jueves, 6 de agosto de 2026

* 56 La negociación con el ego

 Capítulo 56

La negociación con el ego

María Zambrano —esa pensadora que aparece menos de lo que merece en nuestras conversaciones, y a la que probablemente deberíamos invitar más a menudo— intuía que el verdadero signo de la vejez no está en el cuerpo, sino en la forma en que el tiempo se nos ofrece. Decía que llega un momento en que el futuro deja de ser un horizonte abierto y empieza a estrecharse, como si la vida nos condujera con suavidad hacia un pasillo cada vez más angosto. Pienso en esa idea más de lo que me atrevo a confesar, lo cual ya es decir bastante.

Hubo un tiempo en que pasaba frente a edificios para personas mayores como Le Rigaud procurando no mirar demasiado hacia las ventanas. Era bastante más joven entonces, y compartía con algunos amigos una certeza que hoy me parece casi conmovedora: decíamos que no podía existir un destino más triste que terminar los últimos años en un lugar tan lúgubre como esos. Nos imaginábamos corredores interminables, un silencio de televisores encendidos que nadie miraba. Hablábamos, sospecho, con la arrogancia involuntaria de quienes todavía creen que el porvenir ocurrirá siempre en otra parte, lejos de ellos mismos —y, de paso, con la convicción tácita de que nosotros, desde luego, seríamos la excepción.

Nunca imaginé que la vida terminaría conduciéndome, precisamente, hasta uno de esos edificios que observaba entonces con una mezcla de compasión y temor. Y sin embargo aquí estoy —escribiendo esto a media tarde, con el chirrido breve de unas suelas de goma sobre el tapiz del pasillo como único recordatorio de que hay otros, cerca, viviendo su propia versión de esta misma hora, probablemente con menos quejas sobre el ascensor que yo—. No hubo un gran acontecimiento ni una decisión solemne. Los años fueron acomodando las piezas con una lógica que solo se entiende —si es que se entiende del todo— cuando ya ha ocurrido, y que suele tener el humor irónico de demostrarte que tenías razón en lo que temías, pero no exactamente por los motivos que creías.

He visto llegar a algunos con el miedo todavía fresco, el mismo que yo cargué antes de entrar: el temor de que un lugar así sea la antesala de algo, un anuncio adelantado. Ese miedo, sospecho, tiene menos que ver con los edificios que con la idea de dejar de ser reconocidos como uno mismo —de convertirse, a los ojos de los demás, en una «categoría» antes que en una persona—. También, si somos sinceros, con el ligero pavor de que te sirvan puré de calabaza tres días seguidos y te empiece a parecer aceptable.

Con el bastón he notado algo parecido, aunque a menor escala: hay quienes lo necesitan y sin embargo lo dejan apoyado contra la pared, prefiriendo el tambaleo disimulado a la evidencia de madera o aluminio que anuncia, según creen, una edad que preferirían seguir negociando en privado. No sabría decir si eso es orgullo, o simplemente el último territorio que a algunos les queda por defender —y, visto con cariño, quizá también el primer ensayo de una coreografía que nadie pidió.

Yo todavía no lo necesito —el bastón, quiero decir—. Camino solo, sin ayuda, y en general sin pensar demasiado en ello. Pero he empezado, cuando nadie mira, a ensayar mentalmente ese día: a preguntarme qué haré cuando llegue, si lo llevaré con la misma resistencia que vi en otros o si sabré recibirlo con algo más parecido a la gracia. No es una premonición ni una urgencia médica —nada de eso—: es, más bien, una manera de adelantarme a mí mismo, de negociar de a poco con el ego que todavía me queda, antes de que la negociación se vuelva obligatoria. Sospecho que quien se prepara para ceder algo cede, cuando llega el momento, con menos dolor que quien se resiste hasta el final —aunque tampoco descarto que el bastón, cuando aparezca, resulte tener un discreto aire de accesorio distinguido, lo cual no vendría mal.

Hay, sin embargo, un lugar en este edificio que no comparto del todo con los demás, o que comparto de otra manera: la terraza del piso diecisiete. Subo cuando el ascensor no se queja demasiado —que es, digamos, una de cada cuatro veces, pero ya hemos llegado a un entendimiento tácito— y el clima lo permite, y ahí Montreal se abre en trescientos sesenta grados, sin que yo tenga que elegir hacia dónde mirar. Hacia el norte, el Mont Royal insiste en ser una montaña —aunque la ciudad entera lo haya domesticado con senderos y miradores—; me gusta imaginar, aunque sé que es solo una manera de acompañarme, que la montaña tolera esa domesticación con la paciencia de quien ha visto llegar y pasar demasiadas generaciones como para tomarse a mal una más. Hacia el sur, el río San Lorenzo avanza con una lentitud que a esta altura parece deliberada, como si también él estuviera de acuerdo en no llegar a ninguna conclusión apresurada —y en no hacer comentarios sobre mi ritmo al caminar.

No sabría explicar por qué ese punto exacto —y no otro— se volvió el sitio donde mejor pienso, o donde pienso sin la obligación de llegar a algo. Tal vez sea, simplemente, que ahí arriba la ciudad deja de exigirme una posición. Mi mirada también fue cambiando, aunque no sabría fijar el momento exacto; aquello que antes me parecía lúgubre empezó a revelarse, poco a poco, como un espacio de una dignidad discreta. Me inclino a pensar que la tristeza no vive tanto en los edificios como en los ojos que los miran —aunque no podría jurarlo, y tampoco me gustaría poner a prueba la teoría con el ascensor en hora punta.

Los pasillos siguen siendo los mismos, la misma puerta, el mismo ascensor cuyo motor se queja un instante antes de arrancar —y finjo, a veces, que ese quejido es una manera suya de saludarme, de reconocer que también él lleva ya demasiados años subiendo a los mismos pisos con la misma gente cada vez más lenta—. El que fue cambiando, creo, fui yo: con el ritmo todavía firme de mis propios pasos, que camino sin ayuda por ahora, pero que ya empiezo a escuchar de otra manera, como quien afina el oído para un sonido que sabe que vendrá —y que, con un poco de suerte, no será el del ascensor atascándose entre plantas.

Y pienso, mientras miro el río desde arriba, que quizá la vejez no sea, después de todo, el lugar al que uno llega, sino apenas la distancia necesaria para empezar a ver con algo de claridad el lugar del que viene; y que esa claridad, cuando llega —si es que llega—, no trae consigo ninguna respuesta definitiva, sino más bien el permiso, tardío pero no por eso menos válido, de dejar de buscarla con la urgencia de antes —y, de paso, de permitirse sonreír ante el hecho de que, después de tantas preguntas, el ascensor siga siendo el mismo.

