miércoles, 29 de julio de 2026

* 54 — El tiempo que no se mide

 Capítulo 54

El tiempo que no se mide


Hay días —cada vez más, lo admito— en que vivo casi por completo en el presente. No lo digo como quien exhibe una medalla; lo digo como quien ha aprendido a conformarse con lo que queda. Sospecho que esta fidelidad al instante no fue una conquista, sino una rendición. Un descarte. Como cuando se vacía una casa y se decide qué llevarse y qué dejar que el polvo se lleve.

El futuro, ese viejo territorio de promesas y mapas doblados, se volvió demasiado incierto para instalar allí esperanzas. Ya no construyo castillos en sus arenas movedizas. Ya no escribo cartas a un destinatario que quizá nunca llegue. Y el pasado —que sigue conmigo como una sombra que no se desprende— ya no consiente que lo recorra con la misma libertad de antes. Algo ha cambiado en la geografía de los recuerdos: cada vez que los visito, los encuentro ligeramente distintos. Como si la memoria envejeciera al mismo ritmo que las manos, y los rostros se desdibujaran, y las palabras perdieran su filo original, y los silencios pesaran más que las voces.

Entre un territorio y otro —entre el país que ya fue y el que quizá nunca será— queda esto: un presente pequeño, a veces frágil, que algunos días apenas me alcanza para respirar y darme cuenta de que aún estoy aquí.

He dejado de imaginar el tiempo como una línea —esa vieja ilusión de los relojes, esa mentira piadosa que nos hace creer que todo avanza hacia algún lugar. Me inclino a creer que se parece más al marco de esta puerta: repintado por inquilinos que nunca conocí, cubierto de capas que ya no recuerdan su color original, pero que aún sostienen la misma madera, la misma forma, la misma resistencia a los años.

Debajo de la última capa de pintura —blanca, reciente, con olor a promesa de hogar— hay otra, quizá amarilla, quizá de un verde que ya nadie nombra. Y debajo de esa, otra más, y otra, y otra. Todas siguen ahí, acumuladas, invisibles pero presentes, sosteniendo la estructura sin alardear. No hay contradicción entre ellas: cada capa fue necesaria, cada una tuvo su momento, cada una protegió la madera del frío, del sol, del paso indiferente de los cuerpos que atravesaron el umbral.

Algo semejante sucede conmigo, lo he notado. El muchacho que fui —ese que corría sin preguntar hacia dónde, ese que creía que el futuro era un derecho— no se ha ido a ninguna parte. Está aquí, debajo del hombre que trabajó, que emigró, que aprendió a decir «bonjour» con acento de otra tierra, que volvió a empezar cuando los mapas ya no le servían de nada. Y ese hombre, a su vez, está debajo del que hoy escribe estas líneas, del que ya no corre porque ha aprendido el valor de la pausa, del que ya no busca respuestas sino preguntas mejor hechas.

Están todos aquí, apretados dentro de este momento que llamo «ahora». No como recuerdos —que los recuerdos son visitas que uno hace al pasado— sino como presencia. Como las capas de pintura que no compiten entre sí, sino que colaboran en la tarea de sostener la puerta. El niño, el adolescente, el joven enamorado, el padre primerizo, el inmigrante asustado, el hombre que aprendió a estar solo, todos ellos respiran en mi pecho sin pedir turno, sin reclamar protagonismo.

A veces, en la quietud de la noche, creo oírlos. El muchacho pregunta: «¿Llegamos ya?». El inmigrante responde: «Todavía no, pero estamos más cerca». Y el que soy ahora, el que escribe, se limita a callar y a dejar que las capas se sostengan mutuamente.

Porque he aprendido que no se trata de elegir una versión de uno mismo y desechar las demás. Eso sería como arrancar capas de pintura hasta dejar la madera desnuda, y entonces la puerta se pudriría, se agrietaría, dejaría de cumplir su oficio de abrirse y cerrarse. La sabiduría —si es que hay alguna en todo esto— está en aceptar que todas las capas son necesarias. Que el tiempo no borra: acumula. Que cada instante que vivimos se convierte en una capa más que protegerá lo que vendrá, y que lo que vendrá, a su vez, protegerá lo que ya pasó.

El muchacho que fui no ha muerto: ha sido absorbido. El hombre que trabajó no ha desaparecido: ha sido transformado. Y yo, el que hoy escribe, no soy más que la última capa visible —la que el sol toca, la que la mano reconoce al pasar—, pero sé que sin las anteriores, sin su peso silencioso, sin su memoria acumulada, no sería más que una mancha de pintura sin madera, sin historia, sin oficio.

Así que ya no busco la línea recta. Ya no mido el tiempo en kilómetros ni en años. Lo mido en capas, en texturas, en colores que ya no están a la vista pero que aún sostienen el marco por donde entro y salgo de mi propia vida.

Y cuando alguien me pregunta «¿Quién eres?», no respondo con un nombre ni con una fecha de nacimiento. Señalo la puerta y digo, simplemente:

—Soy esto. Todas las capas. Todas las manos que las pintaron. Todas las formas de atravesar el umbral.

Y eso, me parece, es suficiente.

Quizá por eso exista una edad que ningún calendario registra, y que he terminado por llamar la edad del silencio. No sabría decir cuándo empieza. Me inclino a creer que llega el día en que ciertas palabras dejan de encontrar dónde posarse. Está hecha menos de años que de ausencias: gente que se fue sin avisar, preguntas formuladas demasiado tarde, conversaciones que quedaron pendientes en un idioma que ya nadie habla dentro de esta casa.

Durante mucho tiempo creí que ese silencio era una forma de resignación. Hoy me inclino a pensar que puede ser también una manera de oír —aunque no podría jurarlo; hay días en que vuelve a parecerme lo primero—. Escuché durante décadas lo que los demás esperaban de mí, y las urgencias de cada jornada ocuparon un espacio tan grande que apenas quedó sitio para averiguar quién era yo cuando nadie esperaba nada.

Uno acaba pareciéndose, sospecho, a las necesidades ajenas. No sucede de golpe. Sucede despacio —casi con delicadeza—, del modo en que se instala el olor a lana húmeda del abrigo colgado en la entrada, ese olor que ya nadie percibe porque forma parte de la casa. Y un día cualquiera descubre uno que ha pronunciado miles de palabras sin haber dicho ninguna de las necesarias.

