sábado, 4 de julio de 2026

39 - ***La llama que el tiempo no apagó

 

Capítulo 39

-La llama que el tiempo no apagó

Hay tardes en que el silencio viene a sentarse frente a mí como un viejo amigo. No necesita anunciar su llegada. Basta que la ciudad comience a encender, una a una, sus luces lejanas, para que él ocupe su lugar al otro lado de la ventana. Permanecemos un largo rato sin pronunciar palabra. A nuestra edad, las mejores conversaciones ya no necesitan voz.

Mientras contemplo el ir y venir de la gente, el resplandor de los automóviles y el lento caer de la tarde sobre los tejados, dejo que la vida pase nuevamente frente a mis ojos. No con la nostalgia de quien quisiera volver atrás, sino con la serenidad de quien ha aprendido que cada jornada, incluso la más difícil, tenía algo que enseñarle.

Durante muchos años pensé que el silencio era un vacío que debía llenarse con palabras. Hoy sé que era exactamente lo contrario. El silencio era una casa. Una morada discreta donde el tiempo fue guardando aquello que la prisa de la vida parecía haberme arrebatado.

Una mañana, mientras los gorriones golpeaban con insistencia el vidrio del balcón reclamando sus acostumbradas migajas de pan y la ciudad despertaba envuelta en la luz tímida del amanecer, se me reveló una certeza que había permanecido esperándome durante años: el silencio tiene memoria.

Fue entonces cuando comenzaron a regresar, no los lugares, sino su luz.

La casa de mi infancia volvió a abrir sus puertas sobre un patio donde la tierra conservaba el perfume de la lluvia. Escuché otra vez la risa de quienes emprendieron el último viaje sin despedirse. Creí sentir el calor de unas manos que hace mucho dejaron de sostener las mías y el eco de voces que aún pronuncian mi nombre desde algún rincón invisible del tiempo.

Nada de aquello había vuelto realmente.

Era el silencio quien lo custodiaba para que nunca terminara de desaparecer.

Poco a poco fui entendiendo que la vida no se construye únicamente con aquello que logramos conservar, sino también con lo que aprendemos a dejar partir sin arrancarlo del corazón. Hay ausencias que no se marchan jamás; simplemente cambian de forma y terminan convirtiéndose en memoria.

Desde entonces aprendí a celebrar las ausencias como se celebran las estrellas. Sabemos que muchas de ellas dejaron de existir hace un tiempo inimaginable y, sin embargo, su luz continúa viajando hasta nosotros, atravesando la inmensidad de la noche. Así ocurre con las personas que amamos. Aunque ya no caminen a nuestro lado, algo de su claridad sigue llegando al alma, tardía y fiel, como un mensaje silencioso que el universo deposita en nuestras manos para recordarnos que el amor nunca desaparece del todo mientras alguien conserve la delicadeza de recordarlo.

Aquella revelación también me permitió volver a encontrarme conmigo mismo.

Vi al niño que corría por los caminos de Antioquia creyendo que el mundo terminaba donde comenzaban las montañas. Vi al muchacho que soñaba con conquistar el futuro sin sospechar cuánto habría de enseñarle la incertidumbre. Vi al hombre que un día cruzó un océano con la esperanza doblada en el bolsillo, convencido de que algún día regresaría. Y vi al anciano que hoy escribe estas páginas desde una tierra lejana, sabiendo que los regresos más profundos no ocurren por los caminos del mundo, sino por los senderos secretos de la memoria.

Todos siguen viviendo dentro de mí.

El niño que soñaba, el hombre que luchó y este viejo que conversa cada tarde con el silencio no son personas distintas. Son las aguas de un mismo río buscando, desde diferentes edades, el mismo mar.

Mi existencia nunca fue perfecta. Ninguna lo es. Está hecha de pérdidas que jamás encontraron explicación, de despedidas que llegaron demasiado pronto, de heridas que aprendieron a cicatrizar sin hacer ruido y de nostalgias que el exilio volvió más hondas. Pero también ha estado iluminada por pequeños milagros que casi siempre pasan inadvertidos: el amor de un hijo, la lealtad de unos pocos amigos y el canto obstinado de los gorriones que cada mañana vienen a recordarme que todavía existen motivos para abrir la ventana y agradecer un día más.

A esta altura del camino ya no le pido grandes cosas al destino.

No sueño con riquezas, ni con reconocimientos, ni siquiera con volver a los lugares donde alguna vez fui joven. Esos territorios permanecen intactos dentro del recuerdo, y quizá allí conserven una verdad que el paso del tiempo ya no podría devolverles.

Lo único que todavía le pido a la vida es conservar limpio el corazón. Que mis palabras no nazcan del resentimiento ni de las cicatrices, sino de la gratitud. Que cada página escrita pueda hacerle compañía a quien atraviese su propia noche. Que nadie cierre este libro sintiéndose más solo de lo que estaba antes de abrirlo.

Sé que volveré a tropezar. Mientras haya aliento, habrá días en que el cuerpo reclame descanso, la memoria juegue a esconder los nombres y el ánimo se vea empañado por alguna tristeza inesperada. Los años no nos vuelven invulnerables; apenas nos enseñan a caer con menos estruendo y a levantarnos con más paciencia.

Si alguna virtud quisiera conservar hasta el último de mis días, sería la serenidad. Esa que permite incorporarse despacio, apoyado en un bastón si hace falta, en un recuerdo cuando el corazón flaquea o en la mano invisible de la esperanza cuando todo parece perder sentido.

He descubierto que el dolor siempre encuentra el camino hasta la casa de los hombres. Cambian los tiempos, cambian los rostros y cambian las circunstancias, pero él llega con la misma puntualidad. Nadie consigue cerrarle la puerta para siempre. La verdadera sabiduría consiste en recibirlo sin entregarle las llaves del alma.

Hay una parte de mí que deseo proteger por encima de cualquier otra: la inocencia del corazón.

No hablo de esa ingenuidad que ignora la dureza del mundo, sino de la capacidad de seguir creyendo en la bondad cuando tantas veces hemos visto lo contrario. De conservar la disposición para ofrecer una sonrisa, escuchar con paciencia o tender una mano sin esperar recompensa. La vida endurece a muchos; yo quisiera que, al menos conmigo, no lograra su propósito.

Si el sufrimiento vuelve a llamarme, ojalá no consiga arrebatarme el asombro con el que todavía contemplo un amanecer, el vuelo impredecible de un pájaro o la alegría de encontrarme con mi hijo cuando el tiempo, siempre tan celoso, decide regalarnos unas horas para conversar. Hay instantes cuya sencillez vale más que todas las riquezas que un hombre pudiera reunir.

Con los años advertí que el verdadero patrimonio de una persona no son las propiedades que dejó a su nombre, ni los aplausos que alguna vez recibió, ni los cargos que ocupó. Todo eso termina por diluirse como la niebla cuando aparece el sol.

