Capítulo 27
— Los días del derroche
La juventud pasó sin comprender los enigmas que la vida guarda para después. Entró un día cualquiera —un martes de otoño, calculo ahora por el color de las hojas que se deshacían en el porche— con la arrogancia luminosa de quienes creen que el tiempo es una herencia inagotable. Cruzó el umbral sin pedir permiso y caminó por las habitaciones de esta casa en Montreal como si reconociera un mapa que a mí me había tomado décadas trazar.
Cualquier otra visita se habría mimetizado con la penumbra de estos pasillos, pero ella prefería el asalto. Abría las ventanas en pleno invierno, dejando que el aire helado invadiera las estancias mientras bailaba descalza sobre la alfombra gastada. Dejaba la música demasiado alta, una mezcla de canciones y risas que trepaban por las paredes de madera hasta despertar a los fantasmas del techo. Se reía, sobre todo, de mis silencios. Para ella, mi mutismo no era prudencia ni cansancio: era una rareza de viejo, un idioma extinguido que no merecía ser aprendido.
Yo la observaba desde una esquina del salón, casi siempre con un libro abierto entre las manos que no alcanzaba a leer. Había en mi mirada una mezcla de ternura y desconcierto, el mismo asombro de quien contempla un animal salvaje que ha entrado por la chimenea. No sabe si admirar la belleza de sus movimientos o temer los destrozos que dejará a su paso. Era como sostener una brasa entre las palmas: indecisa entre incendiarlo todo o extinguirse en silencio. Yo no quería quemarme, aunque el frío me empujaba. Verla era, inevitablemente, recordar de dónde venía mi propio fuego.
Mí propia juventud había transcurrido muy lejos de aquí, en Medellín; una ciudad que parecía latir al mismo ritmo que mis antiguos excesos. Al principio, todo había girado alrededor de un amor que creí definitivo, un afecto torpe y luminoso que me abrió el pecho como si fuera a quedarse para siempre. Pero duró lo que duran las primeras certezas: poco, y con un ruido que todavía resuena cuando cierro los ojos.
Después vino el desorden. O quizá debería decir que me lancé a él como quien se arroja a un río creyendo que el agua puede borrar lo que duele. Fiestas interminables, risas que no eran mías, madrugadas que me encontraban en cualquier parte menos en mí mismo. Había una urgencia eléctrica en todo: en bailar, en beber, en no pensar. Como si la velocidad pudiera compensar la herida, como si el ruido pudiera tapar el vacío que me dejó aquel primer amor. Yo creía entonces que el desenfreno era una forma de salvación, que si llenaba mis días de gente y mis noches de música, la soledad se rendiría. Pero no lo hizo; solo aprendió a esperar.
Aun así, hubo belleza en aquel derroche. La ciudad era joven conmigo: las montañas encendidas al atardecer, los buses que subían las laderas como luciérnagas cansadas y los amigos que aparecían y desaparecían como estaciones. Caminaba por esas calles con la sensación de que todo estaba por ocurrir, incluso cuando ya había ocurrido demasiado.
Por eso, cuando ella llegó a alterar el orden de mis retratos familiares y a trastocar mis horarios con una crueldad involuntaria, reconocí de inmediato su fe desmesurada en lo imposible. Estaba convencida de que todo deseo roto podía repararse y de que toda herida tenía la obligación de cerrarse. Me empujaba a salir durante las tormentas cuando mis huesos pedían refugio junto al radiador, y me retenía en la cocina hablando hasta el amanecer cuando yo necesitaba esconderme de mí mismo.
Contemplando el rastro de vasos abandonados y chaquetas arrojadas sobre las sillas, pensaba que la juventud es exactamente eso: una marea demasiado ocupada en llegar para prestar atención a quienes le advierten sobre las rocas. Intenté enseñarle cierta delicadeza. Le hablé de la importancia de cerrar despacio una puerta para no despertar al día, de la cortesía de guardar silencio cuando el dolor ajeno se vuelve visible, de no confundir la intensidad de un instante con la verdad completa de una existencia. Quise explicarle que el silencio no siempre es ausencia, sino una forma superior de la elocuencia.
