aprendamos a nombrarlo. Quizá por eso siempre camina con cierta indiferencia, como quien sabe que no debe explicarse demasiado.

Hay una edad en que uno empieza a sospechar que el presente nunca le perteneció. Durante años lo atravesé con la prisa de quien cree que siempre habrá otro día para detenerse, otra conversación pendiente, otra llamada que todavía puede hacerse. La vida era una calle larga y yo avanzaba por ella con la confianza ingenua de quien supone que el final queda siempre suficientemente lejos.

Ahora camino distinto. No sé si más despacio; a estas alturas tampoco estoy seguro de que la velocidad sea una virtud. Digamos que camino con más atención. Cosas que antes pasaban sin dejar huella ahora se detienen unos segundos: una voz que llega desde algún lugar que no alcanzo a ver, una ventana que se enciende cuando la tarde empieza a retirarse, el roce de unas hojas contra la acera, alguien que busca algo en el bolsillo y sigue como si nada. Pequeñeces. Pero a cierta edad las pequeñeces dejan de disculparse por serlo.

Durante demasiado tiempo confundimos lo importante con lo que hace ruido. Después descubrimos que lo decisivo ocurre casi en secreto: una mirada que no supimos interpretar, una frase dicha al pasar, una mano que se quedó unos segundos sobre la nuestra. La vida nunca tuvo demasiado interés en anunciar sus mejores momentos.

He vivido suficientes años para sospechar que el tiempo no avanza con la solemnidad que le atribuimos. No lleva uniforme, no toca campanas, no presenta documentos para informarnos que acaba de llevarse otro año. Simplemente pasa. Y uno sigue haciendo sus cosas. Un día compra algo que no necesitaba, otro olvida dónde dejó las llaves, otro descubre que una canción que parecía reciente ya tiene cuarenta años. Así se entera uno de que los años han estado haciendo su trabajo mientras nosotros creíamos estar ocupados en asuntos más importantes. El tiempo tiene un sentido del humor bastante discreto; a veces incluso malicioso.

Yo mismo pasé buena parte de la vida tratando de organizar mis días, como si bastaran agendas y buenas intenciones para poner orden en lo que inevitablemente se desordena. Qué arrogancia la nuestra: creer que podemos administrar aquello que no nos pertenece.

Cuando intento recuperar lo que fui, regreso a la memoria. Pero la memoria no es un archivo obediente. Tiene sus preferencias, sus olvidos caprichosos, sus pequeñas falsificaciones. Conserva una tarde y borra una década; devuelve con precisión absurda el color de una camisa y no consigue decirnos qué sentíamos mientras la llevábamos. Con los años he aprendido a no exigirle exactitud. La memoria hace lo que puede, y a veces hace lo que quiere.

Tal vez recordar no consista en reconstruir el pasado, sino en aceptar la forma en que ha decidido sobrevivir dentro de nosotros. Hay recuerdos que pesan. Otros apenas hacen ruido. Algunos llegan con timidez y se sientan en un rincón de la conciencia; otros aparecen sin ser invitados, como esos conocidos que uno no veía desde hace veinte años y que todavía recuerdan nuestro nombre. Ya no intento expulsarlos. La memoria también tiene derecho a equivocarse.

Montreal me enseñó otras maneras de medir los días. Aquí las estaciones no necesitan explicaciones: se anuncian en los cuerpos, en las calles, en la ropa, en la manera en que la gente modifica sus recorridos sin comentarlo. La ciudad cambia de humor y uno aprende a leer esas variaciones casi sin darse cuenta.

Yo también he cambiado dentro de ella.

Uno envejece en una ciudad que no envejece al mismo ritmo. Los comercios cambian de nombre, aparecen rostros nuevos, desaparecen otros, alguien reforma una esquina que uno creía definitiva. Y mientras todo eso sucede, uno continúa allí, llevando encima una versión cada vez más larga de sí mismo.

La ciudad no se detiene a preguntarme cuántos años tengo. Los jóvenes siguen corriendo hacia sus asuntos. Las bicicletas pasan. Alguien ríe demasiado fuerte en una esquina. Una pareja discute sin saber que su tragedia no interesa a nadie. Un hombre espera el cambio de luz. Una mujer mira el teléfono y casi tropieza con el mundo.

La vida continúa con una falta de consideración admirable.

Y quizá eso sea bueno.

Porque mientras yo envejezco discretamente, el mundo se niega a convertirse en monumento a mi edad. No me concede privilegios. No cambia su ritmo porque yo haya comenzado a mirar las cosas con otros ojos.

A veces le hablo, eso sí. No en voz alta —todavía conservo cierta prudencia—, pero le hablo. Le pregunto dónde quedaron ciertas personas, por qué algunos años pasaron en una semana y otros necesitaron una vida para irse, por qué recordamos unas cosas y olvidamos otras, y por qué, sobre todo, cuando finalmente aprendemos algo importante ya no tenemos veinte años para aprovecharlo.

El tiempo escucha, pero no responde. Tiene esa mala costumbre.

Y entonces aparece la paradoja: el presente es lo único que no consigo recordar. Puedo recordar el ayer. Puedo imaginar el mañana. Pero este instante se me escapa mientras intento vivirlo. En el momento en que digo ahora, ese ahora ya ha comenzado a alejarse.

Por eso el presente se queda solo.

El pasado tiene a la memoria. El futuro tiene promesas, planes, expectativas, incluso preocupaciones que fabricamos con dedicación admirable. El presente no tiene nada. No puede defenderse con fotografías, ni justificarse con proyectos, ni decir «algún día comprenderás».

Solo está.

Un vaso sobre una mesa. La luz que cae sobre una pared. Una conversación que todavía no termina. El sabor de algo que desaparecerá de la boca unos segundos después. La propia mano, que uno mira un instante y reconoce como suya aunque ya no sea exactamente la misma.

No se deja guardar.

Quizá por eso lo tratamos tan mal.

A los veinte años quería que los días pasaran rápido. A los cuarenta discutía con aquello que no podía discutir, como si pudiera negociar las condiciones del contrato. Ahora sospecho que nunca hubo contrato alguno. Yo era quien esperaba otra cosa.

Con la edad he soltado algunas batallas. No todas. Sería sospechoso haber alcanzado semejante iluminación. Todavía puedo irritarme por cosas pequeñas, insistir en una opinión que quizá debería revisar y pasar más tiempo del necesario pensando en algo que mañana me parecerá insignificante. La sabiduría, si existe, es una criatura irregular.

Pero hay cosas que sí han cambiado.

Me importa menos tener razón.

Me importa más estar.

