Capítulo 78
Las estaciones del alma
Hay noches en las que mi «jardín interior» despierta antes que yo. No hace ruido. Apenas mueve las hojas de lo vivido y deja escapar, de vez en cuando, una fragancia que no sé de dónde viene. Entonces me quedo quieto, como quien teme espantar una presencia conocida, y escucho. A mis años uno aprende que hay silencios que no están vacíos: guardan voces, rostros, lugares y hasta ciertas tristezas que se han quedado a vivir sin pagar alquiler.
En esas noches el «alma» conversa con las estaciones como si fueran viejos fantasmas. A la primavera le pide que no se apresure. Que no borre del todo el invierno. Que deje alguna nieve sobre la pradera, una pequeña reserva de blancura para que la oscuridad conserve su pureza. Quizá por eso me conmueve el polvo que se posa, despacio, sobre los objetos que ya no uso. No porque sea hermoso —no lo es—, sino porque tiene esa manera silenciosa de cubrirlo todo sin destruir nada. No pregunta qué hubo debajo. Simplemente llega y se queda. Tal vez así funciona también la «memoria».
Hay cosas que creemos haber olvidado y que, de pronto, una noche cualquiera, regresan intactas. Una calle. Una voz. El olor de una casa. La luz de una ventana. Una mano pequeña que alguna vez cupo entera en la nuestra. No sabemos quién las llamó. Aparecen sin permiso, se sientan junto a nosotros y esperan. Y uno, que ya no tiene la prisa de antes, las deja quedarse.
A veces el alma suelta «mariposas». No sé de dónde las saca. Las imagino saliendo de algún rincón secreto, con las alas todavía húmedas de recuerdos. Las deja volar sobre el jardín, sin dirección ni destino, como pequeñas lámparas que buscan una verdad que quizá perdí hace muchos años.
Yo las observo. Les digo que no se alejen demasiado. Pero las mariposas no obedecen a los viejos. Ellas conocen otra geografía. Van de una flor a otra, se posan sobre una palabra, rozan el recuerdo de un rostro y siguen adelante. Tal vez buscan aquello que nosotros dejamos de buscar por cansancio. Les pido que recojan la luz que el día abandonó en alguna parte y que me la traigan cuando regresen.
Nunca regresan. O quizá sí, pero lo hacen convertidas en otra cosa. Una emoción inesperada. Una lágrima que no termina de caer. Una sonrisa que aparece sin motivo mientras uno mira por la ventana.
Esta alma podría morir de una fragancia nocturna. De un suspiro que se escapa en la penumbra. De un verso pronunciado sin voz. Tiene esa fragilidad de las cosas que no se pueden tocar y, sin embargo, nos tocan. Nada sabe con certeza y todo lo cuestiona. A veces niega lo que más desea, quizá porque ha descubierto que algunas verdades, cuando se poseen demasiado, pierden su misterio.
Por eso prefiere la noche. La oscuridad no exige explicaciones. En ella caben mejor las preguntas que quedaron sin respuesta, las despedidas que no supimos hacer y aquellas palabras que llegaron tarde a la boca. Hay silencios que no nacen de la ausencia de palabras, sino de todo lo que alguna vez quisimos decir y no dijimos.
Un alma también toca otras almas como quien palpa sombras. No busca certezas. Busca calor. Ha aprendido a desconfiar de las huellas porque sabe que la lluvia las borra, que la nieve las cubre y que hasta los caminos más transitados terminan desapareciendo. Pero hay algo que se resiste: una caricia, una mirada, un gesto pequeño que permanece cuando todo lo demás se vuelve borroso.
Quizá por eso recuerdo más una mano sobre mi hombro que muchas conversaciones. Vivo solo, pero no únicamente en compañía del vacío. La soledad también tiene sus habitaciones, y con los años uno aprende dónde sentarse dentro de ellas. Hay tardes en que basta una ventana y el rumor lejano de Montreal —un camión de reparto, una sirena que se pierde hacia el este— para sentir que el mundo continúa, aunque ya no nos pida participar en todo. Quizá envejecer consista, entre otras cosas, en dejar de reclamarle un lugar en primera fila.
La memoria tiene sus caprichos. Guarda algo sin importancia y desecha un acontecimiento. Conserva el sonido de una risa y deja perder una fecha. Se aferra a una tarde cualquiera y olvida los años enteros que la rodearon. A estas alturas ya no intento corregirla. Me inclino a creer que la memoria no es un archivo: es un jardinero caprichoso. Planta donde quiere. Arranca cuando se le antoja. Y algunas veces, cuando menos lo esperamos, hace florecer aquello que creíamos muerto.
