sábado, 5 de septiembre de 2026

71 - Los amigos que seguimos siendo

 Capitulo 71

Los amigos que seguimos siendo

Con los años uno descubre que la vejez no llega de golpe. Se instala despacio, sin hacer ruido, como esas visitas que conocen la casa y ya no necesitan llamar a la puerta.

Tal vez una de sus primeras señales sea esta: empiezan a regresar los amigos.

No necesariamente los de ahora. Regresan los de antes, los que pertenecen a una época en la que uno todavía no sabía que estaba viviendo una época. Los que conocieron nuestra risa antes de que aprendiéramos a moderarla, nuestras ilusiones antes de que la vida les pusiera nombre a las decepciones. Amigos que sabían quiénes éramos cuando nosotros apenas lo sospechábamos.

A veces pienso que cada amistad fue una manera distinta de conocernos.

Con uno aprendimos a ser valientes. Con otro, a no tomarnos demasiado en serio. Hubo quien conoció nuestra parte más vulnerable y quien solamente necesitó sentarse a nuestro lado para entenderla. Cada amigo parecía tener una llave diferente de esa casa que llamamos nosotros mismos.

Y cuando alguno se va, comprendemos que no desaparece solamente una persona.

Desaparece también una versión de nosotros.

Eso es lo extraño de perder amigos con los años. No solo se pierde su compañía, sus conversaciones, sus ocurrencias o aquella manera particular que tenían de pronunciar nuestro nombre. Se pierde el hombre que éramos cuando estábamos con ellos.

Hay amigos que conocieron una juventud que ya no existe. Otros fueron testigos de nuestros errores, de nuestras pequeñas hazañas, de esas decisiones que entonces parecían definitivas y que ahora apenas nos producen una sonrisa. Con ellos quedó guardada una parte de nuestra vida que nadie más puede certificar.

Quizás por eso algunos muertos siguen teniendo cierta autoridad sobre nosotros.

No porque nos hablen desde ninguna parte misteriosa, sino porque conservamos intacta la mirada con la que alguna vez nos vieron. Y esa mirada, después de tantos años, todavía puede corregirnos.

La vejez tiene esa extraña cortesía: devuelve lo que creíamos perdido, aunque no siempre de la manera que esperábamos.

Una palabra. Un apellido. Una canción escuchada por casualidad. La forma de reírse de alguien en la calle. Y de pronto aparece un amigo que llevaba treinta años sin visitarnos.

No viene con solemnidad.

Llega como llegaban antes: sin pedir permiso.

Entonces uno recuerda una conversación que había olvidado, una tarde cualquiera, una estupidez que nos hizo reír durante horas. Y comprende que la memoria no conserva la vida entera. Hace algo más caprichoso: guarda pequeñas escenas y deja que el resto se pierda.

Quizás así trabaja también la amistad.

No como un archivo ordenado, sino como esas cosas que permanecen sin que sepamos muy bien por qué.

A veces me pregunto cuántos hombres distintos fui gracias a mis amigos. Cuántas cosas de mí nacieron en esas conversaciones interminables, en aquellas discusiones inútiles que entonces parecían importantes, en las caminatas sin propósito, en las confidencias que nunca volvieron a repetirse.

Uno cree que los amigos nos acompañan durante una parte de la vida.

Tal vez sea al revés.

Tal vez sean ellos quienes, durante un tiempo, nos prestan una vida distinta.

Y después se marchan.

Algunos a otra ciudad. Otros hacia otras costumbres. Algunos, simplemente, hacia ese lugar definitivo al que todavía nos cuesta ponerle nombre.

Pero algo queda.

No exactamente el recuerdo. El recuerdo cambia, se equivoca, mezcla fechas y rostros. Queda algo más difícil de explicar: una manera de mirar, una frase que uno todavía utiliza sin recordar de quién la aprendió, cierta forma de reírse de las desgracias, una paciencia que antes no teníamos.

Quizás los amigos que hemos perdido continúan viviendo de esa manera: escondidos en nuestros gestos.

A cierta edad ya no se trata de recuperar el tiempo. Eso sería pedirle demasiado a la memoria. Basta con reconocer que algunas personas siguen caminando con nosotros aunque ya no estén a nuestro lado.

El otro día, mirando la luz de la tarde sobre las fachadas del Plateau-Mont-Royal, pensé en uno de ellos.

No intenté recordar exactamente su rostro. Me sorprendió descubrir que ya no podía hacerlo con absoluta precisión.

Recordé, en cambio, su manera de reír.

Y me pareció suficiente.

Quizás envejecer consista también en eso: ir perdiendo detalles y conservar, contra toda lógica, lo esencial.

Los amigos se van.

Algunos desaparecen de nuestra vida; otros desaparecen de la vida.

Pero hay una parte de ellos que permanece en nosotros, no como una estatua ni como una fotografía, sino como una costumbre del alma.

Y entonces comprendo algo que antes no sabía:

uno nunca deja del todo de ser el amigo que fue.

Por eso, cuando alguno regresa desde la memoria, no viene solamente a recordarnos quién era él.

Viene a recordarnos quiénes éramos nosotros.

Y durante un instante —solo un instante— volvemos a ser aquellos hombres que todavía no sabían que algún día tendrían que aprender a despedirse.

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jueves, 3 de septiembre de 2026

*** 70 - «Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

Capítulo 70

«Un manual de filosofía para desarmar la vejez»

No sé si esto sea un manual de filosofía. Para empezar, no tengo credenciales para semejante oficio. Pero a estas alturas he aprendido algunas cosas que no vienen en los libros: cuándo gastar, cuándo callar, cuándo reírse, cuándo decir que no y, sobre todo, cuándo dejar de esperar. Tal vez la vejez no necesite que la entendamos tanto como que aprendamos a desarmarla.

Porque la vejez también se puede desarmar. No a golpes, porque uno ya sabe que los golpes salen caros, sino quitándole pieza por pieza aquello que más la hace temible: el miedo, la prisa, la necesidad de demostrar y esa absurda costumbre de creer que todo lo bueno ocurrió antes. Después de tantos años, uno descubre que algunas reglas de la vida solo aparecen cuando ya no tiene sentido ignorarlas. Este es, pues, mi pequeño manual. No sirve para detener la vejez —eso sería pedirle peras al olmo—, pero quizá sirva para sentarse a conversar con ella sin que se crea tan importante.

A cierta edad, el cuerpo deja de pedir permiso y empieza a exigir explicaciones. Uno descubre entonces que la vida ya no se mide en monedas sino en mañanas. Y yo, que crucé la frontera de los sesenta hace rato —sin pasaporte ni sellos de aduana—, he decidido dejar de contar centavos para contar atardeceres y silencios bien ganados. Esos que antes pesaban como soledad pura, ahora saben a libertad decantada.

Primera regla: no guardar toda la vida para después. El después es un país al que nadie tiene visa asegurada.

Porque mientras uno sigue guardando plata «por si acaso», los «por si acaso» están allá afuera, afilando el colmillo como perros callejeros, esperando que a uno le dé por cansarse para robarle el gusto de vivir. Yo ya trabajé, ya sufrí, ya me partí la espalda y el alma. Cargué recuerdos queridos como quien carga bultos de preguntas sin respuesta, y con esa carga a cuestas fui subiendo, sin darme cuenta, la única montaña que me quedaba por subir: se pierde agilidad en la subida, pero se gana horizonte. Ahora me toca a mí, carajo —y no es egoísmo, aunque a ratos se sienta así: es supervivencia del espíritu, la única que de verdad cuenta cuando el cuerpo empieza a pedir tregua—. Ya estoy en la parte alta, donde el aire es más puro y las preocupaciones se ven pequeñas, como hormigas en el valle.