Estar aquí, en este día que no volverá. En esta edad que tampoco. En este cuerpo que de vez en cuando presenta una queja formal por el uso prolongado, aunque todavía se las arregla para llevarme de un lado a otro.

A cierta edad el cuerpo adquiere una sinceridad que antes no tenía. Ya no negocia. Algunas articulaciones poseen opiniones propias y ciertas mañanas requieren un pequeño acuerdo diplomático antes de levantarse. No es una tragedia. Es apenas la manera que tiene el cuerpo de recordarnos que también él ha llevado su propia cuenta de los años.

Y, sin embargo, aquí está. Todavía aquí.

Eso me basta.

También me interesa menos conquistar lugares. Después de tantos años lejos de donde nací, he aprendido que ninguna ciudad se conquista. Apenas se consigue un pequeño lugar dentro de su movimiento: una calle que deja de parecernos extranjera, un rostro que reconocemos, una esquina que ya forma parte de nuestras costumbres aunque nadie nos haya entregado un certificado de pertenencia.

Quizá eso sea vivir en alguna parte: dejar de necesitar que el lugar nos explique quiénes somos.

La juventud confía demasiado en lo que viene. Yo también lo hice. Creía que habría oportunidad para reparar errores, decir ciertas palabras, volver a determinados lugares, hacer las cosas de otra manera. Todo parecía quedar suficientemente lejos.

Después descubrimos que algunas cosas esperan. Otras no. Y algunas, cansadas de esperar, terminan por irse.

La edad obliga a una economía distinta. Ya no se puede gastar la vida como si fuera inagotable. Hay que elegir: una conversación en lugar de una discusión, una tarde tranquila en lugar de una obligación innecesaria, un paseo sin propósito en lugar de otra preocupación cuidadosamente alimentada. Incluso el derecho a cambiar de opinión sin redactar un comunicado oficial.

Eso también es libertad.

Quizá envejecer consista en aprender a desperdiciar menos la vida en aquello que no merece nuestra atención. No siempre lo consigo. Pero ya no necesito conseguirlo perfectamente. Me basta con darme cuenta un poco antes.

Por eso vuelvo al presente. No porque haya descubierto una fórmula para vivirlo. No tengo fórmulas. A mi edad desconfiaría de quien las tuviera. Vuelvo porque no hay otro sitio donde pueda estar.

El pasado puede visitarme, pero no puedo instalarme en él. El futuro puede llamarme, pero todavía no tiene dirección. Solo este instante tiene una silla disponible.

Y quizá sea suficiente.

Miro alrededor.

Las cosas continúan en su modestia: mis manos, la tarde, unas palabras que todavía no he escrito, el cuerpo que sigue haciendo su trabajo, una pequeña belleza que aparece sin anunciarse en medio de un día que no prometía nada.

Entonces pienso que quizá la vida nunca me pidió demasiado. Tal vez fui yo quien durante años le exigió explicaciones que ella nunca estuvo obligada a dar.

El presente no hace ruido.

No necesita hacerlo.

Sabe que si lo escucho demasiado tarde ya se habrá convertido en memoria.

Por eso intento mirarlo mientras todavía está aquí.

No sé cuánto se quedará. Tampoco sé si, cuando finalmente aprenda a reconocerlo, ya se habrá marchado.

Es posible.

Tiene esa mala costumbre.

Pero mientras escribo estas palabras hay algo que permanece conmigo.

Quizá sea solamente este instante. Quizá la conciencia de estar aquí. O quizá esa extraña sensación de que, después de tantos años persiguiendo lo que venía y tratando de conservar lo que se iba, por fin puedo sentarme un momento sin pedirle nada a la vida.

Eso ya es bastante.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

* 73 Caminar al lado de la Vida

 Capítulo 73

Caminar al lado de la Vida

En la juventud atropellé a la Vida —esa figura que invento para nombrar lo que entonces no sabía nombrar— como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de que el tiempo es un cómplice y no un testigo. Corría, sí, pero sin destino; confundía el movimiento con la llegada y la prisa con el propósito. Aspiraba a ser alguien, a alcanzar ese territorio imaginario donde, creía, todo empezaría por fin a tener sentido.

La Vida me miraba desde la esquina y sonreía: no tenía prisa.

Ella sabía algo que yo ignoraba: que tarde o temprano todos terminamos llegando al mismo sitio, aunque algunos lleguemos dando vueltas innecesarias —que casi siempre son las más interesantes. Me dejó correr, enamorarme de lo imposible, cambiar de rumbo, perder batallas que entonces me parecían el fin del mundo, y hasta creer, por un tiempo, que el vértigo era un destino.

La juventud tiene esa insolencia admirable: cree que el futuro le pertenece. Y el futuro, que nunca ha sido demasiado respetuoso con las propiedades ajenas, se lo llevó todo a su manera.

Después, sin que nadie me avisara, el péndulo cambió de dirección: empecé a sentir que era la Vida quien me atropellaba a mí. Ya no era yo quien la perseguía, sino ella quien me alcanzaba con sus preguntas sin respuesta, con sus plazos cumplidos, con los nombres que empezaron a faltar y esas pequeñas despedidas que al principio apenas noté.

Un día descubrí que ciertas personas ya no estaban donde las había dejado, que algunos lugares habían desaparecido, que había canciones pertenecientes a una época que no vuelve, y que yo mismo, aunque conservara el nombre, me había ido convirtiendo en otro.

El espejo, por supuesto, se enteró antes que yo, y no siempre tuvo la delicadeza de guardar silencio.

Entonces empecé a sospechar algo que de joven no habría sabido nombrar: que tal vez no es la Vida la que cambia, sino yo quien envejece.

Ella sigue ahí —joven, incansable, luminosa y algo insolente—, abriendo puertas, haciendo nacer hijos, levantando edificios, llenando las calles de gente que todavía tiene prisa, con ese rumor de obra en construcción que nunca termina de callarse del todo. Yo, en cambio, empecé a mirar el paisaje con otros ojos, con la atención de quien sabe que algunas cosas no van a repetirse.

De joven aspiraba a ser feliz —como quien aspira a tocar el sol con la mano. La felicidad me parecía un horizonte, una promesa, casi una obligación. Si no era feliz, pensaba que algo había hecho mal.

Con los años aprendí a desconfiar de esas palabras grandes.

La felicidad dejó de parecerme un estado permanente y empezó a parecerme una visita. Llega, se sienta un rato, conversa conmigo y se marcha sin decir cuándo volverá. Y cuando aparece, prefiero no hacerle demasiadas preguntas: podría asustarse.

