lunes, 17 de agosto de 2026

61- La inutilidad luminosa

Capítulo 61

La inutilidad luminosa

Creo que hace mucho tiempo que hemos muerto, aunque nadie lo haya notado. Morimos en el instante exacto en que dejamos de ser útiles, cuando el mundo ya no espera nada de nosotros y la prisa ajena sigue su curso sin mirarnos. Desde entonces vivimos en esta franja extraña —una vida póstuma que no duele pero tampoco consuela—: horas que se dejan caer como hojas secas, días que no reclaman nada.

Y sin embargo, en esta muerte tranquila aparece algo que nunca habíamos tenido: el derecho a descansar. No por cansancio, sino por finitud.

Es la primera vez que me encuentro frente a mí mismo sin órdenes que obedecer, sin tareas que me justifiquen. Antes bastaba con cumplir para sentirme vivo. Ahora nadie puede darme ya órdenes, y nada puede justificarme. A veces creo que es aquí, en esta franja donde ya no sirvo para nada, donde la vida empieza de veras. Otras veces no estoy tan seguro —lo anoto y lo dejo así, sin cerrar.

Me pregunto ahora si el miedo que tuve siempre a la inutilidad no era en realidad miedo a la libertad. Porque ser útil es ser predecible; es ocupar un hueco en el engranaje y dejar que el engranaje decida el ritmo de los latidos. La utilidad es una jaula dorada con forma de horario. Y yo fui un buen prisionero. Durante décadas, mi valor se midió en tachuelas, en informes entregados a tiempo, en silencios cómplices y en sonrisas forzadas ante los superiores. Mi identidad era un conjunto de funciones: padre, esposo, empleado, ciudadano. Ahora que ya no ejerzo ninguna de esas funciones con plenitud, ¿quién soy? La pregunta no me angustia tanto como antes. Tal vez porque ya no necesita respuesta.

El silencio que me rodea no es el vacío, como temía. Es una cámara de resonancia. Cada pensamiento que antes ahogaba con el ruido de la agenda ahora rebota contra las paredes de las horas y vuelve a mí amplificado. Escucho por primera vez el rumor de mi propia sangre. Y en ese rumor hay cosas que no me gustan: rencores que creía olvidados, ternuras que nunca expresé, preguntas que dejé pudrirse en el sótano de la conciencia. No las aparto. Las dejo estar, como se deja estar a un huésped incómodo al que ya no se le pide que se vaya.

Esta edad no es sabia por acumulación, sino por despojo —como los árboles del parque, que en invierno pierden las hojas para mostrar la verdad de sus ramas—: nudos, cicatrices, direcciones erráticas, una geometría que solo el frío hace visible. Yo estoy desnudo ahora. Y la desnudez, descubro, no es vergüenza; es el único territorio donde cabe la verdad.

Ayer, al despertar, con la luz gris del amanecer colándose entre las cortinas, la nieve detenida detrás del cristal y el crujido de la calefacción, tuve un instante de pánico. No sabía qué día era. Y entonces, en ese vértigo, descubrí que todos los días son el mismo día cuando ya no hay metas que los distingan. Pero en lugar de desesperarme, sentí una extraña paz: el tiempo ya no me empuja, me sostiene. Es como estar en el ojo de un huracán al que llamábamos «vida». Fuera, las obligaciones siguen girando, los jóvenes corren, los plazos vencen, las facturas se pagan, los sueños se construyen o se derrumban. Pero yo estoy aquí, en el centro quieto, viendo pasar el vendaval sin que me toque.

Quizá por eso veo ahora, con más claridad que antes, la extraña promesa sobre la que vivimos apoyados: la del mañana. Cada día nuevo nos ofrece la ilusión de un comienzo, aunque también nos acerque, sin hacer ruido, al último. Y sin embargo seguimos caminando. Hacemos planes, compramos flores, escribimos páginas que quizás nadie lea, como si la muerte fuera una noticia reservada para otros. Yo también lo hago todavía —de vez en cuando me sorprendo comprando un frasco grande de algo, con una confianza que no sé de dónde saco.

He empezado a hablar con los muertos. No con fantasmas, sino con las versiones de mí mismo que fui y que ya no son.

—¿Estás orgulloso de este anciano? —le pregunto al niño que fui.

Tarda en contestar, con esa lentitud de quien no quiere mentir.

—No sé —dice al fin—. Pareces cansado.

Al joven impaciente le pido perdón por no haber llegado a los lugares que él imaginaba.

—No importa —responde, aunque los dos sabemos que sí importa un poco—. Llegaste a otros.

Al padre que fui le confieso que no siempre supe amar sin condiciones. Él no dice nada. Se queda ahí, con las manos vacías, como se quedan los padres cuando ya no hay nada que corregir.

Y en estas conversaciones silenciosas —estos diálogos que solo yo escucho— descubro que el perdón que más necesito no es el de los demás, sino el mío propio. No sé si lo alcanzo del todo —pero la conversación misma, eso ya es algo.

La juventud cree que la vida es una línea ascendente. La vejez sabe que es un círculo, o mejor, una espiral que vuelve siempre a los mismos temas pero desde una altura distinta. El amor, la pérdida, el miedo, la belleza y la frescura de la juventud, la muerte: todo eso ya lo he vivido, pero ahora lo vivo de nuevo, no con la angustia de la primera vez, sino con la lucidez de quien sabe que todo termina y que precisamente por eso cada instante es un milagro minúsculo.

Con los años he llegado a pensar que el mundo, despojado de sus adornos y de los cuentos que nos contamos para soportarlo, tiene una indiferencia desnuda. No parece responder a nuestras preguntas ni conmoverse con nuestras lágrimas. Los astros siguen mudos sobre nuestras desgracias, y el cielo continúa su recorrido aun cuando una vida entera se derrumba bajo una ventana cualquiera. Buscamos explicaciones en la razón, en la ciencia, en las creencias, en libros envejecidos por otras manos que también le temieron a la oscuridad. Pero cuanto más avanzamos, más me parece que toda certeza termina volviéndose metáfora: nombramos el misterio sin llegar nunca a poseerlo.

Quizá ahí esté la herida secreta de nuestra condición: en ese deseo obstinado de entenderlo todo y en la negativa del universo a darnos una respuesta definitiva. Somos criaturas sedientas de unidad en un mundo hecho de fragmentos. Queremos un sentido único para nuestras pérdidas, para nuestros encuentros, para los años gastados en estaciones y despedidas; pero el mundo se nos presenta múltiple, disperso, irreductible —como un rompecabezas al que alguien, hace mucho, le perdió la tapa con el dibujo.

Y, sin embargo, hace unas noches miré el cielo estrellado desde el apartamento de la calle De Rigaud, a través del cristal, y supe, con una certeza que no necesita pruebas, que yo soy también esa luz que tarda millones de años en llegar. Quizá mi vida, como la de las estrellas, ya se ha extinguido en el plano de la acción, pero su fulgor sigue viajando, sigue tocando otras orillas —útil sin serlo, bello sin propósito—. No lo digo para consolarme. Lo digo porque me parece cierto, y porque la certeza que no pide pruebas es la única que a esta altura todavía me convence.

Emil Cioran hubiera dicho —o algo así lo hubiera dicho— que «solo empezamos a existir de verdad el día en que dejamos de justificarnos, que todo lo anterior fue disculpa disfrazada de vida». Yo no sé si necesitaba ir tan lejos, pero entiendo el gesto: hay una violencia serena en dejar, por fin, de pedir permiso para existir.

Esto que vivo no es el final. Es la posdata. Es la carta que escribimos cuando el sobre ya está cerrado —y en ella decimos lo que de verdad importa—, porque ya no hay destinatario que juzgue, solo el alivio de haberlo dicho.

Tal vez haya una extraña belleza en esa derrota. Cuando uno acepta que el misterio no será resuelto, deja de perseguir horizontes imposibles y empieza a oír el leve crujido de la vida presente: la lluvia resbalando por los vidrios en una tarde de Montreal, una fotografía amarillenta donde todavía respira alguien que ya no está.

Y así, sentado en este banco de la tarde, viendo cómo la luz se retira sin pedir permiso, me abrazo a mi inutilidad como quien acepta, por fin, una verdad modesta: quizá no estamos aquí para entender el universo, sino para habitarlo; quizá vivir no sea servir, sino permanecer despierto ante la propia existencia. Amar un poco, recordar otro poco, dejar algunas palabras encendidas contra la noche. Y seguir así, sin saber muy bien por qué, mientras dure este breve puente de luz, hasta que el último suspiro nos devuelva al silencio originario, ese que no es ausencia de ruido, sino presencia plena de lo que siempre fuimos y nunca supimos escuchar.

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sábado, 15 de agosto de 2026

*** 60 El desgaste de los días

Capítulo 60

El desgaste de los días

«La edad, esa enfermedad hereditaria que se contrae al nacer y de la cual uno intenta curarse lo más tarde posible.»

