Capitulo 44
Lo que le pido al tiempo
El tiempo no se detiene por nadie; eso lo sabemos, sospecho, desde que aprendemos a contar los días en las arrugas de los abuelos. Pero hay mañanas en que uno despierta y la noche entera se ha ido sin pedir permiso, y el reloj de la pared, que atrasa desde hace años porque nunca me decido a corregirlo, marca su hora equivocada con una tranquilidad que casi ofende. Uno quisiera decirle: baja la voz, que todavía no termino de entender lo que pasó. Aunque decírselo a un reloj sea, lo admito, una forma educada de hablar solo.
Me inclino a creer que el pasado no es un lugar al que se llega. Suena más bien como un eco que sigue moviéndose en los huesos, aunque no podría jurarlo; quizá sea al revés, y seamos nosotros el eco de aquello que pasó. Lo cierto es que uno anda por el apartamento con los oídos llenos de ausencias, y algunas mañanas la luz gris que entra por la ventana de mi apartamento parece la misma de hace treinta años, en otra ciudad, sobre otra mesa.
No le pido al tiempo que devuelva a los que se fueron; sería como pedirle al río que suba la cuesta. Le pido algo más modesto: que los que ya no están no se vayan del todo, que se queden un rato más en el olor del café o en la forma que toma la luz sobre la mesa a media tarde. Que las heridas que dejaron cierren con esa memoria que ya no duele, si es que existe una memoria así. No sabría decir si la he conocido o si apenas la voy presintiendo.
Y que me ayude, sobre todo, a mirar a los que caminan conmigo ahora, a reconocerlos antes de que también se vuelvan sombra. Porque uno va distraído, persiguiendo siempre el minuto que viene, y no ve que el que está al lado quizá ya esté dando pasos que no volverán a darse. Esto lo escribo despacio, porque me cuesta; hay verdades que uno prefiere dejar a medio decir.
Sé que hablarle al tiempo es fantasear. El tiempo no escucha, no negocia, y a lo mejor ni siquiera pasa como creemos que pasa. Y sin embargo le hablo, como le hablo al radiador cuando cruje de noche, sabiendo que el que necesita la conversación soy yo. Al menos me queda el consuelo de no ser el primero en estas conversaciones sin respuesta.
Machado se pasó la vida hablándole a la tarde, a las fuentes, a los olmos secos, y nadie lo tomó por loco; lo tomaron por poeta, que es una manera más amable de decir lo mismo. Lo leí de joven, en una edición que ya no tengo, y de aquellos versos me quedan restos que mi memoria ha ido reescribiendo a su manera, con esa mano torpe que tiene el recuerdo para copiar. A veces me digo unos que quizá él nunca escribió:
Preguntas al agua clara
adónde se lleva el día;
el agua sigue su paso
y tú sigues en la orilla.
Quizá saber sea eso:
quedarse, mirar el agua.
No respondo por ellos; puede que sean suyos, puede que sean míos vestidos con su ropa. Sus fuentes de Castilla me quedan lejos, de todos modos. Aquí lo que tengo es un grifo que gotea en la cocina cuando la noche se pone muy quieta, y el bulevar que la nieve va convirtiendo en un camino sin huellas, todavía sin nadie que lo estrene. Pero sospecho que el oficio es el mismo: mirarle el paso al agua, preguntarle cosas que no va a contestar. La compañía de otro que también habló solo hace que hablar solo parezca menos locura; casi un oficio, casi una manera de rezar sin saber a quién.
Hubo una época, cuando era joven y perdía gente como quien pierde monedas por un bolsillo roto, en que le guardé rencor. Le reprochaba cada pérdida como si él tuviera manos para devolver algo. Ese rencor se me fue gastando, no recuerdo cuándo ni cómo.
Ahora sospecho que con los años él mismo va poniendo vendas donde antes hubo cuchillos. Algo se va curando adentro, despacio, con esa lentitud de las cosas que sanan de verdad, como los huesos, como la tierra después de la lluvia. No me atrevo a llamarlo perdón, ni sabiduría; es más humilde que eso. Se parece a la temperatura del apartamento cuando la calefacción lleva horas encendida: uno no la nota hasta que sale a la calle y el frío le recuerda lo que tenía.
Así que solo le pido, con la humildad de quien sabe que no manda, que afloje un poco el paso en los días buenos. Que me dé el margen justo para mirar a los que todavía están, y para que ciertas palabras me salgan antes de que se haga tarde. Quisiera darle las gracias por todo lo demás, y no sé bien qué me detiene. Afuera empieza a moverse la calle; el reloj de la pared sigue atrasando, fiel a su error. Me quedo con la palabra en la boca, a ver si mañana todavía la tengo.
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