Lo que permanece es otra cosa.

Es la bondad que sembró sin hacer ruido.

La paz que fue capaz de regalar.

El consuelo que ofreció cuando alguien más atravesaba la oscuridad.

Y esa claridad interior que supo resguardar cuando todo alrededor parecía derrumbarse.

Eso es, al final, lo único que siento verdaderamente mío.

Un corazón que, a pesar de tantas ausencias, todavía sabe agradecer.

Una voz que jamás dejó de conversar con el silencio.

Y una pequeña llama interior que ni los años, ni el exilio, ni las pérdidas, ni la soledad han conseguido extinguir.

Con el paso del tiempo también descubrí que la esperanza no hace ruido. En la juventud la imaginaba como una hoguera inmensa, capaz de iluminar el horizonte entero. Ahora sé que se parece mucho más a la llama de una vela. No desafía al viento con violencia; simplemente permanece. Tiembla, vacila, parece a punto de apagarse... y, sin embargo, continúa ofreciendo su luz con una humildad que ninguna tempestad consigue derrotar.

Quizá en eso consista envejecer con dignidad: dejar de querer ser un incendio para aceptar la sencilla misión de seguir siendo una llama.

No una luz destinada a iluminar el mundo entero —esa ambición pertenece a la juventud—, sino la que basta para alumbrar el pequeño universo donde aún transcurre nuestra existencia: la mesa donde escribimos, la ventana desde la que saludamos cada mañana a los gorriones, el sillón donde descansan los libros que nos acompañaron durante la vida y el camino por el que, de vez en cuando, aparece un hijo querido con la alegría de quien aún encuentra tiempo para abrazar a su padre.

Hay una verdad que sólo la quietud termina revelando. Las claridades más hondas no descienden del cielo; nacen lentamente en el interior de quienes dejan de pelear con el pasado y hacen las paces con el tiempo. Entonces descubren que la felicidad no consiste en volver a ser quien fueron, sino en recibir con humilde gratitud a la persona en la que la vida los ha convertido.

Por eso continúo escribiendo estos diálogos.

No para dejar respuestas, porque hace mucho renuncié a ellas, sino para acompañar preguntas que también pertenecen a otros.

Quizá algún caminante abra estas páginas en una tarde cualquiera, cuando el ruido del mundo le pese demasiado, y encuentre en ellas la misma compañía que yo encontré al sentarme frente al silencio.

Si eso ocurre, sentiré que este largo viaje habrá valido la pena.

Porque entonces sabré que la llama que el tiempo no consiguió apagar dejó, al menos por un instante, un poco de su luz en el corazón de otro caminante.

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38 La promesa de la próxima vez

 Capítulo 38 

La promesa de la próxima vez

Con los años he ido dejando de esperar grandes acontecimientos. No sabría precisar cuándo empezó ese desprendimiento; sospecho que fue ocurriendo solo, sin mi intervención, como se gastan los escalones de una casa. De joven yo creía que la felicidad debía llegar haciendo ruido, como un tren que entra en la estación anunciando destinos. Ahora me inclino a pensar que las alegrías que de verdad me han tocado llegaron de puntillas. No golpearon la puerta. Apenas la rozaron.

Hace unos días sonó el teléfono. Era Mauricio. Su voz conservaba ese tono sereno que le conozco desde siempre, aunque ahora la habitan las responsabilidades de un hombre que ha construido su propia vida: el trabajo que ocupa buena parte de sus días, la maestría que termina en las noches, la etapa nueva que comenzó junto a Paloma, con quien comparte un hogar y un futuro que se va escribiendo entre proyectos y esas pequeñas rutinas que, según voy viendo, terminan siendo una vida. Escucharlo me produjo una felicidad que no sabría explicar del todo. Quizá no haga falta.

Quedamos de encontrarnos, como casi siempre, en nuestro lugar de siempre. No hizo falta decidirlo. Hay sitios que con el tiempo dejan de ser un lugar, o al menos eso me parece, y pasan a ser una habitación más de la memoria. Para nosotros, el mercado Jean-Talon es uno de ellos. Cada vez que cruzo sus puertas tengo la impresión de entrar en una casa donde todavía vive el tiempo: los colores de las frutas, las flores desbordando los puestos, el olor del pan, las voces mezcladas de quienes llegaron desde tantos rincones del mundo. Todo parece seguir el mismo ritmo de hace años, aunque no podría jurarlo; es posible que el ritmo que no ha cambiado sea el mío.

Caminamos despacio entre el bullicio. Él observaba los productos con curiosidad; yo lo observaba a él. Mientras hablaba fui descubriendo, una vez más, al hombre en que se ha convertido: seguro, responsable, bueno de una manera que no necesita exhibirse. Y sin embargo, detrás de ese hombre todavía alcanzo a distinguir al niño que corría por estos mismos pasillos tomándome de la mano. No sé si los recuerdos envejecen. El mío, al menos ése, parece haber aprendido a caminar a mi lado sin pedirme nada.

Después entramos a la panadería Première Moisson. Nos recibió el pan caliente, esa hospitalidad que nunca ha cambiado. Cuántas veces nos sentamos allí cuando Mauricio apenas lograba asomarse por encima de la mesa. Éramos tres entonces, aunque no hacía falta decirlo: bastaba ver cómo ocupábamos el pequeño mundo de aquella mesa, cómo el futuro se abría ante nosotros como un continente inmenso donde todo parecía posible.

Yo no sabía —y supongo que nadie lo sabe mientras la dicha ocurre— que un día iba a recordar esa escena con la delicadeza con que se sostiene una fotografía antigua, temiendo que el aire, o el tiempo, o la vida misma, pudiera desvanecerla.

Pedimos café y conversamos largo rato. No hablamos de nada extraordinario: de su trabajo, de la universidad, de Paloma, de algún libro, de proyectos sencillos. Voy sospechando que la intimidad verdadera no necesita grandes confesiones; basta con que dos personas puedan compartir el tiempo sin la obligación de llenarlo de palabras. Pero es apenas una sospecha mía, formada en tardes como ésa.

Al terminar caminamos hasta el automóvil. La tarde empezaba a recostarse contra los edificios, sin apuro. Mientras él conducía de regreso seguimos conversando con esa tranquilidad que existe, me parece, entre quienes ya no tienen nada que demostrarse. Fue entonces cuando, con absoluta naturalidad, dijo:

—Creo que de ahora en adelante vamos a poder vernos más seguido. Ya estoy terminando la maestría y voy a tener un poco más de tiempo. Además, vivo más o menos por tu ruta. La próxima vez paso por tu casa y te recojo.

