jueves, 4 de junio de 2026

13 — El arte de escuchar sin palabras

 Capitulo 13

El arte de escuchar sin palabras

Siempre he pensado que escuchar es un acto más cercano al alma que al oído. Durante años, sin embargo, me empeñé en creer lo contrario. Tal vez porque resulta más cómodo imaginar que basta con estar presente para comprender al otro. Pero la presencia es apenas la antesala de algo mucho más difícil: sostener el silencio sin llenarlo con nuestras propias inquietudes.

Afuera, la calle Rigaud amanece gris. No cae nieve. Solo permanece la que quedó de días anteriores, aplastada y oscurecida junto a los bordes de la acera. Esa quietud de la mañana invernal —cuando el ruido del mundo todavía no ha comenzado del todo— me recuerda que existen formas de acompañar que no exigen nada, formas de estar que no reclaman explicaciones ni respuestas.

Freud dijo alguna vez que conocer verdaderamente al otro es descubrir su fragilidad. Yo añadiría, aunque con mucha menos autoridad que él, que también es descubrir la propia. Porque al acercarnos a las heridas ajenas suelen despertarse aquellas que creíamos adormecidas bajo las capas del tiempo y la costumbre. No sé si eso nos vuelve más compasivos o simplemente más prudentes. Quizá ambas cosas.

Con los años uno termina comprendiendo algo que parece sencillo, pero que rara vez lo es: no todo necesita un comentario. Hay palabras que, aun nacidas de la mejor intención, caen como piedras sobre un estanque tranquilo, alterando una superficie que no pedía ser perturbada. El silencio, en cambio, no irrumpe ni exige. No intenta corregir ni orientar. Permanece allí, discreto, ofreciendo un espacio donde el otro puede respirar sin sentirse observado.

No aprendí esto de golpe. Tuve que equivocarme muchas veces. Decir lo que no debía en momentos que requerían otra cosa. Ofrecer explicaciones cuando bastaba con compartir el peso de una pena. Durante mucho tiempo confundí esa urgencia de hablar con una forma de ayuda. Ahora sospecho que, en realidad, era una manera de aliviar mi propia incomodidad frente al dolor ajeno.

El silencio no es un vacío, aunque a menudo lo parezca. Es un territorio donde encuentran refugio las emociones que no saben nombrarse, las historias que prefieren permanecer en penumbra y ciertas ternuras que solo pueden existir mientras nadie les exija explicarse. En ese espacio, tan frágil como sagrado, acompañar deja de ser un ejercicio de palabras y se convierte en una forma de presencia.

Me pregunto si esto cambia con la edad o si simplemente uno termina cansándose de la prisa. A los cuarenta todavía creía que las palabras adecuadas podían resolver muchas cosas. Después —no sé exactamente cuándo— empecé a desconfiar de esa ilusión. El lenguaje siempre ha sido imperfecto. Solo que antes esa imperfección me irritaba y ahora me inspira una especie de ternura.

La calefacción del apartamento cruje detrás de mí y luego vuelve el silencio. Me quedo escuchándolo.

Quizá valorar el silencio sea, al final, una forma de respeto. Respeto por el otro, que merece ser escuchado sin ser invadido; y respeto por uno mismo, que aprende a contener la ansiedad de llenar cada vacío con explicaciones. Porque hay dolores que no buscan soluciones y preguntas que no esperan respuestas.

A veces la compañía más profunda consiste simplemente en permanecer.

Estar allí.

Compartir la misma habitación, el mismo invierno, la misma incertidumbre.

Y confiar en que la comprensión verdadera no siempre necesita pronunciarse.

No sé si el silencio logra transmitir todo lo que guarda. Pero quizá tampoco sea necesario saberlo.

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