sábado, 13 de junio de 2026

18 — La quietud que nos llama

 Capítulo 18

La quietud que nos llama

A veces me pregunto por qué corremos tanto. No tengo una respuesta que me convenza del todo. Quizá sea una costumbre heredada, algo que aprendimos antes de poder cuestionarlo; una sombra antigua que nos empuja hacia un futuro que siempre parece estar unos pasos más adelante, retrocediendo a medida que avanzamos, como el horizonte que nunca se deja alcanzar.

Caminamos rápido, respiramos corto. Como si el tiempo fuera un tren a punto de partir y nosotros, siempre con el abrigo a medio poner, intentáramos alcanzarlo antes de que cerrara sus puertas. Vivimos con la sensación de llegar tarde a algo cuyo nombre apenas conocemos.

Hay una extraña tristeza en eso. La descubrí tarde. Pasamos la vida creyendo que corremos hacia algo, cuando muchas veces lo hacemos para alejarnos de algo que no sabemos nombrar. Quizá del miedo. Quizá del silencio. Quizá de esa parte de nosotros que solo aparece cuando el mundo deja de hacer ruido.

Yo corrí así casi toda mi vida, aunque entonces no lo llamaba correr. Le decía estudio, le decía trabajo, le decía responsabilidad. Había siempre algo más adelante que parecía urgente, una meta que justificaba la prisa del día: un título, un puesto, una cuenta que no terminara en números rojos. Detrás de esas cosas iba también un hijo, su crecimiento, el deseo de que algún día pudiera sostenerse solo en el mundo, sin necesitar ya el brazo que uno le ofrecía. Y detrás de todo eso, sin nombre propio, la vieja inseguridad de no tener nunca lo suficiente, de que el suelo pudiera ceder en cualquier momento si uno se distraía.

Los años tienen la costumbre de revelar verdades sin hacer ruido. No llegan como relámpagos. Se parecen más a la nieve de Montreal: caen despacio, una capa sobre otra, hasta que una mañana uno abre la ventana y descubre que el paisaje entero ha cambiado.

No me arrepiento de haber corrido así. Pero ahora, desde esta quietud que no busqué del todo, entiendo algo que entonces no podía ver: cada meta alcanzada abría paso a otra, como puertas que dan a más puertas, y nunca hubo un punto final donde decir: ya llegué, ahora puedo quedarme quieto. La carrera no terminaba porque las metas no eran el final; eran apenas el siguiente tramo.

Con los años he descubierto algo que no sé si llamar verdad o simplemente acomodo: allá adelante no nos espera la promesa que imaginamos, sino la nostalgia de lo que dejamos atrás. El futuro, ese territorio que construimos con tanta esperanza, suele estar hecho de ausencias. De voces que ya no escuchamos. De manos que ya no nos buscan. De lugares que sobreviven únicamente en la memoria, y que la memoria —esa artesana paciente— pule y suaviza hasta volverlos más hermosos de lo que fueron.

El tiempo tiene esa manía silenciosa de convertirlo todo en recuerdo. Lo que hoy te roza la piel, mañana será apenas un eco tibio. Lo que ahora parece pequeño, urgente o trivial —el olor del café disolviéndose en el aire de la mañana, la luz de marzo entrando oblicua por la ventana del pasillo, el crujido del edificio cuando todos duermen todavía— un día será un refugio al que volverás con los ojos cerrados.

A veces pienso que la vida está hecha menos de grandes acontecimientos que de estas migas de tiempo. Una taza olvidada sobre la mesa. Un abrigo colgado detrás de la puerta. El sonido lejano de alguien caminando sobre la nieve antes del amanecer. Cosas pequeñas. Cosas que creemos eternas hasta el día en que desaparecen y comprendemos que eran el verdadero centro de nuestra existencia.

Me detengo. O intento detenerme. No siempre lo logro. Hay días en que la inercia gana, en que me descubro haciendo tres cosas al mismo tiempo sin recordar bien por qué empecé ninguna de las tres. Pero cuando puedo, respiro este minuto como si fuera algo que se pudiera perder con descuido, como quien sostiene entre las manos un objeto frágil cuyo valor solo comprende cuando teme dejarlo caer.

He pensado mucho en la prisa. En por qué nos cuesta tanto quedarnos quietos. No creo que sea solo impaciencia. Sospecho que también es una forma de no escuchar lo que uno siente cuando se detiene. Porque detenerse obliga a mirar. Y mirar, a veces, duele. Moverse es, en ocasiones, una manera educada de huir.

Llenamos los días de tareas, de pantallas, de pequeñas urgencias inventadas. El ruido tiene la extraña virtud de protegernos del silencio, y el silencio, cuando por fin llega, suele traer preguntas para las que nunca encontramos un momento adecuado.

Sin embargo, hay algo en la quietud que insiste.

Una voz tenue, casi imperceptible.

Aparece cuando la tarde se vuelve dorada sobre los tejados. Cuando el camión de la basura vacía los contenedores con su estruendo metálico y, al alejarse, deja el barrio sumergido en un silencio aún más profundo. Cuando la nieve detrás del cristal parece suspender por un instante el movimiento del mundo. Entonces uno comprende que la vida rara vez sucede en los grandes acontecimientos. Casi siempre ocurre en esos momentos pequeños que pasan inadvertidos mientras los vivimos y que solo reconocemos como valiosos cuando ya pertenecen al reino de la memoria.

Este hoy —este pequeño hoy que late de forma irregular, que no siempre tiene la forma que uno quisiera— solo existe una vez. Y eso, lo confieso, todavía no sé cómo se sostiene en la mano.

No sé si al final se trata de honrar lo que tenemos. No me fío mucho de las frases que saben adónde van. Pero sí creo que hay algo en la quietud —no la quietud del que renuncia, sino la del que permanece— que aún no termino de entender, y que por eso me sigue llamando.

Tal vez la sabiduría no consista en llegar más lejos ni más rápido, sino en aprender a quedarse el tiempo suficiente para ver cómo cambia la luz sobre las cosas que amamos. A mirar sin prisa lo que todavía está aquí antes de que el tiempo, con su paciencia infinita, lo convierta también en recuerdo.

Porque la vida no siempre nos llama desde el futuro.

A veces nos llama desde este instante frágil y silencioso que está ocurriendo ahora, mientras aún tenemos la fortuna de habitarlo.

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