A veces basta una tarde tranquila, una conversación que no necesita explicación, una risa que llega desde otra habitación, para entender que tal vez la felicidad siempre fue eso: algo demasiado pequeño para que pudiera reconocerlo de joven.

Por eso, con el tiempo, mis aspiraciones se volvieron más modestas. No es que haya renunciado a vivir; aprendí el precio de pedirle demasiado a la existencia. Aspiro, simplemente, a ser lo menos infeliz posible.

Dicho así parece una derrota. Y quizá lo sea para quien todavía necesita grandes victorias. Pero hay cierta sabiduría en aceptar que la vida no tiene la obligación de mantenerme contento. A veces su mayor generosidad consiste en dejarme una tarde sin sobresaltos, una noticia buena, una conversación sin reloj.

La Vida, que durante tantos años soportó mis exigencias, parece decirme ahora:
—¿Ves? Tampoco era tan complicado.

Mis aspiraciones, mientras tanto, también cambiaron de rumbo. De joven quería conquistar. Después quise conservar: que permanecieran ciertas personas, ciertas costumbres, cierta forma de reconocerme en el espejo. Descubrí entonces que conservar es, sospecho, un oficio bastante más difícil que conquistar, porque exige aceptar que nada se queda exactamente como estaba.

Las decepciones no desaparecieron. Se volvieron más silenciosas. Ya no hacen escándalo: se acomodan en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, me recuerdan lo que fui capaz de esperar. Algunas todavía duelen. Otras me producen una sonrisa. Hay incluso decepciones que, vistas desde lejos, terminan pareciéndose bastante a favores que la vida me hizo sin consultarme.

Eso también lo aprendí tarde: no todo lo que perdí era mío.

Quizá por eso dejé de volar y empecé a caminar —lo cual, bien mirado, no es tanto una caída como otra manera de avanzar. Camino más despacio, no siempre por falta de fuerzas, sino porque finalmente descubrí que no todo paisaje merece ser atravesado corriendo. Miro los árboles, las ventanas encendidas, a la gente que pasa sin saber nada de mí. Ya no necesito llegar primero, ni siquiera necesito llegar a todo.

La juventud, sospecho, quiere llegar; la madurez quiere entender por qué corría.

Ahí está la paradoja: de joven ensayé el vuelo, el ruido, la certeza. Ahora camino en silencio, no porque haya perdido todas las respuestas, sino porque aprendí a vivir sin ellas. La vida se volvió menos una conquista que una conversación prolongada con aquello que no puedo modificar.

El tiempo, decidí hace tiempo, es un personaje bastante peculiar. De joven me parecía un empleado mío: creía que podía darle órdenes, aplazarlo, hasta malgastarlo. Después descubrí que siempre trabajó para él mismo.

Nunca presentó renuncia. Ni siquiera avisó con los quince días que exige la ley.

Uno cree que gobierna su cuerpo hasta el día en que descubre que apenas lo administraba. Durante años lo exigí, lo ignoré, lo llevé de un sitio a otro sin preguntarle demasiado. Hasta que empezó a presentar sus propias opiniones: primero discretamente, después con documentos, y finalmente con una suerte de autoridad administrativa que no dejaba mucho espacio para el reclamo.

Envejecer también consiste en negociar con ese socio silencioso que durante décadas aceptó casi todas mis imprudencias sin reclamo.

Incluso la muerte cambió de lugar. Durante muchos años la imaginé como una amenaza situada muy lejos, casi en otro idioma. Ahora se acerca sin hacer ruido. No la temo más; simplemente dejé de considerarla una abstracción.

Está ahí, y no como enemiga: como una presencia que me recuerda que el tiempo no es infinito, y que por eso mismo cada instante pesa distinto. Tal vez envejecer consista en aprender a caminar junto a esa certeza sin dejar que me quite el paso —no hacia una muerte que busco ni que deseo, sino hacia ese límite que es parte del mismo viaje. Como quien ve que las luces de la calle se van apagando una a una y, aun así, se queda un rato más en la ventana, mirando las que todavía alumbran.

Todavía hay árboles, todavía hay luces encendidas, y alguien, en alguna ventana, sigue despierto.

Y quizá eso sea lo más extraño de todo: de joven creía que vivir consistía en alejarme de la muerte. Ahora sospecho que consiste, más bien, en aprender a caminar junto a ella sin dejar de mirar lo que aún sigue vivo.

La Vida sigue. Yo también, mientras pueda. Ya no corro detrás de ella.

Ahora camino a su lado.

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sábado, 5 de septiembre de 2026

*** 72 Las tres habitaciones del mundo

Capítulo 72

Las tres habitaciones del mundo

Hay lugares a los que uno llega sin haberlos escogido. Algunos tienen camas blancas, otros barrotes, otros lápidas. Lo extraño es que, con los años, uno descubre que los tres hablan de lo mismo: de la fragilidad, de la libertad y del tiempo que nos queda. Tal vez la vida sea eso: aprender a pasar por ciertas habitaciones sin confundir ninguna con la casa entera.

El hospital

El aire tiene allí una densidad particular, como si hasta el silencio estuviera esperando noticias. Las máquinas susurran en coro, un rosario digital que repite su oración interminable: todavía, todavía, todavía. Los cuerpos yacen en sus lechos como barcos detenidos, mientras los monitores traducen la incertidumbre en números verdes.

En agosto de 2019 fui yo quien ocupó una de esas camas. Un infarto, dijeron, con la sequedad clínica con que se anuncian las cosas más graves: dos arterias bloqueadas, y un procedimiento con nombre casi técnico —angioplastia— que consistía, me explicaron, en introducir un catéter hasta el corazón, guiarlo por dentro de mí mismo como quien traza un mapa a ciegas, e inflar allí un pequeño globo para abrir camino donde la sangre ya no encontraba paso; después, un resorte diminuto —un stent— quedaría instalado para sostener esa apertura, como una llave dejada permanentemente en la cerradura. 

Todo esto ocurrió en el Instituto de Cardiología de Montreal, y yo estuve despierto durante el proceso, viendo en una pantalla el interior de mi propio pecho, mis propios ríos, mientras alguien a quien apenas podía ver los destapaba con una serenidad que a mí me hubiera costado toda una vida aprender. «No hay manera de explicar del todo lo que se siente al mirar, en una pantalla, el lugar exacto donde uno pudo haberse quedado.»

He visto al millonario y al mendigo compartir el mismo pasillo, la misma bata de tela áspera, la misma mirada desnuda frente al abismo. Allí el dinero se vuelve un rumor lejano, una vieja historia sin importancia: la enfermedad nivela con una imparcialidad que no conoce apellidos.

