miércoles, 15 de julio de 2026

46 *** El corazón descalzo

 Capítulo 46

El corazón descalzo

Hay estaciones que no terminan cuando cambia el calendario. Permanecen dentro de uno como una temperatura secreta. El verano que regreso a visitar no era deslumbrante ni heroico. Tenía la serenidad de las cosas que empiezan a despedirse antes de que alguien advierta la despedida. La claridad caía sobre las aceras con una lentitud casi doméstica y las hojas de los arces parecían demorarse en el mismo gesto, como si también ellas dudaran antes de soltar el aire.

Con los años he descubierto que la memoria no conserva los grandes acontecimientos. Guarda, más bien, la vibración que dejaron. Una forma de la luz. El roce de una tela. El sonido lejano de una puerta al cerrarse. Esos restos mínimos son los que regresan cuando todo parece haberse olvidado.

Hay días en que despierto con la impresión de haber atravesado un territorio que no pertenece al sueño ni a la vigilia. Traigo conmigo una tristeza sin nombre, pero también una calma difícil de explicar. Como si durante la noche alguien hubiera ordenado discretamente los muebles de mi interior y yo solo alcanzara a notar que algo ya no está donde estaba.

Nunca aprendí a vivir con distancia.

Las alegrías ajenas me alcanzan como si fueran propias. También las pérdidas. Basta mirar un rostro cansado en el metro, escuchar una conversación interrumpida o descubrir unos guantes olvidados sobre un banco para que algo dentro de mí empiece a reconstruir historias que probablemente nunca ocurrieron.

A veces pienso que esa disposición no es una virtud. Es simplemente mi manera de estar en el mundo.

Hace algún tiempo mi hermana Leticia encontró las palabras que yo nunca había sabido pronunciar.

—Vos vivís con el corazón descalzo.

Lo dijo sin solemnidad, casi sonriendo.

Durante mucho tiempo creí que era apenas una ocurrencia cariñosa. Hoy comprendo que estaba nombrando una forma de existir.

Ella conoce el cuerpo de otra manera.

Desde hace muchos años convive con un temblor persistente que ha ido ocupando sus movimientos sin conseguir apropiarse de su espíritu. Nunca la he escuchado lamentarse. Tampoco fingir una fortaleza que no siente. Ha aprendido otra cosa, mucho más difícil: hacer espacio para la fragilidad sin convertirla en el centro de su vida.

Cuando hablamos por teléfono, su voz sigue teniendo la misma serenidad de siempre. Hay pausas que ya forman parte de la conversación, pero nunca de la esperanza.

Quizá sea ella quien mejor entiende que la resistencia casi nunca hace ruido.

A veces —pienso como habría pensado Natalia Ginzburg— las personas que sostienen una familia no son las más visibles, sino aquellas cuya presencia parece tan natural que uno solo descubre su importancia cuando imagina, por un instante, que podrían faltar.

Entonces entiendo mejor quién ha sido Leticia para nosotros.

Mientras el mundo continúa fabricando noticias que duran apenas unas horas, sigo sintiendo una extraña conmoción por lo insignificante.

Un anciano que tarda demasiado en cruzar la calle.

Una bufanda olvidada en el respaldo de una silla.

Una panadería donde alguien mira los estantes durante más tiempo del necesario antes de decidir que hoy tampoco comprará nada.

No necesito conocer sus nombres. Algo de ellos permanece conmigo.

Y esa permanencia cansa.

No porque la vida pese demasiado, sino porque uno descubre que el corazón no tiene la capacidad de aliviar todo aquello que alcanza a sentir.

He debido aceptar una verdad modesta: la compasión no cambia el mundo. Apenas cambia la manera en que uno lo atraviesa.

Hay tardes en Montreal en las que el viento hace vibrar las señales metálicas de la calle con un sonido casi imperceptible. Me detengo unos segundos para escucharlo. Nadie más parece advertirlo. Tal vez no signifique nada. Tal vez sea suficiente que exista.

En momentos así vuelvo a pensar en Mauricio cuando era niño.

Una tarde dejó escapar un pequeño barco de papel por el borde de un charco. Lo siguió riendo mientras el agua lo alejaba lentamente hasta deshacerlo. No hubo decepción en su rostro. Solo la alegría intacta de haberlo visto navegar, aunque fuera unos metros.

Con el tiempo comprendí que aquella escena escondía una lección que entonces me pasó inadvertida.

No todo lo que amamos está hecho para permanecer.

Algunas cosas cumplen su destino simplemente pasando frente a nosotros.

También las personas.

También nosotros.

Pienso otra vez en Leticia.

La distancia entre Colombia y Montreal nunca ha conseguido instalarse entre los dos. Hay afectos que encuentran caminos que los mapas desconocen. El teléfono, las palabras, los silencios compartidos terminan construyendo una cercanía que no depende de los kilómetros.

Cuando siento que el mundo se vuelve excesivo, vuelvo a escuchar aquella frase suya.

"Vos vivís con el corazón descalzo."

Ya no intento endurecerlo.

Sería como pedirle al agua que aprendiera la paciencia de la piedra.

Prefiero aceptar esta manera imperfecta de caminar entre los otros. Sentir más de lo necesario. Conmoverme por aquello que muchos consideran insignificante. Permanecer disponible para ese dolor discreto que rara vez aparece en los titulares, pero sostiene la verdadera historia de los seres humanos.

No sé si eso me hace más fuerte o más vulnerable.

A mi edad esa diferencia empieza a perder importancia.

Solo sé que todavía hay algo dentro de mí que responde cuando la vida llama, incluso en voz baja.

Y mientras eso ocurra, seguiré avanzando con este corazón sin zapatos, expuesto al polvo del camino y a la tibieza inesperada de algunas manos.

Tal vez esa sea la única forma de llegar a la vejez sin dejar de reconocerme. No como quien ha comprendido el mundo, sino como quien todavía conserva la capacidad de estremecerse ante él.
------------------------------------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
--------------------------------------------

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

No hay comentarios:

Publicar un comentario

49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49 Donde el tiempo aprende a quedarse Después de haber atravesado las pasiones, los entusiasmos y las ilusiones que durante tantos ...