Capítulo 17
—Donde naufragan los calendarios
El tiempo pasó, sí, pero no como una flecha que hiere el aire, sino como un animal que conoce atajos invisibles. A veces avanzó con la violencia de un río desbordado, arrastrando días enteros sin dejarme un fetiche al que aferrarme. Otras se quedó quieto, inmóvil como una hoja atrapada en el remanso; entonces una tarde podía durar semanas, y un solo silencio ocupaba el espacio de un año.
Durante mucho tiempo creí que los calendarios eran una forma razonable de domesticar la existencia. Las páginas caían, obedientes, numeradas, alineadas como soldados en retirada. Enero sucedía a diciembre, los años se acumulaban sobre los años, y todo fingía que la vida avanzaba con un orden preciso. Pero la experiencia terminó por desmentir la ilusión. Los días no pesan lo mismo. Las horas carecen de una medida constante. Hay meses enteros que se evaporan sin dejar huella y hay instantes diminutos que permanecen encendidos, intactos, durante décadas.
He llegado a sospechar que el tiempo no es una línea, ni un círculo, ni siquiera un río. Es un archipiélago. Cada uno de nosotros habita una isla distinta, con mareas propias y estaciones que jamás coinciden con las del vecino. Hay quienes viven en un verano perpetuo, donde todo florece al primer descuido. Otros, como yo, hemos aprendido a caminar en inviernos largos, donde cada amanecer es una pequeña victoria sobre la sombra.
Quizá por eso los calendarios terminan naufragando: porque intentan imponer una geografía común sobre territorios que son irrepetibles. El almanaque asegura que hoy es el mismo día para todos, pero basta mirar alrededor para descubrir que cada ser humano habita una fecha diferente. Mientras alguien celebra un comienzo, otro atraviesa una despedida. Mientras un niño inaugura el mundo, un anciano aprende a despedirse de él. Bajo una misma mañana conviven todas las estaciones del alma.
De niño, el tiempo era un agravio. No había insulto más hiriente que ser pequeño, que pertenecer a esa categoría provisional y humillante de los que todavía no. Todavía no puedes. Todavía no entiendes. Todavía no es tu momento. Los adultos habitaban un territorio luminoso y lejano donde todo estaba permitido: acostarse tarde, decidir solos, ir y venir sin pedir permiso. Yo quería llegar ahí cuanto antes. Miraba el calendario con una impaciencia que ahora me resulta casi cómica: tachaba los días, contaba los meses que faltaban para el próximo cumpleaños como si cada año fuera un escalón que subir de prisa. El tiempo era un enemigo lento, un carcelero benévolo que me retenía en una edad que yo consideraba menor, provisional, sin importancia. No sabía entonces —no podía saberlo— que esa prisa era en sí misma una forma de vida que no volvería. Que la espera de la infancia, tan insoportable, era también una de las pocas ocasiones en que el futuro todavía cabía entero en la imaginación.
Después aprendí otra clase de espera. Una que no tenía nada de infantil.
Cuando llegué a Canadá cargando lo imprescindible y dejando atrás casi todo lo demás, entré en una zona de tiempo que no se parece a ninguna otra: el tiempo de la suspensión. Tres años esperando que alguien, en alguna oficina que nunca vi, decidiera si yo tenía derecho a existir en este país. Tres años en que mi vida entera dependía de un sobre que podía llegar cualquier mañana o no llegar jamás. El estatuto de exiliado no es solo un documento: es la diferencia entre tener un lugar en el mundo y no tenerlo. Y mientras ese papel no existía, yo tampoco existía del todo. Trabajaba, caminaba, respiraba el aire frío de Montreal —ese aire que en enero corta como algo que no tiene nombre en español—, pero todo ocurría en una especie de paréntesis. Como vivir dentro de una frase que no termina, esperando el punto final que le dé sentido.
Esos tres años me enseñaron que la espera verdadera no se parece en nada a la impaciencia de la infancia. De niño, uno espera con el cuerpo inquieto, con la energía de quien sabe que el tiempo está de su lado. La espera del exilio es otra cosa: es quieta, pesada, mineral. Uno aprende a no hacer planes más allá de la semana siguiente. Aprende a no pronunciar ciertas palabras en futuro —cuando tenga, cuando pueda, algún día— porque el futuro es territorio vedado para quien no tiene papeles. El tiempo se vuelve un cuarto sin ventanas. No oscuro, exactamente, pero sin horizonte.
Y luego llegó el francés.
