viernes, 14 de agosto de 2026

58 Tan lejos, tan adentro

 

Capítulo 58

Tan lejos, tan adentro

Hay momentos en que las cosas pierden su prisa. No ocurre de golpe. Se advierte apenas, como se advierten ciertas mudanzas en una casa donde se ha vivido demasiado: una puerta que ya no cruje igual, una marca en la madera que antes no estaba, la luz de la tarde entrando por el mismo sitio de siempre y, sin embargo, distinta.

Entonces comprendo que también yo soy un poco eso: el espacio que queda cuando las cosas dejan de correr. Permanezco en esta habitación sin muros precisos, en este rincón donde las horas se han ido depositando unas sobre otras, como capas invisibles de polvo sobre la madera. No hay pasos en el pasillo, ni voces que me llamen, ni nombres que sea necesario pronunciar. Y, curiosamente, no siento que falte nada.

Durante muchos años confundí la presencia de los otros con una forma de certeza. Estar acompañado parecía confirmar que uno pertenecía al mundo, que había todavía un lugar reservado en alguna parte. Quizá por eso la soledad asustaba tanto: porque dejaba al descubierto la pregunta que uno procura esquivar durante buena parte de la vida.

¿Quién soy cuando nadie me mira?

Ahora esa pregunta ya no inquieta del mismo modo. La soledad ha perdido algo de su antigua severidad. Dejó de ser una habitación vacía para convertirse en un territorio que, después de tantos años, he aprendido a recorrer sin pedir disculpas.

Me detengo. Escucho. No sucede nada extraordinario. Y es justamente por eso que algo sucede: un pequeño silencio entre un pensamiento y el siguiente, una pausa que antes no sabía reconocer. Allí estoy, sin necesidad de explicar quién fui, qué hice, qué perdí o qué pude haber sido. Durante un instante no tengo biografía. Solo presencia.

La luz de la tarde se derrama sobre el suelo y toca las pequeñas imperfecciones de la madera. No las corrige: las revela. Pienso que quizá eso mismo hace el tiempo con nosotros. No nos mejora necesariamente, ni nos vuelve más sabios por el simple hecho de acumular años. Pero va retirando ciertas ilusiones, una tras otra, hasta dejar a la vista las grietas que siempre estuvieron ahí. Y tal vez no haya nada malo en eso.

El aire de la habitación tiene esa densidad particular de los lugares donde nadie tiene prisa. Algo tibio se instala en la quietud, aunque afuera la ciudad siga con su movimiento indiferente. Montreal continúa detrás de los muros, con sus voces, sus puertas que se abren y se cierran, sus pasos apresurados. Pero aquí dentro el tiempo parece haber cambiado de oficio. Ya no empuja. Acompaña.

Me gusta pensar que algunas horas no fueron hechas para ser utilizadas. No sirven para trabajar, resolver, producir, alcanzar. Simplemente pasan, se quedan un momento junto a nosotros y después se marchan sin pedir cuentas. Tal vez la madurez consista, entre otras cosas, en aprender a no llenar todos los silencios.

Durante demasiado tiempo quisimos ocuparlos con conversaciones, con proyectos, con viajes, con personas: cualquier cosa parecía preferible al vacío. Ahora sospecho que algunos vacíos no necesitan ser llenados. Hay ausencias que, de tanto permanecer con nosotros, terminan adquiriendo una forma propia, casi doméstica. No son heridas abiertas. Son habitaciones. Y uno aprende a vivir en ellas.

A veces pienso que la memoria trabaja de un modo parecido. No conserva la vida tal como sucedió, sino como puede sobrevivir dentro de nosotros. Cambia los tamaños, borra los bordes, acerca unas cosas y aleja otras. Lo que ayer parecía esencial puede convertirse en sombra; lo que creíamos insignificante regresa, años después, con una claridad que no pedimos. La memoria no obedece. Quizá por eso se parece tanto a la vida. Hay días en que recuerdo con precisión una conversación de hace décadas y no consigo recordar qué hice ayer por la tarde. Ya no intento explicarlo. La mente tiene sus propias habitaciones y no siempre entrega la llave de la que necesitamos.

Y sin embargo hay noticias que consiguen abrir de golpe una puerta que creíamos bien cerrada.

Hace pocos días llegó desde Colombia la noticia de un terremoto devastador. La leí aquí, tan lejos, sentado en medio de la tranquilidad de una habitación que no sabía nada de aquello. Por un momento sentí que la distancia era una cosa física, una pared enorme levantada entre mi cuerpo y esa tierra que, después de tantos años, todavía sabe pronunciar mi nombre.

No necesité conocer los detalles para sentir el golpe. Hay noticias que no se leen: se reciben en el cuerpo. Uno permanece inmóvil frente a una pantalla y, sin embargo, algo se mueve muy adentro. No es solo preocupación. Es algo más antiguo, más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de uno sigue perteneciendo a un lugar del que se fue hace demasiado tiempo, aunque la vida haya aprendido a continuar lejos de allí.

Eso es quizá lo más extraño del exilio: uno puede acostumbrarse a la distancia, pero nunca termina de acostumbrarse a la desgracia de la tierra que dejó atrás.

Cuando Colombia sufre, hay algo en mí que escucha desde lejos. No sé exactamente qué. Tal vez sean las calles que ya no camino, las voces que alguna vez reconocía sin necesidad de ver el rostro, los nombres de los lugares que todavía despiertan algo que el tiempo no ha conseguido borrar. Tal vez sea, simplemente, esa forma obstinada de pertenencia que sobrevive incluso cuando uno ha pasado más años lejos que cerca.

Y entonces llega la impotencia: la de estar demasiado lejos para hacer algo inmediato, la de recibir el dolor de otros a través de una pantalla, la de saber que mientras aquí la tarde sigue su curso, allá la tierra ha decidido cambiar de lugar bajo los pies de quienes uno lleva dentro.

Me quedé en silencio. No había nada que decir. Quizá porque ciertas tragedias nos devuelven, aunque sea por un instante, a una edad anterior de nosotros mismos. La noticia no habla solo del presente: despierta también la memoria de una patria que creíamos dormida, una patria que no necesita ser idealizada para seguir doliendo.

Después apagué la pantalla. Pero la noticia se quedó, mezclada con la luz que empezaba a desaparecer, con el silencio, con esa sensación difícil de nombrar de estar aquí y allá al mismo tiempo. Pensé que tal vez el exilio consiste también en eso: en vivir con una parte de la vida situada siempre a una distancia que ninguna carretera puede medir.

He aprendido a no insistir. Hay recuerdos que vienen y otros que no. Algunos se sientan a nuestro lado unos minutos y después se levantan sin despedirse. Los dejo ir. También eso forma parte de permanecer, porque permanecer no significa aferrarse. A veces significa justamente lo contrario: dejar que algo se marche sin correr detrás.

La tarde empieza a perder su claridad. La habitación se llena, despacio, de una penumbra que no parece oscura sino cansada. La madera guarda todavía un poco de luz. El suelo permanece inmóvil bajo mis pies. Todo ocupa su sitio con una naturalidad que me conmueve más de lo que quisiera admitir.

Pienso entonces en todo lo que fui: en los hombres que alguna vez creí que sería, en las vidas que imaginé y nunca ocurrieron, en las personas que caminaron conmigo un tramo y luego tomaron otra dirección, en las que aún permanecen, de una manera u otra, aunque ya no estén cerca. Durante mucho tiempo pensé que la vida era la suma de esas presencias. Ahora no estoy tan seguro. Tal vez también seamos lo que queda cuando esas presencias se retiran. No como una ruina, sino como una forma distinta de compañía.