No sé si alguna vez habría llamado privilegio a esta etapa de mi vida; hace treinta años me habría parecido una broma de mal gusto. Hoy pronuncio esa palabra con cierta cautela, casi a prueba, como quien la usa por primera vez en una lengua que no es la suya. Quizá el verdadero asunto no sea si escapé o no del paso de los años —nadie lo hace—, sino qué clase de compañía encontré, sin buscarla demasiado, en el trayecto: la de un edificio, la de un río que no tiene prisa, la de una montaña que la ciudad decidió conservar. No sabría decir todavía si esto es una respuesta o solo una manera más cómoda de seguir haciéndome la misma pregunta, o de seguir negociando —en cuotas tolerables, día tras día— con el ego que aún no he logrado jubilar.

* María Zambrano (1904–1991) Filósofa y ensayista española, creadora de la razón poética. Vivió largo exilio tras la Guerra Civil y se convirtió en una de las voces más originales del pensamiento hispánico. Fue la primera mujer en recibir el Premio Cervantes.

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martes, 4 de agosto de 2026

* 55 —El custodio de las horas quietas

Capítulo 55

El custodio de las horas quietas

Hay edificios que no envejecen: se acumulan. La biblioteca del del barrio Plateau, frente a la boca del metro Mont-Royal, pertenece a esa clase de construcciones que parecen hechas de capas antes que de piedra. Uno cree entrar en un solo lugar y, en realidad, entra en varios, superpuestos, como quien abre un libro y descubre que alguien ya subrayó esas mismas páginas con otra letra, en otro siglo.

Tardé años en enterarme de que aquel edificio no nació siendo biblioteca. Lo supe de la manera en que se aprenden las cosas importantes: por accidente, leyendo una placa que casi todos pasan de largo. Entre 1895 y 1896 se levantó allí el pensionnat Saint-Basile, con pasillos concebidos para el silencio disciplinado de otra época, un silencio que exigía obediencia y no contemplación. Casi noventa años después, en 1984, alguien decidió que aquellas paredes podían custodiar libros en lugar de internos. No sé si fue una decisión sabia o simplemente afortunada. Sospecho que, en Montreal, ambas cosas suelen confundirse.

Desde entonces cruzo su umbral de otra manera. Ya no entro solamente a una biblioteca: entro en un edificio que supo reinventar su propósito sin renunciar a su estructura. Conserva la disciplina del antiguo internado, pero ahora la pone al servicio de otra forma de recogimiento. Las mismas escaleras que antes ordenaban pasos infantiles hacia los dormitorios conducen hoy los míos, más lentos, hasta una mesa junto a la ventana.

Hay puertas que no separan habitaciones, sino épocas. La de aquella biblioteca pertenece a esa estirpe discreta. Cada vez que la empujo ofrece la misma resistencia, como si antes de franquear el paso quisiera averiguar quién soy ese día y qué clase de silencio traigo conmigo. Solo entonces cede, despacio, con un leve suspiro de madera fatigada, y deja escapar un aire donde el papel antiguo, la cera de los estantes y los años han terminado por confundirse en un mismo aroma, difícil de nombrar y aún más difícil de olvidar.

Siempre sospecho que ese olor no proviene de los libros, sino del tiempo que decidió quedarse a vivir entre ellos.

Fuera, Montreal continúa reinventándose con la obstinación de las ciudades jóvenes. Cambian los escaparates, desaparecen edificios, nacen otros donde antes había solares vacíos. Las calles aprenden nuevos idiomas y olvidan otros con la misma naturalidad con que los árboles mudan de hojas. La biblioteca, en cambio, permanece casi inmóvil, como uno de esos relojes antiguos que han dejado de marcar la hora para limitarse a custodiarla.

A veces imagino que allí no se conservan libros, sino las horas que el mundo fue abandonando por exceso de prisa.

Nunca he sentido la urgencia de salir. Hay quienes necesitan recorrer continentes para convencerse de que siguen vivos. Yo descubrí hace mucho que también existen viajes que comienzan al cerrar una puerta. Mi apartamento, poblado de estanterías hasta donde alcanza la vista, no se parece a una prisión, sino a un puerto donde los barcos permanecen siempre amarrados y, aun así, cada noche parten hacia un destino distinto.

He terminado por aceptar una paradoja que durante años intenté explicar sin éxito: me quedo para seguir viajando.

Sospecho que mis mapas nunca han sido de papel verdadero, sino de páginas cosidas. Cada libro ha sido una latitud distinta; cada capítulo, una frontera cruzada sin pasaporte ni cansancio. He recorrido estepas sin abrigo, desiertos sin sed, ciudades que ya no existen y otras que jamás existieron fuera de la imaginación de alguien. Nunca necesité el peso de una maleta: bastó el de un volumen entre las manos. Ahí están mis paisajes, mis rutas y mis descubrimientos; no en itinerarios ni en aeropuertos, sino en la lentitud con que una frase puede abrirse, de pronto, como un territorio desconocido.

Quizá por eso regreso a esta biblioteca. No porque me falten libros en casa. Tampoco porque busque uno en particular. Vuelvo porque aquí el silencio posee otra textura. No pesa: acompaña. Se desliza entre las mesas con la cortesía de un viejo bibliotecario invisible que conoce el nombre de todos los lectores y el secreto de todos los volúmenes.

En otros lugares el silencio parece una ausencia. Aquí se asemeja a una presencia compartida que ha aprendido a esperar.

Los estantes se levantan como calles de una ciudad olvidada. Ningún libro reclama ser abierto. Ninguno levanta la voz para imponerse sobre los demás. Permanecen inmóviles bajo una luz oblicua que entra por los ventanales y se demora sobre los lomos gastados, como si leyera sus títulos con una paciencia que ya casi nadie concede a las personas.

Hay días en que imagino que los libros se observan entre sí cuando la biblioteca queda vacía y que, durante la noche, intercambian las historias de quienes alguna vez los llevaron bajo el brazo. Tal vez por eso algunos conservan una tristeza apenas perceptible y otros una serenidad que basta rozarlos para sentirla.

No creo haber elegido nunca un libro.

Los libros poseen una forma silenciosa de encontrarnos cuando dejamos de buscarlos.

Aquel volumen aguardaba en un extremo del estante, sin brillo, casi oculto entre ejemplares más recientes. Lo tomé con la impresión de interrumpir un sueño antiguo. Al abrirlo, las páginas exhalaron un perfume de tinta envejecida y polvo fino que no evocaba una biblioteca, sino una vida. Durante un instante tuve la certeza de que otras manos habían descansado exactamente donde ahora reposaban las mías. No sabía quiénes habían sido. Tampoco importaba. Los lectores terminamos pareciéndonos cuando dejamos nuestras huellas sobre un mismo margen.

Comprendí entonces que algunos libros no contienen historias: las esconden. Hay que permanecer un rato junto a ellos, como quien escucha detrás de una pared, hasta que las voces deciden confiar en nuestra paciencia.