Si la espera del estatuto fue un tiempo detenido, el aprendizaje de una lengua nueva fue un tiempo al revés: un tiempo en que uno retrocede, involuntariamente, a una infancia que ya había abandonado. De pronto, yo —que en mi idioma había podido siempre decir lo que pensaba, matizar, ironizar, callar con precisión— era otra vez alguien que no llegaba. Un adulto que balbucía. Un hombre con historia, con lecturas, con opiniones formadas sobre el mundo, reducido a frases elementales, a verbos en infinitivo, a gestos donde debían ir las palabras. El francés me devolvió a la condición de niño, pero sin la gracia de la infancia: sin esa impunidad que tienen los pequeños cuando se equivocan, sin la ternura que los demás conceden a quien aprende por primera vez.
Hay una humildad particular en aprender una lengua después de los cuarenta. No es la humildad elegida del que estudia por placer; es la humildad impuesta del que necesita comunicarse para sobrevivir en el sentido más cotidiano: entender al médico, responder al casero, comprender por qué se ríen. Recuerdo noches en que repasaba conjugaciones en la mesa de la cocina mientras la calefacción hacía su ruido sordo y la nieve caía detrás del cristal con esa indiferencia que tiene la nieve aquí, como si el mundo exterior simplemente continuara sin esperarme. El francés entró en mí de a poco, sin anunciarse, por los intersticios de los días: una palabra escuchada en el autobús, una expresión repetida en la panadería, una broma que entendí a medias y guardé para descifrar más tarde. Tardé años en dejar de traducir mentalmente antes de hablar. Tardé más en soñar en francés. Y un día, sin que pudiera señalar cuándo, la lengua dejó de ser un obstáculo y se convirtió en algo mío —imperfecto, con acento, con lagunas—, pero mío.
Ahora, desde la ventana de mi apartamento en Montreal, veo la luz gris deslizarse sobre la nieve tardía. Los techos guardan todavía los restos del invierno y los árboles se debaten entre la prudencia y la esperanza. La ciudad continúa con su coreografía de relojes, horarios y compromisos. Los autobuses llegan a la hora prevista. Las oficinas abren sus puertas. Todo parece sostenerse sobre la frágil certeza del tiempo medido.
Sin embargo, detrás de los rostros, ocurre otra cosa.
Hay personas que todavía habitan una conversación terminada hace veinte años. Otras permanecen encalladas en una pérdida que el calendario declaró concluida hace mucho. Y no faltan quienes pasan la vida entera regresando a una tarde de la infancia cuyo recuerdo sigue respirando, tibio, bajo la superficie de los días.
Yo mismo he sido ciudadano de varios tiempos a la vez. Mientras mi cuerpo envejecía, ciertas zonas de mi adentro permanecían inmóviles en antiguas estaciones. Hay preguntas que siguen esperando respuesta desde hace medio siglo. Hay asombros que conservan la frescura de la primera vez. Hay dolores que aprendieron a callar, pero no a morir.
El tiempo que marcan los relojes es igual para todos. Pero el tiempo que uno lleva adentro se encoge, se estira, se fractura. Hay días que pasan como un parpadeo y otros que pesan como algo que no tiene nombre. Y uno flota como puede, a veces braceando contra la corriente, a veces dejándose llevar por un cauce que jamás eligió.
En mis noches de insomnio, cuando la calefacción cruje suavemente y la ciudad se vuelve un rumor lejano detrás de los cristales, siento que el tiempo se sienta a mi lado. No habla, pero escucha. Me observa con la paciencia de quien ha visto demasiadas vidas para sorprenderse por una más. Y en ese silencio descubro algo que no sé si llamar revelación o simple resignación: no soy yo quien lo persigue.
Es él quien me acompaña.
No me arrastra ni me exige. No me reprocha las demoras ni celebra las prisas. Simplemente permanece. Como un viejo camarada de viaje que conoce el camino mejor que yo y que, por esa misma razón, ya no siente la necesidad de dar explicaciones.
Con los años he dejado de preguntar cuánto tiempo queda. Me interesa más lo que todavía entra por la ventana: esa luz de marzo que no calienta pero convence, la taza entre las manos, las palabras —en todos los idiomas que cargo— que aún no he encontrado para decir lo que sé, o lo que creo saber, antes de que la noche llegue sin avisar.
Los calendarios seguirán cayendo. Las hojas se desprenderán con su ritmo dócil.
Pero hay algo que ocurre más allá de los relojes: allí donde la memoria dobla las distancias y donde una sola emoción es capaz de hacer retroceder a una década entera. Es allí donde naufragan los almanaques. Y donde, a pesar de todo, uno sigue navegando —sin brújula, sin prisa, sin demasiada certeza sobre el destino.
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