Hay una edad en la que uno deja de preguntarse qué falta y empieza, casi sin darse cuenta, a mirar lo que permanece. No es resignación. Es otra manera de mirar.

A esta altura de la vida no necesito demasiado para sentir que estoy aquí. Una habitación tranquila. Un poco de luz que se filtra como si todavía creyera en mí. El murmullo lejano de la ciudad, que ya no exige nada. Y, sobre todo, los gorriones que llegan cada mañana, insistentes, fieles, reclamando unas migajas de pan como quien pide una forma mínima de compañía. Cantan sin descanso, como si supieran que su música sostiene algo en mi interior. Me observan, esperan, vuelan y regresan. En su rutina hay una ternura que no se anuncia, una presencia que no exige palabras. Mientras ellos picotean su pan, dejo que el pensamiento llegue sin haber sido llamado, que la conciencia permanezca despierta, que esta vida mía se afirme en lo esencial.

A veces basta eso: un puñado de luz, un silencio que no pesa, y estos pequeños compañeros que recuerdan que aún hay algo que responde cuando el mundo toca a la puerta.

Nada más.

Quizá la existencia nunca necesitó tantos testigos como imaginamos. Pasamos años buscando que alguien confirmara nuestro lugar en el mundo: que nos quisiera, que nos recordara, que dijera nuestro nombre. Y sin embargo llega un momento en que uno descubre algo incómodo y, al mismo tiempo, liberador: nadie tiene que certificar que estamos aquí.

Estamos. Eso basta.

No sé si esta certeza es sabiduría o simplemente cansancio. A estas alturas prefiero no ponerle nombre. Hay cosas que se vuelven más verdaderas cuando dejamos de explicarlas.

La penumbra termina de ocupar la estancia. Ya casi no distingo las pequeñas marcas del suelo. La habitación ha perdido sus contornos y, por un instante, parece más grande, como si los muros se hubieran retirado discretamente para dejarnos a solas con aquello que no necesita forma.

Permanezco sentado. No espero a nadie. Tampoco espero una respuesta. Afuera, la ciudad sigue viviendo sin saber que estoy aquí, y me parece bien. Hay una tranquilidad particular en no ser necesario para el movimiento del mundo. Quizá esa sea una de las pocas libertades que llegan con los años: comprender que el mundo puede continuar sin nosotros y que, aun así, nuestra existencia no pierde su sentido.

El aire se ha vuelto más fresco. La tarde ya terminó. Antes de encender la luz pienso, por alguna razón, que esta habitación no está vacía. Estoy yo. Y eso, por ahora, es suficiente.

Me quedo un momento más en silencio. Afuera, Montreal sigue su curso, indiferente y enorme, mientras al otro lado del continente mi país intenta recoger lo que la tierra dejó atrás. Pienso otra vez en aquella noticia y siento que el terremoto no terminó cuando cesó el movimiento de la tierra. Para quienes estamos lejos hay temblores que siguen viajando durante años, atravesando fronteras, husos horarios y silencios, hasta llegar a ese lugar secreto donde la patria todavía permanece.

Entonces comprendo que quizá también el exilio sea una forma de vivir con una tierra que tiembla dentro de uno. No hace ruido. No derriba paredes. Pero de vez en cuando mueve algo que creíamos firme y nos recuerda que hay lugares de los que uno puede irse, aunque ellos nunca terminan de irse de uno.

Apago la luz. Y en la oscuridad, antes de que la noche termine de cerrar la habitación, pienso en Colombia. Tan lejos. Tan adentro. Y por un instante me parece escuchar, no el estruendo de la tierra, sino ese silencio que queda después de que todo ha temblado.

Ese silencio también permanece.

Como la estancia.

Como la memoria.

Como uno mismo.
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Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
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sábado, 8 de agosto de 2026

*** 57 - No lo sé: Cimientos tardíos

Capítulo 57

No lo sé: Cimientos tardíos

No lo sé. Tal vez sea ésa la única verdad que me queda —la única columna que aún sostiene el techo de esta morada que habito sin haberla elegido—. No recuerdo el instante exacto en que el corazón comenzó a disminuir el paso, como si temiera despertar a los fantasmas que viven en los pliegues del tiempo. Quizá fue en algún otoño de esos que llegan sin avisar y se quedan más de lo debido. O quizá fue cuando la memoria empezó a borrar los bordes de las cosas, a desdibujar los rostros, a hacer que los nombres pesaran menos que los silencios que los acompañan.

Pero tampoco hace falta recordarlo. Los relojes no preguntan, y yo he aprendido a no interrogar al tiempo —a no pedirle cuentas, a no exigirle explicaciones—. Él va a su paso, a su manera. Y yo, que he visto a mi madre envejecer y a mi hijo crecer, sé, o creo saber, que no se trata de detenerlo. Se trata, más bien, de aprender a caber en él sin pedirle que se achique.

Así que sigo aquí, con mi columna de no-saber, con mi techo de preguntas sin respuesta. Y aunque a veces el viento haga crujir las maderas, sé que la columna aguanta. No porque sea sólida, sino porque he dejado de exigirle que lo sea.

Ya no espero la felicidad, y sin embargo camino.

Me tomó años llegar a esa frase sin sentir que era una derrota. Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo que debía perseguirse con la obstinación de quien busca una casa cuyo número ha olvidado. Había que encontrarla. Merecerla. Defenderla. Ahora pienso que quizá fue ella quien nunca quiso ser encontrada. Tal vez sólo pasaba de vez en cuando, se sentaba un momento a mi lado y luego seguía su camino sin despedirse.

Schopenhauer decía que la vida nos engaña dos veces: primero con la promesa, después con la cosa cumplida, que nunca vale lo que prometía. Y que la felicidad vive siempre un poco antes o un poco después de donde estamos, como si el presente fuera la única nube capaz de oscurecer un día soleado. No sé si estaba en lo cierto. Pero la frase se me quedó pegada, como esas canciones que uno tararea sin querer.

No estoy roto del todo. Me lo repito en silencio, como quien comprueba que una pared todavía se sostiene después de una larga tormenta. Aún puedo levantarme, vestirme, contestar una pregunta, mirar a alguien y sonreír. Pero tampoco soy el mismo. Hay grietas por donde se escapa el entusiasmo, goteras invisibles por donde se filtra una tristeza sin nombre ni partida de nacimiento. Una antigua tristeza, discreta, que no hace escándalo. Me acompaña como un perro viejo que decidió seguirme y al que, después de tantos años, ya no tendría sentido echar de casa.

He aprendido a representar la normalidad con cierta eficacia. Los vecinos no se alarman —para eso sirven, en el fondo, los vecinos: para no alarmarse—. La gente que encuentro en la calle no advierte nada; el mundo sigue esperando de mí esos pequeños gestos que certifican que uno pertenece todavía a la comunidad de los vivos. Hablo, sonrío, pago cuentas, respondo mensajes, ordeno lo que puede ordenarse. Ejecuto los gestos necesarios de un hombre en pie —nada más, nada menos—.

Y, sin embargo, a veces me observo desde una distancia que no sé explicar. Ese hombre que soy yo camina, gesticula, se mira en el espejo, se afeita, sale, vuelve. Pero hay momentos en que siento que una parte de mí se quedó en otra parte, suspendida en una neblina sin temperatura, escuchando el eco de una vida que ya no sé si fue enteramente mía.