Siempre me ha parecido que la memoria obra de esa misma manera. Nunca responde cuando la llamamos. Prefiere aparecer cuando la habitación ha recuperado la calma, cuando la tarde se inclina lentamente sobre los muebles y la luz comienza a borrar los contornos de las cosas. Entonces regresa sin anunciarse, ocupa la silla vacía frente a nosotros y continúa una conversación interrumpida décadas atrás, como si apenas hubiera salido un momento.

La claridad descendía desde los ventanales con una lentitud casi visible. No iluminaba: revelaba. Sobre la madera de las mesas aparecían vetas que antes habían pasado inadvertidas; el polvo suspendido parecía convertirse en un pequeño firmamento inmóvil; las sombras se alargaban con esa elegancia que solo poseen las cosas resignadas a permanecer.

Pensé que incluso la luz leía.

No las palabras, sino las ausencias que quedaban entre ellas.

Fue entonces cuando comprendí que releer un libro es aceptar que ya no somos el mismo lector. Las páginas permanecen donde estaban; quienes nos hemos desplazado somos nosotros. Cada regreso abre una puerta distinta en una casa que creíamos conocer. Y detrás de esa puerta suele esperarnos alguien a quien habíamos olvidado: una versión antigua de nosotros mismos, paciente, silenciosa, todavía inclinada sobre la misma línea.

Decidí llevarme aquel volumen.

No porque creyera haber encontrado un libro extraordinario, sino porque tuve la impresión de que todavía no había terminado conmigo.

Cuando abandoné la biblioteca, la tarde comenzaba a disolverse sobre las fachadas del barrio. Las hojas descendían de los árboles sin hacer ruido, como cartas que nadie esperaba recibir. Caminé despacio. El libro descansaba bajo mi brazo con una ligereza engañosa: algunos objetos pesan más por las vidas que contienen que por la materia de la que están hechos.

Al llegar a la esquina volví la vista.

La biblioteca seguía allí, inmóvil, con las ventanas encendidas por una claridad que ya no pertenecía del todo al día. Parecía menos un edificio que un faro discreto, levantado para orientar a quienes habían aprendido que existen naufragios de los que solo puede rescatarnos una página.

Continué mi camino hacia casa con una certeza que apenas me atreví a formular.

Hay quienes llaman ermitaño al hombre que permanece entre cuatro paredes.

Ignoran que algunas habitaciones contienen más horizontes que el mundo entero y que ciertas bibliotecas no sirven para esconderse de la vida, sino para atravesarla una y otra vez, hasta descubrir que el viaje más largo comienza cuando uno cierra la puerta y deja que un libro la abra de nuevo.

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miércoles, 29 de julio de 2026

* 54 — El tiempo que no se mide

 Capítulo 54

El tiempo que no se mide


Hay días —cada vez más, lo admito— en que vivo casi por completo en el presente. No lo digo como quien exhibe una medalla; lo digo como quien ha aprendido a conformarse con lo que queda. Sospecho que esta fidelidad al instante no fue una conquista, sino una rendición. Un descarte. Como cuando se vacía una casa y se decide qué llevarse y qué dejar que el polvo se lleve.

El futuro, ese viejo territorio de promesas y mapas doblados, se volvió demasiado incierto para instalar allí esperanzas. Ya no construyo castillos en sus arenas movedizas. Ya no escribo cartas a un destinatario que quizá nunca llegue. Y el pasado —que sigue conmigo como una sombra que no se desprende— ya no consiente que lo recorra con la misma libertad de antes. Algo ha cambiado en la geografía de los recuerdos: cada vez que los visito, los encuentro ligeramente distintos. Como si la memoria envejeciera al mismo ritmo que las manos, y los rostros se desdibujaran, y las palabras perdieran su filo original, y los silencios pesaran más que las voces.

Entre un territorio y otro —entre el país que ya fue y el que quizá nunca será— queda esto: un presente pequeño, a veces frágil, que algunos días apenas me alcanza para respirar y darme cuenta de que aún estoy aquí.

He dejado de imaginar el tiempo como una línea —esa vieja ilusión de los relojes, esa mentira piadosa que nos hace creer que todo avanza hacia algún lugar. Me inclino a creer que se parece más al marco de esta puerta: repintado por inquilinos que nunca conocí, cubierto de capas que ya no recuerdan su color original, pero que aún sostienen la misma madera, la misma forma, la misma resistencia a los años.

Debajo de la última capa de pintura —blanca, reciente, con olor a promesa de hogar— hay otra, quizá amarilla, quizá de un verde que ya nadie nombra. Y debajo de esa, otra más, y otra, y otra. Todas siguen ahí, acumuladas, invisibles pero presentes, sosteniendo la estructura sin alardear. No hay contradicción entre ellas: cada capa fue necesaria, cada una tuvo su momento, cada una protegió la madera del frío, del sol, del paso indiferente de los cuerpos que atravesaron el umbral.

Algo semejante sucede conmigo, lo he notado. El muchacho que fui —ese que corría sin preguntar hacia dónde, ese que creía que el futuro era un derecho— no se ha ido a ninguna parte. Está aquí, debajo del hombre que trabajó, que emigró, que aprendió a decir «bonjour» con acento de otra tierra, que volvió a empezar cuando los mapas ya no le servían de nada. Y ese hombre, a su vez, está debajo del que hoy escribe estas líneas, del que ya no corre porque ha aprendido el valor de la pausa, del que ya no busca respuestas sino preguntas mejor hechas.

Están todos aquí, apretados dentro de este momento que llamo «ahora». No como recuerdos —que los recuerdos son visitas que uno hace al pasado— sino como presencia. Como las capas de pintura que no compiten entre sí, sino que colaboran en la tarea de sostener la puerta. El niño, el adolescente, el joven enamorado, el padre primerizo, el inmigrante asustado, el hombre que aprendió a estar solo, todos ellos respiran en mi pecho sin pedir turno, sin reclamar protagonismo.

A veces, en la quietud de la noche, creo oírlos. El muchacho pregunta: «¿Llegamos ya?». El inmigrante responde: «Todavía no, pero estamos más cerca». Y el que soy ahora, el que escribe, se limita a callar y a dejar que las capas se sostengan mutuamente.

Porque he aprendido que no se trata de elegir una versión de uno mismo y desechar las demás. Eso sería como arrancar capas de pintura hasta dejar la madera desnuda, y entonces la puerta se pudriría, se agrietaría, dejaría de cumplir su oficio de abrirse y cerrarse. La sabiduría —si es que hay alguna en todo esto— está en aceptar que todas las capas son necesarias. Que el tiempo no borra: acumula. Que cada instante que vivimos se convierte en una capa más que protegerá lo que vendrá, y que lo que vendrá, a su vez, protegerá lo que ya pasó.