Pero ella siempre tenía prisa. Se ajustaba las botas de cualquier manera y respondía con una sonrisa que desarmaba todos mis argumentos. Decía que ya habría tiempo para las pausas, para las ruinas y para las nostalgias. Que la vida ocurría ahora y que el futuro era una invención de quienes temían perderse el baile.
Y yo, que ya había llegado al norte con algunas grietas invisibles en el equipaje, la dejé hacer. No por sabiduría ni por resignación, sino por esa antigua debilidad humana ante todo lo que brilla demasiado. Acepté sus reglas sin leer la letra pequeña, únicamente por el placer de ver las ventanas encendidas a medianoche y escuchar una voz distinta atravesando los corredores de la casa.
Luego se fue.
No hubo portazos ni despedidas memorables. Simplemente, un día dejó de estar. El invierno de aquel año pareció condensarse en una sola tarde. Al principio creí que regresaría. Dejé la cafetera lista y esperé el sonido de sus pasos en el porche. Pero los días se transformaron en meses y el polvo recuperó lentamente sus antiguos dominios.
Fue entonces cuando comprendí algo que la madurez me había ocultado: la juventud no se marcha porque el cuerpo envejezca. Se marcha porque encuentra otro hospedaje. Encuentra otro cuerpo dispuesto a creer en milagros, otra mirada todavía intacta donde continuar sus experimentos de luz y de vértigo. Abandona la casa sin rencor, como hacen los viajeros que jamás tuvieron intención de quedarse para siempre.
Ahora recorro estas habitaciones con una calma que en mis años de fuego me habría parecido sospechosa. La luz del norte entra por las ventanas con una lentitud dorada, como si también el sol hubiera aprendido a renunciar al protagonismo. Sin embargo, el pasado es un contrabandista obstinado.
Hay mañanas en que descubro sus huellas en los lugares más inesperados: una palabra que ya no utilizo, un impulso que ya no me pertenece, una emoción antigua que despierta sin previo aviso. No hay dolor en esos hallazgos. Se parecen más a encontrar una fotografía olvidada dentro de un libro. Uno la limpia con cuidado, la contempla durante unos segundos y luego la guarda nuevamente entre las páginas, sabiendo que el papel envejece igual que la memoria.
Hoy miro ambas épocas con una distancia mansa. Entiendo que el torbellino de Medellín y la irrupción de esta última visita no fueron errores, sino intentos. Maneras torpes, pero sinceras, de sobrevivir a lo que no sabía nombrar. La memoria, sin embargo, es tramposa. Corrige el pasado en silencio, elimina los aburrimientos, atenúa las derrotas y baña cada escena con una luz que rara vez existió mientras sucedía.
Hoy sospecho que la juventud nunca fue una edad; fue una forma de ignorancia feliz. No consistía en poseer más tiempo, sino en desconocer su peso. Confundíamos el paso de los días con una promesa de eternidad y no con el discreto viaje hacia la ceniza. Existía una riqueza invisible de la que no llevábamos contabilidad. El tiempo no era una moneda escasa, sino una abundancia tan generosa que podíamos desperdiciarla sin culpa.
El viejo radiador de hierro cruje detrás de mí. Afuera, donde los camiones quitanieves avanzan por la madrugada con su estruendo familiar, alguien camina encorvado bajo el viento helado de Montreal. No puedo ver su rostro, pero reconozco perfectamente ese gesto. Es el mismo que todos terminamos aprendiendo cuando dejamos de discutir con el tiempo y empezamos a escucharlo.
Esa ligera inclinación de los hombros no es una derrota. Es la forma que tiene el cuerpo de reconocer una verdad que la juventud, en su bendita y ruidosa prisa, nunca alcanzó a escuchar.
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