Capitulo 14
—El país de las cosas lejanas
Hay personas que nacen para construir casas, levantar empresas, reunir certezas. Parecen llegar al mundo con un plano en las manos y una dirección precisa en la mirada. Yo nunca fui uno de ellos.
Desde muy joven sospeché que habitaba otro territorio, uno que no figuraba en los mapas. Un país sin fronteras visibles, hecho de intuiciones, nostalgias y deseos que jamás terminaban de convertirse en realidad. Mientras otros aprendían a perseguir objetivos concretos, yo me detenía a observar el movimiento de una nube, el reflejo de una ventana encendida al otro lado de la calle, el modo en que la tarde se retiraba lentamente de los árboles.
No era una elección.
Era mi naturaleza.
Todavía hoy, cuando amanece sobre Montreal y la luz gris se derrama sobre los tejados húmedos, siento que pertenezco más a las cosas que pasan que a las que permanecen. El vapor que asciende de una taza de café me conmueve más que la taza misma. El vuelo incierto de una hoja arrastrada por el viento me parece más verdadero que muchas de las certezas que escucho repetir a diario.
Quizás porque siempre he sospechado que la vida no está hecha de posesiones sino de apariciones.
Nunca comprendí del todo esa necesidad humana de conquistar. Hay quienes desean acumular bienes, afectos, reconocimientos, como si el alma fuera una habitación vacía que necesitara llenarse. Yo, en cambio, he sentido a menudo que cuanto más se posee una cosa, más rápidamente comienza a desaparecer su misterio.
Lo cercano se vuelve costumbre.
Lo habitual se vuelve invisible.
Y aquello que parecía extraordinario termina convertido en un objeto más entre tantos otros.
Por eso he amado tantas veces lo distante.
No necesariamente personas. Tampoco lugares concretos. Hablo de una forma de lejanía más profunda, esa que habita en ciertos paisajes, en ciertas músicas, en ciertas imágenes que parecen venir de ninguna parte y, sin embargo, despiertan una emoción inmediata.
Durante años me acompañaron visiones que nunca fueron completamente reales: una torre recortada contra la niebla, un camino que se pierde detrás de una colina, una luz solitaria encendida en una ventana remota, un tren que avanza hacia un horizonte imposible.
Nada ocurría en esas escenas.
Y, sin embargo, lo contenían todo.
Tal vez porque nunca me interesó demasiado el desenlace de las cosas. Lo que siempre me fascinó fue su promesa.
La posibilidad.
El instante anterior.
He llegado a pensar que buena parte de la felicidad humana se encuentra precisamente ahí: no en la realización del deseo, sino en esa región luminosa que existe antes de alcanzarlo. Hay una belleza irrepetible en aquello que todavía no nos pertenece. Mientras permanece distante conserva intacta su capacidad de sugerir mundos enteros.
Cuando finalmente lo alcanzamos, el hechizo suele disiparse.
La realidad tiene esa costumbre.
Explica demasiado.
Con los años he aprendido a no luchar contra esta inclinación. Durante mucho tiempo pensé que era un defecto. Creía que debía volverme más práctico, más firme, más parecido a quienes avanzaban con seguridad por los caminos visibles del mundo.
Pero la edad posee una virtud silenciosa: deja de exigirnos que seamos otra persona.
Uno acaba aceptando la forma de su propia alma.
Y la mía, para bien o para mal, siempre estuvo hecha de materia soñadora.
A veces me siento junto a la ventana del apartamento y observo la nieve caer sobre la calle. Los copos descienden bajo la luz de los faroles como si el cielo estuviera escribiendo una carta que nadie leerá jamás. Entonces comprendo que aún sigo habitando aquel territorio interior que conocí en la juventud.
No he cambiado tanto.
Sigo encontrando consuelo en las cosas que apenas existen.
En una melodía escuchada a lo lejos.
En el recuerdo impreciso de un lugar.
En una fotografía cuya historia desconozco.
En las palabras que nunca fueron pronunciadas.
Quizás por eso tampoco esperé demasiado del amor. No porque lo considerara poco importante, sino porque siempre me conmovió más su resplandor que su posesión. El amor, como ciertas estrellas, ejerce gran parte de su belleza desde la distancia. Hay afectos que iluminan una vida entera sin necesidad de convertirse en destino.
No todo lo valioso necesita quedarse.
No todo lo verdadero necesita cumplirse.
Hay presencias cuya misión consiste únicamente en rozarnos.
Y ese roce basta.
A estas alturas de la vida ya no me preocupa haber vivido de esta manera, a trompicones, con más dudas que certezas y con ese pudor silencioso que uno aprende cuando la existencia se vuelve maestra. Durante años creí que había llegado tarde a demasiadas cosas, como si la vida fuera un tren que partía sin avisar y yo siempre apareciera en el andén equivocado, con los zapatos mojados y el corazón a medio encender.
Pensé que había dejado escapar oportunidades que otros habrían considerado esenciales, esas que se celebran con brindis, ascensos y fotografías destinadas a amarillear en el fondo de un cajón. Pero la edad, que a veces pesa como un abrigo húmedo sobre los hombros, también tiene la delicadeza de enseñarnos a mirar con otros ojos.
Y en esa mirada nueva descubro que nada de lo que perdí era realmente mío, y que muchas de las cosas que llegaron a mi vida lo hicieron con una precisión que entonces no supe reconocer.
Ahora sospecho que no llegué tarde.
Llegué cuando pude.
Cuando mi alma tuvo fuerzas para abrir la puerta.
Lo que dejé ir no fue siempre una derrota. En ocasiones fue simplemente la forma que tuvo la vida de hacer espacio para aquello que sí estaba destinado a quedarse. Porque la existencia no es una carrera ni un inventario de logros. Es apenas un puñado de instantes que nos eligen sin pedir permiso y luego desaparecen, dejándonos el eco.
Cada ser humano encuentra su patria donde puede.
Algunos la encuentran en una familia.
Otros en una profesión.
Otros en una causa.
Yo la encontré en las cosas lejanas.
En los horizontes que nunca alcancé.
En las preguntas que permanecieron abiertas.
En la belleza discreta de lo inacabado.
Y mientras la tarde se apaga detrás de los edificios, mientras el invierno vuelve a cubrir de silencio las calles de esta ciudad que me acogió hace tantos años, descubro que no siento tristeza por ello.
Al contrario.
Hay una serena gratitud en saber que ciertas cosas fueron hechas para ser contempladas y no poseídas.
Que algunos sueños existen únicamente para acompañarnos.
Y que también lo inalcanzable, cuando se le mira sin amargura y con gratitud, puede terminar convirtiéndose en un hogar.
Quizás por eso, después de tantos años, ya no me siento extraviado.
He comprendido que llevo décadas llegando a mí mismo, paso a paso, como quien regresa a casa después de un largo invierno y descubre que la lámpara ha permanecido encendida todo el tiempo.
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