Es un silencio difícil de nombrar. No es exactamente la soledad, porque la soledad de los cuartos vacíos tiene puertas y ventanas: se puede airear. Esto es otra cosa —estar entre los demás y no encontrar el idioma que traduzca lo que ocurre por dentro—. Como estar en una conversación y descubrir, de pronto, que todos conocen una palabra que a uno nunca le enseñaron.

A veces, en medio de esas conversaciones pequeñas que llenan las horas —el precio de las cosas, el tiempo que hace, los problemas ajenos—, miro los rostros y me pregunto si ellos también llevan por dentro alguna forma secreta de invierno.

«¿Tú también?»

«¿O soy el único que compró la entrada para esta función?»

Si esto es crecer, nadie me lo advirtió. O quizá sí, pero yo miraba hacia otro lado. Nadie me explicó que se puede añorar la propia vida mientras todavía se la vive. Que uno puede echar de menos una casa que aún habita, un rostro que sigue presente, una versión de sí mismo que no ha muerto del todo pero que ya no sabe cómo regresar.

Me pregunto en qué recodo del camino quedó aquel muchacho que creía en los gestos grandilocuentes y en los amores capaces de incendiar el mundo. Aquel que saltaba sin mirar demasiado y confundía, con la arrogancia de los jóvenes, la imprudencia con la valentía.

Quizá sigue ahí. Tal vez duerme en algún rincón de la memoria y, de vez en cuando, se mueve bajo las mantas. No para volver —porque nadie vuelve realmente—, sino para recordarme que alguna vez fui capaz de desear las cosas con una intensidad que ahora me parece casi ajena.

Ajena, digo. Y no es del todo cierto.

Quizá lo difícil de la vejez no sea envejecer, sino seguir siendo joven por dentro. En este cuerpo cansado todavía vive algo curioso y hambriento, con los mismos anhelos de entonces, como un inquilino al que nadie le avisó que el edificio cambió de dueño. Me detengo en una esquina de la calle Saint-Denis a esperar que cambie el semáforo y veo pasar el mundo como quien llega tarde a una fiesta donde todos ya se conocen: nadie me cierra la puerta, pero tampoco encuentro por dónde entrar. Y aquí dentro sigue encendido el mismo fuego que alguna vez creyó poder conquistarlo todo. No ha bajado la llama; sólo perdió el camino hacia afuera.

Lo más hondo, quizá, es que el mundo permanece así: cerca y fuera de alcance, un lugar que nunca llegaremos a comprender del todo. El muchacho tampoco lo comprendía, es cierto. La diferencia es que él creía que era cuestión de tiempo. Yo ya sé lo que el tiempo suele hacer con esas cuestiones.

La vida es breve, aunque sus horas sepan estirarse como un telón que tarda demasiado en caer. Detrás de ese telón espera la muerte, con una paciencia que nosotros no tenemos. Antes me parecía una palabra inmensa. Ahora la miro con menos aspaviento. No porque la entienda mejor; quizá sólo porque ya no discuto con lo inevitable.

Sé que algún día vendrá. Vendrá a buscar lo que fui y lo que no alcancé a ser. Se llevará mis pequeñas costumbres, mis derrotas, las palabras que nunca dije y las que dije demasiado tarde. Se llevará también aquello que creí poseer. Al final, todo lo que uno tuvo termina por alejarse, como una fotografía expuesta durante años a demasiada luz: los contornos desaparecen primero, después se borran los detalles, y un día uno descubre que apenas queda una sombra de aquello que había jurado no olvidar jamás.

No la temo del todo. ¿Cómo temer durante tanto tiempo a un visitante que uno sabe inevitable? Quizá el miedo también envejece. O se cansa.

Algunas noches, sin embargo, me sorprendo imaginando otra orilla. No hablo de un cielo dibujado por la fe ni de una promesa hecha para calmar el miedo; hablo de una invención privada, de esas que uno se permite a deshoras y no le confiesa a nadie. No necesito que exista. Me basta con no haber perdido del todo la capacidad de imaginarla. Y lo que imagino, curiosamente, no es una recompensa sino un reencuentro: reconocer ciertas voces, oír de nuevo una risa que creía archivada, llegar sin tener que explicar por qué tardé tanto ni por qué no supe decir a tiempo lo que ahora me parece tan sencillo. Si al final no hay nadie esperándome, habrá valido la pena haberlo inventado.

No sé si esa orilla existe. Ante ciertos misterios, la inteligencia debería quitarse el sombrero y callarse un rato; la mía, que es terca, apenas se lo levanta un poco, como quien saluda de lejos. Lo que sí noto es que tener la muerte más cerca ha cambiado algunas cosas. Me interesan menos las discusiones inútiles y me cuesta menos perdonar lo que el tiempo ha vuelto pequeño. No siempre lo consigo. Todavía me sorprendo defendiendo orgullos que no me sirven para nada, como si la vida me hubiera concedido una prórroga para seguir siendo el mismo hombre de antes.

Si me fuera dado pedir algo para mi última madrugada, pediría que no hubiera estridencias ni grandes discursos. Que el mundo siguiera con sus asuntos —que en algún piso de la ciudad alguien abriera una puerta, que el camión de la basura pasara por la calle a su hora de siempre—, sin sentirse obligado a detenerse por mi partida. Me gustaría irme así, sin interrumpir a nadie.

Pero queda algo. Siempre queda algo.

Queda este extraño goce de la tristeza, esta manera de habitar la sombra sin renunciar del todo a la claridad. Queda la costumbre de volver, aunque sea con el pensamiento, a ciertos lugares: una puerta que ya no existe, una esquina donde el pasado parece haberse quedado a medio decir, un nombre que ya sólo se pronuncia dentro de uno mismo.

Queda ese Sur íntimo hacia el que algo en mí se inclina sin pedir permiso. Allí guardo mis derrotas, mis pequeñas victorias y todo aquello que perdí sin saber exactamente cuándo. Quizá también guardo allí ese hábito inútil de estar triste que me acompaña desde hace años y que, a estas alturas, ya forma parte de mis pertenencias.

La nostalgia, después de todo, también puede ser una forma de hogar. No digo que sea un hogar cómodo —a veces tiene habitaciones demasiado oscuras, a veces uno abre una puerta y encuentra detrás una ausencia—, pero es el lugar donde permanecen las cosas que el tiempo no consiguió llevarse del todo. Allí siguen ciertos olores, algunas voces, calles enteras que ya no existen como existían entonces. Allí permanece una parte de nosotros, esperando quizá nada más que ser visitada de vez en cuando.

Hoy me conformo con la tibieza de las cosas pequeñas: el pan tostado, el agua del grifo, el silbido distante de un tren de mercancías, una silla junto a la ventana, la página que todavía admite una palabra más. A esta edad ya no exijo que lo que salva sea extraordinario. A veces basta con que algo permanezca quieto y nos espere.

Y por eso escribo.

Escribo porque tal vez la única manera de no diluirme del todo sea dejar constancia de esta niebla. No escribo para resolver lo que no sé. Escribo precisamente porque no lo sé. Porque el papel no interrumpe ni ofrece soluciones. Porque una página en blanco tiene la cortesía de aceptar nuestras contradicciones sin intentar corregirlas. A veces pienso que escribir es sentarse frente a uno mismo sin apagar la luz.

La literatura me ha devuelto, en ocasiones, una intensidad que la vida cotidiana ya no me concede. En los libros he vivido otras vidas, he amado sin consecuencias, he cruzado países que sólo existen en una página y he regresado a casas que nunca fueron mías. Leo y recuerdo que alguna vez ardí. Y recuerdo también que la vida, después de cualquier incendio, deja cenizas que alguien tiene que barrer.

