Capítulo 19
El país que llevamos dentro
Hay un día invisible en el calendario de quien parte, una frontera callada donde el viaje deja de ser una travesía de mapas y se convierte en una metamorfosis del alma. No es solo la distancia física lo que duele; es la geografía de la ausencia, que se instala despacio, como una neblina helada, en los rincones más íntimos de la memoria. He llegado a pensar que el cuerpo emigra en cuestión de horas, pero el espíritu viaja a pie, rezagado, arrastrando las raíces que se negaron a desprenderse de la tierra natal.
Y en ese desfase habita el viajero, suspendido entre dos mundos: un presente que exige la velocidad de lo cotidiano y un pasado que reclama, con la persistencia de los fantasmas queridos, la voz de la infancia, el aroma del patio después de la lluvia, la calidez de un abrazo que nunca necesitó traducción.
La emigración no es un duelo único ni una despedida con fecha de caducidad. Es una lluvia fina de pérdidas cotidianas que cae sin tregua. Se extraña la cadencia de la lengua propia, esa que modulaba los afectos sin esfuerzo; se extraña el sol que calentaba de otra manera, la familiaridad de las calles, los gestos que no necesitaban explicación y ese lugar exacto que ocupábamos en el corazón de nuestra «tribu».
En la tierra ajena, hasta el propio nombre suena de pronto distinto, como si al cruzar la frontera hubiéramos dejado atrás una versión más entera de nosotros mismos. Partir, a veces, se parece a morir un poco: dejar atrás los rostros que nos aman, las costumbres que nos sostienen, esa pequeña patria secreta donde alguna vez fuimos felices. Quizá por eso el exiliado puede sentirse, durante años, como un árbol arrancado de su tierra, obligado a aprender la paciencia de otras raíces.
El cuerpo, noble y cansado guardián, intenta resistir. Se convierte en una fortaleza que debe aprender nuevos códigos, descifrar miradas, acostumbrarse a palabras que al principio parecen tener otra temperatura, y sostener la vida diaria mientras por dentro procesa la melancolía interminable de todo lo que ya no está. Es una fatiga antigua, el mismo peso invisible que Ulises cargó durante años sobre los hombros, intentando recordar el camino de regreso a casa mientras aprendía a sobrevivir en playas extrañas.
Pero quizá nadie nos advierte que el verdadero viaje no consiste en llegar a otro lugar, sino en aceptar que, después de cierto tiempo, tampoco podremos regresar del todo al lugar del que partimos. La tierra permanece, sí —o eso creemos desde lejos—, pero nosotros ya no somos exactamente los mismos que la abandonaron.
Uno abandona una ciudad creyendo que algún día podrá volver a ella. Lo imagina durante años: las calles intactas, las voces de siempre, las montañas ocupando el mismo lugar en el horizonte. Y cuando por fin ensaya el gesto del retorno, descubre que ya no es el mismo; y no solo uno: también la ciudad se ha ido. Se ha corrido de sitio, ha levantado edificios donde había solares vacíos, ha cambiado de nombres y de rostros, se ha disfrazado de otra cosa mientras uno miraba hacia otra parte.
Quizá vivimos sustituyéndonos. El hombre que hoy escribe estas líneas ocupa el sitio del muchacho que corría por las calles de Medellín sin imaginar lo que vendría —y no le pidió permiso—. Los lugares donde estuve, las mujeres que amé y a las que alguna vez quise volver, siguen en mí, pero afuera ya no existen como los recuerdo: otros ocupan su lugar con sus mismos nombres. Regresar se parece entonces a tocar en una casa que conserva la dirección, pero no a quienes la habitaban.
Y, con todo, persiste una terquedad, una pulsión del regreso, como si pudiéramos atrasar los relojes o detener el desgaste de las cosas. Nunca he visto los pedazos de una jarra rota saltar del suelo a la mesa para recomponerse. Tampoco ocurre que dos personas se reencuentren después de medio siglo y recuperen, de pronto, los quince años que tenían. ¿Qué tengo que ver yo, con estas rodillas que anuncian la lluvia antes que el pronóstico, con aquel muchacho de quince? Muy poco. Tal vez nada. No se puede. Pero se desea.
Así fueron pasando los días de aquellos primeros años. No llegaban ni se iban; fluían, uno tras otro, con la puntualidad silenciosa del agua que encuentra siempre el mismo cauce, obedientes a una rutina tan exacta que parecía inmune al error. Y yo esperaba. Esperaba algo cuyo nombre desconocía —no un acontecimiento, no una persona, tampoco un regreso—. Tal vez la lenta reconstrucción de un equilibrio perdido; tal vez apenas una señal, una sacudida capaz de mover ese paisaje interior donde mis pensamientos andaban a la deriva, como hojas que nadie recoge.