Alguien escribió —creo que fue Tabucchi, aunque la memoria me ha engañado otras veces— que la identidad no desaparece de un golpe, sino que aprende a esconderse detrás de las costumbres. Lo pienso cuando me siento al borde de la cama a quitarme los zapatos y noto que las manos tardan más que antes en obedecer. El gesto es idéntico al de hace treinta años. Ha cambiado el hombre que lo sostiene, y ni siquiera él sabría precisar en qué.

No me arrepiento de haber vivido como viví. Sería injusto con aquel que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía. Hubo decisiones acertadas y otras que no lo fueron, caminos que abandoné, puertas que no crucé. La edad enseña —o eso quiero creer— que ninguna vida cabe entera dentro de sí misma. Siempre quedarán ciudades sin ver y afectos que habrían merecido más tiempo del que supe darles.

Antes pensaba en esas renuncias como derrotas. Ahora me parecen más bien la forma que tomó mi existencia, quizá la única que estaba a mi alcance. La vida —si se me permite prestarle por un momento un rostro que no tiene— trabaja como un artesano indiferente: usa los materiales incompletos que le llegan y rara vez avisa cuáles le tocaron a uno. Desde ahí el pasado cambia de sitio: deja de ser un país al que quiero regresar y camina a mi lado sin hacer ruido, con la discreción de quien sabe que su tiempo ya pasó.

El futuro también ha perdido parte de su antiguo poder. En la juventud imaginamos que todo está delante; después casi todo ocurre aquí, en este momento diminuto que tantas veces dejamos escapar mientras pensábamos en el siguiente. A las cuatro de la tarde, en marzo, la luz empieza a retirarse de la pared —como quien se disculpa antes de irse— sin que uno haya decidido todavía qué hacer con el día. Esa hora me encuentra siempre en la mitad de algo.

Quizá la vejez tenga una sabiduría modesta: ya no promete conquistas, se conforma con habitar bien una conversación o una página escrita sin prisa. No estoy seguro de que eso baste. Algunos días basta. Otros me sorprendo esperando algo que no sabría nombrar, y entonces el presente se estrecha y vuelve a parecerse a una sala de espera.

Y sin embargo termino volviendo a él. Todo lo demás cambia de nombre, de país, de rostro. El instante llega casi siempre desarmado —no exige explicaciones, apenas pide que uno esté ahí de veras— y ni siquiera eso lo consigo con la frecuencia que quisiera. Me pregunto si la edad del silencio será un lugar del que pueda salirse, o una casa interior donde uno aprende, con los años, a abrir las ventanas.

Desde la ventana de atrás se ve la ruelle: ese pasaje estrecho donde la ciudad guarda lo que no muestra —cercas vencidas, un cable colgando, la puerta trasera de una vida que no conozco—. Alguien pasa por ahí a esta hora casi todos los días y nunca he visto quién. Me quedo un rato mirando el paso vacío, con los zapatos todavía en la mano, sin decidir si esto que siento es paz o solamente costumbre.

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lunes, 27 de julio de 2026

* 53 — El instante entre dos sombras

 

Capítulo 53

El instante entre dos sombras

No sé si quienes escribimos somos gente más triste que los demás. La idea circula con demasiada facilidad, como si bastara haber llenado unos cuadernos para quedar obligado a mirar siempre hacia el lado en sombra. Me inclino a creer otra cosa: que uno termina hablando de aquello que no consigue marcharse. Y lo que se queda casi nunca es la felicidad. Se queda lo que la interrumpió.

La alegría —si me permito hablar de ella como si fuera alguien, pues no encuentro otro modo— tiene la costumbre de llegar sin avisar y de haberse movido de sitio cuando uno se vuelve a mirarla. Se parece a ciertas conversaciones que recordamos durante años sin poder decir qué palabras se dijeron. Queda la sensación de haber estado, un momento, exactamente donde había que estar.

Sospecho que la vida está hecha de esas cosas pequeñas que uno nunca sabe dónde guardar. No son importantes y tampoco se dejan tirar. Permanecen como un boleto entre las páginas de un libro, como una llave cuya cerradura ya no existe, como una palabra dicha sin intención que vuelve muchos años después con una nitidez que no le corresponde. No cambian el rumbo de nada. Van formando, eso sí, la textura secreta de lo que somos.

Quizá por eso los narradores antiguos sabían detenerse a tiempo. Después de tantas pruebas bastaba escribir que se casaron y fueron felices, y nadie reclamaba el día siguiente. Nadie lo necesitaba. Había una prudencia discreta en ese corte, como si admitieran que la felicidad ocurre en una zona donde el lenguaje pierde parte de su oficio.

Siempre me ha intrigado esa renuncia. Nosotros, que gastamos media vida buscando la palabra exacta, aceptamos sin protestar que hay sitios donde no sirve ninguna. Hay una humildad rara en eso. <No todo pide ser explicado. Algunas cosas solo piden ser vividas mientras duran, y después ni siquiera piden.>

De la felicidad se habla mucho, pero casi siempre cuando ya pasó. Mientras ocurre, nadie la anuncia. Uno está ahí, sin nada que hacer, mirando cómo la luz de las cuatro se detiene un rato sobre la madera de la mesa, oyendo unas ruedas que pasan sobre el asfalto mojado y se alejan. Solo después, cuando ese rato ya pertenece a la memoria, uno sospecha que aquello era la felicidad. Y lo desconcertante es que no traía ninguna de las señales que uno esperaba.

La felicidad, pensaba mientras escribía, es un intervalo entre dos sufrimientos. No en el sentido de que el dolor sea el paisaje de fondo y ella apenas una pausa, sino porque su naturaleza es la del respiro: algo que se abre paso entre la densidad de los días, y que solo reconocemos cuando la respiración, de pronto, se vuelve ligera. <No es la ausencia de sombras, sino la luz que sabe convivir con ellas.> Una luz que no exige que el mundo se detenga, solo que nosotros, por un instante, dejemos de empujarlo.

Las desgracias, en cambio, no piden permiso. Entran con el estrépito de una puerta que se cierra sola. Uno las reconoce enseguida por el peso que se instala en los hombros y que ya no se va de ahí. Entonces empezamos a hablar: contamos lo ocurrido una vez y otra, como si repetirlo pudiera gastarlo. Puede que ese sea uno de los oficios del lenguaje: ayudar a que el dolor encuentre una forma que podamos sostener.

La felicidad no necesita ese auxilio. Es callada, un poco torpe, no sabe reclamar atención. Se queda al lado con la naturalidad de lo que parece que va a quedarse siempre. Por eso rara vez se la advierte hasta que ha empezado a irse.

