sábado, 30 de mayo de 2026

10 - Soy el hijo ausente.

 Capítulo 10

El puente invisible

Con los años he llegado a sospechar que la vida no transcurre hacia adelante como nos hicieron creer. Más bien se parece a un puente suspendido entre dos orillas que nunca dejan de llamarnos. Caminamos creyendo avanzar, pero en realidad llevamos el pasado sobre los hombros y el futuro latiendo en el pecho.

Hay días en que siento con claridad ese extraño lugar donde habito: no estoy del todo allá ni del todo aquí. Los emigrantes conocemos bien esa sensación. Aprendemos a vivir con el corazón repartido entre geografías que el mapa separa, pero que la memoria insiste en reunir.

Quizás todo emigrante carga, sin saberlo, dos calendarios. Uno marca las horas del lugar donde está el cuerpo; el otro sigue contando los días según el reloj que dejamos atrás, ese que no se ajusta nunca, que insiste en decirnos qué hora es allá, en la casa que ya no es nuestra pero que sigue siendo nuestra de otra manera. Vivir así, entre dos horas, entre dos lenguas, entre dos formas de nombrar la lluvia, es una manera silenciosa de no terminar de llegar nunca del todo a ningún sitio. Y sin embargo —esto también lo he aprendido— es una manera de estar, al mismo tiempo, en todas partes donde alguna vez amamos.

Soy el hijo ausente.

No porque haya dejado de amar, sino porque la vida —con su manera torpe y a veces inevitable de empujar— me llevó lejos de los brazos que me nombraron por primera vez. Uno parte creyendo que se aleja por trabajo, por necesidad o por destino. Solo mucho después comprende que toda partida lleva escondida una pequeña forma de duelo.

Mi madre, Otilia, aún me bendice desde la distancia, como si su voz pudiera atravesar continentes y años para tocarme la frente.

Y a veces siento que lo logra.

Hay noches de invierno en Montreal, cuando la calefacción cruje suavemente y la nieve se acumula detrás del cristal, en que una calma inexplicable desciende sobre mí. Entonces recuerdo sus manos, no con precisión —la memoria rara vez conserva los detalles— sino con esa certeza íntima con la que recordamos aquello que nos enseñó a sentirnos protegidos.

Quizá las madres poseen un lenguaje que el tiempo no consigue traducir del todo. Sus bendiciones viajan por caminos que la razón desconoce. Llegan tarde, pero llegan. Y cuando llegan, uno recuerda quién fue antes de que el mundo lo endureciera.

Pero también soy el padre que camina con el recuerdo vivo de su hijo.

No un recuerdo triste, ni una ausencia definitiva, sino una presencia que respira en mis días. Hablo con Mauricio más de lo que hablo conmigo mismo. Lo escucho en mis silencios, en mis dudas, en mis pequeñas victorias. Su voz —esa mezcla de ternura y claridad que los hijos tienen sin saberlo— me acompaña como un faro que no se apaga.

A veces pienso que la paternidad es una extraña manera de aprender a amar desde lejos. Primero sostenemos una mano pequeña para enseñarle a caminar y, sin darnos cuenta, llega el día en que debemos aprender a soltarla. Ningún padre está preparado para esa lección. Y, sin embargo, la vida insiste en enseñárnosla.

Entre mi madre y mi hijo se extiende mi vida como un puente.

Una orilla me llama con la nostalgia del origen; la otra me sostiene con la certeza del amor que sigue creciendo, incluso cuando no compartimos la misma mesa, la misma ciudad o el mismo calendario. Y yo camino entre ambas con el corazón dividido, pero agradecido.

A veces me pesa ser el hijo que se fue.

A veces me duele ser el padre que no siempre está.

Los emigrantes cargamos una forma particular de tristeza: siempre estamos llegando a un lugar mientras dejamos otro atrás. Vivimos aprendiendo que ninguna presencia es completa y que toda elección tiene el sabor discreto de una renuncia.

Quizá por eso reconocemos a otros emigrantes sin que nadie lo diga. Hay algo en la manera de mirar las fotografías viejas, en la forma de pronunciar ciertos nombres con un cuidado especial, como si pronunciarlos mal fuera traicionar algo. Hay una hermandad silenciosa entre quienes cargan un país en la maleta y otro en los pasos de cada día. Nadie nos lo enseñó; simplemente lo reconocemos, como se reconoce un acento entre el ruido de una multitud.

Pero en ese dolor hay también una verdad que me sostiene: el amor no necesita presencia constante para ser profundo. La distancia no borra lo que ha sido sembrado con ternura. Hay lazos que no se rompen ni con el tiempo ni con los kilómetros.

Con los años he descubierto que pertenecemos menos a los lugares que a las personas que nos amaron. Quizá por eso nunca terminamos de irnos del todo. Una parte de nosotros permanece sentada en la cocina de la infancia, escuchando una voz que nos llama por nuestro nombre. Y otra parte vive adelantada en el tiempo, deseando bienestar para aquellos que continuarán el camino cuando nosotros ya no estemos.

Soy el hijo ausente, sí.

Pero sigo siendo la bendición de Otilia.

Y soy también el padre que lleva a Mauricio como una luz en el pecho; una luz discreta, obstinada, una de esas luces que no alumbran el mundo entero, pero bastan para encontrar el camino en las noches más largas.

La vida dispersa los cuerpos. Eso lo sabemos todos.

Lo que todavía me asombra es descubrir que el amor, silenciosamente, siempre encuentra la manera de quedarse.

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