No respondí enseguida. Seguí mirando por la ventanilla los árboles que desfilaban despacio. Hay frases que a uno le llegan sin hacer ruido, y ésa venía de tan lejos que tardé en recibirla completa. Sentí una emoción antigua, de las que no buscan lágrimas ni piden explicaciones. Recordé, sin proponérmelo, los años en que era yo quien pasaba por él: la salida de la escuela, su mano enguantada dentro de la mía al cruzar la calle en invierno. Nunca imaginé que la vida fuera a invertir los caminos con tanta suavidad. Ahora será él quien venga por mí. Y en lugar de sentirme viejo, sentí —no encuentro un modo más exacto de decirlo— que algo había dado la vuelta sin ruido, como esas puertas que giran solas cuando nadie las está mirando.

No sé si a eso se le llama madurez; me falta autoridad para definirla. Pero se le parece: que el cuidado recibido en la infancia encuentre, sin que nadie lo exija, un camino de regreso.

Cuando llegamos frente a mi edificio permanecimos unos instantes conversando antes de despedirnos. Ninguna solemnidad; solo el afecto tranquilo de dos hombres que han aprendido a quererse sin necesidad de decírselo a cada rato. Lo vi alejarse por la calle y no sentí esa tristeza que tantas veces acompaña a las despedidas. Sentí otra cosa, más parecida a una lámpara que alguien deja encendida para los días que vienen.

Entré en casa. Preparé un café, abrí un libro, y antes de empezar a leer me quedé largo rato frente a la ventana. Afuera, la calle Rigaud iba entrando en esa hora en que las cosas pierden el contorno. Pensé que la felicidad, a esta edad, ya no se parece a lo que yo esperaba de ella. De joven soñaba con conquistar no sé qué mundo; ahora me pregunto si el mundo no cabrá entero en unas pocas horas compartidas con un hijo, en una promesa dicha casi al descuido: la próxima vez paso por ti.

Es posible que exagere, como exageramos los padres cuando hablamos de nuestros hijos. Lo único cierto es que la casa volvió a llenarse de silencio, y que el silencio, esta vez, no pesaba. En algún lugar de la ciudad Mauricio conducía de regreso a su vida. Yo me quedé junto a la ventana, sin encender todavía la lámpara, esperando no sé exactamente qué. Quizá la próxima vez.

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viernes, 3 de julio de 2026

37 Donde los libros también envejecen

 

Capítulo 37

Donde los libros también envejecen

Hay días en que no busco un libro; es él quien termina encontrándome.

Esta tarde de febrero, mientras la nieve apagaba los colores del mundo detrás de la ventana, me acerqué lentamente a la vieja biblioteca que me ha acompañado durante tantos años. La madera de los estantes crujió con ese lamento discreto de las cosas que han soportado demasiado peso: el de los libros, el de los recuerdos y, quizá también, el de mi propia vida.

Saqué un volumen con el cuidado con que se toma la mano de un viejo amigo. Por un instante temí que toda la hilera de libros se desplomara, como si las historias hubieran decidido derrumbarse al mismo tiempo sobre el suelo. Pero el libro llegó dócilmente hasta mis manos, con la mansedumbre de aquello que ha sido amado durante muchos años.

Entonces ocurrió el pequeño milagro de siempre.

Al abrirlo, escapó ese olor inconfundible de las páginas envejecidas. No es un simple aroma. Es una presencia. El aliento de un bosque que alguna vez fue árbol, después papel y finalmente pensamiento. También es la huella invisible de todas las manos que sostuvieron ese mismo libro antes que las mías, de los ojos que recorrieron sus páginas buscando respuestas parecidas a las que yo aún sigo buscando.

Cada vez que ese perfume antiguo se levanta entre las hojas, siento que alguien me saluda desde otro tiempo. Me recuerda que no he sido el único en conocer la incertidumbre, la pérdida o la esperanza. Otros hombres, mucho antes de que yo llegara a este invierno de la vida, sintieron el mismo estremecimiento al pasar lentamente los dedos sobre una página.

Tal vez por eso nunca he podido considerar un libro como un simple objeto.

Cada libro es una casa donde el tiempo decidió quedarse a vivir.

Uno abre la cubierta como quien empuja la puerta de una vieja casa y descubre vidas suspendidas entre los renglones: preguntas que todavía respiran, silencios que ningún autor alcanzó a responder y pequeñas luces que sobreviven al olvido. Hay libros que parecen esperarnos durante años hasta que, de pronto, una frase encuentra exactamente la herida para la cual fue escrita.

Mientras avanzo en la lectura, siento que mis propios desórdenes comienzan a acomodarse. No porque el libro resuelva mis dudas, sino porque, mientras leo, dejo de pelear conmigo mismo. Las palabras no cambian la realidad; cambian el lugar desde donde la contemplo.

Con los años he comprendido que ya no leo para aprender, sino para habitar mejor el silencio.

En esta casa, donde el tiempo parece haberse sentado a descansar y el bullicio del mundo apenas consigue atravesar los cristales, la vejez ha dejado de parecerme un naufragio. Se ha convertido en una isla. No una isla de abandono, sino de recogimiento. Aquí encontré refugio lejos de la gente que vive apresurada, persiguiendo espejismos que mañana serán olvido. Mi única compañera constante es esta soledad serena, y mis interlocutores más fieles son los libros.

A veces permanezco largos minutos observando los estantes sin tocar ninguno. Entonces descubro que no son simples lomos de papel alineados contra la pared. Son presencias silenciosas que esperan, con una paciencia infinita, el momento en que vuelva a llamarlas. Nunca exigen mi atención. Nunca reclaman nada. Permanecen allí, disponibles, como esos viejos amigos que comprenden que el afecto también sabe guardar silencio.

Cuando tomo uno entre las manos, la habitación cambia de dimensión. Las paredes parecen ensancharse y la distancia entre este pequeño apartamento canadiense y el resto del mundo desaparece. Viajo sin moverme. Camino por ciudades que jamás conoceré, converso con hombres muertos hace siglos, comparto el dolor y la alegría de personas que nunca existieron y, sin embargo, terminan formando parte de mi propia memoria.

Comprendo entonces que la verdadera soledad no consiste en vivir sin gente, sino en vivir sin diálogo. Y los libros, desde hace mucho tiempo, son el diálogo más honesto que conozco. No interrumpen. No juzgan. No pretenden convencerme. Sólo esperan a que mi espíritu esté dispuesto para continuar una conversación iniciada mucho antes de que yo naciera.

Mis días ya no se miden por las horas del reloj ni por las obligaciones del calendario. Se parecen más a los capítulos de una larga lectura. Cada libro deja una pequeña brasa encendida en la conciencia, y esa lumbre me acompaña cuando vuelvo a cerrar sus páginas.

