Capítulo 22
—La paciencia del silencio
La soledad es un territorio movedizo, una geografía íntima que cambia según el paso de quien la atraviesa. Algunos descienden a ella como a un sótano húmedo, cargados de sombras, y regresan con otras nuevas adheridas al alma; otros descubren que toda habitación desierta guarda una ventana secreta, una rendija hacia uno mismo que el ruido del mundo mantuvo cerrada durante años.
He vivido lo suficiente para sospechar que la soledad no es un accidente de la existencia, sino una de sus formas más fieles. Nos acompaña desde el principio, aunque pasemos décadas intentando distraerla con conversaciones, trabajos, afectos o pequeñas urgencias. A veces creemos vencerla, cuando en realidad solo aprendemos a compartir la mesa con ella.
Nunca he sabido si el alma habla o si somos nosotros, cansados de tanto ruido ajeno, quienes le inventamos una voz para no sentirnos completamente solos. Pero sospecho —lo digo como quien roza algo sin atreverse a sostenerlo— que esa cosa esquiva que llamamos verdad apenas se asoma cuando se apagan las expectativas ajenas y el corazón deja, por fin, el papel que le fue asignado hace mucho.
La soledad no es un vacío. Es otra forma de presencia.
En ella uno comparece ante sí mismo sin testigos y sin máscaras. Y quizá no exista examen más severo que ese encuentro silencioso con el desconocido que hemos sido toda la vida. Porque hay edades en las que dejamos de preguntarnos quiénes quisimos ser y comenzamos, al fin, a preguntarnos quiénes fuimos realmente.
Hay tardes en que Montreal parece una madre distraída que ha olvidado mi nombre. Las ventanas se encienden una a una en los edificios de enfrente, y cada luz cuenta una historia que no me pertenece. La ciudad continúa con su vida indiferente: alguien regresa del trabajo, alguien prepara la cena, alguien discute, alguien ama. Y yo observo desde mi ventana de la calle Rigaud, con esa mezcla extraña de distancia y pertenencia que solo conocen los emigrantes.
Con los años he aprendido que el mundo sigue su marcha sin consultarnos. Al principio esa certeza duele. Después libera. Nada nos debe sentido. Somos nosotros quienes debemos aprender a habitar el misterio sin exigirle respuestas que nunca prometió dar.
Pienso en las madrugadas de invierno, cuando el sueño se vuelve frágil como vidrio helado. A veces el silencio se rompe con el gemido metálico de los camiones que empujan la nieve por las calles aún oscuras. Otras veces son los camiones de la basura vaciando los contenedores antes del alba, dejando en el aire ese estrépito industrial que parece recordarnos que incluso el descanso del mundo tiene sus trabajadores invisibles.
Esos ruidos no rompen la soledad: la vuelven más nítida. Acostado en la penumbra del apartamento, escucho el rumor de esas tareas anónimas y comprendo que la vida continúa lejos de mis pensamientos, sostenida por hombres que trabajan mientras otros soñamos o fingimos dormir. Hay en ello una fraternidad silenciosa que nunca he sabido explicar del todo. Tal vez porque el frío, con los años, deja de ser una estación y se convierte en una forma de conocimiento que se instala lentamente en los huesos.
La madurez —si es que existe— quizá consista en aceptar que nadie vendrá a explicarnos el mundo. Que debemos aprender a leer nuestra propia sombra como se lee un manuscrito antiguo: con cuidado, con desconfianza y con la humildad de saber que cada página esconde más de lo que revela.
Durante mucho tiempo pensé que la soledad era la ausencia de los otros. Ahora sospecho que es algo distinto: una habitación interior donde finalmente dejamos de huir de nosotros mismos. No siempre nos gusta lo que encontramos allí. A veces descubrimos viejos arrepentimientos, nombres que aún duelen, caminos que ya no podrán recorrerse. Pero también hallamos algo inesperado: una forma discreta de paz.
A veces lo digo en voz baja, como temiendo que las paredes me desmientan: estoy solo. No hay nadie al otro lado de la risa, nadie esperando esas historias que invento para hacer más llevadero el paso de los días. La casa escucha, pero no responde; el silencio se ha instalado como un huésped antiguo que conoce todos mis hábitos, que sabe dónde piso fuerte y dónde me detengo, y que hace mucho dejó de pedirme explicaciones.
Y sin embargo, contra toda lógica —o quizás precisamente por ella, porque la lógica nunca explicó del todo nada importante—, hay algo parecido a la felicidad.
La descubro en los detalles más discretos: en el modo en que mis pasos resuenan sobre lo que he ido construyendo con paciencia, casi a escondidas, como quien levanta una casa interior sin pedirle permiso a nadie. No hay paredes cubiertas de reconocimientos ni vitrinas que devuelvan el brillo de los logros; hay, en cambio, algo más hondo, más difícil de nombrar, que no necesita vitrina porque no fue hecho para ser mirado. Estoy en paz con cada paso que di, incluso con los que nadie vio, con los caminos que recorrí sin aplausos, con las caídas que no tuvieron espectadores ni consuelo inmediato. Porque en ese andar sin testigos fui encontrando algo que no sabía que buscaba: una manera de estar conmigo mismo sin urgencia, sin máscara, sin la vieja necesidad de ser comprendido por alguien que ni siquiera estaba ahí.
Hay tardes en que camino por mis propios recuerdos como si fueran habitaciones con la puerta entornada, y en cada una reconozco mi huella en el polvo, en el orden o el desorden de las cosas. Entonces siento que podría casi desprenderme del suelo, no hacia arriba —no es esa clase de vuelo—, sino hacia adentro, con esa levedad que solo concede la calma cuando ya no tiene nada que demostrarse a sí misma.
Es cierto, no tengo con quién reír. La risa, cuando llega —y llega, a su manera, torpe, sin previo aviso—, se queda flotando un instante y luego se disuelve sin eco, como el vaho contra el vidrio. Pero la sonrisa es otra cosa. Esa nace despacio, casi sin que yo la note, encendida por razones pequeñas y tercas que solo yo conozco: el modo en que la luz entra distinta cada mañana, una frase que vuelve sin que la llame, el vapor subiendo de una taza que ya conoce mi mano.
Porque la soledad, cuando es lúcida, no aleja del mundo: devuelve a él despojado de ilusiones, pero también de ciertos miedos. Y quizá toda la sabiduría que alcanzamos a reunir en una vida no sea más que eso: una conversación larga con el silencio, hasta el día en que descubrimos —tarde, como casi todo lo importante— que el silencio también nos estaba esperando. Y tal vez sea eso, al final —si es que algo termina, si es que algo empieza—: no la compañía, no el ruido compartido, sino esta certeza extrañamente serena de haber llegado a un sitio donde, aun en soledad, no falta nada esencial. Una habitación tibia, una ventana con nieve al otro lado, y yo, sin nadie a quien explicárselo, sabiendo que no hace falta.
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