martes, 2 de junio de 2026

12 Lo que el tiempo no se lleva

 Capitulo 12

Lo que el tiempo no se lleva

El invierno de la memoria llega siempre sin anunciarse. Se parece a la nieve que comienza a caer cuando uno todavía cree que el día seguirá siendo otoño. Primero es apenas una sospecha detrás de la ventana; después, sin que nadie lo note, el paisaje entero ha cambiado de rostro.

Dicen que el tiempo cura las heridas. Nunca he estado completamente seguro de ello. A mi edad sospecho que el tiempo no cura ni destruye: simplemente transforma. Lo que alguna vez fue dolor termina convirtiéndose en una forma distinta de comprensión, y lo que fue alegría pierde sus colores más vivos para quedarse únicamente con su luz.

Miro mis manos apoyadas sobre la mesa. La piel se ha vuelto fina, casi transparente en algunos lugares. Los años han dejado en ellas un mapa que ya nadie sabe leer. Sin embargo, todavía conservan la memoria de los trabajos, de los viajes, de las despedidas y de los regresos. El cuerpo olvida más despacio de lo que creemos.

A veces pienso que la juventud no es una etapa de la vida, sino una manera de mirar el horizonte. Cuando somos jóvenes creemos que el mundo nos espera. Más tarde comprendemos que el mundo nunca nos estuvo esperando; simplemente seguía su camino mientras nosotros aprendíamos a caminar dentro de él.

Quizá por eso la memoria resulta tan engañosa. No extrañamos los días que se fueron. Extrañamos a quien los vivió. El muchacho que alguna vez fui me resulta tan distante como cualquier desconocido encontrado en una fotografía antigua. Lo observo con una mezcla de ternura y extrañeza. Sé que habita en mí, pero ya no somos la misma persona.

Desde la ventana de mi apartamento en la calle De Rigaud veo caer la tarde sobre Montreal. La luz gris del invierno se desliza lentamente por los edificios, y las ramas desnudas parecen escribir signos incomprensibles contra el cielo. Hay una belleza discreta en esta ciudad cuando el frío la obliga a guardar silencio.

Pienso entonces en las personas que han atravesado mi vida. Algunas permanecen en la memoria con una nitidez sorprendente; otras se han ido borrando como tinta expuesta a la lluvia. Ninguna desaparece por completo. Todos dejan algo: una palabra, un gesto, una enseñanza involuntaria. Somos, en buena medida, la suma de las huellas que otros han dejado sobre nosotros.

La distancia tiene una manera peculiar de modificar los recuerdos. Los lugares que abandonamos dejan de existir tal como fueron. Permanecen suspendidos en algún rincón de la memoria, inmóviles, mientras nosotros seguimos envejeciendo. Con los años comprendí que emigrar no consiste únicamente en cambiar de país. Es aceptar que ciertas versiones de uno mismo quedarán para siempre habitando territorios a los que ya no es posible regresar.

Y, sin embargo, nada se pierde del todo.

Hay mañanas en las que el crujido de la calefacción, el aroma del café recién servido o una ráfaga de viento contra la ventana bastan para despertar mundos enteros. Entonces descubro que la vida continúa reuniendo los fragmentos dispersos de nuestra historia y acomodándolos de maneras inesperadas.

No siento nostalgia por lo que no volvió. La nostalgia suele embellecer demasiado las cosas. Siento, más bien, gratitud. Gratitud por haber atravesado el tiempo sin comprenderlo del todo. Gratitud por las alegrías y por las pérdidas. Gratitud incluso por las preguntas que nunca encontraron respuesta.


Hay sobre el librero un reloj que dejó de funcionar hace años. No lo he reemplazado. Me pregunto, con cierta frecuencia, por qué no. Quizás porque sigue marcando una hora que existió, y eso, de alguna manera difícil de precisar, me resulta más honesto que cualquier aguja que avance. Los objetos también guardan versiones de nosotros que preferimos no interrumpir.