Segunda regla: después de haber cargado tanto, uno tiene derecho a viajar más ligero.

He aprendido que envejecer es volverse experto en economía emocional: gastar menos en preocupaciones y más en placeres terrenales.

Tercera regla: gastar en lo que todavía puede devolverle sabor a la vida.

Con los años uno descubre que no todo gasto se mide en dinero. También gastamos tiempo, paciencia, afecto y hasta la poca energía que nos queda en asuntos que, mirados desde cierta distancia, no valían ni una arruga. Por eso conviene escoger mejor dónde poner lo que todavía tenemos. Una conversación que nos hace bien, una comida disfrutada sin culpa, un libro, una caminata, una risa inesperada: pequeñas inversiones que no aparecen en ningún estado de cuenta, pero que suelen rendir mejores intereses que muchas preocupaciones. A cierta edad, hasta perder el tiempo puede ser una forma inteligente de aprovecharlo.

El café caro, por ejemplo. Antes me parecía un lujo innecesario; ahora es una ceremonia que tomo despacio, como un poema caliente que se bebe a sorbos y que en cada uno trae de vuelta la cocina de mi madre, un primer beso que supo a travesura recién estrenada, alguna madrugada de trabajo que me dejó medio torcido y me robó cosas que ahora intento recuperar, como quien recoge piezas sueltas de sí mismo por la casa.

Si alguien me dice que es un desperdicio, sonrío con esa sonrisa que solo se aprende después de sobrevivir a la vida: el verdadero desperdicio no es darse un buen gusto, sino llegar al final sin haberse sentado nunca a saborear algo rico. Y, de paso, sigo dándome mis licencias: comer con grasa, porque, con los años, el colesterol ya me conoce y no se mete conmigo; reírme cuando no debería; y tomarme un par de roncitos los fines de semana, que por estos días ya cuentan como terapia alternativa. También procuro celebrar cada mañana como si fuera un pequeño triunfo doméstico. A veces la vida se parece a un peine que llega cuando uno ya se quedó calvo: llega tarde, pero al menos sirve para rascarse la espalda con estilo.

También entendí que, con los años, uno se vuelve experto en detectar vendedores de humo. Siempre aparece alguien diciendo que tiene «el negocio del siglo», que va a revolucionar el mercado, que solo necesita «una pequeña inversión». Y uno los escucha con la malicia indígena activada, esa que despierta sola cuando alguien empieza a hablar demasiado bonito, porque ya sabe que el único mercado que revolucionan es el de las promesas. Mi consejo, si es que a esta edad todavía sirve dar consejos, es simple: hay que apoyar con cariño, pero no con plata. La fe es infinita; la pensión, no. Uno no llegó hasta aquí para convertirse en cajero automático con memoria sentimental.

Cuarta regla: ayudar no significa dejarse usar. Hay afectos que se conservan mejor cuando uno sabe dónde termina la solidaridad y dónde empieza el abuso.

Los nietos, en cambio, son otra historia: no vienen con planes de negocio ni con discursos de «oportunidad única», sino con la simple magia de existir. Son una segunda oportunidad de reír sin culpa. Pero ojo: uno no está para criar más a nadie. A esta edad, el único que debería despertarme a las seis de la mañana es el sol, no un niño de esos que son capaces de desbaratar un balín. Y, sin embargo, cuando pienso en mi hijo… a veces me despierto con el recuerdo del olor a talco y pienso que valdría la pena perder una mañana de sueño por ver de cerca ese milagro de brazos pequeños. Solo que ahora el cuerpo decide, y el cuerpo ya no pregunta. A mi edad, una fiesta salvaje es quedarme despierto hasta las diez sin acidez ni Mylanta, que ya es casi un acto de rebeldía fisiológica. Hay que escoger las madrugadas con gratitud y sin desespero.

Quinta regla: querer mucho no obliga a renunciar al descanso.

Y hablando de energía… la gente cree que envejecer es apagarse. No. Envejecer es cambiar de voltaje. Uno ya no ilumina como bombillo de feria; ahora brilla como lámpara japonesa: suave, cálida, elegante, esa luz que no alumbra estadios pero que le permite a dos personas mirarse a los ojos sin estorbo. El que no lo entienda, que siga corriendo detrás de la juventud como si fuera una promoción de supermercado, que siga comprando cremas milagrosas para detener lo que no se detiene, mostrando una vitalidad prestada que, en el fondo, no es más que pánico disfrazado.

Porque hay que ser valiente para envejecer con las canas al aire, con la piel contando su verdad sin maquillaje y con una risa que no envidia la frescura de los veinte, porque sabe lo que costó cada arruga. A ese, prefiero llamarlo remasterizado, no envejecido. Yo ando en alta definición, aunque a veces la pantalla se me congela por unos segundos.

Sexta regla: aceptar el cuerpo sin entregarle el gobierno de la vida.

Decidí, no sé si con toda la razón, que mi cuerpo es mi casa y mi ánimo, un jardín. La casa hay que mantenerla decente, sí, pero sin obsesiones: aceptar que cruje de noche, que las ventanas ya no cierran del todo, que el techo tiene goteras y aun así la sigo barriendo, agradecido de que me haya aguantado tanto. El ánimo, en cambio, hay que regarlo todos los días: con música, con caminatas, con recuerdos que no duelen, con historias que todavía se pueden contar sin llorar. Y también con las que se lloran un poco, porque esas también nutren. Hay lágrimas que abonan la tierra de adentro para que florezca lo que sigue.

Séptima regla: cuidar el jardín aunque la casa tenga algunas grietas.

Si alguien me dice que «ya no sirvo para nada», le devuelvo una risa que parece batalla ganada. ¿Que no sirvo? Claro que sirvo: para evitar urgencias, para no explicarle mi existencia a nadie y —sobre todo— para ser el único en la mesa que distingue un vino barato sin arruinar la foto del brindis. Servir, a esta edad, es un lujo de pocos. Y sirvo para algo más raro: para ser testigo, para donar sangre, para contar cómo era el mundo antes de las pantallas, para recordar los nombres de los que se fueron y que no mueran del todo. Esa también es una forma de servir: ser archivo vivo, memoria con voz. Quizá esa sea una de las pocas riquezas que la edad entrega sin cobrarnos intereses:

haber visto.

Octava regla: mientras uno pueda contar algo, todavía tiene algo que entregar.

Y si el resto quiere amargarse, pues de malas. Yo ya hice suficiente fila en esta existencia como para seguir esperando permiso. A medida que envejezco, el tiempo juega a mi favor: como les ocurre a tantos hombres al llegar a cierta edad, ando entre los demás con la extraña condición de quien ya es transparente. Nadie me pide cuentas, nadie espera que opine sobre el precio del dólar, y nadie nota si salí con la camisa al revés. Hay invisibilidades que se sufren; esta, la verdad, la disfruto bastante. Así que ahora camino ligero, con humor, con dignidad, y yo, que le tengo fobia a ser un viejo gruñón, prefiero esta terquedad tranquila de quienes han sobrevivido a varias pandemias y tres fines del mundo. Aquí sigo.

Y sobrevivir no es poca cosa: es haber mirado al miedo a los ojos, haber enterrado sueños y haber plantado otros, haber entendido que la derrota no es caer sino quedarse en el suelo. Ya ni me acuerdo del origen de la mayoría de mis cicatrices, pero las llevo puestas como condecoraciones de una guerra que no declaré y que, por ahora, no he perdido.

