Capítulo 37
Donde los libros también envejecen
Hay días en que no busco un libro; es él quien termina encontrándome.
Esta tarde de febrero, mientras la nieve apagaba los colores del mundo detrás de la ventana, me acerqué lentamente a la vieja biblioteca que me ha acompañado durante tantos años. La madera de los estantes crujió con ese lamento discreto de las cosas que han soportado demasiado peso: el de los libros, el de los recuerdos y, quizá también, el de mi propia vida.
Saqué un volumen con el cuidado con que se toma la mano de un viejo amigo. Por un instante temí que toda la hilera de libros se desplomara, como si las historias hubieran decidido derrumbarse al mismo tiempo sobre el suelo. Pero el libro llegó dócilmente hasta mis manos, con la mansedumbre de aquello que ha sido amado durante muchos años.
Entonces ocurrió el pequeño milagro de siempre.
Al abrirlo, escapó ese olor inconfundible de las páginas envejecidas. No es un simple aroma. Es una presencia. El aliento de un bosque que alguna vez fue árbol, después papel y finalmente pensamiento. También es la huella invisible de todas las manos que sostuvieron ese mismo libro antes que las mías, de los ojos que recorrieron sus páginas buscando respuestas parecidas a las que yo aún sigo buscando.
Cada vez que ese perfume antiguo se levanta entre las hojas, siento que alguien me saluda desde otro tiempo. Me recuerda que no he sido el único en conocer la incertidumbre, la pérdida o la esperanza. Otros hombres, mucho antes de que yo llegara a este invierno de la vida, sintieron el mismo estremecimiento al pasar lentamente los dedos sobre una página.
Tal vez por eso nunca he podido considerar un libro como un simple objeto.
Cada libro es una casa donde el tiempo decidió quedarse a vivir.
Uno abre la cubierta como quien empuja la puerta de una vieja casa y descubre vidas suspendidas entre los renglones: preguntas que todavía respiran, silencios que ningún autor alcanzó a responder y pequeñas luces que sobreviven al olvido. Hay libros que parecen esperarnos durante años hasta que, de pronto, una frase encuentra exactamente la herida para la cual fue escrita.
Mientras avanzo en la lectura, siento que mis propios desórdenes comienzan a acomodarse. No porque el libro resuelva mis dudas, sino porque, mientras leo, dejo de pelear conmigo mismo. Las palabras no cambian la realidad; cambian el lugar desde donde la contemplo.
Con los años he comprendido que ya no leo para aprender, sino para habitar mejor el silencio.
En esta casa, donde el tiempo parece haberse sentado a descansar y el bullicio del mundo apenas consigue atravesar los cristales, la vejez ha dejado de parecerme un naufragio. Se ha convertido en una isla. No una isla de abandono, sino de recogimiento. Aquí encontré refugio lejos de la gente que vive apresurada, persiguiendo espejismos que mañana serán olvido. Mi única compañera constante es esta soledad serena, y mis interlocutores más fieles son los libros.
A veces permanezco largos minutos observando los estantes sin tocar ninguno. Entonces descubro que no son simples lomos de papel alineados contra la pared. Son presencias silenciosas que esperan, con una paciencia infinita, el momento en que vuelva a llamarlas. Nunca exigen mi atención. Nunca reclaman nada. Permanecen allí, disponibles, como esos viejos amigos que comprenden que el afecto también sabe guardar silencio.
Cuando tomo uno entre las manos, la habitación cambia de dimensión. Las paredes parecen ensancharse y la distancia entre este pequeño apartamento canadiense y el resto del mundo desaparece. Viajo sin moverme. Camino por ciudades que jamás conoceré, converso con hombres muertos hace siglos, comparto el dolor y la alegría de personas que nunca existieron y, sin embargo, terminan formando parte de mi propia memoria.
Comprendo entonces que la verdadera soledad no consiste en vivir sin gente, sino en vivir sin diálogo. Y los libros, desde hace mucho tiempo, son el diálogo más honesto que conozco. No interrumpen. No juzgan. No pretenden convencerme. Sólo esperan a que mi espíritu esté dispuesto para continuar una conversación iniciada mucho antes de que yo naciera.
Mis días ya no se miden por las horas del reloj ni por las obligaciones del calendario. Se parecen más a los capítulos de una larga lectura. Cada libro deja una pequeña brasa encendida en la conciencia, y esa lumbre me acompaña cuando vuelvo a cerrar sus páginas.
Entre ellas todavía aparecen pequeñas reliquias de mi propia vida: una hoja seca, una fotografía olvidada, un boleto de autobús perteneciente a un país que desapareció con el paso de los años. También encuentro antiguos subrayados que ya no reconozco. Los leo con la curiosidad con que uno descifra la letra de un desconocido, hasta comprender que ese desconocido fui yo.
Quizá por eso releer sea una forma de conversar con las distintas personas que hemos sido. El libro permanece casi intacto; quien cambia es el lector.
A veces contemplo toda esta biblioteca y me pregunto qué ocurrirá con ella cuando mis manos ya no puedan alcanzar estos estantes. No encuentro tristeza en esa idea. Sólo una serena curiosidad. Mi hijo Mauricio posee sus propios libros, escritos en otro idioma y pertenecientes a otra generación. Estos viejos compañeros seguirán aquí algún tiempo más. Tal vez alguien los abra algún día y encuentre entre sus páginas alguna nota escrita con mi letra, una flor seca o un boleto olvidado. Quizá entonces, sin conocer mi nombre, imagine la vida de aquel hombre que un día dejó una parte de sí mismo escondida entre estas hojas.
Sea cual sea su destino, los libros ya habrán cumplido el suyo.
Porque me acompañaron cuando el silencio se hizo demasiado grande y me enseñaron que el alma también necesita alimento, del mismo modo que los gorriones que cada mañana llegan puntuales a mi balcón buscando las migas que les dejo con la misma fidelidad con que regreso a estas páginas.
Esta noche dejo el volumen abierto sobre la mesa, como quien interrumpe una conversación que sabe continuará mañana.
La lámpara derrama una luz tibia sobre la madera. Afuera sigue cayendo la nieve con la paciencia de los inviernos canadienses. Adentro, en cambio, permanece encendida otra claridad, más antigua y más humilde.
Pienso entonces que leer es un acto de fe.
La fe de creer que una palabra escrita hace siglos todavía puede iluminar el corazón de un hombre viejo que, desde el exilio y la serenidad de su última estación, continúa aprendiendo a escuchar el silencio.
Y quizá esa sea la forma más discreta de la inmortalidad: dejar una lámpara encendida para que otro caminante, cuando llegue la noche de su propia vida, encuentre también el camino hacia sí mismo.
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