Entre ellas todavía aparecen pequeñas reliquias de mi propia vida: una hoja seca, una fotografía olvidada, un boleto de autobús perteneciente a un país que desapareció con el paso de los años. También encuentro antiguos subrayados que ya no reconozco. Los leo con la curiosidad con que uno descifra la letra de un desconocido, hasta comprender que ese desconocido fui yo.

Quizá por eso releer sea una forma de conversar con las distintas personas que hemos sido. El libro permanece casi intacto; quien cambia es el lector.

A veces contemplo toda esta biblioteca y me pregunto qué ocurrirá con ella cuando mis manos ya no puedan alcanzar estos estantes. No encuentro tristeza en esa idea. Sólo una serena curiosidad. Mi hijo Mauricio posee sus propios libros, escritos en otro idioma y pertenecientes a otra generación. Estos viejos compañeros seguirán aquí algún tiempo más. Tal vez alguien los abra algún día y encuentre entre sus páginas alguna nota escrita con mi letra, una flor seca o un boleto olvidado. Quizá entonces, sin conocer mi nombre, imagine la vida de aquel hombre que un día dejó una parte de sí mismo escondida entre estas hojas.

Sea cual sea su destino, los libros ya habrán cumplido el suyo.

Porque me acompañaron cuando el silencio se hizo demasiado grande y me enseñaron que el alma también necesita alimento, del mismo modo que los gorriones que cada mañana llegan puntuales a mi balcón buscando las migas que les dejo con la misma fidelidad con que regreso a estas páginas.

Esta noche dejo el volumen abierto sobre la mesa, como quien interrumpe una conversación que sabe continuará mañana.

La lámpara derrama una luz tibia sobre la madera. Afuera sigue cayendo la nieve con la paciencia de los inviernos canadienses. Adentro, en cambio, permanece encendida otra claridad, más antigua y más humilde.

Pienso entonces que leer es un acto de fe.

La fe de creer que una palabra escrita hace siglos todavía puede iluminar el corazón de un hombre viejo que, desde el exilio y la serenidad de su última estación, continúa aprendiendo a escuchar el silencio.

Y quizá esa sea la forma más discreta de la inmortalidad: dejar una lámpara encendida para que otro caminante, cuando llegue la noche de su propia vida, encuentre también el camino hacia sí mismo.

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jueves, 2 de julio de 2026

36 — El país de adentro

 Capítulo 36

— El país de adentro

No sabría decir en qué momento empecé a vivir hacia adentro. Sospecho que no fue una decisión, ni siquiera un descubrimiento: fue más bien una lenta maduración del silencio, algo que se hizo solo mientras yo estaba ocupado en otras cosas, como esas plantas que un día amanecen inclinadas hacia la ventana sin que nadie las haya movido. Quizá después de los setenta —aunque no podría jurar que la edad tenga la culpa— uno empieza a sospechar que la única patria que le queda no figura en ningún mapa. No es un territorio ni una memoria precisa. Se parece más a un cuarto en penumbra donde la conciencia se sienta a conversar consigo misma, sin apuro, sabiendo que nadie la espera afuera.

Esta noche, por ejemplo. La lámpara del escritorio deja un círculo de luz sobre la mesa y el resto del apartamento queda en esa oscuridad amable que ya no me inquieta. En la escalera del edificio alguien sube despacio; cuento los pasos sin proponérmelo, como quien sigue una música que conoce de memoria. Ahí afuera está Montreal, con su invierno que a veces parece no tener bordes, y aquí adentro estoy yo, hablando conmigo en voz baja. No estoy seguro de que eso sea sabiduría. Puede que sea apenas costumbre. Pero es lo más parecido a un país que he tenido en muchos años.

Cada pensamiento, últimamente, se me vuelve diálogo con una voz que me acompaña desde la infancia y que ignoré durante décadas, quizá porque el ruido de vivir no dejaba oírla. Cada página que escribo en esta mesa es una manera de escucharla, o de escucharme; todavía no distingo bien la diferencia. Y en ese escucharse, el mundo se reorganiza sin que uno se lo pida: deja de ser un escenario y pasa a ser otra cosa más difícil de nombrar, una resonancia, el eco que las cosas dejan cuando ya han pasado.

He buscado consuelo afuera, como todos. La ciudad no lo ofrece, o yo no he sabido encontrarlo en sus parques endurecidos por el hielo, en las pocas estrellas que se dejan ver entre los edificios. Tal vez el consuelo nunca estuvo en los lugares. Tal vez esté en los semejantes: en una mirada que reconoce el cansancio del otro sin pedirle explicaciones, en la voz de alguien que escucha sin mirar el reloj. No podría demostrarlo, pero sospecho que fuera de lo humano no hay consuelo verdadero. Hay paisaje, que no es lo mismo.

Pienso en los que envejecen en silencio en apartamentos como éste, y en quienes caminan de noche por Sherbrooke, o por cualquier calle del mundo, como si esperaran una señal que no termina de llegar. Pienso también en los que vinieron de lejos y todavía no encuentran dónde apoyar la memoria. Los reconozco, creo, porque he sido uno de ellos, y es posible que lo siga siendo. Yo también he velado sin compañía; también he avanzado por esta ciudad con la sensación de que el mundo no me debía respuestas y no pensaba darlas.

Y sin embargo hay algo, una fraternidad que no se firma en ningún papel. No hacen falta palabras: basta el modo en que un desconocido baja la mirada en el metro, el suspiro breve de alguien antes de seguir caminando bajo la nieve. Extraños, sí. Pero unidos por una nostalgia que ninguno sabría explicar si se lo preguntaran. En esa unión hay un saludo que no se pronuncia. Yo lo he sentido algunas veces, o he querido sentirlo, que a esta edad viene a ser casi lo mismo.

A veces me digo que no nos es dado ser del todo. Que somos más bien corriente: fluimos entre las formas del día y del trabajo, entre lo que la memoria decide guardar, y nada nos pertenece por completo; todo nos atraviesa y sigue su camino. La vida nos moldea sin pedir permiso, nos va cambiando con los duelos, con las ciudades que nos adoptan sin prometer nada. Y aun así —aquí me sorprendo, porque a estas alturas debería haber aprendido— sigo soñando con perdurar: con quedar fijado en una palabra, en una página que alguien lea cuando yo ya no esté para corregirla. Ignoro qué nombre darle a esa ansia. Vanidad, tal vez. O apenas la manera que tiene la vida de insistir en nosotros hasta el final.

La soledad, que me ha oído pensar todo esto, no dice nada. Está sentada donde siempre, un poco fuera del círculo de la lámpara. En la escalera, los pasos se han detenido en un piso que no es el mío. Me quedo mirando la hoja sin saber si este país de adentro es un refugio o solamente el último cuarto que me queda por habitar, y dejo la pregunta abierta sobre la mesa, junto a la pluma, por si mañana todavía me parece importante.

