martes, 14 de julio de 2026

45 *** Inventario de nuestras despedidas

 

Capítulo 45

Inventario de nuestras despedidas

Uno llega a este mundo a perderlo todo. Es una certeza silenciosa que nadie te susurra cuando naces, envuelto en el asombro ajeno y en la luz cruda del principio. Vienes con las manos vacías y así, despojado de todo equipaje, has de marcharte. Pero en el tránsito —ah, en ese tránsito desolador y magnífico— vamos dejando jirones del alma, soltando apegos con la misma melancolía con la que los arces del Mont-Royal se desnudan de sus hojas cobrizas antes del largo invierno.

Primero, el tiempo me arrebató a mis padres. No ocurrió de un tajo brusco, sino con el goteo inexorable de las estaciones: un día los descubrí más encorvados, translúcidos como papel de arroz, y comprendí el orden brutal de la naturaleza; ellos fueron la raíz y yo sería la rama que cae. Se desvanecieron en la textura de unas manos que dejaron de sostenerme, en el eco de sus voces tragadas por la memoria, en la silla vacía que la luz plomiza de la tarde sigue llenando de polvo y de ausencias.

Después perdí amigos y perdí amores. Aquellos que compartieron los fervores de mi juventud, la mujer que alguna vez fue el eje de mi órbita y mi razón cardinal para abrir los ojos, se fueron diluyendo como tinta en las aguas heladas del San Lorenzo. No es que la muerte siempre reclame su parte; a veces es el olvido, el destierro de la rutina, el habitar en otro huso horario del corazón. Quedó el vacío en la curva de una espalda que ya no acaricio, en un perfume que el viento barrió por las calles empedradas del Vieux-Port, en los silencios que se instalaron, pesados como el hielo, entre dos tazas de café.

Perdí, con el asombro mudo de quien ve escurrirse el agua entre los dedos, la sonrisa de mi hijo. Creció con la fugacidad de un suspiro, con esa urgencia cruel que tienen los niños por dejar de serlo, y se marchó demasiado rápido, dejando un hueco insoportable en las habitaciones de esta casa. Y con su partida, perdí también los lugares. La casa que cobijó su infancia, la esquina de sus primeros tropiezos, el parque bullicioso donde alguna vez, viéndolo correr, creí ser eterno. Todo muta, se derrumba o se disfraza bajo la nieve incesante de esta ciudad, transformándose en un paisaje gélido que ya no me reconoce como suyo. Al soltar de la mano su niñez, sentí que mi propia juventud terminaba de evaporarse. Es el relevo silencioso de la existencia: entregamos nuestro vigor para que ellos construyan su mañana. Al verlo adentrarse a zancadas en la primavera de su historia, comprendí que yo cruzaba, sin retorno, el umbral de mi propio invierno.

Y así, tras ceder el paso a su futuro, el despojo ha llegado, inevitablemente, a mi propio cuerpo. La vista, antes afilada, se nubla; la memoria, que atesoraba cada rostro y cada fecha, se vuelve un laberinto de espejos rotos. Voy perdiendo la firmeza del paso al caminar por las aceras congeladas. Me asomo al cristal empañado por el aliento de la calefacción, y el viejo que me devuelve la mirada es un forastero, un hombre al que el tiempo le ha ido limando los bordes con la paciencia de un escultor que trabaja a oscuras.

Sin embargo, desde el fondo de este encierro, he aprendido que no se puede vivir a la sombra del temor.

El miedo es un ladrón miserable que saquea dos veces: primero te expropia el presente y luego te crucifica por un futuro que aún no germina. Es un espejismo que adelanta el luto, obligándote a llorar lágrimas secas. Vivir temblando es habitar una casa en ruinas cuando la tierra bajo nuestros pies aún está firme.

Hay que rendirse a la sabiduría humilde de lo que permanece. El sol pálido que logra entibiar mi piel a través de la ventana, el rumor antiguo del viento del norte, el agua helada que me despierta el rostro por las mañanas. Hay que dejarse habitar por el instante, como quien se tiende sobre un campo de hierba alta y mira las nubes arrastrarse sobre el cielo plomizo de Quebec sin preguntar hacia dónde van.

Hay que gozar lo que aún palpita en nuestras manos. La taza de té que humea entre mis dedos curtidos, el aroma a leña y café recién molido, la luz dorada y efímera del atardecer que tiñe de ámbar mi soledad. Hay que amar el recuerdo con toda el alma, como si cada evocación fuera el último abrazo y contuviera la eternidad entera.

Y vivir en el presente. Ahora. Aquí. En este latido que es todo lo que realmente me pertenece. Porque el pasado es ceniza y el porvenir, un país neblinoso que quizá nunca pise. Este instante, este soplo de vida, esta luz que ahora mismo entra por la ventana y dibuja sombras largas en el suelo de madera, eso es todo. Y es suficiente.

Uno viene a perderlo todo, es cierto. Pero en esta edad del silencio descubro que he venido también a saborear cada pérdida como lo que verdaderamente es: el testamento irrefutable de que he amado, de que he ardido en el fuego de la vida. Estas manos mías, vacías y surcadas de venas azules, no son el símbolo de una derrota; son la evidencia de que supe soltar, de que dejé ir, de que honré a cada fantasma que cruzó por mi historia.

Y así, en la quietud de mi refugio, frente a la vasta y blanca inmensidad de este norte, va transcurriendo esta danza frágil y magnífica. Con el pecho en calma, con las manos abiertas, y con la mirada anclada en este único, irrepetible y maravilloso ahora.

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Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

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