Algunos días imaginaba que aguardaba una transformación profunda; otros, apenas una tregua. Pero lo que más deseaba, creo, era sanar. No las heridas visibles, sino las que aprenden a esconderse detrás de los gestos cotidianos —en el bonjour dicho con una cortesía demasiado aplicada, en la pausa antes de contestar el teléfono en otra lengua— y siguen respirando, calladas, bajo las capas sucesivas del tiempo.
Detrás de aquellas esperanzas vagas, envueltas en niebla y en pudor, había también una certeza obstinada que volvía una y otra vez a sentarse a mi lado. Pensaba entonces que uno puede modificar casi todo de sí mismo: cambiar de ciudad, de lengua y de costumbres, corregir errores, domesticar impulsos, abandonar los caminos antiguos y hasta transformar el rostro que le devuelve el espejo. Y sin embargo algo permanece, algo secreto que no sabría llamar de otro modo que una luz. Cada uno avanza bajo una claridad que no eligió del todo y que, aun así, le pertenece; con ella mira sus derrotas y sus amores, lo que perdió y lo que todavía no ha dejado de preguntarse.
En esa fragilidad habita también una fuerza antigua. Quien emigra lleva consigo una maleta invisible llena de aromas, voces, canciones, rostros y nostalgias, y con los años aprende a transformar la soledad en una habitación habitable. Podemos decidir la dirección de nuestros pasos, aunque no siempre la naturaleza de esa luz que los acompaña. Quizá la travesía tenga menos que ver con cambiarla que con aprender a caminar bajo ella —reconocer sus sombras, aceptar sus matices— y descubrir, con la humildad de los años, que incluso una luz tenue alcanza a veces para no perderse del todo en la oscuridad.
La memoria, que a veces duele, también nos salva de convertirnos en extranjeros de nosotros mismos. Es nuestro hilo de Ariadna, esa hebra casi invisible que nos permite atravesar el laberinto de los años sin perder del todo la dirección. Porque, aunque la distancia modifique los paisajes y el tiempo borre algunos nombres de las conversaciones, hay algo de aquella tierra que continúa adherido a nosotros, no como una bandera, sino como una marca secreta de la piel.
Tal vez por eso llega un momento en que uno deja de preguntarse si pertenece aquí o allá. Ya no busca una frontera que pueda resolverlo todo. Aprende, simplemente, a vivir con dos silencios: uno pertenece al lugar que dejó; el otro, al lugar donde aprendió a quedarse. Entre ambos se va formando una patria distinta, hecha de retazos, recuerdos y días presentes, de pérdidas que ya no sangran y de afectos que sobrevivieron a la distancia. No es una patria que pueda señalarse en un mapa. Es algo más frágil: una forma de mirar.
Pienso que quizá ahí comienza una extraña libertad. No cuando desaparece la nostalgia —porque la nostalgia no desaparece—, sino cuando dejamos de exigirle al pasado que vuelva a ser presente. Entonces el alma, cansada de caminar entre ruinas y recuerdos, empieza a andar más liviana. Uno descubre que no tiene que regresar para estar cerca, ni olvidar para seguir adelante. Puede llevar el pasado consigo sin vivir dentro de él.
Crucé senderos de mi propia tierra buscando un norte que creía afuera, hasta entender que ese norte no estaba en ningún mapa, sino en aprender a romper los muros que el pasado seguía levantando. Y en esta claridad serena, casi imperceptible, sigo caminando sin sentir ya la antigua herida. No porque haya dejado de querer lo que quedó atrás, sino porque empiezo a creer que amar un lugar no significa permanecer detenido en él.
En mi camino soy puerto y destino, un hombre que aprendió a navegar sin pedirle al viento que le devuelva las mismas aguas. Llevo conmigo lo que pude salvar, lo que el tiempo no consiguió arrancarme, y también aquello que tuve que dejar morir para poder continuar. Me sé, acaso, un poco más libre. No lo digo con orgullo ni con certeza. Lo digo como quien descubre, después de muchos años, que todavía puede abrir la mano.
Y entonces pienso que quizá la verdadera patria no sea el territorio que perdimos ni aquel en el que conseguimos rehacer la vida, sino ese lugar secreto donde los recuerdos dejan de exigirnos regreso y empiezan, lentamente, a acompañarnos. Allí, entre lo que fuimos y lo que todavía somos, llevo el futuro apretado en la mano. No sé hacia dónde. Pero esta vez no necesito saberlo.
-------------------------------
Disponibles en amazon.com *
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
-------------------------------------------- Contacto:
abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------
No hay comentarios:
Publicar un comentario