35 La maduración del silencio

 Capítulo 35

 La maduración del silencio

Esta noche, mientras la lámpara de la mesa dibuja su círculo amarillo sobre unos papeles que ya no recuerdo por qué saqué, se me ocurre que nadie me enseñó el camino hacia adentro. No fueron las calles, sospecho, ni el peso de los almanaques. Fue más bien una lenta maduración del silencio, si esa expresión no promete demasiado. Hay una edad —yo la crucé hace tiempo, aunque no sabría fechar el día— en que uno empieza a sospechar que la única patria que le queda no figura en los mapas. No es una geografía, ni siquiera un recuerdo nítido; se parece más a un cuarto en penumbra donde uno se sienta, descalzo, a conversar con lo que va quedando de sí.

Quizá por eso todo pensamiento se me ha vuelto coloquio con una voz que me acompaña desde muy atrás, aunque durante décadas apenas la escuché. Cada línea que trazo sobre esta mesa puede que no sea otra cosa que un intento de oírme. Y cuando lo consigo —no siempre; casi nunca—, el mundo se reordena un poco: deja de ser ese escenario de vanidades que tanto me fatigó y se convierte en algo más parecido a una resonancia.

Afuera, la ciudad no ofrece amparo, o yo no he sabido encontrárselo. Montreal puede ser generosa, pero sus avenidas de enero no abrazan a nadie, y las estrellas, cuando el hormigón las deja verse, quedan demasiado lejos para servir de refugio. Me inclino a creer que el verdadero asilo está en los otros: en una mirada que reconoce el cansancio de uno, en el tono de quien escucha sin apuro. Fuera de ese calor no he encontrado gran cosa, aunque admito que tal vez no busqué bien.

A veces, en la fila del dépanneur o esperando que cambie un semáforo, reconozco a los míos. Hombres y mujeres que encanecen callando, gente que sale de madrugada como buscando una señal que nadie prometió. Los reconozco sin que medien palabras: algo en la manera de bajar la mirada, cierto peso en el suspiro antes de reanudar la marcha, los delata. Yo también fui de esos que zurcían las calles convencidos de que el mundo giraba sordo a sus preguntas; quizá lo siga siendo. Somos extraños atados por una nostalgia que no sabría nombrar, y en esa comunión callada hay un saludo que no llega a los labios pero que, lo confieso, me sacude el pecho.

Se nos niega, creo, la plenitud de ser algo de una vez y para siempre. O acaso no seamos más que corriente: fluimos, nos derramamos por las grietas del día y de la fatiga, y nada nos pertenece en propiedad; todo nos atraviesa camino de otra parte. La vida nos amasa sin pedir permiso. Somos una arcilla breve que cambia de forma con cada pérdida, con cada ciudad que nos adopta sin prometernos nada. Y sin embargo soñamos con perdurar: con quedar detenidos en una palabra, en un papel que dure apenas un poco más que nosotros. No sabría decir si a eso puede llamársele sed o simple terquedad.

La soledad, que lleva años sentándose a mi lado sin anunciar sus visitas, no dice nada de todo esto. Me gusta pensar que lo sabe, aunque tal vez sólo esté, como yo, esperando. Arriba, el vecino cruza su cuarto con pasos lentos; después, nada. Dejo la lámpara encendida un rato más, por si la voz vuelve. No estoy seguro de que fuera a reconocerla. Pero la mesa está servida de silencio, y esta noche eso parece bastar. O casi.

martes, 30 de junio de 2026

34 Donde ya no existe el regreso

 

Capítulo 34

Donde ya no existe el regreso

Hay una palabra que gasté demasiado con los años: volver. La repetía como quien acaricia una llave, convencido de que todavía abría alguna puerta. Hoy sospecho que las puertas también envejecen y que algunas dejaron de existir mucho antes de que uno reúna el valor para cruzarlas.

Durante mucho tiempo creí que el viaje más importante de mi vida había sido abandonar la tierra donde nací. Pensaba que el exilio era apenas la distancia entre dos países, entre un ayer que se alejaba y un presente que nunca terminó de parecerme propio. Soñaba con el regreso, convencido de que bastaría atravesar otra vez el océano para encontrar intacto lo que había dejado atrás, como si los pueblos esperaran pacientemente a quienes se marchan y las calles conservaran la memoria de nuestros pasos.

La vejez fue desmintiendo esa ilusión sin hacer ruido, del mismo modo en que el edificio de la calle Rigaud fue cambiando de inquilinos hasta que un día ya no reconocí ningún nombre en los buzones del vestíbulo.

Entonces comprendí que el lugar al que uno regresa nunca es el mismo. Tampoco lo es el hombre que vuelve.

Mientras yo aprendía otros inviernos, otras palabras y otros silencios, la tierra que dejé siguió respirando sin mí. Los árboles crecieron sin pedirme permiso. Las casas envejecieron. Los amigos aprendieron a pronunciar mi nombre cada vez con menos frecuencia, hasta que ese nombre terminó sonándoles como el de un viajero del que apenas se conserva una fotografía amarillenta.

Quizá la patria nunca fue un sitio fijo sobre un mapa, sino un instante. Y los instantes, que yo sepa, no conocen el camino de regreso.

No volvemos al pasado. Volvemos, cuando mucho, a la versión que la memoria decidió conservar de él. Pero la memoria es una artesana piadosa: suaviza las heridas, ilumina las sombras, embellece aquello que apenas fue cotidiano, hasta construir un país que probablemente nunca existió tal como hoy lo recuerdo.

Fue entonces cuando comprendí que el verdadero exilio no comienza el día en que uno se marcha. Comienza mucho después, cuando descubre que esa tierra, con la misma lentitud con que uno aprendió a vivir lejos, también aprendió a olvidarlo.

Sin embargo, con los años entendí algo aún más profundo.

El ser humano nunca deja de caminar.

Aunque las piernas pierdan fuerza y el cuerpo reclame descanso, el alma continúa su peregrinación. Es un viajero silencioso que no necesita caminos ni equipaje. Avanza entre recuerdos, pérdidas y esperanzas; cruza puentes invisibles construidos con la memoria y asciende montañas donde solo la serenidad puede respirar.

Tal vez toda mi vida haya sido eso: una peregrinación hacia el hombre que estaba destinado a ser.

No un viaje para llegar, sino para comprender.

Comprender que el perdón pesa menos que el resentimiento.

Que el amor permanece incluso cuando quienes lo inspiraron ya no están.

Que la nostalgia puede dejar de ser una herida para convertirse en una lámpara que ilumina el camino sin cegarnos con el pasado.

En el apartamento de Rigaud los radiadores golpean de vez en cuando contra las tuberías. Es un sonido metálico, obstinado, que antes interrumpía el silencio y ahora parece formar parte de él. Al principio me irritaba. Hoy casi lo espero, como se espera la voz de un viejo amigo con quien ya no hace falta conversar para sentirse acompañado.