Escribo como quien enciende una lámpara en una habitación donde ya empieza a oscurecer. No para iluminarlo todo —eso sería pedir demasiado—, sino para distinguir los objetos cercanos, para no tropezar con ellos, para saber que sigo estando aquí.

Hay tardes en que la tristeza se sienta a mi lado y no intento discutir con ella. Le he cedido algunas cosas: ciertas canciones, una copa de vino, los lugares de paso, las despedidas que llegan cuando uno ya no tiene nada que añadir. Pero no le he entregado el mundo entero.

Todavía hay días que se abren con una grieta por donde se filtra una luz incierta. Todavía hay una esquina cualquiera que puede sorprenderme.

Un sonido.
Una frase.
Una ventana iluminada.
El recuerdo de una risa.

No necesito que ocurra un milagro. Quizá ya no creo demasiado en ellos. Pero todavía me conmueve la posibilidad de que algo mínimo interrumpa la costumbre y me recuerde, aunque sea por unos segundos, que sigo perteneciendo a este mundo vasto, diverso, incomprensible.

A veces me aferro a eso. No a la felicidad —esa palabra se ha vuelto demasiado grande, demasiado exigente—, sino a la posibilidad de sentir un instante de claridad. Una especie de tregua. Un minuto en que el peso de estar vivo no resulta insoportable ni extraordinario, sino simplemente verdadero.

Quizá eso sea suficiente. Y quizá no.

No lo sé. Ésa es la cuestión.

Schopenhauer, otra vez, lo dijo mejor que yo, hace más de siglo y medio: que la vida es «un negocio que no cubre los gastos». La primera vez que leí la frase me pareció exagerada. Ahora, algunos días, no tanto: con sus tropiezos de cada hora, de cada semana, de cada año, con esperanzas que no se cumplen y planes que se tuercen sin aviso, la vida a veces parece llevar puesta una etiqueta —hecha para desgastarnos, no para complacernos—.

Es difícil entender cómo pude creer, durante tanto tiempo, que estábamos aquí para disfrutarla con gratitud. Ahora me inclino a pensar que ese vaivén entre la ilusión y el desengaño no es un accidente, sino casi un diseño: como si el mundo insistiera en recordarnos que nada —ni el esfuerzo, ni la lucha, ni lo que creímos ganar— alcanza a cubrir lo que puso. No sé si Schopenhauer tenía razón del todo. Pero cada vez que hago cuentas, algo en mí se la da.

A veces pienso que lo único que se pierde de verdad son las ilusiones. No porque fueran ingenuas, sino porque tenían esa manera suya de sostenernos sin pedir nada a cambio. Las certidumbres, cuando por fin llegan, llegan tarde: aparecen cuando ya hemos aprendido a desconfiar un poco de todo, incluso de nosotros mismos. Y por más que intenten ocupar el lugar que dejaron las ilusiones, nunca lo llenan del todo. Ordenan, sí. Pero no iluminan.

Quizá por eso, cuando una ilusión se apaga, no es sólo una pérdida cualquiera: es un pequeño temblor en la manera de mirar el mundo. Algo se vuelve más silencioso, más lento, un poco más cierto. Y aun así sigo adelante, con esa mezcla de nostalgia y lucidez que algunos días es lo único que me queda.

Porque al final —lo sepa o no— sigo viviendo de las cosas que imaginé, no de las que di por seguras. «Las ilusiones son la única riqueza que no se puede reemplazar», me digo a veces, sin estar del todo convencido de merecer semejante certeza. Las demás riquezas, por hermosas que parezcan, apenas ocupan espacio. Las ilusiones, en cambio, ocupan un espacio en el alma.

Hubo una época en que creí que la vida me debía una revelación. Esperaba un instante definitivo, una certeza capaz de poner en orden los años como quien acomoda por fin los libros de una biblioteca que nunca tuvo catálogo. Buscaba respuestas como quien busca una dirección escrita en un papel que se mojó bajo la lluvia. Los años pasaron —con su paciencia de siempre— y la revelación no llegó. O llegó de otra manera, tan menuda que estuve a punto de no reconocerla.

Lo que fue llegando era más modesto: una conversación que seguía resonando días después de terminada, un recuerdo que volvía sin avisar mientras esperaba el cambio en la caja de una farmacia. Nada extraordinario. No eran momentos para tener razón; quizá por eso me dejaban ver algo. Fósforos encendidos en mitad de la oscuridad, que alumbran lo justo para ver dónde se pone el pie y luego se apagan entre los dedos. No sabría decir si señalaban un rumbo. Quizá sólo me acostumbraron a caminar sin él, o a fingir, con cierta dignidad, que lo tenía.

Algunas preguntas, me parece ahora, no fueron hechas para ser respondidas. Se quedan con nosotros. Nos acompañan. Envejecen a nuestro lado —y pienso, como habría pensado Ribeyro con su discreta resignación, que uno no llega a entender la vida: apenas aprende a llevarla con cierta elegancia derrotada—. Con los años he aprendido a negociar con el misterio sin ganarle nunca.

Hay días en que me siento más cerca de la claridad. Otros, en cambio, la vida parece alejarse unos pasos, como si quisiera observar desde lejos qué hago con ella. En esos momentos vuelvo a pensar que todo lo que tuve se va desvaneciendo poco a poco, y que el mundo seguirá cuando yo ya no esté para mirarlo.

Pero el mundo sigue siendo profundo. Más profundo que mis pérdidas. Más vasto que mis heridas. Y eso, de alguna manera, me consuela.

No espero que la vida me devuelva lo que no supo guardar. Ya no le pido que corrija sus decisiones ni que me entregue una versión distinta del pasado. Sería como pedirle al río que devuelva cada piedra al lugar donde estaba antes de la creciente.

Hay cosas que se fueron. Hay cosas que no regresarán. Y, sin embargo, sigo caminando.

No con heroísmo. No con una gran fe. A veces camino apenas por costumbre, a veces porque no sé qué otra cosa hacer. Pero también porque, en algún lugar que no consigo identificar, persiste una curiosidad pequeña y obstinada —quizá la misma que el muchacho dejó encendida—. Y algo más, que me cuesta admitir sin cierto pudor: a estas alturas todavía hay en mí cosas que no me atrevo a ser, y no he renunciado del todo a atreverme.

Quiero ver qué hay después. No después de la muerte: después de la próxima esquina.

Ése es, tal vez, mi secreto. Ya no espero revelaciones. No espero que la dicha vuelva a instalarse en mi vida como una propietaria satisfecha. Me basta con saber que algo, aunque sea mínimo, todavía puede esperarme.

Una palabra.
Una presencia.
Un recuerdo nuevo.
El silencio que sigue a una frase bien dicha.

Y así continúo. Con mis preguntas. Con mis grietas. Con esa tristeza que a veces me sigue y otras veces me deja caminar solo. Con todo lo que he perdido y con lo poco que todavía me sorprende.

Avanzo con la serenidad —a ratos fingida— de quien ha terminado por aceptar que el destino verdadero no siempre fue el que quiso ni el que imaginó. Quizá sea éste: seguir sin conocer del todo el camino, aceptar que muchas cosas no tuvieron explicación, mirar hacia atrás sin quedarse allí.

Y doblar la próxima esquina.

No lo sé. Tal vez no haya nada. Tal vez haya otra tarde parecida a todas las anteriores. O tal vez algo, pequeño e inesperado, me esté esperando sin saber mi nombre.

Ni siquiera esta tristeza —la misma que nunca tuvo partida de nacimiento— me pedirá partida de defunción cuando yo falte. Se irá como llegó: sin papeles, sin trámite, sin dejar rastro en ninguna oficina del Estado.