Novena regla: no pedir permiso para disfrutar lo que todavía está vivo. La madurez no es dejar de reír: es reír con más causa. Y yo ya tengo causa, y hasta efecto.

Porque envejecer, al final, no es deteriorarse: es afinar la capacidad de encontrar gracia en lo que antes pasaba desapercibido. Es descubrir que la risa, aunque sea mínima, es una forma de lucidez, y que en esa lucidez hay una libertad que ninguna juventud conoció, ocupada como está en llegar, en demostrar, en conquistar. La vejez sabia, en cambio, se sienta en el umbral y contempla. Ya no demuestra nada. Ya no conquista territorios, conquista instantes. Ya no persigue la felicidad: la reconoce cuando pasa a su lado, la invita a sentarse, comparte con ella un té. Y la felicidad, agradecida, se queda. No toda la tarde, pero se queda lo suficiente. Y con eso basta.

Décima regla: no perseguir la felicidad; reconocerla cuando se sienta a la mesa.

Y si los reveses y las vicisitudes de la vida no me tumban, pues viviré hasta que toque colgar los guayos o, como decía un amigo futbolero de Medellín, «hasta que el árbitro de arriba me pite el final del partido». No pienso pedir tiempo extra: este partido ya lo jugué con ganas, esquivé golpes, celebré goles inesperados y me reí de mis propias caídas. Al final, nadie entiende bien las reglas de la vida, y yo ya no estoy para discutirlas. Que las discuta otro; yo ya tengo bastante con jugar el partido.

Y si el paraíso existe, que haya sabores de Colombia, sillas que no crujan y wifi celestial para no perderme los partidos de la Selección. Si no existe, que no me despierten antes del mediodía, porque esta vida ya la madrugué bastante. Mientras tanto, sigo aquí, con la salud del burro, la fe del carbonero y el humor del que ya no tiene nada que demostrar. Y si todo falla, siempre puedo hacerme el dormido. A mi edad, eso es una habilidad, no una excusa.

Ese sería, pues, queridos lectores, por ahora mi manual. No tiene garantías, no trae repuestos y probablemente tampoco sirve para todos. Pero tiene una ventaja: fue escrito después de haberle dado vuelo a la hilacha, como aprendí en mis pasos por la tierra del tequila, donde esa expresión es casi un certificado de buena conducta para disfrutar sin remordimientos. Y eso —a cierta edad— ya es una forma bastante respetable de filosofía.

Y si a alguno le parece incompleto, no se preocupe: la vida tampoco viene con instructivo, y aun así todos la usamos como si supiéramos. Ustedes sigan leyendo, sigan viviendo, sigan equivocándose con estilo. Yo, por mi parte, seguiré actualizando este manual cada vez que la existencia me dé otro golpe, otro milagro o, mínimo, otro motivo para reírme.

Nos vemos en el próximo capítulo, si la vejez me deja señal y ustedes me invitan a cafecito con pan.

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

69 El oficio de hacerse viejo

Capítulo 69

 El oficio de hacerse viejo

Hay un momento en la vida en que uno descubre que envejecer no consiste exactamente en perder pertenencias, sino en dejar de necesitarlas todas.

Al principio uno se resiste con cierta fiereza. Pretende conservar la memoria intacta, el vigor de antaño, la agilidad para levantarse del sillón y la capacidad de recordar por qué demonios acaba de entrar en la cocina. Después comprende que hay batallas que no justifican el esfuerzo de atarse los cordones.

La vejez llega sin ceremonia. No llama a la puerta ni envía una nota de cortesía. Un buen día uno descubre que el propio cuerpo ha comenzado a tomar decisiones por su cuenta y en asamblea unánime. Las rodillas opinan sobre el diseño arquitectónico de las escaleras. La columna vertebral eleva una protesta formal ante cualquier movimiento imprevisto. Los zapatos parecen haber ganado misteriosamente medio kilo durante la noche. Y las gafas, depositadas hace un instante sobre la mesa, se esfuman con un sigilo que ya quisiera para sí un ladrón de guante blanco.

Entonces comienza el verdadero oficio. Porque envejecer es, ante todo, el noble arte de adquirir mañas.

Una de ellas es caminar despacio. No por afán de impuntualidad, sino porque la experiencia enseña que lo más interesante suele ocurrir durante el trayecto: una charla improvisada en la esquina, un árbol que ha decidido florecer sin permiso municipal, el aroma del pan recién horneado o una nube caprichosa que nadie más se ha detenido a contemplar.

Antes, uno corría detrás del autobús con la misma urgencia con que de muchacho corría detrás de la chiva que subía la loma, allá donde el polvo del camino se le pegaba a las medias del colegio. Hoy, si el vehículo arranca, uno lo contempla alejarse con una dignidad que tiene un tercio de filosofía y dos tercios de cansancio. «Que le vaya bien», murmura uno para sus adentros. Y retoma el paso.

La memoria también desarrolla sus propios modales. Guarda con una fidelidad conmovedora el nombre del compañero de pupitre al que no vemos desde 1965, pero se niega en redondo a revelar dónde quedaron las llaves hace cinco minutos. No conviene discutir con ella. A cierta edad, la memoria ejerce de administradora caprichosa: traspapela expedientes cruciales, elimina archivos sin guardar copia de seguridad y conserva recibos inútiles. Sin embargo, también obra pequeños milagros que antes ignoraba. De pronto, rescata el vapor de una cocina de la infancia, el patio soleado de una casa ya demolida, una voz olvidada, una tarde cualquiera. Y uno comprende que tal vez la memoria no está diseñada para almacenarlo todo, sino para salvar lo único que aún tiene algo que decirnos. Por eso no inquieta perder un par de datos por el camino. Hay recuerdos que pueden marcharse en silencio; no todos merecen jubilación con honores.

El paso del tiempo regala, además, un privilegio que de joven parecía inaccesible: la absoluta libertad de no tener que demostrar nada a nadie. Ya no urge tener la última palabra, ni parecer ingenioso, ni convencer al vecino de arriba, ni justificar decisiones tomadas hace tres décadas. Se descubre que la mayoría de las discusiones no eran más que dos cansancios enfrentados defendiendo su postura.

Se empieza entonces a cultivar el silencio. No un silencio solemne, de museo o de fotografía oficial, sino ese otro silencio doméstico que permite escuchar el repiqueteo de la lluvia, el choque de la cuchara contra la loza o el leve suspiro con que la casa recibe el atardecer.

Hasta los objetos parecen alinearse con la causa. La mecedora cruje al recibirnos, como si protestara por tanta confianza. El reloj de pared lleva décadas trabajando sin sueldo y marca las horas con una paciencia de la que ya carecemos. El mando a distancia desaparece justo cuando el programa se pone interesante; uno lo busca bajo los cojines, en la mesa de centro, en el frutero... para descubrir que lo lleva apretado en la mano. No es que la vejez vuelva torpe al hombre: es que algunos objetos desarrollan un sentido del humor bastante socarrón. Uno ya ni se sorprende.

También se transforma la relación con el espejo. De joven uno se mira para comprobar cómo se ve; más adelante, para verificar quién queda al otro lado. El rostro termina convirtiéndose en un mapa de microhistorias. Una línea por aquí, otra por allá. Unas nacieron del sol, otras de las desvelos y varias —cabe esperar— de haberse reído a mandíbula batiente. No molesta contemplarlas. Las arrugas son una forma de literatura que el cuerpo escribe sin consultar con el autor. Y si algunas frases han quedado con mala caligrafía, a estas alturas sería una falta de respeto corregirle la plana al tiempo.