En la cama contigua a la mía, durante esos mismos días de agosto, dormía un hombre que insistía en terminar el crucigrama del periódico aunque le temblaran las manos. No hablábamos mucho —apenas su nombre, Édouard, y el hospital al que ambos debíamos nuestra paciencia— pero cada mañana me mostraba, casi con orgullo, la palabra que había logrado completar el día anterior. Murió un martes, sin haber terminado el crucigrama del domingo; alguien —una enfermera, quizás— lo dejó doblado sobre la mesa, como si todavía pudiera necesitarlo.

El cuerpo, ese compañero que durante décadas obedeció sin exigir demasiadas explicaciones, puede levantarse un día contra nosotros. Duele. Tiembla. Olvida. Y entonces comprendemos que habíamos confundido lo cotidiano con lo eterno.

Camino por los pasillos y algunas puertas entreabiertas parecen mostrar futuros posibles: un hombre ya no reconoce a su esposa, una mujer sostiene la mano de su madre con una delicadeza que parece detener el tiempo. «No son desconocidos. Son espejos.»

Nadie piensa en el milagro de estar bien mientras lo está. Quizás porque la vida tiene esa vieja costumbre de esconder sus milagros detrás de la rutina, y mientras todo funciona, uno supone que el cuerpo tiene contrato indefinido. «No lo tiene.»

La prisión

Nunca he vivido entre barrotes, pero he conocido otras cárceles. Algunas comenzaron en la infancia, hechas de palabras que llegaron demasiado pronto o de silencios que duraron demasiado; otras las levanté yo mismo, con decisiones que parecían pequeñas y terminaron construyendo habitaciones enteras dentro de la memoria. Hay prisiones sin guardias y sin cerraduras: basta con recordar todos los días aquello que ya no podemos cambiar.

Hubo un filósofo francés que leí de joven y que veía en la libertad una condena. Yo, con los años, he llegado a sospechar que también puede ser una forma de perdón. «Ser libre no siempre consiste en abrir una puerta; a veces consiste en dejar de golpear una que ya no conduce a ninguna parte.»

He sido mi propio carcelero y, algunas veces, mi único prisionero: una organización bastante eficiente, que no necesitaba vigilancia porque yo mismo hacía los turnos.

Recuerdo un miércoles de hace veintitantos años —no fue una fecha importante para nadie más que para mí— en que dije una frase que no debí decir, a alguien que ya no está para escucharla de nuevo. No fue gran cosa, medida desde afuera. Mirada desde adentro, en cambio, construí con esa sola frase una celda que he visitado más veces de las que quisiera confesar.

He pasado demasiado tiempo encerrado en errores que el calendario ya había archivado, como quien permanece en una habitación oscura porque terminó acostumbrándose a ella. Pero existe una extraña misericordia en la edad: uno empieza a comprender que no todo merece seguir siendo cargado.
«Las llaves suelen estar más cerca de lo que creemos, aunque durante años hayamos preferido buscar la cerradura.»

La vida, vista desde cierta distancia, resulta ser un inventario de tropiezos. Algunos nos hicieron daño; otros nos hicieron reír mucho después. Y quizá madurar consista en aprender a llevar solamente aquello que todavía tiene sentido. «No todo lo que pesa pertenece al equipaje.»

Además, llega un momento en que uno descubre algo casi ofensivamente sencillo: hay culpas que ya cumplieron su condena y todavía seguimos alimentándolas, como si fueran mascotas.

El cementerio

El cementerio parece ser el único lugar donde el tiempo ha renunciado a discutir. No hay prisa ni cuentas pendientes: solo nombres, fechas y esa quietud particular que no parece ausencia, sino una forma distinta de presencia. Las piedras conservan lo que los vivos olvidamos con facilidad: que cada vida, incluso la más discreta, alguna vez ocupó un lugar en el mundo.

Allí el poder pierde su voz, no porque alguien se la quite, sino porque ya no tiene a quién dirigirla. Algunas lápidas, las más antiguas, ya no pueden leerse: la lluvia y el tiempo ha ido borrando los nombres con la misma paciencia con que los grabaron. Dentro de cien años, ni el mármol más costoso logrará recordarnos mejor que la piedra más humilde de al lado. «La tierra no distingue entre quienes tuvieron mucho y quienes apenas tuvieron tiempo.»

Hace no mucho me detuve frente a una lápida con un nombre que no reconocía —Thérèse, 1927-2004— y un ramo de flores demasiado frescas para una tumba que, a juzgar por el musgo en la base, ya nadie visitaba. Me quedé preguntándome quién habría cruzado la ciudad esa mañana para dejarlas ahí, y por qué, después de tantos años, seguía siendo importante que Thérèse supiera —si es que en algún lugar todavía puede saberlo— que alguien no la había olvidado del todo.

He caminado entre tumbas y nunca he sentido solamente tristeza; hay también una serenidad difícil de explicar, quizás porque allí la muerte deja de ser una idea abstracta y se convierte en una vecindad. Uno termina comprendiendo que no hay manera elegante de escapar de ella: podemos aplazarla, discutirla, ignorarla durante décadas, pero finalmente todos llegamos con las manos vacías. «Y, sin embargo, esa certeza no me parece la peor noticia.»

La muerte no vuelve inútil la vida; le pone un límite, y precisamente por eso cada instante adquiere peso. Acaso por eso, al contemplar una lápida, no pienso tanto en quien falta como en todo aquello que todavía permanece: una conversación, una fotografía, una costumbre, una frase que alguien dijo sin saber que algún día sería recordada. Pienso, por ejemplo, en esas flores frescas sobre una tumba de hace veinte años.

«Los muertos no siempre desaparecen. A veces simplemente cambian de habitación.»

El anciano y su casa

Después de pasar por esas tres habitaciones, empiezo a sospechar que ninguna estaba destinada a ser una morada definitiva. El hospital me enseñó que soy frágil; la prisión, que soy responsable de algunas de mis cadenas; el cementerio, que soy fugaz. Y la vejez, sospecho, consiste en aprender a vivir con esas tres verdades sin convertir ninguna en tragedia. La edad del silencio no es necesariamente una caída; puede ser la altura desde la cual ciertas cosas, por fin, se ven con menos ruido.

Entonces aparece la casa.

No una casa real, sino esa otra que uno lleva dentro después de haber vivido lo suficiente para conocer sus habitaciones, sus pasillos y también algunas puertas que sería mejor no volver a abrir. A estas alturas, uno ya sabe que no todas las puertas conducen a alguna parte: algunas conducen, simplemente, a otro recuerdo. «Y hay recuerdos que deberían venir con horario de visita.»