Mientras tanto, sigo buscándole la comba al palo y jalando a la esperanza del brazo, como a invitado maluco que no quiere irse de la fiesta. Al fin y al cabo, mientras la puerta que se cierre no sea la del ataúd, uno siempre puede volver a empezar… o al menos disimular el ridículo.

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jueves, 6 de agosto de 2026

* 56 La negociación con el ego

Capítulo 56

La negociación con el ego

María Zambrano —esa pensadora que aparece menos de lo que merece en nuestras conversaciones, y a la que probablemente deberíamos invitar más a menudo— intuía que el verdadero signo de la vejez no está en el cuerpo, sino en la forma en que el tiempo se nos ofrece. Decía que llega un momento en que el futuro deja de ser un horizonte abierto y empieza a estrecharse, como si la vida nos condujera con suavidad hacia un pasillo cada vez más angosto. Pienso en esa idea más de lo que me atrevo a confesar, lo cual ya es decir bastante.

Hubo un tiempo en que pasaba frente a edificios para personas mayores como Le Rigaud procurando no mirar demasiado hacia las ventanas. Era bastante más joven entonces, y compartía con algunos amigos una certeza que hoy me parece casi conmovedora: decíamos que no podía existir un destino más triste que terminar los últimos años en un lugar tan lúgubre como esos. Nos imaginábamos corredores interminables, un silencio de televisores encendidos que nadie miraba. Hablábamos, me parece ahora, con la arrogancia involuntaria de quienes todavía creen que el porvenir ocurrirá siempre en otra parte, lejos de ellos mismos —y, de paso, con la convicción tácita de que nosotros, desde luego, seríamos la excepción.

Nunca imaginé que la vida terminaría conduciéndome, precisamente, hasta uno de esos edificios que observaba entonces con una mezcla de compasión y temor. Y sin embargo aquí estoy —escribiendo esto a media tarde, con el chirrido breve de unas suelas de goma sobre el tapiz del pasillo como único recordatorio de que hay otros, cerca, viviendo su propia versión de esta misma hora, probablemente con menos quejas sobre el ascensor que yo—. No hubo un gran acontecimiento ni una decisión solemne. Los años fueron acomodando las piezas con una lógica que solo se entiende —si es que se entiende del todo— cuando ya ha ocurrido, y que suele tener el humor irónico de demostrarte que tenías razón en lo que temías, pero no exactamente por los motivos que creías.

He visto llegar a algunos con el miedo todavía fresco, el mismo que yo cargué antes de entrar: el temor de que un lugar así sea la antesala de algo, un anuncio adelantado. Ese miedo tiene, quizá, menos que ver con los edificios que con la idea de dejar de ser reconocidos como uno mismo —de convertirse, a los ojos de los demás, en una «categoría» antes que en una persona—. También, si somos sinceros, con el ligero pavor de que te sirvan puré de calabaza tres días seguidos y te empiece a parecer aceptable.

Con el bastón he notado algo parecido, aunque a menor escala: hay quienes lo necesitan y sin embargo lo dejan apoyado contra la pared, prefiriendo el tambaleo disimulado a la evidencia de madera o aluminio que anuncia, según creen, una edad que preferirían seguir negociando en privado. No sabría decir si eso es orgullo, o simplemente el último territorio que a algunos les queda por defender —y, visto con cariño, quizá también el primer ensayo de una coreografía que nadie pidió.

Yo todavía no lo necesito —el bastón, quiero decir—. Camino solo, sin ayuda, y en general sin pensar demasiado en ello. Pero he empezado, cuando nadie mira, a ensayar mentalmente ese día: a preguntarme qué haré cuando llegue, si lo llevaré con la misma resistencia que vi en otros o si sabré recibirlo con algo más parecido a la gracia. No es una premonición ni una urgencia médica —nada de eso—: es, más bien, una manera de adelantarme a mí mismo, de negociar de a poco con el ego que todavía me queda, antes de que la negociación se vuelva obligatoria. Tengo la impresión de que quien se prepara para ceder algo cede, cuando llega el momento, con menos dolor que quien se resiste hasta el final —aunque tampoco descarto que el bastón, cuando aparezca, resulte tener un discreto aire de accesorio distinguido, lo cual no vendría mal.

Hay, sin embargo, un lugar en este edificio que no comparto del todo con los demás, o que comparto de otra manera: la terraza del piso diecisiete. Subo cuando el ascensor no se queja demasiado —que es, digamos, una de cada cuatro veces, pero ya hemos llegado a un entendimiento tácito— y el clima lo permite, y ahí Montreal se abre en trescientos sesenta grados, sin que yo tenga que elegir hacia dónde mirar. Hacia el norte, el Mont Royal insiste en ser una montaña —aunque la ciudad entera lo haya domesticado con senderos y miradores—; me gusta imaginar, aunque sé que es solo una manera de acompañarme, que la montaña tolera esa domesticación con la paciencia de quien ha visto llegar y pasar demasiadas generaciones como para tomarse a mal una más. Hacia el sur, el río San Lorenzo avanza con una lentitud que a esta altura parece deliberada, como si también él estuviera de acuerdo en no llegar a ninguna conclusión apresurada —y en no hacer comentarios sobre mi ritmo al caminar.

No sabría explicar por qué ese punto exacto —y no otro— se volvió el sitio donde mejor pienso, o donde pienso sin la obligación de llegar a algo. Tal vez sea, simplemente, que ahí arriba la ciudad deja de exigirme una posición. Mi mirada también fue cambiando, aunque no podría fijar el momento; aquello que antes me parecía lúgubre empezó a revelarse, poco a poco, como un espacio de una dignidad discreta. Me inclino a pensar que la tristeza no vive tanto en los edificios como en los ojos que los miran —aunque no lo juraría.

Supongo que lo que temíamos entonces, frente a esas ventanas, era sobre todo la soledad. La imaginábamos como algo que le ocurre a uno al final, igual que una gripe o un despido. Ahora creo, aunque sin demasiada firmeza, que estaba ahí desde antes, debajo de todos los nombres que me fueron dando —hijo, empleado, padre, inmigrante—, debajo de cada amistad y de cada historia que conté sobre mí mismo. Los afectos llegaron, se entrelazaron un tiempo, y algunos se fueron deshaciendo sin ruido, como se despega con los años la etiqueta de un frasco. Lo que no se fue nunca fue el que miraba todo eso: ese testigo un poco terco que soy yo, y que a ratos se parece demasiado al ego con el que ando negociando.

Estar solo, he ido aprendiendo, no es necesariamente estar triste. Tampoco es una virtud ni una forma de fidelidad. Es, quizá, la manera que tiene uno de existir cuando nadie lo está mirando: en la sala de espera de una clínica de la rue Saint-Denis, por ejemplo, cuando dicen un nombre que no es el mío y, por un segundo, de todos modos levanto la cabeza. Hay algo en ese gesto que todavía no sé explicar, una disposición a ser llamado que no se apaga con la edad.

He visto a gente —me he visto a mí mismo, en ciertos inviernos— buscar refugio en compañías que apenas rozaban la superficie, en conversaciones que servían sobre todo para no oír el propio silencio. No los juzgo; el miedo tiene sus razones y casi siempre llega antes que uno. Otras veces, en cambio, uno se sienta con lo que es, sin adorno, y algo se acomoda también por dentro. Es algo modesto —llamarlo paz sería exagerar—, más parecido a la tregua que se hace con un vecino ruidoso: no se resuelve nada, pero por un rato se puede dormir.

