sábado, 18 de julio de 2026

47— Cuando las palabras prefieren callar

Capítulo 47

— Cuando las palabras prefieren callar

Son las tres de la madrugada y el ventilador del techo gira con esa lentitud que tienen las cosas cuando saben que no las mira nadie. Es una de esas noches de calor raro en Montreal, la ventana entreabierta a la calle Rigaud, y sobre la mesa la tinta del frasco ha bajado hasta la mitad sin que yo recuerde haber escrito nada. Afuera, un perro ladra a algo que no alcanzo a ver. Tal vez por eso escribo: para ver lo que no está. Pero esta noche ni siquiera eso consigo.

Hay días en que me parezco a una frase que nunca llegó a escribirse. Las palabras estaban; fue el alma la que las detuvo antes de que alcanzaran el papel. Se quedaron suspendidas en algún rincón de la conciencia, como esos objetos que uno cambia de cajón en cajón sin decidirse a tirarlos, porque tirarlos sería admitir que ya no sirven, y guardarlos, admitir que todavía duelen. Tengo uno de esos cajones, el tercero del escritorio: cartas que nunca envié, fotografías de gente cuyo nombre ya no recuerdo, un sobre amarillo que mi madre me devolvió sin abrir hace veinte años. Algunas noches lo saco y lo vuelvo a guardar sin leer lo que hay dentro. Sé lo que dice; lo sé de memoria. Hay palabras que no necesitan ser leídas para doler; les basta con estar.

En esta edad he ido descubriendo que no siempre callamos por prudencia. A veces callamos porque ciertas verdades tienen filo suficiente para desgarrar a quien las pronuncia. Hay confesiones capaces de cambiar una vida; también de derribar el refugio que uno levantó durante años para poder convivir con la memoria. Por eso uno aprende a caminar despacio dentro de su propia casa, a no encender todas las luces de golpe, a saber que hay habitaciones que es mejor visitar de día y con la puerta entreabierta. La mía, la del fondo, tiene la cerradura oxidada. No la forcejeo. Algunas puertas se dejan entornar apenas, el tiempo justo para asomarse, y luego se cierran con cuidado, como quien no quiere despertar a los muertos.

Llevo dentro tempestades que nadie sospecha. Pero eso lo dice cualquiera y suena a mentira, porque es demasiado fácil decirlo y porque todo el mundo cree llevar tempestades dentro. La diferencia, creo, es que las mías no tienen nombre. Se parecen más a una humedad que no se seca, a ese olor a tierra mojada que queda después de la lluvia y se va instalando en las paredes y en los huesos, hasta que uno ya no distingue si es el clima o es uno mismo. Desde fuera todo parece en calma. Por dentro siguen librándose batallas que nadie presencia, ni siquiera yo del todo, porque hay cosas de uno mismo que solo se miran de reojo, como se mira al sol. Pero esta noche el sol no está. Solo el ventilador, la tinta, el sobre amarillo y esta hoja en blanco que espera con una paciencia que quizá le atribuyo yo.

Entonces la invento. Sé que la invento, y aun así la dejo entrar. La llamo la Edad del Silencio, aunque sé que los nombres son trampas, que ponerle nombre a algo es ya empezar a domesticarlo. Se sienta frente a mí, en la silla que siempre está vacía, y cruza las piernas con esa seguridad que solo tienen las invenciones. No tiene rostro fijo; unas veces es un hombre mayor, otras una mujer joven, otras una sombra que respira. Esta noche tiene la cara de mi madre, pero no habla con su voz. Habla con la voz que yo le presto, que es la única manera que tengo de escuchar lo que no me atrevo a decirme.

—¿Por qué no escribes lo que verdaderamente sientes? —me pregunta, y su voz suena a cajón que se abre.

No respondo de inmediato. Miro la hoja como quien se asoma a un precipicio y calcula el vértigo antes que la caída. Podría decirle que no sé lo que siento, pero sería mentira. Podría decirle que lo que siento es demasiado grande o demasiado pequeño, pero también sería mentira, porque el tamaño de las cosas no se mide con la misma regla que las distancias. Lo que siento es simplemente lo que siento, y no tiene nombre, y quizá por eso no puedo escribirlo: las palabras son nombres, y lo mío no se deja nombrar.

—No es miedo a escribir —le digo al fin—. Es miedo a seguir viviendo después de haber escrito. A que la página se quede ahí, fría, con todo lo dicho, y yo tenga que mirarla sabiendo que ya no puedo desdecirme. Porque eso pasa con la verdad: una vez en el papel, ya no es tuya. Es de cualquiera que la lea. Y de ti mismo, que la escribiste y ya no puedes negarla.

La Edad del Silencio, o mi madre, o lo que sea que tengo enfrente, sonríe con una compasión que yo mismo le he prestado, y no dice nada. Las figuras que uno inventa saben callar en el momento justo; quizá para eso las inventamos: para escuchar, en su silencio, lo que no nos atrevemos a pensar con nuestra propia voz.

Lo cierto es que el papel, en sí, no me intimida. He escrito toda mi vida; he llenado cuadernos, márgenes de periódicos viejos, recibos de luz, empujado por ese hormigueo en los dedos que no se va hasta que la tinta toca el papel. Lo que me intimida es la desnudez que llega después de la última palabra, cuando ya no queda el consuelo de fingir que ciertas cosas no ocurrieron. En ese momento la página es un espejo, y uno tiene que mirarse sin manera de apartar la vista. Eso es lo que me detiene: haber escrito, y tener que convivir con lo que se ha dicho.