Miro mis manos y ya no descubro fuerza en ellas, sino tiempo. Cada arruga parece un río que desemboca en algún recuerdo cuyo nombre se me escapa. No pertenezco del todo a esta tierra donde los arces se incendian antes de entregarse al invierno. Pero tampoco pertenezco ya a aquella donde aprendí mis primeras palabras. Los calendarios borraron mis huellas en ambos lugares.

Y, sin embargo, sigo aquí.

Quizá el ser humano pueda perder un país sin perderse completamente a sí mismo.

No sé si eso sea consuelo o resignación disfrazada de sabiduría. A esta altura de la vida ya no siento la necesidad de distinguir entre ambas.

Con los años dejé de buscar respuestas en el ruido del mundo. Los libros me acompañaron durante décadas y todavía lo hacen, pero últimamente encuentro algunas de las lecciones más profundas donde menos las esperaba.

Cada mañana llegan los gorriones a mi balcón.

Nunca sé si son los mismos, aunque me gusta creer que sí. Se posan sobre la baranda y comienzan a cantar con una perseverancia que me conmueve. Parecen reclamar, con la confianza de los viejos amigos, el puñado de harina que les corresponde.

Los observo durante largo rato.

Algunos comen despacio. Otros toman un trozo mayor y desaparecen entre las ramas. Me gusta imaginar que vuelan hacia un nido donde unos picos diminutos esperan el alimento con la misma fe con que un hijo espera el regreso de su padre.

Ellos ignoran que también me alimentan.

Mientras revolotean frente a mi ventana comprendo que la naturaleza nunca necesita discursos para enseñar. Ningún gorrión presume de generoso cuando comparte. Ninguno se lamenta por el invierno que vendrá. Ninguno guarda rencor por la tormenta que acaba de pasar.

Simplemente viven.

Y yo, que durante tantos años busqué comprender la existencia en grandes pensamientos y largas reflexiones, descubro que algunas respuestas caben en el vuelo de un pájaro que apenas pesa unos gramos.

Quizá la sabiduría consista precisamente en eso: dejar de formular preguntas que nadie puede responder y aprender, al fin, a contemplar.

También la soledad cambió de nombre.

Hubo un tiempo en que la confundía con abandono. Hoy se parece más a una habitación donde puedo sentarme frente a mí mismo sin necesidad de aparentar nada. Claro que hay tardes en que esa misma habitación se vuelve fría y las ausencias pesan más de la cuenta. Pero incluso entonces comprendo que el silencio no siempre viene a castigarnos; muchas veces llega para devolvernos a nuestra propia compañía.

Los años me han quitado personas, lugares y fuerzas que creía inagotables. A cambio me dejaron regalos que solo la vejez sabe ofrecer: una calma desconocida, la costumbre de agradecer las pequeñas cosas, la capacidad de conmoverme viendo caer la nieve, escuchando el viento entre los arces o contemplando el canto obstinado de un gorrión.

Ahora sé que el peregrino del alma no camina para conquistar nuevos horizontes.

Camina para reconciliarse consigo mismo.

Hoy abro la ventana. El aire frío entra sin pedir permiso. Los gorriones deben de estar esperándome en algún alero cercano. No sé si vendrán esta mañana, ni si mañana seguiré aquí para recibirlos.

Preparo café de todos modos.

Y mientras el aroma llena lentamente la habitación, comprendo que el hogar nunca fue un lugar al que pudiera regresar.

El hogar era este instante.

Esta paz.

Esta humilde costumbre de permanecer quieto un momento, agradeciendo el camino recorrido, antes de que vuelva a oscurecer.

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lunes, 29 de junio de 2026

33 — El calendario de la ausencia

Capítulo 33

   El calendario de la ausencia

A mis setenta y cuatro años he dejado de creer que el tiempo sea esa sucesión obediente de días que los hombres encierran en un calendario. Después de cuatro décadas de exilio comprendí que el tiempo no se mide por los años vividos, sino por aquello que todavía logra conmover algo dentro de uno.

La soledad, que desde hace mucho se sienta frente a mí cada mañana, guarda silencio mientras la observo. Ella sabe que no necesito respuestas. Le basta acompañarme para que entienda lo que antes me negaba a aceptar.

—¿Dónde fueron a parar tantos años? —le pregunto a veces.

Y ella, como siempre, responde con su manera de callar.

No sé en qué momento dejaron de sorprenderme las estaciones. Un invierno se parece al siguiente; luego llega una primavera que apenas descubro porque los cerezos florecen lejos de la ventana donde escribo. Después el verano madura sin pedirme permiso y, cuando apenas comienzo a sentir su tibieza, el otoño vuelve a cubrir los senderos con hojas que crujen bajo los pasos de desconocidos.

El mundo continúa girando con una puntualidad admirable, aunque ya casi no me reclame.

Las vitrinas cambian de ropa, los niños crecen, los jóvenes se enamoran con la impaciencia que alguna vez también fue mía. Los supermercados anuncian frutas que me recuerdan los huertos de mi infancia, y antes de acostumbrarme a su aroma ya aparecen las luces de diciembre iluminando otra Navidad.

Así descubrí que los años no hacen ruido cuando pasan.

Simplemente dejan de detenerse.

Quizá sea porque mi vida, desde hace mucho, transcurre entre rituales sencillos: preparar el café antes del amanecer, abrir un libro ya subrayado por mis propias manos, escribir unas páginas mientras la lluvia golpea los cristales o contemplar el vuelo de las aves que regresan cada primavera sin conocer la palabra exilio.

Ellas siempre encuentran el camino de regreso.

Yo aprendí a vivir con la certeza de que hay viajes que nunca terminan.

A veces pienso que durante la infancia el tiempo era inmenso porque cada jornada inauguraba un universo distinto. Todo era descubrimiento. El miedo tenía el sabor de la aventura y cada pregunta abría una puerta que nadie había cruzado antes. Vivíamos estrenando el mundo. Ahora sospecho que no era la juventud la que hacía más largos los días. Era el asombro.

Cuando el asombro desaparece, las semanas comienzan a deslizarse unas sobre otras como hojas secas empujadas por el viento. Los años dejan de caminar y simplemente resbalan sobre la memoria.

La soledad vuelve a mirarme.

No sé si todavía es posible detener el tiempo. Tampoco sé si eso importa. Lo que sí noto —y me cuesta poco confesarlo— es que ciertos instantes resisten: un verso que aparece en el lugar exacto, el perfume de la tierra después de la lluvia, el recuerdo de alguien que ya no está y que de pronto vuelve con una claridad que no le pedí. En esos momentos algo dentro de mí todavía se mueve. No sé cómo llamarlo. No sé tampoco si merece un nombre.

