sábado, 30 de mayo de 2026

** *8 - La paciencia de los días

Capítulo 8

La paciencia de los días

Dicen las abuelas —esas mujeres que parecen haber firmado pactos secretos con la existencia— que para todos los males hay dos remedios infalibles: «el tiempo y el silencio». Cuando era más joven escuchaba aquella sentencia con cierta desconfianza: me parecía demasiado breve para dolores tan vastos, demasiado sencilla para explicar las grietas que algunos acontecimientos dejan en el alma. Hay heridas que, cuando son recientes, poseen la arrogancia de creerse eternas; uno las mira y no imagina que alguna vez dejarán de doler. Sin embargo, los años tienen una paciencia que nosotros desconocemos.

Ahora, mientras el vapor de mi aliento se disuelve contra el vidrio de una ventana que da a un patio interior, mientras la calefacción deja escapar sus pequeños crujidos de viejo animal doméstico, comprendo que aquellas mujeres sabían algo que yo tardé décadas en aprender.

El tiempo llegó primero. No apareció como llegan los héroes en los relatos, ni como una revelación luminosa: llegó disfrazado de días comunes, de mañanas grises, de inviernos que parecían repetirse unos a otros. Fue pasando sobre mis recuerdos como el agua sobre las piedras del río, sin violencia, sin prisa, apenas rozándolos. Y, sin embargo, algo ocurría: las rabias fueron perdiendo filo, las nostalgias dejaron de sangrar, los agravios que en otro tiempo ocupaban habitaciones enteras de mi pensamiento terminaron reducidos a pequeños objetos olvidados en algún rincón de la memoria.

Un día descubrí que ciertos nombres ya no me perturbaban. Que algunos recuerdos podían visitarme sin provocar tormentas. Que una tristeza, a la que había llegado a considerar parte inseparable de mi identidad, se había vuelto apenas una sombra amable sentada al fondo de la sala.

El tiempo no borra —eso lo comprendí después—: el tiempo transforma. Convierte el incendio en ceniza tibia, el grito en eco, la herida en cicatriz, y la cicatriz en una forma discreta de sabiduría.

Pero si el tiempo inició la tarea, fue el silencio quien la concluyó. Porque existe un silencio que no tiene nada que ver con la ausencia de sonidos —no es el de las habitaciones vacías ni el de las salas de cine cuando ya se han encendido las luces y todos se han ido—. Es otro. Más profundo, más antiguo: un silencio interior que aparece cuando dejamos de huir.

Durante muchos años me rodeé de ruido. No necesariamente de voces o de música, sino de ocupaciones, preocupaciones, proyectos y distracciones: cualquier cosa servía para evitar ciertas conversaciones pendientes conmigo mismo. Hasta que la vejez —que tiene la costumbre de desmontar nuestros disfraces con una delicadeza implacable— comenzó a dejarme a solas con mi propia compañía.

Al principio no fue cómodo. Recuerdo la primera noche en que apagué la radio sin motivo aparente y me quedé escuchando, casi con incredulidad, el silencio que quedaba en su lugar: tenía una textura propia, casi un peso. El silencio posee una sinceridad que puede resultar insoportable; frente a él desaparecen los pretextos, las explicaciones elaboradas, las pequeñas mentiras que uno se cuenta para sobrevivir.

Pero si se permanece allí el tiempo suficiente, ocurre algo extraño: la memoria empieza a ordenarse sola, como una biblioteca abandonada durante años que de pronto recibe la visita de un bibliotecario invisible. Los recuerdos encuentran su lugar. Las culpas disminuyen de tamaño. Las pérdidas dejan de ser heridas abiertas para convertirse en habitaciones interiores donde todavía habita, por ejemplo, esa mano que dejó de buscar la mía hace tiempo, pero cuyo peso reconocería todavía entre mil, en cualquier noche de insomnio. Nada desaparece realmente: simplemente cambia de forma.

A veces, durante ciertas noches largas del invierno montrealés, cuando la ciudad parece suspendida bajo una lámpara de niebla, he imaginado que el silencio adopta la figura de una mujer anciana —no frágil, sino una de esas presencias fuera del tiempo que aparecen en los sueños—. Se sienta cerca de mí. No habla. Nunca habla. Y, sin embargo, me transmite una certeza difícil de explicar: que la vida posee ritmos propios, que muchas de nuestras angustias nacen de querer acelerar procesos que solo el tiempo puede completar, que casi todo dolor termina encontrando su lugar en el gran tejido de la existencia.

Entonces comprendo que el tiempo y el silencio no son remedios distintos, sino compañeros inseparables: el tiempo suaviza lo que el silencio revela, el silencio ilumina lo que el tiempo transforma, y ambos, trabajando juntos en secreto, van reconstruyendo las partes de nosotros que creíamos perdidas para siempre.

Hoy miro hacia atrás y ya no veo únicamente las derrotas, los errores o las ausencias. Veo algo más complejo y más humano: un camino, los tropiezos que me obligaron a cambiar de rumbo, las despedidas que me enseñaron, tarde pero a tiempo, el valor de la presencia, las pérdidas que ensancharon, sin pedirme permiso, mi comprensión de los demás. Y sobre todo veo la lenta labor de esos dos artesanos que nunca abandonaron el oficio: el tiempo y el silencio.

La vida continúa siendo imprevisible. Sigue rompiendo algunas cosas y construyendo otras, regalando alegrías cuando menos se esperan y sembrando incertidumbres donde creíamos haber encontrado certezas. Pero ya no me inquieta tanto. He aprendido que casi nada se resuelve de inmediato, que ciertas respuestas necesitan estaciones enteras para madurar, que hay dolores que solo encuentran alivio cuando dejamos de forcejear con ellos. Y que, quizás, la verdadera curación no consiste en olvidar lo vivido, sino en permitir que lo vivido se convierta en otra cosa.

Porque al final uno no sana por ausencia de memoria. Sana cuando aquello que lo hirió deja de ser una cárcel y se convierte en parte del paisaje.
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Parte 1
"Pinceladas de Recuerdos *
—Viaje a las entrañas de una familia memorable"
Parte 2
“Pinceladas de Vida *
—Un Relato de Memorias y Sueños de un exiliado en Canadá”
Parte 3
Pinceladas Otoñales de Sabiduría *
—Entre nieve y nostalgia: Memorias de un exiliado en Canadá.
Parte 4 El Jardin de lo vivido —Dialogando con el tiempo
Parte 5 Diálogos desde la edad del silencio — Crónicas de un viaje hacia el interior de los años
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abel.salazar@ gmail.com ---------------------------------------------------------

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