jueves, 23 de julio de 2026

49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49

Donde el tiempo aprende a quedarse

Después de haber atravesado las pasiones, los entusiasmos y las ilusiones que durante tantos años confundí con el destino; después de haber recogido las velas de los barcos que llevaron mis sueños de un horizonte a otro; después de haber llamado de regreso a esa parte de mí que siempre vivía lejos, incapaz de permanecer en un mismo lugar; después de desprenderme del peso de viejos recuerdos y de historias ajenas que durante demasiado tiempo ocuparon mis pensamientos; después de despedirme del romanticismo que me empujaba a perseguir lo inalcanzable y de dejar descansar al viejo Quijote que insistía en convertir cada dificultad en una batalla, cierro la ventana, cierro la puerta y vuelvo a abrir mi cuaderno.

En esta edad del silencio —la única que realmente me pertenece— ya no necesito victorias ni derrotas memorables. Me basta este instante: una página en blanco que parece haber esperado, con la paciencia de los años, mi regreso.

Hay mañanas en las que despierto sin que el reloj gobierne el primer pensamiento. Ya no existe esa antigua voz que ordenaba apresurar el paso porque el mundo llevaba ventaja. Descubro, con una mezcla de sorpresa y gratitud, el lujo de permanecer unos minutos más escuchando la quietud de la casa, como si el día hubiera decidido esperarme.

La luz entra despacio por la ventana, sin imponerse. Todo parece moverse con una calma desconocida. No hay tareas reclamando atención inmediata ni listas que exijan ser completadas. Solo este instante entero, suficiente por sí mismo, donde el silencio deja de parecer un vacío y se convierte en una forma discreta de plenitud.

El desayuno ya no es una pausa entre obligaciones, sino parte de la vida misma. Mientras el aroma del café llena la cocina, observo por la ventana el ir y venir de quienes atraviesan la calle con el paso acelerado de todos los días. Durante años también viví convencido de que llegar primero significaba vivir mejor. Hoy sospecho que la existencia se parece menos a una competencia y más a un jardín que revela su belleza únicamente a quien acepta recorrerlo despacio.

Con el tiempo comprendí que el corazón nunca fue hecho para sostener una carrera interminable. Su ritmo paciente parece recordarme que casi todo lo importante ocurre cuando dejamos de forzar el paso. Tal vez la verdadera riqueza no consista en lo que acumulamos ni en aquello que logramos mostrar, sino en alcanzar mañanas donde ya no haya nada que demostrar. Mañanas en las que basta con estar vivo, igual que un árbol que crece sin preguntarse si avanza con suficiente rapidez.

Es entonces cuando descubro que el tiempo nunca estuvo en mi contra. Era yo quien caminaba delante de él, sin concederme el privilegio de contemplarlo. Ahora somos compañeros de viaje. Y esa reconciliación silenciosa ha sido una de las formas más hondas de la paz.

Sentado frente a la mesa donde tantas veces escribí cartas que nunca llegaron a ningún destino, comprendo que el viaje más importante no fue el que me llevó a otros países ni el que me hizo sentir extranjero entre tantas voces. El verdadero viaje ocurrió hacia adentro, hasta ese lugar donde uno termina encontrándose consigo mismo. Descubro que las palabras fueron levantando, sin que yo lo advirtiera, la única casa que nunca he perdido.

Afuera, el viento mueve las ramas de un viejo árbol. Sus hojas producen un murmullo sereno que ya no intento interpretar. He aprendido que los árboles crecen sin apuro, que la tierra sabe esperar la lluvia y que el río no necesita conocer el final de su camino para seguir avanzando. Yo también fui impaciente. También fui incendio, inquietud y distancia. Hoy solo soy un hombre que escribe, una mano que avanza despacio sobre el papel y una respiración que, por fin, ha encontrado un ritmo tranquilo.

Cuando vuelvo sobre las páginas antiguas encuentro al muchacho que alguna vez fui. Allí siguen sus impulsos, sus promesas imposibles y su costumbre de creer que la felicidad siempre estaba un poco más adelante. Veo mis veinte años llenos de prisa; los treinta, empeñados en conquistar el mundo; los cuarenta, ya más serenos, aunque todavía cargados de preguntas. Y descubro que la madurez no llegó para apagar el fuego, sino para enseñarle a dar calor sin consumirlo todo.

Pienso, a veces, como quizá lo habría hecho Natalia Ginzburg, que la vida termina revelándose en los gestos más sencillos. No en los grandes acontecimientos que después cuentan los calendarios, sino en esos instantes mínimos que nadie celebra: una ventana abierta, una tarde tranquila, una mesa donde aún cabe una hoja en blanco.

Conocí el amor con la intensidad de quien entra en una casa iluminada sin imaginar que también puede arder. Conocí el desamor como se conoce una estación larga: creyendo que no terminaría nunca, hasta descubrir que también deja espacio para una primavera inesperada. La amistad fue el puerto donde descansé muchas veces, y la soledad, lejos de ser un castigo, terminó convirtiéndose en una conversación sincera conmigo mismo. De cada encuentro, de cada pérdida y de cada esperanza nació esta memoria que hoy sostengo entre las manos.

Escribir tiene algo de ceremonia. No porque las palabras sean sagradas, sino porque exigen respeto. Cada frase me obliga a detenerme y escuchar. Ya no escribo para demostrar nada, ni para convencer a nadie. Mucho menos para convencerme a mí mismo. Escribo para ser fiel a este instante, a la luz que entra por la ventana, al olor del papel, al silencio que acompaña la tarde y a la sencilla certeza de seguir respirando.

No sé qué preguntas traerán los años que aún me esperan. Tal vez continúen apareciendo nuevas dudas, o quizá las respuestas aprendan a llegar sin hacer ruido. Sospecho que ambas cosas son necesarias. Mientras uno conserve la capacidad de preguntarse, la vida permanecerá abierta, como un sendero que nunca termina de mostrar todo su paisaje.

La tarde comienza a apagarse. Las sombras se alargan lentamente y sé que dentro de poco encenderé la lámpara. Antes de hacerlo, quiero detenerme un momento para agradecer. A la vida, incluso por aquello que me negó. A quienes caminaron conmigo y también a quienes siguieron otro rumbo. A los afectos que permanecieron y a las despedidas que me obligaron a crecer. Al viaje, que me mostró el mundo, y al regreso, que me enseñó dónde estaba mi verdadero hogar.

Porque el hogar ya no es una ciudad ni una dirección escrita en un sobre. Es este lugar interior donde las pérdidas dejaron de doler para convertirse en memoria, donde los caminos recorridos ya no pesan y donde el pasado ha dejado de pedir explicaciones. Es esta mesa, este cuaderno y este hombre que escribe sin esperar aplausos, confiando apenas en que algún lector encuentre, entre estas líneas, un reflejo de su propia vida.

Cierro los ojos por un instante. Siento el peso tranquilo de las manos sobre el papel y el latido sereno del corazón. Cuando vuelvo a mirar la página, descubro que ya no está vacía. Comprendo entonces que escribir nunca fue un intento de detener el tiempo, sino una manera de acompañarlo mientras pasa.

