Capítulo 74
— El presente que se queda solo
El presente no tiene equipaje: llega desnudo y se va antes de que aprendamos a nombrarlo. Quizá por eso siempre camina con cierta indiferencia, como quien sabe que no debe explicarse demasiado.
Hay una edad en que uno empieza a sospechar que el presente nunca le perteneció. Durante años lo atravesé con la prisa de quien cree que siempre habrá otro día para detenerse, otra conversación pendiente, otra llamada que todavía puede hacerse. La vida era una calle larga y yo avanzaba por ella con la confianza ingenua de quien supone que el final queda siempre suficientemente lejos.
Ahora camino distinto. No sé si más despacio; a estas alturas tampoco estoy seguro de que la velocidad sea una virtud. Digamos que camino con más atención. Cosas que antes pasaban sin dejar huella ahora se detienen unos segundos: una voz que llega desde algún lugar que no alcanzo a ver, una ventana que se enciende cuando la tarde empieza a retirarse, el roce de unas hojas contra la acera, alguien que busca algo en el bolsillo y sigue como si nada. Pequeñeces. Pero a cierta edad las pequeñeces dejan de disculparse por serlo.
Durante demasiado tiempo confundimos lo importante con lo que hace ruido. Después descubrimos que lo decisivo ocurre casi en secreto: una mirada que no supimos interpretar, una frase dicha al pasar, una mano que se quedó unos segundos sobre la nuestra. La vida nunca tuvo demasiado interés en anunciar sus mejores momentos.
He vivido suficientes años para sospechar que el tiempo no avanza con la solemnidad que le atribuimos. No lleva uniforme, no toca campanas, no presenta documentos para informarnos que acaba de llevarse otro año. Simplemente pasa. Y uno sigue haciendo sus cosas. Un día compra algo que no necesitaba, otro olvida dónde dejó las llaves, otro descubre que una canción que parecía reciente ya tiene cuarenta años. Así se entera uno de que los años han estado haciendo su trabajo mientras nosotros creíamos estar ocupados en asuntos más importantes. El tiempo tiene un sentido del humor bastante discreto; a veces incluso malicioso.
Yo mismo pasé buena parte de la vida tratando de organizar mis días, como si bastaran agendas y buenas intenciones para poner orden en lo que inevitablemente se desordena. Qué arrogancia la nuestra: creer que podemos administrar aquello que no nos pertenece.
Cuando intento recuperar lo que fui, regreso a la memoria. Pero la memoria no es un archivo obediente. Tiene sus preferencias, sus olvidos caprichosos, sus pequeñas falsificaciones. Conserva una tarde y borra una década; devuelve con precisión absurda el color de una camisa y no consigue decirnos qué sentíamos mientras la llevábamos. Con los años he aprendido a no exigirle exactitud. La memoria hace lo que puede, y a veces hace lo que quiere.
Tal vez recordar no consista en reconstruir el pasado, sino en aceptar la forma en que ha decidido sobrevivir dentro de nosotros. Hay recuerdos que pesan. Otros apenas hacen ruido. Algunos llegan con timidez y se sientan en un rincón de la conciencia; otros aparecen sin ser invitados, como esos conocidos que uno no veía desde hace veinte años y que todavía recuerdan nuestro nombre. Ya no intento expulsarlos. La memoria también tiene derecho a equivocarse.
Montreal me enseñó otras maneras de medir los días. Aquí las estaciones no necesitan explicaciones: se anuncian en los cuerpos, en las calles, en la ropa, en la manera en que la gente modifica sus recorridos sin comentarlo. La ciudad cambia de humor y uno aprende a leer esas variaciones casi sin darse cuenta.
Yo también he cambiado dentro de ella.
Uno envejece en una ciudad que no envejece al mismo ritmo. Los comercios cambian de nombre, aparecen rostros nuevos, desaparecen otros, alguien reforma una esquina que uno creía definitiva. Y mientras todo eso sucede, uno continúa allí, llevando encima una versión cada vez más larga de sí mismo.
La ciudad no se detiene a preguntarme cuántos años tengo. Los jóvenes siguen corriendo hacia sus asuntos. Las bicicletas pasan. Alguien ríe demasiado fuerte en una esquina. Una pareja discute sin saber que su tragedia no interesa a nadie. Un hombre espera el cambio de luz. Una mujer mira el teléfono y casi tropieza con el mundo.
La vida continúa con una falta de consideración admirable.
Y quizá eso sea bueno.
Porque mientras yo envejezco discretamente, el mundo se niega a convertirse en monumento a mi edad. No me concede privilegios. No cambia su ritmo porque yo haya comenzado a mirar las cosas con otros ojos.
A veces le hablo, eso sí. No en voz alta —todavía conservo cierta prudencia—, pero le hablo. Le pregunto dónde quedaron ciertas personas, por qué algunos años pasaron en una semana y otros necesitaron una vida para irse, por qué recordamos unas cosas y olvidamos otras, y por qué, sobre todo, cuando finalmente aprendemos algo importante ya no tenemos veinte años para aprovecharlo.
El tiempo escucha, pero no responde. Tiene esa mala costumbre.