Hay una muerte que no aparece en ningún certificado, que no exige sacerdote ni deja una silla vacía en la mesa, y que sin embargo ocurre —lenta, obstinada— en el interior de casi todos los que conozco. Empieza en una esquina inadvertida del alma, una zona que nunca logramos identificar del todo, y avanza sin prisa, como quien cumple un deber silencioso que nadie le pidió asumir. No hace ruido. Por eso tarda tanto en revelarse, y por eso casi nadie la admite, ni siquiera ante sí mismo. Es una muerte discreta, íntima, que se instala sin anunciarse y que, cuando por fin la reconocemos, ya ha cambiado para siempre la manera en que tocamos el mundo.

La reconozco en gestos pequeños, dispersos, que a primera vista no dicen nada. El hombre que deja de fotografiarse porque ya no reconoce del todo al que aparece en la imagen. Quien deja de discutir, no porque haya aprendido a callar, sino porque supo, en algún momento que no alcanzó a fechar, que ciertas batallas estaban perdidas antes de empezar. La mujer que guarda la ropa nueva en el armario, sin estrenarla, para una ocasión que ya no espera: se empieza a envejecer el día en que uno guarda algo para una ocasión que ya no piensa tener. Ninguno de ellos lo llamaría resignación. Yo tampoco. Es apenas un desgaste, y los desgastes no piden permiso.

No es exactamente tristeza. Tampoco es derrota, aunque se le parezca de lejos. Es la vida misma, que a veces se empeña en apagarnos por dentro mientras seguimos cumpliendo, con una obediencia casi conmovedora, el acto de estar vivos: se toma el metro, se contesta el teléfono, se sonríe cuando hace falta sonreír.

Durante años creí que la alegría era un lujo, algo que venía después de lo importante. Ahora sé que era una necesidad, y que cuando falta —por una desgracia o, más a menudo, por el lento desgaste del aburrimiento— uno enferma sin enterarse. Se piensa peor. Se es menos valiente, y también menos generoso. Nada de eso se nota desde fuera: el metro llega igual, el teléfono se contesta igual.

Pero existe una forma más honda de ese apagamiento, una que no aparece en ningún manual de la melancolía porque no tiene síntomas que se puedan nombrar. Ocurre cuando alguien deja de esperar el futuro diminuto de las cosas pequeñas: el segundo exacto en que la luz de la tarde entra por una ventana que da a las escaleras de caracol del vecino, la palabra que se guarda en vez de decirse, el gesto de una mano que ya no busca la otra mano en la oscuridad. Esa muerte no duele ni reclama. Simplemente instala, en el pecho, una habitación vacía donde antes vivía la expectativa. Y uno la habita durante años sin saber que la habita.

Empieza uno a notar, entonces —tarde, casi siempre tarde— que ha dejado de comprar flores para la mesa, que los libros se acumulan sin abrirse, que la música suena pero ya no se escucha del todo, que hasta los besos se dan por costumbre, como quien firma un documento cuyo contenido dejó de importarle hace tiempo. La vida se vuelve una coreografía aprendida de memoria: los pies se mueven, el cuerpo cumple, pero algo adentro se ha quedado quieto, como un reloj al que se le olvidó dar cuerda y que, sin embargo, sigue de pie sobre la repisa, fingiendo que el tiempo continúa pasando por él.

Conocí, hace años, a una antigua compañera de trabajo a la que visité una sola vez, ya jubilada, en un departamento pequeño donde el silencio parecía tener su propio peso específico. No hablamos de mucho. En un momento, sin que yo le preguntara nada, me dijo: «Ya no espero nada, y eso, curiosamente, me da paz». Entonces no entendí. Hoy, con la piel menos firme y la memoria más porosa, empiezo a pensar que aquella paz no era felicidad ni tampoco resignación pura: era una tregua que el alma firma con el cansancio, la mano que finalmente deja de intentar atrapar mariposas que de todos modos nunca se dejaban atrapar.

Yo también terminé aprendiendo ese oficio. Durante mucho tiempo mis pensamientos me llevaron por territorios que prefería no nombrar —no eran grandes tristezas, de esas que tienen una causa precisa y un remedio imaginable, sino una fatiga sin nombre que se instalaba en los días y no hablaba de irse—. Con los años, uno les hace un lugar a ciertas ausencias, procura no tropezar con ellas y termina confundiéndolas con la vida misma. Llegué a considerar el desaliento una compañía tolerable. No era felicidad, desde luego, pero tampoco una desgracia que mereciera ser contada.

Pienso en los que caminan por la vida con el disfraz de la normalidad mientras adentro las luces se apagan una a una, como en un edificio que se va desocupando piso por piso sin que nadie lo anuncie. ¿Cuándo dejé de emocionarme con la lluvia contra el vidrio? ¿En qué momento el ruido del mundo se volvió solamente eso, ruido, y no la música torpe que alguna vez creí saber escuchar? No sé responder. Quizá las respuestas ya no importan cuando la pregunta misma ha perdido el filo con que antes cortaba.

Y sin embargo, y aquí está lo que más me desconcierta, a veces, en lo más hondo de la noche, cuando el edificio entero se aquieta y hasta la tienda de la esquina ha apagado su letrero, algo atraviesa esa oscuridad sin avisar. Una canción vieja que no elegí escuchar. Un perfume olvidado que aún habita los pliegues de la memoria. Una fotografía que cae de un libro y muestra un rostro que ya no está. Y el corazón, por un instante, se sobresalta, despierta de su letargo, recuerda, como quien recuerda un idioma que creía olvidado, que alguna vez supo latir con otra intensidad. Sé que es un espejismo. Sé que dura poco. Pero en ese breve tramo de tiempo la muerte interior se detiene, confundida, sin saber bien qué hacer con nosotros.

A veces pienso que no hace falta vencer eso que nos apaga por dentro. Hay cosas que se resisten a toda explicación y a toda resistencia. Cuanto más las combatimos, más arraigan; cuanto más las interrogamos, más se repliegan en su silencio. Tal vez la única sabiduría posible consista en dejarlas estar, sin nombrarlas demasiado, sin exigirles respuestas que nunca darán. Con el tiempo, uno aprende que no todo en la vida fue hecho para resolverse: algunas presencias permanecen, discretas e inevitables, como la sombra que acompaña al caminante hasta el final del día.

Llevamos, creo, un cementerio pequeño de versiones anteriores de nosotros mismos. No se trata de resucitarlas todas —sería un trabajo inútil, casi cruel—, sino de aceptar que algunas luces se apagan para que otras, más humildes, puedan finalmente encenderse. La vida no sube en línea recta. Es más bien una sucesión de pequeñas muertes y pequeñas resurrecciones que casi nunca notamos, del mismo modo en que solo se escucha el propio pulso cuando el silencio, por fin, se vuelve absoluto.

No sé si hay sabiduría en aceptar el propio desgaste. Me inclino a creer que no, o que la palabra sabiduría le queda demasiado grande a algo tan modesto. Quizá el tiempo no nos derrota del todo; apenas nos va dejando a la vista, y cada día gastado sea también, a su manera, un poco de claridad ganada. Solo sé que ahí, en los días que transcurren sin estridencia, en las manos que ya no buscan sino que simplemente sostienen lo que tienen cerca, hay una forma de belleza que no sabría explicar del todo. Y que tal vez no haga falta explicarla.

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****59 - Donde las palabras aprenden a curar

Capítulo 59

Donde las palabras aprenden a acompañar

He llegado a esa edad en que las preguntas ya no exigen respuestas inmediatas, sino que se quedan conmigo como viejos compañeros de viaje, sentados a la mesa sin pedir explicaciones. Y en esta quietud que los años me han regalado —o quizás me han impuesto— me inclino a creer que detrás de cada paso que cruza la calle, detrás de cada cuerpo que carga en silencio el peso discreto de sus pequeñas obligaciones, se esconde un campo de batalla que nadie ve.

Si pudiéramos mirar, aunque fuera un instante, las batallas que cada persona libra en secreto, no creo que siguiéramos cruzando la vida con esa indiferencia que a veces confundimos con prudencia. Bastaría acercarnos un poco a cualquier rostro —el del vecino que sube las escaleras cargando bolsas, el de la cajera que despide con una fórmula aprendida, el del desconocido que espera el metro con la mirada perdida en el reflejo del vidrio— para descubrir que detrás de esa expresión tranquila puede habitar una pérdida reciente, una ausencia que todavía pesa, una herida que aprendió, con los años, a no hacer ruido.

Cada quien carga su pequeña historia de derrumbes y sobrevivencias, casi nunca contada. Y sin embargo se levanta, se abriga, sale a la intemperie, trabaja, conversa, sonríe cuando hace falta sonreír. Esa obstinación callada —esa manera de seguir aunque por dentro algo esté cediendo— me parece una de las formas más discretas y verdaderas de la dignidad.