Quizá esa sea la única sabiduría que los años conceden: entender que la vida no necesita ser conquistada, sino habitada. Durante mucho tiempo perseguí días mejores, lugares distintos, versiones futuras de mí mismo. Hoy prefiero quedarme aquí, donde el tiempo ya no corre delante de mis pasos ni yo detrás de él. Caminamos juntos, con la serenidad de quienes han dejado de competir con los relojes.

Y es entonces cuando descubro que el verdadero destino nunca estuvo al final del camino. Siempre estuvo escondido en estos instantes sencillos que antes pasaban inadvertidos: una mañana sin prisa, una hoja esperando ser escrita, una lámpara encendida al caer la tarde, el silencio convertido en compañía.

Después de tantos viajes, de tantas búsquedas y de tantos regresos, comprendo, por fin, que la plenitud no consiste en llegar más lejos, sino en reconocer que uno ya está en casa cuando el corazón deja de correr y aprende, al fin, a quedarse.

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Parte 4 El Jardin de lo vivido Dialogando con el tiempo
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sábado, 18 de julio de 2026

48 - La lenta sabiduría del tiempo


Capitulo 48

 La lenta sabiduría del tiempo

Antes del amanecer suelo despertar. No porque el sueño me abandone, sino porque el silencio de esas primeras horas es el único que todavía parece conocer mi nombre. En este apartamento de Montreal, cuando la calefacción apenas murmura y la nieve detrás del cristal conserva intacta la oscuridad de la noche, la casa permanece inmóvil. Todo ocupa su sitio con la serenidad de las cosas que ya no tienen prisa.

No rezo. Hace mucho dejé de hacerlo.

Escucho.

Y lo que escucho no es el viento ni el lejano rumor de algún autobús que inicia su recorrido. Escucho el murmullo del tiempo. Ese cauce invisible que continúa corriendo bajo la tierra de los años, llevando consigo todo cuanto he amado, todo cuanto perdí y también aquello que todavía permanece sin que yo lo advierta.

Con los años he llegado a pensar que el tiempo es un ladrón de modales impecables. Nunca irrumpe con violencia. Se limita a pedir prestadas las cosas una por una. Primero la fuerza de las piernas, luego la rapidez de la memoria, más tarde la vista, el impulso de los deseos, la arrogancia de creer que el mañana siempre nos pertenece. Uno apenas lo nota. Solo mucho después descubre que aquello que parecía una pérdida regresó transformado. Los recuerdos dejan de ser imágenes precisas y se convierten en presencias. Caminan a mi lado. No me persiguen; me acompañan.

Tal vez por eso ya no veo la vejez como un descenso hacia la sombra. Más bien la siento como una lenta excavación. Mientras la juventud construye torres hacia el porvenir, yo excavo hacia el origen. Cada día retiro una capa distinta de mi propia historia y encuentro al muchacho que fui, al hombre que creyó tener respuestas para todo, al padre que sostuvo entre sus brazos la frágil inmensidad de un hijo, al emigrante que cruzó un continente creyendo que la distancia podía domesticar la nostalgia.

Ninguno de ellos ha desaparecido.

Todos siguen viviendo dentro de mí.

También ellos han envejecido.

A veces me pregunto qué ocurriría si un día olvidara de verdad.

Los jóvenes temen al olvido como si fuera una derrota. Yo ya no estoy tan seguro. Hay jornadas en que imagino la ligereza de desprenderme de ciertas imágenes que llevan décadas ocupando el mismo rincón de mi memoria. No porque reniegue de ellas, sino porque pesan. Sin embargo, enseguida descubro que el problema no es recordar demasiado. El verdadero problema es que ya no sé qué hacer con tantas novedades que llegan al mundo. Lo nuevo habla demasiado deprisa. Cambia de rostro antes de que uno alcance a reconocerlo. Mientras tanto, yo sigo encontrando belleza en aquello que ya pasó.

Me acerco a la ventana.

La ciudad comienza a despertar lentamente. Veo personas que caminan apresuradas hacia trabajos que todavía creen urgentes. Un joven corre con audífonos puestos. Una mujer empuja un coche de bebé. Un anciano, quizás algunos años mayor que yo, avanza despacio con una bolsa de mercado. Todos viajan sobre la misma corriente.

Todos son tiempo.

Y yo también.

Ya no me siento un espectador de la vida. Apenas soy un hombre que ha permanecido el tiempo suficiente para contemplar cómo desaparecen los paisajes, las costumbres y hasta las palabras. A veces pienso que llevo dentro un pequeño museo que nadie más puede visitar. En sus salas sobreviven los olores de una cocina que ya no existe, las voces de quienes se marcharon, canciones que dejaron de sonar hace muchos años y una forma de querer que necesitaba menos pantallas y más silencios compartidos.

Mi memoria se parece a un jardín en invierno.

Hay árboles desnudos, senderos cubiertos de hojas secas y flores que solo florecen cuando nadie las mira.

Entonces entiendo algo que antes ignoraba: el tiempo jamás regresa. Lo único que regresa es nuestra manera de mirarlo. Cada recuerdo cambia a medida que envejezco, como si también él continuara viviendo lejos de mí.

Quizá esa sea la última oportunidad que la vida nos concede.

No volver a vivir lo vivido, sino otorgarle un significado que entonces no alcanzábamos a comprender. Mirar los errores con menos severidad. Perdonar al hombre que fui por haber ignorado lo que solo podía aprender caminando durante tantos inviernos. Descubrir que muchas heridas no buscaban castigarme; únicamente querían enseñarme la forma secreta de la paciencia.

Cuando el sol termina de iluminar los edificios, la habitación pierde lentamente la intimidad de la madrugada. Sé que este día también pasará. Sé que mañana volveré a sentarme frente a la misma ventana y el silencio volverá a recibirme como un viejo amigo.

Pero ya no lo considero una condena.

La edad del silencio me ha enseñado que el tiempo no es una carrera que deba ganarse, sino una conversación que se sostiene hasta el último aliento. No vine a detener su marcha; vine a escuchar lo que tiene para decirme mientras todavía puedo hacerlo.

Hoy ya no le pido más años a la vida.

Le pido solamente lucidez para habitar los que me quedan.

Porque empiezo a sospechar que, después de tantos calendarios, uno deja de caminar dentro del tiempo.

Y es el tiempo, silenciosamente, el que comienza a caminar dentro de uno.

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47— Cuando las palabras prefieren callar

Capítulo 47

— Cuando las palabras prefieren callar

Son las tres de la madrugada y el ventilador del techo gira con esa lentitud que tienen las cosas cuando saben que no las mira nadie. Es una de esas noches de calor raro en Montreal, la ventana entreabierta a la calle Rigaud, y sobre la mesa la tinta del frasco ha bajado hasta la mitad sin que yo recuerde haber escrito nada. Afuera, un perro ladra a algo que no alcanzo a ver. Tal vez por eso escribo: para ver lo que no está. Pero esta noche ni siquiera eso consigo.