Y cuando me siento así, con lo que soy, descubro que ese testigo terco nunca estuvo del todo solo. Al mirar hacia atrás el largo recorrido de mi vida, con sus tramos de sombra y sus destellos inesperados, siento que algo dentro de mí se empaña, como una ventana cuando llueve afuera. Soy muchas vidas habitando el mismo cuerpo: el muchacho que llegó con una maleta de incertidumbres, el hombre que perdió y encontró caminos, el amante de los sueños imposibles, el extranjero que aprendió a llamar hogar a la distancia.

Hay días en que el sol y la noche conviven en mi pecho sin disputarse el territorio. Recuerdo las manos que estreché, los afectos que me sostuvieron, las ausencias que me enseñaron a caminar ligero y aquel niño vulnerable que todavía me acompaña en silencio. También reconozco mis desmesuras, mis ambiciones, los incendios interiores que alguna vez confundí con destino —y que, si soy honesto, solían llevar la firma del mismo ego con el que ahora negocio.

Soy todo eso al mismo tiempo, una suma imperfecta de luces y de grietas. Y hay momentos en que ni yo mismo me reconozco: cuando la tristeza me vuelve hondo y callado como una casa cerrada, o cuando la alegría me desborda como un jardín que nadie se ha tomado la molestia de podar. Nunca he encontrado la manera exacta de decirlo. Quizá la vida no se deja explicar del todo; quizá apenas se deja habitar, con un poco de asombro, mientras dura.

Los pasillos siguen siendo los mismos, la misma puerta, el mismo ascensor cuyo motor se queja un instante antes de arrancar —y finjo, a veces, que ese quejido es una manera suya de saludarme, de reconocer que también él lleva ya demasiados años subiendo a los mismos pisos con la misma gente cada vez más lenta—. El que fue cambiando, creo, fui yo: con el ritmo todavía firme de mis propios pasos, que camino sin ayuda por ahora, pero que ya empiezo a escuchar de otra manera, como quien afina el oído para un sonido que sabe que vendrá —y que, con un poco de suerte, no será el del ascensor atascándose entre plantas.

Y pienso, mientras miro el río desde arriba, que quizá la vejez no sea, después de todo, el lugar al que uno llega, sino apenas la distancia necesaria para empezar a ver con algo de claridad el lugar del que viene; y que esa claridad, cuando llega —si es que llega—, no trae consigo ninguna respuesta definitiva, sino más bien el permiso, tardío pero no por eso menos válido, de dejar de buscarla con la urgencia de antes.

No sé si alguna vez habría llamado privilegio a esta etapa de mi vida; hace treinta años me habría parecido una broma de mal gusto. Hoy pronuncio esa palabra con cierta cautela, casi a prueba, como quien la usa por primera vez en una lengua que no es la suya. Quizá el verdadero asunto no sea si escapé o no del paso de los años —nadie lo hace—, sino qué clase de compañía encontré, sin buscarla demasiado, en el trayecto: la de un edificio, la de un río que no tiene prisa, la de una montaña que la ciudad decidió conservar. No sabría decir todavía si esto es una respuesta o solo una manera más cómoda de seguir haciéndome la misma pregunta, o de seguir negociando —en cuotas tolerables, día tras día— con el ego que aún no he logrado jubilar.

* María Zambrano (1904–1991) Filósofa y ensayista española, creadora de la razón poética. Vivió largo exilio tras la Guerra Civil y se convirtió en una de las voces más originales del pensamiento hispánico. Fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes.

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Parte 3
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Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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martes, 4 de agosto de 2026

* 55 —El custodio de las horas quietas

Capítulo 55

El custodio de las horas quietas

Hay edificios que no envejecen: se acumulan. La biblioteca del barrio Plateau, frente a la boca del metro Mont-Royal, pertenece a esa clase de construcciones que parecen hechas de capas antes que de piedra. Uno cree entrar en un solo lugar y, en realidad, entra en varios, superpuestos, como quien abre un libro y descubre que alguien ya subrayó esas mismas páginas con otra letra, en otro siglo.

Tardé años en enterarme de que aquel edificio no nació siendo biblioteca. Lo supe de la manera en que se aprenden las cosas importantes: por accidente, leyendo una placa que casi todos pasan de largo. Entre 1895 y 1896 se levantó allí el pensionnat Saint-Basile, con pasillos concebidos para el silencio disciplinado de otra época, un silencio que exigía obediencia y no contemplación. Casi noventa años después, en 1984, alguien decidió que aquellas paredes podían custodiar libros en lugar de internos. No sé si fue una decisión sabia o simplemente afortunada. Talvez que, en Montreal, ambas cosas suelen confundirse.

Desde entonces cruzo su umbral de otra manera. Ya no entro solamente a una biblioteca: entro en un edificio que supo reinventar su propósito sin renunciar a su estructura. Conserva la disciplina del antiguo internado, pero ahora la pone al servicio de otra forma de recogimiento. Las mismas escaleras que antes ordenaban pasos infantiles hacia los dormitorios conducen hoy los míos, más lentos, hasta una mesa junto a la ventana.

Hay puertas que no separan habitaciones, sino épocas. La de aquella biblioteca pertenece a esa estirpe discreta. Cada vez que la empujo ofrece la misma resistencia, como si antes de franquear el paso quisiera averiguar quién soy ese día y qué clase de silencio traigo conmigo. Solo entonces cede, despacio, con un leve suspiro de madera fatigada, y deja escapar un aire donde el papel antiguo, la cera de los estantes y los años han terminado por confundirse en un mismo aroma, difícil de nombrar y aún más difícil de olvidar.

Siempre he creído que ese olor no proviene de los libros, sino del tiempo que decidió quedarse a vivir entre ellos.

Fuera, Montreal continúa reinventándose con la obstinación de las ciudades jóvenes. Cambian los escaparates, desaparecen edificios, nacen otros donde antes había solares vacíos. Las calles aprenden nuevos idiomas y olvidan otros con la misma naturalidad con que los árboles mudan de hojas. La biblioteca, en cambio, permanece casi inmóvil, como uno de esos relojes antiguos que han dejado de marcar la hora para limitarse a custodiarla.

A veces imagino que aquella biblioteca no conserva libros, sino las horas que el mundo fue dejando atrás en su carrera contra el tiempo. Entre sus paredes duermen tardes enteras, conversaciones olvidadas, inviernos borrados de la memoria y silencios que nadie tuvo paciencia de escuchar. Cada estante parece resguardar un fragmento de vida que la prisa no consiguió devorar.

Nunca he sentido la urgencia de salir. Hay quienes necesitan recorrer continentes para convencerse de que siguen vivos. Yo descubrí hace mucho que también existen viajes que comienzan al cerrar una puerta. Mi apartamento, poblado de estanterías hasta donde alcanza la vista, no se parece a una prisión, sino a un puerto donde los barcos permanecen siempre amarrados y, aun así, cada noche parten hacia un destino distinto.

He terminado por aceptar una paradoja que durante años intenté explicar sin éxito: me quedo para seguir viajando.

Mis mapas nunca han sido de papel verdadero, sino de páginas cosidas. Cada libro ha sido una latitud distinta; cada capítulo, una frontera cruzada sin pasaporte ni cansancio. He recorrido estepas sin abrigo, desiertos sin sed, ciudades que ya no existen y otras que jamás existieron fuera de la imaginación de alguien. Nunca necesité el peso de una maleta: bastó el de un volumen entre las manos. Ahí están mis paisajes, mis rutas y mis descubrimientos; no en itinerarios ni en aeropuertos, sino en la lentitud con que una frase puede abrirse, de pronto, como un territorio desconocido.