El muchacho que fui no ha muerto: ha sido absorbido. El hombre que trabajó no ha desaparecido: ha sido transformado. Y yo, el que hoy escribe, no soy más que la última capa visible —la que el sol toca, la que la mano reconoce al pasar—, pero sé que sin las anteriores, sin su peso silencioso, sin su memoria acumulada, no sería más que una mancha de pintura sin madera, sin historia, sin oficio.

Así que ya no busco la línea recta. Ya no mido el tiempo en kilómetros ni en años. Lo mido en capas, en texturas, en colores que ya no están a la vista pero que aún sostienen el marco por donde entro y salgo de mi propia vida.

Y cuando alguien me pregunta «¿Quién eres?», no respondo con un nombre ni con una fecha de nacimiento. Señalo la puerta y digo, simplemente:

—Soy esto. Todas las capas. Todas las manos que las pintaron. Todas las formas de atravesar el umbral.

Y eso, me parece, es suficiente.

Quizá por eso exista una edad que ningún calendario registra, y que he terminado por llamar la edad del silencio. No sabría decir cuándo empieza. Me inclino a creer que llega el día en que ciertas palabras dejan de encontrar dónde posarse. Está hecha menos de años que de ausencias: gente que se fue sin avisar, preguntas formuladas demasiado tarde, conversaciones que quedaron pendientes en un idioma que ya nadie habla dentro de esta casa.

Durante mucho tiempo creí que ese silencio era una forma de resignación. Hoy me inclino a pensar que puede ser también una manera de oír —aunque no podría jurarlo; hay días en que vuelve a parecerme lo primero—. Escuché durante décadas lo que los demás esperaban de mí, y las urgencias de cada jornada ocuparon un espacio tan grande que apenas quedó sitio para averiguar quién era yo cuando nadie esperaba nada.

Uno acaba pareciéndose, sospecho, a las necesidades ajenas. No sucede de golpe. Sucede despacio —casi con delicadeza—, del modo en que se instala el olor a lana húmeda del abrigo colgado en la entrada, ese olor que ya nadie percibe porque forma parte de la casa. Y un día cualquiera descubre uno que ha pronunciado miles de palabras sin haber dicho ninguna de las necesarias.

Alguien escribió —creo que fue Tabucchi, aunque la memoria me ha engañado otras veces— que la identidad no desaparece de un golpe, sino que aprende a esconderse detrás de las costumbres. Lo pienso cuando me siento al borde de la cama a quitarme los zapatos y noto que las manos tardan más que antes en obedecer. El gesto es idéntico al de hace treinta años. Ha cambiado el hombre que lo sostiene, y ni siquiera él sabría precisar en qué.

No me arrepiento de haber vivido como viví. Sería injusto con aquel que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Hubo decisiones acertadas y otras que no lo fueron, caminos que abandoné, puertas que no crucé. La edad enseña —o eso quiero creer— que ninguna vida cabe entera dentro de sí misma. Siempre quedarán ciudades sin ver y afectos que habrían merecido más tiempo del que supe darles.

Antes pensaba en esas renuncias como derrotas. Ahora me parecen más bien la forma que tomó mi existencia, quizá la única que estaba a mi alcance. La vida —si se me permite prestarle por un momento un rostro que no tiene— trabaja como un artesano indiferente: usa los materiales incompletos que le llegan y rara vez avisa cuáles le tocaron a uno. Desde ahí el pasado cambia de sitio: deja de ser un país al que quiero regresar y camina a mi lado sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su tiempo ya pasó.

El futuro también ha perdido parte de su antiguo poder. En la juventud imaginamos que todo está delante; después casi todo ocurre aquí, en este momento diminuto que tantas veces dejamos escapar mientras pensábamos en el siguiente. A las cuatro de la tarde, en marzo, la luz empieza a retirarse de la pared —como quien se disculpa antes de irse— sin que uno haya decidido todavía qué hacer con el día. Esa hora me encuentra siempre en la mitad de algo.

Quizá la vejez tenga una sabiduría modesta: ya no promete conquistas, se conforma con habitar bien una conversación o una página escrita sin prisa. No estoy seguro de que eso baste. Algunos días basta. Otros me sorprendo esperando algo que no sabría nombrar, y entonces el presente se estrecha y vuelve a parecerse a una sala de espera.

Y sin embargo termino volviendo a él. Todo lo demás cambia de nombre, de país, de rostro. El instante llega casi siempre desarmado —no exige explicaciones, apenas pide que uno esté ahí de veras— y ni siquiera eso lo consigo con la frecuencia que quisiera. Me pregunto si la edad del silencio será un lugar del que pueda salirse, o una casa interior donde uno aprende, con los años, a abrir las ventanas.

Desde la ventana de atrás se ve la ruelle: ese pasaje estrecho donde la ciudad guarda lo que no muestra —cercas vencidas, un cable colgando, la puerta trasera de una vida que no conozco—. Alguien pasa por ahí a esta hora casi todos los días y nunca he visto quién. Me quedo un rato mirando el paso vacío, con los zapatos todavía en la mano, sin decidir si esto que siento es paz o solamente costumbre.

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lunes, 27 de julio de 2026

* 53 — El instante entre dos sombras

 

Capítulo 53

El instante entre dos sombras

No sé si quienes escribimos somos gente más triste que los demás. La idea circula con demasiada facilidad, como si bastara haber llenado unos cuadernos para quedar obligado a mirar siempre hacia el lado en sombra. Me inclino a creer otra cosa: que uno termina hablando de aquello que no consigue marcharse. Y lo que se queda casi nunca es la felicidad. Se queda lo que la interrumpió.

La alegría —si me permito hablar de ella como si fuera alguien, pues no encuentro otro modo— tiene la costumbre de llegar sin avisar y de haberse movido de sitio cuando uno se vuelve a mirarla. Se parece a ciertas conversaciones que recordamos durante años sin poder decir qué palabras se dijeron. Queda la sensación de haber estado, un momento, exactamente donde había que estar.

Sospecho que la vida está hecha de esas cosas pequeñas que uno nunca sabe dónde guardar. No son importantes y tampoco se dejan tirar. Permanecen como un boleto entre las páginas de un libro, como una llave cuya cerradura ya no existe, como una palabra dicha sin intención que vuelve muchos años después con una nitidez que no le corresponde. No cambian el rumbo de nada. Van formando, eso sí, la textura secreta de lo que somos.

Quizá por eso los narradores antiguos sabían detenerse a tiempo. Después de tantas pruebas bastaba escribir que se casaron y fueron felices, y nadie reclamaba el día siguiente. Nadie lo necesitaba. Había una prudencia discreta en ese corte, como si admitieran que la felicidad ocurre en una zona donde el lenguaje pierde parte de su oficio.