Hay días en que me parezco a una frase que nunca llegó a escribirse. Las palabras estaban; fue el alma la que las detuvo antes de que alcanzaran el papel. Se quedaron suspendidas en algún rincón de la conciencia, como esos objetos que uno cambia de cajón en cajón sin decidirse a tirarlos, porque tirarlos sería admitir que ya no sirven, y guardarlos, admitir que todavía duelen. Tengo uno de esos cajones, el tercero del escritorio: cartas que nunca envié, fotografías de gente cuyo nombre ya no recuerdo, un sobre amarillo que mi madre me devolvió sin abrir hace veinte años. Algunas noches lo saco y lo vuelvo a guardar sin leer lo que hay dentro. Sé lo que dice; lo sé de memoria. Hay palabras que no necesitan ser leídas para doler; les basta con estar.

En esta edad he ido descubriendo que no siempre callamos por prudencia. A veces callamos porque ciertas verdades tienen filo suficiente para desgarrar a quien las pronuncia. Hay confesiones capaces de cambiar una vida; también de derribar el refugio que uno levantó durante años para poder convivir con la memoria. Por eso uno aprende a caminar despacio dentro de su propia casa, a no encender todas las luces de golpe, a saber que hay habitaciones que es mejor visitar de día y con la puerta entreabierta. La mía, la del fondo, tiene la cerradura oxidada. No la forcejeo. Algunas puertas se dejan entornar apenas, el tiempo justo para asomarse, y luego se cierran con cuidado, como quien no quiere despertar a los muertos.

Llevo dentro tempestades que nadie sospecha. Pero eso lo dice cualquiera y suena a mentira, porque es demasiado fácil decirlo y porque todo el mundo cree llevar tempestades dentro. La diferencia, creo, es que las mías no tienen nombre. Se parecen más a una humedad que no se seca, a ese olor a tierra mojada que queda después de la lluvia y se va instalando en las paredes y en los huesos, hasta que uno ya no distingue si es el clima o es uno mismo. Desde fuera todo parece en calma. Por dentro siguen librándose batallas que nadie presencia, ni siquiera yo del todo, porque hay cosas de uno mismo que solo se miran de reojo, como se mira al sol. Pero esta noche el sol no está. Solo el ventilador, la tinta, el sobre amarillo y esta hoja en blanco que espera con una paciencia que quizá le atribuyo yo.

Entonces la invento. Sé que la invento, y aun así la dejo entrar. La llamo la Edad del Silencio, aunque sé que los nombres son trampas, que ponerle nombre a algo es ya empezar a domesticarlo. Se sienta frente a mí, en la silla que siempre está vacía, y cruza las piernas con esa seguridad que solo tienen las invenciones. No tiene rostro fijo; unas veces es un hombre mayor, otras una mujer joven, otras una sombra que respira. Esta noche tiene la cara de mi madre, pero no habla con su voz. Habla con la voz que yo le presto, que es la única manera que tengo de escuchar lo que no me atrevo a decirme.

—¿Por qué no escribes lo que verdaderamente sientes? —me pregunta, y su voz suena a cajón que se abre.

No respondo de inmediato. Miro la hoja como quien se asoma a un precipicio y calcula el vértigo antes que la caída. Podría decirle que no sé lo que siento, pero sería mentira. Podría decirle que lo que siento es demasiado grande o demasiado pequeño, pero también sería mentira, porque el tamaño de las cosas no se mide con la misma regla que las distancias. Lo que siento es simplemente lo que siento, y no tiene nombre, y quizá por eso no puedo escribirlo: las palabras son nombres, y lo mío no se deja nombrar.

—No es miedo a escribir —le digo al fin—. Es miedo a seguir viviendo después de haber escrito. A que la página se quede ahí, fría, con todo lo dicho, y yo tenga que mirarla sabiendo que ya no puedo desdecirme. Porque eso pasa con la verdad: una vez en el papel, ya no es tuya. Es de cualquiera que la lea. Y de ti mismo, que la escribiste y ya no puedes negarla.

La Edad del Silencio, o mi madre, o lo que sea que tengo enfrente, sonríe con una compasión que yo mismo le he prestado, y no dice nada. Las figuras que uno inventa saben callar en el momento justo; quizá para eso las inventamos: para escuchar, en su silencio, lo que no nos atrevemos a pensar con nuestra propia voz.

Lo cierto es que el papel, en sí, no me intimida. He escrito toda mi vida; he llenado cuadernos, márgenes de periódicos viejos, recibos de luz, empujado por ese hormigueo en los dedos que no se va hasta que la tinta toca el papel. Lo que me intimida es la desnudez que llega después de la última palabra, cuando ya no queda el consuelo de fingir que ciertas cosas no ocurrieron. En ese momento la página es un espejo, y uno tiene que mirarse sin manera de apartar la vista. Eso es lo que me detiene: haber escrito, y tener que convivir con lo que se ha dicho.

Quizá por eso algunos poemas nacen incompletos y algunas confesiones envejecen dentro de nosotros sin conocer la luz. Sospecho que nada les falta; les sobra memoria. Y la memoria, me parece, no necesita ser dicha para ser real; en el silencio se vuelve más densa, como esas cosas que uno guarda en el fondo del armario y que con el tiempo pesan más que cuando las guardó. El sobre amarillo no pesa casi nada, pero algunas noches, como esta, siento que me sostiene a mí, que es él quien me impide caerme: mientras siga en su cajón, con su carta sin leer, hay algo que todavía no he perdido del todo.

Con los años he empezado a creer que el silencio también escribe. Lo hace en el rostro, en la manera en que uno mira la lluvia sin verla. Esta noche mi mano izquierda ha estado temblando desde que me senté, y no es el frío ni la edad; es algo que la mano sabe y que yo no quiero saber. El silencio escribe en esos temblores, en esa humedad de los ojos que no llega a ser llanto, en la forma en que miro la hoja y en realidad estoy viendo otra cosa: aquella tarde en que mi madre dijo "no vuelvas" y yo no le pregunté por qué. Esa palabra la he estado escribiendo en todos los papeles desde entonces, tachándola, volviéndola a escribir, sin saber si quiero borrarla o fijarla para siempre.

Cada palabra que no pronunciamos parece encontrar otro sitio donde quedarse, y a veces me pregunto si no seremos, al final, el archivo desordenado de todo lo que preferimos no decir. Un archivo que no se consulta, pero que está ahí, ocupando espacio en los estantes de la memoria. El mío tiene páginas arrancadas, manchas de café, letras ilegibles. Tiene el nombre de una mujer que no nombro, fechas que no celebro, una dirección que ya no existe. Y todo eso es más mío que lo que he dicho, porque lo callado se guarda con más celo, como las llaves de una casa que ya no se habita.

Pienso entonces en aquel escritor de Jalisco que nos dio dos libros breves y exactos y después no publicó nada más en treinta años. Un continente entero le pedía otra novela, y él respondía, con esa media sonrisa de campesino que ha visto llover, que ya no escribía porque se le había muerto el tío Celerino, el que le contaba las historias. Todos entendían que era una broma, o una excusa, o la ocurrencia de un viejo que ya no quería trabajar. Yo, a esta edad, empiezo a sospechar que era la confesión más seria de su vida.

