lunes, 6 de julio de 2026

41 La vida es tan frágil

 Capítulo 41

La vida es tan frágil

Esta madrugada me despertó el paso hondo y metálico del camión que despeja la nieve en la calle Rigaud. Me quedé tendido, con los ojos abiertos en la penumbra, sintiendo cómo la ciudad respiraba bajo el frío, y pensando en lo poco que uno decide de su propia vida. La ruta nunca se elige por completo, lo sospecho desde hace años; ni siquiera el momento en que uno empieza a andarla. Se avanza porque algo —el tiempo, la memoria, quizá la propia soledad— nos empuja sin pedir permiso.

La duda es el único equipaje que nunca se pierde, y hay un temor que casi nunca digo en voz alta: el de llegar demasiado tarde. Tarde a qué, no lo sé. La vida rara vez se entrega a nuestro control; apenas nos concede algunos tramos breves donde creemos dirigirla, y aun de eso no estoy seguro. A veces pienso que somos apenas un paso silencioso entre dos nevadas, intentando descifrar hacia dónde nos lleva este camino que nunca terminamos de escoger.

No escogemos envejecer; simplemente sucede. Y aun así uno quisiera seguir soñando un poco más, como si la vida no estuviera hecha para morir, aunque me inclino a creer que uno muere varias veces antes de la muerte final. Lo he sentido en pérdidas que no necesito enumerar, y en ciertos adioses que me quebraron en silencio, sin que nadie lo notara. Hay despedidas que no se anuncian, pero dejan una grieta que acompaña para siempre, como una sombra que aprende a caminar a nuestro ritmo.

Lo vivido se evapora con una rapidez que aún me sorprende, aunque a esta edad debería estar acostumbrado. A veces siento que la memoria es un cuarto lleno de ventanas abiertas: lo que intento retener se escapa sin hacer ruido, y lo que permanece lo hace por razones que se me escapan también, aunque de otro modo.

No siempre alcanzamos aquello que nos propusimos en otros tiempos, ni recibimos lo que creemos merecer. La justicia, me parece, tiene sus propios caprichos: decide por sí misma dónde detenerse, se extravía con frecuencia en algún recodo del camino y rara vez encuentra el modo de regresar. Uno aprende tarde que la vida no está obligada a compensar nada, y que el equilibrio que buscamos quizá nunca estuvo destinado a nosotros. Al final, seguimos adelante con esas pequeñas muertes a cuestas, tratando de que no nos pesen más de lo necesario.

Somos pequeños, aunque nos cueste admitirlo; apenas somos lo que podemos ser, casi nunca lo que creemos ser. Yo mismo he amanecido algunas veces con una ilusión casi de dios menor, creyendo que podía sostener el día con mis propias manos. Pero al caer la tarde ya estaba otra vez inclinado bajo una cruz que no esperaba: quizá la de mis expectativas, quizá la de aquello que nunca termina de cumplirse.

Lo deseado rara vez coincide con lo alcanzado, y en esa distancia —a veces mínima, a veces abismal— se juega buena parte de lo que llamamos madurar. Es un aprendizaje lento, casi siempre silencioso: entender que la vida no se ajusta a nuestros planes, que la grandeza que imaginamos por la mañana puede desvanecerse antes del anochecer, y que incluso así seguimos adelante, con una mezcla de resignación y ternura hacia nosotros mismos. A veces sospecho que crecer es apenas aceptar esa desproporción entre lo que soñamos y lo que finalmente sucede.

A veces imagino el tiempo como un juez sentado frente a nosotros, y enseguida me corrijo: dudo que el tiempo se tome el trabajo de juzgarnos. Y sin embargo, otras noches me inclino a pensar que quizá sea la única justicia posible en este mundo, la que llega cuando ya nadie la espera. Simplemente pasa, indiferente, y a su paso todo se deshace con la misma facilidad, lo caminado sobre oro y lo caminado sobre arcilla, según lo que a cada quien le haya tocado. Nada conserva su forma por mucho tiempo; ni los días luminosos ni las heridas que creímos eternas.

Entonces me asalta una pregunta que no consigo responder: si todos estamos hechos de la misma fragilidad, ¿para qué herirnos unos a otros? ¿Qué sentido tiene añadir peso a una existencia que ya de por sí se desmorona con el viento? No encuentro razón que lo justifique, y sin embargo seguimos haciéndolo, yo incluido, más veces de las que quisiera recordar. Hay gestos que uno preferiría borrar, palabras que aún hoy regresan como un eco incómodo.

Quizá la verdadera medida de nuestra pequeñez esté ahí: en la facilidad con que lastimamos y en la torpeza con que pedimos perdón. La vida es tan frágil, y me parece demasiado breve para gastarla en rencores, aunque he cargado los míos más tiempo del razonable. Quizá la única sabiduría a mi alcance sea aprender a no romper lo que ya viene quebrándose solo. O quizá ni siquiera merezca ese nombre; quizá sea apenas cansancio con un nombre más amable.

Afuera sigue nevando; la escarcha ha cubierto la mitad del cristal, como si quisiera recordarme que todo se vela y se revela a su propio ritmo. Y no sabría decir si lo que siento ahora es gratitud o solo el alivio discreto de estar todavía aquí, mirando, mientras la noche se deshace en silencio.

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