Aparece, por último, la variante más fina del humor: ese humor sobrio que florece cuando uno se descubre ejecutando exactamente lo contrario de lo que pretendía. Iniciar una frase con la solemnidad de un decreto y perder el hilo a mitad de camino, dejándola flotando como una promesa que ya nadie reclama; entrar en un dormitorio sin recordar el propósito de la visita, o guardar un documento con tal celo que ni la policía científica lograría localizarlo. O levantarse del sillón con una parsimonia digna de un funcionario revisando una póliza. Uno sonríe en soledad. Y reírse de uno mismo ofrece un beneficio incontestable: le ahorra el trabajo a los demás.

Acaso por eso envejecer no sea un trámite melancólico, como insisten en diagnosticarnos. Es un oficio que exige entrenamiento. Hay que aprender a levantarse, a tomar asiento, a despedirse, a recordar y a olvidar. Hay que aprender a aceptar que ciertas puertas se han cerrado para siempre y que otras, por fortuna, nunca debieron cruzarse.

Se aprende, en fin, a estar. Sencillamente a estar. Sin convertir cada jornada en una gesta heroica ni exigirle a la existencia sorpresas deslumbrantes. A veces basta con una taza de café caliente, una charla serena y una ventana entreabierta. Y si además las rodillas deciden tregua por hoy, el día puede calificarse de glorioso.

Tal vez ese sea el verdadero lujo de sumar almanaques: descubrir que la vida no requiere estridencias para seguir siendo hermosa. Que no todo lo valioso exige grandes dimensiones. Una visita imprevista, una llamada breve, una risa compartida, un recuerdo entrañable que regresa o alguien que prolonga su estancia diez minutos más.

Entonces, casi sin darse cuenta, uno deja de contar los años como si restara pérdidas y empieza a contemplarlos como quien observa su casa tras una jornada agotadora: con alguna persiana descolgada, un par de habitaciones cerradas, pero con una luz cálida encendida en la cocina.

No sé si la vejez perfecciona al individuo. A mí, al menos, me ha vuelto infinitamente más piadoso con mis propias torpezas. Bastante laborioso resulta ya envejecer como para pretender hacerlo con diploma de honor. Y si algún día alcanzo la meta con la memoria un tanto despeinada, las articulaciones en protesto continuo y la risa todavía a mano, me daré por bien pagado.


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lunes, 31 de agosto de 2026

*** 68 — La vanidad y sus disfraces modernos

Capítulo 68

La vanidad y sus disfraces modernos

Con los años he descubierto que la vanidad es como esas aplicaciones del celular que uno nunca pidió, pero igual se instalan y empiezan a consumir batería. Uno cree que la dejó atrás con las canas, pero no. La vanidad es persistente, terca y, para colmo, tiene mejor memoria que uno. Yo, por ejemplo, puedo olvidar para qué entré a una habitación y, en cambio, recordar perfectamente que hace cuarenta años alguien me dijo que tenía buena pinta.

La juventud vive pendiente de salir bien en las fotografías. Yo, a estas alturas, apenas aspiro a salir enfocado. Antes la vanidad dependía del peinado, del perfume y de la postura frente al espejo. Ahora depende de «filtros», ángulos y de esa misteriosa facultad del teléfono para quitarle a uno diez años sin preguntarle si está de acuerdo.

La vanidad moderna ya no necesita cultivo. Crece sola, silvestre, como esas matas que aparecen en cualquier grieta del andén. Antes había que esforzarse para ser presumido; ahora basta con tener un celular y un poco de tiempo libre.

El otro día vi pasar a una amiga por la calle y no la saludé. No fue descortesía. Fue un problema tecnológico. Sin filtro no la reconocí.

Ella se sorprendió y me reclamó entre la risa y el disgusto, esa combinación que solo conservan las amistades viejas.

—¿Y usted qué? ¿Ya no saluda?

—Sí saludo —le dije—. Lo que pasa es que sin filtro no la conocí.

No sé si me perdonó. Pero la amistad verdadera, a cierta edad, consiste también en poder decirle a alguien que se parece menos a su fotografía de internet que a sí misma.

La vanidad digital hace milagros. Alarga piernas, pule pieles, ilumina rostros y hasta consigue que uno parezca descansado después de haber dormido cuatro horas. La vida, en cambio, no usa filtros. Cada mañana nos devuelve a nuestra versión silvestre: ojeras, canas, alguna arruga nueva y esa rodilla que protesta sin haber sido consultada.

Ahí, entre lo que mostramos y lo que somos, aparece una de las comedias más discretas de nuestro tiempo.

He conocido vanidades de todos los tamaños. Está la del hombre que presume un reloj que no sabe leer; la del que se fotografía levantando pesas y luego necesita negociar con las escaleras; la del que habla de viajar para «encontrarse a sí mismo» cuando lo único que encontró fue una deuda impagable en la tarjeta.

Y está la más peligrosa de todas: la de creer que uno ya entendió la vida.

Esa no necesita celular.

La mía, por fortuna, se ha vuelto doméstica. Ya no me interesa demasiado impresionar a nadie. Me conformo con que el café quede sabroso, que el pantalón no se encoja misteriosamente y que la memoria tenga la decencia de avisarme dónde puse las llaves.

Aunque la memoria tiene sus preferencias. Puede conservar durante sesenta años el nombre del perro de una vecina y olvidar, con absoluta tranquilidad, dónde dejó uno los lentes hace cinco minutos.

Los lentes suelen estar puestos.

En esos momentos sospecho que la vanidad se ríe de mí desde algún rincón del cerebro.

—Tampoco es que usted sea tan especial —parece decirme.

Y quizá tenga razón.

Pero la vanidad no siempre es una enfermedad. Hay una forma pequeña y entrañable de ella que todavía me gusta. La abuela que se pinta los labios para ir al mercado, no para que la miren, sino porque así se siente completa. El viejo que se pone su mejor sombrero para ir a la farmacia, aunque solo vaya por unas aspirinas. El niño que se peina frente al espejo antes de salir al recreo, como si el mundo mereciera recibirlo bien presentado.

Esas vanidades mínimas no engañan a nadie. Son pequeñas ceremonias de dignidad.

Tal vez por eso no me molestan. Hay días en que arreglarse un poco es una manera de decirle a la vida: todavía estamos aquí.

La vanidad moderna tiene, además, una particularidad curiosa: se volvió colectiva. Antes el vanidoso presumía solo. Ahora presume acompañado. Las redes sociales son su plaza pública, su escaparate y, a veces, su confesionario.

Allí todos se muestran y todos miran.

Lo extraño es que, mientras cada cual intenta ser visto, casi nadie parece estar mirando de verdad.

Es un carnaval sin máscaras, porque la máscara terminó siendo el propio rostro.

Y cuando alguien aparece sin filtro, sin pose, sin una fotografía cuidadosamente calculada, produce cierto desconcierto.

¿Por qué no está actuando?

Tal vez porque la sinceridad, en estos tiempos, se ha vuelto una extravagancia.

También existe la vanidad que llega hasta la muerte.

He conocido personas que preparan su funeral con una minuciosidad que otros reservan para una boda: el traje, las flores, la música, la cantidad de asistentes. Conocí a un hombre que guardaba un traje de lino blanco para el día de su despedida y, de vez en cuando, se lo probaba frente al espejo.

—Quiero irme elegante —decía.

Yo pensaba que tenía razón.

Aunque había un pequeño inconveniente:

los muertos no usan espejos.