Hoy ya no deseo recuperar los años perdidos ni desandar el camino del exilio. Hay algo en esta vida reducida —el apartamento de la calle Rigaud, los cristales empañados, esta vieja compañera silenciosa que comparte mi café— que no se parece al fracaso tanto como antes temí.

Quizá eso sea suficiente.

O quizá no lo sepa todavía.

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domingo, 28 de junio de 2026

32 — Lo que no se ve

 CAPÍTULO 32

— Lo que no se ve


Hay algo que aprendí tarde, o que quizás siempre supe pero tardé mucho en tomar en serio: que las personas que uno cree conocer son, en el mejor de los casos, una hipótesis. Una conjetura que vamos revisando, o que dejamos de revisar porque nos cansa la incertidumbre y preferimos la comodidad de creer que ya sabemos.

No lo digo como reproche. Lo digo como quien constata algo desde la distancia que dan los años y cierta soledad elegida. Aquí, en este apartamento de la calle Rigaud, donde el invierno convierte cada tarde en una penumbra prematura, he tenido tiempo suficiente para pensar en la cantidad de veces que juzgué a alguien con una rapidez que ahora me avergüenza un poco. No con maldad, creo. Con la impaciencia del que todavía no ha entendido del todo que cada vida es un territorio cuya extensión real nunca termina de verse desde afuera.

Uno camina junto a alguien durante años y cree haberlo leído. Y luego ese alguien dice una frase, o guarda un silencio en el momento equivocado, y uno descubre que hay una habitación entera que nunca fue mostrada. No porque haya engaño necesariamente. Sino porque cada persona lleva consigo una historia que ni ella misma sabe narrar del todo: el miedo antiguo que vive disfrazado de carácter, la herida que se convirtió en costumbre, la pérdida que nunca fue llorada del todo y que por eso sigue habitando algún lugar del cuerpo sin nombre visible.

He llegado a sospechar que el lenguaje alcanza para muy poco cuando se trata de transmitir lo que realmente pesa. Se pueden decir las palabras correctas y aun así no transferir nada esencial. Hay dolores que no caben en ninguna sintaxis. Hay alegrías también, supongo, aunque ésas parecen más fáciles de fingir que de compartir.

Y entonces, casi sin querer, el pensamiento da la vuelta y me encuentra a mí mismo. Porque lo que digo de los otros no deja de aplicarse, con la misma o mayor fuerza, al propio interior. Tampoco me conozco del todo. Eso que creí entender sobre mí mismo a los cuarenta, a los cincuenta, resultó ser apenas un borrador.

He pensado bastante, en estos años, en la ira. En cuántas veces lo que sentí como enojo era en realidad otra cosa que no sabía nombrarse a sí misma: una tristeza demasiado expuesta, una pérdida que no encontró forma de mostrarse desnuda y se vistió de dureza para salir al mundo. La ira viaja casi siempre acompañada, aunque uno no lo sepa en el momento. Protege algo frágil que no se atreve a aparecer solo. Y cuando esa armadura llega a su límite —cuando el cuerpo ya no puede sostenerla— a veces vienen las lágrimas. No como derrota, como creí durante mucho tiempo. Sino como una verdad que se abría paso por donde encontraba grieta. El único idioma, sospecho, que nunca aprendió del todo a mentir.

Pero hay algo que tardé aún más en entender: que ciertas emociones no llegan para ser vencidas. Algunas solo quieren ser escuchadas. Y cuando uno deja de combatirlas y se queda quieto, mirándolas sin demasiado juicio, algo cambia de lugar en el interior. No sé si llamarlo alivio. Quizás es simplemente el cansancio de resistir.

El tiempo no me regaló respuestas: solo me fue quitando, poco a poco, la urgencia de fingir que las tenía. Y el sufrimiento hizo el resto, sin pedir permiso para entrar, como hacen siempre los maestros que uno no eligió.

Me pregunto a veces de qué está hecha realmente una vida. Y sospecho que la mía se construyó más con silencios que con palabras. Los silencios de lo que no dije, de lo que no supe explicar, de lo que me guardé sin saber muy bien para qué. En esos huecos, curiosamente, aprendí a escucharme mejor que en cualquier conversación. A reconocer que soy, en el fondo, un hombre tratando de entender por qué le duelen cosas que ya no existen.

He caminado por días que parecían no tener fin, y por noches que me dejaron sin demasiado aire. Pero también he visto cómo, después de cada caída, algo en mí se acomodaba de otra manera, como si hubiera un reordenamiento silencioso que no dependía de mi voluntad. No me hizo más fuerte, creo. Tampoco más valiente. Solo más consciente de mis grietas, que es distinto, y tal vez más honesto.

Lo que sí me ha cambiado, con los años, es una cierta precipitación del juicio. No solo hacia los demás: también hacia mí mismo. Cansa demasiado decidir sobre las razones ajenas cuando uno apenas alcanza a entender las propias. Y entonces algo cede —no sé si llamarlo comprensión o simplemente desgaste útil— y uno empieza a mirar con una pregunta en lugar de una sentencia. A los otros. Y también, de vez en cuando, al espejo.

Hay dolores que no se superan. Eso también lo aprendí, aunque me costó aceptarlo. Algunos simplemente se vuelven parte de uno: ya no duelen de la misma manera, pero tampoco desaparecen. Siguen ahí, como una inflexión en la voz, como una manera de detenerse antes de hablar. No los llamo cicatrices porque esa palabra ya se usó demasiado. Los llamo, simplemente, lo que quedó.

A veces pienso en la gente que conocí y que creí entender. En los que me parecieron simples y resultaron ser abismos. En los que parecían fuertes y cargaban, en silencio, con algo que yo nunca imaginé. La vejez tiene eso: te devuelve a las personas que ya no están y te permite leerlas de nuevo, ahora sin la prisa ni el ego de entonces. Es una relectura, y como toda relectura, revela cosas que estaban ahí desde el principio pero que el lector no estaba listo para ver. Yo tampoco estaba listo para verme a mí mismo, durante muchos años. Quizás todavía no lo estoy del todo.

No tengo grandes verdades que ofrecer, y a estas alturas ya no me preocupa demasiado no tenerlas. Solo sé que cada vez me resulta más difícil creer que conozco bien a alguien. Empezando por mí. Y que esa dificultad, lejos de angustiarme, me parece una de las pocas formas honestas de seguir estando aquí.

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31 —La intemperie interior

 CAPÍTULO 31

La intemperie interior


La vejez no llega con estrépito. No toca a la puerta con el decoro de los visitantes esperados. Se infiltra como el agua en las grietas de un muro que creíamos sólido, o como esa luz apagada de los atardeceres de invierno que se cuela por las rendijas y va tiñendo de gris los objetos, hasta que ya no sabemos si la penumbra está afuera o dentro de nosotros.

Y cuando advertimos su presencia, ya es tarde. Ya no hay modo de expulsarla.