Con los años he llegado a creer —no sé si con razón— que aprender es de las pocas cosas que no se marchan cuando lo demás empieza a irse. Uno siente el temblor de la edad en las manos, pasa noches en vela oyendo el desorden secreto de la sangre, ve a los hombres desfigurar el mundo con una insensatez que ya no sorprende. Alguna vez también vi mi dignidad pisoteada por gente pequeña, y no supe qué hacer con ella sino guardarla. Frente a todo eso no tengo remedio que ofrecer. Tengo, apenas, la costumbre de abrir un libro y preguntar.

Preguntar por qué el mundo gira como gira, qué pensaron y soñaron otros antes que yo, en siglos y ciudades donde nunca estuve. No lo hago para entender nada de una vez —esa ambición se la dejé a los jóvenes—, sino para que la curiosidad, aunque sea por una tarde, pese un poco más que el miedo, y el asombro le gane un palmo a la tristeza. No sé si eso alcanza para sostener a un hombre. Pero mientras quede alguna página que todavía no entiendo, tengo adónde ir.

Quizá por eso regreso a esta biblioteca. No porque me falten libros en casa. Tampoco porque busque uno en particular. Vuelvo porque aquí el silencio posee otra textura. No pesa: acompaña. Se desliza entre las mesas con la cortesía de un viejo bibliotecario invisible que conoce el nombre de todos los lectores y el secreto de todos los volúmenes.

En otros lugares el silencio parece una ausencia. Aquí se asemeja a una presencia compartida que ha aprendido a esperar.

Los estantes se levantan como calles de una ciudad olvidada. Ningún libro reclama ser abierto. Ninguno levanta la voz para imponerse sobre los demás. Permanecen inmóviles bajo una luz oblicua que entra por los ventanales y se demora sobre los lomos gastados, como si leyera sus títulos con una paciencia que ya casi nadie concede a las personas.

Hay días en que imagino que los libros se observan entre sí cuando la biblioteca queda vacía y que, durante la noche, intercambian las historias de quienes alguna vez los llevaron bajo el brazo. Tal vez por eso algunos conservan una tristeza apenas perceptible y otros una serenidad que basta rozarlos para sentirla.

No creo haber elegido nunca un libro.

Los libros tienen una forma silenciosa de encontrarnos cuando dejamos de buscarlos.

Aquel volumen aguardaba en un extremo del estante, sin brillo, casi oculto entre ejemplares más recientes. Lo tomé con la impresión de interrumpir un sueño antiguo. Al abrirlo, las páginas exhalaron un perfume de tinta envejecida y polvo fino que no evocaba una biblioteca, sino una vida. Durante un instante tuve la certeza de que otras manos habían descansado exactamente donde ahora reposaban las mías. No sabía quiénes habían sido. Tampoco importaba. Los lectores terminamos pareciéndonos cuando dejamos nuestras huellas sobre un mismo margen.

Me pareció entonces que algunos libros no contienen historias: las esconden. Hay que permanecer un rato junto a ellos, como quien escucha detrás de una pared, hasta que las voces deciden confiar en nuestra paciencia.

Siempre me ha parecido que la memoria obra de esa misma manera. Nunca responde cuando la llamamos. Prefiere aparecer cuando la habitación ha recuperado la calma, cuando la tarde se inclina lentamente sobre los muebles y la luz comienza a borrar los contornos de las cosas. Entonces regresa sin anunciarse, ocupa la silla vacía frente a nosotros y continúa una conversación interrumpida décadas atrás, como si apenas hubiera salido un momento.

La claridad descendía desde los ventanales con una lentitud casi visible. No iluminaba: revelaba. Sobre la madera de las mesas aparecían vetas que antes habían pasado inadvertidas; el polvo suspendido parecía un pequeño firmamento inmóvil; las sombras se alargaban con esa elegancia que solo poseen las cosas resignadas a permanecer.

Pensé que incluso la luz leía.

No las palabras, sino las ausencias que quedaban entre ellas.

Quizá releer un libro sea aceptar que ya no somos el mismo lector. Las páginas permanecen donde estaban; quienes nos hemos desplazado somos nosotros. Cada regreso abre una puerta distinta en una casa que creíamos conocer. Y detrás de esa puerta suele esperarnos alguien a quien habíamos olvidado: una versión antigua de nosotros mismos, paciente, silenciosa, todavía inclinada sobre la misma línea.

Decidí llevarme aquel volumen.

No porque creyera haber encontrado un libro extraordinario, sino porque tuve la impresión de que todavía no había terminado conmigo.

Cuando abandoné la biblioteca, la tarde comenzaba a disolverse sobre las fachadas del barrio. Las hojas descendían de los árboles sin hacer ruido, como cartas que nadie esperaba recibir. Caminé despacio. El libro descansaba bajo mi brazo con una ligereza engañosa: algunos objetos pesan más por las vidas que contienen que por la materia de la que están hechos.

Al llegar a la esquina volví la vista.

La biblioteca seguía allí, inmóvil, con las ventanas encendidas por una claridad que ya no pertenecía del todo al día. Parecía menos un edificio que un faro discreto, levantado para orientar a quienes han aprendido que existen naufragios de los que solo puede rescatarnos una página.

Continué mi camino hacia casa con una idea que apenas me atreví a formular.

Hay quienes llaman ermitaño al hombre que permanece entre cuatro paredes.

Quizá ignoran que algunas habitaciones contienen más horizontes que el mundo entero, y que ciertas bibliotecas no sirven para esconderse de la vida, sino para atravesarla una y otra vez, por si el viaje más largo comenzara cuando uno cierra la puerta y deja que un libro la abra de nuevo.

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miércoles, 29 de julio de 2026

* 54 — El tiempo que no se mide

 Capítulo 54

—El tiempo que no se mide


Hay días —cada vez más, lo admito— en que vivo casi por completo en el presente. No lo digo como quien exhibe una medalla; lo digo como quien ha aprendido a conformarse con lo que queda. Sospecho que esta fidelidad al instante no fue una conquista, sino una rendición. Un descarte. Como cuando se vacía una casa y se decide qué llevarse y qué dejar que el polvo se lleve.

El futuro, ese viejo territorio de promesas y mapas doblados, se volvió demasiado incierto para instalar allí esperanzas. Ya no construyo castillos en sus arenas movedizas. Ya no escribo cartas a un destinatario que quizá nunca llegue. Y el pasado —que sigue conmigo como una sombra que no se desprende— ya no consiente que lo recorra con la misma libertad de antes. Algo ha cambiado en la geografía de los recuerdos: cada vez que los visito, los encuentro ligeramente distintos. Como si la memoria envejeciera al mismo ritmo que las manos, y los rostros se desdibujaran, y las palabras perdieran su filo original, y los silencios pesaran más que las voces.

Entre un territorio y otro —entre el país que ya fue y el que quizá nunca será— queda esto: un presente pequeño, a veces frágil, que algunos días apenas me alcanza para respirar y darme cuenta de que aún estoy aquí.

He dejado de imaginar el tiempo como una línea —esa vieja ilusión de los relojes, esa mentira piadosa que nos hace creer que todo avanza hacia algún lugar. Me inclino a creer que se parece más al marco de esta puerta: repintado por inquilinos que nunca conocí, cubierto de capas que ya no recuerdan su color original, pero que aún sostienen la misma madera, la misma forma, la misma resistencia a los años.