Creo recordar que Natalia Ginzburg escribió algo parecido, aunque es probable que lo esté rehaciendo a mi manera: que las riquezas verdaderas de una vida no son las que uno guarda con solemnidad, sino unas escenas mínimas que nadie llamaría memorables. Una carta que no se esperaba. Alguien que pronuncia nuestro nombre sin prisa. Una mano que corre una silla para que otro se siente. El ruido de alguien lavando algo en la otra habitación. Por separado no significan nada; juntas acaban pareciéndose a una vida entera. Ocurre lo mismo con los objetos de todos los días, que usamos sin mirarlos: la cuchara que buscamos siempre sin saber por qué, la llave que solo recordamos cuando la mano no la encuentra en el bolsillo, el vaso que acompaña las mañanas y que, si un día falta, deja un hueco raro en la rutina. Están ahí, callados, sosteniendo la vida sin cobrar nada por hacerlo.

Sospecho también —los años enseñan esa clase de sospechas— que escribimos menos para guardar los recuerdos que para averiguar qué significaron. La memoria se parece poco a un archivo. Los hechos cambian de forma cada vez que uno vuelve a ellos. Lo que un día pareció una derrota puede revelarse mucho después como el comienzo de otro camino, y lo que entonces llamábamos felicidad acaso fue apenas una tregua. O acaso fue la felicidad y no supimos verla.

Hace un rato, mientras escribía esto, el motor de la nevera se detuvo. No lo había oído en toda la tarde. Solo al callarse dejó un hueco en el aire, y entonces supe que había estado sonando desde siempre. Me quedé mirando la pared sin ningún pensamiento noble. <Hay cosas que solo tienen nombre cuando se apagan.>

Hay días en que me pregunto si la literatura no nació de esa imposibilidad. Si fuéramos del todo felices, tal vez no sentiríamos la necesidad de contar nada: viviríamos, y con eso bastaría. Pero la vida abre pequeñas grietas, deja preguntas sin responder y despedidas que siguen hablando cuando ya nadie las pronuncia. Por esas rendijas entra el lenguaje.

No escribimos para glorificar el sufrimiento; eso sería una vanidad innecesaria. Escribimos porque las pérdidas necesitan un sitio donde descansar y porque ciertas preguntas se niegan a callarse. Y sin embargo, cada vez que termino una página tengo la impresión de haber dejado fuera lo más importante. Las palabras rodean la experiencia. Casi nunca llegan a tocarla.

Puede que no haya fracaso en eso. Escribir consistiría entonces en acercarse una y otra vez a lo que no va a decirse del todo, y en aceptar que a partir de cierta orilla el relato continúa sin nosotros.

El motor de la nevera acaba de encenderse otra vez. La luz ya se fue de la mesa y no he movido nada de sitio. Iba a escribir aquí una frase sobre dónde vive la felicidad, y creo que la sé, o creo que la supe hace un momento. La dejo para mañana. Mañana seguramente ya no me parecerá cierta.

La felicidad no siempre llega como un triunfo, ni como una revelación que sacude el alma. A veces se desliza con la modestia de una hoja que cae sin ruido. Uno la reconoce tarde, cuando ya se ha sentado a nuestro lado y nos mira con la paciencia de quien sabe esperar.

La felicidad es ese instante en que el mundo deja de exigirnos algo y, por un momento, nos permite simplemente ser. No es un premio ni una meta: es una tregua. Una respiración que se abre paso entre los días y nos recuerda que, incluso en la edad del silencio, todavía hay luz suficiente para seguir caminando.

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domingo, 26 de julio de 2026

* 52 — El jardín de los recuerdos

Capítulo 52

El jardín de los recuerdos

La tristeza posee una cortesía que rara vez se le concede. Nunca irrumpe, nunca derriba puertas ni alza la voz para anunciar su llegada: se aproxima con la discreción de quien conoce de memoria el sendero hasta una casa donde ha sido recibida en incontables ocasiones. Hay un instante —imposible de precisar— en que uno advierte que ya está allí, no porque el mundo haya cambiado, sino porque algo en la luz empieza a retirarse hacia un lugar donde los ojos ya no alcanzan.

Durante años sospeché que debía combatirla. La consideraba una fisura en el carácter, una sombra que sólo los débiles dejaban entrar, y me colmaba de ocupaciones, inventaba urgencias, alargaba conversaciones que ya no contenían nada nuevo. Había aprendido, como tantos otros, que mantenerse en movimiento podía ser una forma elegante de no escuchar lo que uno lleva adentro. No fue una revelación lo que cambió eso. Fue, más bien, un cansancio —el cuerpo renunciando, poco a poco, a batallas que quizá nunca existieron fuera de mí.

Le acerco una silla, ahora, cuando regresa.

Hay silencios que no pertenecen a la ausencia de sonido. Son otra materia: caminan despacio por la habitación, doblan las horas con cuidado y las depositan sobre una mesa invisible. Uno termina sentado frente a ellos sin recordar en qué momento comenzó la conversación. Me inclino a pensar que toda vida que ha madurado un poco consiste, entre otras cosas, en ir aprendiendo el idioma de esos silencios —la juventud cree que la felicidad hace ruido, y sólo después descubre que las alegrías más hondas apenas alteran el aire.

Hubo una época en que confundía la tristeza con la melancolía, como si vistieran el mismo color. Hoy me parece que se distinguen como dos árboles cuando el invierno los ha desnudado: uno conserva la memoria de la sombra, el otro guarda la promesa de una primavera que quizá no lleguemos a ver. La melancolía tiene algo del tiempo suspendido —se instala sobre una tarde cualquiera y vuelve más lentos los pensamientos, sin herir, apenas rozando la memoria con una delicadeza casi imperceptible. La tristeza, en cambio, no pregunta: reconoce cada rincón donde alguna esperanza se quedó esperando demasiado tiempo.

Hay días en que llega acompañada por el simple cansancio de existir, sin que suceda nada extraordinario —el mundo sigue su rutina de siempre, los semáforos cambian, alguien cruza la calle con prisa— y sin embargo el paisaje se modifica un poco, porque hemos cambiado nosotros. A veces camino entonces sin rumbo preciso, no para llegar a ningún sitio sino para escuchar el leve rumor que hacen los recuerdos cuando cambian de lugar dentro de uno.

