Capítulo 24
—Las patrias que nos habitan
Hay tardes en que el tiempo llega en silencio y la patria se aleja, sangre adentro, con su barca cargada de rostros conocidos. No sucede por culpa de los años ni de la distancia. Ocurre porque la memoria tiene mareas propias y hay días en que las costas de la infancia aparecen de pronto en el horizonte, como si nunca hubieran estado lejos.
Yo también he sentido esa llamada.
La he sentido en el aroma inesperado de una fruta que encuentro en algún mercado latino de Montreal; en una palabra escuchada al pasar; en una canción que alguien pone demasiado alto en un automóvil detenido junto a un semáforo. Basta muy poco para que regresen caminos que creía olvidados, voces que ya no existen y tardes que el tiempo archivó hace décadas.
Con los años he aprendido a nombrar esa nostalgia sin amargura.
Durante mucho tiempo pensé que extrañar era una forma de tristeza. Ahora sospecho que es otra cosa. Es la manera que tiene el alma de recordar los lugares donde alguna vez fue feliz, incluso cuando sabe que esos lugares ya no existen exactamente como los conserva la memoria.
A veces imagino que me presento ante algún guardián invisible de las fronteras del tiempo.
Y le digo:
Dadme lo que me sobra de tanto hacerme falta.
Un cuarto de hora exacto de mis huertos. Un camino de tierra descendiendo hacia el calor de la tarde. Un pedazo de polvo pisado por mis muertos. El sonido de una conversación perdida en una cocina donde todavía nadie sabía cuánto iba a cambiar la vida.
Pero también le pediría algo más difícil.
Que me devolviera un recuerdo colombiano que no me hiciera llorar.
Porque la nostalgia tiene esa costumbre extraña de mezclar la gratitud con la pérdida. Nos entrega una imagen luminosa y, al mismo tiempo, nos recuerda que ya no podemos entrar en ella.
A esta edad he comprendido que el regreso es una palabra engañosa.
Uno puede volver a un país, recorrer las mismas calles, sentarse bajo los mismos árboles y, sin embargo, descubrir que aquello que buscaba ya no está allí. No porque el lugar haya desaparecido, sino porque quienes éramos nosotros también se han ido.
Los emigrantes aprendemos esa lección dos veces.
Nos alejamos de una tierra y terminamos convirtiéndola en recuerdo. Después intentamos regresar y descubrimos que el recuerdo era otro país.
Quizá por eso he dejado de pensar en Colombia como un punto del mapa.
La llevo en lugares más discretos.
En ciertas palabras que todavía pronuncio como cuando era joven.
En los sabores que ningún invierno canadiense ha conseguido borrar.
En la forma en que algunas canciones siguen tocando una parte de mí que nunca emigró.
Y, sobre todo, en las personas.
Porque la verdadera patria tal vez no sea la tierra, sino aquellos que nos enseñaron a amarla.
Hay noches en que hablo con mi pasado como se habla con un viejo amigo. No le pido explicaciones. Tampoco le reclamo nada. Lo escucho. Lo dejo sentarse un rato junto a mí mientras la nieve cae detrás de la ventana y la calefacción murmura su respiración constante en el apartamento de la calle Rigaud.
Entonces comprendo que la vida no me arrebató mi país.
Simplemente lo transformó.
Una parte quedó allá, caminando por senderos que ya no existen. Otra envejeció conmigo en Montreal. Y entre ambas se extiende una geografía invisible donde conviven los recuerdos, las pérdidas y los afectos que el tiempo no consiguió borrar.
Ya no le reclamo al tiempo su dureza.
Le pido apenas que me permita seguir mirando con serenidad lo que fui, lo que perdí y lo que todavía permanece vivo dentro de mí.
Porque al final las patrias más duraderas no son las que habitamos.
Son las que terminan habitándonos a nosotros.
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