Siempre me ha intrigado esa renuncia. Nosotros, que gastamos media vida buscando la palabra exacta, aceptamos sin protestar que hay sitios donde no sirve ninguna. Hay una humildad rara en eso. <No todo pide ser explicado. Algunas cosas solo piden ser vividas mientras duran, y después ni siquiera piden.>

De la felicidad se habla mucho, pero casi siempre cuando ya pasó. Mientras ocurre, nadie la anuncia. Uno está ahí, sin nada que hacer, mirando cómo la luz de las cuatro se detiene un rato sobre la madera de la mesa, oyendo unas ruedas que pasan sobre el asfalto mojado y se alejan. Solo después, cuando ese rato ya pertenece a la memoria, uno sospecha que aquello era la felicidad. Y lo desconcertante es que no traía ninguna de las señales que uno esperaba.

La felicidad, pensaba mientras escribía, es un intervalo entre dos sufrimientos. No en el sentido de que el dolor sea el paisaje de fondo y ella apenas una pausa, sino porque su naturaleza es la del respiro: algo que se abre paso entre la densidad de los días, y que solo reconocemos cuando la respiración, de pronto, se vuelve ligera. <No es la ausencia de sombras, sino la luz que sabe convivir con ellas.> Una luz que no exige que el mundo se detenga, solo que nosotros, por un instante, dejemos de empujarlo.

Las desgracias, en cambio, no piden permiso. Entran con el estrépito de una puerta que se cierra sola. Uno las reconoce enseguida por el peso que se instala en los hombros y que ya no se va de ahí. Entonces empezamos a hablar: contamos lo ocurrido una vez y otra, como si repetirlo pudiera gastarlo. Puede que ese sea uno de los oficios del lenguaje: ayudar a que el dolor encuentre una forma que podamos sostener.

La felicidad no necesita ese auxilio. Es callada, un poco torpe, no sabe reclamar atención. Se queda al lado con la naturalidad de lo que parece que va a quedarse siempre. Por eso rara vez se la advierte hasta que ha empezado a irse.

Creo recordar que Natalia Ginzburg escribió algo parecido, aunque es probable que lo esté rehaciendo a mi manera: que las riquezas verdaderas de una vida no son las que uno guarda con solemnidad, sino unas escenas mínimas que nadie llamaría memorables. Una carta que no se esperaba. Alguien que pronuncia nuestro nombre sin prisa. Una mano que corre una silla para que otro se siente. El ruido de alguien lavando algo en la otra habitación. Por separado no significan nada; juntas acaban pareciéndose a una vida entera. Ocurre lo mismo con los objetos de todos los días, que usamos sin mirarlos: la cuchara que buscamos siempre sin saber por qué, la llave que solo recordamos cuando la mano no la encuentra en el bolsillo, el vaso que acompaña las mañanas y que, si un día falta, deja un hueco raro en la rutina. Están ahí, callados, sosteniendo la vida sin cobrar nada por hacerlo.

Sospecho también —los años enseñan esa clase de sospechas— que escribimos menos para guardar los recuerdos que para averiguar qué significaron. La memoria se parece poco a un archivo. Los hechos cambian de forma cada vez que uno vuelve a ellos. Lo que un día pareció una derrota puede revelarse mucho después como el comienzo de otro camino, y lo que entonces llamábamos felicidad acaso fue apenas una tregua. O acaso fue la felicidad y no supimos verla.

Hace un rato, mientras escribía esto, el motor de la nevera se detuvo. No lo había oído en toda la tarde. Solo al callarse dejó un hueco en el aire, y entonces supe que había estado sonando desde siempre. Me quedé mirando la pared sin ningún pensamiento noble. <Hay cosas que solo tienen nombre cuando se apagan.>

Hay días en que me pregunto si la literatura no nació de esa imposibilidad. Si fuéramos del todo felices, tal vez no sentiríamos la necesidad de contar nada: viviríamos, y con eso bastaría. Pero la vida abre pequeñas grietas, deja preguntas sin responder y despedidas que siguen hablando cuando ya nadie las pronuncia. Por esas rendijas entra el lenguaje.

No escribimos para glorificar el sufrimiento; eso sería una vanidad innecesaria. Escribimos porque las pérdidas necesitan un sitio donde descansar y porque ciertas preguntas se niegan a callarse. Y sin embargo, cada vez que termino una página tengo la impresión de haber dejado fuera lo más importante. Las palabras rodean la experiencia. Casi nunca llegan a tocarla.

Puede que no haya fracaso en eso. Escribir consistiría entonces en acercarse una y otra vez a lo que no va a decirse del todo, y en aceptar que a partir de cierta orilla el relato continúa sin nosotros.

El motor de la nevera acaba de encenderse otra vez. La luz ya se fue de la mesa y no he movido nada de sitio. Iba a escribir aquí una frase sobre dónde vive la felicidad, y creo que la sé, o creo que la supe hace un momento. La dejo para mañana. Mañana seguramente ya no me parecerá cierta.

La felicidad no siempre llega como un triunfo, ni como una revelación que sacude el alma. A veces se desliza con la modestia de una hoja que cae sin ruido. Uno la reconoce tarde, cuando ya se ha sentado a nuestro lado y nos mira con la paciencia de quien sabe esperar.

La felicidad es ese instante en que el mundo deja de exigirnos algo y, por un momento, nos permite simplemente ser. No es un premio ni una meta: es una tregua. Una respiración que se abre paso entre los días y nos recuerda que, incluso en la edad del silencio, todavía hay luz suficiente para seguir caminando.

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domingo, 26 de julio de 2026

* 52 — El jardín de los recuerdos

Capítulo 52

El jardín de los recuerdos

La tristeza posee una cortesía que rara vez se le concede. Nunca irrumpe, nunca derriba puertas ni alza la voz para anunciar su llegada: se aproxima con la discreción de quien conoce de memoria el sendero hasta una casa donde ha sido recibida en incontables ocasiones. Hay un instante —imposible de precisar— en que uno advierte que ya está allí, no porque el mundo haya cambiado, sino porque algo en la luz empieza a retirarse hacia un lugar donde los ojos ya no alcanzan.

Durante años sospeché que debía combatirla. La consideraba una fisura en el carácter, una sombra que sólo los débiles dejaban entrar, y me colmaba de ocupaciones, inventaba urgencias, alargaba conversaciones que ya no contenían nada nuevo. Había aprendido, como tantos otros, que mantenerse en movimiento podía ser una forma elegante de no escuchar lo que uno lleva adentro. No fue una revelación lo que cambió eso. Fue, más bien, un cansancio —el cuerpo renunciando, poco a poco, a batallas que quizá nunca existieron fuera de mí.

Le acerco una silla, ahora, cuando regresa.