Durante décadas pensé que la memoria consistía en conservar intacto el pasado. Hoy sospecho lo contrario: recordar quizá sea aceptar que el pasado sigue transformándose mientras nosotros vivimos. No cambian del todo los hechos —cambia, más bien, la mirada que vuelve sobre ellos. Por eso, tal vez, algunas heridas antiguas dejaron de dolerme: no porque hayan desaparecido, sino porque, en algún momento que no sabría fechar, dejaron de pedirme explicaciones. Hay una edad en la que uno empieza a sospechar que no todo merece ser comprendido del todo —hay acontecimientos que sólo entregan su sentido cuando dejamos de exigirles una respuesta, como piedras en el fondo de un río que el agua, en vez de mover, aprende a rodear.

Durante mucho tiempo creí que sólo el fuego podía salvarme —las grandes pasiones, las convicciones absolutas, todo aquello que brillaba con intensidad me parecía verdadero, y vivíamos como si el fuego fuera una especie de «patria». Después llegaron las cenizas, y descubrí que también ellas guardan una forma discreta de claridad: no deslumbran, permiten ver. A la luz del incendio apenas distinguíamos el resplandor; entre las cenizas aparecen los contornos, y ahí comprendemos —o creemos comprender— qué permaneció en pie, qué era solamente humo. Quizá por eso la vejez no sea, como tantas veces se repite, una estación de pérdidas, sino una lenta recuperación de la mirada: cada ilusión que se desprende deja un espacio para ver con mayor limpieza, y esa luz —no triunfal, apenas serena— no necesita convencer a nadie de que existe.

La tristeza tiene una manera singular de abrir puertas que la memoria mantenía apenas entornadas. No empuja, no exige: basta con que se siente a mi lado para que aparezcan rostros que creía disueltos por el tiempo, voces que ya nadie pronuncia, gestos mínimos que sobrevivieron al olvido mientras los grandes acontecimientos se desmoronaban. Curiosamente, la memoria nunca conserva la vida tal como ocurrió —conserva aquello que, sin que se lo pidiéramos, decidió salvar cuando todo lo demás empezaba a desaparecer: no una conversación completa, sino una pausa; no una despedida entera, sino el modo en que una mano permaneció unos segundos más sobre otra.

Con los años he llegado a pensar que la memoria no es un «archivo». Es, quizá, un jardinero silencioso que poda, trasplanta, deja morir unas ramas para que otras sigan creciendo, y reorganiza el paisaje interior mientras dormimos, sin pedirnos permiso. Por eso sospecho que no volvemos nunca del todo a los lugares: volvemos a la persona que fuimos cuando estuvimos allí, y ese hombre —casi siempre— ya no nos espera.

Me dolió descubrirlo, durante mucho tiempo. Sentía que cada recuerdo era una pérdida más. Hoy empiezo a intuir lo contrario: que recordar no consiste en recuperar lo que desapareció, sino en aceptar que nada verdadero termina de irse del todo —cambia de forma, de voz, de lugar dentro de uno, pero sigue ahí, en una habitación que rara vez visitamos. La tristeza conoce esas habitaciones y camina por ellas con una familiaridad que a veces me desconcierta, aunque nunca enciende todas las luces: le basta con abrir una ventana. Entonces entra una claridad suficiente para reconocer los muebles del alma cubiertos por el polvo de los años —viejas ilusiones que ya no reclaman ser cumplidas, antiguos resentimientos vueltos objetos inútiles.

He dejado, en algún momento que tampoco sabría precisar, de medir la vida por los años cumplidos. Prefiero medirla —si es que hay que medirla— por las veces que una certeza se transformó en una pregunta, porque fueron las preguntas, y no las respuestas, las que de verdad me hicieron avanzar.

Recuerdo que durante muchos años escribía para fijar los acontecimientos, como si las palabras fueran clavos capaces de impedir que el tiempo siguiera moviendo las cosas. Hoy escribo por una razón distinta: para acompañar aquello que no puede quedarse. Comprendí tarde —quizá demasiado tarde— que las palabras no detienen el tiempo. Apenas lo vuelven habitable. Escribir se parece, sospecho, a encender una lámpara en medio de una niebla espesa: la luz no alcanza el final del camino, apenas dibuja un pequeño círculo donde los pasos pierden algo de su miedo. Ya no escribo para convencer, ni para dejar lecciones, y mucho menos para corregir el pasado —escribo porque hay pensamientos que sólo existen mientras una mano los acompaña sobre el papel. Si no los escribiera, quizá permanecerían para siempre en esa región incierta donde habitan las intuiciones, sin llegar a ser compañía para nadie.

Cuando era joven admiraba a quienes parecían poseer todas las certezas. Hoy me conmueven más quienes tienen el valor de convivir con las dudas sin perder la ternura —las respuestas suelen levantar muros, y las preguntas, cuando uno las deja, abren ventanas. La tristeza pertenece, creo, a esa familia: nunca me dice qué pensar, sólo me invita a mirar con mayor lentitud.

Hay noches en que permanece sentada frente a mí durante un largo rato, sin que ninguno de los dos hable. El reloj sigue avanzando con su obstinación de siempre, pero el tiempo parece abandonar, por un momento, su costumbre de correr. Entonces sucede algo que todavía no sé explicar del todo: la tristeza deja de parecer una visitante y empieza a parecerse a un espejo —no de mi rostro, sino de todo aquello que he amado lo suficiente como para echarlo de menos. Sospecho, entonces, que su origen nunca fue del todo la oscuridad. Quizá haya sido siempre la luz: nadie extraña lo que nunca amó, nadie guarda luto por lo que no alcanzó a rozarle algo hondo. La tristeza, me parece, no nace tanto de la ausencia como de la abundancia que alguna vez tuvimos —y pensarlo así cambió, poco a poco, la manera en que la recibo.

He pensado muchas veces en el peso de los años, y curiosamente no encuentro que la edad haya hecho más pesada la vida. Lo que ha cambiado es la manera de cargarla: antes llevaba el pasado sobre los hombros, ahora —me parece— camina a mi lado. Hay recuerdos que todavía me visitan con una nitidez desconcertante, sin reclamar justicia ni despertar arrepentimientos, con la humildad de quienes sólo desean ser reconocidos antes de volver al silencio. Los recibo como se recibe a un viejo amigo: no hablamos demasiado, porque la verdadera amistad nunca necesitó muchas palabras.