Desde una ventana cualquiera, el mundo continúa haciendo sus pequeñas cosas. La gente camina. Los árboles se mueven. Alguien ríe en la calle. Un desconocido carga una bolsa de compras como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y uno comprende, con cierta sorpresa, que todavía pertenece a ese movimiento.

No porque haya resuelto la vida —a estas alturas, semejante pretensión resultaría incluso un poco ridícula: si después de tantos años hubiera descubierto cómo funciona la vida, probablemente tendría que sospechar de ella—, sino porque todavía hay cosas que mirar, alguien a quien escuchar, alguna pregunta pendiente y, por fortuna, algunas ganas de equivocarse de nuevo, aunque ya con menos entusiasmo.

Tal vez vivir consista en eso: aceptar que somos frágiles, responsables y fugaces, y aun así levantarnos cada día con suficiente curiosidad para ver qué ocurre después.

Las tres habitaciones siguen allí: el hospital, la prisión, el cementerio. Pero hay una cuarta, más callada, donde uno finalmente puede sentarse, mirar hacia afuera y comprender que la vida nunca fue una línea recta. Fue una casa extraña, con puertas que se cerraron y otras que permanecieron abiertas, y con una ventana desde la cual, incluso ahora, el mundo todavía parece dispuesto a continuar sin nosotros y, por alguna razón inexplicable, también a invitarnos a seguir dentro de él.

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71 - Los amigos que seguimos siendo

 Capitulo 71

Los amigos que seguimos siendo

Con los años uno descubre que la vejez no llega de golpe. Se instala despacio, sin hacer ruido, como esas visitas que conocen la casa y ya no necesitan llamar a la puerta.

Tal vez una de sus primeras señales sea esta: empiezan a regresar los amigos.

No necesariamente los de ahora. Regresan los de antes, los que pertenecen a una época en la que uno todavía no sabía que estaba viviendo una época. Los que conocieron nuestra risa antes de que aprendiéramos a moderarla, nuestras ilusiones antes de que la vida les pusiera nombre a las decepciones. Amigos que sabían quiénes éramos cuando nosotros apenas lo sospechábamos.

A veces pienso que cada amistad fue una manera distinta de conocernos.

Con uno aprendimos a ser valientes. Con otro, a no tomarnos demasiado en serio. Hubo quien conoció nuestra parte más vulnerable y quien solamente necesitó sentarse a nuestro lado para entenderla. Cada amigo parecía tener una llave diferente de esa casa que llamamos nosotros mismos.

Y cuando alguno se va, comprendemos que no desaparece solamente una persona.

Desaparece también una versión de nosotros.

Eso es lo extraño de perder amigos con los años. No solo se pierde su compañía, sus conversaciones, sus ocurrencias o aquella manera particular que tenían de pronunciar nuestro nombre. Se pierde el hombre que éramos cuando estábamos con ellos.

Hay amigos que conocieron una juventud que ya no existe. Otros fueron testigos de nuestros errores, de nuestras pequeñas hazañas, de esas decisiones que entonces parecían definitivas y que ahora apenas nos producen una sonrisa. Con ellos quedó guardada una parte de nuestra vida que nadie más puede certificar.

Quizás por eso algunos muertos siguen teniendo cierta autoridad sobre nosotros.

No porque nos hablen desde ninguna parte misteriosa, sino porque conservamos intacta la mirada con la que alguna vez nos vieron. Y esa mirada, después de tantos años, todavía puede corregirnos.

La vejez tiene esa extraña cortesía: devuelve lo que creíamos perdido, aunque no siempre de la manera que esperábamos.

Una palabra. Un apellido. Una canción escuchada por casualidad. La forma de reírse de alguien en la calle. Y de pronto aparece un amigo que llevaba treinta años sin visitarnos.

No viene con solemnidad.

Llega como llegaban antes: sin pedir permiso.

Entonces uno recuerda una conversación que había olvidado, una tarde cualquiera, una estupidez que nos hizo reír durante horas. Y comprende que la memoria no conserva la vida entera. Hace algo más caprichoso: guarda pequeñas escenas y deja que el resto se pierda.

Quizás así trabaja también la amistad.

No como un archivo ordenado, sino como esas cosas que permanecen sin que sepamos muy bien por qué.

A veces me pregunto cuántos hombres distintos fui gracias a mis amigos. Cuántas cosas de mí nacieron en esas conversaciones interminables, en aquellas discusiones inútiles que entonces parecían importantes, en las caminatas sin propósito, en las confidencias que nunca volvieron a repetirse.

Uno cree que los amigos nos acompañan durante una parte de la vida.

Tal vez sea al revés.

Tal vez sean ellos quienes, durante un tiempo, nos prestan una vida distinta.

Y después se marchan.

Algunos a otra ciudad. Otros hacia otras costumbres. Algunos, simplemente, hacia ese lugar definitivo al que todavía nos cuesta ponerle nombre.

Pero algo queda.

No exactamente el recuerdo. El recuerdo cambia, se equivoca, mezcla fechas y rostros. Queda algo más difícil de explicar: una manera de mirar, una frase que uno todavía utiliza sin recordar de quién la aprendió, cierta forma de reírse de las desgracias, una paciencia que antes no teníamos.

Quizás los amigos que hemos perdido continúan viviendo de esa manera: escondidos en nuestros gestos.

A cierta edad ya no se trata de recuperar el tiempo. Eso sería pedirle demasiado a la memoria. Basta con reconocer que algunas personas siguen caminando con nosotros aunque ya no estén a nuestro lado.

El otro día, mirando la luz de la tarde sobre las fachadas del Plateau-Mont-Royal, pensé en uno de ellos.

No intenté recordar exactamente su rostro. Me sorprendió descubrir que ya no podía hacerlo con absoluta precisión.

Recordé, en cambio, su manera de reír.

Y me pareció suficiente.

Quizás envejecer consista también en eso: ir perdiendo detalles y conservar, contra toda lógica, lo esencial.

Los amigos se van.

Algunos desaparecen de nuestra vida; otros desaparecen de la vida.

Pero hay una parte de ellos que permanece en nosotros, no como una estatua ni como una fotografía, sino como una costumbre del alma.

Y entonces comprendo algo que antes no sabía:

uno nunca deja del todo de ser el amigo que fue.

Por eso, cuando alguno regresa desde la memoria, no viene solamente a recordarnos quién era él.

Viene a recordarnos quiénes éramos nosotros.

Y durante un instante —solo un instante— volvemos a ser aquellos hombres que todavía no sabían que algún día tendrían que aprender a despedirse.