Hay silencios que no pertenecen a la ausencia de sonido. Son otra materia: caminan despacio por la habitación, doblan las horas con cuidado y las depositan sobre una mesa invisible. Uno termina sentado frente a ellos sin recordar en qué momento comenzó la conversación. Me inclino a pensar que toda vida que ha madurado un poco consiste, entre otras cosas, en ir aprendiendo el idioma de esos silencios —la juventud cree que la felicidad hace ruido, y sólo después descubre que las alegrías más hondas apenas alteran el aire.

Hubo una época en que confundía la tristeza con la melancolía, como si vistieran el mismo color. Hoy me parece que se distinguen como dos árboles cuando el invierno los ha desnudado: uno conserva la memoria de la sombra, el otro guarda la promesa de una primavera que quizá no lleguemos a ver. La melancolía tiene algo del tiempo suspendido —se instala sobre una tarde cualquiera y vuelve más lentos los pensamientos, sin herir, apenas rozando la memoria con una delicadeza casi imperceptible. La tristeza, en cambio, no pregunta: reconoce cada rincón donde alguna esperanza se quedó esperando demasiado tiempo.

Hay días en que llega acompañada por el simple cansancio de existir, sin que suceda nada extraordinario —el mundo sigue su rutina de siempre, los semáforos cambian, alguien cruza la calle con prisa— y sin embargo el paisaje se modifica un poco, porque hemos cambiado nosotros. A veces camino entonces sin rumbo preciso, no para llegar a ningún sitio sino para escuchar el leve rumor que hacen los recuerdos cuando cambian de lugar dentro de uno.

Durante décadas pensé que la memoria consistía en conservar intacto el pasado. Hoy sospecho lo contrario: recordar quizá sea aceptar que el pasado sigue transformándose mientras nosotros vivimos. No cambian del todo los hechos —cambia, más bien, la mirada que vuelve sobre ellos. Por eso, tal vez, algunas heridas antiguas dejaron de dolerme: no porque hayan desaparecido, sino porque, en algún momento que no sabría fechar, dejaron de pedirme explicaciones. Hay una edad en la que uno empieza a sospechar que no todo merece ser comprendido del todo —hay acontecimientos que sólo entregan su sentido cuando dejamos de exigirles una respuesta, como piedras en el fondo de un río que el agua, en vez de mover, aprende a rodear.

Durante mucho tiempo creí que sólo el fuego podía salvarme —las grandes pasiones, las convicciones absolutas, todo aquello que brillaba con intensidad me parecía verdadero, y vivíamos como si el fuego fuera una especie de «patria». Después llegaron las cenizas, y descubrí que también ellas guardan una forma discreta de claridad: no deslumbran, permiten ver. A la luz del incendio apenas distinguíamos el resplandor; entre las cenizas aparecen los contornos, y ahí comprendemos —o creemos comprender— qué permaneció en pie, qué era solamente humo. Quizá por eso la vejez no sea, como tantas veces se repite, una estación de pérdidas, sino una lenta recuperación de la mirada: cada ilusión que se desprende deja un espacio para ver con mayor limpieza, y esa luz —no triunfal, apenas serena— no necesita convencer a nadie de que existe.

La tristeza tiene una manera singular de abrir puertas que la memoria mantenía apenas entornadas. No empuja, no exige: basta con que se siente a mi lado para que aparezcan rostros que creía disueltos por el tiempo, voces que ya nadie pronuncia, gestos mínimos que sobrevivieron al olvido mientras los grandes acontecimientos se desmoronaban. Curiosamente, la memoria nunca conserva la vida tal como ocurrió —conserva aquello que, sin que se lo pidiéramos, decidió salvar cuando todo lo demás empezaba a desaparecer: no una conversación completa, sino una pausa; no una despedida entera, sino el modo en que una mano permaneció unos segundos más sobre otra.

Con los años he llegado a pensar que la memoria no es un «archivo». Es, quizá, un jardinero silencioso que poda, trasplanta, deja morir unas ramas para que otras sigan creciendo, y reorganiza el paisaje interior mientras dormimos, sin pedirnos permiso. Por eso sospecho que no volvemos nunca del todo a los lugares: volvemos a la persona que fuimos cuando estuvimos allí, y ese hombre —casi siempre— ya no nos espera.

Me dolió descubrirlo, durante mucho tiempo. Sentía que cada recuerdo era una pérdida más. Hoy empiezo a intuir lo contrario: que recordar no consiste en recuperar lo que desapareció, sino en aceptar que nada verdadero termina de irse del todo —cambia de forma, de voz, de lugar dentro de uno, pero sigue ahí, en una habitación que rara vez visitamos. La tristeza conoce esas habitaciones y camina por ellas con una familiaridad que a veces me desconcierta, aunque nunca enciende todas las luces: le basta con abrir una ventana. Entonces entra una claridad suficiente para reconocer los muebles del alma cubiertos por el polvo de los años —viejas ilusiones que ya no reclaman ser cumplidas, antiguos resentimientos vueltos objetos inútiles.

He dejado, en algún momento que tampoco sabría precisar, de medir la vida por los años cumplidos. Prefiero medirla —si es que hay que medirla— por las veces que una certeza se transformó en una pregunta, porque fueron las preguntas, y no las respuestas, las que de verdad me hicieron avanzar.

Recuerdo que durante muchos años escribía para fijar los acontecimientos, como si las palabras fueran clavos capaces de impedir que el tiempo siguiera moviendo las cosas. Hoy escribo por una razón distinta: para acompañar aquello que no puede quedarse. Comprendí tarde —quizá demasiado tarde— que las palabras no detienen el tiempo. Apenas lo vuelven habitable. Escribir se parece, sospecho, a encender una lámpara en medio de una niebla espesa: la luz no alcanza el final del camino, apenas dibuja un pequeño círculo donde los pasos pierden algo de su miedo. Ya no escribo para convencer, ni para dejar lecciones, y mucho menos para corregir el pasado —escribo porque hay pensamientos que sólo existen mientras una mano los acompaña sobre el papel. Si no los escribiera, quizá permanecerían para siempre en esa región incierta donde habitan las intuiciones, sin llegar a ser compañía para nadie.

Cuando era joven admiraba a quienes parecían poseer todas las certezas. Hoy me conmueven más quienes tienen el valor de convivir con las dudas sin perder la ternura —las respuestas suelen levantar muros, y las preguntas, cuando uno las deja, abren ventanas. La tristeza pertenece, creo, a esa familia: nunca me dice qué pensar, sólo me invita a mirar con mayor lentitud.