Quizás por eso escribo. No porque crea tener respuestas —sería una arrogancia imperdonable a mis años—, ni porque piense que las palabras puedan enmendar un mundo empeñado, según parece, en multiplicar el dolor. Escribo porque hay demasiado sufrimiento alrededor y, frente a él, uno siente la necesidad de hacer algo, aunque sea diminuto, aunque apenas tenga la fuerza de un gesto. Hay noches en que las noticias llegan desde lugares remotos y, aun así, consiguen entrar en la habitación, colarse por debajo de la puerta como el frío que sube desde la calle.

Una guerra, una familia que lo ha perdido todo, alguien que muere solo, una ciudad que amanece convertida en ruinas. Apago la pantalla y me quedo un momento sin saber dónde colocar, dentro de mí, tanta desgracia ajena. Afuera la ciudad sigue con su ruido de siempre —un camión que frena en la esquina, una sirena que se aleja—, pero algo queda suspendido en el aire del cuarto, como una pregunta que nadie formula en voz alta.

Entonces pienso que escribir es una manera de no pasar de largo. No puedo detener una guerra, ni devolverle a una madre el hijo que perdió, ni reconstruir una casa derribada. Pero tal vez pueda poner una palabra junto a otra para decirle a alguien, en algún lugar que no conozco, «te entiendo», aunque ignore su historia; «sé que duele», aunque no sepa la forma exacta de su dolor; «quédate un momento más», aunque nunca llegue a saber que esas palabras hacían falta. Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una frase.

Cuando me siento a escribir ocurre algo que todavía me sorprende. Las palabras, dormidas durante el día, empiezan a moverse. Algunas llegan con timidez, como quien toca una puerta sin saber si lo recibirán; otras se resisten y hay que ir a buscarlas. Hay frases que se quedan a medio camino y otras que irrumpen con una claridad inesperada, como si hubieran esperado durante años el momento de ser dichas. Se buscan entre ellas, se contradicen, se corrigen. Y mientras avanzo, algo se va acomodando también dentro de mí, del mismo modo en que el silencio de esta ciudad, después de la medianoche, parece ordenar las cosas que el día dejó revueltas.

Vivo solo. Escribo de noche. No sé si lo segundo explica lo primero o si es al revés.

No siempre soy yo quien se sienta a esperarlas. A veces son las palabras las que vienen a buscarme. Si la madrugada me despierta —y ocurre más seguido de lo que admito—, no peleo contra el insomnio: enciendo la lámpara y dejo que la idea que me ha tocado el hombro se despliegue. Obedezco. Sé que no volverá igual.

Por eso hay papeles dispersos por todo el apartamento, pequeñas islas amarillas donde anoto lo que no quiero perder. En la mesa de luz, junto al vaso de agua. En la cocina. En el bolsillo del abrigo, esperando el día en que la memoria falle. A veces pienso que se reproducen por la noche, como una pequeña población secreta: los encuentro en lugares donde no recuerdo haberlos dejado. Tengo la impresión de que el apartamento los mueve, de que los acomoda según su propio criterio y tiene para ellos un plan que yo desconozco.

Son mi manera de estar de guardia. En esas horas mi oficio se parece al de un médico nocturno: atiendo lo que aparece, lo que duele, lo que insiste. La diferencia —y lo digo con cierto pudor, después de haber hablado tanto del dolor ajeno— es que casi siempre la emergencia soy yo mismo.

He vivido lo suficiente para saber que no todo lo que nos ocurre encuentra su sitio en una conversación. Hay tristezas que no sé explicar sin desfigurarlas, ausencias que prefiero no nombrar y pequeñas alegrías que pierden su delicadeza en cuanto intento compartirlas. Algunas cosas necesitan quedarse un tiempo adentro antes de atreverse a salir. Y hay pensamientos que, si los abandono demasiado, terminan confundiendo el silencio con el olvido. La escritura me deja acercarme a todo eso sin obligarlo a dar explicaciones. En sus páginas converso con el hombre que fui, reconozco al que todavía soy y acepto, sin demasiadas preguntas, que entre ambos queda una distancia que los años no han conseguido borrar.

A veces pienso que uno escribe para no desaparecer del todo dentro de sí mismo. No para salvarse de la muerte —las palabras no dan para tanto—, sino para no perderse de vista mientras sigue aquí. Escribir no detiene el tiempo ni devuelve lo perdido. Apenas me permite sentarme un rato junto a mis propios años, sin pedirles que sean distintos.

Tal vez de ahí venga una diferencia que he ido notando al leer a otros. Hay quienes escriben sobre la oscuridad porque la imaginan de lejos, y quienes lo hacen porque han caminado por sus pasillos y aprendieron a reconocerle las sombras. Los primeros describen la noche; los segundos —me inclino a creer— hablan desde ella, que es otra cosa y se nota en el pulso de la frase. Quizá por eso ciertas palabras renuncian a impresionar y se conforman con acompañar: vienen de una cicatriz antes que de la fantasía, y quien las lee a deshoras las reconoce como se reconoce, en un sobre, la letra de alguien querido. La oscuridad imaginada ha dado páginas hermosas, no lo niego. La vivida, hasta donde he podido ver, suele dejar otras menos lucidas, pero más difíciles de desmentir.

Las palabras nos acompañan toda la vida. Nos consuelan, nos engañan, nos empujan o nos detienen. Pero es el silencio quien las juzga. En él muestran su verdadero peso, como semillas que caen sin saber qué tierra les ha tocado. Algunas se secan y desaparecen. Otras germinan despacio, cuando ya nadie las recuerda, y un día alimentan a alguien.

Cada página me devuelve algo que creía perdido; alguna frase encuentra por dónde salir. No diría que escribir cura —sería demasiado fácil decirlo—. Pero sí consigue que ciertas heridas dejen de ser habitaciones cerradas con llave. Las palabras no las borran. Apenas encienden una luz pequeña, suficiente para mirarlas sin apartar los ojos.

A veces pienso que la literatura no promete curarnos de nada: a lo sumo enseña a llevar mejor lo incurable, a sentarse con ello un rato antes de apagar la luz. Tiene algo de antiguo acto de compañía. Alguien escribió en un lugar y un tiempo que ya no existen, y muchos años después otro hombre, sentado en otra habitación, en otra ciudad, en otro idioma quizá, abre un libro y encuentra ahí una emoción que creía exclusivamente suya.

Descubre, de pronto, que alguien antes que él también tuvo miedo y también estuvo despierto mientras el resto del mundo dormía. Y en ese instante la soledad pierde algo de su densidad. Quizá ahí empiece una de las formas más delicadas de la fraternidad.

Durante mucho tiempo imaginé a un lector desconocido. No sabía su nombre, ni la ciudad donde vivía, ni qué habría ocurrido ese día para que llegara hasta uno de mis capítulos. Podía estar pasando una noche difícil, o haber recibido una noticia que todavía no sabía cómo aceptar, o necesitar apenas unos minutos de silencio, lejos del ruido del mundo. Lo imaginaba leyendo. Y encontrando, en algún renglón, una frase que parecía haber sido escrita solo para él. No porque yo conociera su dolor, sino porque el dolor humano, con sus infinitas formas, habla a veces una lengua que todos entendemos sin haberla estudiado.

Todos tenemos momentos de flaqueza; pequeñas fisuras por donde se asoma lo que somos. Menos mal que todavía somos capaces de llorar. El llanto es, tantas veces, una salvación discreta: una puerta que se abre cuando todo lo demás parece cerrarse. Hay ocasiones en que moriríamos un poco por dentro si no llorásemos.

Me sucede a menudo al releer lo que he escrito: de pronto, sin aviso, aflora el recuerdo de mi hijo. No llega como un sobresalto, sino como una luz que se cuela por una rendija del día. Las lágrimas, cuando llegan sin violencia, no rompen nada: acomodan algo por dentro y se van.

Hace poco me escribió un lector que no conozco. Un mensaje corto: había leído las páginas donde aparece mi hijo y quería contarme lo que había sentido al leerlas. Atravesaba algo parecido. No decía cuál era su historia, ni en qué se parecía a la mía, ni pedía respuesta. Lo leí dos veces, de pie, sin sentarme, y después me quedé un rato largo con el teléfono en la mano. Había imaginado tantas veces a ese lector que no supe qué hacer cuando apareció de verdad. Lo que quedó no fue la satisfacción de haber servido para algo. Fue algo más simple: durante unos minutos, el acompañado fui yo.

Desde entonces me gusta pensar que las palabras viajan así, sin hacer ruido, como el agua que se filtra bajo tierra. Que salen de mis manos, ya un poco torpes a veces, y llegan a otra mesa, a otra habitación, a una vida que no conoceré; que entran donde a nosotros nunca nos dejarían entrar. No aspiro a que mis palabras salven a nadie: sería una pretensión demasiado grande para un hombre que apenas sabe ordenar sus propias tardes, que a veces olvida dónde dejó las gafas o el nombre de aquella calle que solía recorrer. Nadie está llamado a llenar nuestros vacíos, y quizá el afecto más limpio empiece cuando dejamos de buscar un salvavidas y aprendemos a compartir la travesía. Me basta con pensar que pueden acompañar.

