sábado, 30 de mayo de 2026

9 Elogio de la terquedad

Capítulo 9

Elogio de la terquedad

Desperté antes que la luz, sin haberlo decidido. A cierta edad el sueño deja de obedecer horarios: llega y se retira como esos parientes lejanos que se presentan sin avisar y se van sin despedirse.

Me quedé un rato inmóvil, atento a lo que la casa dejaba oír. Abajo, alguien ya trabajaba la masa del pan: un olor tibio subía por el hueco de la escalera y se filtraba bajo la puerta, discreto, casi tímido, como quien no quiere presumir de estar despierto antes que los demás. Afuera, la ciudad conservaba todavía esa hora azul en que el frío parece más antiguo que de costumbre, la hora en que ni la noche ni el día han terminado de decidirse.

Hay amaneceres que llegan como una promesa. Otros son apenas una constatación: el día ha llegado, nada más. Este pertenecía a la segunda clase. Y sin embargo, mientras estiraba las piernas y esperaba que las articulaciones me concedieran permiso para levantarme —ese trámite silencioso que ahora antecede a cualquier movimiento— pensé que tal vez bastaba con eso. Con que el día llegara. Nada más.

Durante años creí que vivir consistía en alcanzar cumbres: sitios altos desde donde mirar hacia atrás y decir he llegado. Los años se han encargado de corregir esa idea, con la paciencia de quien corrige sin levantar la voz. Ahora sospecho que la mayor parte de la existencia transcurre lejos de cualquier cumbre, en los senderos largos que apenas las rozan: temporadas donde no ocurre nada extraordinario y aun así hay que levantarse, vestirse, calentar el agua, seguir.

Ahí no hay epopeya. Hay algo más modesto y más difícil: persistencia.

La juventud admira a quienes ganan. La vejez, con el tiempo, aprende a admirar a quienes simplemente continúan: los que se levantan sin aplausos ni testigos, los que han enterrado proyectos, certezas, algún amor, y todavía encuentran fuerzas para entreabrir una ventana y dejar entrar el aire helado de la mañana.

Con los años he llegado a sospechar que el coraje rara vez tiene el aspecto que le atribuyen los libros. No siempre se manifiesta en gestos grandes. A veces consiste, apenas, en no soltar. En seguir cuando el entusiasmo ya se fue a otra parte. En sostener una llama pequeña mientras el viento —el mismo viento que esta noche habrá hecho pasar al quitanieves tres, cuatro veces por la misma calle, limpiando lo que sabe que volverá a cubrirse antes del mediodía— insiste en apagarla.

Pienso a veces en esa máquina anónima que trabaja de madrugada, cuando nadie mira, despejando un camino que la nieve ocupará de nuevo sin pedirle permiso. Nadie la felicita. Nadie recuerda su nombre. Pero vuelve, noche tras noche, con la obstinación silenciosa de quien decidió hace tiempo que el sentido de un gesto no depende de que dure.

La resistencia verdadera se parece mucho a eso: a una terquedad sin espectadores.

Quizá por eso los viejos entendemos algo que los jóvenes todavía no alcanzan a comprender del todo: que hay batallas que jamás se ganan por completo. La nostalgia regresa. La tristeza vuelve a tocar la puerta como una vecina que no necesita ser invitada. Los miedos cambian de rostro, pero rara vez desaparecen. La vida no elimina sus preguntas: apenas nos entrena para convivir con ellas sin que nos derriben cada vez.

Y sin embargo seguimos. No por ignorancia de las dificultades. Precisamente por conocerlas.

He visto a personas quebrarse por asuntos menores, y a otras atravesar tempestades capaces de arrasar un continente entero por dentro. Nunca encontré una explicación que me satisficiera del todo. Tal vez algunos guardan una reserva secreta de fuerza. Tal vez, simplemente, son más tercos.

A veces pienso —como habría anotado Canetti en uno de esos cuadernos suyos hechos de fragmentos y desconfianzas— que sobrevivir no es una virtud ni una hazaña: es apenas la costumbre de seguir presente cuando tantas otras cosas ya se han rendido.

Yo siempre sospeché que la terquedad ha sido injustamente subestimada. No hablo de la obstinación que se cierra y no escucha. Hablo de esa otra, humilde y casi avergonzada de sí misma, que le susurra al cuerpo cansado: un día más. Solo uno.

La vida entera parece construirse así: no con decisiones heroicas, sino con miles de actos diminutos de resistencia que nadie registra en ninguna parte. Un día más. Un invierno más. Una decepción más. Una mañana más en que las articulaciones tardan en obedecer y, aun así, obedecen.

Mientras la luz azul se disolvía despacio sobre los tejados, comprendí que la vejez es, quizá, el momento en que dejamos de preguntarnos quién ganará la carrera y empezamos a admirar, sencillamente, a quienes todavía caminan.

Porque ya no recuerdo mis victorias con claridad. Se han vuelto borrosas, como fotografías dejadas demasiado tiempo al sol. Lo que permanece es otra cosa: los momentos en que continué cuando lo fácil hubiera sido detenerme. Los días en que seguí sin saber bien hacia dónde. Las veces en que la vida me dejó frente a un muro y, aun así, encontré la manera de rodearlo.

Quizá la dignidad no consista en vencer. Quizá consista, apenas, en seguir de pie.

Abajo, el olor a pan se retiraba despacio, como se retiran las cosas buenas: sin anunciarlo. Encendí la radio, bajito, y dejé que una voz desconocida llenara un momento la cocina.

No hubo revelación. No hizo falta. Sentí, sin ninguna razón especial, algo parecido a la gratitud: no por lo conquistado, sino por todo aquello que no logró derrotarme.

Porque después de tantos años, sigo aquí. Un poco más lento. Un poco más cansado. Pero todavía caminando.

Y hay mañanas en que eso basta.
-----------------------

Disponibles en amazon.com *

Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
--------------------------------------------

abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

No hay comentarios:

73 Caminar al lado de la Vida

 Capitulo 73 Caminar al lado de la Vida En la juventud atropellé a la Vida —como quien irrumpe en una fiesta sin anunciarse, convencido de q...