sábado, 18 de julio de 2026

48 - La lenta sabiduría del tiempo


Capitulo 48

 La lenta sabiduría del tiempo

Antes del amanecer suelo despertar. No porque el sueño me abandone, sino porque el silencio de esas primeras horas es el único que todavía parece conocer mi nombre. En este apartamento de Montreal, cuando la calefacción apenas murmura y la nieve detrás del cristal conserva intacta la oscuridad de la noche, la casa permanece inmóvil. Todo ocupa su sitio con la serenidad de las cosas que ya no tienen prisa.

No rezo. Hace mucho dejé de hacerlo.

Escucho.

Y lo que escucho no es el viento ni el lejano rumor de algún autobús que inicia su recorrido. Escucho el murmullo del tiempo. Ese cauce invisible que continúa corriendo bajo la tierra de los años, llevando consigo todo cuanto he amado, todo cuanto perdí y también aquello que todavía permanece sin que yo lo advierta.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo es un ladrón de modales impecables. Nunca irrumpe con violencia. Se limita a pedir prestadas las cosas una por una. Primero la fuerza de las piernas, luego la rapidez de la memoria, más tarde la vista, el impulso de los deseos, la arrogancia de creer que el mañana siempre nos pertenece. Uno apenas lo nota. Solo mucho después descubre que aquello que parecía una pérdida regresó transformado. Los recuerdos dejan de ser imágenes precisas y se convierten en presencias. Caminan a mi lado. No me persiguen; me acompañan.

Tal vez por eso ya no veo la vejez como un descenso hacia la sombra. Más bien la siento como una lenta excavación. Mientras la juventud construye torres hacia el porvenir, yo excavo hacia el origen. Cada día retiro una capa distinta de mi propia historia y encuentro al muchacho que fui, al hombre que creyó tener respuestas para todo, al padre que sostuvo entre sus brazos la frágil inmensidad de un hijo, al emigrante que cruzó un continente creyendo que la distancia podía domesticar la nostalgia.

Ninguno de ellos ha desaparecido.

Todos siguen viviendo dentro de mí.

También ellos han envejecido.

A veces me pregunto qué ocurriría si un día olvidara de verdad.

Los jóvenes temen al olvido como si fuera una derrota. Yo ya no estoy tan seguro. Hay jornadas en que imagino la ligereza de desprenderme de ciertas imágenes que llevan décadas ocupando el mismo rincón de mi memoria. No porque reniegue de ellas, sino porque pesan. Sin embargo, enseguida descubro que el problema no es recordar demasiado. El verdadero problema es que ya no sé qué hacer con tantas novedades que llegan al mundo. Lo nuevo habla demasiado deprisa. Cambia de rostro antes de que uno alcance a reconocerlo. Mientras tanto, yo sigo encontrando belleza en aquello que ya pasó.

Me acerco a la ventana.

La ciudad comienza a despertar lentamente. Veo personas que caminan apresuradas hacia trabajos que todavía creen urgentes. Un joven corre con audífonos puestos. Una mujer empuja un coche de bebé. Un anciano, quizás algunos años mayor que yo, avanza despacio con una bolsa de mercado. Todos viajan sobre la misma corriente.

Todos son tiempo.

Y yo también.

Ya no me siento un espectador de la vida. Apenas soy un hombre que ha permanecido el tiempo suficiente para contemplar cómo desaparecen los paisajes, las costumbres y hasta las palabras. A veces pienso que llevo dentro un pequeño museo que nadie más puede visitar. En sus salas sobreviven los olores de una cocina que ya no existe, las voces de quienes se marcharon, canciones que dejaron de sonar hace muchos años y una forma de querer que necesitaba menos pantallas y más silencios compartidos.

Mi memoria se parece a un jardín en invierno.

Hay árboles desnudos, senderos cubiertos de hojas secas y flores que solo florecen cuando nadie las mira.

Entonces entiendo algo que antes ignoraba: el tiempo jamás regresa. Lo único que regresa es nuestra manera de mirarlo. Cada recuerdo cambia a medida que envejezco, como si también él continuara viviendo lejos de mí.

Quizá esa sea la última oportunidad que la vida nos concede.

No volver a vivir lo vivido, sino otorgarle un significado que entonces no alcanzábamos a comprender. Mirar los errores con menos severidad. Perdonar al hombre que fui por haber ignorado lo que solo podía aprender caminando durante tantos inviernos. Descubrir que muchas heridas no buscaban castigarme; únicamente querían enseñarme la forma secreta de la paciencia.

Cuando el sol termina de iluminar los edificios, la habitación pierde lentamente la intimidad de la madrugada. Sé que este día también pasará. Sé que mañana volveré a sentarme frente a la misma ventana y el silencio volverá a recibirme como un viejo amigo.

Pero ya no lo considero una condena.

La edad del silencio me ha enseñado que el tiempo no es una carrera que deba ganarse, sino una conversación que se sostiene hasta el último aliento. No vine a detener su marcha; vine a escuchar lo que tiene para decirme mientras todavía puedo hacerlo.

Hoy ya no le pido más años a la vida.

Le pido solamente lucidez para habitar los que me quedan.

Porque empiezo a sospechar que, después de tantos calendarios, uno deja de caminar dentro del tiempo.

Y es el tiempo, silenciosamente, el que comienza a caminar dentro de uno.

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Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
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Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

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