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jueves, 3 de septiembre de 2026

*** 70 - «Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

Capítulo 70

«Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

No sé si esto sea un manual de filosofía. Para empezar, no tengo credenciales para semejante oficio. Pero a estas alturas he aprendido algunas cosas que no vienen en los libros: cuándo gastar, cuándo callar, cuándo reírse, cuándo decir que no y, sobre todo, cuándo dejar de esperar. Tal vez la vejez no necesite que la entendamos tanto como que aprendamos a desarmarla.

Porque la vejez también se puede desarmar. No a golpes, porque uno ya sabe que los golpes salen caros, sino quitándole pieza por pieza aquello que más la hace temible: el miedo, la prisa, la necesidad de demostrar y esa absurda costumbre de creer que todo lo bueno ocurrió antes. Después de tantos años, uno descubre que algunas reglas de la vida solo aparecen cuando ya no tiene sentido ignorarlas. Este es, pues, mi pequeño manual. No sirve para detener la vejez —eso sería pedirle peras al olmo—, pero quizá sirva para sentarse a conversar con ella sin que se crea tan importante.

A cierta edad, el cuerpo deja de pedir permiso y empieza a exigir explicaciones. Uno descubre entonces que la vida ya no se mide en monedas sino en mañanas. Y yo, que crucé la frontera de los sesenta hace rato —sin pasaporte ni sellos de aduana—, he decidido dejar de contar centavos para contar atardeceres y silencios bien ganados. Esos que antes pesaban como soledad pura, ahora saben a libertad decantada.

Primera regla: no guardar toda la vida para después. El después es un país al que nadie tiene visa asegurada.

Porque mientras uno sigue guardando plata «por si acaso», los «por si acaso» están allá afuera, afilando el colmillo como perros callejeros, esperando que a uno le dé por cansarse para robarle el gusto de vivir. Yo ya trabajé, ya sufrí, ya me partí la espalda y el alma. Cargué recuerdos queridos como quien carga bultos de preguntas sin respuesta, y con esa carga a cuestas fui subiendo, sin darme cuenta, la única montaña que me quedaba por subir: se pierde agilidad en la subida, pero se gana horizonte. Ahora me toca a mí, carajo —y no es egoísmo, aunque a ratos se sienta así: es supervivencia del espíritu, la única que de verdad cuenta cuando el cuerpo empieza a pedir tregua—. Ya estoy en la parte alta, donde el aire es más puro y las preocupaciones se ven pequeñas, como hormigas en el valle.

Segunda regla: después de haber cargado tanto, uno tiene derecho a viajar más ligero.

He aprendido que envejecer es volverse experto en economía emocional: gastar menos en preocupaciones y más en placeres terrenales.

Tercera regla: gastar en lo que todavía puede devolverle sabor a la vida.

Con los años uno descubre que no todo gasto se mide en dinero. También gastamos tiempo, paciencia, afecto y hasta la poca energía que nos queda en asuntos que, mirados desde cierta distancia, no valían ni una arruga. Por eso conviene escoger mejor dónde poner lo que todavía tenemos. Una conversación que nos hace bien, una comida disfrutada sin culpa, un libro, una caminata, una risa inesperada: pequeñas inversiones que no aparecen en ningún estado de cuenta, pero que suelen rendir mejores intereses que muchas preocupaciones. A cierta edad, hasta perder el tiempo puede ser una forma inteligente de aprovecharlo.

El café caro, por ejemplo. Antes me parecía un lujo innecesario; ahora es una ceremonia que tomo despacio, como un poema caliente que se bebe a sorbos y que en cada uno trae de vuelta la cocina de mi madre, un primer beso que supo a travesura recién estrenada, alguna madrugada de trabajo que me dejó medio torcido y me robó cosas que ahora intento recuperar, como quien recoge piezas sueltas de sí mismo por la casa.

Si alguien me dice que es un desperdicio, sonrío con esa sonrisa que solo se aprende después de sobrevivir a la vida: el verdadero desperdicio no es darse un buen gusto, sino llegar al final sin haberse sentado nunca a saborear algo rico. Y, de paso, sigo dándome mis licencias: comer con grasa, porque, con los años, el colesterol ya me conoce y no se mete conmigo; reírme cuando no debería; y tomarme un par de roncitos los fines de semana, que por estos días ya cuentan como terapia alternativa. También procuro celebrar cada mañana como si fuera un pequeño triunfo doméstico. A veces la vida se parece a un peine que llega cuando uno ya se quedó calvo: llega tarde, pero al menos sirve para rascarse la espalda con estilo.

También entendí que, con los años, uno se vuelve experto en detectar vendedores de humo. Siempre aparece alguien diciendo que tiene «el negocio del siglo», que va a revolucionar el mercado, que solo necesita «una pequeña inversión». Y uno los escucha con la malicia indígena activada, esa que despierta sola cuando alguien empieza a hablar demasiado bonito, porque ya sabe que el único mercado que revolucionan es el de las promesas. Mi consejo, si es que a esta edad todavía sirve dar consejos, es simple: hay que apoyar con cariño, pero no con plata. La fe es infinita; la pensión, no. Uno no llegó hasta aquí para convertirse en cajero automático con memoria sentimental.

Cuarta regla: ayudar no significa dejarse usar. Hay afectos que se conservan mejor cuando uno sabe dónde termina la solidaridad y dónde empieza el abuso.

Los nietos, en cambio, son otra historia: no vienen con planes de negocio ni con discursos de «oportunidad única», sino con la simple magia de existir. Son una segunda oportunidad de reír sin culpa. Pero ojo: uno no está para criar más a nadie. A esta edad, el único que debería despertarme a las seis de la mañana es el sol, no un niño de esos que son capaces de desbaratar un balín. Y, sin embargo, cuando pienso en mi hijo… a veces me despierto con el recuerdo del olor a talco y pienso que valdría la pena perder una mañana de sueño por ver de cerca ese milagro de brazos pequeños. Solo que ahora el cuerpo decide, y el cuerpo ya no pregunta. A mi edad, una fiesta salvaje es quedarme despierto hasta las diez sin acidez ni Mylanta, que ya es casi un acto de rebeldía fisiológica. Hay que escoger las madrugadas con gratitud y sin desespero.

Quinta regla: querer mucho no obliga a renunciar al descanso.

Y hablando de energía… la gente cree que envejecer es apagarse. No. Envejecer es cambiar de voltaje. Uno ya no ilumina como bombillo de feria; ahora brilla como lámpara japonesa: suave, cálida, elegante, esa luz que no alumbra estadios pero que le permite a dos personas mirarse a los ojos sin estorbo. El que no lo entienda, que siga corriendo detrás de la juventud como si fuera una promoción de supermercado, que siga comprando cremas milagrosas para detener lo que no se detiene, mostrando una vitalidad prestada que, en el fondo, no es más que pánico disfrazado.

