Capítulo 40
Lo que me contó la madrugada
El sueño, a veces, es un animal asustadizo que huye al menor roce de la memoria. En estas noches largas, cuando el reloj parece detenerse y la oscuridad se traga el ruido del mundo, me quedo tendido en la penumbra, a solas con lo que pienso. Es en esta media luz donde los recuerdos que creí enterrados vuelven a salir, tercos, con la fuerza de lo que nunca encontró sepultura verdadera.
Durante el día soy un hombre práctico. La luz me da la firmeza necesaria para caminar con pasos seguros, para mantener las emociones quietas bajo el peso de la rutina y el deber. Pero la noche es paciente y no perdona: sin avisar, me quita las defensas y me deja frente a mis fantasmas. Aparecen entonces las preguntas que jamás me atreví a decir en voz alta, y se instalan en la habitación como invitados que nunca pidieron permiso para quedarse.
Nunca terminé de entender cómo funciona el insomnio. Afuera, la ciudad duerme; los otros descansan, sin saber nada de la tormenta callada que se levanta en esta cama, en este cuerpo que se niega a rendirse. El norte me enseñó que hay silencios distintos: el de las tardes de mi infancia, cálido y lleno de ruido lejano, y este de Montreal, un silencio blanco donde hasta el viento parece hablar bajito. Desde la ventana del dormitorio veo los faroles alumbrando una calle que nadie ha pisado todavía. Las dos de la mañana son aún un territorio amable, tibio de promesas; las cuatro, en cambio, son un desierto donde hasta la esperanza suena a palabra vacía. Reconozco esas horas sin mirar el reloj, por ese frío sutil que se mete en los huesos cuando uno se cansa de estar despierto.
Las tres son otra cosa. Alguien me dijo una vez —o quizá lo leí, ya no sabría decirlo— que no hay compañía más imprudente que la de un hombre consigo mismo a esa hora. Los pensamientos se quedan sin orillas: uno empieza por un rostro y termina discutiendo con gente que lleva años sin responder, y ciertos recuerdos se vuelven tan nítidos que cuesta mirarlos de frente. No es la soledad lo que me desvela. Me desvela, más bien, cierta compañía hueca que el día me deja encima: las conversaciones que no dejaron nada, las frases dichas por puro oficio.
A veces me parece que un silencio honesto, compartido con alguien a deshoras en una cocina, guarda más humanidad que una tarde entera de palabras bien acomodadas. Y me inclino a creer que la soledad más difícil quizá no sea la de los que se fueron. Es la de quienes siguen ahí —en la misma mesa, con la misma voz— y ya no saben por dónde encontrarnos. Aunque, a esta hora, también me pregunto si yo los busqué con suficiente empeño.
Y sin embargo, mientras todos duermen, una inquietud vieja encuentra en la madrugada su único momento para hablar. Me he dado cuenta, con los años, de que la madrugada no solo escucha: cuenta. Lo hace en voz baja, desde un lugar junto a la cama que solo ella conoce.
Esta noche me contó de nuevo el día de la despedida. El dos mil seis. El aeropuerto de Torreón, con su ruido de siempre y su olor a café y a prisa. Yo tenía cincuenta y cinco años, una maleta con la vida a medio hacer y un boleto con destino a Canadá. No era un país desconocido: ya era ciudadano canadiense, ya tenía papeles, dirección, un lugar donde caer. No partía a la aventura, pero tampoco con certezas. Partía, más bien, a intentarlo.
Frente a mí estaba mi hijo, con sus cinco años escasos y esa gravedad repentina que a veces asalta a los niños sin que sepan todavía nombrarla. Yo hice lo posible por sostenerme entero, por mostrarle una cara serena, la cara de un padre que sabe lo que hace. Pero él rompió a llorar —un llanto sin pudor, de esos que todavía no han aprendido a esconderse— y algo en mí, que llevaba rato sosteniéndose apenas con las uñas, estuvo a punto de ceder. Lo abracé, le dije que volvería, que esto que hacía era también por él, que un día le abriría camino. No sé si entendió las palabras. Creo que entendió, en cambio, el temblor con que las dije. Y cuando crucé la puerta de seguridad y ya no pude verlo, hice lo que hacemos los de mi generación: caminé derecho, como si el cuello no pesara y la garganta no ardiera.
Ya en el avión, junto a la ventanilla, busqué el horizonte, esa línea que promete, sin cumplir nunca del todo, que las cosas vuelven a su sitio. Fue entonces, y no antes, cuando las lágrimas que había contenido toda la mañana se desbordaron sin permiso y sin testigos. Lloré como no me había permitido llorar frente a él. Me pregunté, por primera vez en serio, cuándo lo volvería a ver. Los viajes tienen fecha de salida, pero los reencuentros no vienen impresos en los boletos. Esa duda se sentó a mi lado y no se bajó en ninguna escala.