Hay una diferencia entre querer curar a alguien y querer sentarse a su lado mientras atraviesa su dolor. Lo primero pide saber qué hacer, tener respuestas, ofrecer remedios. Lo segundo solo pide quedarse, sin apuro, sin exigirle al sufrimiento que termine. Quizás la literatura pertenezca a ese segundo territorio, el de quienes no tienen medicina que ofrecer, pero sí una silla que acercan a la cama. Por eso quisiera que estas páginas fueran, de algún modo, compañía. Un lugar donde alguien pueda sentarse unos minutos sin tener que explicar nada. Unas palabras dejadas sobre la mesa, como quien deja algo de comer para el que llegue tarde y cansado, sin esperar siquiera un agradecimiento.

El mundo tiene demasiadas heridas y muy pocas manos dispuestas a sostenerlas sin apuro. Falta paciencia para escuchar y sobran voces empeñadas en tener razón. Quizás lo que nos falta no son respuestas, sino un poco más de ternura. No una ternura ingenua, de esas que prometen que todo terminará bien y que el dolor se disipará como el rocío; esa me parece casi una mentira piadosa. Prefiero una ternura más adulta, más silenciosa, capaz de mirar el dolor de frente sin convertirlo en espectáculo. Una ternura que sabe que hay heridas que no se cierran, pero que se pueden aliviar.

A mis años he empezado a desconfiar de las palabras grandes. Suenan huecas. Me quedo con los gestos pequeños: una conversación que llega a tiempo, una mano que no se retira, una página que le hace compañía a alguien sin que ese alguien lo sepa. Tal vez escribir sea mi manera de ofrecer una de esas cosas.

Y entonces me digo que no escribo solo para recordar, ni para dejar constancia de lo que fui —esos retratos del pasado que ya no me pertenecen del todo—, sino para tender una cuerda delgada hacia alguien que todavía no conozco. Porque todos, alguna vez, necesitamos que otro nos diga, aunque sea desde muy lejos, aunque sea desde el papel amarillento de un libro olvidado: «Sigue, no tienes que entenderlo todo esta noche. Basta con que sigas».

No sé si las palabras curan. Quizás no. Quizás apenas consiguen que una herida duela un poco menos cuando alguien, por fin, la nombra. Pero a veces eso basta.

Y aquí estoy, todavía escribiendo, en este cuarto piso donde el invierno se anuncia antes de llegar, con mis dudas, mis recuerdos, mis rodillas que ya no responden como antes y mis propias grietas sin cerrar. Las dejo salir como quien abre una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Quizás alguna de estas páginas vuelva a llegar a alguien y se quede a su lado unos minutos, y le haga un poco de sitio a la calma en medio de tanto ruido. Si eso ocurre, aunque sea una sola vez más en el tiempo que me queda, habrá valido la pena.

Entonces podría pensar que las palabras, después de tantos años de acompañarme, aprendieron algo que yo todavía ando aprendiendo: que no siempre están hechas para explicar la vida. A veces están hechas, sencillamente, para quedarse al lado de alguien mientras la vida duele. Una mano de tinta extendida en la oscuridad, sin saber si al otro lado hay alguien despierto.

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viernes, 14 de agosto de 2026

58 Tan lejos, tan adentro

 

Capítulo 58

Tan lejos, tan adentro

Hay momentos en que las cosas pierden su prisa. No ocurre de golpe. Se advierte apenas, como se advierten ciertas mudanzas en una casa donde se ha vivido demasiado: una puerta que ya no cruje igual, una marca en la madera que antes no estaba, la luz de la tarde entrando por el mismo sitio de siempre y, sin embargo, distinta.

Entonces comprendo que también yo soy un poco eso: el espacio que queda cuando las cosas dejan de correr. Permanezco en esta habitación sin muros precisos, en este rincón donde las horas se han ido depositando unas sobre otras, como capas invisibles de polvo sobre la madera. No hay pasos en el pasillo, ni voces que me llamen, ni nombres que sea necesario pronunciar. Y, curiosamente, no siento que falte nada.

Durante muchos años confundí la presencia de los otros con una forma de certeza. Estar acompañado parecía confirmar que uno pertenecía al mundo, que había todavía un lugar reservado en alguna parte. Quizá por eso la soledad asustaba tanto: porque dejaba al descubierto la pregunta que uno procura esquivar durante buena parte de la vida.

¿Quién soy cuando nadie me mira?

Ahora esa pregunta ya no inquieta del mismo modo. La soledad ha perdido algo de su antigua severidad. Dejó de ser una habitación vacía para convertirse en un territorio que, después de tantos años, he aprendido a recorrer sin pedir disculpas.

Me detengo. Escucho. No sucede nada extraordinario. Y es justamente por eso que algo sucede: un pequeño silencio entre un pensamiento y el siguiente, una pausa que antes no sabía reconocer. Allí estoy, sin necesidad de explicar quién fui, qué hice, qué perdí o qué pude haber sido. Durante un instante no tengo biografía. Solo presencia.

La luz de la tarde se derrama sobre el suelo y toca las pequeñas imperfecciones de la madera. No las corrige: las revela. Pienso que quizá eso mismo hace el tiempo con nosotros. No nos mejora necesariamente, ni nos vuelve más sabios por el simple hecho de acumular años. Pero va retirando ciertas ilusiones, una tras otra, hasta dejar a la vista las grietas que siempre estuvieron ahí. Y tal vez no haya nada malo en eso.

El aire de la habitación tiene esa densidad particular de los lugares donde nadie tiene prisa. Algo tibio se instala en la quietud, aunque afuera la ciudad siga con su movimiento indiferente. Montreal continúa detrás de los muros, con sus voces, sus puertas que se abren y se cierran, sus pasos apresurados. Pero aquí dentro el tiempo parece haber cambiado de oficio. Ya no empuja. Acompaña.

Me gusta pensar que algunas horas no fueron hechas para ser utilizadas. No sirven para trabajar, resolver, producir, alcanzar. Simplemente pasan, se quedan un momento junto a nosotros y después se marchan sin pedir cuentas. Tal vez la madurez consista, entre otras cosas, en aprender a no llenar todos los silencios.

Durante demasiado tiempo quisimos ocuparlos con conversaciones, con proyectos, con viajes, con personas: cualquier cosa parecía preferible al vacío. Ahora sospecho que algunos vacíos no necesitan ser llenados. Hay ausencias que, de tanto permanecer con nosotros, terminan adquiriendo una forma propia, casi doméstica. No son heridas abiertas. Son habitaciones. Y uno aprende a vivir en ellas.

A veces pienso que la memoria trabaja de un modo parecido. No conserva la vida tal como sucedió, sino como puede sobrevivir dentro de nosotros. Cambia los tamaños, borra los bordes, acerca unas cosas y aleja otras. Lo que ayer parecía esencial puede convertirse en sombra; lo que creíamos insignificante regresa, años después, con una claridad que no pedimos. La memoria no obedece. Quizá por eso se parece tanto a la vida. Hay días en que recuerdo con precisión una conversación de hace décadas y no consigo recordar qué hice ayer por la tarde. Ya no intento explicarlo. La mente tiene sus propias habitaciones y no siempre entrega la llave de la que necesitamos.

Y sin embargo hay noticias que consiguen abrir de golpe una puerta que creíamos bien cerrada.

Hace pocos días llegó desde Colombia la noticia de un terremoto devastador. La leí aquí, tan lejos, sentado en medio de la tranquilidad de una habitación que no sabía nada de aquello. Por un momento sentí que la distancia era una cosa física, una pared enorme levantada entre mi cuerpo y esa tierra que, después de tantos años, todavía sabe pronunciar mi nombre.

No necesité conocer los detalles para sentir el golpe. Hay noticias que no se leen: se reciben en el cuerpo. Uno permanece inmóvil frente a una pantalla y, sin embargo, algo se mueve muy adentro. No es solo preocupación. Es algo más antiguo, más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de uno sigue perteneciendo a un lugar del que se fue hace demasiado tiempo, aunque la vida haya aprendido a continuar lejos de allí.

Eso es quizá lo más extraño del exilio: uno puede acostumbrarse a la distancia, pero nunca termina de acostumbrarse a la desgracia de la tierra que dejó atrás.

Cuando Colombia sufre, hay algo en mí que escucha desde lejos. No sé exactamente qué. Tal vez sean las calles que ya no camino, las voces que alguna vez reconocía sin necesidad de ver el rostro, los nombres de los lugares que todavía despiertan algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Tal vez sea, simplemente, esa forma obstinada de pertenencia que sobrevive incluso cuando uno ha pasado más años lejos que cerca.