Quizá por eso algunos poemas nacen incompletos y algunas confesiones envejecen dentro de nosotros sin conocer la luz. Sospecho que nada les falta; les sobra memoria. Y la memoria, me parece, no necesita ser dicha para ser real; en el silencio se vuelve más densa, como esas cosas que uno guarda en el fondo del armario y que con el tiempo pesan más que cuando las guardó. El sobre amarillo no pesa casi nada, pero algunas noches, como esta, siento que me sostiene a mí, que es él quien me impide caerme: mientras siga en su cajón, con su carta sin leer, hay algo que todavía no he perdido del todo.

Con los años he empezado a creer que el silencio también escribe. Lo hace en el rostro, en la manera en que uno mira la lluvia sin verla. Esta noche mi mano izquierda ha estado temblando desde que me senté, y no es el frío ni la edad; es algo que la mano sabe y que yo no quiero saber. El silencio escribe en esos temblores, en esa humedad de los ojos que no llega a ser llanto, en la forma en que miro la hoja y en realidad estoy viendo otra cosa: aquella tarde en que mi madre dijo "no vuelvas" y yo no le pregunté por qué. Esa palabra la he estado escribiendo en todos los papeles desde entonces, tachándola, volviéndola a escribir, sin saber si quiero borrarla o fijarla para siempre.

Cada palabra que no pronunciamos parece encontrar otro sitio donde quedarse, y a veces me pregunto si no seremos, al final, el archivo desordenado de todo lo que preferimos no decir. Un archivo que no se consulta, pero que está ahí, ocupando espacio en los estantes de la memoria. El mío tiene páginas arrancadas, manchas de café, letras ilegibles. Tiene el nombre de una mujer que no nombro, fechas que no celebro, una dirección que ya no existe. Y todo eso es más mío que lo que he dicho, porque lo callado se guarda con más celo, como las llaves de una casa que ya no se habita.

Pienso entonces en aquel escritor de Jalisco que nos dio dos libros breves y exactos y después no publicó nada más en treinta años. Un continente entero le pedía otra novela, y él respondía, con esa media sonrisa de campesino que ha visto llover, que ya no escribía porque se le había muerto el tío Celerino, el que le contaba las historias. Todos entendían que era una broma, o una excusa, o la ocurrencia de un viejo que ya no quería trabajar. Yo, a esta edad, empiezo a sospechar que era la confesión más seria de su vida.

Porque quizá a todos se nos muere tarde o temprano un tío Celerino: esa voz interior que nos dictaba el mundo, que sabía cómo se dice el dolor sin nombrarlo. Y cuando esa voz se apaga, uno puede seguir hablando, claro, llenar páginas, opinar de todo, publicar libros que nadie recuerda al año siguiente. Hay quienes prefieren la lealtad del silencio antes que el rumor de las palabras huérfanas. Él eligió callar. Nadie supo nunca si fue una renuncia o una obra; yo empiezo a creer que fue las dos cosas, porque a veces renunciar es la obra más difícil, la que no se firma ni se publica, pero se escribe con la propia vida.

Me pregunto qué habría en sus cajones, cuántas frases empezadas, cuántos muertos suyos hablándole en voz baja sin que él quisiera ya prestarles la pluma. Me pregunto, sobre todo, si calló porque lo había dicho todo o porque entendió de las palabras algo que los demás preferimos no entender. Tal vez su silencio fue su tercera obra, la más larga, la que todavía estamos leyendo sin darnos cuenta. ¿Y si callar fuera una forma de decir que todavía no sabemos leer?

Yo no tengo esa grandeza ni esa disciplina. Mi silencio es más pequeño, más cobarde, más parecido a una pausa que a una decisión. Pero esta noche, mientras el perro de afuera ha dejado de ladrar y la tinta se acerca al fondo del frasco, sé que hay algo que no estoy escribiendo. Está en el sobre amarillo, en el cajón tercero, en aquella palabra que mi madre pronunció hace veinte años y que yo he repetido en voz baja casi todas las noches desde entonces.

Algunas verdades deberán madurar a oscuras todavía un tiempo, como las semillas bajo la tierra, aunque nadie me garantiza que llegue el día de pronunciarlas sin romperme. Quizá nunca llegue. El silencio, mientras tanto, se habita: se recorre como una casa oscura, tanteando las paredes hasta saber dónde están las puertas, y los peligros, y los sitios donde uno puede sentarse a esperar que amanezca.

Esta noche, otra vez, acerco la pluma a la hoja. Escribo la primera palabra. La miro largamente. No es la que debería escribir; es apenas una palabra de entrada, una que me permite estar en la página sin comprometerme del todo. Pero mientras la miro sé que la hoja entera está esperando, que la tinta pide ser algo más que esta palabra pequeña.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, escribo la segunda. No sé si sea la verdad o apenas otro disfraz. Pero la escribo, y después la tercera, y mientras tanto el ventilador sigue girando, el sobre amarillo sigue en su cajón, y yo sigo aquí, sin saber si construyo o destruyo, sin saber si abandono la frase o apenas la dejo dormir hasta mañana, cuando la luz sea distinta y el silencio tenga otro peso.

Son casi las cuatro. Miro lo que he escrito, las palabras que fueron saliendo sin que yo las detuviera, y no sé si son las que quería o las que pude. Mañana, quizá, las borre; quizá vayan a parar al cajón tercero, junto a todo lo demás. Pero esta noche están en la hoja, todavía tibias, sin saber ellas mismas si van a quedarse.

La Edad del Silencio ya no está en la silla de enfrente. No sé cuándo se fue. Quizá se levantó cuando escribí la segunda palabra, o quizá sigue aquí, en el temblor de la mano, en la forma en que miro la página y ya no calculo el vértigo. La tinta se va secando. Afuera, sobre los techos de Rigaud, la noche empieza apenas a aclararse, sin decidirse todavía.

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