Hay noches en que permanece sentada frente a mí durante un largo rato, sin que ninguno de los dos hable. El reloj sigue avanzando con su obstinación de siempre, pero el tiempo parece abandonar, por un momento, su costumbre de correr. Entonces sucede algo que todavía no sé explicar del todo: la tristeza deja de parecer una visitante y empieza a parecerse a un espejo —no de mi rostro, sino de todo aquello que he amado lo suficiente como para echarlo de menos. Sospecho, entonces, que su origen nunca fue del todo la oscuridad. Quizá haya sido siempre la luz: nadie extraña lo que nunca amó, nadie guarda luto por lo que no alcanzó a rozarle algo hondo. La tristeza, me parece, no nace tanto de la ausencia como de la abundancia que alguna vez tuvimos —y pensarlo así cambió, poco a poco, la manera en que la recibo.

He pensado muchas veces en el peso de los años, y curiosamente no encuentro que la edad haya hecho más pesada la vida. Lo que ha cambiado es la manera de cargarla: antes llevaba el pasado sobre los hombros, ahora —me parece— camina a mi lado. Hay recuerdos que todavía me visitan con una nitidez desconcertante, sin reclamar justicia ni despertar arrepentimientos, con la humildad de quienes sólo desean ser reconocidos antes de volver al silencio. Los recibo como se recibe a un viejo amigo: no hablamos demasiado, porque la verdadera amistad nunca necesitó muchas palabras.

Tampoco sé ya por qué algunas personas permanecen en nosotros mucho después de haberse marchado. Tal vez el amor tenga una forma discreta de resistir a la ausencia —no la impide, no vence del todo a la muerte, pero consigue, al menos, transformar la desaparición en una presencia interior. Hay quienes ya no caminan por este mundo y, sin embargo, siguen modificando nuestras decisiones; hay voces que dejaron de pronunciar nuestro nombre hace décadas y todavía influyen en el tono con que hablamos a quienes amamos. Permanecer, entonces, no sería tanto ocupar un lugar en la memoria como continuar habitando, discreto, la conciencia de alguien.

Cuando pienso en ello, la tristeza pierde parte de su oscuridad. Quizá nunca vino a mostrarme sólo lo perdido: vino, también, a recordarme lo que tuve el privilegio de amar. Cada ausencia lleva, de algún modo, el nombre de una presencia anterior; y esa idea, lejos de entristecerme, me reconcilia —al menos por un rato— con el tiempo.

Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía en ordenar recuerdos. Ahora creo que escribo, sobre todo, para escuchar. Cada página me devuelve una voz que no sabía llevar dentro: a veces la del muchacho que fui, otras la del hombre cansado que hoy contempla el mundo con más lentitud. Ya no busca explicar la vida. Busca, quizá, hacerle compañía —como una lámpara encendida durante la madrugada, que no elimina la oscuridad ni intenta vencerla, apenas dibuja un pequeño refugio donde el pensamiento puede sentarse a descansar.

Esta noche la tristeza ha vuelto. La habitación está en silencio, y sobre la mesa descansa un cuaderno abierto —la tinta espera con la paciencia de las cosas que no conocen la prisa. Afuera, la ciudad sigue su ritmo indiferente: una ventana se apaga, otra acaba de encenderse, en algún lugar alguien ríe y en otro alguien llora. Yo permanezco sentado. La tristeza también. Ya no somos, después de tantos años, dos desconocidos —aunque tampoco sabría decir con exactitud qué somos el uno para el otro.

Antes de marcharse no deja consejos, ni respuestas, ni siquiera consuelo. Deja apenas una pregunta, escrita con una caligrafía que empiezo a reconocer como propia:

¿Y si la tristeza no fuera el final de la alegría, sino la manera más silenciosa que tiene el amor de seguir existiendo?

Cierro el cuaderno. Apago la lámpara —o creo apagarla del todo, aunque nunca estoy del todo seguro de que la oscuridad, después, sea completa. 

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sábado, 25 de julio de 2026

51 — El idioma tardío

 Capítulo 51

— El idioma tardío

Hay palabras que uno estuvo esperando sin saber que las esperaba, y que llegan un martes cualquiera, a esa hora indecisa de enero en que la tarde ya dejó de ser tarde y todavía no se decide a ser noche. No vienen con ceremonia. Vienen en la pantalla de un teléfono que uno sostiene con las dos manos, como se sostenían antes las cartas, y que alumbra la habitación con una luz azul que no calienta nada.

Durante años supuse, sin detenerme demasiado a examinarlo, que lo que hace un padre se parece a esas escaleras de hierro que en esta ciudad quedaron fuera de las casas. Alguien decidió hace mucho tiempo que subir fuera un asunto de la intemperie, para que adentro cupieran las habitaciones. La escalera se oxida, se llena de sal, se repara mal y tarde; adentro, mientras tanto, la gente cena.

No estoy seguro de que la comparación se sostenga. Las escaleras al menos se ven desde la calle, y el trabajo de un padre no siempre. Se madruga sin épica ninguna. Se vuelve por la noche con el cansancio guardado en el mismo bolsillo donde van las preocupaciones, que es un bolsillo con un agujero pequeño por donde a veces se pierde alguna.

Los hijos conocen una parte. Ven al hombre que llega, al que resuelve, al que se sienta a la mesa con una cara ya compuesta en el pasillo, unos segundos antes de abrir. Lo que casi nunca alcanzan a ver es esa composición del rostro en el pasillo, que es donde ocurre casi todo.

Se me ocurre a veces —y no sabría defenderlo— que cada padre redacta una autobiografía que no llega a publicar. Está escrita en jornadas largas y en cuentas que apenas alcanzaban, en la obstinación callada de procurar que los hijos lleguen un poco más lejos de donde uno llegó. Es un libro sin lectores previstos, cosa que uno acepta temprano y sin demasiado drama.

Hace poco mi hijo me escribió. No era un homenaje. Era otra cosa, que todavía no sé nombrar del todo.

Escribió:

"Mi padre nunca tuvo una vida fácil. Nunca lo escuché rendirse, aunque muchas veces llegaba cansado, preocupado o con problemas que seguramente cargaba solo para no preocuparnos. Mi padre aprendió a callar su dolor mientras hacía todo lo posible por mantenernos bien.

Y ahora que crecí, entiendo algo que antes no podía ver: hay hombres que pasan toda la vida sacrificándose en silencio para que sus hijos tengan oportunidades que ellos jamás tuvieron. Por eso, si todavía tienes a tu papá contigo, abrázalo fuerte. Porque un día entenderás que detrás de cada esfuerzo suyo había una forma inmensa de amar."

Lo leí más de una vez. La pantalla se apagaba sola y yo volvía a tocarla con el pulgar para que las palabras regresaran, y así varias veces, hasta que afuera alguien empezó a subir la escalera del edificio de al lado y el hierro fue devolviendo cada paso con ese sonido que aquí uno termina por no oír.