Porque quizá a todos se nos muere tarde o temprano un tío Celerino: esa voz interior que nos dictaba el mundo, que sabía cómo se dice el dolor sin nombrarlo. Y cuando esa voz se apaga, uno puede seguir hablando, claro, llenar páginas, opinar de todo, publicar libros que nadie recuerda al año siguiente. Hay quienes prefieren la lealtad del silencio antes que el rumor de las palabras huérfanas. Él eligió callar. Nadie supo nunca si fue una renuncia o una obra; yo empiezo a creer que fue las dos cosas, porque a veces renunciar es la obra más difícil, la que no se firma ni se publica, pero se escribe con la propia vida.

Me pregunto qué habría en sus cajones, cuántas frases empezadas, cuántos muertos suyos hablándole en voz baja sin que él quisiera ya prestarles la pluma. Me pregunto, sobre todo, si calló porque lo había dicho todo o porque entendió de las palabras algo que los demás preferimos no entender. Tal vez su silencio fue su tercera obra, la más larga, la que todavía estamos leyendo sin darnos cuenta. ¿Y si callar fuera una forma de decir que todavía no sabemos leer?

Yo no tengo esa grandeza ni esa disciplina. Mi silencio es más pequeño, más cobarde, más parecido a una pausa que a una decisión. Pero esta noche, mientras el perro de afuera ha dejado de ladrar y la tinta se acerca al fondo del frasco, sé que hay algo que no estoy escribiendo. Está en el sobre amarillo, en el cajón tercero, en aquella palabra que mi madre pronunció hace veinte años y que yo he repetido en voz baja casi todas las noches desde entonces.

Algunas verdades deberán madurar a oscuras todavía un tiempo, como las semillas bajo la tierra, aunque nadie me garantiza que llegue el día de pronunciarlas sin romperme. Quizá nunca llegue. El silencio, mientras tanto, se habita: se recorre como una casa oscura, tanteando las paredes hasta saber dónde están las puertas, y los peligros, y los sitios donde uno puede sentarse a esperar que amanezca.

Esta noche, otra vez, acerco la pluma a la hoja. Escribo la primera palabra. La miro largamente. No es la que debería escribir; es apenas una palabra de entrada, una que me permite estar en la página sin comprometerme del todo. Pero mientras la miro sé que la hoja entera está esperando, que la tinta pide ser algo más que esta palabra pequeña.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, escribo la segunda. No sé si sea la verdad o apenas otro disfraz. Pero la escribo, y después la tercera, y mientras tanto el ventilador sigue girando, el sobre amarillo sigue en su cajón, y yo sigo aquí, sin saber si construyo o destruyo, sin saber si abandono la frase o apenas la dejo dormir hasta mañana, cuando la luz sea distinta y el silencio tenga otro peso.

Son casi las cuatro. Miro lo que he escrito, las palabras que fueron saliendo sin que yo las detuviera, y no sé si son las que quería o las que pude. Mañana, quizá, las borre; quizá vayan a parar al cajón tercero, junto a todo lo demás. Pero esta noche están en la hoja, todavía tibias, sin saber ellas mismas si van a quedarse.

La Edad del Silencio ya no está en la silla de enfrente. No sé cuándo se fue. Quizá se levantó cuando escribí la segunda palabra, o quizá sigue aquí, en el temblor de la mano, en la forma en que miro la página y ya no calculo el vértigo. La tinta se va secando. Afuera, sobre los techos de Rigaud, la noche empieza apenas a aclararse, sin decidirse todavía.

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miércoles, 15 de julio de 2026

46 *** El corazón descalzo

 Capítulo 46

El corazón descalzo

Hay estaciones que no terminan cuando cambia el calendario. Permanecen dentro de uno como una temperatura secreta. El verano que regreso a visitar no era deslumbrante ni heroico. Tenía la serenidad de las cosas que empiezan a despedirse antes de que alguien advierta la despedida. La claridad caía sobre las aceras con una lentitud casi doméstica y las hojas de los arces parecían demorarse en el mismo gesto, como si también ellas dudaran antes de soltar el aire.

Con los años he descubierto que la memoria no conserva los grandes acontecimientos. Guarda, más bien, la vibración que dejaron. Una forma de la luz. El roce de una tela. El sonido lejano de una puerta al cerrarse. Esos restos mínimos son los que regresan cuando todo parece haberse olvidado.

Hay días en que despierto con la impresión de haber atravesado un territorio que no pertenece al sueño ni a la vigilia. Traigo conmigo una tristeza sin nombre, pero también una calma difícil de explicar. Como si durante la noche alguien hubiera ordenado discretamente los muebles de mi interior y yo solo alcanzara a notar que algo ya no está donde estaba.

Nunca aprendí a vivir con distancia.

Las alegrías ajenas me alcanzan como si fueran propias. También las pérdidas. Basta mirar un rostro cansado en el metro, escuchar una conversación interrumpida o descubrir unos guantes olvidados sobre un banco para que algo dentro de mí empiece a reconstruir historias que probablemente nunca ocurrieron.

A veces pienso que esa disposición no es una virtud. Es simplemente mi manera de estar en el mundo.

Hace algún tiempo mi hermana Leticia encontró las palabras que yo nunca había sabido pronunciar.

—Vos vivís con el corazón descalzo.

Lo dijo sin solemnidad, casi sonriendo.

Durante mucho tiempo creí que era apenas una ocurrencia cariñosa. Hoy comprendo que estaba nombrando una forma de existir.

Ella conoce el cuerpo de otra manera.

Desde hace muchos años convive con un temblor persistente que ha ido ocupando sus movimientos sin conseguir apropiarse de su espíritu. Nunca la he escuchado lamentarse. Tampoco fingir una fortaleza que no siente. Ha aprendido otra cosa, mucho más difícil: hacer espacio para la fragilidad sin convertirla en el centro de su vida.

Cuando hablamos por teléfono, su voz sigue teniendo la misma serenidad de siempre. Hay pausas que ya forman parte de la conversación, pero nunca de la esperanza.

Quizá sea ella quien mejor entiende que la resistencia casi nunca hace ruido.

A veces —pienso como habría pensado Natalia Ginzburg— las personas que sostienen una familia no son las más visibles, sino aquellas cuya presencia parece tan natural que uno solo descubre su importancia cuando imagina, por un instante, que podrían faltar.

Entonces entiendo mejor quién ha sido Leticia para nosotros.

Mientras el mundo continúa fabricando noticias que duran apenas unas horas, sigo sintiendo una extraña conmoción por lo insignificante.

Un anciano que tarda demasiado en cruzar la calle.

Una bufanda olvidada en el respaldo de una silla.

Una panadería donde alguien mira los estantes durante más tiempo del necesario antes de decidir que hoy tampoco comprará nada.

No necesito conocer sus nombres. Algo de ellos permanece conmigo.

Y esa permanencia cansa.