Ella conoce el mapa exacto de nuestras vulnerabilidades —esas que creíamos haber ocultado con esmero durante décadas— y se instala en los huesos con la paciencia de los antiguos sitiadores. Un día, la rodilla que tantas batallas soportó sin queja se niega a la ascensión de unas escaleras familiares; otro, la mano que tantos versos escribió tiembla al sostener la pluma, no por el frío de la calle Rigaud, sino porque el tiempo ha decidido cobrarse su tributo en ese pequeño gesto cotidiano.

El mundo que nos enseñaron a habitar —aquel que tenía sus códigos, su decencia, sus maneras precisas de estar de pie— ha sido demolido sin que nadie pidiera nuestro permiso. No hubo manifiesto ni asamblea. Simplemente una mañana despertamos y todo había cambiado de dueño. Las palabras que usábamos para nombrar las cosas ya no designan las mismas realidades; los gestos que aprendimos como cortesía ahora son interpretados como debilidad; las certezas que sostenían nuestro andar se han vuelto arena movediza. Y nosotros permanecemos ahí, con las herramientas de otra época, como ese carpintero que conserva las suyas aunque ya nadie encargue muebles tallados a mano, intentando descifrar un presente que habla un idioma que ya no nos interesa del todo aprender. No porque nos neguemos a la novedad —eso sería propio de necios—, sino porque hemos comprendido que cada lengua conlleva una manera de ver el mundo, y la que este tiempo propone no termina de ser la nuestra.

No seamos ingenuos: en esta edad uno no se vuelve mejor ni más sabio. Eso son consuelos que los jóvenes se cuentan a sí mismos para domesticar el miedo a envejecer, y que los viejos repetimos para no amargarnos del todo la velada. Se vuelve más claro, eso sí. Pero la claridad es una forma de desnudez que no tiene nada de redentora. Elimina el ruido que antes confundía, sí, pero también despoja de las dulces mentiras que hacían soportable la vida. Deja a la vista lo esencial, que no suele ser hermoso: lo que duele y lo que ya no duele —que es una forma más profunda de dolor—, lo que se pierde y lo que pudo ser y no fue, y que ahora se ofrece en su desnudez de posibilidad cancelada.

Ves entonces la estupidez convertida en paisaje. No la estupidez ingenua, que tiene su gracia, sino esa otra, la que se viste de certeza y camina erguida. La prisa erigida en virtud, esa urgencia vacía que confunde movimiento con avance, ruido con comunicación, cantidad con plenitud. Ves también tus propios errores, ya no con el escarnio de quien cree haber aprendido la lección, sino con esa mirada distinta que concede a los fracasos el estatuto de compañeros de viaje. Ya no hieren, esos errores; no porque hayamos aprendido a perdonárnoslos —eso sería demasiado generoso—, sino porque se han vuelto parte del mobiliario de la existencia. Acompañan, como viejos camaradas de trincheras que sobrevivieron contigo y ahora se sientan a tu lado sin pedir explicaciones, sin exigir que los redimas.

He llegado a pensar que la vejez es una intemperie interior. Un desamparo que no proviene del exterior sino que brota de las propias entrañas, como esos manantiales que surgen en lo más profundo de la tierra y van minando la superficie desde dentro. Nada te protege: ni la experiencia, que debería ser un abrigo y se vuelve lastre; ni los libros, esos viejos amigos que tanto consuelo ofrecieron en otras épocas, y que ahora te devuelven la mirada desde los estantes con la impasibilidad de quienes ya cumplieron su cometido; ni las cicatrices, que pensabas que eran coraza y resultan ser simples marcas en la piel, tan vulnerables al roce como cualquier otro tejido.

Hay días en que la nostalgia muerde. Pero no exactamente por lo perdido, sino por lo que ya no reconozco. Las calles siguen ahí, con sus nombres y su trazado. Pero ya no son las mismas. Los portales que abríamos con una llave específica ahora se abren con códigos que nuestros dedos, endurecidos por los años, no aciertan a teclear; las plazas donde conversábamos han sido ocupadas por la prisa de otros, que pasan sin mirar, sin detenerse, sin saber que bajo sus pies hay capas enteras de memoria pisoteada.

Los jóvenes creen que inventaron el fuego. Esa es su gracia y su condena: la necesidad de creer que lo que hacen es nuevo, que el deseo que sienten es inédito, que el mundo comienza con ellos. Y uno, que ya vio arder demasiadas cosas —hogueras de ilusiones, llamaradas de pasiones que devoraron cuanto encontraron a su paso—, elige callar. No por resignación. Por elegancia, digamos. O por ese cansancio lúcido que te hace comprender que no todo merece ser dicho, que el silencio no es ausencia sino una presencia más densa, como esos intérpretes que saben que las notas que no se tocan son tan importantes como las que suenan.

Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo en todo lo que se cuenta con honestidad—, incluso aquí, en este territorio de pérdidas, hay una dignidad que no busca testigos. La del que ya no necesita demostrar nada. La del que ha dejado de correr detrás de las aprobaciones ajenas y se ha instalado en esa calma incómoda que es, acaso, la única posesión verdadera. No se exhibe en ningún escaparate ni se defiende en ninguna tertulia. Es íntima, casi vergonzante. Como esas pequeñas ceremonias que los mayores se inventan para dar orden a sus días: el café a la misma hora, el paseo que sigue siempre el mismo recorrido por las calles heladas, la relectura de páginas subrayadas hace décadas. Rituales que nadie ve pero que, de algún modo que no termino de entender, sostienen el mundo.

La vejez —en esta edad del silencio que me ha tocado habitar— no es la derrota que los jóvenes temen, ni la decadencia que la sociedad castiga con su prisa de novedades. Es, sospecho, una lucidez peligrosa. Una manera de estar en el mundo con menos ilusiones y con una atención distinta. Sin los reclamos que antes agotaban la voz. Con un reconocimiento paulatino de lo que en verdad pesa: la luz de la mañana cayendo siempre en el mismo rincón del apartamento, el rostro querido que aún reconocemos, la respiración regular que confirma que seguimos aquí.

Escribo estas páginas no del todo seguro de para qué. Quizá para fijar lo que la memoria, voluble como siempre, podría deformar o perder. Las escribo como quien traza el mapa de un territorio que ya no existe del todo, sabiendo que el mapa no es el territorio, pero que algo de él conserva, algo de su exacta topografía de pérdidas.

No sé si eso basta. Tampoco sé si la pregunta tiene sentido a estas alturas, con la calefacción haciendo su ruido de siempre en las cañerías y la noche entrando despacio por la ventana, sin prisa, como si también ella hubiera aprendido con los años que no hay ningún lugar adonde llegar.

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73 Caminar al lado de la Vida

 Capitulo 73 Caminar al lado de la Vida En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de q...