Y entonces llega la impotencia: la de estar demasiado lejos para hacer algo inmediato, la de recibir el dolor de otros a través de una pantalla, la de saber que mientras aquí la tarde sigue su curso, allá la tierra ha decidido cambiar de lugar bajo los pies de quienes uno lleva dentro.

Me quedé en silencio. No había nada que decir. Quizá porque ciertas tragedias nos devuelven, aunque sea por un instante, a una edad anterior de nosotros mismos. La noticia no habla solo del presente: despierta también la memoria de una patria que creíamos dormida, una patria que no necesita ser idealizada para seguir doliendo.

Después apagué la pantalla. Pero la noticia se quedó, mezclada con la luz que empezaba a desaparecer, con el silencio, con esa sensación difícil de nombrar de estar aquí y allá al mismo tiempo. Pensé que tal vez el exilio consiste también en eso: en vivir con una parte de la vida situada siempre a una distancia que ninguna carretera puede medir.

He aprendido a no insistir. Hay recuerdos que vienen y otros que no. Algunos se sientan a nuestro lado unos minutos y después se levantan sin despedirse. Los dejo ir. También eso forma parte de permanecer, porque permanecer no significa aferrarse. A veces significa justamente lo contrario: dejar que algo se marche sin correr detrás.

La tarde empieza a perder su claridad. La habitación se llena, despacio, de una penumbra que no parece oscura sino cansada. La madera guarda todavía un poco de luz. El suelo permanece inmóvil bajo mis pies. Todo ocupa su sitio con una naturalidad que me conmueve más de lo que quisiera admitir.

Pienso entonces en todo lo que fui: en los hombres que alguna vez creí que sería, en las vidas que imaginé y nunca ocurrieron, en las personas que caminaron conmigo un tramo y luego tomaron otra dirección, en las que aún permanecen, de una manera u otra, aunque ya no estén cerca. Durante mucho tiempo pensé que la vida era la suma de esas presencias. Ahora no estoy tan seguro. Tal vez también seamos lo que queda cuando esas presencias se retiran. No como una ruina, sino como una forma distinta de compañía.

Hay una edad en la que uno deja de preguntarse qué falta y empieza, casi sin darse cuenta, a mirar lo que permanece. No es resignación. Es otra manera de mirar.

A esta altura de la vida no necesito demasiado para sentir que estoy aquí. Una habitación tranquila. Un poco de luz que se filtra como si todavía creyera en mí. El murmullo lejano de la ciudad, que ya no exige nada. Y, sobre todo, los gorriones que llegan cada mañana, insistentes, fieles, reclamando unas migajas de pan como quien pide una forma mínima de compañía. Cantan sin descanso, como si supieran que su música sostiene algo en mi interior. Me observan, esperan, vuelan y regresan. En su rutina hay una ternura que no se anuncia, una presencia que no exige palabras. Mientras ellos picotean su pan, dejo que el pensamiento llegue sin haber sido llamado, que la conciencia permanezca despierta, que esta vida mía se afirme en lo esencial.

A veces basta eso: un puñado de luz, un silencio que no pesa, y estos pequeños compañeros que recuerdan que aún hay algo que responde cuando el mundo toca a la puerta.

Nada más.

Quizá la existencia nunca necesitó tantos testigos como imaginamos. Pasamos años buscando que alguien confirmara nuestro lugar en el mundo: que nos quisiera, que nos recordara, que dijera nuestro nombre. Y sin embargo llega un momento en que uno descubre algo incómodo y, al mismo tiempo, liberador: nadie tiene que certificar que estamos aquí.

Estamos. Eso basta.

No sé si esta certeza es sabiduría o simplemente cansancio. A estas alturas prefiero no ponerle nombre. Hay cosas que se vuelven más verdaderas cuando dejamos de explicarlas.

La penumbra termina de ocupar la estancia. Ya casi no distingo las pequeñas marcas del suelo. La habitación ha perdido sus contornos y, por un instante, parece más grande, como si los muros se hubieran retirado discretamente para dejarnos a solas con aquello que no necesita forma.

Permanezco sentado. No espero a nadie. Tampoco espero una respuesta. Afuera, la ciudad sigue viviendo sin saber que estoy aquí, y me parece bien. Hay una tranquilidad particular en no ser necesario para el movimiento del mundo. Quizá esa sea una de las pocas libertades que llegan con los años: comprender que el mundo puede continuar sin nosotros y que, aun así, nuestra existencia no pierde su sentido.

El aire se ha vuelto más fresco. La tarde ya terminó. Antes de encender la luz pienso, por alguna razón, que esta habitación no está vacía. Estoy yo. Y eso, por ahora, es suficiente.

Me quedo un momento más en silencio. Afuera, Montreal sigue su curso, indiferente y enorme, mientras al otro lado del continente mi país intenta recoger lo que la tierra dejó atrás. Pienso otra vez en aquella noticia y siento que el terremoto no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra. Para quienes estamos lejos hay temblores que siguen viajando durante años, atravesando fronteras, husos horarios y silencios, hasta llegar a ese lugar secreto donde la patria todavía permanece.

Entonces comprendo que quizá también el exilio sea una forma de vivir con una tierra que tiembla dentro de uno. No hace ruido. No derriba paredes. Pero de vez en cuando mueve algo que creíamos firme y nos recuerda que hay lugares de los que uno puede irse, aunque ellos nunca terminan de irse de uno.

Apago la luz. Y en la oscuridad, antes de que la noche termine de cerrar la habitación, pienso en Colombia. Tan lejos. Tan adentro. Y por un instante me parece escuchar, no el estruendo de la tierra, sino ese silencio que queda después de que todo ha temblado.

Ese silencio también permanece.

Como la estancia.

Como la memoria.

Como uno mismo.
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Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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sábado, 8 de agosto de 2026

*** 57 - No lo sé: Cimientos tardíos

Capítulo 57

No lo sé: Cimientos tardíos

No lo sé. Tal vez sea ésa la única verdad que me queda —la única columna que aún sostiene el techo de esta morada que habito sin haberla elegido—. No recuerdo el instante exacto en que el corazón comenzó a disminuir el paso, como si temiera despertar a los fantasmas que viven en los pliegues del tiempo. Quizá fue en algún otoño de esos que llegan sin avisar y se quedan más de lo debido. O quizá fue cuando la memoria empezó a borrar los bordes de las cosas, a desdibujar los rostros, a hacer que los nombres pesaran menos que los silencios que los acompañan.

Pero tampoco hace falta recordarlo. Los relojes no preguntan, y yo he aprendido a no interrogar al tiempo —a no pedirle cuentas, a no exigirle explicaciones—. Él va a su paso, a su manera. Y yo, que he visto a mi madre envejecer y a mi hijo crecer, sé, o creo saber, que no se trata de detenerlo. Se trata, más bien, de aprender a caber en él sin pedirle que se achique.

Así que sigo aquí, con mi columna de no-saber, con mi techo de preguntas sin respuesta. Y aunque a veces el viento haga crujir las maderas, sé que la columna aguanta. No porque sea sólida, sino porque he dejado de exigirle que lo sea.

Ya no espero la felicidad, y sin embargo camino.

Me tomó años llegar a esa frase sin sentir que era una derrota. Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo que debía perseguirse con la obstinación de quien busca una casa cuyo número ha olvidado. Había que encontrarla. Merecerla. Defenderla. Ahora pienso que quizá fue ella quien nunca quiso ser encontrada. Tal vez sólo pasaba de vez en cuando, se sentaba un momento a mi lado y luego seguía su camino sin despedirse.

Schopenhauer decía que la vida nos engaña dos veces: primero con la promesa, después con la cosa cumplida, que nunca vale lo que prometía. Y que la felicidad vive siempre un poco antes o un poco después de donde estamos, como si el presente fuera la única nube capaz de oscurecer un día soleado. No sé si estaba en lo cierto. Pero la frase se me quedó pegada, como esas canciones que uno tararea sin querer.

No estoy roto del todo. Me lo repito en silencio, como quien comprueba que una pared todavía se sostiene después de una larga tormenta. Aún puedo levantarme, vestirme, contestar una pregunta, mirar a alguien y sonreír. Pero tampoco soy el mismo. Hay grietas por donde se escapa el entusiasmo, goteras invisibles por donde se filtra una tristeza sin nombre ni partida de nacimiento. Una antigua tristeza, discreta, que no hace escándalo. Me acompaña como un perro viejo que decidió seguirme y al que, después de tantos años, ya no tendría sentido echar de casa.

He aprendido a representar la normalidad con cierta eficacia. Los vecinos no se alarman —para eso sirven, en el fondo, los vecinos: para no alarmarse—. La gente que encuentro en la calle no advierte nada; el mundo sigue esperando de mí esos pequeños gestos que certifican que uno pertenece todavía a la comunidad de los vivos. Hablo, sonrío, pago cuentas, respondo mensajes, ordeno lo que puede ordenarse. Ejecuto los gestos necesarios de un hombre en pie —nada más, nada menos—.