No porque la vida pese demasiado, sino porque uno descubre que el corazón no tiene la capacidad de aliviar todo aquello que alcanza a sentir.

He debido aceptar una verdad modesta: la compasión no cambia el mundo. Apenas cambia la manera en que uno lo atraviesa.

Hay tardes en Montreal en las que el viento hace vibrar las señales metálicas de la calle con un sonido casi imperceptible. Me detengo unos segundos para escucharlo. Nadie más parece advertirlo. Tal vez no signifique nada. Tal vez sea suficiente que exista.

En momentos así vuelvo a pensar en Mauricio cuando era niño.

Una tarde dejó escapar un pequeño barco de papel por el borde de un charco. Lo siguió riendo mientras el agua lo alejaba lentamente hasta deshacerlo. No hubo decepción en su rostro. Solo la alegría intacta de haberlo visto navegar, aunque fuera unos metros.

Con el tiempo comprendí que aquella escena escondía una lección que entonces me pasó inadvertida.

No todo lo que amamos está hecho para permanecer.

Algunas cosas cumplen su destino simplemente pasando frente a nosotros.

También las personas.

También nosotros.

Pienso otra vez en Leticia.

La distancia entre Colombia y Montreal nunca ha conseguido instalarse entre los dos. Hay afectos que encuentran caminos que los mapas desconocen. El teléfono, las palabras, los silencios compartidos terminan construyendo una cercanía que no depende de los kilómetros.

Cuando siento que el mundo se vuelve excesivo, vuelvo a escuchar aquella frase suya.

"Vos vivís con el corazón descalzo."

Ya no intento endurecerlo.

Sería como pedirle al agua que aprendiera la paciencia de la piedra.

Prefiero aceptar esta manera imperfecta de caminar entre los otros. Sentir más de lo necesario. Conmoverme por aquello que muchos consideran insignificante. Permanecer disponible para ese dolor discreto que rara vez aparece en los titulares, pero sostiene la verdadera historia de los seres humanos.

No sé si eso me hace más fuerte o más vulnerable.

A mi edad esa diferencia empieza a perder importancia.

Solo sé que todavía hay algo dentro de mí que responde cuando la vida llama, incluso en voz baja.

Y mientras eso ocurra, seguiré avanzando con este corazón sin zapatos, expuesto al polvo del camino y a la tibieza inesperada de algunas manos.

Tal vez esa sea la única forma de llegar a la vejez sin dejar de reconocerme. No como quien ha comprendido el mundo, sino como quien todavía conserva la capacidad de estremecerse ante él.
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martes, 14 de julio de 2026

45 *** Inventario de nuestras despedidas

 

Capítulo 45

Inventario de nuestras despedidas

Uno llega a este mundo a perderlo todo. Es una certeza silenciosa que nadie te susurra cuando naces, envuelto en el asombro ajeno y en la luz cruda del principio. Vienes con las manos vacías y así, despojado de todo equipaje, has de marcharte. Pero en el tránsito —ah, en ese tránsito desolador y magnífico— vamos dejando jirones del alma, soltando apegos con la misma melancolía con la que los arces del Mont-Royal se desnudan de sus hojas cobrizas antes del largo invierno.

Primero, el tiempo me arrebató a mis padres. No ocurrió de un tajo brusco, sino con el goteo inexorable de las estaciones: un día los descubrí más encorvados, translúcidos como papel de arroz, y comprendí el orden brutal de la naturaleza; ellos fueron la raíz y yo sería la rama que cae. Se desvanecieron en la textura de unas manos que dejaron de sostenerme, en el eco de sus voces tragadas por la memoria, en la silla vacía que la luz plomiza de la tarde sigue llenando de polvo y de ausencias.

Después perdí amigos y perdí amores. Aquellos que compartieron los fervores de mi juventud, la mujer que alguna vez fue el eje de mi órbita y mi razón cardinal para abrir los ojos, se fueron diluyendo como tinta en las aguas heladas del San Lorenzo. No es que la muerte siempre reclame su parte; a veces es el olvido, el destierro de la rutina, el habitar en otro huso horario del corazón. Quedó el vacío en la curva de una espalda que ya no acaricio, en un perfume que el viento barrió por las calles empedradas del Vieux-Port, en los silencios que se instalaron, pesados como el hielo, entre dos tazas de café.

Perdí, con el asombro mudo de quien ve escurrirse el agua entre los dedos, la sonrisa de mi hijo. Creció con la fugacidad de un suspiro, con esa urgencia cruel que tienen los niños por dejar de serlo, y se marchó demasiado rápido, dejando un hueco insoportable en las habitaciones de esta casa. Y con su partida, perdí también los lugares. La casa que cobijó su infancia, la esquina de sus primeros tropiezos, el parque bullicioso donde alguna vez, viéndolo correr, creí ser eterno. Todo muta, se derrumba o se disfraza bajo la nieve incesante de esta ciudad, transformándose en un paisaje gélido que ya no me reconoce como suyo. Al soltar de la mano su niñez, sentí que mi propia juventud terminaba de evaporarse. Es el relevo silencioso de la existencia: entregamos nuestro vigor para que ellos construyan su mañana. Al verlo adentrarse a zancadas en la primavera de su historia, comprendí que yo cruzaba, sin retorno, el umbral de mi propio invierno.

Y así, tras ceder el paso a su futuro, el despojo ha llegado, inevitablemente, a mi propio cuerpo. La vista, antes afilada, se nubla; la memoria, que atesoraba cada rostro y cada fecha, se vuelve un laberinto de espejos rotos. Voy perdiendo la firmeza del paso al caminar por las aceras congeladas. Me asomo al cristal empañado por el aliento de la calefacción, y el viejo que me devuelve la mirada es un forastero, un hombre al que el tiempo le ha ido limando los bordes con la paciencia de un escultor que trabaja a oscuras.

Sin embargo, desde el fondo de este encierro, he aprendido que no se puede vivir a la sombra del temor.

El miedo es un ladrón miserable que saquea dos veces: primero te expropia el presente y luego te crucifica por un futuro que aún no germina. Es un espejismo que adelanta el luto, obligándote a llorar lágrimas secas. Vivir temblando es habitar una casa en ruinas cuando la tierra bajo nuestros pies aún está firme.

Hay que rendirse a la sabiduría humilde de lo que permanece. El sol pálido que logra entibiar mi piel a través de la ventana, el rumor antiguo del viento del norte, el agua helada que me despierta el rostro por las mañanas. Hay que dejarse habitar por el instante, como quien se tiende sobre un campo de hierba alta y mira las nubes arrastrarse sobre el cielo plomizo de Quebec sin preguntar hacia dónde van.

Hay que gozar lo que aún palpita en nuestras manos. La taza de té que humea entre mis dedos curtidos, el aroma a leña y café recién molido, la luz dorada y efímera del atardecer que tiñe de ámbar mi soledad. Hay que amar el recuerdo con toda el alma, como si cada evocación fuera el último abrazo y contuviera la eternidad entera.