Y entonces aparece la paradoja: el presente es lo único que no consigo recordar. Puedo recordar el ayer. Puedo imaginar el mañana. Pero este instante se me escapa mientras intento vivirlo. En el momento en que digo ahora, ese ahora ya ha comenzado a alejarse.
Por eso el presente se queda solo.
El pasado tiene a la memoria. El futuro tiene promesas, planes, expectativas, incluso preocupaciones que fabricamos con dedicación admirable. El presente no tiene nada. No puede defenderse con fotografías, ni justificarse con proyectos, ni decir «algún día comprenderás».
Solo está.
Un vaso sobre una mesa. La luz que cae sobre una pared. Una conversación que todavía no termina. El sabor de algo que desaparecerá de la boca unos segundos después. La propia mano, que uno mira un instante y reconoce como suya aunque ya no sea exactamente la misma.
No se deja guardar.
Quizá por eso lo tratamos tan mal.
A los veinte años quería que los días pasaran rápido. A los cuarenta discutía con aquello que no podía discutir, como si pudiera negociar las condiciones del contrato. Ahora sospecho que nunca hubo contrato alguno. Yo era quien esperaba otra cosa.
Con la edad he soltado algunas batallas. No todas. Sería sospechoso haber alcanzado semejante iluminación. Todavía puedo irritarme por cosas pequeñas, insistir en una opinión que quizá debería revisar y pasar más tiempo del necesario pensando en algo que mañana me parecerá insignificante. La sabiduría, si existe, es una criatura irregular.
Pero hay cosas que sí han cambiado.
Me importa menos tener razón.
Me importa más estar.
Estar aquí, en este día que no volverá. En esta edad que tampoco. En este cuerpo que de vez en cuando presenta una queja formal por el uso prolongado, aunque todavía se las arregla para llevarme de un lado a otro.
A cierta edad el cuerpo adquiere una sinceridad que antes no tenía. Ya no negocia. Algunas articulaciones poseen opiniones propias y ciertas mañanas requieren un pequeño acuerdo diplomático antes de levantarse. No es una tragedia. Es apenas la manera que tiene el cuerpo de recordarnos que también él ha llevado su propia cuenta de los años.
Y, sin embargo, aquí está. Todavía aquí.
Eso me basta.
También me interesa menos conquistar lugares. Después de tantos años lejos de donde nací, he aprendido que ninguna ciudad se conquista. Apenas se consigue un pequeño lugar dentro de su movimiento: una calle que deja de parecernos extranjera, un rostro que reconocemos, una esquina que ya forma parte de nuestras costumbres aunque nadie nos haya entregado un certificado de pertenencia.
Quizá eso sea vivir en alguna parte: dejar de necesitar que el lugar nos explique quiénes somos.
La juventud confía demasiado en lo que viene. Yo también lo hice. Creía que habría oportunidad para reparar errores, decir ciertas palabras, volver a determinados lugares, hacer las cosas de otra manera. Todo parecía quedar suficientemente lejos.
Después descubrimos que algunas cosas esperan. Otras no. Y algunas, cansadas de esperar, terminan por irse.
La edad obliga a una economía distinta. Ya no se puede gastar la vida como si fuera inagotable. Hay que elegir: una conversación en lugar de una discusión, una tarde tranquila en lugar de una obligación innecesaria, un paseo sin propósito en lugar de otra preocupación cuidadosamente alimentada. Incluso el derecho a cambiar de opinión sin redactar un comunicado oficial.
Eso también es libertad.
Quizá envejecer consista en aprender a desperdiciar menos la vida en aquello que no merece nuestra atención. No siempre lo consigo. Pero ya no necesito conseguirlo perfectamente. Me basta con darme cuenta un poco antes.
Por eso vuelvo al presente. No porque haya descubierto una fórmula para vivirlo. No tengo fórmulas. A mi edad desconfiaría de quien las tuviera. Vuelvo porque no hay otro sitio donde pueda estar.
El pasado puede visitarme, pero no puedo instalarme en él. El futuro puede llamarme, pero todavía no tiene dirección. Solo este instante tiene una silla disponible.
Y quizá sea suficiente.
Miro alrededor.
Las cosas continúan en su modestia: mis manos, la tarde, unas palabras que todavía no he escrito, el cuerpo que sigue haciendo su trabajo, una pequeña belleza que aparece sin anunciarse en medio de un día que no prometía nada.
Entonces pienso que quizá la vida nunca me pidió demasiado. Tal vez fui yo quien durante años le exigió explicaciones que ella nunca estuvo obligada a dar.
El presente no hace ruido.
No necesita hacerlo.
Sabe que si lo escucho demasiado tarde ya se habrá convertido en memoria.
Por eso intento mirarlo mientras todavía está aquí.
No sé cuánto se quedará. Tampoco sé si, cuando finalmente aprenda a reconocerlo, ya se habrá marchado.
Es posible.
Tiene esa mala costumbre.
Pero mientras escribo estas palabras hay algo que permanece conmigo.
Quizá sea solamente este instante. Quizá la conciencia de estar aquí. O quizá esa extraña sensación de que, después de tantos años persiguiendo lo que venía y tratando de conservar lo que se iba, por fin puedo sentarme un momento sin pedirle nada a la vida.
Eso ya es bastante.
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