Y, sin embargo, a veces me observo desde una distancia que no sé explicar. Ese hombre que soy yo camina, gesticula, se mira en el espejo, se afeita, sale, vuelve. Pero hay momentos en que siento que una parte de mí se quedó en otra parte, suspendida en una neblina sin temperatura, escuchando el eco de una vida que ya no sé si fue enteramente mía.

Es un silencio difícil de nombrar. No es exactamente la soledad, porque la soledad de los cuartos vacíos tiene puertas y ventanas: se puede airear. Esto es otra cosa —estar entre los demás y no encontrar el idioma que traduzca lo que ocurre por dentro—. Como estar en una conversación y descubrir, de pronto, que todos conocen una palabra que a uno nunca le enseñaron.

A veces, en medio de esas conversaciones pequeñas que llenan las horas —el precio de las cosas, el tiempo que hace, los problemas ajenos—, miro los rostros y me pregunto si ellos también llevan por dentro alguna forma secreta de invierno.

«¿Tú también?»

«¿O soy el único que compró la entrada para esta función?»

Si esto es crecer, nadie me lo advirtió. O quizá sí, pero yo miraba hacia otro lado. Nadie me explicó que se puede añorar la propia vida mientras todavía se la vive. Que uno puede echar de menos una casa que aún habita, un rostro que sigue presente, una versión de sí mismo que no ha muerto del todo pero que ya no sabe cómo regresar.

Me pregunto en qué recodo del camino quedó aquel muchacho que creía en los gestos grandilocuentes y en los amores capaces de incendiar el mundo. Aquel que saltaba sin mirar demasiado y confundía, con la arrogancia de los jóvenes, la imprudencia con la valentía.

Quizá sigue ahí. Tal vez duerme en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, se mueve bajo las mantas. No para volver —porque nadie vuelve realmente—, sino para recordarme que alguna vez fui capaz de desear las cosas con una intensidad que ahora me parece casi ajena.

Ajena, digo. Y no es del todo cierto.

Quizá lo difícil de la vejez no sea envejecer, sino seguir siendo joven por dentro. En este cuerpo cansado todavía vive algo curioso y hambriento, con los mismos anhelos de entonces, como un inquilino al que nadie le avisó que el edificio cambió de dueño. Me detengo en una esquina de la calle Saint-Denis a esperar que cambie el semáforo y veo pasar el mundo como quien llega tarde a una fiesta donde todos ya se conocen: nadie me cierra la puerta, pero tampoco encuentro por dónde entrar. Y aquí dentro sigue encendido el mismo fuego que alguna vez creyó poder conquistarlo todo. No ha bajado la llama; sólo perdió el camino hacia afuera.

Lo más hondo, quizá, es que el mundo permanece así: cerca y fuera de alcance, un lugar que nunca llegaremos a comprender del todo. El muchacho tampoco lo comprendía, es cierto. La diferencia es que él creía que era cuestión de tiempo. Yo ya sé lo que el tiempo suele hacer con esas cuestiones.

La vida es breve, aunque sus horas sepan estirarse como un telón que tarda demasiado en caer. Detrás de ese telón espera la muerte, con una paciencia que nosotros no tenemos. Antes me parecía una palabra inmensa. Ahora la miro con menos aspaviento. No porque la entienda mejor; quizá sólo porque ya no discuto con lo inevitable.

Sé que algún día vendrá. Vendrá a buscar lo que fui y lo que no alcancé a ser. Se llevará mis pequeñas costumbres, mis derrotas, las palabras que nunca dije y las que dije demasiado tarde. Se llevará también aquello que creí poseer. Al final, todo lo que uno tuvo termina por alejarse, como una fotografía expuesta durante años a demasiada luz: los contornos desaparecen primero, después se borran los detalles, y un día uno descubre que apenas queda una sombra de aquello que había jurado no olvidar jamás.

No la temo del todo. ¿Cómo temer durante tanto tiempo a un visitante que uno sabe inevitable? Quizá el miedo también envejece. O se cansa.

Algunas noches, sin embargo, me sorprendo imaginando otra orilla. No hablo de un cielo dibujado por la fe ni de una promesa hecha para calmar el miedo; hablo de una invención privada, de esas que uno se permite a deshoras y no le confiesa a nadie. No necesito que exista. Me basta con no haber perdido del todo la capacidad de imaginarla. Y lo que imagino, curiosamente, no es una recompensa sino un reencuentro: reconocer ciertas voces, oír de nuevo una risa que creía archivada, llegar sin tener que explicar por qué tardé tanto ni por qué no supe decir a tiempo lo que ahora me parece tan sencillo. Si al final no hay nadie esperándome, habrá valido la pena haberlo inventado.

No sé si esa orilla existe. Ante ciertos misterios, la inteligencia debería quitarse el sombrero y callarse un rato; la mía, que es terca, apenas se lo levanta un poco, como quien saluda de lejos. Lo que sí noto es que tener la muerte más cerca ha cambiado algunas cosas. Me interesan menos las discusiones inútiles y me cuesta menos perdonar lo que el tiempo ha vuelto pequeño. No siempre lo consigo. Todavía me sorprendo defendiendo orgullos que no me sirven para nada, como si la vida me hubiera concedido una prórroga para seguir siendo el mismo hombre de antes.

Si me fuera dado pedir algo para mi última madrugada, pediría que no hubiera estridencias ni grandes discursos. Que el mundo siguiera con sus asuntos —que en algún piso de la ciudad alguien abriera una puerta, que el camión de la basura pasara por la calle a su hora de siempre—, sin sentirse obligado a detenerse por mi partida. Me gustaría irme así, sin interrumpir a nadie.

Pero queda algo. Siempre queda algo.

Queda este extraño goce de la tristeza, esta manera de habitar la sombra sin renunciar del todo a la claridad. Queda la costumbre de volver, aunque sea con el pensamiento, a ciertos lugares: una puerta que ya no existe, una esquina donde el pasado parece haberse quedado a medio decir, un nombre que ya sólo se pronuncia dentro de uno mismo.

Queda ese Sur íntimo hacia el que algo en mí se inclina sin pedir permiso. Allí guardo mis derrotas, mis pequeñas victorias y todo aquello que perdí sin saber exactamente cuándo. Quizá también guardo allí ese hábito inútil de estar triste que me acompaña desde hace años y que, a estas alturas, ya forma parte de mis pertenencias.

La nostalgia, después de todo, también puede ser una forma de hogar. No digo que sea un hogar cómodo —a veces tiene habitaciones demasiado oscuras, a veces uno abre una puerta y encuentra detrás una ausencia—, pero es el lugar donde permanecen las cosas que el tiempo no consiguió llevarse del todo. Allí siguen ciertos olores, algunas voces, calles enteras que ya no existen como existían entonces. Allí permanece una parte de nosotros, esperando quizá nada más que ser visitada de vez en cuando.

Hoy me conformo con la tibieza de las cosas pequeñas: el pan tostado, el agua del grifo, el silbido distante de un tren de mercancías, una silla junto a la ventana, la página que todavía admite una palabra más. A esta edad ya no exijo que lo que salva sea extraordinario. A veces basta con que algo permanezca quieto y nos espere.

Y por eso escribo.

Escribo porque tal vez la única manera de no diluirme del todo sea dejar constancia de esta niebla. No escribo para resolver lo que no sé. Escribo precisamente porque no lo sé. Porque el papel no interrumpe ni ofrece soluciones. Porque una página en blanco tiene la cortesía de aceptar nuestras contradicciones sin intentar corregirlas. A veces pienso que escribir es sentarse frente a uno mismo sin apagar la luz.

La literatura me ha devuelto, en ocasiones, una intensidad que la vida cotidiana ya no me concede. En los libros he vivido otras vidas, he amado sin consecuencias, he cruzado países que sólo existen en una página y he regresado a casas que nunca fueron mías. Leo y recuerdo que alguna vez ardí. Y recuerdo también que la vida, después de cualquier incendio, deja cenizas que alguien tiene que barrer.

Escribo como quien enciende una lámpara en una habitación donde ya empieza a oscurecer. No para iluminarlo todo —eso sería pedir demasiado—, sino para distinguir los objetos cercanos, para no tropezar con ellos, para saber que sigo estando aquí.

Hay tardes en que la tristeza se sienta a mi lado y no intento discutir con ella. Le he cedido algunas cosas: ciertas canciones, una copa de vino, los lugares de paso, las despedidas que llegan cuando uno ya no tiene nada que añadir. Pero no le he entregado el mundo entero.

Todavía hay días que se abren con una grieta por donde se filtra una luz incierta. Todavía hay una esquina cualquiera que puede sorprenderme.

Un sonido.
Una frase.
Una ventana iluminada.
El recuerdo de una risa.