Y vivir en el presente. Ahora. Aquí. En este latido que es todo lo que realmente me pertenece. Porque el pasado es ceniza y el porvenir, un país neblinoso que quizá nunca pise. Este instante, este soplo de vida, esta luz que ahora mismo entra por la ventana y dibuja sombras largas en el suelo de madera, eso es todo. Y es suficiente.

Uno viene a perderlo todo, es cierto. Pero en esta edad del silencio descubro que he venido también a saborear cada pérdida como lo que verdaderamente es: el testamento irrefutable de que he amado, de que he ardido en el fuego de la vida. Estas manos mías, vacías y surcadas de venas azules, no son el símbolo de una derrota; son la evidencia de que supe soltar, de que dejé ir, de que honré a cada fantasma que cruzó por mi historia.

Y así, en la quietud de mi refugio, frente a la vasta y blanca inmensidad de este norte, va transcurriendo esta danza frágil y magnífica. Con el pecho en calma, con las manos abiertas, y con la mirada anclada en este único, irrepetible y maravilloso ahora.

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domingo, 12 de julio de 2026

44 Lo que le pido al tiempo

 

Capitulo 44

Lo que le pido al tiempo 

El tiempo no se detiene por nadie; eso lo sabemos, sospecho, desde que aprendemos a contar los días en las arrugas de los abuelos. Pero hay mañanas en que uno despierta y la noche entera se ha ido sin pedir permiso, y el reloj de la pared, que atrasa desde hace años porque nunca me decido a corregirlo, marca su hora equivocada con una tranquilidad que casi ofende. Uno quisiera decirle: baja la voz, que todavía no termino de entender lo que pasó. Aunque decírselo a un reloj sea, lo admito, una forma educada de hablar solo.

Me inclino a creer que el pasado no es un lugar al que se llega. Suena más bien como un eco que sigue moviéndose en los huesos, aunque no podría jurarlo; quizá sea al revés, y seamos nosotros el eco de aquello que pasó. Lo cierto es que uno anda por el apartamento con los oídos llenos de ausencias, y algunas mañanas la luz gris que entra por la ventana de mi apartamento parece la misma de hace treinta años, en otra ciudad, sobre otra mesa.

No le pido al tiempo que devuelva a los que se fueron; sería como pedirle al río que suba la cuesta. Le pido algo más modesto: que los que ya no están no se vayan del todo, que se queden un rato más en el olor del café o en la forma que toma la luz sobre la mesa a media tarde. Que las heridas que dejaron cierren con esa memoria que ya no duele, si es que existe una memoria así. No sabría decir si la he conocido o si apenas la voy presintiendo.

Y que me ayude, sobre todo, a mirar a los que caminan conmigo ahora, a reconocerlos antes de que también se vuelvan sombra. Porque uno va distraído, persiguiendo siempre el minuto que viene, y no ve que el que está al lado quizá ya esté dando pasos que no volverán a darse. Esto lo escribo despacio, porque me cuesta; hay verdades que uno prefiere dejar a medio decir.

Sé que hablarle al tiempo es fantasear. El tiempo no escucha, no negocia, y a lo mejor ni siquiera pasa como creemos que pasa. Y sin embargo le hablo, como le hablo al radiador cuando cruje de noche, sabiendo que el que necesita la conversación soy yo. Al menos me queda el consuelo de no ser el primero en estas conversaciones sin respuesta.

Machado se pasó la vida hablándole a la tarde, a las fuentes, a los olmos secos, y nadie lo tomó por loco; lo tomaron por poeta, que es una manera más amable de decir lo mismo. Lo leí de joven, en una edición que ya no tengo, y de aquellos versos me quedan restos que mi memoria ha ido reescribiendo a su manera, con esa mano torpe que tiene el recuerdo para copiar. A veces me digo unos que quizá él nunca escribió:

Preguntas al agua clara
adónde se lleva el día;
el agua sigue su paso
y tú sigues en la orilla.
Quizá saber sea eso:
quedarse, mirar el agua.

No respondo por ellos; puede que sean suyos, puede que sean míos vestidos con su ropa. Sus fuentes de Castilla me quedan lejos, de todos modos. Aquí lo que tengo es un grifo que gotea en la cocina cuando la noche se pone muy quieta, y el bulevar que la nieve va convirtiendo en un camino sin huellas, todavía sin nadie que lo estrene. Pero sospecho que el oficio es el mismo: mirarle el paso al agua, preguntarle cosas que no va a contestar. La compañía de otro que también habló solo hace que hablar solo parezca menos locura; casi un oficio, casi una manera de rezar sin saber a quién.

Hubo una época, cuando era joven y perdía gente como quien pierde monedas por un bolsillo roto, en que le guardé rencor. Le reprochaba cada pérdida como si él tuviera manos para devolver algo. Ese rencor se me fue gastando, no recuerdo cuándo ni cómo.

Ahora sospecho que con los años él mismo va poniendo vendas donde antes hubo cuchillos. Algo se va curando adentro, despacio, con esa lentitud de las cosas que sanan de verdad, como los huesos, como la tierra después de la lluvia. No me atrevo a llamarlo perdón, ni sabiduría; es más humilde que eso. Se parece a la temperatura del apartamento cuando la calefacción lleva horas encendida: uno no la nota hasta que sale a la calle y el frío le recuerda lo que tenía.

Así que solo le pido, con la humildad de quien sabe que no manda, que afloje un poco el paso en los días buenos. Que me dé el margen justo para mirar a los que todavía están, y para que ciertas palabras me salgan antes de que se haga tarde. Quisiera darle las gracias por todo lo demás, y no sé bien qué me detiene. Afuera empieza a moverse la calle; el reloj de la pared sigue atrasando, fiel a su error. Me quedo con la palabra en la boca, a ver si mañana todavía la tengo.


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sábado, 11 de julio de 2026

43 Me lo han dicho

Capítulo 43

Me lo han dicho

Alguien me hizo llegar, hace unos días, un poema que circulaba con el nombre de Victor Hugo. No me atrevería a asegurar que fuera suyo; las palabras viajan ahora con pasaportes falsos y a casi nadie parece importarle. El poema respondía a una aseveración que yo también conozco: te estás volviendo viejo, amargado, solitario. Y el poeta —quienquiera que haya sido— contestaba con una seguridad admirable: no me estoy volviendo viejo, decía, me estoy volviendo sabio.

Envidié esa certeza durante toda la tarde. A mí también me han dicho la frase, unas veces con cariño y otras con un reproche apenas disimulado, y nunca he sabido qué responder. Quizá porque sospecho que quienes la dicen tienen algo de razón. Es verdad que salgo menos. Es verdad que ciertos nombres han ido cayendo de mi agenda sin que yo hiciera nada por retenerlos, como caen las hojas que nadie barre.

Lo que no sabría decir es si eso merece llamarse sabiduría o si es apenas cansancio con mejor vocabulario. Copio algunos versos en mi cuaderno mientras la tarde se va apagando. El poeta enumeraba con orgullo todo lo que había dejado atrás: los apegos, las fiestas, los espejos mentirosos. Yo también he dejado cosas, pero sin ceremonia y sin lista, casi sin darme cuenta.