Hay en su mensaje una frase que tiene la forma de las cosas que circulan por ahí, de esas que la gente comparte los domingos. Puede que la haya tomado prestada. Estuve un rato pensando si eso le quitaba algo y me incliné a creer que no, aunque no podría explicar por qué; quizá porque uno también aprende a querer con frases que no inventó, y las mías tampoco eran todas mías.

Sentí después algo que no era exactamente orgullo y que se le parecía poco. Más bien la incomodidad de ser visto en el sitio donde uno había puesto cuidado en no ser visto. Uno se pasa media vida disimulando y descubre tarde que el disimulo era transparente, o que al menos alguien lo miró al trasluz, como se mira un dibujo antiguo bajo la pintura nueva de una pared.

Quizá el silencio deje marcas. No lo afirmo. Sé que los hijos no entienden mientras son niños, pero desconfío de la idea de que después les llegue una traducción ordenada, como si el tiempo trabajara para nosotros en algún despacho. Prefiero pensar que a veces coinciden dos edades por un momento y que en ese cruce alguien alcanza a decir algo.

Como habría insinuado Ginzburg, una casa se sostiene en gestos que nadie registra mientras ocurren, y cuya importancia solo se deja ver muchos años más tarde, cuando ya no queda nadie a quien agradecérselos.

No escribo esto para presentarme como ejemplo. Hubo errores que todavía reconozco de lejos, por la forma, y ausencias que no fueron todas inevitables aunque en su momento me convino pensarlo. Ningún padre sale ileso de su propia historia. Uno queda con zonas oscuras que ya no piensa iluminar, más por cansancio que por sabiduría.

Lo que sí me parece cierto —esta tarde, al menos— es que el afecto se parece bastante a una lámpara encendida en una habitación donde alguien lee sin preguntarse quién paga la electricidad. Y que hay una vanidad pequeña, casi tierna, en desear que alguna vez lo pregunte.

Le escribí de vuelta. Tres líneas. Las borré. Escribí otras dos, más torpes, y las dejé sin enviar en ese lugar donde el teléfono guarda lo que uno no termina de decir. Ahí siguen. Algunas noches las abro y les cambio una palabra, como si lo que faltara fuera la palabra exacta. Anoche le quité un adverbio y volví a dejarla ahí. Mañana, si el día alcanza, tal vez le quite otro.

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50 — Las fisuras del espejo

Capitulo 50

— Las fisuras del espejo

Antes de que el sueño termine de cerrarme los párpados ocurre algo que ya no intento explicar. La ciudad baja su pulso, un motor se aleja por la avenida y no regresa, y el cuarto parece ensancharse en la penumbra. Se abre entonces una puerta discreta por donde entran escenas que yo daba por gastadas. No vienen de ayer. Vienen de mucho más atrás, de una zona donde ciertos instantes siguen enteros sin que yo sepa por qué el tiempo decidió dejarlos pasar.

La noche se me parece a un espejo viejo, con fisuras finas que solo se advierten de costado. En cada una asoma un fragmento del que fui: un hombre, o apenas un muchacho, que se reía sin medir cuánto iba a durarle la risa y que habitaba el mundo con la soltura de quien todavía no ha sido advertido de nada. Las rodillas no le pesaban. Ni siquiera sabía que tenía rodillas.

De aquellos años no me devuelven los acontecimientos grandes, que serían los que uno esperaría. Sobreviven los detalles, con una obstinación que no les pedí. El aire de una cocina llenándose del olor del pan recién sacado del horno, puesto a enfriar sobre un paño. Alguien dijo una vez que ese era el perfume verdadero de la abundancia, aunque el dinero no alcanzara nunca. Yo lo escuché sin darle peso; ahora lo escucho de otro modo, aunque no sabría precisar cuál.

La memoria trabaja de una manera que no termino de seguirle el paso. Rescata unas pocas imágenes y les presta una intensidad que el presente casi nunca tiene. Un vaso sobre la mesa, todavía con la marca de unos dedos. La luz inclinándose despacio contra una pared que hace décadas no existe. Con eso, algunas noches, alcanza; otras no alcanza con nada y las imágenes se quedan quietas, sin encenderse.

Dudo que esto se llame nostalgia. La nostalgia, según la entiendo, llega acompañada del deseo imposible de volver, y no querría volver a ninguna parte. Lo que me visita se parece más a una gratitud sin destinatario, dirigida acaso al hombre que fui, que no está en condiciones de recibirla. Le agradezco algo que él hizo sin darse cuenta y que yo tampoco terminé de entender del todo.

Vuelven las tardes en que el tiempo no tenía urgencia y las conversaciones se estiraban porque nadie miraba la hora. Vuelven algunos rostros que no hablan. Tampoco los necesito hablando: me basta que permanezcan un instante con la cara que tenían, para recordarme que hubo una época en que la alegría era tan simple que a nadie se le ocurrió ponerle nombre. Después se van, sin ceremonia, como quien se levanta a buscar algo y no regresa.

Pienso a veces —como habría anotado Natalia Ginzburg, con esa manera suya de decir las cosas sin subrayarlas— que uno no elige lo que se le queda. Se queda lo que se queda, y suele ser poco y menor: una silla, un modo de doblar la ropa, una frase dicha al pasar. Lo demás, que nos pareció el centro y por lo que discutimos tanto, se fue sin avisar.

Me gusta imaginar —y sé que es una comodidad mía, una figura que me invento para no quedarme a solas con el asunto— que la memoria se sienta a mi lado como un amigo viejo que ya no necesita conversar. No trae inventario de ausencias. Pasa unas páginas de un álbum que nadie más podría hojear y se detiene donde le parece. Si llega a decir algo, lo dice con mi propia voz, lo que le quita bastante autoridad.

Quizá volver atrás no sea siempre una manera de huir del presente. Hay noches en que se parece más a comprobar que la alegría ocurrió de veras, que no fue un invento tardío para hacer llevaderos los años difíciles. Existió con la misma consistencia con que hoy existen las cicatrices. Y las cicatrices, al menos, se dejan tocar.

Cuando el sueño termina por llevarse esas imágenes queda algo semejante al calor que guarda una piedra mucho después de que el sol se ha ido. No sirve para nada práctico. Sirve apenas para atravesar unas horas más, y ni siquiera estoy seguro de que sirva: puede que lo diga porque a esta hora conviene decirlo y mañana no lo sostendría.

Mañana el cuerpo volverá a recordarme la edad con su puntualidad de siempre y el mundo pedirá otra vez su cuota de paciencia. Mientras tanto conservo este pequeño rito de entrar cada noche en unas habitaciones que ya no puedo describirle a nadie. En algún pliegue sigue viviendo aquel que fue feliz sin enterarse. No sé si eso es una certeza o una costumbre. Voy a apagar la luz antes de decidirlo.

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73 Caminar al lado de la Vida

 Capitulo 73 Caminar al lado de la Vida En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de q...