A veces lo que florece es justamente una risa. Conviene dejar constancia de ella antes de que la memoria, que tiene sus preferencias, se vuelva demasiado seria. Porque no todo fue perder trenes ni amar a personas que ya no pronuncian mi nombre. Hubo noches largas, amigos capaces de sostener una mesa con una sola carcajada, amores que enseñaron la alegría sin necesidad de explicarla y madrugadas en que una botella pasaba de mano en mano mientras creíamos, con la inocencia de entonces, que aquello iba a durar para siempre. Éramos jóvenes y no lo sabíamos.
Ahora miro hacia atrás sin pedir demasiadas explicaciones. Lo que imaginé con fervor terminó ocurriendo de otra manera; lo que parecía seguro se deshizo sin hacer mucho ruido. La vida nunca firmó un contrato con nosotros. No prometió justicia ni permanencia; ni siquiera tiempo suficiente. Apenas nos lo fue entregando por partes, como quien presta algo sin decir cuándo habrá que devolverlo.
Lo que llevo dentro tampoco está satisfecho consigo mismo. Vaga. Corre. Gira. Se detiene. A veces sangra sin herida visible. Otras veces delira con la tranquilidad de quien ya no tiene nada que demostrar.
Todavía quiere avanzar. Se imagina como un viejo tranvía, de esos que ya no existen en esta ciudad, cuyas huellas, dicen, siguen dormidas bajo el asfalto. No sabe si llegará a ninguna parte. Tampoco importa demasiado. Hay trayectos que no se emprenden para llegar a destino, sino para no quedarse quieto frente a lo que ya pasó.
Durante muchos años confundí vivir con avanzar. Hoy no estoy tan seguro. Hay momentos en que vivir consiste apenas en permanecer de pie mientras algo termina, recoger lo que queda y seguir con aquello que todavía puede llevarse. El exilio me enseñó, además, que una parte de uno puede quedarse lejos y, sin embargo, acompañarnos todos los días. Hay lugares que dejamos atrás y que continúan en nosotros con una obstinación tranquila, como esos rieles que nadie ve y que el asfalto no ha conseguido borrar.
Quizá eso sea escribir. Seguir avanzando con las luces encendidas mientras alrededor todo parece sombrío. No para corregir la historia —eso ya no está en mis manos—, apenas para acompañarla un rato.
Desde mi jardín interior miro entonces las estaciones pasar. Algunas llegan cargadas de flores; otras traen frío glacial, hojas secas o una lluvia que parece interminable. Ninguna se queda. Todas cumplen su pequeña ceremonia y desaparecen.
Yo también he ido desapareciendo un poco con ellas. No me preocupa demasiado. O tal vez no quiera aceptarlo. A mi edad me pregunto si vivir no será solamente permanecer, sino también, quizás, dejar algo de luz en los lugares por donde uno pasó: una palabra, una ternura, una historia contada antes de que el silencio se la lleve.
Y quizá somos, al final, lo que queda después de haber perdido unas cuantas cosas. No siempre lo mejor ni lo más importante; a veces apenas aquello que, por alguna razón, se negó a desaparecer. Una amistad que sobrevivió a los años. Una voz que todavía reconozco. El gusto por una conversación tranquila. La costumbre de escribir cuando nadie llama. La capacidad, todavía intacta, de sorprenderme ante una cosa pequeña. También las pérdidas, por supuesto, y esos adioses que tardaron años en convertirse en adioses.
Por eso todavía cultivo este jardín. No para que florezca siempre. Sería pedirle demasiado a la vida. Lo cultivo para que conserve alguna raíz cuando llegue el invierno. Para que entre sus sombras puedan seguir habitando los rostros que amé, esa mano que fue creciendo hasta que ya no cupo en la mía —y en la que sigo pensando aun ahora, cuando la distancia ha aprendido a comportarse como una costumbre—, los lugares que perdí y las versiones de mí mismo que alguna vez creyeron que el mundo era infinito.
Por las noches, cuando todo calla, vuelvo a caminar por sus senderos. Las flores ya no son las mismas. Las estrellas tampoco. Y yo, mucho menos. Sin embargo, hay algo que permanece. Una pequeña luz al fondo del jardín. No sé si viene del cielo, de la memoria o de ese lugar secreto donde todavía conversamos con quienes fuimos.
Me acerco despacio. No quiero despertarla. Quizá esa luz sea lo único que la vida nos concede cuando ya hemos aprendido a perder: la posibilidad de seguir amando aquello que se fue sin exigirle que regrese.
Entonces pienso que mi jardín no está hecho solamente de recuerdos. Está hecho también de ausencias, de esperas, de sueños que no encontraron dónde quedarse y de pequeñas alegrías que, contra todo pronóstico, todavía florecen.
Y mientras camino entre ellas, escucho a mi alma quedarse quieta. No pide mucho. Que la noche no termine demasiado pronto, que alguna mariposa vuelva a cruzar el jardín, y que, aunque sea lejana, una estrella continúe encendida. Porque mientras haya una luz allá arriba, por pequeña que parezca, todavía habrá un rincón dentro de mí dispuesto a mirar hacia ella.
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