Algunas las solté por prudencia, otras por miedo, y unas cuantas simplemente se me fueron de las manos mientras miraba hacia otro lado. Me digo que eso no es lo mismo que renunciar, aunque a veces sospecho que la diferencia sea sobre todo una cuestión de orgullo. Nadie escribe poemas sobre las cosas que se le cayeron del bolsillo roto sin que lo advirtiera.

Del silencio, el poema decía algo que me gustó y me incomodó a la vez: que no a toda palabra hay que hacerle eco. Suena bien. Suena a hombre que ha domado su lengua. Pero cuando yo me quedo callado en una conversación, rara vez estoy juzgando las palabras del otro. Me callo, sospecho, porque ya no estoy tan seguro de las mías. Mi silencio tiene menos de trono que de sala de espera.

Con la lentitud pasa algo parecido. El poeta caminaba despacio, según él, para observar la torpeza de los que corren. A mí me parece que camino despacio porque las rodillas ya no negocian, y sin embargo algo hay de cierto en el fondo: a este paso se ven cosas que antes no veía. La sal esparcida sobre el escalón de un desconocido. Un vecino que saluda con la mano equivocada.

No sé si eso es sabiduría. Puede que sea solamente tiempo sobrante que busca en qué ocuparse. También yo cambié ciertas costumbres por otras más templadas, como el hombre del poema, aunque dudo que la operación tenga el valor filosófico que él le daba. Sospecho que los hábitos cambian primero, calladamente, por su cuenta.

La filosofía llega después, como un abogado diligente, a redactar la justificación. Uno no decide volverse sereno. Uno se descubre un día así, y luego escribe un poema para firmar el decreto. A veces pienso —como habría pensado Ginzburg— que las decisiones importantes se toman siempre en nuestra ausencia, y que lo único que nos queda es enterarnos tarde y fingir que asentimos.

Hay algo cierto, sin embargo, en lo que el poema no alcanzaba a decir. No es que las pérdidas pesen menos: es que ya no las discuto. Antes cada una llegaba con la forma de una injusticia y yo levantaba un expediente contra alguien, aunque fuera contra mí mismo. Ahora las recibo como se recibe un cambio de estación, sin firmar nada, sin creer del todo que sea justo.

Tampoco he aprendido a llamar despojo a lo que quizá sea sólo economía. Ya no siento la urgencia de demostrar nada, y no sabría decir si eso es libertad o si sencillamente se agotó el público. Hay una calma en no tener que sostener una versión de mí mismo ante los demás. Pero la calma también podría ser el nombre educado del abandono.

Afuera la luz gris empieza a retirarse del bulevar. El reloj de la pared avanza con esa lentitud suya que ya no me impacienta. Me habría gustado responder como el poeta, con esa hermosa arrogancia: no me estoy volviendo viejo, me estoy volviendo sabio. Pero a esta hora, con el cuaderno todavía abierto, lo único honesto que puedo escribir es que no sé si son dos cosas distintas.

Puede que viejo y sabio sean la misma palabra, pronunciada a diferentes distancias del espejo. Lo dejo anotado aquí, por si mañana amanezco sabiendo un poco más. No podría jurarlo.

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viernes, 10 de julio de 2026

42 ***El relevo del tiempo

 

Capítulo 42

El relevo del tiempo

Cuando los pasos se invierten

No sabría decir cuándo empezó el mundo a mirarme de otra manera. No hubo fecha, ni una mañana en que despertara con la certeza de haber cruzado alguna frontera. Sospecho que estas cosas no se anuncian; se van acomodando en la rutina como el polvo en los estantes, y uno las descubre tarde, cuando ya llevan tiempo instaladas. Quizá ocurrió en una conversación cualquiera, cuando alguien mencionó mi edad con una naturalidad que me tomó desprevenido. No había reproche en sus palabras, ni compasión. Apenas una constatación que se quedó flotando dentro de mí más tiempo del que hubiera querido admitir.

La edad nunca me ha parecido una acusación, aunque tampoco podría jurar que la recibo con serenidad completa. Existe una distancia, me inclino a creer, entre saber cuántos años tiene uno y descubrir que los demás empiezan a leerlos en el rostro, en el paso, en la manera en que ofrecen ayuda antes de que uno la pida. Esa distancia se cruza sin darse cuenta, como quien cambia de vagón mientras el tren sigue andando, y solo al mirar por la ventanilla nota que el paisaje ya es otro.

Fue precisamente en el metro donde recibí la primera señal, si es que puede llamarse señal a algo tan pequeño. Durante años viajé en esos vagones entre rostros desconocidos, cada cual con sus preocupaciones y sus batallas de la jornada, todos pasajeros anónimos que comparten unos minutos de existencia y luego se pierden unos de la vida de los otros. Una mañana, un muchacho se levantó y me ofreció su asiento. El gesto era sencillo, casi insignificante, y sin embargo me dejó desconcertado, con las manos torpes sobre el pasamanos, sin saber si aceptar era admitir algo que todavía no estaba dispuesto a nombrar.

Acepté, di las gracias y me senté, aunque durante el resto del trayecto estuve más pendiente de mí mismo que del recorrido. Quedaba en mí una vieja costumbre, la de quien pasó muchos años de pie para que otros pudieran sentarse, y esa costumbre no sabía qué hacer con una mano extendida en dirección contraria. Después volvió a ocurrir, en el autobús, en una sala de espera, y con el tiempo dejé de sentirlo como una pérdida. Empecé a sospechar que se trataba de una cortesía entre generaciones que yo mismo había practicado alguna vez, sin imaginar que un día me tocaría estar del otro lado del gesto.

Hubo una época en que yo creía que proteger era una obligación sin fecha de vencimiento. El padre que carga al hijo dormido, el hombre que trabaja sin detenerse, el joven convencido de que siempre habrá fuerzas para empezar de nuevo. Uno vive muchos años dentro de esa ilusión, y no me atrevería a llamarla mala: gracias a ella se levantan casas, se atraviesan países, se crían hijos, se soportan inviernos que parecían imposibles. Pero el tiempo, sospecho, va cambiando los papeles sin pedir permiso, con pequeños gestos que uno solo reconoce después: una puerta sostenida, una mano ofrecida, un hijo que camina unos pasos adelante marcando, sin saberlo, un ritmo distinto.

Eso fue lo que ocurrió aquel invierno con mi hijo Mauricio, aunque quizá la historia había empezado mucho antes, cuando él era niño y corríamos juntos. Para él aquellas carreras eran una fiesta donde no importaba quién llegara primero; lo importante era el instante en que sus piernas pequeñas intentaban alcanzar las mías y su risa llenaba el espacio entre los dos. Yo fingía cansancio y él creía vencerme, y en sus ojos yo era entonces una figura sin grietas, capaz de espantar cualquier amenaza. Los hijos, cuando son pequeños, nos miran así, o al menos así me miraba el mío. Después, sin que nadie nos avise, volvemos a ser simplemente hombres.

