sábado, 30 de mayo de 2026

9 Elogio de la terquedad

 Capitulo 9

Elogio de la terquedad

Esta mañana desperté antes que la luz.

No por disciplina ni por virtud. A cierta edad el sueño empieza a parecerse a los viejos amigos: viene cuando quiere y se marcha sin despedirse.

Permanecí algunos minutos inmóvil, escuchando los ruidos discretos del apartamento. El leve crujido de la calefacción. El murmullo lejano de una tubería. El silencio inmenso que envuelve la calle De Rigaud antes de que la ciudad decida comenzar el día.

A través de la ventana, Montreal seguía suspendida en su penumbra gris.

Hay amaneceres que parecen una promesa. Otros son simplemente una constatación.

Este pertenecía a la segunda categoría.

El día había llegado. Nada más.

Y sin embargo, pensé que tal vez eso era suficiente.

Durante muchos años creí que la vida estaba hecha de grandes victorias. Imaginaba que existir consistía en alcanzar ciertas cumbres visibles, ciertos lugares desde donde uno pudiera mirar hacia atrás y decir: he llegado.

Los años terminaron corrigiendo aquella ilusión.

Ahora sospecho que la mayor parte de la existencia transcurre lejos de las cumbres. Ocurre en los senderos interminables que las unen. En las largas temporadas donde nada extraordinario sucede y, aun así, debemos levantarnos, vestirnos, preparar un café y continuar.

No hay epopeya en ello.

Hay algo más difícil.

Persistencia.

La juventud admira a los vencedores. La vejez aprende a respetar a los sobrevivientes.

A aquellos hombres y mujeres que continúan avanzando sin aplausos, sin medallas y sin testigos. Los que siguen levantándose después de cada decepción. Los que han enterrado sueños, proyectos, amores y certezas, pero todavía encuentran fuerzas para abrir una ventana por la mañana y dejar entrar un poco de aire.

Con los años he llegado a creer que el coraje rara vez tiene el aspecto que le atribuyen los libros.

No siempre se manifiesta en los grandes gestos.

A veces consiste simplemente en no abandonar.

En seguir cuando el entusiasmo desapareció.

En caminar cuando la esperanza se encuentra cansada.

En conservar una pequeña llama cuando el viento insiste en apagarla.

La resistencia verdadera suele parecerse mucho a la terquedad.

Quizá por eso los viejos entendemos ciertas cosas que los jóvenes aún no pueden comprender.

Sabemos que hay batallas que jamás se ganan del todo.

La nostalgia regresa.

La tristeza vuelve a visitar la casa.

Los miedos cambian de rostro, pero nunca desaparecen por completo.

La vida no elimina sus preguntas; apenas nos enseña a convivir con ellas.

Y sin embargo seguimos.

No porque ignoremos las dificultades.

Precisamente porque las conocemos.

He visto personas quebrarse por acontecimientos menores y otras atravesar tempestades capaces de destruir un continente interior. Nunca encontré una explicación satisfactoria para esa diferencia.

Tal vez algunos poseen una reserva secreta de fuerza.

Tal vez simplemente son más tercos.

Yo siempre he sospechado que la terquedad ha sido injustamente subestimada.

No hablo de la obstinación arrogante que se niega a escuchar. Hablo de esa otra, silenciosa y humilde, que le susurra al corazón: un día más.

Solo uno más.

La vida entera suele construirse de esa manera.

No mediante grandes decisiones heroicas, sino mediante miles de pequeños actos de resistencia que nadie registra.

Un día más.

Un invierno más.

Una decepción más.

Un amanecer más.

Mientras observaba la claridad extenderse lentamente sobre los tejados, comprendí que la vejez quizá sea eso: el momento en que dejamos de preguntarnos quién ganará la carrera y comenzamos a admirar a quienes todavía siguen caminando.

Porque al final no recuerdo con claridad mis victorias.

Se han vuelto difusas, como fotografías antiguas.

Lo que permanece es otra cosa.

Los momentos en que continué cuando parecía más fácil detenerme.

Los días en que seguí avanzando sin saber exactamente hacia dónde.

Las ocasiones en que la vida me dejó frente a una pared y aun así encontré fuerzas para rodearla.

Quizá la dignidad no consista en vencer.

Quizá consista en permanecer de pie.

Afuera, el amanecer terminaba de instalarse sobre la ciudad.

La nieve acumulada en los rincones conservaba todavía el color azul de la madrugada.

Me serví otra taza de café.

Y sin ninguna razón especial, sin ninguna revelación memorable, sentí gratitud.

No por lo que había conquistado.

Sino por todo aquello que no logró derrotarme.

Porque después de tantos años, sigo aquí.

Un poco más lento.

Un poco más cansado.

Pero todavía caminando.

Y hay mañanas en que eso basta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49 Donde el tiempo aprende a quedarse Después de haber atravesado las pasiones, los entusiasmos y las ilusiones que durante tantos ...