Me pareció una imagen triste y, al mismo tiempo, profundamente humana. Incluso cuando sabemos que no podremos ver el resultado, queremos dejar una última versión de nosotros mismos.

Como si la eternidad fuera un salón donde todavía hubiera alguien tomando fotografías.

Hay otra vanidad más silenciosa: la de quienes pasan la vida preparándose para ser recordados.

El que compra un reloj carísimo que no necesita, no para saber la hora, sino para que otros sepan que puede comprarlo. El que se endeuda para viajar a lugares que apenas disfruta, pero que lucen bien en una pantalla. El que vive con lo justo y, sin embargo, necesita aparentar abundancia porque le teme a una palabra que parece inocente y a veces pesa demasiado: común.

La vanidad y el dinero suelen entenderse bastante bien. Uno pone el escenario y la otra contrata a los actores.

El problema es que, al final de la función, casi todos se han ido a mirar su propia fotografía.

A mi edad empiezo a sospechar que detrás de muchas vanidades hay algo menos superficial de lo que parece: un miedo antiguo a no dejar señal, a desaparecer sin que nadie alcance a decir aquí estuvo.

El que presume de su reloj, de su viaje, de sus lecturas o incluso de su humildad quizá esté diciendo, sin saberlo:

«Mírenme un momento. No me borren todavía.»

Y uno, que ya ha visto demasiadas despedidas, aprende a no burlarse demasiado. Debajo de ciertas presunciones hay una fragilidad que se disfraza de orgullo.

Tal vez por eso la vanidad merece menos condena y un poco más de indulgencia. Todos queremos conservar algo de nosotros cuando sabemos que nada permanece intacto. Nos editamos porque envejecemos, nos adornamos porque tememos desaparecer, y detrás de casi todo lo que mostramos hay, en el fondo, las ganas de sentir que nuestra presencia tuvo algún sentido.

Pero la vida tiene sus propias reglas y no suele pedirnos permiso.

Mientras uno se mira en el espejo tratando de rescatar una versión perdida, el mundo sigue haciendo su trabajo: pasa el invierno, llega la primavera, envejecen los edificios, cambian los rostros y hasta los árboles terminan aceptando que alguna rama sobra.

El universo, por fortuna, no está pendiente de nuestro perfil.

Eso debería tranquilizarnos.

Y también debería hacernos reír.

Porque hay una vanidad que sí me parece digna de conservar: la de saberse vivo.

La de levantarse una mañana, con las rodillas protestando y la memoria haciendo huelga parcial, y decidir que el día todavía merece una oportunidad.

Esa vanidad no necesita público. No se publica ni acumula «me gusta»: se practica en silencio.

Puede consistir en ponerse una camisa limpia para salir a comprar pan, en preparar un café con cierto esmero, en abrir un libro aunque los ojos ya reclamen descanso o en sentarse a escribir unas páginas que nadie pidió.

A veces pienso que escribir es también una forma de vanidad; y ahí me meto yo, dándole cuerda al ego para que no se me duerma, convencido además de que mis recuerdos merecen escenario.

Uno llena hojas con sus recuerdos como quien deja pequeñas señales en el camino. No porque crea que serán eternas, sino porque le gusta pensar que alguna persona, algún día, podría encontrarlas.

Eso me basta.

He decidido que, si voy a conservar alguna vanidad, sea esa: la de seguir aquí — con mis canas, mis lentes extraviados, mi rodilla protestona, el café que a veces se enfría mientras pienso en otra cosa, y estas páginas que escribo sin saber exactamente quién las recibirá.

No quiero dejar una imagen perfecta. Prefiero dejar una voz reconocible, una palabra sincera, alguna pequeña ternura que se me haya escapado sin pedir permiso. Porque quizá eso sea lo único que vale la pena conservar cuando se apagan los reflectores.

La vanidad, con todos sus disfraces, termina siendo una comedia involuntaria. El vivo presume sus logros, el rico su abundancia, el humilde hasta su humildad. Cada cual lleva al escenario aquello que cree que lo distingue.

Después baja el telón y todos quedamos iguales: sin espejos, sin filtros, sin aplausos. Solo nosotros, frente a ese silencio que no necesita explicación.

Por eso prefiero reírme de la vanidad, pero hacerlo con cariño. También ella ha envejecido conmigo. Hemos tenido nuestras discusiones, nuestros momentos de orgullo y nuestras pequeñas derrotas.

Ahora la conozco mejor. Sé que aparece cuando menos la necesito y desaparece cuando ya no tengo ganas de perseguirla.

A estas alturas no quiero competir por quién brilla más. Me conformo con una luz pequeña — la suficiente para encontrar mis lentes.

Aunque estén puestos.

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domingo, 30 de agosto de 2026

67 Cuando ya no queda nadie

Capítulo 67

Cuando ya no queda nadie

«El sufrimiento no enseña nada, pero revela quiénes somos cuando ya no queda nadie a quien mentir.»

El otro día, bajo la luz azulada de una farmacia Jean Coutu, mientras el farmacéutico contaba mis pastillas con la solemnidad de un notario repartiendo una herencia, pensé que el sufrimiento tiene mejor reputación de la que merece. En mi país uno desconfía de los notarios por costumbre; aquí desconfío menos, pero solo porque a este señor nadie le ha visto nunca sonreír, y eso, entre los suyos, pasa por garantía de seriedad.

Todo el mundo dice que el sufrimiento enseña. Lo dicen con la misma seguridad con que se afirma que el agua moja o que después de cierta edad uno no debe agacharse demasiado rápido: verdades que circulan por el mundo con tal tranquilidad que a nadie se le ocurre pedirles papeles. «El sufrimiento te hace crecer», dicen, y uno, por educación, asiente —aunque por dentro sospeche que hay dolores que, en vez de hacerlo crecer, simplemente lo dejan más cansado—.

Yo no creo que el sufrimiento enseñe nada. O, al menos, conmigo no ha hecho grandes progresos. No me hizo mejor persona. No me acercó a Dios de una manera que pudiera comprobarse —y eso que de joven le hablaba bastante—. No me volvió más sabio, ni más paciente, y debo confesar que tampoco me sirvió para adelgazar, lo cual habría sido, al menos, una compensación razonable.

Lo que hizo fue otra cosa: me fue quitando los disfraces.

Uno vive muchos años representando personajes, no siempre por hipocresía: la vida exige cierto vestuario. Ante los hijos, el traje de la fortaleza, aunque por dentro se esté calculando cómo pagar las facturas. Ante los amigos, el de razonable. Ante los desconocidos, el de digno. Y ante el espejo, si tiene la mala educación de decir la verdad, uno intenta negociar.

Durante muchos años esa representación funciona bien. Hay público: los hijos pasan, los amigos llaman, alguien pregunta cómo estás y uno responde «bien», y como nadie insiste demasiado, el personaje conserva el empleo.

Pero llega un momento en que el teatro empieza a quedarse vacío. Los hijos crecen y tienen su propia vida, que es exactamente lo que uno deseó para ellos, aunque después descubra que los deseos cumplidos también dejan habitaciones vacías. Los amigos se dispersan: unos se van lejos, otros más lejos todavía, y algunos simplemente dejan de llamar, que es una forma menos dramática de desaparecer y, por eso mismo, más desconcertante. La mujer que compartió una parte de la vida ocupa otra geografía. Y uno termina viviendo en un apartamento de Montreal donde el refrigerador tiene una voz más constante que muchas amistades.