No necesito que ocurra un milagro. Quizá ya no creo demasiado en ellos. Pero todavía me conmueve la posibilidad de que algo mínimo interrumpa la costumbre y me recuerde, aunque sea por unos segundos, que sigo perteneciendo a este mundo vasto, diverso, incomprensible.

A veces me aferro a eso. No a la felicidad —esa palabra se ha vuelto demasiado grande, demasiado exigente—, sino a la posibilidad de sentir un instante de claridad. Una especie de tregua. Un minuto en que el peso de estar vivo no resulta insoportable ni extraordinario, sino simplemente verdadero.

Quizá eso sea suficiente. Y quizá no.

No lo sé. Ésa es la cuestión.

Schopenhauer, otra vez, lo dijo mejor que yo, hace más de siglo y medio: que la vida es «un negocio que no cubre los gastos». La primera vez que leí la frase me pareció exagerada. Ahora, algunos días, no tanto: con sus tropiezos de cada hora, de cada semana, de cada año, con esperanzas que no se cumplen y planes que se tuercen sin aviso, la vida a veces parece llevar puesta una etiqueta —hecha para desgastarnos, no para complacernos—.

Es difícil entender cómo pude creer, durante tanto tiempo, que estábamos aquí para disfrutarla con gratitud. Ahora me inclino a pensar que ese vaivén entre la ilusión y el desengaño no es un accidente, sino casi un diseño: como si el mundo insistiera en recordarnos que nada —ni el esfuerzo, ni la lucha, ni lo que creímos ganar— alcanza a cubrir lo que puso. No sé si Schopenhauer tenía razón del todo. Pero cada vez que hago cuentas, algo en mí se la da.

A veces pienso que lo único que se pierde de verdad son las ilusiones. No porque fueran ingenuas, sino porque tenían esa manera suya de sostenernos sin pedir nada a cambio. Las certidumbres, cuando por fin llegan, llegan tarde: aparecen cuando ya hemos aprendido a desconfiar un poco de todo, incluso de nosotros mismos. Y por más que intenten ocupar el lugar que dejaron las ilusiones, nunca lo llenan del todo. Ordenan, sí. Pero no iluminan.

Quizá por eso, cuando una ilusión se apaga, no es sólo una pérdida cualquiera: es un pequeño temblor en la manera de mirar el mundo. Algo se vuelve más silencioso, más lento, un poco más cierto. Y aun así sigo adelante, con esa mezcla de nostalgia y lucidez que algunos días es lo único que me queda.

Porque al final —lo sepa o no— sigo viviendo de las cosas que imaginé, no de las que di por seguras. «Las ilusiones son la única riqueza que no se puede reemplazar», me digo a veces, sin estar del todo convencido de merecer semejante certeza. Las demás riquezas, por hermosas que parezcan, apenas ocupan espacio. Las ilusiones, en cambio, ocupan un espacio en el alma.

Hubo una época en que creí que la vida me debía una revelación. Esperaba un instante definitivo, una certeza capaz de poner en orden los años como quien acomoda por fin los libros de una biblioteca que nunca tuvo catálogo. Buscaba respuestas como quien busca una dirección escrita en un papel que se mojó bajo la lluvia. Los años pasaron —con su paciencia de siempre— y la revelación no llegó. O llegó de otra manera, tan menuda que estuve a punto de no reconocerla.

Lo que fue llegando era más modesto: una conversación que seguía resonando días después de terminada, un recuerdo que volvía sin avisar mientras esperaba el cambio en la caja de una farmacia. Nada extraordinario. No eran momentos para tener razón; quizá por eso me dejaban ver algo. Fósforos encendidos en mitad de la oscuridad, que alumbran lo justo para ver dónde se pone el pie y luego se apagan entre los dedos. No sabría decir si señalaban un rumbo. Quizá sólo me acostumbraron a caminar sin él, o a fingir, con cierta dignidad, que lo tenía.

Algunas preguntas, me parece ahora, no fueron hechas para ser respondidas. Se quedan con nosotros. Nos acompañan. Envejecen a nuestro lado —y pienso, como habría pensado Ribeyro con su discreta resignación, que uno no llega a entender la vida: apenas aprende a llevarla con cierta elegancia derrotada—. Con los años he aprendido a negociar con el misterio sin ganarle nunca.

Hay días en que me siento más cerca de la claridad. Otros, en cambio, la vida parece alejarse unos pasos, como si quisiera observar desde lejos qué hago con ella. En esos momentos vuelvo a pensar que todo lo que tuve se va desvaneciendo poco a poco, y que el mundo seguirá cuando yo ya no esté para mirarlo.

Pero el mundo sigue siendo profundo. Más profundo que mis pérdidas. Más vasto que mis heridas. Y eso, de alguna manera, me consuela.

No espero que la vida me devuelva lo que no supo guardar. Ya no le pido que corrija sus decisiones ni que me entregue una versión distinta del pasado. Sería como pedirle al río que devuelva cada piedra al lugar donde estaba antes de la creciente.

Hay cosas que se fueron. Hay cosas que no regresarán. Y, sin embargo, sigo caminando.

No con heroísmo. No con una gran fe. A veces camino apenas por costumbre, a veces porque no sé qué otra cosa hacer. Pero también porque, en algún lugar que no consigo identificar, persiste una curiosidad pequeña y obstinada —quizá la misma que el muchacho dejó encendida—. Y algo más, que me cuesta admitir sin cierto pudor: a estas alturas todavía hay en mí cosas que no me atrevo a ser, y no he renunciado del todo a atreverme.

Quiero ver qué hay después. No después de la muerte: después de la próxima esquina.

Ése es, tal vez, mi secreto. Ya no espero revelaciones. No espero que la dicha vuelva a instalarse en mi vida como una propietaria satisfecha. Me basta con saber que algo, aunque sea mínimo, todavía puede esperarme.

Una palabra.
Una presencia.
Un recuerdo nuevo.
El silencio que sigue a una frase bien dicha.

Y así continúo. Con mis preguntas. Con mis grietas. Con esa tristeza que a veces me sigue y otras veces me deja caminar solo. Con todo lo que he perdido y con lo poco que todavía me sorprende.

Avanzo con la serenidad —a ratos fingida— de quien ha terminado por aceptar que el destino verdadero no siempre fue el que quiso ni el que imaginó. Quizá sea éste: seguir sin conocer del todo el camino, aceptar que muchas cosas no tuvieron explicación, mirar hacia atrás sin quedarse allí.

Y doblar la próxima esquina.

No lo sé. Tal vez no haya nada. Tal vez haya otra tarde parecida a todas las anteriores. O tal vez algo, pequeño e inesperado, me esté esperando sin saber mi nombre.

Ni siquiera esta tristeza —la misma que nunca tuvo partida de nacimiento— me pedirá partida de defunción cuando yo falte. Se irá como llegó: sin papeles, sin trámite, sin dejar rastro en ninguna oficina del Estado.

Mientras tanto, sigo buscándole la comba al palo y jalando a la esperanza del brazo, como a invitado maluco que no quiere irse de la fiesta. Al fin y al cabo, mientras la puerta que se cierre no sea la del ataúd, uno siempre puede volver a empezar… o al menos disimular el ridículo.

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jueves, 6 de agosto de 2026

* 56 La negociación con el ego

Capítulo 56

La negociación con el ego

María Zambrano —esa pensadora que aparece menos de lo que merece en nuestras conversaciones, y a la que probablemente deberíamos invitar más a menudo— intuía que el verdadero signo de la vejez no está en el cuerpo, sino en la forma en que el tiempo se nos ofrece. Decía que llega un momento en que el futuro deja de ser un horizonte abierto y empieza a estrecharse, como si la vida nos condujera con suavidad hacia un pasillo cada vez más angosto. Pienso en esa idea más de lo que me atrevo a confesar, lo cual ya es decir bastante.

Hubo un tiempo en que pasaba frente a edificios para personas mayores como Le Rigaud procurando no mirar demasiado hacia las ventanas. Era bastante más joven entonces, y compartía con algunos amigos una certeza que hoy me parece casi conmovedora: decíamos que no podía existir un destino más triste que terminar los últimos años en un lugar tan lúgubre como esos. Nos imaginábamos corredores interminables, un silencio de televisores encendidos que nadie miraba. Hablábamos, me parece ahora, con la arrogancia involuntaria de quienes todavía creen que el porvenir ocurrirá siempre en otra parte, lejos de ellos mismos —y, de paso, con la convicción tácita de que nosotros, desde luego, seríamos la excepción.

Nunca imaginé que la vida terminaría conduciéndome, precisamente, hasta uno de esos edificios que observaba entonces con una mezcla de compasión y temor. Y sin embargo aquí estoy —escribiendo esto a media tarde, con el chirrido breve de unas suelas de goma sobre el tapiz del pasillo como único recordatorio de que hay otros, cerca, viviendo su propia versión de esta misma hora, probablemente con menos quejas sobre el ascensor que yo—. No hubo un gran acontecimiento ni una decisión solemne. Los años fueron acomodando las piezas con una lógica que solo se entiende —si es que se entiende del todo— cuando ya ha ocurrido, y que suele tener el humor irónico de demostrarte que tenías razón en lo que temías, pero no exactamente por los motivos que creías.

