Capitulo 40
Lo que me contó la madrugada
El sueño, a veces, es un animal asustadizo que huye al menor roce de la memoria. En estas noches largas, cuando el reloj parece detenerse y la oscuridad se traga el ruido del mundo, me quedo solo, tendido en la penumbra, convertido en un rehén de mis propios pensamientos. Es en este claroscuro donde los recuerdos que creía haber enterrado bajo la tierra firme del olvido comienzan a brotar como raíces salvajes, rompiendo la costra de los años con la obstinación de lo que nunca encontró sepultura verdadera.
Durante las horas de sol soy un hombre práctico. La luz me otorga la armadura necesaria para caminar con pasos firmes, para mantener las emociones amordazadas bajo el peso de la rutina y el deber. Pero la noche, sospecho, es una amante paciente y despojadora. Sin previo aviso, me quita las defensas y me deja completamente desnudo ante mis propios fantasmas. Surgen entonces las preguntas que jamás me atreví a pronunciar en voz alta, misterios sin respuesta que flotan en el aire espeso de la habitación, reclamando su lugar como invitados que nunca pidieron permiso para quedarse.
Nunca he terminado de entender la anatomía del insomnio. Afuera, la ciudad respira con lentitud, hundida en el letargo; los otros descansan, ajenos a la tormenta silenciosa que se desata en esta cama, en este cuerpo que se niega a claudicar ante la tregua del sueño. Solo el crujido de la calefacción, en algún rincón del apartamento, me recuerda que la casa también vela a su manera. Y sin embargo, mientras el universo duerme, mi pecho despierta con una urgencia febril. Ese latido terco y antiguo que me habita —tan antiguo como el asombro y la herida— encuentra en el silencio de la madrugada su único refugio para hablar.
Se pone a escribir poemas invisibles en la oscuridad. Son versos que no necesitan tinta ni papel, trazados únicamente con el pulso de la nostalgia. Escribe sobre aquellas personas que fueron viento y fuego, sobre instantes que se nos escurrieron entre los dedos como agua viva. Y escribe también, me inclino a creer, sobre sentimientos que, a pesar de las ausencias y los calendarios mudos, se niegan a morir. Siguen ahí, respirando, intactos y secretos, habitando las honduras de mi ser como reliquias que el tiempo no logra corroer, hasta que el primer rayo del alba viene a cerrarles los ojos. Aunque nunca he sabido, la verdad, si esa luz los borra o apenas los guarda para la próxima noche.
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