Es entonces cuando empieza el problema: ya no queda nadie delante de quien actuar. Y sin público, el actor descubre que también él se había ido cansando de la obra. Entonces se quita la máscara. No por valentía. Por agotamiento.

Las primeras noches son raras. Uno se sienta en la cocina con una taza de té y descubre que no tiene ninguna obligación de parecer interesante: puede quedarse mirando la pared durante veinte minutos y nadie llegará a preguntarle qué piensa. La taza se enfría, el vapor desaparece, y la pared, con una discreción admirable, no ofrece ninguna respuesta.

En mi cocina hay una mancha de humedad que lleva semanas creciendo. Durante mucho tiempo pensé arreglarla. Después pensé llamar a alguien para que la arreglara. Luego comprendí que la mancha y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo de convivencia: ella crece, yo envejezco, y ninguno hace demasiadas preguntas —lo cual, pensándolo bien, es más de lo que puede decirse de casi cualquier matrimonio—.

Dicen que conviene prepararse para esto. Que llega un momento en que uno debe aprender el arte silencioso de habitarse a sí mismo, como quien descubre al fondo de la casa un cuarto que siempre estuvo ahí y que nunca tuvo tiempo de abrir. Lo he leído en libros serios y en algún almanaque de farmacia. La idea es hermosa: una soledad valiente, que no mendiga presencias ni negocia con el miedo, capaz de sentarse junto al tiempo sin pedirle explicaciones. Yo todavía se las pido, con la terquedad de un cobrador que sabe de sobra que no le van a pagar.

Pero algo de cierto tiene. Hay tardes en que la compañía de este hombre que soy no me resulta tan mala: no interrumpe, conoce mis manías, no se ofende si me quedo callado. Dicen también que quien lo logra ya no está a merced de las ausencias, que ha conquistado una libertad que nadie puede arrebatarle. Yo no diría tanto. Diría, a lo sumo, que algunas ausencias ya no me encuentran tan desprevenido como antes. No es lo mismo. Pero, algunos días, se le parece.

Con el tiempo entendí algo que quizá debí saber desde el principio: el sufrimiento no enseña, revela. Son cosas distintas. Aprender significa que uno no sabía algo y de pronto lo sabe. Revelar significa que uno siempre lo supo, pero tuvo la cortesía de no mirarlo de frente. El dolor no siempre trae una gran verdad escondida en los bolsillos; a veces se limita a quitarle a uno los vendajes, las excusas, las buenas maneras. Y entonces aparece lo que uno es cuando nadie mira. No lo que dice ser. No lo que habría querido ser. Lo que es.

Yo descubrí un hombre bastante contradictorio: más frágil de lo que suponía, más terco de lo aconsejable, todavía capaz de guardar rencores que ya deberían estar jubilados —y, sin embargo, más tierno de lo que me habría gustado admitir—. Tardé muchos años en aceptar que nadie vino al mundo a tapar los huecos de otro. Quizá el amor más limpio —no sabría decir si lo conocí— empieza cuando uno deja de buscar quien lo rescate y se conforma con alguien que camine al lado.

Descubrí que puedo enfadarme con los recuerdos, con los muertos, con los ausentes, con ciertas personas a quienes, por razones que desconozco, mi memoria todavía les conserva una silla reservada, como en esos velorios colombianos donde la silla del difunto se deja vacía toda la noche por respeto, y también, sospecho, por si acaso decide sentarse. Durante años pensé que guardar esos rencores era mala señal. Ahora creo que es simplemente humano. A cierta edad uno aprende que el perdón no siempre consiste en perdonarlo todo: a veces consiste en dejar de discutir con aquello que ya no puede responder.

Hay noches en que el metro pasa bajo la calle y el edificio vibra apenas. Entonces me agarro del borde de la mesa. No porque el edificio vaya a caerse —Montreal es una ciudad seria y, hasta donde sé, no se derrumba por mis nervios—, pero yo me agarro, como un niño. Nadie lo ve, nadie lo sabrá. Ésa es una de las ventajas de vivir solo: uno puede conservar ciertas vergüenzas sin tener que explicarlas. En mi barrio de Medellín eso habría sido noticia antes del mediodía; aquí, en cambio, uno puede desmoronarse en absoluta privacidad, lo cual —según el día— me parece un lujo o una condena, y algunos días las dos cosas antes del almuerzo.

Afuera pasa el autobús 44 con ese ruido de fieltro mojado que tienen los vehículos de Montreal en invierno. En el vestíbulo, mis botas dejan marcas de agua sucia sobre el piso. Antes las limpiaba enseguida. Ahora, algunas veces, las dejo secarse —no por rebeldía, que a estas alturas uno ya no tiene edad para grandes revoluciones domésticas, sino porque ya no encuentro sentido en fingir un orden que no existe—.

Hay una moneda en el bolsillo de mi abrigo. Lleva allí desde octubre. Cada vez que salgo, la toco —no sé bien para qué—, quizá para comprobar que todavía hay algo en mi vida que permanece exactamente donde lo dejé. Es una superstición modesta, casi contable, de esas que uno trae de fábrica por haber nacido donde nací. No vale gran cosa. Pero tampoco me contradice.

El sufrimiento revela esas pequeñas cosas: cómo se comporta uno cuando no hay espectadores. Cómo come solo, si se sirve el plato o come directamente de la olla, como si la ceremonia fuera un lujo reservado para cuando hay testigos. Si se pone zapatos para salir al pasillo o camina en calcetines. Si ordena la cama sabiendo que nadie va a entrar al dormitorio.

Y también revela si uno habla solo. Yo hablo. A veces con el refrigerador, a veces con la ventana. De joven les hablaba a los santos; ahora les hablo a los electrodomésticos, lo cual será un descenso en materia de fe, pero es un ascenso notable en materia de puntualidad: el refrigerador, al menos, siempre contesta, aunque sea con un zumbido, que ya es más de lo que conseguía yo de algunos santos particularmente ocupados.

En ocasiones hablo también con personas que ya no viven aquí, aunque algunas ni siquiera estén vivas en ninguna parte. Digo nombres, repito preguntas, recuerdo frases que pronuncié hace muchos años y que todavía me persiguen con una constancia que algunos amigos deberían imitar.

Hay una frase que le dije a mi padre hace décadas. No voy a repetirla. No porque sea secreta, sino porque todavía no he terminado de entenderla. La llevo conmigo como esa moneda del bolsillo: no sirve para comprar nada, pero tampoco consigo desprenderme de ella. No he aprendido a resolver ese asunto, pero al menos ya no finjo que está resuelto. Y quizá ésa sea una de las pocas formas de sinceridad que nos concede la edad: dejar de clausurar lo que sigue abierto, dejar de decir «ya lo superé» cuando uno apenas ha aprendido a vivir alrededor de aquello.

El farmacéutico terminó de contar las pastillas y me entregó la bolsa. La recibí con la seriedad de quien acepta un pequeño recordatorio administrativo de que el cuerpo lleva su propia contabilidad —una contabilidad, por cierto, bastante menos negociable que la de Hacienda—. Pagué. Salí a la calle Sherbrooke.

Era enero y la luz tenía ese color de plomo bruñido que solo Montreal sabe fabricar, como si el cielo entero hubiera sido construido con una vieja lámina de estaño. Caminé despacio —no por filosofía: las piernas ya no tienen tanta prisa— y, mientras avanzaba, con la bolsa golpeándome el muslo a cada paso, pensé que si alguien me preguntara qué aprendí del sufrimiento, no sabría qué responder.