Porque hay que ser valiente para envejecer con las canas al aire, con la piel contando su verdad sin maquillaje y con una risa que no envidia la frescura de los veinte, porque sabe lo que costó cada arruga. A ese, prefiero llamarlo remasterizado, no envejecido. Yo ando en alta definición, aunque a veces la pantalla se me congela por unos segundos.

Sexta regla: aceptar el cuerpo sin entregarle el gobierno de la vida.

Decidí, no sé si con toda la razón, que mi cuerpo es mi casa y mi ánimo, un jardín. La casa hay que mantenerla decente, sí, pero sin obsesiones: aceptar que cruje de noche, que las ventanas ya no cierran del todo, que el techo tiene goteras y aun así la sigo barriendo, agradecido de que me haya aguantado tanto. El ánimo, en cambio, hay que regarlo todos los días: con música, con caminatas, con recuerdos que no duelen, con historias que todavía se pueden contar sin llorar. Y también con las que se lloran un poco, porque esas también nutren. Hay lágrimas que abonan la tierra de adentro para que florezca lo que sigue.

Séptima regla: cuidar el jardín aunque la casa tenga algunas grietas.

Si alguien me dice que «ya no sirvo para nada», le devuelvo una risa que parece batalla ganada. ¿Que no sirvo? Claro que sirvo: para evitar urgencias, para no explicarle mi existencia a nadie y —sobre todo— para ser el único en la mesa que distingue un vino barato sin arruinar la foto del brindis. Servir, a esta edad, es un lujo de pocos. Y sirvo para algo más raro: para ser testigo, para donar sangre, para contar cómo era el mundo antes de las pantallas, para recordar los nombres de los que se fueron y que no mueran del todo. Esa también es una forma de servir: ser archivo vivo, memoria con voz. Quizá esa sea una de las pocas riquezas que la edad entrega sin cobrarnos intereses:

haber visto.

Octava regla: mientras uno pueda contar algo, todavía tiene algo que entregar.

Y si el resto quiere amargarse, pues de malas. Yo ya hice suficiente fila en esta existencia como para seguir esperando permiso. A medida que envejezco, el tiempo juega a mi favor: como les ocurre a tantos hombres al llegar a cierta edad, ando entre los demás con la extraña condición de quien ya es transparente. Nadie me pide cuentas, nadie espera que opine sobre el precio del dólar, y nadie nota si salí con la camisa al revés. Hay invisibilidades que se sufren; esta, la verdad, la disfruto bastante. Así que ahora camino ligero, con humor, con dignidad, y yo, que le tengo fobia a ser un viejo gruñón, prefiero esta terquedad tranquila de quienes han sobrevivido a varias pandemias y tres fines del mundo. Aquí sigo.

Y sobrevivir no es poca cosa: es haber mirado al miedo a los ojos, haber enterrado sueños y haber plantado otros, haber entendido que la derrota no es caer sino quedarse en el suelo. Ya ni me acuerdo del origen de la mayoría de mis cicatrices, pero las llevo puestas como condecoraciones de una guerra que no declaré y que, por ahora, no he perdido.

Novena regla: no pedir permiso para disfrutar lo que todavía está vivo. La madurez no es dejar de reír: es reír con más causa. Y yo ya tengo causa, y hasta efecto.

Porque envejecer, al final, no es deteriorarse: es afinar la capacidad de encontrar gracia en lo que antes pasaba desapercibido. Es descubrir que la risa, aunque sea mínima, es una forma de lucidez, y que en esa lucidez hay una libertad que ninguna juventud conoció, ocupada como está en llegar, en demostrar, en conquistar. La vejez sabia, en cambio, se sienta en el umbral y contempla. Ya no demuestra nada. Ya no conquista territorios, conquista instantes. Ya no persigue la felicidad: la reconoce cuando pasa a su lado, la invita a sentarse, comparte con ella un té. Y la felicidad, agradecida, se queda. No toda la tarde, pero se queda lo suficiente. Y con eso basta.

Décima regla: no perseguir la felicidad; reconocerla cuando se sienta a la mesa.

Y si los reveses y las vicisitudes de la vida no me tumban, pues viviré hasta que toque colgar los guayos o, como decía un amigo futbolero de Medellín, «hasta que el árbitro de arriba me pite el final del partido». No pienso pedir tiempo extra: este partido ya lo jugué con ganas, esquivé golpes, celebré goles inesperados y me reí de mis propias caídas. Al final, nadie entiende bien las reglas de la vida, y yo ya no estoy para discutirlas. Que las discuta otro; yo ya tengo bastante con jugar el partido.

Y si el paraíso existe, que haya sabores de Colombia, sillas que no crujan y wifi celestial para no perderme los partidos de la Selección. Si no existe, que no me despierten antes del mediodía, porque esta vida ya la madrugué bastante. Mientras tanto, sigo aquí, con la salud del burro, la fe del carbonero y el humor del que ya no tiene nada que demostrar. Y si todo falla, siempre puedo hacerme el dormido. A mi edad, eso es una habilidad, no una excusa.

Ese sería, pues, queridos lectores, por ahora mi manual. No tiene garantías, no trae repuestos y probablemente tampoco sirve para todos. Pero tiene una ventaja: fue escrito después de haberle dado vuelo a la hilacha, como aprendí en mis pasos por la tierra del tequila, donde esa expresión es casi un certificado de buena conducta para disfrutar sin remordimientos. Y eso —a cierta edad— ya es una forma bastante respetable de filosofía.

Y si a alguno le parece incompleto, no se preocupe: la vida tampoco viene con instructivo, y aun así todos la usamos como si supiéramos. Ustedes sigan leyendo, sigan viviendo, sigan equivocándose con estilo. Yo, por mi parte, seguiré actualizando este manual cada vez que la existencia me dé otro golpe, otro milagro o, mínimo, otro motivo para reírme.

Nos vemos en el próximo capítulo, si la vejez me deja señal y ustedes me invitan a cafecito con pan.

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

69 El oficio de hacerse viejo

Capítulo 69

 El oficio de hacerse viejo

Hay un momento en la vida en que uno descubre que envejecer no consiste exactamente en perder pertenencias, sino en dejar de necesitarlas todas.

Al principio uno se resiste con cierta fiereza. Pretende conservar la memoria intacta, el vigor de antaño, la agilidad para levantarse del sillón y la capacidad de recordar por qué demonios acaba de entrar en la cocina. Después comprende que hay batallas que no justifican el esfuerzo de atarse los cordones.