Tampoco sé ya por qué algunas personas permanecen en nosotros mucho después de haberse marchado. Tal vez el amor tenga una forma discreta de resistir a la ausencia —no la impide, no vence del todo a la muerte, pero consigue, al menos, transformar la desaparición en una presencia interior. Hay quienes ya no caminan por este mundo y, sin embargo, siguen modificando nuestras decisiones; hay voces que dejaron de pronunciar nuestro nombre hace décadas y todavía influyen en el tono con que hablamos a quienes amamos. Permanecer, entonces, no sería tanto ocupar un lugar en la memoria como continuar habitando, discreto, la conciencia de alguien.

Cuando pienso en ello, la tristeza pierde parte de su oscuridad. Quizá nunca vino a mostrarme sólo lo perdido: vino, también, a recordarme lo que tuve el privilegio de amar. Cada ausencia lleva, de algún modo, el nombre de una presencia anterior; y esa idea, lejos de entristecerme, me reconcilia —al menos por un rato— con el tiempo.

Durante mucho tiempo pensé que escribir consistía en ordenar recuerdos. Ahora creo que escribo, sobre todo, para escuchar. Cada página me devuelve una voz que no sabía llevar dentro: a veces la del muchacho que fui, otras la del hombre cansado que hoy contempla el mundo con más lentitud. Ya no busca explicar la vida. Busca, quizá, hacerle compañía —como una lámpara encendida durante la madrugada, que no elimina la oscuridad ni intenta vencerla, apenas dibuja un pequeño refugio donde el pensamiento puede sentarse a descansar.

Esta noche la tristeza ha vuelto. La habitación está en silencio, y sobre la mesa descansa un cuaderno abierto —la tinta espera con la paciencia de las cosas que no conocen la prisa. Afuera, la ciudad sigue su ritmo indiferente: una ventana se apaga, otra acaba de encenderse, en algún lugar alguien ríe y en otro alguien llora. Yo permanezco sentado. La tristeza también. Ya no somos, después de tantos años, dos desconocidos —aunque tampoco sabría decir con exactitud qué somos el uno para el otro.

Antes de marcharse no deja consejos, ni respuestas, ni siquiera consuelo. Deja apenas una pregunta, escrita con una caligrafía que empiezo a reconocer como propia:

¿Y si la tristeza no fuera el final de la alegría, sino la manera más silenciosa que tiene el amor de seguir existiendo?

Cierro el cuaderno. Apago la lámpara —o creo apagarla del todo, aunque nunca estoy del todo seguro de que la oscuridad, después, sea completa. 

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sábado, 25 de julio de 2026

51 — El idioma tardío

 Capítulo 51

— El idioma tardío

Hay palabras que uno estuvo esperando sin saber que las esperaba, y que llegan un martes cualquiera, a esa hora indecisa de enero en que la tarde ya dejó de ser tarde y todavía no se decide a ser noche. No vienen con ceremonia. Vienen en la pantalla de un teléfono que uno sostiene con las dos manos, como se sostenían antes las cartas, y que alumbra la habitación con una luz azul que no calienta nada.

Durante años supuse, sin detenerme demasiado a examinarlo, que lo que hace un padre se parece a esas escaleras de hierro que en esta ciudad quedaron fuera de las casas. Alguien decidió hace mucho tiempo que subir fuera un asunto de la intemperie, para que adentro cupieran las habitaciones. La escalera se oxida, se llena de sal, se repara mal y tarde; adentro, mientras tanto, la gente cena.

No estoy seguro de que la comparación se sostenga. Las escaleras al menos se ven desde la calle, y el trabajo de un padre no siempre. Se madruga sin épica ninguna. Se vuelve por la noche con el cansancio guardado en el mismo bolsillo donde van las preocupaciones, que es un bolsillo con un agujero pequeño por donde a veces se pierde alguna.

Los hijos conocen una parte. Ven al hombre que llega, al que resuelve, al que se sienta a la mesa con una cara ya compuesta en el pasillo, unos segundos antes de abrir. Lo que casi nunca alcanzan a ver es esa composición del rostro en el pasillo, que es donde ocurre casi todo.

Se me ocurre a veces —y no sabría defenderlo— que cada padre redacta una autobiografía que no llega a publicar. Está escrita en jornadas largas y en cuentas que apenas alcanzaban, en la obstinación callada de procurar que los hijos lleguen un poco más lejos de donde uno llegó. Es un libro sin lectores previstos, cosa que uno acepta temprano y sin demasiado drama.

Hace poco mi hijo me escribió. No era un homenaje. Era otra cosa, que todavía no sé nombrar del todo.

Escribió:

"Mi padre nunca tuvo una vida fácil. Nunca lo escuché rendirse, aunque muchas veces llegaba cansado, preocupado o con problemas que seguramente cargaba solo para no preocuparnos. Mi padre aprendió a callar su dolor mientras hacía todo lo posible por mantenernos bien.

Y ahora que crecí, entiendo algo que antes no podía ver: hay hombres que pasan toda la vida sacrificándose en silencio para que sus hijos tengan oportunidades que ellos jamás tuvieron. Por eso, si todavía tienes a tu papá contigo, abrázalo fuerte. Porque un día entenderás que detrás de cada esfuerzo suyo había una forma inmensa de amar."

Lo leí más de una vez. La pantalla se apagaba sola y yo volvía a tocarla con el pulgar para que las palabras regresaran, y así varias veces, hasta que afuera alguien empezó a subir la escalera del edificio de al lado y el hierro fue devolviendo cada paso con ese sonido que aquí uno termina por no oír.

Hay en su mensaje una frase que tiene la forma de las cosas que circulan por ahí, de esas que la gente comparte los domingos. Puede que la haya tomado prestada. Estuve un rato pensando si eso le quitaba algo y me incliné a creer que no, aunque no podría explicar por qué; quizá porque uno también aprende a querer con frases que no inventó, y las mías tampoco eran todas mías.

Sentí después algo que no era exactamente orgullo y que se le parecía poco. Más bien la incomodidad de ser visto en el sitio donde uno había puesto cuidado en no ser visto. Uno se pasa media vida disimulando y descubre tarde que el disimulo era transparente, o que al menos alguien lo miró al trasluz, como se mira un dibujo antiguo bajo la pintura nueva de una pared.

Quizá el silencio deje marcas. No lo afirmo. Sé que los hijos no entienden mientras son niños, pero desconfío de la idea de que después les llegue una traducción ordenada, como si el tiempo trabajara para nosotros en algún despacho. Prefiero pensar que a veces coinciden dos edades por un momento y que en ese cruce alguien alcanza a decir algo.