No aprendí a perdonar mejor. No aprendí a amar más. No aprendí a aceptar todo lo que la vida me quitó. Todavía hay pérdidas que no comprendo, ausencias con las que no he llegado a ningún acuerdo, preguntas que siguen esperando una respuesta de alguien que probablemente tampoco la tenía. Todo eso lo sigo sin saber, y sospecho que continuaré sin saberlo cuando ya no quede tiempo para aprender nada.

Lo único que puedo decir es que el sufrimiento me mostró el rostro que tengo cuando ya no me arreglo para nadie. Ese rostro que aparece de improviso en el vidrio de una farmacia, en el espejo del ascensor, en el agua oscura de un charco. No es el rostro de un hombre sabio. Tampoco el de un hombre derrotado. Es el rostro de alguien que finalmente ha dejado de hacerse preguntas cuya respuesta conocía desde hace mucho. Un hombre que se mira y no aparta los ojos. No por valentía. Por cansancio.

Llegué al apartamento. Me quité el abrigo. La moneda seguía en el bolsillo. Dejé la bolsa de medicamentos sobre la mesa de la cocina, junto a una taza de la mañana que todavía no había lavado. El refrigerador continuaba zumbando, fiel, como siempre, a su única conversación. La mancha de humedad en la pared parecía haber crecido otro poco. Pensé en limpiarla. No lo hice. Quizá mañana. A cierta edad, «mañana» sigue siendo una palabra bastante ambiciosa.

No encendí la luz del pasillo. No hacía falta. Ya conocía el camino.

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sábado, 29 de agosto de 2026

*** 66 Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)

Capítulo 66

Canas y terquedades: manual de uso (no obligatorio)

«Dicen que el tiempo vuela; yo creo que simplemente se escapa para no oír nuestras quejas. Con los años aprendemos que entender vale más que tener razón. Ahí comienza la edad del silencio.»

A estas alturas de la vida he llegado a una conclusión que a la edad de veinte años me habría parecido una insolencia imperdonable: envejecer no es tan grave. Lo grave es enterarse tarde, cuando ya uno tiene más canas que planes, más citas médicas que amigos disponibles y una rodilla que amanece de mal genio sin haber pasado por ninguna parranda. Porque las rodillas, como ciertas personas que uno no invita, empiezan a opinar sin pedir permiso.

Yo, por ejemplo, me levanto cada mañana con la dignidad planchada y la voluntad de conquistar el día. Pero apenas pongo un pie en el suelo, la rodilla izquierda me recuerda que una cosa es la voluntad y otra muy distinta el Ministerio de Obras Públicas del cuerpo humano, institución burocrática donde cada articulación tiene derecho a huelga y cada tendón llena formularios para quejarse.

La juventud cree que uno se vuelve sabio con los años. Mentira. Uno se vuelve astuto, que es distinto. La sabiduría exige estudio; la astucia, en cambio, nace del cansancio.

Por eso ahora no persigo los problemas: los dejo que me alcancen. Cuando llegan, llegan fatigados, con la lengua afuera, y se resuelven solos.

Y sí, tengo mis terquedades. Ahora cambiar de opinión es como cambiar de dentadura: costoso, incómodo y solo necesario si la anterior se cae. Pero no me quejo. Las arrugas son medallas al mérito, y las canas, certificados de supervivencia. Cada una cuenta una historia que ya olvidé, pero que igual defiendo como si fueran triunfos.

La vejez, si uno la mira con calma, no es para tanto: tiene sus días buenos y sus días de mal genio, y ya está. Y uno aprende a quererla, porque después de tantos años juntos, ya nos entendemos sin palabras. Uno ya no corre, no compite, no se afana: simplemente sigue andando, con la parsimonia del que ya pagó todas las deudas y ahora camina ligero.

Y cuando alguien me pregunta cómo hago para llevar todo esto con tanta paciencia, yo solo me acomodo las canas, enderezo la terquedad y recuerdo la filosofía del filántropo Camilo, que sabía más de vida que de libros:

—Hágale, patrón, que yo afán no tengo.

Porque a estas alturas, el afán es para los que todavía creen que el tiempo se puede alcanzar. Yo, en cambio, ya aprendí que el tiempo es como la rodilla: si uno lo presiona, protesta; si uno lo deja quieto, lo acompaña.

Y yo le hago caso. A mi edad uno aprende que discutir con las articulaciones es como discutir con la inflación: no conduce a nada y, al final, el que termina pagando es uno. Las articulaciones, igual que los ministros de Hacienda, siempre tienen la razón… o por lo menos la última palabra.

Eso de que los años vuelven sabio a todo el mundo es una propaganda muy bien montada por los viejos, una estrategia de mercadeo tan exitosa que ya nadie la cuestiona. La verdad es que algunos envejecen y se vuelven sabios; otros envejecemos y aprendemos a disimular mejor la ignorancia.

Yo pertenezco a una categoría intermedia: no sé más que antes, pero ahora hablo con una tranquilidad que da la impresión de que sé. Y como ya nadie me exige demasiadas pruebas, he adquirido cierta autoridad moral, esa que se otorga por desgaste, no por mérito.

Si digo una tontería, alguien comenta:

—Déjenlo, hombre. A esa edad ya ha vivido mucho.

Y yo, que todavía conservo un mínimo de decencia, hago como que me ofendo. Pero por dentro estoy encantado.

¡Imagínese usted el privilegio! Toda una vida cuidando lo que uno dice, y de pronto llega la vejez, le entrega un salvoconducto y le anuncia:

—Hágale, hable tranquilo. Ahora le perdonamos todas las pendejadas.

Eso sí: el salvoconducto no es ilimitado. Si uno se pasa de la raya, la vida le recuerda que la vejez no es impunidad, sino jurisdicción especial. Uno puede decir bobadas, pero no demasiadas seguidas, porque la memoria ya no está para sostener argumentos largos.

Un amigo, por supuesto, sostiene que me he vuelto terco. Yo le explico que está confundido: la terquedad es un defecto juvenil; lo mío es consistencia histórica.

Un hombre que lleva más de setenta años pensando de determinada manera no puede cambiar de opinión cada vez que a alguien se le ocurra traer una teoría nueva desde Internet. Eso sería como cambiarme de zapatos ya amoldados al pie solo por antojo ajeno: un despropósito estético y moral.

Además, cambiar de opinión exige energía, y a cierta edad la energía ya no sobra: toca cuidarla. Yo ya no la gasto en cualquier cosa. Antes discutía. Ahora escucho. Escuchar es más barato, más silencioso y, sobre todo, más descansado.

Y cuando alguien termina de explicarme durante cuarenta minutos por qué el mundo debería ser distinto, yo digo:

—Puede ser.

Esa frase es mi nueva estrategia de supervivencia. «Puede ser» no compromete, no pelea, no promete. Es una hamaca verbal: uno se recuesta ahí y deja que el mundo siga su curso sin involucrarse demasiado.

A estas alturas, la vida no necesita que yo la arregle; apenas necesita que yo no la estorbe. Sirve para todo: evita discusiones, conserva amistades y permite que uno siga pensando exactamente lo que pensaba antes. Eso, señores, no es terquedad. Eso es experiencia de la buena.

El médico, que es un hombre joven y por lo tanto todavía confía en el cuerpo humano, me recomendó caminar todos los días.

—Tiene que moverse más —me dijo.

Y yo le contesté:

—Doctor, después de cierta edad, uno no se mueve: uno se desplaza.

Pero él insistió. Ahora camino.