La vejez llega sin ceremonia. No llama a la puerta ni envía una nota de cortesía. Un buen día uno descubre que el propio cuerpo ha comenzado a tomar decisiones por su cuenta y en asamblea unánime. Las rodillas opinan sobre el diseño arquitectónico de las escaleras. La columna vertebral eleva una protesta formal ante cualquier movimiento imprevisto. Los zapatos parecen haber ganado misteriosamente medio kilo durante la noche. Y las gafas, depositadas hace un instante sobre la mesa, se esfuman con un sigilo que ya quisiera para sí un ladrón de guante blanco.

Entonces comienza el verdadero oficio. Porque envejecer es, ante todo, el noble arte de adquirir mañas.

Una de ellas es caminar despacio. No por afán de impuntualidad, sino porque la experiencia enseña que lo más interesante suele ocurrir durante el trayecto: una charla improvisada en la esquina, un árbol que ha decidido florecer sin permiso municipal, el aroma del pan recién horneado o una nube caprichosa que nadie más se ha detenido a contemplar.

Antes, uno corría detrás del autobús con la misma urgencia con que de muchacho corría detrás de la chiva que subía la loma, allá donde el polvo del camino se le pegaba a las medias del colegio. Hoy, si el vehículo arranca, uno lo contempla alejarse con una dignidad que tiene un tercio de filosofía y dos tercios de cansancio. «Que le vaya bien», murmura uno para sus adentros. Y retoma el paso.

La memoria también desarrolla sus propios modales. Guarda con una fidelidad conmovedora el nombre del compañero de pupitre al que no vemos desde 1965, pero se niega en redondo a revelar dónde quedaron las llaves hace cinco minutos. No conviene discutir con ella. A cierta edad, la memoria ejerce de administradora caprichosa: traspapela expedientes cruciales, elimina archivos sin guardar copia de seguridad y conserva recibos inútiles. Sin embargo, también obra pequeños milagros que antes ignoraba. De pronto, rescata el vapor de una cocina de la infancia, el patio soleado de una casa ya demolida, una voz olvidada, una tarde cualquiera. Y uno comprende que tal vez la memoria no está diseñada para almacenarlo todo, sino para salvar lo único que aún tiene algo que decirnos. Por eso no inquieta perder un par de datos por el camino. Hay recuerdos que pueden marcharse en silencio; no todos merecen jubilación con honores.

El paso del tiempo regala, además, un privilegio que de joven parecía inaccesible: la absoluta libertad de no tener que demostrar nada a nadie. Ya no urge tener la última palabra, ni parecer ingenioso, ni convencer al vecino de arriba, ni justificar decisiones tomadas hace tres décadas. Se descubre que la mayoría de las discusiones no eran más que dos cansancios enfrentados defendiendo su postura.

Se empieza entonces a cultivar el silencio. No un silencio solemne, de museo o de fotografía oficial, sino ese otro silencio doméstico que permite escuchar el repiqueteo de la lluvia, el choque de la cuchara contra la loza o el leve suspiro con que la casa recibe el atardecer.

Hasta los objetos parecen alinearse con la causa. La mecedora cruje al recibirnos, como si protestara por tanta confianza. El reloj de pared lleva décadas trabajando sin sueldo y marca las horas con una paciencia de la que ya carecemos. El mando a distancia desaparece justo cuando el programa se pone interesante; uno lo busca bajo los cojines, en la mesa de centro, en el frutero... para descubrir que lo lleva apretado en la mano. No es que la vejez vuelva torpe al hombre: es que algunos objetos desarrollan un sentido del humor bastante socarrón. Uno ya ni se sorprende.

También se transforma la relación con el espejo. De joven uno se mira para comprobar cómo se ve; más adelante, para verificar quién queda al otro lado. El rostro termina convirtiéndose en un mapa de microhistorias. Una línea por aquí, otra por allá. Unas nacieron del sol, otras de las desvelos y varias —cabe esperar— de haberse reído a mandíbula batiente. No molesta contemplarlas. Las arrugas son una forma de literatura que el cuerpo escribe sin consultar con el autor. Y si algunas frases han quedado con mala caligrafía, a estas alturas sería una falta de respeto corregirle la plana al tiempo.

Aparece, por último, la variante más fina del humor: ese humor sobrio que florece cuando uno se descubre ejecutando exactamente lo contrario de lo que pretendía. Iniciar una frase con la solemnidad de un decreto y perder el hilo a mitad de camino, dejándola flotando como una promesa que ya nadie reclama; entrar en un dormitorio sin recordar el propósito de la visita, o guardar un documento con tal celo que ni la policía científica lograría localizarlo. O levantarse del sillón con una parsimonia digna de un funcionario revisando una póliza. Uno sonríe en soledad. Y reírse de uno mismo ofrece un beneficio incontestable: le ahorra el trabajo a los demás.

Acaso por eso envejecer no sea un trámite melancólico, como insisten en diagnosticarnos. Es un oficio que exige entrenamiento. Hay que aprender a levantarse, a tomar asiento, a despedirse, a recordar y a olvidar. Hay que aprender a aceptar que ciertas puertas se han cerrado para siempre y que otras, por fortuna, nunca debieron cruzarse.

Se aprende, en fin, a estar. Sencillamente a estar. Sin convertir cada jornada en una gesta heroica ni exigirle a la existencia sorpresas deslumbrantes. A veces basta con una taza de café caliente, una charla serena y una ventana entreabierta. Y si además las rodillas deciden tregua por hoy, el día puede calificarse de glorioso.

Tal vez ese sea el verdadero lujo de sumar almanaques: descubrir que la vida no requiere estridencias para seguir siendo hermosa. Que no todo lo valioso exige grandes dimensiones. Una visita imprevista, una llamada breve, una risa compartida, un recuerdo entrañable que regresa o alguien que prolonga su estancia diez minutos más.

Entonces, casi sin darse cuenta, uno deja de contar los años como si restara pérdidas y empieza a contemplarlos como quien observa su casa tras una jornada agotadora: con alguna persiana descolgada, un par de habitaciones cerradas, pero con una luz cálida encendida en la cocina.

No sé si la vejez perfecciona al individuo. A mí, al menos, me ha vuelto infinitamente más piadoso con mis propias torpezas. Bastante laborioso resulta ya envejecer como para pretender hacerlo con diploma de honor. Y si algún día alcanzo la meta con la memoria un tanto despeinada, las articulaciones en protesto continuo y la risa todavía a mano, me daré por bien pagado.


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