Y hablando de objetos: junto al reloj detenido descansa un pequeño caballito articulado, de tonos beige y café, con las patas algo gastadas por el uso y una expresión que los juguetes abandonados a veces adquieren, una mezcla de paciencia y de espera. Se llama Woody. Lo conservo desde hace más años de los que sería capaz de contar con precisión.

Hubo un tiempo en que yo salía a trabajar de noche. No era el tipo de trabajo que uno elige con entusiasmo; era el tipo que uno acepta porque no hay otro, porque la noche tiene sus propias tarifas y sus propias exigencias. Me ponía el abrigo en el pasillo, buscaba las llaves con esa torpeza mecánica de quien ya sabe que el frío lo espera afuera, y entonces él aparecía. Todavía pequeño, todavía habitando esa edad en que los niños no distinguen bien entre lo necesario y lo mágico. Se acercaba con Woody extendido en las dos manos, con la solemnidad particular de quien entrega algo verdaderamente importante, y me decía que el caballito me daría las fuerzas para aguantar la noche.

Yo lo tomaba. Siempre lo tomaba.

Lo guardaba en el bolsillo del abrigo y salía a la oscuridad con ese peso pequeño y tibio contra la cadera. No sé si Woody me daba fuerzas. Sé que me daba algo más difícil de nombrar: la certeza de que había alguien esperando el regreso, alguien para quien mi resistencia importaba. Eso, a veces, es lo único que sostiene.

Ahora mi hijo tiene su propia vida, sus propias noches, sus propios abrigos que ponerse. Ya no necesita ofrecerle su caballito a nadie; ya aprendió que las fuerzas hay que encontrarlas en otro lugar, o inventarlas cuando no aparecen. Woody se quedó aquí, sobre el librero, sin que ninguno de los dos lo hayamos discutido. Hay cosas que no se reclaman porque ya pertenecen al sitio donde están.

Tengo también, guardado en este teléfono, un número que fue suyo antes de ser mío. Cuando pudo comprarse el suyo, el número pasó a mis manos con la naturalidad de esas herencias menores que no se anuncian. Sigo pagando esa línea. No la he cancelado. Me digo, cuando alguien me pregunta, que es por razones prácticas. Pero la verdad, como casi siempre, es más sencilla y más irracional: ese número es una forma de continuidad. Marcar esos dígitos alguna vez fue llamarlo a él. Ahora el número me pertenece, y en esa pequeña inversión hay algo que no sé cómo explicar del todo, como si al conservarlo mantuviera abierta una puerta que de otro modo el tiempo cerraría sin aviso.

Me sucede lo mismo con ciertas palabras. Hay frases que pronuncié en otro idioma, en otro país, dirigidas a personas que ya no existen o que simplemente dejaron de ser quienes eran. Esas frases no tienen traducción posible. No porque el vocabulario falte, sino porque el mundo que les daba sentido se cerró. Y uno aprende, con el tiempo, que no todo necesita ser traducido. Que algunas cosas merecen permanecer intactas en su idioma original, como fotografías que uno guarda sin enmarcar.

A veces me pregunto qué quedará de todo esto. No en el sentido vanidoso de la posteridad —esa ambición ya la he dejado atrás con cierto alivio—, sino en el sentido más modesto y verdadero: qué persiste de lo que uno fue, qué sobrevive al desgaste. Y la respuesta que encuentro, siempre provisional, siempre incompleta, es que sobrevive aquello que tocamos con suficiente atención. Lo que miramos de verdad. Una tarde en particular. Una conversación que nadie grabó. El modo en que la luz caía sobre una mesa y hacía que todo pareciera, por un instante, suficientemente bueno.

No es poco.


Porque al final, cuando la noche ocupa lentamente cada rincón de la habitación y el silencio vuelve a sentarse a mi lado, comprendo que la vida no nos pertenece. Somos nosotros quienes pertenecemos a ella durante un breve instante.

Y acaso eso sea suficiente.

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