Aquella mañana salimos de la estación del metro Côte-Vertu y hacía más frío del habitual, uno de esos fríos profundos de Montreal en los que el aire parece tener peso y cada respiración se convierte en una nube breve que se deshace frente al rostro. Mauricio iba feliz: era el día de recoger su primer automóvil, que para él significaba bastante más que un vehículo, una puerta abierta hacia su propia vida, una pequeña conquista con la emoción de los comienzos. Yo lo miraba caminar y algo en sus pasos me devolvía al niño de las carreras, la misma energía, esa manera de avanzar como si el mundo estuviera hecho para ser recorrido. Él no parecía sentir el frío. Yo sí.

Intentaba seguir su ritmo, pero cada movimiento me costaba más de lo que estaba dispuesto a mostrar. La distancia entre nosotros era apenas de unos metros y, sin embargo, me pareció que contenía algo que ninguno de los dos había pronunciado todavía. No sabría explicar con precisión qué era; quizá el tiempo volviéndose visible por primera vez entre un padre y un hijo que siempre habían caminado a la par. Seguimos hacia el concesionario mientras el cielo dejaba caer su blancura lenta sobre la ciudad, y yo no sospechaba que unos minutos después el suelo iba a enseñarme algo que llevo desde entonces rumiando sin terminar de resolver.

A veces pienso que las revelaciones prefieren los momentos pequeños; se deslizan en ellos como quien entra a una habitación sin hacer ruido. No llegan en los días solemnes ni en las fechas marcadas, sino en esos instantes en que uno camina distraído, convencido de que todo sigue su curso.
Aquel día avanzaba detrás de mi hijo, que iba unos pasos adelante, ligero, casi impaciente por llegar. Yo, que durante años fui el que marcaba el ritmo, intenté alcanzarlo. Bastó una irregularidad escondida bajo la nieve —una traición mínima del terreno— para que el pie perdiera firmeza y el cuerpo, ese viejo aliado que tantas veces respondió sin protestar, dudara un segundo antes de obedecer.
Caí.
No fue una caída grave. El abrigo mullido amortiguó el golpe y la nieve, generosa, evitó que el desconcierto se convirtiera en dolor. Pero mientras mis manos buscaban apoyo y el mundo recuperaba su verticalidad, sentí que algo más había cedido: una imagen íntima, silenciosa, que yo conservaba de mí mismo. La del hombre que siempre podía, el que caminaba delante, el que parecía tener respuestas.
Y allí, en ese segundo suspendido entre la nieve y el orgullo, entendí que mi hijo seguía avanzando no porque yo lo guiara, sino porque la vida, finalmente, había cambiado de lugar. Que quizá mi papel ya no era ir adelante, sino acompañar. Que la fortaleza no siempre se mide por la firmeza del paso, sino por la capacidad de aceptar que también uno puede caer, levantarse, y seguir —aunque esta vez sea detrás de él.
Mauricio regresó de inmediato. No dijo nada extraordinario, y quizá por eso mismo el gesto me pareció tan grande: me tomó del brazo con naturalidad y me ayudó a incorporarme como si fuera lo más normal del mundo. Puede que lo fuera. Los relevos de la vida, empiezo a creer, no organizan ceremonias ni tocan campanas; simplemente suceden en una acera cualquiera, bajo la mirada indiferente de los que pasan. Seguimos caminando sin hablar de la caída, los dos fingiendo que nada había ocurrido, porque hay momentos entre padres e hijos en que una conversación podría romper la delicadeza del instante, o al menos eso preferimos pensar aquella mañana.

En el concesionario estaba su automóvil, brillante, esperándolo. Lo observé acercarse, tocar la puerta, sentarse frente al volante con una mezcla de orgullo y alegría que me recordó otros comienzos. Los padres tenemos, sospecho, esa capacidad extraña de alegrarnos por los logros de los hijos como si fueran propios y de sentir al mismo tiempo una nostalgia pequeña, porque cada logro suyo confirma que una etapa nuestra ha ido quedando atrás. Mientras él revisaba los detalles del vehículo, pensé en los caminos que todavía le esperaban, los que ya no serían míos, y sentí una gratitud que no sabría poner del todo en palabras, mezclada con algo más que todavía no consigo nombrar.

Cuando emprendimos el regreso, adentro del automóvil había un calor nuevo, con ese olor a estreno que tienen las cosas que aún no han acumulado historia. Afuera la ciudad parecía suspendida, y las calles se deslizaban detrás del parabrisas mientras Mauricio conducía con la concentración tranquila de quien acaba de abrir una puerta. Durante un rato ninguno de los dos habló. Yo miraba por la ventanilla, pensando en la distancia entre aquel niño que corría conmigo y el hombre que ahora llevaba el volante, y en esa manera que tiene el afecto, me inclino a creer, de cambiar de dirección sin desaparecer.
Entonces Mauricio rompió el silencio.


«Papá... perdón. Debimos haber tomado un taxi.»

Lo dijo con sencillez, sin dramatismo, como quien admite algo que acaba de descubrir. Yo permanecí callado unos segundos, y todavía hoy dudo si fue porque no encontraba respuesta o porque cualquier respuesta habría sido menos que el silencio. En esas pocas palabras me pareció escuchar al niño que alguna vez necesitó mi mano, al joven que acababa de notar que su padre ya no caminaba con los impulsos de antes, y sobre todo a un hijo que empezaba a mirarme, quizá por primera vez, como a alguien a quien también había que cuidar. Aunque puede que yo haya puesto en su frase más de lo que él quiso decir; eso nunca lo sabré.

Esa noche, ya en el apartamento de la calle Rigaud, me senté bajo el círculo de luz de la lámpara mientras la calefacción crujía sus quejas de siempre. En el reloj de la pared, atrasado como lo dejo a propósito, la hora era otra vez una aproximación. No pensé en la caída; pensé en la mano de Mauricio, en su frase dentro del automóvil, en el niño que corría detrás de mí creyendo que yo podía vencer al mundo. Se me ocurrió que tal vez no había sido yo quien lo protegió todo este tiempo, que quizá él también me sostuvo a su manera, dándome un motivo para mirar hacia adelante cuando el horizonte parecía acortarse. Pero es una idea que no me atrevo a afirmar del todo, porque sospecho que las cuentas del afecto nunca terminan de cuadrar, y quizá esté bien que así sea.

Afuera seguía nevando. Me quedé un rato mirando el vaho que mi propia respiración dejaba en el cristal, un círculo tibio que aparecía y se borraba con cada aliento. Un día somos nosotros quienes guiamos y otro día aceptamos ser guiados, aunque no sabría decir en qué momento exacto ocurre el cambio, ni si alguna vez es completo. Apagué la lámpara sin haber resuelto la pregunta. En la calle, a lo lejos, se oía pasar un automóvil, y me pregunté, sin ninguna urgencia por responderme, si sería alguien que empezaba un camino o alguien que volvía de uno.

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49 Donde el tiempo aprende a quedarse

Capitulo 49 Donde el tiempo aprende a quedarse Después de haber atravesado las pasiones, los entusiasmos y las ilusiones que durante tantos ...