domingo, 28 de junio de 2026

32 — Lo que no se ve

 CAPÍTULO 32

— Lo que no se ve


Hay algo que aprendí tarde, o que quizás siempre supe pero tardé mucho en tomar en serio: que las personas que uno cree conocer son, en el mejor de los casos, una hipótesis. Una conjetura que vamos revisando, o que dejamos de revisar porque nos cansa la incertidumbre y preferimos la comodidad de creer que ya sabemos.

No lo digo como reproche. Lo digo como quien constata algo desde la distancia que dan los años y cierta soledad elegida. Aquí, en este apartamento de la calle Rigaud, donde el invierno convierte cada tarde en una penumbra prematura, he tenido tiempo suficiente para pensar en la cantidad de veces que juzgué a alguien con una rapidez que ahora me avergüenza un poco. No con maldad, creo. Con la impaciencia del que todavía no ha entendido del todo que cada vida es un territorio cuya extensión real nunca termina de verse desde afuera.

Uno camina junto a alguien durante años y cree haberlo leído. Y luego ese alguien dice una frase, o guarda un silencio en el momento equivocado, y uno descubre que hay una habitación entera que nunca fue mostrada. No porque haya engaño necesariamente. Sino porque cada persona lleva consigo una historia que ni ella misma sabe narrar del todo: el miedo antiguo que vive disfrazado de carácter, la herida que se convirtió en costumbre, la pérdida que nunca fue llorada del todo y que por eso sigue habitando algún lugar del cuerpo sin nombre visible.

He llegado a sospechar que el lenguaje alcanza para muy poco cuando se trata de transmitir lo que realmente pesa. Se pueden decir las palabras correctas y aun así no transferir nada esencial. Hay dolores que no caben en ninguna sintaxis. Hay alegrías también, supongo, aunque ésas parecen más fáciles de fingir que de compartir.

Y entonces, casi sin querer, el pensamiento da la vuelta y me encuentra a mí mismo. Porque lo que digo de los otros no deja de aplicarse, con la misma o mayor fuerza, al propio interior. Tampoco me conozco del todo. Eso que creí entender sobre mí mismo a los cuarenta, a los cincuenta, resultó ser apenas un borrador.

He pensado bastante, en estos años, en la ira. En cuántas veces lo que sentí como enojo era en realidad otra cosa que no sabía nombrarse a sí misma: una tristeza demasiado expuesta, una pérdida que no encontró forma de mostrarse desnuda y se vistió de dureza para salir al mundo. La ira viaja casi siempre acompañada, aunque uno no lo sepa en el momento. Protege algo frágil que no se atreve a aparecer solo. Y cuando esa armadura llega a su límite —cuando el cuerpo ya no puede sostenerla— a veces vienen las lágrimas. No como derrota, como creí durante mucho tiempo. Sino como una verdad que se abría paso por donde encontraba grieta. El único idioma, sospecho, que nunca aprendió del todo a mentir.

Pero hay algo que tardé aún más en entender: que ciertas emociones no llegan para ser vencidas. Algunas solo quieren ser escuchadas. Y cuando uno deja de combatirlas y se queda quieto, mirándolas sin demasiado juicio, algo cambia de lugar en el interior. No sé si llamarlo alivio. Quizás es simplemente el cansancio de resistir.

El tiempo no me regaló respuestas: solo me fue quitando, poco a poco, la urgencia de fingir que las tenía. Y el sufrimiento hizo el resto, sin pedir permiso para entrar, como hacen siempre los maestros que uno no eligió.

Me pregunto a veces de qué está hecha realmente una vida. Y sospecho que la mía se construyó más con silencios que con palabras. Los silencios de lo que no dije, de lo que no supe explicar, de lo que me guardé sin saber muy bien para qué. En esos huecos, curiosamente, aprendí a escucharme mejor que en cualquier conversación. A reconocer que soy, en el fondo, un hombre tratando de entender por qué le duelen cosas que ya no existen.

He caminado por días que parecían no tener fin, y por noches que me dejaron sin demasiado aire. Pero también he visto cómo, después de cada caída, algo en mí se acomodaba de otra manera, como si hubiera un reordenamiento silencioso que no dependía de mi voluntad. No me hizo más fuerte, creo. Tampoco más valiente. Solo más consciente de mis grietas, que es distinto, y tal vez más honesto.

Lo que sí me ha cambiado, con los años, es una cierta precipitación del juicio. No solo hacia los demás: también hacia mí mismo. Cansa demasiado decidir sobre las razones ajenas cuando uno apenas alcanza a entender las propias. Y entonces algo cede —no sé si llamarlo comprensión o simplemente desgaste útil— y uno empieza a mirar con una pregunta en lugar de una sentencia. A los otros. Y también, de vez en cuando, al espejo.

Hay dolores que no se superan. Eso también lo aprendí, aunque me costó aceptarlo. Algunos simplemente se vuelven parte de uno: ya no duelen de la misma manera, pero tampoco desaparecen. Siguen ahí, como una inflexión en la voz, como una manera de detenerse antes de hablar. No los llamo cicatrices porque esa palabra ya se usó demasiado. Los llamo, simplemente, lo que quedó.

A veces pienso en la gente que conocí y que creí entender. En los que me parecieron simples y resultaron ser abismos. En los que parecían fuertes y cargaban, en silencio, con algo que yo nunca imaginé. La vejez tiene eso: te devuelve a las personas que ya no están y te permite leerlas de nuevo, ahora sin la prisa ni el ego de entonces. Es una relectura, y como toda relectura, revela cosas que estaban ahí desde el principio pero que el lector no estaba listo para ver. Yo tampoco estaba listo para verme a mí mismo, durante muchos años. Quizás todavía no lo estoy del todo.

No tengo grandes verdades que ofrecer, y a estas alturas ya no me preocupa demasiado no tenerlas. Solo sé que cada vez me resulta más difícil creer que conozco bien a alguien. Empezando por mí. Y que esa dificultad, lejos de angustiarme, me parece una de las pocas formas honestas de seguir estando aquí.

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