Debajo de la última capa de pintura —blanca, reciente, con olor a promesa de hogar— hay otra, quizá amarilla, quizá de un verde que ya nadie nombra. Y debajo de esa, otra más, y otra, y otra. Todas siguen ahí, acumuladas, invisibles pero presentes, sosteniendo la estructura sin alardear. No hay contradicción entre ellas: cada capa fue necesaria, cada una tuvo su momento, cada una protegió la madera del frío, del sol, del paso indiferente de los cuerpos que atravesaron el umbral.

Algo semejante sucede conmigo, lo he notado. El muchacho que fui —ese que corría sin preguntar hacia dónde, ese que creía que el futuro era un derecho— no se ha ido a ninguna parte. Está aquí, debajo del hombre que trabajó, que emigró, que aprendió a decir «bonjour» con acento de otra tierra, que volvió a empezar cuando los mapas ya no le servían de nada. Y ese hombre, a su vez, está debajo del que hoy escribe estas líneas, del que ya no corre porque ha aprendido el valor de la pausa, del que ya no busca respuestas sino preguntas mejor hechas.

Están todos aquí, apretados dentro de este momento que llamo «ahora». No como recuerdos —que los recuerdos son visitas que uno hace al pasado— sino como presencia. Como las capas de pintura que no compiten entre sí, sino que colaboran en la tarea de sostener la puerta. El niño, el adolescente, el joven enamorado, el padre primerizo, el inmigrante asustado, el hombre que aprendió a estar solo, todos ellos respiran en mi pecho sin pedir turno, sin reclamar protagonismo.

A veces, en la quietud de la noche, creo oírlos. El muchacho pregunta: «¿Llegamos ya?». El inmigrante responde: «Todavía no, pero estamos más cerca». Y el que soy ahora, el que escribe, se limita a callar y a dejar que las capas se sostengan mutuamente.

Porque he aprendido que no se trata de elegir una versión de uno mismo y desechar las demás. Eso sería como arrancar capas de pintura hasta dejar la madera desnuda, y entonces la puerta se pudriría, se agrietaría, dejaría de cumplir su oficio de abrirse y cerrarse. La sabiduría —si es que hay alguna en todo esto— está en aceptar que todas las capas son necesarias. Que el tiempo no borra: acumula. Que cada instante que vivimos se convierte en una capa más que protegerá lo que vendrá, y que lo que vendrá, a su vez, protegerá lo que ya pasó.

El muchacho que fui no ha muerto: ha sido absorbido. El hombre que trabajó no ha desaparecido: ha sido transformado. Y yo, el que hoy escribe, no soy más que la última capa visible —la que el sol toca, la que la mano reconoce al pasar—, pero sé que sin las anteriores, sin su peso silencioso, sin su memoria acumulada, no sería más que una mancha de pintura sin madera, sin historia, sin oficio.

Así que ya no busco la línea recta. Ya no mido el tiempo en kilómetros ni en años. Lo mido en capas, en texturas, en colores que ya no están a la vista pero que aún sostienen el marco por donde entro y salgo de mi propia vida.

Y cuando alguien me pregunta «¿Quién eres?», no respondo con un nombre ni con una fecha de nacimiento. Señalo la puerta y digo, simplemente:

—Soy esto. Todas las capas. Todas las manos que las pintaron. Todas las formas de atravesar el umbral.

Y eso, me parece, es suficiente.

Quizá por eso exista una edad que ningún calendario registra, y que he terminado por llamar la edad del silencio. No sabría decir cuándo empieza. Me inclino a creer que llega el día en que ciertas palabras dejan de encontrar dónde posarse. Está hecha menos de años que de ausencias: gente que se fue sin avisar, preguntas formuladas demasiado tarde, conversaciones que quedaron pendientes en un idioma que ya nadie habla dentro de esta casa.

Durante mucho tiempo creí que ese silencio era una forma de resignación. Hoy me inclino a pensar que puede ser también una manera de oír —aunque no podría jurarlo; hay días en que vuelve a parecerme lo primero—. Escuché durante décadas lo que los demás esperaban de mí, y las urgencias de cada jornada ocuparon un espacio tan grande que apenas quedó sitio para averiguar quién era yo cuando nadie esperaba nada.

Uno acaba pareciéndose, sospecho, a las necesidades ajenas. No sucede de golpe. Sucede despacio —casi con delicadeza—, del modo en que se instala el olor a lana húmeda del abrigo colgado en la entrada, ese olor que ya nadie percibe porque forma parte de la casa. Y un día cualquiera descubre uno que ha pronunciado miles de palabras sin haber dicho ninguna de las necesarias.

Alguien escribió —creo que fue Tabucchi, aunque la memoria me ha engañado otras veces— que la identidad no desaparece de un golpe, sino que aprende a esconderse detrás de las costumbres. Lo pienso cuando me siento al borde de la cama a quitarme los zapatos y noto que las manos tardan más que antes en obedecer. El gesto es idéntico al de hace treinta años. Ha cambiado el hombre que lo sostiene, y ni siquiera él sabría precisar en qué.

No me arrepiento de haber vivido como viví. Sería injusto con aquel que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Hubo decisiones acertadas y otras que no lo fueron, caminos que abandoné, puertas que no crucé. La edad enseña —o eso quiero creer— que ninguna vida cabe entera dentro de sí misma. Siempre quedarán ciudades sin ver y afectos que habrían merecido más tiempo del que supe darles.

Antes pensaba en esas renuncias como derrotas. Ahora me parecen más bien la forma que tomó mi existencia, quizá la única que estaba a mi alcance. La vida —si se me permite prestarle por un momento un rostro que no tiene— trabaja como un artesano indiferente: usa los materiales incompletos que le llegan y rara vez avisa cuáles le tocaron a uno. Desde ahí el pasado cambia de sitio: deja de ser un país al que quiero regresar y camina a mi lado sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su tiempo ya pasó.

El futuro también ha perdido parte de su antiguo poder. En la juventud imaginamos que todo está delante; después casi todo ocurre aquí, en este momento diminuto que tantas veces dejamos escapar mientras pensábamos en el siguiente. A las cuatro de la tarde, en marzo, la luz empieza a retirarse de la pared —como quien se disculpa antes de irse— sin que uno haya decidido todavía qué hacer con el día. Esa hora me encuentra siempre en la mitad de algo.

Quizá la vejez tenga una sabiduría modesta: ya no promete conquistas, se conforma con habitar bien una conversación o una página escrita sin prisa. No estoy seguro de que eso baste. Algunos días basta. Otros me sorprendo esperando algo que no sabría nombrar, y entonces el presente se estrecha y vuelve a parecerse a una sala de espera.

Y sin embargo termino volviendo a él. Todo lo demás cambia de nombre, de país, de rostro. El instante llega casi siempre desarmado —no exige explicaciones, apenas pide que uno esté ahí de veras— y ni siquiera eso lo consigo con la frecuencia que quisiera. Me pregunto si la edad del silencio será un lugar del que pueda salirse, o una casa interior donde uno aprende, con los años, a abrir las ventanas.

Desde la ventana de atrás se ve la ruelle: ese pasaje estrecho donde la ciudad guarda lo que no muestra —cercas vencidas, un cable colgando, la puerta trasera de una vida que no conozco—. Alguien pasa por ahí a esta hora casi todos los días y nunca he visto quién. Me quedo un rato mirando el paso vacío, con los zapatos todavía en la mano, sin decidir si esto que siento es paz o solamente costumbre.

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La dignidad de vivir sin respuestas

 La dignidad de vivir sin respuestas Hay días en que la existencia se me presenta despojada de sus explicaciones, como si alguien hubiera re...