Camino por la casa, hasta la cocina. Después regreso. A veces, si me siento especialmente atlético, llego hasta la ventana y miro la calle. Desde allí observo a la gente corriendo de un lado para otro y siento una enorme satisfacción. No porque esté por encima de ellos, sino porque no tengo ninguna obligación de acompañarlos. Hay una libertad extraordinaria en ver a otro llegar tarde.

La gente joven anda siempre con una urgencia que me conmueve. Corren para trabajar, corren para hacer ejercicio, corren para descansar de haber trabajado y, si les sobra tiempo, se ponen unos zapatos especiales para correr un poco más. Yo los miro y pienso:

—Ya se les pasará.

La gravedad, por fortuna, es democrática. Tarde o temprano pone a todo el mundo en su sitio.

No tengo nada contra el ejercicio. Al contrario: admiro profundamente a quienes lo practican. Sobre todo cuando lo hacen lejos de mí.

A mi edad uno ha empezado a sospechar que la vida es demasiado corta para sudar la gota gorda innecesariamente. Aunque, claro, el cuerpo no siempre comparte mis opiniones.

Antes yo me despertaba y el cuerpo estaba listo. Ahora, cada mañana, tenemos una reunión. Yo propongo levantarme. La espalda solicita más tiempo. La rodilla presenta objeciones. El cuello dice que no recuerda haber autorizado ese movimiento. Y el resto del organismo pide una prórroga.

Después de largas negociaciones, consigo ponerme de pie. Es entonces cuando comprendo por qué los viejos tenemos fama de madrugadores. No es que nos guste levantarnos temprano. Es que el proceso comienza desde la noche anterior.

Pero no todo son desgracias. La vejez también trae privilegios que nadie menciona en los folletos. Uno de ellos es la posibilidad de decir lo que piensa sin grandes consecuencias.

La sinceridad, cuando la ejerce un joven, puede ser insolencia. Cuando la ejerce un viejo, es carácter. Yo he descubierto esta ventaja con verdadero entusiasmo.

Puedo mirar una situación absurda y decir:

—Esto es una pendejada.

Si alguien se molesta, siempre aparece una persona comprensiva que interviene:

—No le haga caso. Es que ya está mayor.

Y yo quisiera abrazarla.

Porque durante toda la vida uno ha tenido que pagar impuestos, cumplir horarios, contestar con educación y tragarse opiniones. Ahora resulta que la edad me ha convertido en una especie de patrimonio nacional. Ya nadie sabe si estoy diciendo una verdad profunda o si simplemente necesito dormir la siesta. Y lo mejor es que nadie se atreve a averiguarlo.

La memoria, por su parte, merece un capítulo aparte. La gente habla de la pérdida de memoria como si fuera una tragedia. Yo no estoy tan seguro. Olvidar ciertas cosas puede ser una bendición. ¿Para qué quiero recordar el nombre del señor que me hizo una mala cara en 1987? ¿Para qué conservar intacta la discusión que tuve con alguien que probablemente ya tampoco recuerda haber discutido conmigo?

La memoria de los viejos es sabia en eso. Se lleva unas cosas y deja otras. El problema es que no siempre consulta.

Olvido dónde dejé las gafas —y las tenía puestas— y recuerdo, con una precisión ofensiva, una frase que me dijo un profesor hace sesenta años. Busco las llaves durante media hora y, de pronto, aparece en mi cabeza el nombre del perro que tuvo una vecina cuando yo era niño. ¿De qué me sirve? No lo sé. Pero ahí está, ocupando espacio mientras la memoria reciente anda de vacaciones sin avisar.

También están los espejos. Los espejos son unos aparatos que deberían venir con una advertencia: «Imagen sujeta a cambios sin previo aviso». Uno se mira y reconoce la cara, claro, pero empieza a sospechar que alguien ha vivido mucho tiempo dentro de ella.

Hay arrugas que uno no recuerda haber comprado. Manchas que aparecieron sin permiso. Canas que se multiplican como si cobraran comisión. Yo he dejado de preguntar. La cara hace lo que puede. Y, siendo sinceros, después de tantos años juntos, tampoco voy a abandonarla ahora. Sería una falta de gratitud.

Además, la vanidad a cierta edad se vuelve complicada. Uno quisiera verse joven, pero tampoco quiere hacer demasiado esfuerzo. Ese es el problema.

Yo aceptaría fácilmente tener el cuerpo de los treinta años, siempre y cuando no tuviera que volver a vivirlos. La juventud es un estado físicamente envidiable y emocionalmente agotador. Demasiadas dudas. Demasiadas urgencias. Demasiado por demostrar. A mí ahora me interesa demostrar poco. Y eso produce una tranquilidad que nadie aprecia suficientemente.

La vida, que antes me perseguía con afanes, ahora camina a mi lado como un perro viejo. A veces se adelanta, a veces se detiene a mirar cualquier cosa y, de vez en cuando, nos sentamos los dos sin saber muy bien qué estamos esperando. Pero ya nos entendemos.

Después de tantos años juntos, la vida y yo hemos llegado a un acuerdo: ella no me exige que corra y yo procuro no quejarme demasiado cuando me sorprende con alguna avería. Hay días en que no cumplimos el pacto. Pero, en general, nos llevamos bien.

Si algo he aprendido es que envejecer no consiste únicamente en perder. Es, sobre todo, aprender a soltar. Soltar la velocidad. Soltar la necesidad de gustarle a todo el mundo. Soltar la costumbre de tener razón. Aunque esta última la suelto con una mano solamente. Tampoco hay que exagerar.

Con los años uno empieza a comprender que muchas batallas eran ridículas y que algunos triunfos no merecían tanto esfuerzo. Lo que antes parecía indispensable hoy apenas ocupa un rincón de la memoria. Y eso tiene algo liberador. Uno queda más liviano. No porque tenga menos años —de esos, lamentablemente, uno tiene cada vez más—, sino porque lleva menos equipaje inútil.

Así que aquí estoy. Canoso. Terco, según mi amigo. Consistente, según mi propia y muy autorizada opinión. Más lento, sí, pero también más selectivo con la velocidad. Menos preocupado por llegar. Más agradecido por haber llegado.

Porque al final la vejez tiene una dignidad que solo se comprende cuando uno la alcanza. No es una victoria, desde luego. Sería demasiado vanidoso decirlo. Es, más bien, una manera de haber resistido lo suficiente para poder sentarse un rato a mirar el camino. Y pensar:

—¡Juepucha!… sí que fue largo.

Mi abuela decía que quien llega viejo, llega lejos. Yo no sé si tenía razón, porque nunca le dio por explicarlo. Las abuelas tienen esa costumbre: lanzan una sentencia y siguen con lo suyo, dejando que uno pase el resto de la vida tratando de entenderla.

Pero algo de razón debía de tener, porque yo he llegado tan lejos en la vida que, francamente, ya no sabría cómo devolverme. Y, pensándolo bien, tampoco tengo ganas. Además, ¿para qué?

Aquí, con mis canas, mis rodillas sindicalizadas, mi memoria haciendo lo que se le da la gana y esta terquedad que se niega a jubilarse, todavía encuentro razones para reírme. Y mientras uno pueda reírse de sí mismo, la edad no habrá ganado del todo.

Que pase lo que tenga que pasar. Yo, por mi parte, seguiré avanzando. Despacio, eso sí. No por miedo. Sino porque ahora tengo tiempo. Y porque la rodilla izquierda, que es la que manda, ya dio la orden.

«El hombre sólo se fija en su sufrimiento: no se detiene a pensar en su felicidad. Si pensara en ella, vería que en todas las etapas de su vida ha tenido momentos felices.»

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