sábado, 11 de julio de 2026

43 Me lo han dicho

Capítulo 43

Me lo han dicho

Alguien me hizo llegar, hace unos días, un poema que circulaba con el nombre de Victor Hugo. No me atrevería a asegurar que fuera suyo; las palabras viajan ahora con pasaportes falsos y a casi nadie parece importarle. El poema respondía a una aseveración que yo también conozco: te estás volviendo viejo, amargado, solitario. Y el poeta —quienquiera que haya sido— contestaba con una seguridad admirable: no me estoy volviendo viejo, decía, me estoy volviendo sabio.

Envidié esa certeza durante toda la tarde. A mí también me han dicho la frase, unas veces con cariño y otras con un reproche apenas disimulado, y nunca he sabido qué responder. Quizá porque sospecho que quienes la dicen tienen algo de razón. Es verdad que salgo menos. Es verdad que ciertos nombres han ido cayendo de mi agenda sin que yo hiciera nada por retenerlos, como caen las hojas que nadie barre.

Lo que no sabría decir es si eso merece llamarse sabiduría o si es apenas cansancio con mejor vocabulario. Copio algunos versos en mi cuaderno mientras la tarde se va apagando. El poeta enumeraba con orgullo todo lo que había dejado atrás: los apegos, las fiestas, los espejos mentirosos. Yo también he dejado cosas, pero sin ceremonia y sin lista, casi sin darme cuenta.

Algunas las solté por prudencia, otras por miedo, y unas cuantas simplemente se me fueron de las manos mientras miraba hacia otro lado. Me digo que eso no es lo mismo que renunciar, aunque a veces sospecho que la diferencia sea sobre todo una cuestión de orgullo. Nadie escribe poemas sobre las cosas que se le cayeron del bolsillo roto sin que lo advirtiera.

Del silencio, el poema decía algo que me gustó y me incomodó a la vez: que no a toda palabra hay que hacerle eco. Suena bien. Suena a hombre que ha domado su lengua. Pero cuando yo me quedo callado en una conversación, rara vez estoy juzgando las palabras del otro. Me callo, sospecho, porque ya no estoy tan seguro de las mías. Mi silencio tiene menos de trono que de sala de espera.

Con la lentitud pasa algo parecido. El poeta caminaba despacio, según él, para observar la torpeza de los que corren. A mí me parece que camino despacio porque las rodillas ya no negocian, y sin embargo algo hay de cierto en el fondo: a este paso se ven cosas que antes no veía. La sal esparcida sobre el escalón de un desconocido. Un vecino que saluda con la mano equivocada.

No sé si eso es sabiduría. Puede que sea solamente tiempo sobrante que busca en qué ocuparse. También yo cambié ciertas costumbres por otras más templadas, como el hombre del poema, aunque dudo que la operación tenga el valor filosófico que él le daba. Sospecho que los hábitos cambian primero, calladamente, por su cuenta.

La filosofía llega después, como un abogado diligente, a redactar la justificación. Uno no decide volverse sereno. Uno se descubre un día así, y luego escribe un poema para firmar el decreto. A veces pienso —como habría pensado Ginzburg— que las decisiones importantes se toman siempre en nuestra ausencia, y que lo único que nos queda es enterarnos tarde y fingir que asentimos.

Hay algo cierto, sin embargo, en lo que el poema no alcanzaba a decir. No es que las pérdidas pesen menos: es que ya no las discuto. Antes cada una llegaba con la forma de una injusticia y yo levantaba un expediente contra alguien, aunque fuera contra mí mismo. Ahora las recibo como se recibe un cambio de estación, sin firmar nada, sin creer del todo que sea justo.

Tampoco he aprendido a llamar despojo a lo que quizá sea sólo economía. Ya no siento la urgencia de demostrar nada, y no sabría decir si eso es libertad o si sencillamente se agotó el público. Hay una calma en no tener que sostener una versión de mí mismo ante los demás. Pero la calma también podría ser el nombre educado del abandono.

Afuera la luz gris empieza a retirarse del bulevar. El reloj de la pared avanza con esa lentitud suya que ya no me impacienta. Me habría gustado responder como el poeta, con esa hermosa arrogancia: no me estoy volviendo viejo, me estoy volviendo sabio. Pero a esta hora, con el cuaderno todavía abierto, lo único honesto que puedo escribir es que no sé si son dos cosas distintas.

Puede que viejo y sabio sean la misma palabra, pronunciada a diferentes distancias del espejo. Lo dejo anotado aquí, por si mañana amanezco sabiendo un poco más. No podría jurarlo.

------------------------------------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
--------------------------------------------

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

No hay comentarios:

Publicar un comentario

49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49 Donde el tiempo aprende a quedarse Después de haber atravesado las pasiones, los entusiasmos y las ilusiones que durante tantos ...