jueves, 2 de julio de 2026

35 La maduración del silencio

 Capítulo 35

 La maduración del silencio

Esta noche, mientras la lámpara de la mesa dibuja su círculo amarillo sobre unos papeles que ya no recuerdo por qué saqué, se me ocurre que nadie me enseñó el camino hacia adentro. No fueron las calles, sospecho, ni el peso de los almanaques. Fue más bien una lenta maduración del silencio, si esa expresión no promete demasiado. Hay una edad —yo la crucé hace tiempo, aunque no sabría fechar el día— en que uno empieza a sospechar que la única patria que le queda no figura en los mapas. No es una geografía, ni siquiera un recuerdo nítido; se parece más a un cuarto en penumbra donde uno se sienta, descalzo, a conversar con lo que va quedando de sí.

Quizá por eso todo pensamiento se me ha vuelto coloquio con una voz que me acompaña desde muy atrás, aunque durante décadas apenas la escuché. Cada línea que trazo sobre esta mesa puede que no sea otra cosa que un intento de oírme. Y cuando lo consigo —no siempre; casi nunca—, el mundo se reordena un poco: deja de ser ese escenario de vanidades que tanto me fatigó y se convierte en algo más parecido a una resonancia.

Afuera, la ciudad no ofrece amparo, o yo no he sabido encontrárselo. Montreal puede ser generosa, pero sus avenidas de enero no abrazan a nadie, y las estrellas, cuando el hormigón las deja verse, quedan demasiado lejos para servir de refugio. Me inclino a creer que el verdadero asilo está en los otros: en una mirada que reconoce el cansancio de uno, en el tono de quien escucha sin apuro. Fuera de ese calor no he encontrado gran cosa, aunque admito que tal vez no busqué bien.

A veces, en la fila del dépanneur o esperando que cambie un semáforo, reconozco a los míos. Hombres y mujeres que encanecen callando, gente que sale de madrugada como buscando una señal que nadie prometió. Los reconozco sin que medien palabras: algo en la manera de bajar la mirada, cierto peso en el suspiro antes de reanudar la marcha, los delata. Yo también fui de esos que zurcían las calles convencidos de que el mundo giraba sordo a sus preguntas; quizá lo siga siendo. Somos extraños atados por una nostalgia que no sabría nombrar, y en esa comunión callada hay un saludo que no llega a los labios pero que, lo confieso, me sacude el pecho.

Se nos niega, creo, la plenitud de ser algo de una vez y para siempre. O acaso no seamos más que corriente: fluimos, nos derramamos por las grietas del día y de la fatiga, y nada nos pertenece en propiedad; todo nos atraviesa camino de otra parte. La vida nos amasa sin pedir permiso. Somos una arcilla breve que cambia de forma con cada pérdida, con cada ciudad que nos adopta sin prometernos nada. Y sin embargo soñamos con perdurar: con quedar detenidos en una palabra, en un papel que dure apenas un poco más que nosotros. No sabría decir si a eso puede llamársele sed o simple terquedad.

La soledad, que lleva años sentándose a mi lado sin anunciar sus visitas, no dice nada de todo esto. Me gusta pensar que lo sabe, aunque tal vez sólo esté, como yo, esperando. Arriba, el vecino cruza su cuarto con pasos lentos; después, nada. Dejo la lámpara encendida un rato más, por si la voz vuelve. No estoy seguro de que fuera a reconocerla. Pero la mesa está servida de silencio, y esta noche eso parece bastar. O casi.

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