Como habría insinuado Ginzburg, una casa se sostiene en gestos que nadie registra mientras ocurren, y cuya importancia solo se deja ver muchos años más tarde, cuando ya no queda nadie a quien agradecérselos.

No escribo esto para presentarme como ejemplo. Hubo errores que todavía reconozco de lejos, por la forma, y ausencias que no fueron todas inevitables aunque en su momento me convino pensarlo. Ningún padre sale ileso de su propia historia. Uno queda con zonas oscuras que ya no piensa iluminar, más por cansancio que por sabiduría.

Lo que sí me parece cierto —esta tarde, al menos— es que el afecto se parece bastante a una lámpara encendida en una habitación donde alguien lee sin preguntarse quién paga la electricidad. Y que hay una vanidad pequeña, casi tierna, en desear que alguna vez lo pregunte.

Le escribí de vuelta. Tres líneas. Las borré. Escribí otras dos, más torpes, y las dejé sin enviar en ese lugar donde el teléfono guarda lo que uno no termina de decir. Ahí siguen. Algunas noches las abro y les cambio una palabra, como si lo que faltara fuera la palabra exacta. Anoche le quité un adverbio y volví a dejarla ahí. Mañana, si el día alcanza, tal vez le quite otro.

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Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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50 — Las fisuras del espejo

Capitulo 50

— Las fisuras del espejo

Antes de que el sueño termine de cerrarme los párpados ocurre algo que ya no intento explicar. La ciudad baja su pulso, un motor se aleja por la avenida y no regresa, y el cuarto parece ensancharse en la penumbra. Se abre entonces una puerta discreta por donde entran escenas que yo daba por gastadas. No vienen de ayer. Vienen de mucho más atrás, de una zona donde ciertos instantes siguen enteros sin que yo sepa por qué el tiempo decidió dejarlos pasar.

La noche se me parece a un espejo viejo, con fisuras finas que solo se advierten de costado. En cada una asoma un fragmento del que fui: un hombre, o apenas un muchacho, que se reía sin medir cuánto iba a durarle la risa y que habitaba el mundo con la soltura de quien todavía no ha sido advertido de nada. Las rodillas no le pesaban. Ni siquiera sabía que tenía rodillas.

De aquellos años no me devuelven los acontecimientos grandes, que serían los que uno esperaría. Sobreviven los detalles, con una obstinación que no les pedí. El aire de una cocina llenándose del olor del pan recién sacado del horno, puesto a enfriar sobre un paño. Alguien dijo una vez que ese era el perfume verdadero de la abundancia, aunque el dinero no alcanzara nunca. Yo lo escuché sin darle peso; ahora lo escucho de otro modo, aunque no sabría precisar cuál.

La memoria trabaja de una manera que no termino de seguirle el paso. Rescata unas pocas imágenes y les presta una intensidad que el presente casi nunca tiene. Un vaso sobre la mesa, todavía con la marca de unos dedos. La luz inclinándose despacio contra una pared que hace décadas no existe. Con eso, algunas noches, alcanza; otras no alcanza con nada y las imágenes se quedan quietas, sin encenderse.

Dudo que esto se llame nostalgia. La nostalgia, según la entiendo, llega acompañada del deseo imposible de volver, y no querría volver a ninguna parte. Lo que me visita se parece más a una gratitud sin destinatario, dirigida acaso al hombre que fui, que no está en condiciones de recibirla. Le agradezco algo que él hizo sin darse cuenta y que yo tampoco terminé de entender del todo.

Vuelven las tardes en que el tiempo no tenía urgencia y las conversaciones se estiraban porque nadie miraba la hora. Vuelven algunos rostros que no hablan. Tampoco los necesito hablando: me basta que permanezcan un instante con la cara que tenían, para recordarme que hubo una época en que la alegría era tan simple que a nadie se le ocurrió ponerle nombre. Después se van, sin ceremonia, como quien se levanta a buscar algo y no regresa.

Pienso a veces —como habría anotado Natalia Ginzburg, con esa manera suya de decir las cosas sin subrayarlas— que uno no elige lo que se le queda. Se queda lo que se queda, y suele ser poco y menor: una silla, un modo de doblar la ropa, una frase dicha al pasar. Lo demás, que nos pareció el centro y por lo que discutimos tanto, se fue sin avisar.

Me gusta imaginar —y sé que es una comodidad mía, una figura que me invento para no quedarme a solas con el asunto— que la memoria se sienta a mi lado como un amigo viejo que ya no necesita conversar. No trae inventario de ausencias. Pasa unas páginas de un álbum que nadie más podría hojear y se detiene donde le parece. Si llega a decir algo, lo dice con mi propia voz, lo que le quita bastante autoridad.

Quizá volver atrás no sea siempre una manera de huir del presente. Hay noches en que se parece más a comprobar que la alegría ocurrió de veras, que no fue un invento tardío para hacer llevaderos los años difíciles. Existió con la misma consistencia con que hoy existen las cicatrices. Y las cicatrices, al menos, se dejan tocar.

Cuando el sueño termina por llevarse esas imágenes queda algo semejante al calor que guarda una piedra mucho después de que el sol se ha ido. No sirve para nada práctico. Sirve apenas para atravesar unas horas más, y ni siquiera estoy seguro de que sirva: puede que lo diga porque a esta hora conviene decirlo y mañana no lo sostendría.

Mañana el cuerpo volverá a recordarme la edad con su puntualidad de siempre y el mundo pedirá otra vez su cuota de paciencia. Mientras tanto conservo este pequeño rito de entrar cada noche en unas habitaciones que ya no puedo describirle a nadie. En algún pliegue sigue viviendo aquel que fue feliz sin enterarse. No sé si eso es una certeza o una costumbre. Voy a apagar la luz antes de decidirlo.

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jueves, 23 de julio de 2026

49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49

Donde el tiempo aprende a quedarse

Después de atravesar el incendio de las pasiones, los entusiasmos y los espejismos que durante tantos años confundí con mi destino; después de arriar, una a una, las velas de los barcos que llevaron mis quimeras de un horizonte a otro; después de llamar de regreso al hombre que anduvo demasiado tiempo desterrado de sí mismo; después de desprenderme del peso de nostalgias que ya no podían sostenerme y de las voces ajenas que ocuparon mi silencio; después de despedirme del romanticismo que me hacía perseguir lo inalcanzable y de concederle descanso al viejo Quijote que habitaba en mí... cierro la ventana, echo la llave y regreso al único lugar donde todavía puedo conversar sin máscaras: estas páginas.

