Capítulo 33
— El calendario de la ausencia
A mis setenta y cuatro años he dejado de creer que el tiempo sea esa sucesión obediente de días que los hombres encierran en un calendario. Después de cuatro décadas de exilio comprendí que el tiempo no se mide por los años vividos, sino por aquello que todavía logra conmover algo dentro de uno.
La soledad, que desde hace mucho se sienta frente a mí cada mañana, guarda silencio mientras la observo. Ella sabe que no necesito respuestas. Le basta acompañarme para que entienda lo que antes me negaba a aceptar.
—¿Dónde fueron a parar tantos años? —le pregunto a veces.
Y ella, como siempre, responde con su manera de callar.
No sé en qué momento dejaron de sorprenderme las estaciones. Un invierno se parece al siguiente; luego llega una primavera que apenas descubro porque los cerezos florecen lejos de la ventana donde escribo. Después el verano madura sin pedirme permiso y, cuando apenas comienzo a sentir su tibieza, el otoño vuelve a cubrir los senderos con hojas que crujen bajo los pasos de desconocidos.
El mundo continúa girando con una puntualidad admirable, aunque ya casi no me reclame.
Las vitrinas cambian de ropa, los niños crecen, los jóvenes se enamoran con la impaciencia que alguna vez también fue mía. Los supermercados anuncian frutas que me recuerdan los huertos de mi infancia, y antes de acostumbrarme a su aroma ya aparecen las luces de diciembre iluminando otra Navidad.
Así descubrí que los años no hacen ruido cuando pasan.
Simplemente dejan de detenerse.
Quizá sea porque mi vida, desde hace mucho, transcurre entre rituales sencillos: preparar el café antes del amanecer, abrir un libro ya subrayado por mis propias manos, escribir unas páginas mientras la lluvia golpea los cristales o contemplar el vuelo de las aves que regresan cada primavera sin conocer la palabra exilio.
Ellas siempre encuentran el camino de regreso.
Yo aprendí a vivir con la certeza de que hay viajes que nunca terminan.
A veces pienso que durante la infancia el tiempo era inmenso porque cada jornada inauguraba un universo distinto. Todo era descubrimiento. El miedo tenía el sabor de la aventura y cada pregunta abría una puerta que nadie había cruzado antes. Vivíamos estrenando el mundo. Ahora sospecho que no era la juventud la que hacía más largos los días. Era el asombro.
Cuando el asombro desaparece, las semanas comienzan a deslizarse unas sobre otras como hojas secas empujadas por el viento. Los años dejan de caminar y simplemente resbalan sobre la memoria.
La soledad vuelve a mirarme.
No sé si todavía es posible detener el tiempo. Tampoco sé si eso importa. Lo que sí noto —y me cuesta poco confesarlo— es que ciertos instantes resisten: un verso que aparece en el lugar exacto, el perfume de la tierra después de la lluvia, el recuerdo de alguien que ya no está y que de pronto vuelve con una claridad que no le pedí. En esos momentos algo dentro de mí todavía se mueve. No sé cómo llamarlo. No sé tampoco si merece un nombre.
Hoy ya no deseo recuperar los años perdidos ni desandar el camino del exilio. Hay algo en esta vida reducida —el apartamento de la calle Rigaud, los cristales empañados, esta vieja compañera silenciosa que comparte mi café— que no se parece al fracaso tanto como antes temí.
Quizá eso sea suficiente.
O quizá no lo sepa todavía.
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