sábado, 4 de julio de 2026

38 La promesa de la próxima vez

 Capítulo 38 

La promesa de la próxima vez

Con los años he ido dejando de esperar grandes acontecimientos. No sabría precisar cuándo empezó ese desprendimiento; sospecho que fue ocurriendo solo, sin mi intervención, como se gastan los escalones de una casa. De joven yo creía que la felicidad debía llegar haciendo ruido, como un tren que entra en la estación anunciando destinos. Ahora me inclino a pensar que las alegrías que de verdad me han tocado llegaron de puntillas. No golpearon la puerta. Apenas la rozaron.

Hace unos días sonó el teléfono. Era Mauricio. Su voz conservaba ese tono sereno que le conozco desde siempre, aunque ahora la habitan las responsabilidades de un hombre que ha construido su propia vida: el trabajo que ocupa buena parte de sus días, la maestría que termina en las noches, la etapa nueva que comenzó junto a Paloma, con quien comparte un hogar y un futuro que se va escribiendo entre proyectos y esas pequeñas rutinas que, según voy viendo, terminan siendo una vida. Escucharlo me produjo una felicidad que no sabría explicar del todo. Quizá no haga falta.

Quedamos de encontrarnos, como casi siempre, en nuestro lugar de siempre. No hizo falta decidirlo. Hay sitios que con el tiempo dejan de ser un lugar, o al menos eso me parece, y pasan a ser una habitación más de la memoria. Para nosotros, el mercado Jean-Talon es uno de ellos. Cada vez que cruzo sus puertas tengo la impresión de entrar en una casa donde todavía vive el tiempo: los colores de las frutas, las flores desbordando los puestos, el olor del pan, las voces mezcladas de quienes llegaron desde tantos rincones del mundo. Todo parece seguir el mismo ritmo de hace años, aunque no podría jurarlo; es posible que el ritmo que no ha cambiado sea el mío.

Caminamos despacio entre el bullicio. Él observaba los productos con curiosidad; yo lo observaba a él. Mientras hablaba fui descubriendo, una vez más, al hombre en que se ha convertido: seguro, responsable, bueno de una manera que no necesita exhibirse. Y sin embargo, detrás de ese hombre todavía alcanzo a distinguir al niño que corría por estos mismos pasillos tomándome de la mano. No sé si los recuerdos envejecen. El mío, al menos ése, parece haber aprendido a caminar a mi lado sin pedirme nada.

Después entramos a la panadería Première Moisson. Nos recibió el pan caliente, esa hospitalidad que nunca ha cambiado. Cuántas veces nos sentamos allí cuando Mauricio apenas lograba asomarse por encima de la mesa. Éramos tres entonces, aunque no hacía falta decirlo: bastaba ver cómo ocupábamos el pequeño mundo de aquella mesa, cómo el futuro se abría ante nosotros como un continente inmenso donde todo parecía posible.

Yo no sabía —y supongo que nadie lo sabe mientras la dicha ocurre— que un día iba a recordar esa escena con la delicadeza con que se sostiene una fotografía antigua, temiendo que el aire, o el tiempo, o la vida misma, pudiera desvanecerla.

Pedimos café y conversamos largo rato. No hablamos de nada extraordinario: de su trabajo, de la universidad, de Paloma, de algún libro, de proyectos sencillos. Voy sospechando que la intimidad verdadera no necesita grandes confesiones; basta con que dos personas puedan compartir el tiempo sin la obligación de llenarlo de palabras. Pero es apenas una sospecha mía, formada en tardes como ésa.

Al terminar caminamos hasta el automóvil. La tarde empezaba a recostarse contra los edificios, sin apuro. Mientras él conducía de regreso seguimos conversando con esa tranquilidad que existe, me parece, entre quienes ya no tienen nada que demostrarse. Fue entonces cuando, con absoluta naturalidad, dijo:

—Creo que de ahora en adelante vamos a poder vernos más seguido. Ya estoy terminando la maestría y voy a tener un poco más de tiempo. Además, vivo más o menos por tu ruta. La próxima vez paso por tu casa y te recojo.

No respondí enseguida. Seguí mirando por la ventanilla los árboles que desfilaban despacio. Hay frases que a uno le llegan sin hacer ruido, y ésa venía de tan lejos que tardé en recibirla completa. Sentí una emoción antigua, de las que no buscan lágrimas ni piden explicaciones. Recordé, sin proponérmelo, los años en que era yo quien pasaba por él: la salida de la escuela, su mano enguantada dentro de la mía al cruzar la calle en invierno. Nunca imaginé que la vida fuera a invertir los caminos con tanta suavidad. Ahora será él quien venga por mí. Y en lugar de sentirme viejo, sentí —no encuentro un modo más exacto de decirlo— que algo había dado la vuelta sin ruido, como esas puertas que giran solas cuando nadie las está mirando.

No sé si a eso se le llama madurez; me falta autoridad para definirla. Pero se le parece: que el cuidado recibido en la infancia encuentre, sin que nadie lo exija, un camino de regreso.

Cuando llegamos frente a mi edificio permanecimos unos instantes conversando antes de despedirnos. Ninguna solemnidad; solo el afecto tranquilo de dos hombres que han aprendido a quererse sin necesidad de decírselo a cada rato. Lo vi alejarse por la calle y no sentí esa tristeza que tantas veces acompaña a las despedidas. Sentí otra cosa, más parecida a una lámpara que alguien deja encendida para los días que vienen.

Entré en casa. Preparé un café, abrí un libro, y antes de empezar a leer me quedé largo rato frente a la ventana. Afuera, la calle Rigaud iba entrando en esa hora en que las cosas pierden el contorno. Pensé que la felicidad, a esta edad, ya no se parece a lo que yo esperaba de ella. De joven soñaba con conquistar no sé qué mundo; ahora me pregunto si el mundo no cabrá entero en unas pocas horas compartidas con un hijo, en una promesa dicha casi al descuido: la próxima vez paso por ti.

Es posible que exagere, como exageramos los padres cuando hablamos de nuestros hijos. Lo único cierto es que la casa volvió a llenarse de silencio, y que el silencio, esta vez, no pesaba. En algún lugar de la ciudad Mauricio conducía de regreso a su vida. Yo me quedé junto a la ventana, sin encender todavía la lámpara, esperando no sé exactamente qué. Quizá la próxima vez.

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