En esta edad del silencio —la única que realmente me pertenece— ya no necesito victorias ni derrotas memorables. Me basta este instante: una página en blanco que parece haber esperado, con la paciencia de los años, mi regreso.

Hay mañanas en las que despierto sin que el reloj gobierne el primer pensamiento. Ya no existe esa antigua voz que ordenaba apresurar el paso porque el mundo llevaba ventaja. Descubro, con una mezcla de sorpresa y gratitud, el lujo de permanecer unos minutos más escuchando la quietud de la casa, como si el día hubiera decidido esperarme.

La luz entra despacio por la ventana, sin imponerse. Todo parece moverse con una calma desconocida. No hay tareas reclamando atención inmediata ni listas que exijan ser completadas. Solo este instante entero, suficiente por sí mismo, donde el silencio deja de parecer un vacío y se convierte en una forma discreta de plenitud.

El desayuno ya no es una pausa entre obligaciones, sino parte de la vida misma. Mientras el aroma del café llena la cocina, observo por la ventana el ir y venir de quienes atraviesan la calle con el paso acelerado de todos los días. Durante años también viví convencido de que llegar primero significaba vivir mejor. Hoy sospecho que la existencia se parece menos a una competencia y más a un jardín que revela su belleza únicamente a quien acepta recorrerlo despacio.

Con el tiempo comprendí que el corazón nunca fue hecho para sostener una carrera interminable. Su ritmo paciente parece recordarme que casi todo lo importante ocurre cuando dejamos de forzar el paso. Tal vez la verdadera riqueza no consista en lo que acumulamos ni en aquello que logramos mostrar, sino en alcanzar mañanas donde ya no haya nada que demostrar. Mañanas en las que basta con estar vivo, igual que un árbol que crece sin preguntarse si avanza con suficiente rapidez.

Es entonces cuando descubro que el tiempo nunca estuvo en mi contra. Era yo quien caminaba delante de él, sin concederme el privilegio de contemplarlo. Ahora somos compañeros de viaje. Y esa reconciliación silenciosa ha sido una de las formas más hondas de la paz.

Sentado frente a la mesa donde tantas veces escribí cartas que nunca llegaron a ningún destino, comprendo que el viaje más importante no fue el que me llevó a otros países ni el que me hizo sentir extranjero entre tantas voces. El verdadero viaje ocurrió hacia adentro, hasta ese lugar donde uno termina encontrándose consigo mismo. Descubro que las palabras fueron levantando, sin que yo lo advirtiera, la única casa que nunca he perdido.

Afuera, el viento mueve las ramas de un viejo árbol. Sus hojas producen un murmullo sereno que ya no intento interpretar. He aprendido que los árboles crecen sin apuro, que la tierra sabe esperar la lluvia y que el río no necesita conocer el final de su camino para seguir avanzando. Yo también fui impaciente. También fui incendio, inquietud y distancia. Hoy solo soy un hombre que escribe, una mano que avanza despacio sobre el papel y una respiración que, por fin, ha encontrado un ritmo tranquilo.

Cuando vuelvo sobre las páginas antiguas encuentro al muchacho que alguna vez fui. Allí siguen sus impulsos, sus promesas imposibles y su costumbre de creer que la felicidad siempre estaba un poco más adelante. Veo mis veinte años llenos de prisa; los treinta, empeñados en conquistar el mundo; los cuarenta, ya más serenos, aunque todavía cargados de preguntas. Y descubro que la madurez no llegó para apagar el fuego, sino para enseñarle a dar calor sin consumirlo todo.

Pienso, a veces, como quizá lo habría hecho Natalia Ginzburg, que la vida termina revelándose en los gestos más sencillos. No en los grandes acontecimientos que después cuentan los calendarios, sino en esos instantes mínimos que nadie celebra: una ventana abierta, una tarde tranquila, una mesa donde aún cabe una hoja en blanco.

Conocí el amor con la intensidad de quien entra en una casa iluminada sin imaginar que también puede arder. Conocí el desamor como se conoce una estación larga: creyendo que no terminaría nunca, hasta descubrir que también deja espacio para una primavera inesperada. La amistad fue el puerto donde descansé muchas veces, y la soledad, lejos de ser un castigo, terminó convirtiéndose en una conversación sincera conmigo mismo. De cada encuentro, de cada pérdida y de cada esperanza nació esta memoria que hoy sostengo entre las manos.

Escribir tiene algo de ceremonia. No porque las palabras sean sagradas, sino porque exigen respeto. Cada frase me obliga a detenerme y escuchar. Ya no escribo para demostrar nada, ni para convencer a nadie. Mucho menos para convencerme a mí mismo. Escribo para ser fiel a este instante, a la luz que entra por la ventana, al olor del papel, al silencio que acompaña la tarde y a la sencilla certeza de seguir respirando.

No sé qué preguntas traerán los años que aún me esperan. Tal vez continúen apareciendo nuevas dudas, o quizá las respuestas aprendan a llegar sin hacer ruido. Sospecho que ambas cosas son necesarias. Mientras uno conserve la capacidad de preguntarse, la vida permanecerá abierta, como un sendero que nunca termina de mostrar todo su paisaje.

La tarde comienza a apagarse. Las sombras se alargan lentamente y sé que dentro de poco encenderé la lámpara. Antes de hacerlo, quiero detenerme un momento para agradecer. A la vida, incluso por aquello que me negó. A quienes caminaron conmigo y también a quienes siguieron otro rumbo. A los afectos que permanecieron y a las despedidas que me obligaron a crecer. Al viaje, que me mostró el mundo, y al regreso, que me enseñó dónde estaba mi verdadero hogar.

Porque el hogar ya no es una ciudad ni una dirección escrita en un sobre. Es este lugar interior donde las pérdidas dejaron de doler para convertirse en memoria, donde los caminos recorridos ya no pesan y donde el pasado ha dejado de pedir explicaciones. Es esta mesa, este cuaderno y este hombre que escribe sin esperar aplausos, confiando apenas en que algún lector encuentre, entre estas líneas, un reflejo de su propia vida.

Cierro los ojos por un instante. Siento el peso tranquilo de las manos sobre el papel y el latido sereno del corazón. Cuando vuelvo a mirar la página, descubro que ya no está vacía. Comprendo entonces que escribir nunca fue un intento de detener el tiempo, sino una manera de acompañarlo mientras pasa.