He visto llegar a algunos con el miedo todavía fresco, el mismo que yo cargué antes de entrar: el temor de que un lugar así sea la antesala de algo, un anuncio adelantado. Ese miedo tiene, quizá, menos que ver con los edificios que con la idea de dejar de ser reconocidos como uno mismo —de convertirse, a los ojos de los demás, en una «categoría» antes que en una persona—. También, si somos sinceros, con el ligero pavor de que te sirvan puré de calabaza tres días seguidos y te empiece a parecer aceptable.

Con el bastón he notado algo parecido, aunque a menor escala: hay quienes lo necesitan y sin embargo lo dejan apoyado contra la pared, prefiriendo el tambaleo disimulado a la evidencia de madera o aluminio que anuncia, según creen, una edad que preferirían seguir negociando en privado. No sabría decir si eso es orgullo, o simplemente el último territorio que a algunos les queda por defender —y, visto con cariño, quizá también el primer ensayo de una coreografía que nadie pidió.

Yo todavía no lo necesito —el bastón, quiero decir—. Camino solo, sin ayuda, y en general sin pensar demasiado en ello. Pero he empezado, cuando nadie mira, a ensayar mentalmente ese día: a preguntarme qué haré cuando llegue, si lo llevaré con la misma resistencia que vi en otros o si sabré recibirlo con algo más parecido a la gracia. No es una premonición ni una urgencia médica —nada de eso—: es, más bien, una manera de adelantarme a mí mismo, de negociar de a poco con el ego que todavía me queda, antes de que la negociación se vuelva obligatoria. Tengo la impresión de que quien se prepara para ceder algo cede, cuando llega el momento, con menos dolor que quien se resiste hasta el final —aunque tampoco descarto que el bastón, cuando aparezca, resulte tener un discreto aire de accesorio distinguido, lo cual no vendría mal.

Hay, sin embargo, un lugar en este edificio que no comparto del todo con los demás, o que comparto de otra manera: la terraza del piso diecisiete. Subo cuando el ascensor no se queja demasiado —que es, digamos, una de cada cuatro veces, pero ya hemos llegado a un entendimiento tácito— y el clima lo permite, y ahí Montreal se abre en trescientos sesenta grados, sin que yo tenga que elegir hacia dónde mirar. Hacia el norte, el Mont Royal insiste en ser una montaña —aunque la ciudad entera lo haya domesticado con senderos y miradores—; me gusta imaginar, aunque sé que es solo una manera de acompañarme, que la montaña tolera esa domesticación con la paciencia de quien ha visto llegar y pasar demasiadas generaciones como para tomarse a mal una más. Hacia el sur, el río San Lorenzo avanza con una lentitud que a esta altura parece deliberada, como si también él estuviera de acuerdo en no llegar a ninguna conclusión apresurada —y en no hacer comentarios sobre mi ritmo al caminar.

No sabría explicar por qué ese punto exacto —y no otro— se volvió el sitio donde mejor pienso, o donde pienso sin la obligación de llegar a algo. Tal vez sea, simplemente, que ahí arriba la ciudad deja de exigirme una posición. Mi mirada también fue cambiando, aunque no podría fijar el momento; aquello que antes me parecía lúgubre empezó a revelarse, poco a poco, como un espacio de una dignidad discreta. Me inclino a pensar que la tristeza no vive tanto en los edificios como en los ojos que los miran —aunque no lo juraría.

Supongo que lo que temíamos entonces, frente a esas ventanas, era sobre todo la soledad. La imaginábamos como algo que le ocurre a uno al final, igual que una gripe o un despido. Ahora creo, aunque sin demasiada firmeza, que estaba ahí desde antes, debajo de todos los nombres que me fueron dando —hijo, empleado, padre, inmigrante—, debajo de cada amistad y de cada historia que conté sobre mí mismo. Los afectos llegaron, se entrelazaron un tiempo, y algunos se fueron deshaciendo sin ruido, como se despega con los años la etiqueta de un frasco. Lo que no se fue nunca fue el que miraba todo eso: ese testigo un poco terco que soy yo, y que a ratos se parece demasiado al ego con el que ando negociando.

Estar solo, he ido aprendiendo, no es necesariamente estar triste. Tampoco es una virtud ni una forma de fidelidad. Es, quizá, la manera que tiene uno de existir cuando nadie lo está mirando: en la sala de espera de una clínica de la rue Saint-Denis, por ejemplo, cuando dicen un nombre que no es el mío y, por un segundo, de todos modos levanto la cabeza. Hay algo en ese gesto que todavía no sé explicar, una disposición a ser llamado que no se apaga con la edad.

He visto a gente —me he visto a mí mismo, en ciertos inviernos— buscar refugio en compañías que apenas rozaban la superficie, en conversaciones que servían sobre todo para no oír el propio silencio. No los juzgo; el miedo tiene sus razones y casi siempre llega antes que uno. Otras veces, en cambio, uno se sienta con lo que es, sin adorno, y algo se acomoda también por dentro. Es algo modesto —llamarlo paz sería exagerar—, más parecido a la tregua que se hace con un vecino ruidoso: no se resuelve nada, pero por un rato se puede dormir.

Y cuando me siento así, con lo que soy, descubro que ese testigo terco nunca estuvo del todo solo. Al mirar hacia atrás el largo recorrido de mi vida, con sus tramos de sombra y sus destellos inesperados, siento que algo dentro de mí se empaña, como una ventana cuando llueve afuera. Soy muchas vidas habitando el mismo cuerpo: el muchacho que llegó con una maleta de incertidumbres, el hombre que perdió y encontró caminos, el amante de los sueños imposibles, el extranjero que aprendió a llamar hogar a la distancia.

Hay días en que el sol y la noche conviven en mi pecho sin disputarse el territorio. Recuerdo las manos que estreché, los afectos que me sostuvieron, las ausencias que me enseñaron a caminar ligero y aquel niño vulnerable que todavía me acompaña en silencio. También reconozco mis desmesuras, mis ambiciones, los incendios interiores que alguna vez confundí con destino —y que, si soy honesto, solían llevar la firma del mismo ego con el que ahora negocio.

Soy todo eso al mismo tiempo, una suma imperfecta de luces y de grietas. Y hay momentos en que ni yo mismo me reconozco: cuando la tristeza me vuelve hondo y callado como una casa cerrada, o cuando la alegría me desborda como un jardín que nadie se ha tomado la molestia de podar. Nunca he encontrado la manera exacta de decirlo. Quizá la vida no se deja explicar del todo; quizá apenas se deja habitar, con un poco de asombro, mientras dura.

Los pasillos siguen siendo los mismos, la misma puerta, el mismo ascensor cuyo motor se queja un instante antes de arrancar —y finjo, a veces, que ese quejido es una manera suya de saludarme, de reconocer que también él lleva ya demasiados años subiendo a los mismos pisos con la misma gente cada vez más lenta—. El que fue cambiando, creo, fui yo: con el ritmo todavía firme de mis propios pasos, que camino sin ayuda por ahora, pero que ya empiezo a escuchar de otra manera, como quien afina el oído para un sonido que sabe que vendrá —y que, con un poco de suerte, no será el del ascensor atascándose entre plantas.

Y pienso, mientras miro el río desde arriba, que quizá la vejez no sea, después de todo, el lugar al que uno llega, sino apenas la distancia necesaria para empezar a ver con algo de claridad el lugar del que viene; y que esa claridad, cuando llega —si es que llega—, no trae consigo ninguna respuesta definitiva, sino más bien el permiso, tardío pero no por eso menos válido, de dejar de buscarla con la urgencia de antes.

No sé si alguna vez habría llamado privilegio a esta etapa de mi vida; hace treinta años me habría parecido una broma de mal gusto. Hoy pronuncio esa palabra con cierta cautela, casi a prueba, como quien la usa por primera vez en una lengua que no es la suya. Quizá el verdadero asunto no sea si escapé o no del paso de los años —nadie lo hace—, sino qué clase de compañía encontré, sin buscarla demasiado, en el trayecto: la de un edificio, la de un río que no tiene prisa, la de una montaña que la ciudad decidió conservar. No sabría decir todavía si esto es una respuesta o solo una manera más cómoda de seguir haciéndome la misma pregunta, o de seguir negociando —en cuotas tolerables, día tras día— con el ego que aún no he logrado jubilar.

* María Zambrano (1904–1991) Filósofa y ensayista española, creadora de la razón poética. Vivió largo exilio tras la Guerra Civil y se convirtió en una de las voces más originales del pensamiento hispánico. Fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes.

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La dignidad de vivir sin respuestas

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