No llevaba promesas de trabajo. A mi edad, apenas intuía —más por necesidad que por confianza— que allá podría encontrar alguna oportunidad. No sabía si habría un lugar para mí en aquel país que ya me había adoptado en el papel, ni si el futuro de mi hijo sería tan firme como yo deseaba. Las cartas a mi favor eran discretas: la ciudadanía en el bolsillo, cierto manejo de los idiomas y la terquedad suficiente para intentarlo todo una vez más. Lo demás era ropa de invierno en la maleta y una mezcla de miedo y esperanza que no sabría repartir en partes iguales.
No pude elegir el día en que llegué al mundo, ni podré elegir el de la despedida. Tampoco pude volver sobre mis pasos para corregir los errores, ni detener el reloj, que siempre siguió avanzando. Pero sí pude elegir cómo caminar. Aquella mañana dije sí cuando el miedo me pedía que dijera no. Crucé una frontera, cambié de cielo y, a una edad en que otros empiezan a guardar las cosas, me puse a aprender de nuevo dónde quedaba todo. No sé si a eso se le puede llamar libertad. A veces pienso que el destino se parece menos a una página escrita de antemano que a un manuscrito que uno va corrigiendo mientras vive, con tachaduras, y sin poder volver a las primeras hojas.
La madrugada no solo cuenta con palabras: también señala objetos, como quien no confía del todo en que las palabras basten. Hay objetos que no duermen conmigo. Están ahí, en la penumbra, como centinelas de una memoria que no termina de apagarse.
Sobre la mesa de noche, inmóvil y diminuto, está el caballito de carey que mi hijo me puso en las manos unos días antes de partir, con un abrazo que todavía puedo sentir si cierro los ojos y la promesa de que era un amuleto que me traería suerte. Su pequeño lomo cabe en la palma de mi mano, y a veces lo sostengo así, con el puño cerrado, como si pudiera apresar en ese gesto la época en que mi hijo creía que su padre era invencible. Han pasado más de veinte años y todavía lo conservo. La suerte, no sé si vino; la promesa, sí se cumplió. El niño de entonces tiene ahora su propia vida, sus propias noches. Y este caballito es lo que quedó de él en esta casa: un puente pequeño entre el aeropuerto de Torreón y esta cama de Montreal.
En el respaldo de una silla cuelga un abrigo viejo que todavía huele a Medellín. He intentado lavarlo, ventilarlo, quitarle ese perfume que me persigue: tierra húmeda, cigarrillo de otra época, el sudor dulce de una ciudad que fue mía y ya no. Pero el abrigo se resiste. Cada vez que lo huelo, vuelvo a caminar por calles que ya no existen, junto a personas que ya no están. Hay ciudades que no se van: se quedan en el olor de un abrigo.
Y en el fondo de un cajón, entre papeles que ya no importan, hay un sobre sin remitente. Está cerrado. Nunca lo he abierto. Lo recibí hace tantos años que ya no recuerdo ni el día ni el motivo, solo la sensación de que algo importante aguardaba dentro. A veces creo, sin poder probarlo, que llegó por los mismos años de Torreón; la memoria, con los objetos, también improvisa parentescos. Alguna vez lo he sostenido contra la luz, pero el papel es grueso y no deja ver nada. No sé si contiene una confesión, una amenaza, una despedida o una promesa. No sé si el misterio es mejor que la verdad. Y hay noches en que me pregunto si no será ese sobre el que no me deja dormir.
Con los años he ido reuniendo, sin proponérmelo, todo lo que ha salido de las manos de mi hijo: el caballito de carey, los dibujos que me hacía y que aún guardo doblados en alguna carpeta, el número de su primer teléfono celular, que nunca he borrado. Como si en cada objeto quedara un poco del niño que fue, disponible para las noches en que la madrugada decide contarlo.
Me lo contó todo otra vez, sin crueldad y sin lástima. Y al terminar me dijo lo que siempre me dice: «que aquella partida no fue perderlo, sino quererlo desde lejos; que añorar no es debilidad; que escribir, al fin de cuentas, es otra forma de insomnio, una manera de quedarse despierto en el pasado para que las cosas no mueran del todo». Yo la escucho. No siempre le creo.
Yo, que nunca supe dormir sin soñar, tampoco supe vivir sin escribir. Somos, la madrugada y yo, viejos cómplices de algo que no tiene nombre exacto: ella me presta su silencio, yo le presto lo poco que todavía tengo para decir. Lo que la noche trae se queda ahí, guardado, hasta que la primera luz viene a cerrarle los ojos. Ya no sé si esa luz lo borra o lo guarda, paciente, para la próxima noche.
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