Quizá esa sea la única sabiduría que los años conceden: entender que la vida no necesita ser conquistada, sino habitada. Durante mucho tiempo perseguí días mejores, lugares distintos, versiones futuras de mí mismo. Hoy prefiero quedarme aquí, donde el tiempo ya no corre delante de mis pasos ni yo detrás de él. Caminamos juntos, con la serenidad de quienes han dejado de competir con los relojes.

Y es entonces cuando descubro que el verdadero destino nunca estuvo al final del camino. Siempre estuvo escondido en estos instantes sencillos que antes pasaban inadvertidos: una mañana sin prisa, una hoja esperando ser escrita, una lámpara encendida al caer la tarde, el silencio convertido en compañía.

Después de tantos viajes, de tantas búsquedas y de tantos regresos, comprendo, por fin, que la plenitud no consiste en llegar más lejos, sino en reconocer que uno ya está en casa cuando el corazón deja de correr y aprende, al fin, a quedarse.

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sábado, 18 de julio de 2026

48 - La lenta sabiduría del tiempo


Capitulo 48

 La lenta sabiduría del tiempo

Antes del amanecer suelo despertar. No porque el sueño me abandone, sino porque el silencio de esas primeras horas es el único que todavía parece conocer mi nombre. En este apartamento de Montreal, cuando la calefacción apenas murmura y la nieve detrás del cristal conserva intacta la oscuridad de la noche, la casa permanece inmóvil. Todo ocupa su sitio con la serenidad de las cosas que ya no tienen prisa.

No rezo. Hace mucho dejé de hacerlo.

Escucho.

Y lo que escucho no es el viento ni el lejano rumor de algún autobús que inicia su recorrido. Escucho el murmullo del tiempo. Ese cauce invisible que continúa corriendo bajo la tierra de los años, llevando consigo todo cuanto he amado, todo cuanto perdí y también aquello que todavía permanece sin que yo lo advierta.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo es un ladrón de modales impecables. Nunca irrumpe con violencia. Se limita a pedir prestadas las cosas una por una. Primero la fuerza de las piernas, luego la rapidez de la memoria, más tarde la vista, el impulso de los deseos, la arrogancia de creer que el mañana siempre nos pertenece. Uno apenas lo nota. Solo mucho después descubre que aquello que parecía una pérdida regresó transformado. Los recuerdos dejan de ser imágenes precisas y se convierten en presencias. Caminan a mi lado. No me persiguen; me acompañan.

Tal vez por eso ya no veo la vejez como un descenso hacia la sombra. Más bien la siento como una lenta excavación. Mientras la juventud construye torres hacia el porvenir, yo excavo hacia el origen. Cada día retiro una capa distinta de mi propia historia y encuentro al muchacho que fui, al hombre que creyó tener respuestas para todo, al padre que sostuvo entre sus brazos la frágil inmensidad de un hijo, al emigrante que cruzó un continente creyendo que la distancia podía domesticar la nostalgia.

Ninguno de ellos ha desaparecido.

Todos siguen viviendo dentro de mí.

También ellos han envejecido.

A veces me pregunto qué ocurriría si un día olvidara de verdad.

Los jóvenes temen al olvido como si fuera una derrota. Yo ya no estoy tan seguro. Hay jornadas en que imagino la ligereza de desprenderme de ciertas imágenes que llevan décadas ocupando el mismo rincón de mi memoria. No porque reniegue de ellas, sino porque pesan. Sin embargo, enseguida descubro que el problema no es recordar demasiado. El verdadero problema es que ya no sé qué hacer con tantas novedades que llegan al mundo. Lo nuevo habla demasiado deprisa. Cambia de rostro antes de que uno alcance a reconocerlo. Mientras tanto, yo sigo encontrando belleza en aquello que ya pasó.

Me acerco a la ventana.

La ciudad comienza a despertar lentamente. Veo personas que caminan apresuradas hacia trabajos que todavía creen urgentes. Un joven corre con audífonos puestos. Una mujer empuja un coche de bebé. Un anciano, quizás algunos años mayor que yo, avanza despacio con una bolsa de mercado. Todos viajan sobre la misma corriente.

Todos son tiempo.

Y yo también.

Ya no me siento un espectador de la vida. Apenas soy un hombre que ha permanecido el tiempo suficiente para contemplar cómo desaparecen los paisajes, las costumbres y hasta las palabras. A veces pienso que llevo dentro un pequeño museo que nadie más puede visitar. En sus salas sobreviven los olores de una cocina que ya no existe, las voces de quienes se marcharon, canciones que dejaron de sonar hace muchos años y una forma de querer que necesitaba menos pantallas y más silencios compartidos.

Mi memoria se parece a un jardín en invierno.

Hay árboles desnudos, senderos cubiertos de hojas secas y flores que solo florecen cuando nadie las mira.

Entonces entiendo algo que antes ignoraba: el tiempo jamás regresa. Lo único que regresa es nuestra manera de mirarlo. Cada recuerdo cambia a medida que envejezco, como si también él continuara viviendo lejos de mí.

Quizá esa sea la última oportunidad que la vida nos concede.

No volver a vivir lo vivido, sino otorgarle un significado que entonces no alcanzábamos a comprender. Mirar los errores con menos severidad. Perdonar al hombre que fui por haber ignorado lo que solo podía aprender caminando durante tantos inviernos. Descubrir que muchas heridas no buscaban castigarme; únicamente querían enseñarme la forma secreta de la paciencia.

Cuando el sol termina de iluminar los edificios, la habitación pierde lentamente la intimidad de la madrugada. Sé que este día también pasará. Sé que mañana volveré a sentarme frente a la misma ventana y el silencio volverá a recibirme como un viejo amigo.

Pero ya no lo considero una condena.

La edad del silencio me ha enseñado que el tiempo no es una carrera que deba ganarse, sino una conversación que se sostiene hasta el último aliento. No vine a detener su marcha; vine a escuchar lo que tiene para decirme mientras todavía puedo hacerlo.

Hoy ya no le pido más años a la vida.

Le pido solamente lucidez para habitar los que me quedan.

Porque empiezo a sospechar que, después de tantos calendarios, uno deja de caminar dentro del tiempo.

Y es el tiempo, silenciosamente, el que comienza a caminar dentro de uno.

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73 Caminar al lado de la Vida

 Capitulo 73 Caminar al lado de la Vida En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de q...